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Repercusiones en la salud de los hombres debido a los mandatos de una masculinidad tóxica - Roberto

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*Ponencia presentada por Roberto Díaz Paez durante el Congreso de Estudios de las Masculinidades y Derechos Humanos organizado por la Fundación Justicia y Género y la Universidad Nacional. Costa Rica, 2018.

Repercusiones en la salud de los hombres debido a los mandatos de una masculinidad tóxica

En el artículo “Construyendo nuevas masculinidades: una introducción”, Carabí (2000) sostiene que la ética patriarcal, basándose en el uso de oposiciones que engendran desigualdades, ha determinado el carácter no sólo de las políticas: a. de género, donde el varón es considerado superior a la mujer por la contraposición bipolar de la naturaleza humana; solamente sujeto de su propio deseo; con una condición y rol activos; no necesariamente hermoso, lo que no es requerido; autorizado a desatender el cuidado familiar y a asumir el individualismo como un valor de éxito. b. de la raza, ya que, en el encuentro entre etnias y culturas diferentes, el varón de raza blanca creó los mecanismos para afirmar su masculinidad desvalorizando la masculinidad del “otro”, confiriéndole un sentido de inferioridad y de necesaria subordinación, justificando esclavitudes y vejaciones, y finalmente, c. de la orientación sexual, puesto que, frente a los varones que no se comportaban como “hombres”, la ética patriarcal los definió como nomasculinos y, por tanto, despreciables; así se le asignó un significado negativo a la homosexualidad: como anti-espejo de la hombría y un factor de riesgo que atenta contra la institución familiar, previamente definida también con esta lógica dicotómica y de separación-complementación.


Mediante la utilización de la diferencia entre los conceptos de sexo y género como herramienta heurística, la teoría de género busca recoger la diversidad en los modos en que se presentan las relaciones de género, al interior de las distintas agrupaciones humanas y de la sociedad misma. La masculinidad, lo que significa ser hombre, es al igual que la feminidad, una construcción social. La adquisición de la identidad masculina se consolida por medio del aprendizaje social de normas que detallan lo que un hombre está obligado a seguir, así como de lo que tiene prohibido y claramente, de lo que le es permitido. “Las ideologías masculinas son construcciones culturales que establecen relaciones asimétricas entre los géneros... Los niveles de asimetría varían de una sociedad a otra... Las relaciones asimétricas se establecen partiendo de la superioridad de lo masculino y la subordinación, devaluación e inferiorización de lo femenino”. (Batres, 1999). En los talleres con hombres que facilitan los miembros de la “Red de Hombres por la Igualdad de Género en el sector público” en Costa Rica, el Instituto Nacional de Aprendizaje (INA) incluido, la realidad sentida confirma lo externado por Carabí. Para los participantes de los talleres, casi siempre subyace una concepción de superioridad varonil en los órdenes físico, mental, espiritual y de voluntades sobre las mujeres e hilando más fino, también se encuentra la idea-concepto de que esa superioridad es evidente también desde los hombres heterosexuales sobre aquellos que no lo son. Presentan argumentaciones que tendrían, según ellos, base en las ciencias biológicas o sociales, los preconceptos filosóficos o religiosos, en las tradiciones culturales e históricas, e incluso en simples idas sueltas que son producto de alguna experiencia individual o particular que han vivido. Como dice Batres (1999) se está de frente a la socialización, un complejo proceso en donde factores multicausales se superponen y moldean nuestras historias personales y colectivas; adquirimos así habilidades y aprendemos prohibiciones que tienen que ver con la conformación de nuestra identidad en sociedades que son sistemas de control determinantes de lo que somos o lo que hacemos. Por medio de estos procesos, interiorizamos también el género. En este proceso de reconocer la realidad a partir de la socialización, se incluye, desde luego,


