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En Sinistrash Diego Fusaro denuncia amargamente a esa parte de la izquierda que, tras abandonar a Marx, a Gramsci y a los trabajadores, está dando cobertura y amparo al capitalismo global, que ya no ve como su principal enemigo.
Una izquierda progresista, posmoderna y liberal, que es objetivamente cómplice del capitalismo, y que en la práctica lo complementa sin cuestionar realmente las relaciones de poder hoy existentes.





4 Cuando nació El Viejo Topo...
Un recuerdo personal
POR FRANCISCO FERNÁNDEZ BUEY
14 Venezuela 1999-2026
POR FABRIZIO VERDE
18 Japón
Sanae Takaichi en el santuario Yasukuni
POR HIGINIO POLO
24 De la teoría del Estado a la batalla política
Entrevista a Álvaro García Linera
POR JAVIER ENRÍQUEZ ROMÁN
32 ¿Qué es la política?
POR PAOLO BOTTA
39 FILOSOFA, QUE ALGO QUEDA
Autómaton
POR MIGUEL CANDEL
42 Un elefante en la habitación
Entrevista a Paula Fraga
POR GENÍS PLANA
50 España 1900 POR MIGUEL ÁNGEL CERDÁN
58 CINE:
Violencia, fe y culpa en la triología de Martin Scorsese
POR JAVIER ENRÍQUEZ ROMÁN
62 LIBROS
EL VIEJO TOPO , revista mensual. DIRECCIÓN : Miguel Riera Montesinos. CONSEJO EDITORIAL : , Javier Aguilera, Miguel Candel, Javier Enríquez, Manolo Monereo, Félix Pérez, Genís Plana, Miguel Riera Cabot DISEÑO : Elisa Nuria C. Edita: Ediciones de Intervención Cultural, S.L. (Barcelona). ISSN Papel: 0210-2706, ISSN Internet 29387388. Depósito Legal B-40.616-76. Impreso en España. El Viejo Topo no retribuye las colaboraciones. La redacción no devuelve los originales no solicitados, ni mantiene correspondencia sobre los mismos. L os colaboradores aceptan que sus aportaciones aparezcan tanto en soporte impreso como en digital. La revista no comparte necesariamente las opiniones firmadas de sus colaboradores.

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por Francisco Fernández Buey
En octubre de este año se cumplirán cincuenta años de la fundación de esta revista. Con ese motivo, y hasta esa fecha, recogeremos en cada número un artículo significativo de tiempos remotos, empezando por este de nuestro añorado Paco, publicado en una antología elaborada por Jordi Mir treinta años después de la publicación del primer número.
Cuando en 1976 apareció en Barcelona el primer número de El Viejo Topo sus colaboradores y sus lectores, identificados con la izquierda antifranquista que había protagonizado la mayoría de las movilizaciones socio-políticas de la década, tenían el alma dividida. Por una parte, deseaban y propiciaban una ruptura radical con todo aquello que había representado el régimen de Franco, tanto en el plano político como en el cultural. Por otra parte, temían la reacción inmediata de lo que entonces se llamó el bunker, o sea, de los sectores de ultraderecha directamente vinculados a lo que habían sido el Movimiento Nacional y la Falange. Estos sectores estaban todavía muy presentes en los principales aparatos del Estado, en el ejército, en la policía y en la Administración y, al amparo de ellos, habían protagonizado numerosos actos de violencia contra librerías, publicaciones, personas y organizaciones de la izquierda política y sindical. De manera que el deseo de una ruptura radical se veía obstaculizado por la presencia activa de una reacción que aducía, una y otra vez, el espectro de la guerra civil.
¿Qué era entonces la izquierda antifranquista surgida de las luchas obreras, estudiantiles y ciudadanas de las décadas anteriores? En lo sustancial, un conjunto de fuerzas organizadas en torno al ideal comunista. La gran mayoría de las organizaciones que habían estado protagonizando las moviliza-
ciones en las fábricas, en las universidades e institutos y en los barrios de las ciudades de la España de aquellos años llevaban en sus siglas la palabra comunismo o tenían el comunismo como horizonte. Es el caso del PCE y del PSUC, durante años la fuerza socio-política más organizada con mucho. Y es el caso también de toda una serie de organizaciones que habían surgido a su izquierda: el Partido del Trabajo (PTE), el Movimiento Comunista (MC), la Liga Comunista Revolucionaria (LCR), la Organización de Izquierda Comunista (OIC), la Organización Revolucionaria de Trabajadores (ORT) y la Organización Comunista de España-Bandera Roja (OCE-BR). Más diluida, pero en fase de reorganización, estaba entonces la tradición anarquista. De hecho, la aparición de los primeros números de El Viejo Topo coincidió con una cierta resurrección del anarquismo en España, potenciada tanto por la CNT como por la pujante implantación de toda una serie de grupos y organizaciones libertarias que, desde 1968, se venían manifestando activamente en las principales universidades, en algunas fábricas importantes y, sobre todo, a través de publicaciones, clandestinas o semi-legales, que habían alcanzado ya cierta difusión en ambientes intelectuales. Hacia 1976 este ámbito difuso estaba en eclosión. Incluía desde la reaparición del viejo sindicalismo de raíz anarquista hasta la formación de agrupaciones anarco-comunistas de nuevo tipo,


