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El Reto Glenmary Verano 2026

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detenidos

Somos una congregación católica de sacerdotes y hermanos que, junto con misioneros laicos, establecemos la presencia de la Iglesia en los pueblos pequeños de las zonas rurales de Estados Unidos. Fundada en 1939 por el padre William Howard Bishop, Glenmary es la única congregación dedicada exclusivamente a servir espiritual y materialmente a los pobres en las misiones rurales de Estados Unidos. Hoy día, Glenmary realiza este apostolado gracias a las ofrendas de buena voluntad, que nos permiten establecer misiones a lo largo de los montes Apalaches y el Sur de Estados Unidos.

Los misioneros de Glenmary sirven en áreas donde frecuentemente menos del uno por ciento de la población es católica, un porcentaje significativo de la población no asiste a ninguna iglesia y la tasa de pobreza es el doble del promedio nacional. Nuestra actividad misionera incluye el establecimiento de comunidades católicas, la promoción de la cooperación ecuménica, la evangelización de los no creyentes, el alcance social y la lucha por la justicia. Lograr todo esto es el reto de Glenmary.

EL RETO GLENMARY

El Reto fue publicado por primera vez en 2015 como parte de los esfuerzos de Glenmary para llegar a la población que habla español como primera lengua. Algunos artículos de El Reto son traducidos de inglés a español de la revista Glenmary Challenge.

El Reto Glenmary se envía gratis a los donantes y a cualquier persona que lo solicite. Para comenzar a recibir El Reto, use la información de contacto abajo.

MISIONEROS CATÓLICOS GLENMARY

P.O. Box 465618 · Cincinnati, OH 45246-5618 513-881-7411 · 800-935-0975 · vocaciones@glenmary.org

© 2026, Misioneros Católicos Glenmary. Permiso de reproducción se concede bajo petición.

El amor no se detiene

La ofensiva del actual Gobierno de Estados Unidos contra los inmigrantes causa dolor y la separación forzada de miles de familias. Un centro de detención en el estado de Georgia, cerca de dos misiones de Glenmary, retiene a unos 2,000 migrantes de diversos países, principalmente de América Latina. El padre Neil Pezzulo, de Glenmary, es el único sacerdote católico autorizado para oficiar Misa, confesar y llevar el tan necesario apoyo espiritual a los detenidos. El amor no se detiene.

Glenmary también apoya a los amigos y familiares de los detenidos que llegan a visitarlos en este megacentro. En esta edición, le contamos sobre el trabajo voluntario que el hermano Jude Smith y la hermana Imelda Ngwitu realizan para ellos en la casa El Refugio.

En otro artículo, el padre Dan Dorsey nos da consejos sobre cómo podemos ser misioneros en nuestra vida diaria: dando gracias a Dios por sus bendiciones, prestando atención a las personas y reconociendo a Cristo en cada una de ellas.

Los cristianos estamos llamados a servir a todos los hijos de Dios sin distinción de su estatus legal, origen étnico, clase social o cualquier otra diferencia. Así nos lo recuerda el padre Esteban Pawelk en su artículo sobre los hijos de los inmigrantes.

En las siguientes páginas, usted también encontrará un artículo sobre la más reciente de las misiones de Glenmary, que hace unos meses se mudó a su nueva sede. Y un cautivador artículo del padre Vic Subb, quien nos recuerda que la verdadera felicidad proviene del autor de la alegría: Jesucristo.

Como siempre, esperamos que disfrute esta su revista El Reto. Le invito a enviarnos cualquier pregunta o comentario a ocabrera@glenmary.org.

Omar Cabrera, editor ocabrera@glenmary.org

ALIVIO PARA INMIGRANTES DETENIDOS

POR OMAR CABRERA | PÁGS. 4 Y 5

08

HIJOS DE INMIGRANTES TRANSFORMAN CORAZONES

Las lágrimas de los niños migrantes ablandan corazones.

La migración es un asunto moral más que legal.

Por el padre Esteban Pawelk.

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MISIÓN ESTRENA HOGAR EN TENNESSEE

Esta nueva comunidad católica ahora tiene una sede propia donde reunirse y adorar a Dios.

Por Theresa Nguyen-Gillen.

12

LA FELICIDAD NO ESTÁ EN LAS COSAS

El padre Vic Subb nos comparte experiencias en las que ha experimentado un gran gozo, junto al prójimo.

Por el padre Vic Subb.

Presidente: Padre Dan Dorsey

Editor: Omar Cabrera

Dir.ª de Comunicaciones: Lindsay Braud

Diseño gráfico: E + R Design Studio

Inmigrantes detenidos en megacentro de ICE en Georgia encuentran alivio con los misioneros de Glenmary.

