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Diversidad
CONCURSO LITERARIO RELATOS Y SONIDOS DE LA DIVERSIDAD Colectivo Construyendo Capacidades Facultad de Ciencias Humanas Universidad Nacional de Colombia Diciembre de 2015
rector vicerrector director bienestar
Universidad Nacional de Colombia Sede Bogotá Cra 45 No 26-85 Edificio Uriel Gutiérrez www.unal.edu.co proyectoug_bog@unal.edu.co /gestiondeproyectosUN ugp.unal.edu.co
Ignacio Mantilla Diego Fernando Hernández Oscar Arturo Oliveiros
sede bogotá coordinadora programa
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gestión de proyectos pgp decano facultad ciencias
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humanas dir bienestar facultad
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ciencias humanas coordinadora del colectivo
Alejandra Marcela Rodríguez Vargas
construyendo capacidades miembros del colectivo construyendo capacidades
tutoría académica corrección de estilo diagramación y diseño
Katherine Rodríguez Mora Valeria Sotomayor Ávila César Sánchez Arévalo Laura Rivera Ospina Felipe Pineda Luis Parra Yaneth Vargas María Elvia Domínguez Diana Luque Villegas Viviana Garnica (PGP)
Contacto construyendocapacidades@gmail.com /Colectivo-Construyendo-Capacidades-105441466473298/
Derechos de Autor y Licencia de Distribución Atribución - Comercial - Sin Derivar • El material expuesto en esta publicación puede ser distribuído, copiado y exhibido por terceros si se muestra en los créditos. • No se puede obtener ningún beneficio comercial. • No se pueden realizar obras derivadas --Esta publicación incluye el trabajo de los mejores textos participantes en el Corcurso Sonidos y Relatos de la Diversidad, organizado por el Colectivo Construyendo Capacidades, de la Facultad de Ciencias Humanas, de la Universidad Nacional de Colombia. Los textos presentados en la siguiente publicación expresan la opinión de sus respectivos autores, y la Universidad Nacional de Colombia no se compromete directamente con la opinión que estos puedan suscitar
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COLECTIVO CONSTRUYENDO CAPACIDADES “La noche de la ceguera tiene también sus maravillas. La noche de la ignorancia y de la insensibilidad es la única tiniebla impenetrable” Hellen Keller El colectivo estudiantil “Construyendo Capacidades” se conformó con el objetivo de crear un espacio artístico de participación para personas en situación de discapacidad, que desearan compartir con los demás estudiantes universitarios sus iniciativas, sueños y talentos. Lo anterior porque consideramos que desde el arte no hay exclusión, diferencias físicas, sensoriales o intelectuales, o discriminación, en cambio existen personas dispuestas a desarrollar, potenciar y apoyar sus propias capacidades y las de los demás. Desde este colectivo sabemos que cualquier persona debe tener la oportunidad de demostrar sus talentos, por esto deseamos fomentar sus iniciativas a través de la apertura de escenarios y espacios de interacción, en los que se promueva una cultura de la no- discriminación, la libre participación y el reconocimiento de las capacidades diversas que tiene esta población al interior de la universidad. Con el fin de potenciar nuevas relaciones de colaboración y construcción conjunta entre la comunidad universitaria, este semestre realizamos actividades como la Semana de inclusión a las capacidades diferenciales del 5 al 9 de Octubre, que incluyó actividades como: Taller sobre la comunidad sorda y la lengua de señas, dirigido por Carolina Aldana y con la participación de Daniel Luque, profesor sordo de la Universidad ECCI; Taller de Biodanza; Taller de sensibilización a la discapacidad. Además, se realizó el Concurso literario Relatos y sonidos de la diversidad: poesía, cuento corto y experiencia de vida, que incluyó un Taller de cuento corto dirigido por Patricia Rodríguez y dos talleres de poesía a través de los sentidos, dirigidos por Angélica Baquero. Finalmente se llevó a cabo, junto con la revista Voto Incluyente, la Semana de la no violencia a la mujer, diversidad sexual y capacidades diferenciadas, del 23 de noviembre al 3 de diciembre. Estos eventos fueron posibles gracias a la constancia, paciencia y compromiso de los integrantes del colectivo, también al apoyo y a la participación los estudiantes de la Universidad Nacional. Todos ustedes nos permitieron expresar, por medio del arte, la riqueza de diferentes formas de ver la vida en esta universidad. Esperamos que nos sigan acompañando y hagan del Colectivo Construyendo Capacidades un espacio propio y de todos. Alejandra Marcela Rodríguez Vargas
Coordinadora del Colectivo Construyendo Capacidades
TEXTOS GANADORES
CAMINO A LOS SUEÑOS
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EL OTRO RELATO
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Liliana Andrea Daza Marroquín
Kevin Daniel Llanos Rodríguez
LUCÍA
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MARY BLOODY
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EXPERIMENTACIÓN Y TIEMPO: TRÁNSITOS DE CONOCIMIENTO
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ENTER THE VOICE
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LA VEJEZ SIN SENECTUD
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CARNE Y ESPÍRITU
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Harold Stiwar Pascagaza Jiménez
Andrés Eduardo Garnica Torrado
Carlos Eduardo Rodríguez M.