el aprendizaje de los significados sociales y de los valores de referencia como una forma activa de reproducir lo social y las relaciones de poder. El desarrollo del análisis sobre la masculinidad patriarcal ha sido una labor que, desde el punto de vista histórico, se puede catalogar como reciente. Desde la década de los 70, autores como Herb Goldberg (1976), Dan Kiley (1985), León Gindin (1987) y Michael Kaufman (1989) empezaron a proponer la importancia del estudio de la masculinidad patriarcal, como una acción posterior y complementaria a los procesos de reivindicación feminista. (Briceño, 2001). Como ya desde una década atrás plantea Boscán (2008) se evidencia una reformulación de la concepción de las masculinidades por medio del estudio y registro de la existencia de diversas expresiones o manifestaciones masculinas, algunas de las cuales, incluso, se plantean como opuestas al modelo de masculinidad establecido de forma hegemónica. Uno de los principales debates teóricos de nuestro siglo 1 dice Carabí (2000) se ha producido a propósito de la identidad; de la existencia o no, por ejemplo, de una identidad femenina que estaría formada por los rasgos comunes de todas y cada una de las mujeres del mundo, más allá de cualquier diferencia de raza, cultura, edad o clase social. "La mujer no nace, se hace", la famosa frase de Simone de Beauvoir critica este razonamiento esencialista. Lo que el feminismo se planteó más tarde, dando lugar a los llamados 'estudios de género', es que el patrón masculino del hombre también se conforma según la construcción cultural; como reseña Hernández (2002) se podría resumir esto parafraseando a ´El segundo sexo’, con la afirmación: "no se nace hombre, uno se convierte en hombre". En efecto, "la" masculinidad no ha tenido mayores obstáculos ni ha sido pensada como sí se ha hecho con ‘la feminidad’, porque 'el hombre' ha sido siempre el término neutro para referirse a la humanidad, mientras que a la mujer se le asignaba y asigna el espacio de la excepción, de la diferencia y, por esto, ha sido objeto de exploración y reflexión. Interesante, como un componente más de la observación, es el hecho de que la autora Hernández (2002) entrecomille el artículo 1

Nota del autor: se hace referencia al siglo XX.


‘la’, es decir, desde un principio se debe cuestionar el hecho de que haya una sola masculinidad o, más aún, sea necesario plantearse la hipótesis de la existencia de un gran número de masculinidades diversas e igualmente válidas, que por un lado quizás se complementen o que inclusive se yuxtapongan en diferentes contextos temporales o espaciales. Las ocasiones en que funcionarios de la Red han entrado en contacto con varones de otras latitudes planetarias, con hombres jóvenes de sectores rurales del propio país o con personas que nacieron antes de mediados del siglo XX, las manifestaciones de lo que consideran ser hombre evidencian rasgos característicos afines al grupo en cuestión pero que a la vez son diferenciadores con respecto a los otros grupos citados; es un elemento más que debe sumarse a la ya citada hipótesis de la existencia de un gran número de masculinidades diversas y válidas. Ya lo señala Batres (1999) cuando gran parte de la masculinidad se define como lo que no es femenino y se le construye sobre esta negación. El hombre para hacer valer su identidad deberá convencer a los demás de que no es una mujer, ni un bebé y que no es homosexual (Badinter, 1993). No llores, juega bien fútbol, sé valiente, no hables mucho, no uses cremas o protectores solares o cuides tu salud porque no quieres ser “mamitas”, son parte de los mensajes. La pregunta fundamental respecto a ¿qué pasa con los hombres?, indica Briceño (2001) teniendo como referente tanto el orden social patriarcal como la lucha feminista misma, es una interrogante que en los últimos años ha venido cobrando importancia. Las inquietudes incluyen cuestionamientos acerca de los roles masculinos, la conformación de la identidad masculina, las relaciones de poder, la resolución de conflictos, y demandan la reflexión personal y colectiva a partir del vivir cotidiano de los hombres. Las autoras y autores antes mencionados empezaron a plantear elementos acerca de la construcción de la masculinidad patriarcal y sus diversas expresiones, partiendo del cuestionamiento central sobre los efectos negativos que dentro del sistema social patriarcal se provoca en los hombres. Briceño (2001) establece que “El hecho de que estas propuestas evidencian costos, efectos negativos o desventajas, también para los hombres, dentro del orden social patriarcal, implica y


