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Tomos 1, 2 y
Horas de enseñanza de Gabriele, la profeta y enviada de Dios en nuestro tiempo 3
Extractos de los libros:
Tomos 1, 2 y
Imprime: KlarDruck GmbH, Marktheidenfeld, Alemania 3
Horas de enseñanza de Gabriele, la profeta y enviada de Dios en nuestro tiempo

Noviembre de 2025
© Gabriele-Verlag Das Wort GmbH
Max-Braun-Str. 2, 97828 Marktheidenfeld, Alemania
www.editorialgabriele.com
Título original alemán: Auszüge aus den Büchern
“Die wahre Schule ist das Leben”
En todas las cuestiones relativas al sentido, la edición original en alemán tienen validez última
Nr. de artículo: G361es
Todos los derechos reservados.
La verdadera escuela es la vida
Se puede encontrar a Dios
De una hora de enseñanza de Gabriele el 9 de marzo de 1997 (Tomo 1)
Más de una persona dice: «Yo busco a Dios, ¿dónde está Dios?».
Buscar a Dios significa buscar a Dios en el propio interior, porque cada persona es el templo de Dios y Dios vive en nosotros. También está escrito: «Buscad y encontraréis». A quienes buscan de verdad a Dios, también Dios les busca. Es decir, quien busca de verdad a Dios, se esforzará poco a poco en entender lo que Dios quiere.
¿Qué quiere Dios de Sus hijos? Él quiere que Sus hijos cumplan paso a paso Sus Mandamientos. A quien reconozca un pequeño Mandamiento de Dios e intente dar los pasos, es decir, cumplir ese Mandamiento, Dios se le acercará varios pasos.
Los seres humanos tenemos la costumbre de buscar a Dios en algún lugar, pero Él está siempre con nosotros. Él está siempre en nosotros.
Quien busca de verdad a Dios, Le encontrará. Si buscamos a Dios, deberíamos recogernos en nuestro interior haciéndonos conscientes de que Dios está en nosotros y que Dios se deja encontrar en cada paso que damos hacia Dios en nosotros, en tanto cumplimos el Mandamiento más pequeño, por ejemplo haciendo y manteniendo la paz con nuestro prójimo. Entonces sentimos Su cercanía, porque nos volvemos más pacíficos, más prudentes, comprensivos y tranquilos. Esta es la cercanía de Dios; con ello Él nos ha salido algunos pasos al encuentro.
El Reino de Dios está dentro de nosotros, y cada uno de nosotros tiene la llave para el Reino Interno, es Cristo –es la fuerza redentora en nosotros y al fin y al cabo también la enseñanza del Sermón de la Montaña. Si cumplimos trocitos, lo digo conscientemente, «trocitos» del Sermón de la Montaña», ganaremos la llave, Cristo en nosotros. Nos daremos
cuenta de que Dios es amor. Nos daremos cuenta de que Dios nos ama, a cada uno, es más, también al pecador más grande. Él nos ama. Entonces también sentiremos que Dios es silencio –pues nos volveremos más tranquilos, porque hacemos las paces con nuestro prójimo, y somos comprensivos.
Quien busca a Dios experimenta a Dios de este modo. Nunca va a conocer totalmente a Dios, porque Dios es omniabarcante y poderoso: Él está en todas las fuerzas del SER, la Existencia eterna, en los reinos de la naturaleza, en el átomo, Dios está en todas partes, pero Le podemos sentir en los pequeños pasos que damos hacia Dios en nosotros.
Los pequeños pasos son, como ya se ha dicho, trocitos de las legitimidades. Si las cumplimos, no solo proponiéndonos hacer lo que Dios quiere, sino cumpliendo día a día esos trocitos, esas pequeñas legitimidades, entonces creceremos y maduraremos en nuestro interior y con la ayuda de nuestro Redentor Cristo abriremos el Reino Interno. Entonces sentiremos que de pronto podemos dar pasos más grandes. Cumpliremos cada vez más
Sus Mandamientos y nos sentiremos acogidos por un amor infinito que podremos sentir, pero que nunca podremos conocer totalmente mientras seamos seres humanos. Podremos conocerlo y sentirlo y esto nos debería ayudar e indicarnos el camino. (...)