Junta editorial en español: Bárbara Hasbach, hermano David Henley, John David Long-García, padre José Carlos Miguel López, padre Esteban Pawelk.

FOTO DE PORTADA

Los misioneros de Glenmary: Jude Smith (Izq.), Imelda Ngwitu y Neil Pezzulo, en la iglesia La Sagrada Familia en Blakely, Georgia. —Foto de Omar Cabrera.

Foto de Lorenzo Aju.
Foto de archivo de Glenmary.

El padre Neil Pezzulo sirve en las misiones de Glenmary en Georgia desde julio de 2025.

La hermana Imelda y visitantes de inmigrantes detenidos interactúan en la casa El Refugio.

ALIVIO PARA inmigrantes detenidos

Inmigrantes encarcelados en megacentro de ICE en Georgia encuentran alivio con los misioneros de Glenmary.

POR OMAR CABRERA

El padre Neil Pezzulo visita semanalmente uno de los mayores centros de detención para inmigrantes en Estados Unidos, el Centro de Detención Stewart en el suroeste del estado de Georgia. Su ministerio de presencia brinda consuelo a los detenidos, la mayoría de ellos hispanos que no tienen quién vaya a verlos.

Él maneja casi una hora desde su casa hasta las afueras del pequeño y

remoto pueblo de Lumpkin, cuya población es menos de la mitad de los 2,000 inmigrantes de diferentes países ahí detenidos.

“La comida es horrible y no hay suficiente”, dice el padre Neil sobre las duras condiciones del centro. El lugar tiene más personas que camas, por lo que algunos tienen que dormir en el suelo, sobre unas camillas de plástico.

El padre Neil, de Glenmary, es el único sacerdote que visita a los detenidos en Stewart. Ahí, él celebra la Misa, escucha confesiones y conversa con ellos. “A menudo, es su primera confesión en muchos, muchos años”, dice el glenmariano. “Muchos están extrañando a sus familias. Las mujeres, especialmente, me dicen que extrañan a sus hijos”.

Los inmigrantes detenidos en este complejo están privados de cosas que las personas libres tienen a la mano: una silla cómoda para

sentarse, acceso al sol y el aire libre, un celular para comunicarse y entretenerse. Los detenidos, en cambio, “están siempre adentro. No hay luz del sol en el lugar. Te permiten salir al patio en algún momento del día, usualmente por 20 a 30 minutos y yo solo he visto el patio desde adentro. No se ve particularmente grande”, dice el padre Neil. El centro de detención “es un lugar árido”.

Para estas personas, conversar con alguien que está dispuesto a escucharles con atención y recordarles del amor de Dios es como un bálsamo que alivia sus heridas y les ayuda a mantener viva la esperanza, dice el glenmariano.

“Tratamos de acompañar o caminar con estas personas en este capítulo particular de su vida”, dice el padre Neil sobre su ministerio de servicio a los marginados de la sociedad como sacerdote de Glenmary en el centro de detención.

Foto de Omar Cabrera.
Foto del hermano Jude Smith.

Un refugio para visitantes

Cerca del centro de detención, en el pueblito de Lumpkin, una organización abre sus puertas cada sábado y domingo para aquellas personas que visitan a algún familiar o amigo detenido. Ubicada en la calle principal, o Main St., la casa “El Refugio” cuenta con estacionamiento, un área de comedor grande, cocina, salas de estar e incluso habitaciones donde los visitantes pueden pasar la noche gratis.

Para ver a un inmigrante detenido, el familiar o amigo debe llegar físicamente, anotar su nombre, número de teléfono y otros datos. Luego, entrega esa información a los guardias y se le indica la hora a la que puede llegar a hacer su visita. Entre el registro y la hora de la visita, la espera puede variar desde 30 minutos hasta tres horas. Como en Lumpkin no hay hoteles y solo existe un restaurante, los lugares donde los visitantes pueden esperar son escasos. Por eso es que muchos acuden a la casa de El Refugio.

El Refugio es una organización no vinculada con Glenmary que opera la casa con voluntarios y fondos aportados por sus propios donantes. A estos voluntarios se unen dos misioneros de Glenmary. El hermano Jude Smith lo hace una vez al mes, mientras que la hermana Imelda Ngwitu, dos fines de semana cada mes.

“Ayudamos a recibir los visitantes, las familias”, dice la hermana Imelda. “Nos aseguramos de que tomen café, que almuercen, conversamos con ellos, y yo les ayudo a hacer el papeleo cuando llegan al centro de detención”.