sugiere la necesidad que los hombres mismos tomen acciones concretas para mejorar sus condiciones de vida, tanto para sí mismos como en su relación con las mujeres, demás personas y su entorno en general. No viene a ser casual la negativa de numerosos grupos de hombres a revisarse en su construcción personal, colectiva y social, ya que consideran este proceso como una verdadera pérdida de poder y asociada a esta, una reducción ‘peligrosamente provocadora’ de los privilegios que el sistema les otorgó desde siempre al colectivo masculino y en forma particular a cada uno, a la hora de su nacimiento. Por tanto, asocian este camino de reflexión con un detrimento en su consolidad identidad viril. Durante la ejecución de los talleres, esto provoca desconcierto y a veces, incluso comportamientos agresivos hacia las personas que facilitan la actividad. Además, quienes participan de estos talleres, se ven expuestos a burlas, ya que un taller que incluya en su nombre la palabra ‘masculinidades’ suscita perspicacias, dudas y temores. En efecto, uno de los rasgos predominantes y centrales de la masculinidad tradicional tiene su eje sobre la conducta agresiva del hombre activo que, recordando la teoría de las oposiciones citada al principio, se contrapone de frente a la mujer pacífica o pasiva. En estos espacios, dice Briceño (2001) se trabaja en torno a la revisión de las experiencias propias de vida, las áreas de sexualidad, relaciones familiares, identidad, relaciones de pareja e historias personales de sus integrantes. Justamente, es así como hace sus propuestas la Red de Hombres por la Igualdad de Género del sector público costarricense y se reproduce en el Instituto Nacional de Aprendizaje (INA) en la facilitación de talleres o charlas. El concepto de masculinidad patriarcal o tóxica, como también se le conoce, lo enmarca Briceño (2001) “…es el conjunto de atributos, valores, funciones y conductas que se suponen esenciales al varón en una cultura determinada, en donde se presenta al varón como esencialmente dominante, que sirve para discriminar y subordinar a la mujer y a otros hombres que no se adaptan a este modelo”. Por tanto, hay que comprender dos dimensiones: a) la que tiene que ver con los hombres como individuos en cuanto a su entender y práctica sobre “ser


hombres” y b) la que tiene que ver con la masculinidad como una estructura ideológica que responde a la sociedad patriarcal, emisora de valores y mandatos, y creadora de consenso para hombres y para mujeres. En los talleres que se han promovido desde la Red, en particular aquellos facilitados por el funcionario del Instituto Nacional de Aprendizaje (INA), se proponen varios momentos de profunda reflexión que se hacen en pequeños grupos para que luego los participantes tengan la oportunidad de compartirlo en plenaria. Estas actividades tienen un gran impacto y desestabilizan fuertemente los preconceptos elementales para establecer lo cultural y lo eminentemente biológico. El objetivo primordial se cumple cuando son los mismos hombres participantes del taller los que van evidenciando la violencia a la que han sido, son y probablemente serán sometidos toda su vida, para que se comporten, hablen, se desenvuelvan y actúen de una cierta manera: ‘la’ masculina que dicta el sistema patriarcal hegemónico. Toman forma y color aquellos golpes, burlas e insultos de terceros, pero también los instrumentos usados por familiares, que incluyen objetos contundentes, castigos rigurosos y quebrantadores de la voluntad, burlas y ofensas, para reprimir con tenacidad ciertas conductas y maximizar otros comportamientos, esos que sí debe exhibir un varón en presencia de otros hombres o de las mujeres. En este sentido, siempre se ha considerado de vital importancia desarrollar una sana confianza y gran transparencia que debe ser generada desde el inicio de los talleres, así como la utilización de un lenguaje ‘masculinizado’ común, promueven el intercambio de experiencias y vivencias íntimas, que entre hombres pueden ser compartidas por una cuestión elemental de pares, que no resulta tan sencilla, por la deformación patriarcal y machista recibida durante toda la vida, cuando hay una o más mujeres presentes en el taller. En los talleres con hombres, al hacer la revisión de la masculinidad tóxica aprendida y reforzada por distintos grupos sociales, se descubre la poca o nula importancia que ellos otorgan a su salud física y mental en la que no invierten ni tiempo ni dinero. Los mandatos de la masculinidad en relación con el ejercicio del poder son: tener, saber y hacer. Está sustentado en el orden social patriarcal que establece