El que busca de verdad a Dios, persiste en encontrar a Dios. También en los fuertes oleajes de lo humano inferior, cuando quiera darse por vencido, viene alguien, y a través de sus ojos mira Dios y dice: «¡No te des por vencido, aguanta y Me encontrarás!». Y quien aguanta, gana. (...)

De un seminario de Gabriele con el mismo nombre en el año 2007 (Tomo 1)
(...) ¿Cómo encuentra una persona el lenguaje de su alma?
Por un lado, el amor a Dios y al prójimo quiere llegar a nuestro cuerpo a través de nuestra alma. Por otro lado, nuestra alma también quiere que nosotros, los seres humanos, la escuchemos.
Si nuestro consciente y subconsciente todavía están muy cargados, las partículas del alma están correspondientemente oscurecidas. A pesar de los diferentes grados de luz y sombra, el alma trata de alcanzarnos.
Podemos escucharla a través de nuestros sentimientos, porque los sentimientos son, por así decirlo, el punto de intercambio entre el alma y el cuerpo físico. El alma se hace sentir a través de la caja de resonancia «sentimiento».
El alma no tiene pensamientos. Ella no tiene palabras. Se manifiesta en los estados de ánimo correspondientes provocados por los acontecimientos del día.
Los estados de ánimo que nos atraviesan cada día son muy diferentes, según sea lo que vemos, oímos, olemos, saboreamos o tocamos. Durante el día experimentamos que los impulsos externos llegan a nuestro nivel emocional a través de los sentidos. El alma responde a través de los sentimientos y se manifiesta en los estados de ánimo correspondientes.
En la madrugada, cuando nos despertamos, nuestra alma ya se anuncia. A través de nuestros sentimientos se desarrolla un estado de ánimo. Estamos de buen o de mal humor. Estamos alegres o enojados. El uno está triste, el otro asustado o preocupado.
Todo se basa primero en armonía o estados de ánimo. Vienen del alma a través del nivel de los sentimientos. O sea que tan pronto como despertamos nuestra alma ya nos habla. Los estados de ánimo tienen primero sus
imágenes. Si permitimos que las imágenes se puedan acercar a nosotros, podemos enterarnos en nuestros pensamientos de lo que es significativo para el día de hoy. El alma nos ha hablado. Los sueños también pueden transportar estados de ánimo al consciente y al subconsciente.
Muchas veces banalizamos nuestro sueño: «Bueno, eso no fue más que un sueño». ¡Pero todo, absolutamente todo quiere decirnos algo! Sobre todo cuando el sueño deja tras de sí estados de ánimo.
Si un sueño todavía está «ahí», es decir, si las imágenes de un sueño todavía están presentes, notamos ciertos estados de ánimo que vienen hacia nosotros desde el sueño.
El sueño en sí es principalmente simbolismo, así como todo lo que hacemos es, en última instancia, un lenguaje simbólico. También el sueño es un símbolo. Tiene imágenes que pueden estar compuestas de diferentes situaciones. Pero el estado de ánimo proviene de un determinado aspecto del sueño, y este aspecto puede ser una ayuda para el día. (...)
De una hora de enseñanza de Gabriele el 26 de noviembre de 1995 (Tomo 1)
(...) «Mantén en cada situación la tranquilidad interna» también significa hacernos conscientes de que Dios está cerca de cada uno de nosotros.
Mantengamos esta consciencia en nuestro corazón: Dios está muy cerca de nosotros, Dios es nuestro interlocutor; Dios, el amor, Dios, nuestro Padre, el Espíritu del amor en nosotros, nos conoce; Él conoce nuestros pros y contras. Mantengamos en nuestro corazón el hecho de que podemos hablar con Él, que Él nos ama y nunca nos castiga, que todo lo negativo que nos sucede: golpes del destino, preocupaciones y similares, es lo que hemos grabado en nuestro propio interior, grabaciones de odio, envidia, destrucción.