Al igual que otros voluntarios de El Refugio, el hermano Jude y la hermana Imelda también visitan a detenidos que han pedido visita y que no tienen nadie

que llegue a verlos. El Refugio obtiene el nombre de cada inmigrante y el número que le ha sido asignado por Inmigración y Control de Aduanas (en inglés, ICE).

Todos los visitantes tienen acceso limitado al centro, y solo pueden ver a los detenidos detrás de un vidrio y hablar con ellos vía intercomunicadores similares a los viejos teléfonos de línea fija.

El padre Neil, en cambio, tiene acceso a prácticamente todos los espacios en el centro de detención, con la salvedad de que adentro solo puede moverse en compañía, ya sea del capellán de la prisión o de un guardia.

La mayoría son hombres

La mayoría de la población interna en el Centro de Detención Stewart son hombres. Muchos de ellos eran el sostén económico de sus familias hasta caer en manos de ICE. Por eso, es común ver a mujeres que llegan a El Refugio para visitar a algún detenido, algunas de ellas acompañadas por niños o adolescentes.

El hermano Jude, quien este verano hace sus votos finales con Glenmary, ahora tendrá acceso a un presupuesto. En él, ha incluido fondos para ayudar, por ejemplo, con tarjetas de combustible para estas familias.

Con su ministerio, el padre Neil, el hermano Jude y la hermana Imelda están haciendo vida el pasaje de Mateo 25, 34-36, en que Jesús dice que cuando el Hijo del Hombre venga, “el Rey dirá a los de su derecha: ‘¡Vengan, benditos de mi Padre!, reciban en herencia el Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo, porque tuve hambre y me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, fui forastero y me recibieron, estuve desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron, en la cárcel y fueron a verme”.

MUCHOS ESTÁN EXTRAÑANDO A SUS FAMILIAS. LAS MUJERES, ESPECIALMENTE, ME DICEN QUE EXTRAÑAN A SUS HIJOS.

Padre Neil Pezzulo

Tres de cada cuatro detenidos en el megacentro están limpios de antecedentes delictivos..

Foto de Audra Melton.

El padre Vic Subb, un fiel e inspirador miembro de Glenmary, ha sido durante mucho tiempo un ejemplo vivo de lo que significa ser un misionero de Glenmary. Como lo hemos contado en esta su revista “El Reto”, el padre Vic ha estado experimentando problemas de salud. Mientras se recupera —pero reflexiona sobre lo que vendrá después—, continúa encarnando ese espíritu misionero; no a través de viajes o del ministerio en una de nuestras misiones de Glenmary, sino a través de la oración, de la presencia y haciéndose una sencilla pregunta diaria: “¿Cómo puedo ser misionero hoy?”

Es una pregunta que le da fundamento y lo define. Si seguimos a Jesús, esa es una pregunta que nos desafía a todos nosotros. Nos recuerda que el llamado misionero no está ligado a la geografía, la edad o las capacidades. Se trata de disposición, conciencia, intención y presencia.

Usted puede ser misionero incluso desde una cama de hospital, durante su trayecto matutino al trabajo, en la mesa de su cocina o haciendo fila en el supermercado. Ese es el poder y la belleza del discipulado misionero: es accesible para todos nosotros, cada día.

La Cruz Misionera de Glenmary

Hace unos años, el Hermano Joe Steen se dirigió a su taller de carpintería y creó la Cruz Misionera para Glenmary. No utilizamos ningún tipo de hábito religioso; nuestros sacerdotes suelen vestir camisas clericales, y los Hermanos usan ropa de uso diario. Elegimos esta cruz, que pende de un sencillo cordón, como una forma de identificar a los miembros de Glenmary. Se la entregamos a los nuevos miembros en el momento de su voto perpetuo.

El Hermano Joe, constructor de iglesias y artesano, elaboró a mano cada una de las cruces y, aunque todas son

¿CÓMO PODEMOS SER misioneros

EN EL MUNDO ACTUAL?

iguales, presentan sutiles diferencias. La cruz es un signo humilde y poderoso de nuestro compromiso con Cristo, con su misión y con nuestro estilo de vida en Glenmary. El simbolismo de la cruz conecta profundamente con el carisma y el modo de vida de Glenmary. También refleja aquello a lo que cada uno de nosotros está llamado a ser en nuestro discipulado misionero. El Hermano Joe se puso manos a la obra con una idea en mente. Estas cruces:

• son de madera de nogal —una madera nativa de América—, recordándonos la tierra y las personas a las que estamos llamados a servir

• tienen un diseño sencillo —que representa la simplicidad de nuestras vidas y la de aquellos con quienes caminamos—;

• presentan hendiduras curvas —signos de mansedumbre y de la tierna misericordia de Dios

• poseen acabados imperfectos —un recordatorio de nuestra humanidad y de nuestra constante necesidad de redención a través de Jesucristo.