Andrés Gulla-Ván
Fernando Sánchez Quete
Pilar García Villamarín
CAMINO A LOS SUEÑOS Liliana Andrea Daza Marroquín Universidad Nacional de Colombia
Soy la primera hija del matrimonio de mis padres, también la única mujer de 4 hermanos, nací en Bogotá un 31 de diciembre y siempre fui una niña tierna y alegre, eso dice mi mamá. A los nueve años empecé a tener ausencias, cosa que suscito en mis compañeros un motivo de burla, y ni hablar de lo que paso después, cuando empecé a tener convulsiones focales y tónico-clónicas. Todos pensaban que durante estos eventos yo perdía la conciencia y aunque algunos eran tan fuertes que me hacían perderla, otros los recuerdo incluso mejor que las lecciones que debo recordar de memoria para la cátedra Bogotá musical. Para controlar la epilepsia me formularon carbamazepina, la cual contribuyó a acentuar mis problemas, tanto motores como de atención, y me dejó una secuela de depresiones severas que afectaron mi niñez, mi adolescencia y mi adultez, hasta hace tres o cuatro años, cuando dejé, por decisión propia, de consumir dicho medicamento. A pesar de que varias veces me enfrente a mis neurólogos exponiéndoles la tristeza, las pocas ganas de vivir y los sentimientos derroteros que me embargaban, no había otro medicamento que pudiera controlar las convulsiones, ya que el ácido valproico me hubiera condenado a ser calva, obesa y habría comprometido también mi capacidad cognitiva, más de lo que ya lo hacia la carbamazepina. Jamás pensé que la descarga que genera una convulsión dejara nada bueno; pero lo que no tuve en cuenta fue que deterioraba mi memoria, yo nací un 31 de diciembre, imaginen un medico en esColectivo Construyendo Capacidades 6
tado de embriagues atendiendo un parto, sí, casi muero, para ayudarme a salir usaron fórceps; sin embargo, ya había consumido líquido amitótico y ese descuido me dejó secuelas que afectaron mi desarrollo motriz, y alteraron mi manera de entender el mundo; aunque, al parecer, no tengo alguna seña que me identifique como alguien con un problema, mi comportamiento siempre hizo que los demás niños me aislaran. Durante mi niñez, mis mejores amigos siempre fueron los árboles del colegio y tenía un pavor terrible a los animales de toda clase, por alguna extraña razón. Siempre noté que mis sentidos eran un poco más agudos que los del común, tengo fotofobia, un oído desarrollado; si tengo que buscar algo en mi bolso, siempre uso las manos, no los ojos, puedo distinguir a alguien no solo por su voz también por su aroma. Siempre me fue muy difícil relacionarme con los demás, entender sus chistes, sus juegos y me resultaba prácticamente imposible poder decir de qué se trataba un párrafo aunque lo acabara de leer. A mí me ha gustado el teatro porque quien se sube al escenario puede ser incluso lo opuesto a lo que es, poder quitarse y ponerse el disfraz de un personaje es una gran sensación para alguien que casi siempre fue invisible; me gusta leer y escribir poesía, aunque no sé si hago bien el ejercicio. Me gusta cantar y ahora he vuelto a sonreír. Fueron casi veintidós años de mi vida que viví en una depresión severa constante; por fortuna, estos últimos cuatro años, después de un evento milagroso, que involucra un episodio suicida en el que
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por poco muero, mi vida tomó de nuevo los tonos del arcoíris, después de tanto tiempo de ver la vida monocromática; esa nueva sensación multicolor llenó de esperanza y de nueva energía mi vida; he de admitir que todo esto lleva un proceso largo que involucra tantas cosas que se hace imposible registrarlas en tan solo unas palabras. En el segundo semestre del dos mil doce, después de empeñarme obsesivamente por pasar a la Universidad Nacional, me encontré brincando de la felicidad en la sala de mi casa al leer el resultado que decía: “Bienvenida a la Universidad Nacional de Colombia”, en ese momento llegué a pensar que no habría mayor alegría; sin embargo, ese solo fue el inicio de una serie de acontecimientos felices que le han dado el título a este escrito. Pasar de creer que tu vida no tiene sentido a tal punto de querer morir todos los días, a disfrutar cada día, cada instante como si fuera el último, no tiene precio. No puedo mentir, todo esto requirió de mi mayor esfuerzo, compromiso y dedicación; esto también me enseño que esta vida no es mía y que no vale la pena vivirla si tu sueño no involucra el prestar un servicio, devolver, dar y poder romper las barreras desde el pensamiento. La vida es un tejido de metas, y hay que organizarlas y tejerlas muy bien para hacer la escalera que te lleva al éxito, hoy recuerdo a los muchos neurólogos que me dijeron que el medicamento era para toda la vida; pero también recuerdo que cada vez que escuchaba esto, mi mente siempre decidió que ellos no tenían la verdad y que algo se podría hacer para evitar seguir en el tormento
depresivo en el que se había convertido mi vida. Hoy, después de ver que se puede cambiar la historia, estoy completamente segura de que nada es imposible y que las metas que me he trazado las conseguiré pase lo que pase e insisto, si quieres algo, uno, hazlo tú mismo y, dos, persíguelo hasta que lo alcances; cree ciegamente en tus sueños y deseos, mas ten en cuenta que hay una fuerza poderosa que algunos llaman Dios, una energía capaz de dirigir todo y, sea cual sea tu tendencia religiosa, incluso si no crees en ello; ten presente que no podrás hacer nada sin él. Mi vida tiene un propósito, crear en otros el mismo sentimiento de satisfacción que me produjo superar mis dificultades; aprender a volar requiere de sacrificios y de mucho trabajo; sin embargo, alcanzar un sueño añade un toque que no tiene igual, hacer que otros puedan superar sus miedos y arriesgarse a vivir, será mi motor, sin importar cuán alta sea tu meta, cada fracaso te acerca a alcanzarla. El camino a los sueños hay que trabajarlo, empieza sin forma y sin definición, y la vida te pone en él los elementos para pulirlo, hasta que, después de esfuerzo, trabajo, amor y mucha ayuda de aquellos que recorren contigo a cada paso la línea que hace parte de tu vida, terminas construyendo una gran autopista para alcanzar tus sueños.