Pero Dios en Su Ley no tiene ni odio ni envidia ni destrucción. Dios permanece siempre siendo el amor que ayuda y da; Él es el Padre
con el que se puede hablar. Aunque digamos que «no le escuchamos», tenemos que admitir que queremos escucharle como nosotros queremos. Pero Dios se manifiesta en cada uno de nosotros, Él no se manifiesta solamente a través de la expresión «Yo Soy», sino que se manifiesta en las situaciones que vienen a nosotros. Dios se nos manifiesta en los acontecimientos cotidianos.
En la mayoría de los casos es así que cuando nos encontramos con una situación desagradable nuestra sangre empieza a entrar en efervescencia, nos alteramos. ¿Qué quiere decir esto? «¡Yo tengo razón! ¡Quiero solucionar la situación tal y como yo creo que es correcto!». Entonces no podemos oír a Dios.
Dios es justo. Porque en cada situación desagradable que nos hace entrar en efervescencia participamos de lo negativo. Digo conscientemente «participamos», porque también nuestros semejantes, que están envueltos en esta situación, podrían ser partícipes. Pero si decimos «Resuelvo la situación como yo quiero», o bien: «Los otros tienen que resolver la
situación», estaremos intranquilos; no dejamos actuar a Dios. No obstante, en cada situación está Dios, y Dios es la ayuda. Y en todo lo negativo, a lo que nosotros también hemos colaborado a que sea así en este momento, Dios es de nuevo la ayuda.
Para que Dios nos dé respuesta en una situación, para que Dios resuelva la situación por nosotros, primero es necesario dar el paso de creer. ¿Creemos en el Dios cercano? ¿Creemos que Él nos puede ayudar en cada situación? ¿Creemos que Él es nuestro Padre? ¿Creemos que nosotros somos Sus hijos? ¿Creemos que Él nos ama? ¿Creemos que Él nos ayuda, no solo diciéndonos cómo tenemos que hacerlo, sino que Él es justo y en la situación quiere ayudar a todos los que participan de ella?
Si la fe es más grande que un grano de mostaza, entonces comenzamos a confiar. Y cuando de pronto la sangre empieza a ebullir, decimos: «¡Señor, Tú eres el silencio! Sé que estoy implicado en esto, yo también tengo parte de culpa en esta situación. Purifico mi culpa,
mi parte, pero Tú, Tú nos ayudas a todos a resolver esta situación de acuerdo con Tu sagrada ley del amor y de la justicia».
Si podemos decir esto en nuestro corazón con plena confianza, de pronto se hará notar un cierto ardor en nosotros. Nos tranquilizamos. El ánimo alterado se tranquiliza, y en nosotros surge un sentimiento que nos hace intuir, intuir cómo podemos colaborar para que la situación se resuelva. De pronto ganamos tranquilidad interna. Nuestros sentidos se dirigen al interior. El sentido del oído de repente se tranquiliza y en la tranquilidad se pone totalmente alerta, y así escuchamos lo que dice nuestro prójimo. De lo que él dice puede que escuchemos un aspecto de la solución; es la respuesta de Dios a través de nuestro prójimo. En el caso de otra persona escuchamos a su vez de repente aspectos de la conversación que nos conciernen, y nos damos cuenta de que esa es nuestra parte pecaminosa, nuestra culpa en esa situación. A continuación sentimos en el corazón que cada vez nos tranquilizamos más, porque se va formando la solución, para nosotros personalmente y para la situación. (...)
Vivimos de forma peligrosa en la ley causal, en la ley de Siembra y cosecha
De una hora de enseñanza de Gabriele dada el 27 de marzo de 1987 (Tomo 2)
Nuestra meta debe ser acercarnos a Dios día tras día. Esto significa: vivir cada día más internamente para liberarnos de nuestro «yo», porque nuestro propio yo es muy peligroso para nosotros. A menudo no queremos creerlo, pero vivir en la ley causal, es decir, en la ley de Siembra y cosecha, encierra muchísimos peligros. Nuestro yo está en la ley causal y, por tanto, como seguimos siendo el yo, estamos en la ley causal. Si estamos preparados para despojarnos gradualmente de este ego con sus muchas variantes, nos encontraremos cada vez más en nuestro ser interior, y el Reino del interior se abrirá dentro de nosotros. Solo entonces podremos vivir desde el Espíritu. (…)
Todo nos quiere decir algo. Este «nos quiere decir algo» viene del Espíritu interior o de nuestro espíritu protector que quiere adver-
tirnos a cada momento diciendo: «Recapacita, estás viviendo de forma peligrosa. Presta atención a tus sentimientos, intenta pensar de forma positiva, y lo que hables debe ser honesto y salir enteramente de tu corazón».