Cada glenmariano lleva esta cruz en las reuniones significativas de Glenmary: funerales, ceremonias de votos, y eventos regionales o nacionales. Pero también la llevamos siempre que nuestro corazón nos llama a recordar nuestros votos y a vivir nuestra vocación misionera.

¿Tiene usted una “cruz misionera” que cargue o lleve puesta para recordarle su discipulado misionero?

Momentos misioneros en la vida diaria

Nadie necesita un título para ser misionero. Solo se necesita un corazón que diga “sí” en las cosas pequeñas. El testimonio del Padre Vic es que él siempre parece tener tiempo para las personas con las que se encuentra. ¿Cómo puede usted ser misionero hoy?

CARTA DEL PRESIDENTE: Padre Dan Dorsey

Estos son algunos ejemplos del estilo de vida del padre Vic:

• Comienza con gratitud. Presta atención a las bendiciones cotidianas: agua limpia, una cama cálida, una comida compartida, una comunidad que le apoya. Eleva una bendición por cada una de ellas. Vive con la conciencia de que nada está garantizado y de que todo es un regalo de Dios.

• Presta atención a las personas. A quienes prestan servicios. A los desconocidos. A los vecinos. Ofrece un saludo cordial, una sonrisa, un “gracias”. Sé esa persona que no tiene prisa. Sé alguien que sabe escuchar.

• Reconoce a Cristo en cada persona. Todo aquel con quien te cruzas lleva algo consigo: una carga, una preocupación, una esperanza. Mira con los ojos de Cristo. Responde con paciencia, misericordia y amor. Otras preguntas para que todos reflexionemos:

• ¿Se ha encontrado recientemente con alguien que haya sido para usted la presencia mansa y amorosa de Jesús?

• ¿Ha realizado alguna pequeña acción —intencionada y compasiva— que haya hecho que alguien se sienta visto o valorado?

¿Estaría dispuesto a compartir ese momento? Me encantaría saber de usted. Ya sea la historia de alguien que tocó su vida, o un momento en el que vivió su llamado misionero en las circunstancias cotidianas de la vida, envíe sus reflexiones por correo electrónico a ddorsey@glenmary. org. Puede utilizar la dirección que figura en la contraportada, si lo prefiere.

Recuerde: el corazón misionero late no solo en lugares lejanos, sino en los encuentros cotidianos: en las sonrisas, en el servicio, en el silencio y en el amor. Así pues, comencemos cada uno hoy con la sencilla y profunda pregunta del padre Vic: “¿Cómo puedo ser misionero hoy?”.

Noticias de Glenmary

SERVICIO / Refuerzo

Hermana de Kenia se une a Glenmary

La hermana franciscana Mary Jane Atieno llegó de Kenia a Estados Unidos para unirse al trabajo misionero de Glenmary. Ella arribó el 31 de marzo y recibió una orientación en la sede central de Glenmary en Cincinnati, Ohio.

“Me siento muy bien de unirme a la comunidad de Glenmary”, dijo la religiosa, tras una de las oraciones diarias junto a empleados de la congregación. Luego, la hermana viajó a Blakely, en el suroeste del estado

de Georgia, donde “espero unirme a la misión de una forma positiva, para sumarme al trabajo que ellos (los misioneros de Glenmary) están haciendo, para hacer crecer el espíritu de Glenmary y para ayudar a unir al pueblo de Dios", añadió la religiosa.

En la pequeña ciudad de Blakely, la hermana Mary Jane comparte vivienda con la hermana Imelda Ngwitu, también originaria de Kenia, quien pertenece a la misma orden franciscana que ella.

Además de a la hermana Imelda, la religiosa se une a tres misioneros de Glenmary en Georgia: el padre Neil Pezzulo, el hermano Jude Smith y el diácono Scott Watford. Este equipo de Glenmary tiene

La hermana Mary Jane sirve en seis condados del estado de Georgia.

bajo su responsabilidad el servicio en dos parroquias, ubicadas en las poblaciones de Blakely y Cuthbert, desde donde ministran a un total de seis condados: Early, Stewart, Randolph, Miller, Clay y Quitman.

Foto de Lindsay Braud.