pasando por varias manifestaciones de la contracultura en campos como el de la música popular, el comic y la sátira. Además de la crítica tradicional del Estado y del Poder (de todo Estado y de todo Poder) y de la consiguiente crítica a toda forma de reformismo, el anarquismo libertario de aquel momento priorizaba asuntos pre-políticos, culturales o político-sociales escasamente atendidos u olvidados por la tradición comunista en sus distintas variantes. Por ejemplo: el tipo de control social dominante no sólo en el régimen franquista sino, más en general, en las llamadas democracias; la situación en las cárceles; los horizontes que estaba abriendo el desarrollo de la antipsiquiatría; el papel de las drogas en la cultura juvenil. El hilo rojo que vino a unir todo eso seguramente fue la reivindicación de la autonomía obrera.
Había también otras fuerzas antifranquistas no-comunistas: socialistas, nacionalistas, democráticas sin adjetivar, cristianas, etc. Pero en 1976 estas otras fuerzas antifranquistas eran minoritarias y estaban mucho menos organizadas. O al menos así lo parecía viendo lo que ocurría en las calles, fábricas, instituciones universitarias y publicaciones diversas que en la época eran todavía semiclandestinas. El PSOE apenas contaba todavía, aunque quienes conocían los intríngulis de la política internacional, puestos en marcha por la muerte del general Franco, presentían que iba a contar. La derecha reformista estaba en el Estado pero no tenía aún partido propio. Los grupos nacionalistas más activos en Euskadi, Cataluña, Galicia, Canarias y Valencia juntaban, por lo

general, en sus siglas o en sus programas la reivindicación del derecho a la autodeterminación con una definición marxista o explícitamente socialista. Y los grupos nacionalistas que no juntaban esas cosas en sus siglas o en sus programas y que se declaraban social-demócratas o culturalistas, aunque podían tener presencia en plataformas anti-franquistas unitarias, como en Cataluña, habían jugado hasta entonces un papel muy secundario. Venían haciendo declaraciones patrióticas o culturales, en defensa de la lengua, costumbres otradiciones propias, pero en lo político preferían esperar. Esperaban su momento. Y las organizaciones cristianas de base, no vinculadas a la Iglesia oficial, habían estado tan cerca (y tan dentro) de los principales movimientos sociopolíticos de resistencia al franquismo, encabezados por los comunistas, que, aun conociendo su peculiaridad, costaba trabajo verlas como una fuerza independiente, con programa y objetivos propios.
¿Y qué se esperaba cuando en aquellos medios antifranquistas, declaradamente comunistas, se hablaba de ruptura o de ruptura radical? No es posible, desde luego, contestar por todos a esta pregunta porque no todos esperaban lo mismo ni aspiraban a lo mismo. Por debajo de las siglas y de los programas, en los que casi siempre aparecía la aspiración a una sociedad sin clases, había muchas diferencias y una polémica abierta, constante y a veces agria. Esta polémica versaba sobre tres aspectos: a) qué comunismo (o, cuando se hablaba de transición, qué socialismo); b) por qué medios se podía llegar
a eso; y c) con quién o quiénes aproximarse al menos a aquello que se propugnaba.
En la discusión sobre estas tres cosas influyó mucho la definición ideológica de partida. En aquellas organizaciones se leía a Marx, a Engels, a Lenin, a Trotsky, a Pannekoek, a Gramsci, a Mao, a Guevara o a Castro, no tanto como clásicos antiguos o contemporáneos de una tradición, sino más bien como fuentes directas de inspiración para postular otro mundo en aquel presente. De ahí que el abanico del área comunista fuera tan amplio. Había entre nosotros comunistas leninistas, comunistas trotskistas, comunistas consejistas y comunistas maoístas. Y, por lo general, había también más discusión acerca de las diferencias históricas entre estas formas de ser comunista que sobre el tipo de Estado y sociedad al que se aspiraba. La controversia sobre esas diferencias parecía entonces tan apremiante que en aquellos medios apenas se dedicaba tiempo a discutir con las otras ideologías que estaban a la derecha del partido comunista y a las que, en general, se solía calificar de burguesas o pequeño burguesas, sin más matices.