que el hombre es el que manda, decide, vigila, es el responsable, quien controla, protege y domina. En esta dinámica está siempre viendo hacia afuera, pocas veces se percata de sus situaciones internas y menos aún presta atención a los síntomas y avisos que le hace su propio cuerpo. Los sistemas de salud del país hacen grandes inversiones para atender las enfermedades que padecen los hombres, la mayoría que pueden evitarse o retardarse en su aparición. Es así como se intenta aproximar los montos promedio anual en colones costarricenses que invierten los hombres funcionarios públicos de Costa Rica tanto en el mantenimiento, uso y compra de sus vehículos personales o familiares como en su salud física y mental. Además, establecer la razón entre el promedio de ambos montos para el análisis de estos con la realidad de los hombres participantes de los talleres y su respectiva confrontación para la toma de decisiones personales o grupales. Finalmente, se desea que ellos se auto-propongan una lista de acciones realistas y prácticas que contrarresten las tendencias actuales en la temática de salud física y mental de los hombres costarricenses. Se trabaja con hombres de todas las edades, en zonas urbanas y rurales, con o sin educación primaria o secundaria, diferentes rangos jerárquicos, profesiones y labores asignadas dentro de algunas instituciones públicas y gubernamentales de Costa Rica; este trabajo se realiza con muchas actividades lúdicas y de auto reflexión durante un mínimo de 15 horas; se logra así la revisión de los mandatos aprendidos desde la masculinidad tóxica de manera que se puedan ellos mismos replantear cambios en su vida. Se recoge por medio de una plantilla impresa la inversión anual que cada participante hace tanto en su vehículo como en su salud física y mental para luego tabularlos, presentarlos y compararlos con el grupo lo que les confronta con su propia realidad, dimensión que siempre se manifiesta desconocida o nueva para ellos. Independientemente del grado de educación formal o no formal, la edad o estado civil, profesión o rango jerárquico, tiempo de permanencia en la Institución o si es sede central (ubicada en zona urbana) o regionales (normalmente, zona rural), los hombres que participan de los talleres descubren por un lado la violencia que


fue usada por diversos actores: familia, escuela, iglesia, pares, equipos deportivos, agrupaciones religiosas u otras para inculcarles los mandatos de la masculinidad tóxica con la que rigen su vida. Por otro lado, toman conciencia de la poca o nula relevancia que le otorgan a su salud física o mental, porque su rol de proveedores y de hombres patriarcales les impulsa a sublimar cualquier afección hasta que es demasiado tarde y la prevención se considera signo de debilidad, por tanto, natural para las mujeres, extraño para ellos. Estas evidencias numéricas les obligan a replantearse sus prioridades.


Bibliografía

Badinter, E. (1993). XY: La identidad masculina. Alianza Editorial.

Batres, G. (1999). El lado oculto de la masculinidad. Tratamiento para ofensores. Programa Regional de Capacitación contra la Violencia Doméstica; Fondo de Población de las Naciones Unidas, San José, Costa Rica: ILANUD.

Boscán, A. (2008). Las nuevas masculinidades positivas. Utopía y Praxis Latinoamericana, abril-junio, año/vol. 13, número 041. Universidad del Zulia. Maracaibo, Venezuela. pp. 93-106. Red de revistas científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal, redalyc.

Briceño, G. (2001). El Género también es asunto de hombres. (Serie Cuadernos de Trabajo Hacia la Equidad). Master LITHO S.A., San José, Costa Rica: UICN.

Carabí, Á & Segarra, M. (2000). Construyendo nuevas masculinidades: una introducción. Editorial Icaria. Barcelona, España.

Hernández, E. (2002). Reseña de "Nuevas masculinidades" de Ángels Carabí y Marta Segarra (eds.). Alteridades, vol. 12, núm. 23, enero-junio, 2002, pp. 143-146. Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Iztapalapa, Distrito Federal, México.


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