MURAKAMI, EL MAR
El mar parece hoy especialmente furioso, agitado, amenazante. Sobre la arena mojada de la mañana no quedan rastros de flechas en los corazones, ni de nombres, ni de posibles fogatas encendidas en el anochecer reciente. Las pequeñas olas que llegan a la orilla no se corresponden con el rugido que se escucha a la distancia, como si el rumor del mar estuviese agazapado, más adentro todavía de lo que la vista alcanza a percibir y el oído atestigua. Alejandro pasó un tiempo entrevistando a parejas con una historia de amor larga, larguísima, casi como sus edades cronológicas; vidas cuyo relatos amorosos coinciden casi textualmente con sus relatos completos, sin un antes y un después, como admitiendo que el comienzo de la vida tuviera que ver con el inicio del amor. Aun así, habiendo conversado con una decena de parejas duraderas, sigue rumiando insatisfecho en medio de la pregunta, no se quita de ella ni ella de él, y las respuestas no son tan sencillas ni llegan tan rápidamente como lo desea. Necesito un tiempo, me cuenta una tarde antes de viajar al mar, para regresar a mi refugio —a ese lugar donde el silencio y la quietud quizá puedan darme un tono distinto—, quitarme de la obsesión, hacer de cuenta que me olvido de la pregunta para recordarla de otro modo. El refugio es sinónimo de soledad, de apartarse, de silencio. Como si en vez de salir de la caverna, él sintiese que tiene que entrar en ella; evitar la oscuridad, sí, pero insistir en el misterio 41