Mientras no prestemos atención a todo esto, mientras vivamos los días sin más y no aprovechemos los instantes, vivimos de forma peligrosa, y no salimos de la ley causal, hacia la libertad, hacia la Ley Absoluta, que nos hace ser hijos conscientes de Dios. (...)
Nos daremos cuenta de que cuando pensamos negativamente contra nuestro prójimo, estaremos al mismo tiempo pensando negativamente contra nosotros mismos –todo lo negativo que parte de nosotros lo estaremos dirigiendo también contra nosotros mismos. Ese es el peligro en el que vivimos. (...)
¿Qué es lo que nos mantiene en la ley causal? Ninguno de nosotros quiere vivir tan peligrosamente. Vivir peligrosamente a cada instante es agotador. ¿Por qué nos resulta tan difícil salir de ella? ¿No es también porque nos programaron mal desde la infancia? Lo nega-
tivo siempre estaba en primer plano. Si había algo positivo, hablábamos de ello brevemente y luego se dejaba a un lado: se daba más importancia a lo negativo, se dejaba de lado lo positivo. Veamos el día de hoy: Si llega algo positivo, tenemos pocas palabras que decir sobre ello; nos alegramos brevemente. Pero si hay algo negativo, hablamos y hablamos sobre ello y esto se exagera. Y eso es en realidad lo peligroso. Tenemos que transformarnos en sentido positivo, el Espíritu de Dios habla de «transformar» –dejar que lo positivo se desarrolle en nosotros, y eso significa: estar atentos.
Cada mañana podemos hacernos conscientes pensando: «Yo soy un hijo, una hija de Dios». Digámoslo de corazón por la mañana, libremente desde nuestra alma –no solo lo pensemos, sino que digámoslo. En el mismo instante motivamos a nuestra alma y a nuestro cuerpo. Inmediatamente entramos en una vibración diferente, en una vibración más elevada, y afrontamos el día con más alegría, más conscientemente, estamos más claros.
Intentemos llevar estos pensamientos de alegría hacia nuestro interior:
«Soy feliz, estoy contento, soy un hijo, una hija de Dios, soy inmortal. Padre, soy Tu hijo, soy Tu hija, Tú me has regalado el día, ¡te doy las gracias! Ahora me vivificarás día a día y me mostrarás lo que hay que superar. Entonces día a día habrá más luz en mí, más luminosidad, más claridad. Me volveré puro, dinámico y así seré Tu imagen fiel».
¿Qué afluye ahora desde nosotros? Esperanza, confianza, seguridad, sentir la cercanía de Dios. (...)

¿Dónde nos encontramos con nuestra consciencia?
De una hora de enseñanza de Gabriele el 8 de enero de 1995 (Tomo 2)
(...) Podríamos preguntarnos: ¿Dónde estuvimos por ejemplo en los últimos días, dónde estuvimos el año pasado? ¿Hemos estado en Dios? ¿O hemos refrescado y ampliado nuestros imanes del pasado?
¿Hemos purificado lo que ha sucedido en los lugares más diversos –donde yace nuestro magnetismo, es decir, la pecaminosidad–, para encontrarnos cada vez más en el presente, en Dios, que habita en nosotros?
Por eso deberíamos preguntarnos: ¿Cómo fue en el lugar de trabajo? He trabajado; he cumplido mis tareas en la medida de mis posibilidades. Pero ¿las cumplí realmente? ¿Las impregné de fuerza interior? ¿O me limité a llevarlas a cabo? Estuve con mi familia. ¿Estuve conscientemente en la familia? ¿Llené realmente lo que hablé e hice en la familia con el poder de la presencia de Dios? ¿O solo he ha-
blado y actuado? ¿Estuve físicamente presente, pero ausente con mi consciencia? ¿Y dónde estaba yo?