LOS HIJOS DE INMIGRANTES

transforman corazones

Abril de 2018. Mientras manejo a través de las montañas que separan mis dos parroquias, empiezo a recibir llamadas telefónicas. “¡Se llevaron a mi esposo!”, me dice una feligresa. “¡Se llevaron a mi mamá!”, dice otra, llorando. “¡Migración me tiene detenida!”, me dice una mujer.

Al llegar a la Iglesia Católica San Juan Pablo II, en Rutledge, Tennessee, cinco niños de entre 5 y 15 años —apiñados en un automóvil— esperan ansiosamente a que yo abra las puertas de la parroquia. Todos sus padres trabajan en una planta empacadora de carne donde acaba de haber una redada. Para el mediodía, hay 50 mujeres y niños en mi iglesia. Hacia las 5 de la tarde, hay más de 100 personas angustiadas por sus padres, cónyuges y hermanos.

Mi trabajo con los inmigrantes comenzó de manera inesperada en 1989, cuando fui asignado a una misión que incluía tres parroquias, con sede en Claxton, Georgia. Allí, los inmigrantes trabajaban en los campos de cebollas Vidalia y en plantas avícolas. Estas familias acudían a la iglesia y mostraban tener una fe sólida y fuertes lazos familiares.

Le pregunté a un padre inmigrante por qué no había entrado al país con sus documentos en regla. (Él había llegado solo; sus hijos y su esposa seguían en México).

“Lo haría, si pudiera”, respondió el hombre. Fue durante

Las lágrimas de los niños migrantes han transformado el corazón del padre Esteban, quien nos recuera que la migración es un asunto moral más que legal.

Por el padre Esteban Pawelk

esa plática con él que descubrí, por primera vez, que un pasaporte de México —y de muchos otros países— no es suficiente para entrar a los Estados Unidos. Y continuó explicándome: “Si trabajo aquí durante seis meses y me envían de regreso a México, podré darles carne a mis cinco hijos durante un año, y no solo arroz y frijoles. Si logro trabajar un año o más, podré ahorrar dinero para enviarlos a la escuela” (En México, muchas comunidades rurales solo tienen escuelas hasta sexto o noveno grados).

“Dios me llama a proveer para mi familia. ¿Qué riesgos estaría dispuesto a correr usted, padre, para alimentar a su propia familia?”.

Nunca he olvidado la historia de este hombre. En esa misma parroquia, en 1991, fui testigo por primera vez de una redada laboral en una planta avícola. Una vez más, padres y funcionarios escolares me llamaron. A los padres se los llevaron de la planta avícola, pero no se les permitió recoger a sus hijos, principalmente porque los niños eran ciudadanos estadounidenses. Los maestros reunieron paquetes de ayuda para que los niños se los llevaran a casa, y yo los esperé en el vecindario de casas rodantes para ayudar a cada niño aterrorizado por su situación a encontrar una familia que se hiciera cargo de ellos. Por supuesto, antes de que terminara el mes, todos los padres ya estaban de regreso en Georgia, trabajando

en otro lugar. ¿Qué padre no regresaría, a cualquier costo, para cuidar de sus hijos? Si no lo hubieran hecho, ¿cómo habrían sido juzgados?

En Mississippi, con la ayuda del padre Francois Pellisier, se inició la Misa en español en una de mis dos parroquias; pero mi propio español era muy limitado. Contraté a Sigifredo y a su familia para que me apoyaran, ya que él fue el único que solicitó el puesto. Vivían en Colombia y tenían parientes en Mississippi.

Sigifredo y su hija menor, de 8 años, llegaron con una visa de trabajo R1 (para trabajadores religiosos), pero su esposa y su hija de 11 años tenían una visa R2, que no les permitía trabajar. Más tarde, al renovar sus visas, recibieron una carta según la cual debían abandonar el país en un plazo de 30 días. Descubrimos que la oficina de trámites migratorios que les ayudó había cometido un error. Incluso contando con ayuda legal, se cometen errores, ya que las normas de inmigración varían según el país de origen del solicitante.

Cuestiones morales y legales

Una de las historias más trágicas que presencié fue la de una madre hondureña y su hijo que se presentaron en la iglesia. El niño, de 7 años, bañaba y alimentaba a su madre, ya que a ella le habían amputado los brazos y tenía el rostro desfigurado con cicatrices. Esto ocurrió porque su esposo se negó a cooperar con los narcotraficantes en Honduras, quienes la utilizaron como ejemplo. A ella y a su hijo se les concedieron visas de turista, pero no a su hija de tres años. La niña se quedó en Honduras con su padre. La mujer torturada cumplía con los requisitos para obtener el estatus de refugiada; no obstante, de aceptarlo, nunca volvería a ver a su hija. Así que regresó a su hogar.