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EL OTRO RELATO Kevin Daniel Llanos Rodríguez Universidad Nacional de Colombia
Crucé rápidamente la avenida, sin importar que el semáforo ya hubiera cambiado, era un jueves de clases por la tarde como cualquier otro, uno en el que llegaba tarde al parcial del segundo corte. Sin importar las mentiras que me dictaban las manecillas del reloj, entré en la estación del Transmilenio y me apresuré a, en medio de apretujones, ingresar en un biarticulado. Mi abuela solía decirme que las emociones más fuertes de la vida ocurren justo cuando menos se les espera. Y hoy me tocaba a mí, precisamente en un transmilenio rumbo a la universidad. Como de costumbre, también, llevaba un libro en la mano para, en el recorrido, alcanzar a “estudiar” lo que no había estudiado la noche anterior; el título rezaba ‘Inflation Targeting: A New Framework for Monetary Policy?’, me aburría un montón, pero no podía fraudulentamente darle tregua a la casi perdida materia de Economía Pública. Así que resolví introducirme de lleno a la lectura y olvidarme del mundo exterior. Y así habría de ser hasta que alguien se tropezó conmigo, de inmediato, volví la mirada hacia atrás en busca de una afrenta que alegar, como buen colombiano. Pero a cambio de una pelea cazada, me llevé una sorpresa, ya que no había sido algún torpe señor o una mujer de proporciones considerables, ni tampoco una señora con muchas bolsas, era una niña.
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Una a la que no le podía hacer frente: estatura baja, pelo semi-largo, desordenado, llevaba un vestido azul con asquerosos brillantes, pero mi faena cuestionadora terminó justamente en su rostro de marcados rasgos y mandíbula ancha, seguramente padecía de alguna de esas extrañas enfermedades como el Síndrome de Down. Al mirarla, ella tatareó algo así como: “Perdón”. Acto al que yo le resté importancia y volví a la lectura, esta vez con los auriculares puestos, nada me iba a interrumpir, o, por lo menos, eso pretendía. Esta extraña niña, en medio de lo monótono y enloquecedor del transmilenio, iba y venía tranquilamente entre los vagones llenos de personas, con una facilidad envidiable, y por entonces no pude más serle indiferente. Me di cuenta de que iba con su mamá, ella estaba sentada en una silla azul con un bebé en los brazos, y a su derecha, en la otra silla, dos niñas pequeñas más. Parecía ser familiar de las otras niñas, mas ninguna de ellas afectada físicamente, con lo que de seguro padecía la mayor, la que andaba de lado a lado por todo el biarticulado, incomodando y tropezándose con gente a diestra y siniestra, y a quien por términos prácticos llamaremos Elizabeth puesto que no fui capaz de preguntarle su nombre. Era un cuadro inusual, en un día que es como cualquier otro, las personas suelen estar sofocadas por el estupor mismo de la ciudad, estresadas por sus aburridos trabajos o afligidas por sus infieles parejas, lo cierto es que Elizabeth era indiferente a lo que ocurriera en su exterior, estuvieran ellos estresados, malhumorados o tristes, ella continuaba su aventura descubriendo y caminando a donde su corazón le dictara hacerlo. En contados minutos,
mientras yo seguía con los ojos disimuladamente su periplo, ya el cuadro no se me placía inusual o extraño, sino encantador. Y es que cuando uno aprende el verdadero sentido del vivir, ha de estar encantado precisamente con eso, con la vida. El secreto de Elizabeth era su inocencia, y es que tuviera la edad que tuviera, tal vez por su padecimiento natural, ella continuaba siendo y actuando como una niña, no conocía de lo malo o de lo bueno, no le importaba su apariencia notablemente dispar con la de todos los demás, a ella le importaba vivir la vida, hacer esas pequeñas y tontas cosas que se hacen cuando uno es niño, y cuando vive al vilo del corazón apasionado en busca siempre de sonreír. Y así me tenía ella, porque mientras no le perdía de vista, hacía y deshacía a su antojo allí adentro, le hablaba al uno, le sonreía al otro, incluso le quitó un sombrero a un señor de edad y se lo puso mientras payaseaba, en tanto su mamá y hermanas yacían cansadas en su asiento, dormidas. Entre tanto ocurría y pensando yo que el cuadro solo podía mejorar, el transmilenio paró en una estación y en él se subieron decenas de personas. Aquello me llenó de tristeza, ya no solo por estar dentro de un biarticulado casi completamente a tope de capacidad, sino porque también las otras personas me tapaban visualmente a Elizabeth, quien, para ese entonces, estaba en el primer vagón, lejos de su madre. Ya sin nada qué ver ni con qué reírme, pretendí continuar con mi lectura de nuevo, hasta que sonó un distorsionado micrófono: “Buenas tardes damas y caballeros, tengan todos ustedes una linda tarde.” Era uno de estos molestos cantantes que se suben a pedir dinero,