El «dónde» es interesante. Nos dice qué es lo que yace todavía en nuestro subconsciente; nos revela los imanes que tenemos allí; nos dice si hemos formado o deshecho este magnetismo negativo. Y así vamos descubriendo paso a paso qué causas, qué es lo pecaminoso que aún sigue presente. (...)
Seguro que todos hemos estado de vacaciones alguna vez. –¿Estuvimos de vacaciones? Solemos decir: «Por supuesto. Todo fue muy bonito». ¿Fue todo bonito? El sol brillaba, los pájaros cantaban, las flores florecían, el cielo era azul. Pero ¿dónde estábamos nosotros? ¿Estábamos realmente en comunicación con el azul del cielo, con las innumerables fuerzas de los cielos, con los rayos del sol que calentaban nuestros cuerpos, con las flores que nos alegraban, con el viento que nos acariciaba, con las piedras que yacían en el suelo? ¿O dónde estábamos nosotros? ¿Dónde?, eso es lo decisivo. ¿Qué hemos alimenta-
do? ¿Hemos purificado el imán del pasado, las cosas pecaminosas que nos movían? ¿O hemos agrandado el imán?
También podríamos dar una mirada retrospectiva para ver dónde estábamos realmente y qué alimentamos en determinadas circunstancias. Si nos fijamos bien y somos sinceros con nosotros mismos, podemos explorar aspectos de nuestro futuro. Porque como fue ayer, así será mañana, si no purificamos con la ayuda de Cristo el ayer, lo demasiado humano, lo pecaminoso, y seguimos haciéndolo. (...)
Si estamos alerta, se nos recordará de inmediato cuando nuestra consciencia sea atraída hacia tal o cual lugar. El magnetismo influye en nosotros, surgen imágenes; todavía no duelen. Por lo tanto, tenemos la oportunidad de reconocerlas y purificarlas antes de que se vuelvan dolorosas. Así reconocemos la gran misericordia que tenemos como seres humanos, porque esta gran misericordia también nos ayuda a no cargarnos más tan a menudo ni tan fuertemente de culpa. (...)
¿Mantenemos comunicación con la vida, con Dios, o nos comunicamos con lo propio que hemos introducido en nuestro interior, con el pecado? La comunicación con nosotros mismos, es decir, con nuestras propias introducciones, es un círculo; siempre estamos girando en torno a nuestras propias situaciones, a nuestros propios deseos, a nuestros propios intereses. Esto cansa, esto vuelve apático, esto trae tristeza al corazón. ¿Por qué? Porque con ello estamos construyendo la carga negativa. En cambio, la comunicación positiva nos ayuda a purificar algunas cosas y nos da más fuerza. La comunicación es vida, y la comunicación positiva, la comunicación con Dios, es la vida en el presente, es la vida de la libertad que conduce a la felicidad y a la armonía interna, al equilibrio entre el alma y el cuerpo. (...)

De una hora de enseñanza de Gabriele dada el 10 de agosto de 2007 (Tomo 2)
Me gustaría exponer aquí una palabra, y esta es «liberación». Alguno respirará hondamente y dirá: «Oh, sí, sería bueno si me pudiese liberar de preocupaciones, necesidades, enfermedades, angustia, ataques externos, peleas, odio, envidia, maldad y muchas otras cosas». Y otro dirá: «Bueno, soy un ser humano y esto no resulta tan sencillo».
Preguntémonos: ¿Por qué no es tan sencillo? ¿No es acaso porque queremos retener muchas cosas, lo humano inferior, lo pecaminoso? ¿De dónde viene todo lo malo? Estamos atrapados, como prisioneros de estos complejos. Esta presión viene al fin y al cabo del alma –a menudo ya por la mañana– y desencadena pensamientos, sufrimiento, preocupaciones y otras cosas más. El alma se quiere liberar de todo lo que hemos puesto so-
bre ella. Son los complejos que acabo de enumerar y que el día nos muestra paso a paso. Quien escucha hablar el día en sí o permite que el día le hable, notará que el alma está llamando continuamente y que dice: «Anhelo la liberación», y al fin y al cabo también nosotros, el ser humano. Cuán a menudo decimos: «Qué bueno sería estar libre de preocupaciones, de problemas, de pensamientos». No sirve de nada que digamos «qué bueno sería», o que digamos simplemente: «Señor, yo te entrego a ti este complejo. Ocúpate Tú de él». Sí, Él se ocupa, y lo hace durante todo el día. Él nos muestra lo que tenemos que reconocer y purificar –si queremos.