Se me parte el corazón por estos niños y por su sufrimiento. Me han recordado que la inmigración es, más que una cuestión legal, una cuestión moral. Recuerden: no toda ley es moral (el aborto y la pena capital son legales, pero inmorales). Y no toda acción ilegal es inmoral (muchos católicos —incluido el Papa— quebrantaron la ley para proteger a los judíos de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial).

Como pastor, estoy llamado a servir a todos los hijos de Dios, sin distinción de su estatus legal, raza, clase social o cualquier otro factor divisivo. Mi misión consiste en fortalecer y alimentar el cuerpo de Cristo, para que todos puedan tener salvación.

El padre Esteban Pawelk es director del noviciado y segundo vicepresidente de Glenmary.

Felgireses latinos acompañan al padre Esteban a las ordenaciones sacerdotales de

El padre Esteban era el pastor de la misión en Rutledge, Tennessee, cuando ocurrió una redada de inmigración a 15 millas de distancia.
Glenmary en 2019.
Foto de John Feister.
Foto de John Feister.

UN LUGAR AL QUE LLAMAR

El padre Mike Kerin bendice a siete mujeres que se consagraron a Nuestra Señora de Guadalupe en su día festivo.

hogar

LLa misión de Glenmary en Livingston, Tennessee, encuentra una nueva sede donde la comunidad profundizará su fe.

a comunidad católica del condado de Overton, en Tennessee, ahora tiene una sede propia donde reunirse para el culto y la convivencia. Por una feliz coincidencia, el nuevo local está ubicado en la calle Church Street (Calle de la Iglesia), en el pueblo de Livingston.

Ubicado a hora y media en auto al noreste de Nashville, Livingston es la sede del condado de Overton. Esta misión de Glenmary es la más reciente que la congregación ha fundado.

Este año 2026 ha sido muy activo para la comunidad. Por primera vez, no sólo han celebrado juntos las liturgias de Jueves Santo y Viernes Santo, sino que grupos de niños, jóvenes y adultos también celebraron, por primera vez, la Primera Comunión y la Confirmación, así como segundos y terceros bautismos.

Los católicos del condado también cuentan ahora con una Misa semanal los miércoles, además de la que ya venían celebrando cada domingo.

Todas estas celebraciones son posibles gracias a que cuentan con una sede propia.

“Es una bendición, porque lo necesitamos (el local); todos los que vivimos aquí lo necesitamos”, afirma Guillermina, una feligresa.

Nicolasa Aju coincide con ella: “Este lugar es una bendición para la comunidad”, dice. “La gente está muy contenta. Se sienten como en casa”.

En busca de una nueva sede

Antes de tener su propio edificio, la comunidad católica alquiló un espacio en la Primera Iglesia Metodista durante dos años. En junio de 2025, la iglesia metodista pidió a Lorenzo Aju y a la comunidad católica que buscaran un nuevo lugar para reunirse.

Lorenzo es un experimentado misionero laico de Glenmary que se mudó al condado de Overton con su esposa, Nicolasa, en 2022, para comenzar a consolidar la comunidad. Él ya había trabajado anteriormente con Glenmary, pero en misiones que ya contaban con edificios y oficinas parroquiales establecidos.

En un condado con una población de unas 22,000 personas, las opciones de alquiler disponibles son escasas y difíciles de encontrar. Lorenzo solicitó la ayuda de la comunidad, pidiendo a todos que estuvieran atentos a posibles ubicaciones.

En octubre del año pasado, hallaron el lugar donde se encuentran ahora. El edificio es exactamente lo que la comunidad necesitaba: tiene un gran salón, dos salas más pequeñas y una cocina. En el salón grande, un lado está dedicado al culto, con un altar y sillas, mientras que el otro está acondicionado para las reuniones comunitarias y las clases de educación religiosa. “Cuando les conté a todos que ya teníamos un lugar, todos vitorearon: ‘¡Sí!’”, dice Lorenzo. “Todos están felices”.

Foto de Theresa Nguyen-Gillen.

Reunirse

en comunidad

Los beneficios de tener un lugar propio se hicieron evidentes de inmediato. La iglesia metodista era agradable, pero la comunidad a menudo se veía limitada en cuanto a los horarios y días en que podían reunirse allí.