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venía con una pista de salsa. Cantó por algo más de treinta segundos hasta que el mismo hombre no pudo contener la risa; yo no veía nada, pero seguramente era obra de Elizabeth. Y efectivamente, no sé cómo lo hizo pero accedió al micrófono, y mientras la pista la acompañaba, ella cantó lo mejor que pudo y según sus limitaciones verbales lo que parecía ser El Gran Varón de Willie Colón, vaya uno a saber por qué carajos se la sabía casi a la perfección, y vaya uno a saber cómo con sus limitadas capacidades lograba sonar mucho mejor que su antecesor; seguramente, aquello del talento y de las aptitudes no sea cuestión de limitaciones ni capacidades físicas, sino que, por el contrario, son dones con las que nace el alma. Elizabeth lo sabía, y también sabía cómo conseguir todo lo que se proponía saber que apropósito, le envidio, y no lo hacía por rebelde o caprichosa, lo hacía por su inocencia, lo hacía porque podía y por creer que podía; creer es la clave última de todas. No se trata de que las personas afuera te digan qué puedes o no hacer, o qué debes o no hacer; ella creía y así obtenía lo que quería, lo que la hacía feliz; claro está, ayudándose de una tierna coquetería que, luego me daría cuenta yo, no se debe a la belleza. Finalizó la canción y como bien pudo, balbuceando dijo: “Gracias.” Y momento seguido, como era de esperarse, las personas se le acercaron para darle la “retribución económica” merecida. Pasó lo que muy seguramente todos leyendo esto se imaginan, ella, Elizabeth, sin ningún atisbo ni remordimiento, antes más con una sonrisa de oreja a oreja, luego de recibir su jugosa recompensa se la entregó al muchacho que se había subido a cantar. Este
quiso devolvérselo pero con templanza Elizabeth lo convenció de que no lo necesitaba. Entendía que ayudar al prójimo no se trata de ser caritativo, sino como un acto de solidaridad. Luego de que aquél cantante se bajara muy agradecido con Elizabeth, ella se dirigió hacia donde su madre dormida, que estaba justo en frente mío, y yo, tratando de disimular que había pasado los últimos 15 minutos observándola, me encerré de nuevo en mi libro. Pero, ¡Ah, bendita maldición!, yo no pude leer ese pequeño pero denso libro en ningún momento en todo el recorrido, y menos ahora, con lo perturbador e intrigante de su presencia de, la ya por mí, querida Elizabeth. Entonces, me llevé mi última y no menos valiosa enseñanza de la tarde. Ella se puso en frente mío, yo con los ojos clavados en la lectura, y me dijo o creo que me dijo: “Oye, me prestas tu libro.” Ante la sorpresa, sin siquiera pensármelo, negué con la cabeza. Y aunque ya no recuerdo bien qué fue lo que verdaderamente sucedió, lo cierto es que apenas contados segundoas después de mi negativa, tenía ella mi libro en sus manos; ciertamente poseía un instintito casi mágico al que nadie se osaba rehusar. Y mientras ella hacía que leía aquél libro de economía en inglés, yo por mi parte me dediqué a observarla. A contemplar cómo sus delicadas manos pasaban hoja por hoja con una maestría insospechable, a detallar cada rasgo de sus curiosos ojos; a su vez, su rostro, por aquél fugaz instante, me reflejó tanta belleza que ni siquiera puede ser contada, ni escrita, ni relatada. Se conformarán con saber mi conclusión al respecto y es que, según Elizabeth, con su simple quehacer, me enseñó que la belleza no es eso
que las revistas de moda dicen que es, ni lo que la sociedad y sus cánones delimitados nos impone, ni mucho menos la simetría o lo teóricamente correcto, corriente, vano; la belleza es todo aquél conjunto de singularidades que hacen de un ser apreciable, con defectos y virtudes, un completo compendio de marcadas líneas y transfiguraciones, incluso metafísicas, que te hacen entender que la naturaleza no se equivoca. Luego de la sensible revelación, salí silenciosamente del biarticulado rumbo a la universidad que se encontraba pasando la avenida, no quise interrumpir su lectura, ella me había dado mucho los últimos 25 minutos, debía de llevarse algo mío también. Cerré el capítulo de aquella sublime aventura sabiendo, por lo menos, cuatro importantes cosas: La primera, que no por abandonar la niñez debemos todos abandonar esa inocencia que rompe las barreras; segundo, que lo importante en todo tiempo y en todo momento es creer, confiar en nosotros mismos, eso lo hará todo posible; tercero, que la belleza es cuestión de momentos, de tocar el alma, de sentirse vivo y no de imposiciones arbitrarias, y cuarto, que le debía un libro a la Biblioteca Central, uno que orgullosamente le había obsequiado a Elizabeth que, aunque el tema tal vez no le servía de mucho, lo importante es que tal vez también, aquél manuscrito de tapa verde le haría recordar por largo rato a este viejo joven de ojeras y camisa de botones.