O sea que el alma se quiere liberar. Quiere ser libre. Quiere sentir el latido del SER, la Existencia eterna, y Aquel que vive en nosotros, el Espíritu del amor, el Espíritu de nuestro Padre, quiere vernos libres, felices y contentos. Él quiere que vivamos con nuestros semejantes, con nuestros hermanos, y hermanas, en unidad y libertad, con amor y en unión. (...)
Vayamos al centro de Cristo que está cerca de nuestro corazón, y dejémonos llevar a
nuestro nivel de sensaciones. Alguno sentirá: «Oh, el alma me quiere decir algo». Surge una imagen. Permitamos esta imagen. Miremos dentro de la imagen. Tal vez también surgen pensamientos. Esperemos a ver lo que nos quieren decir los pensamientos, el contenido de los pensamientos. Nos movemos en la imagen o en los pensamientos y permitimos que surja el arrepentimiento que viene del nivel de sensaciones, y por tanto del alma. De este modo nos podemos arrepentir de corazón, de todo corazón, dando entonces también los pasos con Cristo: «Pido perdón. Con Cristo perdono», y al mismo tiempo le llamamos a Él: «Cristo, por favor, muéstrame un mandamiento de la vida para cumplirlo, para reflexionar sobre él, para que pueda mantenerlo en mí y aferrarme a él cuando de nuevo surja un impulso del alma, para purificarlo». (...)

De una hora de enseñanza de Gabriele dada el 19 de julio de 1998 (Tomo 3)
Cada ser humano es en realidad un receptáculo que consta de células, de sistemas celulares, de muchos, muchos elementos del cuerpo, por ejemplo, de hormonas y glándulas, se podrían enumerar todos los componentes. Y en tanto se producen los procesos en nuestro cuerpo, estamos pensando continuamente.
Pensamos, pensamos y pensamos. Pensamos primero en el cerebro. El pensar, nuestra forma de pensar, también lo podríamos designar como semillas o «colonos». Ellos parten del consciente, y si luego pensamos siempre lo mismo o algo parecido pasan al subconsciente; del subconsciente los colonos, nuestros pensamientos, se van como semillas a las diversas células de nuestro cuerpo, a los grupos celulares, a los vasos sanguíneos, a las hormonas, a las glándulas, a los humores, a todos los elementos del cuerpo.
Llenamos por tanto nuestro receptáculo con nuestro pensar, pensar, pensar, pensar. Y así
como pensamos, así irradia nuestro receptáculo. Como se sabe, es así que cuando un recipiente está lleno, tomamos otro para llenarlo, y algo semejante ocurre con nosotros: Si nuestro receptáculo ya está lleno de nuestro pensar, pensar, pensar, estos colonos ya están también en nuestra alma, y además del alma en los astros que concuerdan con el potencial de vibración, con estas frecuencias de nuestro pensar.
Por consiguiente, se podría decir que nos hemos construido una «rueda», una rueda que es: consciente, subconsciente, grupos celulares, alma y astros. Y esta rueda gira constantemente en cada uno de nosotros, eso sí que con los pensamientos más diferentes, porque cada uno tiene sus propios pensamientos. A esto pertenecen también nuestros sentimientos, sensaciones, palabras y actos, pero los pensamientos son los más masivos, pues pensamos sin cesar. Y así creamos esta rueda. Y en esta rueda integramos a nuestros semejantes que piensan igual o parecido a nosotros y a nuestros colonos, a los que se les puede denominar también semillas voladoras. Esta imagen se asienta luego también en esta rueda.
Pensemos por ejemplo en una planta de diente de león. ¿Cómo se ve? El diente de león viene de la tierra, aparece la planta, luego la flor, y ¿qué se forma después? Las semillas voladoras –y el viento las esparce por aquí y por allá. Y nuestras semillas voladoras se van allí y allá de acuerdo a nuestro modo de pensar, a nuestro volumen de vibración, y se asientan en los lugares donde encuentran lo mismo y algo parecido. (...)