Anteriormente, sólo disponían de 30 minutos después de la Misa para compartir comidas comunitarias y confraternizar. Ahora, en su nuevo edificio, “todos se toman su tiempo para conversar y no hay prisa por marcharse”, comenta Lorenzo.

El poder pasar tiempo juntos, sin restricciones, es parte de lo que hace que esta comunidad sea tan unida. “No compartimos el mismo apellido”, dice Ramón, un feligrés, pero “todos somos como una familia”.

Educando a la juventud

Además de buscar un nuevo edificio el verano pasado, Lorenzo emprendió otra gran tarea para la comunidad: preparar su primer año de clases de educación religiosa.

Anteriormente, los niños se preparaban para recibir sus sacramentos en las iglesias donde asistían a la Misa dominical, que no estaba disponible en Livingston. Cuando la comunidad comenzó a celebrar la Misa dominical juntos en abril de 2025, el siguiente paso lógico fue incorporar las clases de educación religiosa.

“Para mí”, dice Lorenzo, “es muy importante que los niños reciban esta formación”. Así que, mientras buscaba propiedades disponibles, comenzó también a capacitar a los voluntarios y a preparar el plan de estudios.

“Debo poner en marcha el programa sin esperar a tener el edificio”, comenta Lorenzo sobre la mentalidad

que tenía en aquel momento. “Ahora ya tenemos el edificio, por lo que resulta mucho más sencillo llevar a cabo el programa”.

Dieciséis niños y jóvenes se inscribieron para este primer año de clases, abarcando desde quienes se prepararon para la Primera Comunión hasta jóvenes adultos.

“Hay muchos niños”, dice Guillermina; “por eso deseamos que estos pequeños —que hoy son tan jóvenes— crezcan y fortalezcan su fe en el futuro, para que esa fe perdure aquí, en nuestra iglesia”.

Creciendo en la fe

A finales de enero se instaló un letrero en el edificio, anunciando que allí se reúne la comunidad católica del condado de Overton. Se alberga la esperanza de que este paso ayude a la comunidad a crecer, tanto en número de miembros como en fidelidad a su fe. “Espero que crezcamos en número”, dice Lorenzo, “pero este grupo también está creciendo como comunidad, en la forma en que se apoyan mutuamente”.

“Estoy muy feliz, muy feliz de que tengamos este lugar para dar gracias a Dios”, dice Guillermina.

“Y de que también nos sintamos acogidos, con tantos problemas que están ocurriendo en estos días, ¿verdad? Con las autoridades de inmigración, problemas familiares o situaciones por las que está pasando nuestra familia”, dice ella; es una bendición “tener un lugar al que acudir, que nos reciba, para que nos sintamos felices, alegres; para sentir que estamos en un lugar de paz y felicidad”. La

nueva misión son de origen latino.
Foto de Lorenzo Aju.

La felicidad no está en las cosas

El padre Vic Subb, de Glenmary, nos comparte situaciones en las que ha experimentado gran gozo en su vida, junto al prójimo. La felicidad se halla en nosotros, dice, y no en las cosas.

Por el padre Vic Subb

En la pared de mi dormitorio cuelga un póster de Kenia que dice: “La alegría no reside en las cosas, sino en nosotros”. Yo busco vivir esa alegría. Todos tenemos experiencias que nos ayudan a convertirnos en personas más alegres. De mis años como misionero de Glenmary, deseo compartir algunas de esas experiencias que me ayudan a crecer en alegría.

Mi última misión parroquial fue en la Iglesia de Santa Juana de Arco, en Plymouth, Carolina del Norte. La Misa de las 5:00 p. m. de los sábados cuenta con un coro compuesto por seis mujeres y Kay, la organista. Cada mujer del coro me había dicho “yo no sé cantar”. Ensayan una hora antes de la Misa. Al caminar yo por el pasillo central, las seis integrantes del coro —que supuestamente no saben cantar— sonaban casi como ángeles. Los himnos me llenaban de alegría al dar comienzo a la celebración de la Misa. Como sacerdote, una gran alegría es estar presente para la administración de los sacramentos. La alegría de la nueva vida en el Bautismo, con los padres radiantes de felicidad. Lo mismo ocurre con los bautismos de adultos, cuyos rostros irradian paz y gozo. El niño de la Primera Comunión, que se mantiene erguido, con las manos juntas y un poco nervioso, al recibir a Jesús

por primera vez; ellos son para mí grandes ejemplos de la sacralidad de los sacramentos. En los adolescentes y adultos que se preparan durante meses para recibir la Confirmación, también hay alegría. Los pecados perdonados... ¡Qué gran alivio en el sacramento de la Reconciliación!, un nuevo comienzo donde habita el amor.