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LUCÍA Harold Stiwar Pascagaza Jiménez Universidad Nacional de Colombia
No queríamos salir esa noche, como tantas otras, al teatro o a cenar. En cambio, nos quedamos juntas oyendo música y hablando de nuestra infancia en Las Estaciones y otras cosas. Ella mencionó eso de la música en los bares y el mal olor de los mejores trajes, los que todos llevan siempre al salir. Pero adentro, y de eso nos percatamos apenas esa noche; nos vestimos diferente, casi sin importar el color de la blusa, ni utilizamos medias veladas, tampoco importa si Lucía dice o no cómo le gustan los colores claros sobre los párpados y hasta se nos pueden caer las pestañas, ¡madre santa! Apenas hasta esa noche. Encendimos nuestros cigarrillos y destapamos el Vodka. Así pasaba la noche en paz y vagamos en la memoria hasta no saber si eran recuerdos o imágenes vistas en las salas de cine. Nos dejamos caer en el sofá grande, como cuando chicas; la casa era de ellos y no soportaban el ruido de la guitarra ni los libros en todas partes. Lucía solía dejar libros de cuentos cortos, y poemas de cuatro y seis versos en cada rincón para tener siempre uno a la mano, sin tener que bajar al sótano por ellos. Ahora esta casa nos pertenece. Un ambiente aromático, nuevo en aquella casa, llegó a nosotras, yo tenía la sensación de querer
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perderme definitivamente y para siempre, era un lugar aburrido y demasiado grande para las dos; Lucía seguía leyendo y yo dejé la guitarra a los dieciocho. Pasamos así algunas horas hablando hasta que un impulso incontrolable nos arrastró a su habitación, quizá una necesidad impostergable del caos, un hastío frecuente del orden y el olor a viejo, a casa de otros, de ellos. No sabría explicarlo lucidamente. Recuerdo que, en la habitación, la cama estaba debidamente hecha; en cada pared, un cuadro y en cada cuadro un color y la guitarra, y la mesa de noche con fotografías de la abuela… tal como mamá había dejado, eso sí, muy limpio; todo pese al tiempo transcurrido después de su muerte. Lucía me dijo que estar allí le parecía ridículo y todo tan debidamente ordenado… Ella tumbó cuadro por cuadro y yo tiré las fotografías de la abuela, ella jugó en la cama hasta enredarse entre las sábanas y yo la vi decididamente hermosa. Dejé caer también la guitarra y los perfumes, sabíamos que, de todas formas, tendríamos que ordenar al día siguiente. Así que, en medio del juego y el arrebato, seguí tirando cosas por todos lados… Todo era alegría y no importaba si la ropa de papá se arrugaba, aunque sí que el vodka no cayera en las alfombras.
Una sensación de libertad nos recorría, ya no había quien dijera que no debíamos andar con los pies desnudos por la casa. Aquélla noche ciertamente tenía algo de ridículo y de infantil inocencia, aunque no demasiado por lo que sigue. Lucía pronto sirvió más vodka y trajo más cigarrillos, de una habitación pasamos a otra y así a la sala y en fin… un pequeño infierno a la memoria de nuestros padres. Altas horas eran ya de la madrugada cuando Lucía me tomó del brazo y me besó sin decir nada; vi en sus ojos una fascinación por lo prohibido, una pasión hasta ahora intacta, un secreto que se descifraba justo en mi boca. No retrocedí, una extraña excitación hacía temblar mi cuerpo. Sin embargo, tal era la situación que tan pronto ella soltó mis brazos hice silencio intentando comprender. Y comprendí. Amanecimos juntas. Tuve miedo de que ellos llegaran como acostumbraban a llegar temprano en la mañana, pero no hubo más remedio para el miedo que vaciar la botella de vodka y cerrar los ojos al besar a Lucía.
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Estrépito calmante de la bruma Rolando música de humo y sonidos de agua, Se toma las manos pegajosas de amor Y va al sitio donde ha muerto la luz. Ella y su falda corta, Cárcel roja de mil miradas.
MARY BLOODY Andrés Eduardo Garnica Torrado Universidad Nacional de Colombia
Camina y el humo le corrompe Las comisuras del pelo, Un pelo de mil pelos Que quiere salir volando Con todo y calavera. Entran al parqueadero Y deja allí la vergüenza Que queda en el carro Acompañando al taxista. Camina empinada, Su eco resuena. Tap, tap, tap de zapato alto Toc, toc, toc de puerta aglomerada Entra Estrépito calmante de la bruma, Vuelve el humo musical y el agua de cuatro cuartos, Sus manos pegajosas de sexo Para dirigirse a la luz oscura del no sol. Se agota la luz, Los líquidos Y el momento. Se duerme ella y su pelo, Mientras el amor en cinco cifras Descansa en la mesa de noche.