Y así es también en nosotros: llenamos primero nuestro receptáculo, creamos la rueda en tanto estamos atados al cosmos, al cosmos material y a las esferas de purificación, y ya que el receptáculo está lleno, esparcimos sin reflexionar; diseminamos nuestras semillas voladoras, nuestros pensamientos, nuestros «colonos». Otras personas acogen nuestros colonos, así se produce posiblemente algo en ellas. (...)
¡Por consiguiente hay que tener cuidado con los «colonos»! Tenemos que preguntarnos: ¿Cuáles son los contenidos de nuestros pensamientos? Con los contenidos nos asentamos. (...)
Si muere lo que es netamente humano, la muerte habrá sido superada
Del seminario de Gabriele homónimo el 9 de noviembre de 2002 (Tomo 3)
(...) Muchas personas están centradas en el cuerpo; pocas afirman su naturaleza interior, que durante el tiempo terrenal solo está envuelta por la envoltura corporal. Olvidan que en lo más profundo de su alma brilla la vida de Dios, que quiere irradiar y penetrar en la envoltura, el ser humano. Quien poco a poco llega a estar seguro de esto, disolverá cada vez más a menudo y de forma más consciente con Cristo lo que es netamente humano, las sombras que le atraen hacia el exterior, y vivirá más en el Reino interior, en el Mundo de la luz, que es la realidad auténtica. Entonces encuentra el apoyo en su interior. Gana seguridad, fuerza y riqueza interior y se siente cada vez más protegido en Dios. Este es el proceso de devenir hacia el ser en la Luz. Una oruga esconde en sí a la mariposa. Lo mismo ocurre con nuestro cuerpo: el cuer-
po es la oruga, lo más interno es la mariposa. Quien se transforma hacia la vida, siente las alas de la mariposa, cuyo elemento vital es el Espíritu eterno. (...)
Morir significa dejar morir nuestro ego. Fallecer significa tomar consciencia de que nuestro pasado está en gran medida resuelto. Entonces el miedo desaparece. Sabemos que seguiremos viviendo con otro vestido, un vestido de materia sutil, y también sentimos que atravesaremos los reinos intermedios, hacia ámbitos de purificación más luminosos o esferas superiores de la vida, dependiendo de cómo hayamos vivido en esta existencia.
La vida es Dios, la vida es libertad. La vida es hacerlo sin miedo, sin temor. La vida es unidad y conexión con lo más íntimo de todas las personas, conexión con la naturaleza y con el eterno SER, la Existencia cósmica. En última instancia, ese es el objetivo al que, quiero decir aquí, debe aspirar cada alma, porque es imperecedera.
La fuerza redentora nos toma de la mano, pero ¿le damos la mano a Cristo haciendo lo que Él quiere? (...)
Es cierto que algún día tendremos que morir, pero no tenemos por qué soportar una muerte que prácticamente nos arranca el aliento del cuerpo. Porque el alma se lleva consigo nuestro aliento, ¡no lo olvidemos! En el aliento está la vida. El aliento no muere. Cuando el alma se va, se lleva el aliento consigo. (...)
Dejemos que muera lo que es netamente humano en nosotros y convirtámonos poco a poco en el nuevo ser humano en el espíritu de la libertad, en la soberanía, en la consciencia de que el interior del prójimo es parte de nosotros. De ahí surge también el amor al prójimo, el amor a toda la Creación. Eso es el devenir en el Espíritu. Y cuando llega el momento de fallecer, todo está en calma a nuestro alrededor. El ser humano respira. Respira cada vez más corto, cada vez más corto, y de repente deja de respirar. El alma se ha llevado la respiración. La muerte no tiene sombras, allí no hay sombra. En última instancia, ese es el objetivo de todo ser humano, independientemente de lo que piense o de cómo se comporte.
¿Qué nos quieren decir la naturaleza y los animales?
De una hora de enseñanza de Gabriele del 11 de junio de 2005 (Tomo 3)
A menudo nos encontramos con animales, por ejemplo, cuando salimos a la naturaleza.