Dentro del Matrimonio, ¿podemos decir “sí” para siempre sin conocer el futuro? El alivio y la alegría se entremezclan al escuchar las palabras: “Sí, quiero”.

La vida es un viaje

Siempre quise ser guía turístico; cuando estuve en la Iglesia de la Santísima Trinidad, en Swainsboro (Georgia), pude hacer realidad ese sueño. Las excursiones parroquiales aportaban mayor unidad, además de alegría, a la comunidad parroquial. Organizábamos tanto viajes de un solo día como de dos días. Las risas

“La alegría que habita en nosotros proviene del autor de la alegría: Jesucristo”.
Foto
de John Feister.

y los cantos siempre nos dibujaban una sonrisa en el rostro. Las clases de formación religiosa para adultos se convertían en viajes; hacíamos “teología de viaje”. Todos éramos profesores; todos crecimos en el amor y en la comprensión mutua.

Una de mis mayores alegrías es ver a las personas contemplar el océano por primera vez. Saltan de alegría como locos. Sus sonrisas me contagian el deseo de saltar también. La vida conlleva muchas luchas; pero, las celebraciones de la vida nos infunden la esperanza necesaria para afrontar esos momentos difíciles.

Cuando vimos al Papa

Una de mis experiencias más gozosas fue en 2015, cuando organicé un viaje para presenciar la visita del Papa Francisco a Filadelfia, mi ciudad natal. En aquel entonces, yo era párroco de la iglesia de la Sagrada Familia en Lafayette, Tennessee.

En la parroquia surgió un gran interés por emprender lo que sería una experiencia única en la vida. El viaje en coche duraría once horas. Mi idea era organizar el transporte compartido en varios vehículos. Decidí preguntar al párroco de la iglesia de mi infancia —que quedaba cerca de donde estaría el Papa— si podría conseguir alojamiento para nuestro grupo. Varios días después, me comunicó que cuatro familias habían accedido a recibirnos. La lista de personas que deseaban unirse al viaje creció hasta alcanzar las 47. “¿Cómo podremos lograr esto, Señor Jesús?”, me preguntaba. Pero lo logramos; fuimos.

Una caravana de vehículos partió hacia Filadelfia sin tener la certeza absoluta de si habría alojamiento suficiente para las 47 personas. Dios es bueno. Algunos durmieron en el suelo; quince personas se alojaron en casa de mis hermanos, Mary Ann y Joe. Los vecinos nos ofrecieron comida, y la parroquia nos agasajó con un gran banquete. Ver la interacción entre ambas comunidades fue una dicha inmensa. Pudimos ver al Papa y escuchar su mensaje. Sentí como si estuviéramos en el cielo.

Ayudando a los inmigrantes

Tras mi ordenación sacerdotal, fui enviado al sureste de Arkansas para servir en una parroquia compuesta por cuatro iglesias. Mi labor pastoral se centraría en dos de ellas. Una, la de Warren, contaba con una nutrida población hispana dedicada al cultivo del tomate. Corría el año 1987. El presidente Reagan había puesto en mar-

El padre Vic y feligreses disfrutaron de la visita del Papa Francisco a Filadelfia en 2015.

padre Vic vive el gozo de sumergirse en culturas diferentes a la suya para unirse al prójimo.

cha un “Programa de Amnistía”, así como un programa específico para trabajadores agrícolas, para ayudar a las personas a regularizar su estatus legal en el país.

Muchas personas ofrecían ayuda con estos trámites, pero a un precio exorbitante. Yo comencé a tramitar estas solicitudes de manera totalmente gratuita.

El viaje hasta la oficina de inmigración en Memphis duraba cuatro horas en automóvil. La noche previa al viaje, quienes iban a desplazarse a Memphis se reunieron en la casa parroquial de Warren. La gente estaba nerviosa; algunos pasaron toda la noche rezando. El trayecto hacia Memphis transcurrió en absoluto silencio. Iban a presentarse cara a cara ante los oficiales de inmigración. La fila de espera era siempre interminable. Las personas entraban en la oficina temblando de nerviosismo, pero salían de ella luciendo las sonrisas más radiantes. La alegría reinaba en todos nuestros corazones.

La alegría que habita en nosotros proviene del autor de la alegría: Jesucristo. Somos un pueblo de Pascua. La Resurrección de Jesús nos ofrece la vida eterna; una alegría que perdura toda la vida.

El
Foto de archivo de Glenmary.
Foto de archivo de Glenmary.

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Foto cortesía de Arlene Purugganan Carroll.

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