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EXPERIMENTACIÓN Y TIEMPO: TRÁNSITOS DE CONOCIMIENTO Carlos Eduardo Rodríguez M. Universidad Nacional de Colombia
¡Aceleración del tiempo! Esa podría ser una metáfora interesante para describir el proceso que he vivido durante los dos últimos años en mi experiencia, de eso que muchos llaman “salir del closet”. Soy hombre, tengo 24 años, estudio una carrera de Ciencias Humanas y me fascina la lectura y la música. Durante mucho tiempo sentí que, siendo hombre que le gustan los hombres, tenía algo de diferente a aquello que me imponían desde mi casa, colegio o, incluso, desde la televisión, donde me decían que la normalidad era la de una relación amorosa (perfecta y destinada al final feliz) entre un hombre y una mujer; siempre me sentí incómodo e incluso sentía que era una manera violenta de imponerme un deber ser hombre. Durante mi vida en el colegio, sentí con rigurosidad el maltrato a aquello que, desde la masculinidad imperante, podía ser considerado afeminado y me propuse construir un muro desde el cual nadie pudiera entrar; mi mundo sería una doble faz en la cual podría ser un hombre al mejor deseo de la muchos: casado, trabajador, buen padre, buen hijo, independiente y, a la vez, ocultaría aquello que, sentía, era incorrecto o peligroso para esa vida ideal. Entonces viviría una doble vida, y así lo
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intenté en los primeros años de universidad: tenía amigos con los que salía, tomaba, reía, estudiaba; pero al tiempo estaba forzando un silencio doloroso que me impedía decir que soñaba encontrar un hombre con el cual compartir mis sueños, reír, salir, vivir, pues pensaba que esto sería el derrumbe de aquello que me habría propuesto; ello causaba dolores, vergüenzas y miedos que parecían ser inmensos y ponían un acento de frustración a la vida que llevaba ya que no me llenaba lo que sentía, y aun peor, sentía que estaba desconociendo aquello que yo sentía. Tiempo doloroso, tiempo de estancamiento; de una lentitud que daban un sabor a mi vida tan precario, que pensaba que el fin de mi vida hubiera podido ser la solución a una vida donde no podía encontrar lugar para sentirme tranquilo, pleno, si tan siquiera feliz. Pero el tiempo, mi tiempo, sufrió un cambio donde esa imagen de aceleración es importante; pues, después de mucho tiempo, mi vida ha visto un resurgir del cual no puedo sino dar cuenta de momentos de satisfacción, conocimiento, sorpresa y admiración; un tiempo que me ha permitido reconciliar o exorcizar aquellos momentos de autocensura, vergüenza y ocultamiento.
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Durante los últimos dos años, he podido conocer personas que me han hecho pensar, y, sobre todo, sentir que aquello que me mueve no está mal, no soy un enfermo, un desviado o todas aquellas formas con las que las personas se refieren a un sentir que puede ser diferente al de la mayoría. Actualmente, salgo con una persona maravillosa, con la cual he aprendido un montón de cosas, tantas que pienso que ellas compensan el tiempo que perdí pensando en cómo ocultar lo que sentía y complacer a los que me rodeaban. Ahora, puedo decir que estoy pasando por un momento de mi vida en el cual puedo darme el privilegio de poder guiarme por aquello que siento, sin el temor que antes empañaba mis vivencias. Sin embargo, no todo es perfecto, y supongo que a ello me atengo, porque la vida, desde mi perspectiva, no solo funciona a partir de lugares y frases de autosuperción, sino que el paso por ella está llena de momentos, como en un prisma lleno de colores, un caleidoscopio de emociones, sensaciones y vivencias. Debo confesar que en ese tiempo he encontrado el rechazo directo, sancionador y disciplinario de un policía, una cristiana y un celador, ellos tres con
frases como “eso que hace está mal, no ve que hay mujeres y niños”, “¡se van a arrepentir, Dios los ama!” o “traten de no dar un espectáculo, hay persona para las cuales eso que hacen resulta incómodo”. Frases de este calibre me han puesto a pensar en que, quizás, estaba bien en el lugar donde esconderse era mi proyecto de vida y que aún es muy peligroso sentir diferente al imperioso sentir de una sociedad machista. No obstante, de la mano con el coraje, la fuerza y el valor, aunado a la compañía del hombre con el que camino este sendero, he decidido que no puedo doblegarme ante aquello que los demás quieran ordenarme que sea; no puedo darme el lujo de retroceder, el tiempo se ha acelerado para mí; la vida parece ser tan breve que disfrutar sin miedo es mi motivación; poder experimentar nuevas cosas, conocer posibles formas de ser y de vivir, eso es invaluable para mi formación como humanista. Es un placer poder decir que la doble faz de una vida oculta se ha convertido en una que me ha permitido guiarme por aquello que siento y que me motiva.