¿Qué hay que hacer para entender lo que los animales quieren decirnos? Muchos, muchísimos animales sufren un gran miedo, ¿por qué? Porque se les golpea, porque se les caza, porque no se les ama. Ellos también quieren amar, dan amor, a menudo más amor del que nosotros podemos dar. Lo quieren. ¿Y qué podemos hacer para decirles a los animales, independientemente de dónde los encontremos: «Te entiendo, te quiero, eres parte de mí y yo soy parte de ti»?
¿Qué podemos hacer? Quizás, cuando nos encontremos con animales, podríamos preguntarnos: «Bueno, ¿qué pienso ahora? Quiero liberarme de mis pensamientos, de todas mis preocupaciones y simplemente conectar con los animales, quiero entrar en contacto con ellos».
Practiquemos esto cuando nos encontremos con animales, aunque solo sea cuando salgamos al jardín y veamos los pájaros en el árbol: Quedémonos quietos y digamos: «Bueno, fuera con los pensamientos humanos, aquí hay una parte de mí», y luego caminemos muy despacio, muy suavemente por el jardín.
Los pájaros se irán volando, pero con el tiempo su vuelo ya no estará tan lleno de miedo, sino que se retirarán un poco en el árbol, se subirán a una rama más alta y ya no se irán volando por miedo.
Y así también podemos encontrarnos con animales más grandes: retrocedamos y digámonos a nosotros mismos: «Ahora tengo que dejar de pensar», y sintámonos en el animal. (...)
Y luego, cuando nos demos cuenta de que un animal no huye, lo miramos. Él «habla» con los ojos. A través de los ojos también mira el almita parcial del animal. Mueve la cabeza, mueve el cuerpo, da unos pasos atrás, unos pasos adelante o se aleja de nosotros. Todo, cada movimiento del animal, quiere decirnos algo. (...)
Al igual que nosotros tenemos nuestro lenguaje corporal, los animales también tienen el suyo. Si aprendemos a comunicarnos con los animales paso a paso, muchas preocupaciones y muchos problemas desaparecerán. Nos daremos cuenta de que no estamos solos. No estamos supeditados solo a nosotros, la gran fuerza del Espíritu siempre nos rodea, también en los animales.
Pensemos también en las plantas. En los animales notamos cuando se alejan de nosotros, en las plantas no lo notamos. Pero cuando nos acercamos a la planta con nuestros pensamientos, también la planta comienza a temblar. ¿Y qué significa este temblor? Ella tiene miedo de nosotros.
Nos alegramos al ver una rosa. Pero ¿hemos pensado alguna vez que la rosa también quiere alegrarse de nosotros?
¿Cómo me acerco a la rosa? ¡Ella es vida! Las flores, los arbustos, los árboles, solo pueden existir si hay vida en ellos, y la vida siempre quiere comunicarse, comunicarse con las personas.
Habría tantos motivos hermosos para alejarnos de nosotros mismos, para sentir que estamos rodeados por el gran Espíritu de la naturaleza, por el Dios Creador en los animales, en las plantas, incluso en las piedras. Entonces pronto dejaremos de levantar piedras y lanzarlas a cualquier parte. Nos damos cuenta de que es la fuerza vital de la piedra. Y cuando tomamos una piedra en la mano, la devolvemos a la tierra y no la tiramos a la esquina más cercana.
Los animales, las plantas, toda la madre Tierra nos ayudan a alcanzar la armonía, si así lo queremos y nos retiramos con la consciencia de que la vida es omnipresente. (...)



Con muchas ayudas para la vida extraídas de las horas de enseñanza y seminarios de Gabriele. Cada día podemos cambiar positivamente y contribuir así activamente a que haya paz.
Tomo 1: 225 págs., tapa blanda, ISBN 978-3-96446-436-1
Tomo 2: 248 págs., tapa blanda, ISBN 978-3-96446-588-7
También como E-Book.

Los Diez Mandamientos de DIOS y el Sermón de la Montaña de Jesús de Nazaret
Los Diez Mandamientos de Dios y el Sermón de la Montaña de Jesús de Nazaret no tienen nada que ver con religión. Son extractos de la Ley eterna del amor a Dios y al prójimo.
Tapa dura, 216 págs.: ISBN 978-3-96446-022-6
Tapa blanda, 204 págs.: ISBN 978-3-96446-288-6
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