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ENTER THE VOICE Andrés Gulla-Ván
Universidad Nacional de Colombia
Vamos, no te quedes atrás. Déjate de pendejadas y ponte el vestido. ¡Ay!, no hagas pataleta mi amor, mira que te queda maravilloso. Todo lo que te costó conseguirlo como para que ahora te eches para atrás. Es sencillo, mira, primero una pierna, luego la otra, ¿viste que es más fácil sin tanto pelo? lo subes por el torso lentamente; lo complicado es el cierre en la espalda, pero no es cosa del otro mundo. Te acomodas el sostén y listo. Eso, así. ¡Ay qué bien te queda, bravo, divina! Ahora sal de aquí a ganarte el pan, ¡pero no olvides los tacones! ¡Ay!, que descuido el que traes. Camina regia, como reina de narco. Punta, tacón, punta, tacón. Con gracia, con glamour, que nadie sepa lo que en realidad eres. Pero no arrugues la carita, se te va a correr el rímel. No hagas esos ojitos de achante. Nadie se te va a arrimar si pones esa cara. Ninguno te conoce. ¡Eso! Mirada arriba, culito pa’ fuera, y mostrando pechito. Ya estás hecha una dama. ¡Pero calma güevon! No es para tanto. Relájate. No te pongas en ese plan. Mira que te van a salir arrugas. ¿Por qué miras de esa forma el espejo?, ¿no pensarás en partirlo otra vez?, ¿acaso tanta rabia tienes?, ¿todavía no lo aceptas?, ¿todavía niegas lo que eres? Pues estás jodido mi amor. ¡Vete a la chingada! Eres gay, así naciste. Así te hizo Dios, aunque él deteste su creación, eres la viva imagen de él. Acéptalo güey, no seas mala onda. Aprende a vivir así. Sí… respira hondo, tranquilo. No te afanes por los demás, total que ya todos se fueron, te dieron la espalda, te ignoraron o peor, te olvidaron. Colectivo Construyendo Capacidades 14
Nadie te quiere. Nadie te extraña. Nadie entiende lo que sientes, solo te llaman loco y te mandan a tomar esas cosas, ¿cómo se llaman?, ¿antipsicóticos? ¿Ah? Habla bien amor, organiza tus ideas primero y luego sí hablas. Claro, mira un traguito. No sigas tomando esas porquerías. Aquí tienes, un poco del doctor H y todo solucionado. ¡Pero por el amor de la virgencita de Guadalupe, no te deprimas más! Aspira un poco de esto. Ya, ¿mejor?... y ahora que ya estás relajado corazón, escucha una cosa: no puedes seguir viviendo así, este es un chiquero, y la verdad, bastante feo. ¡Mira!, la solución más simple, dadas las circunstancias, es que te vayas de puta. No mires así, con esa cara de asesino. Sí, es enserio, y no te distraigas. No te pongas a inventarte dizque alucinaciones ni nada. No más de eso. El asunto es simple. Te paras en una esquina en la 22, muestras pierna y ya. Eso sí, te tienes que depilar, en las piernas y por allá, ya sabes dónde traviesa. A ningún cliente le gusta la selva. No te queda de otra. No seas tan terca y acepta los hechos. ¿Crees que alguien te va a dar trabajo, qué algún buen samaritano abrirá su corazón a alguien que escucha voces en su cabeza? Pues no güey, nadie en este puto mundo de mierda va a mirarte del mismo modo a través de tus ojos. Nadie, ni tú, ni tus amigos de susurro te ayudarán de esta manera. Ya está bueno. Si no quieres escuchar más, perfecto. ¿Quieres estar solo? Listo, ten, toma Thorazine y Risperdal. Dicho y hecho. Pero mírate no más. ¿Por qué nunca haces caso ni escuchas? No debías hacer esto, no ahora. ¡Mierda!... ¿Así es como quieres terminar tus días? Levántate. Este barrio no es muy bonito que digamos. Por acá fue que mataron a la Escarlet. ¿Te acuerdas de ella? Ay diosito, si ella no hubiera bota-
do tanta escarcha… ¡Bueno, no importa! ¡Arriba!, todavía hay luz y mientras más tarde peor. ¿Te gustó esa bazuqueada de 3 días? Bueno, pero ya no más de eso. Se te acaba la lana, y la neta es que tienes que empezar a putearte para pagar la primera cuota de la silicona. ¿Qué, otra vez vas a discutir por eso? Sabes que es la única opción, lo sabes muy bien aunque lo niegues y te resistas. Claro que no va a ser para siempre, es un momentito y ya, mientras reúnes lo suficiente para vivir bien, como una diva, por lo poco que te queda de vida. Claro que está el riesgo del SIDA, la sífilis y esas otras cosas, pero igual te vas a morir pronto, ya sea por loco, por adicto, por hambre o por un tiro en la cabeza por andar molestando a los verdes. Listo, aquí es. ¿No recuerdas ni dónde queda tu propia casa? Estás más echado a perder que cualquiera, amor. Debes dejar de escuchar a los otros, esos son malas personas. Mira ese calvito superdivi que está pasando. Rico, ¿no? ¡Escucha!, lo menos en lo que debes preocuparte es que alguien de tu anterior vida te encuentre, y aunque eso pasara ¿acaso en algo va a cambiar la situación? No mi amor lindo, eso no funciona así. En el peor de los casos se asustarán; pero, incluso, si eso pasa te darán más lana, una propina para que no hables. Ahora sube y límpiate que esta noche empiezas a trabajar. Ahí está el vestido que te gustó. ¿Otra vez vas a la cárcel? ¿Te pillaron los verdes en tu primer día cierto? Escucha, vas a decir lo siguiente: dirás que no tienes dinero, pero que tampoco tienes ganas de pasar la noche encerrada, ¡perdón!, encerrado con puros bastardos y matones; dirás que les darás a ambos una buena mamada a cambio de que te dejen libre. Por supuesto que eso puede alborotarlos y te puede ir peor, por eso debes ser cuidadosa, ¡perdón!, cuidadoso con eso. Nada de irte a aventar de una vez, poco a poco vas
abonando el terreno. ¡Pero no seas idiota! Ya casi llegas a la comisaría, bueno, CAI o como sea que aquí se diga… Eso, aprovecha que pararon. Háblale al más viejo, esos siempre son los más depravados. Los jóvenes siempre sacan la excusa de que tienen novia, pero la verdad es que son unas maricas por dentro, incluso más que tú, lo que pasa es que tienen miedo de que luego no puedan caminar bien. ¡Uy reina! Así, sin dientes. Arriba, abajo, arriba, abajo y respiras. Usa la lengua en la punta. Con las manos acaricia las pelotas. Eso, así. Has aprendido bien. Momentito, no te descuides, el otro va a llegar. ¡Aguas! ¿Ves? Por no decir y hacer todo como debías ahora estás acá. Eres un cabrón encerrado en el vestido de una puta que está metida en la cárcel. Como muñeca rusa. Y para colmo ¡mírate!, como te dejaron corazón. Ya no estás tan regia, ya no pareces una reina. Pobre chiquita. ¿Ahora qué vas a hacer? No pudiste con una tarea tan sencilla y básica como mamársela a un poli. ¿Cómo que no sabes? ¡Haz lo que se te dé la gana! No, mejor no. Esto es lo que vas a hacer, pero escucha muy bien y sigue las indicaciones cabrón, o te las verás con Byron, que está que se habla, y tú sabes que él no es condescendiente. Sacarás ese cuchillo que guardaste en tu tacón. Eso, así, con cuidado de no cortarte las manos ni estropear la manicura. Disimula, que ningún verde te vea. Si alguno se asoma le vas a mirar con deseo, pero no de manera sensual, sino más bien de una manera que les cause asco; así se van rápido. Ahora siéntate. No acá, allá, en el rincón. Otro verde, muéstrale una teta. Y ahora que no hay moros en la costa escucha, vas a hacer exactamente lo siguiente. Coge el cuchillo, eso, así. Ahora… ¡clávatelo!.
Concurso Relatos y Sonidos de la Diversidad
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Uñas sucias, morada de la tierra y la vida, hábitat de los diez gusanos que transmiten la lujuria, dan la caricia propia de piel que contamina la herida del solitario.
LA VEJEZ SIN SENECTUD Fernando Sánchez Quete
Universidad Nacional de Colombia
Oído sin respirar por la hidra enredada hasta lo alto del pabellón, que se alimenta de cera y de sus semillas brota la cabellera, se enraíza desde el tímpano y se proyecta al exterior, abultándose en prócer de sordera, sosiego tan anhelado tras los años. El calcetín es silueta de la superficie ondulada y áspera, que se desplaza a paso y tiempo con las arrugas, acordonándose hasta ver lo violeta de la vida, el éter tangible a lo que siempre fue miedo. El intento de leer es valorado en burla, inutilizable para la memoria de antaño. El desgaste de ojos es vano y la sapiencia es sinónimo de chochera. El subjetivo concepto y cuerpo del joven, gana preferencia entre las mujeres. Sus ojos descoloridos reflejan la luz de su historia, que al hablar viajan al dolor de sus vivencias y la resignación, evidenciándose cuando da un cierre prolongado. El viejo solo se recuesta en su conciencia y muchas veces le llora a ella, la juzga de sus funestos días, pero calla cuando se aíra en exceso, pues la reconoce como su única compañía.
Colectivo Construyendo Capacidades 16
Concurso Relatos y Sonidos de la Diversidad
CARNE Y ESPÍRITU Pilar García Villamarín
Universidad Nacional de Colombia
Pero la carne, podría ser la carne, Podría ser cualquier otra carne; Mas el espíritu es siempre inigualable y es tu espíritu el que me gusta, ¿o será acaso tu voz? Pero la voz, podría ser la voz, Podría ser cualquier otra voz; Pero tu voz no es cualquier voz, Porque tu voz es esperanza, Voz que llama, voz que alienta y Voz que apasiona. Y por el espíritu es que me gusta la carne, Y por el espíritu también me gusta la voz. Por eso me gusta tu carne, Por eso me gusta tu voz.
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