Pero, más allá de estas diferencias, que entonces estaban en primer plano, leyendo lo que se escribía en los papeles y habiendo escuchado lo que se decía en asambleas y reuniones

de aquel momento, aún se puede concluir, sin embargo, que había en 1976 una ilusión o una esperanza compartida, a saber: que lo que vendría después de Franco, gracias a la presión de las fuerzas populares, iba a ser –tenía que ser– algo parecido al socialismo. Todavía se puede precisar un poco sobre esta ilusión: para después de Franco y del franquismo se aspiraba a algo más que una democracia «formal», indirecta o representativa.
Todos los documentos redactados por las organizaciones mencionadas, que –insisto–constituían en aquel momento la vanguardia antifranquista organizada, apuntaban hacia ese algo más. Se hablaba de una democracia avanzada en lo social y en lo económico (más avanzada, por tanto, que las democracias entonces realmente existentes en el mundo occidental). Se postulaba, según los casos, un socialismo autogestionado, una democracia socialista basada en los consejos (obreros, de fábrica, populares, etc.), una república federal y popular de signo socialista, un tipo de socialismo parecido al que entonces existía en la China de Mao, o en la Cuba de Castro, o semejante al que había existido en los inicios de la revolución rusa. En sus propuestas económicosociales todos aquellos partidos y organizaciones venían a decir (o decían explícitamente) que el llamado Estado de bienestar era


sólo una prolongación del capitalismo denominado «tardío» (nada que tuviera que ver, por tanto, con la propuesta socialista); y lo que se estaba haciendo en Suecia, paradigma de la socialdemocracia de entonces, se calificaba significativamente de «modelo sueco de la explotación» (nada que tuviera que ver, por tanto, con la aspiración a acabar con la explotación clasista).
Cuando nació El Viejo Topo nadie, en esos ambientes, decía querer una monarquía para España. Por una razón muy sencilla: la monarquía era una imposición de Franco para perpetuar lo que había representado el franquismo. Y eso estaba por detrás incluso de lo que se criticaba como algo insuficiente
comunistas, que hizo bandera de la lucha por la República en aquella hora: lo que quedó de la Organización ComunistaBandera Roja después de que una parte importante de sus dirigentes se fusionaran con el PSUC y el PCE. Los demás daban por supuesta la adscripción republicana o tendían a poner el acento en otras cosas.
Estas otras cosas venían a ser: la preparación de una huelga general o de una acción cívica de las masas que acabara con los restos del régimen de Franco y abriera el camino a una democracia socialista; la exigencia de una amnistía general que sacara de las cárceles a todas las personas que durante décadas habían luchado contra la dictadura; la reivindicación

para suceder al franquismo: las democracias representativas realmente existentes. Hubo, ciertamente, diferencias de acento. Algunas organizaciones pensaban entonces que la disyuntiva entre monarquía y república, en tanto que formas de Estado, tenía que ser la clave de toda discusión política, como lo fue en la Italia de 1945. Otras, en cambio, pensaron que, siendo importante la definición sobre la forma del Estado, era aún más importante la clarificación del signo social y económico del Estado del futuro. Dicho con otras palabras: la opción socialista (en cualquiera de sus variantes) se consideraba más importante que la definición republicana, la cual –se decía– podía darse por supuesta en gentes que se consideraban comunistas o socialistas revolucionarios. Que yo recuerde sólo había entonces un grupo, entre los que se definían como
de la descentralización del Estado, entonces concretada en la petición de autonomía y/o la restauración de las instituciones propias de las nacionalidades que existieron durante la II República; la disolución de todos los cuerpos represivos creados por la dictadura, y en particular de la policía política y de los tribunales de orden público, que habían tenido un papel central en la represión de los opositores; y en algunos casos (FRAP, GRAPO, ETA), la creación de frentes, brazos o grupos armados para oponerse a las fuerzas armadas del franquismo. En las manifestaciones de aquellos años en que se creyó posible la ruptura, junto a la consigna el pueblo unido jamás será vencido (heredada de las manifestaciones chilenas), muchas veces se escuchaba esta otra: el pueblo armado jamás será derrotado. Por supuesto, este último grito era minoritario
incluso en las manifestaciones. Pero también estaba ahí. Y en no pocas reuniones de los grupos de vanguardia se seguía discutiendo seriamente acerca de si lo correcto, para pasar al socialismo que se postulaba, era la «vía armada» o la «vía pacífica y parlamentaria».
Así éramos en 1976. Y conviene recordarlo. Puede ser que, al leer esto treinta años después de los hechos, quienes no los vivieron y sólo tienen noticia de la época por otras cosas que hayan leído, piensen que cuando escribo la palabra «ilusión» la estoy empleando en su acepción más negativa, como mera expresión de una ensoñación o desvarío y que, a partir de ahí, lleguen a la conclusión de que la mayoría de aquella gente que militó en las organizaciones comunistas de la época y escribió o leyó los primeros números de El Viejo Topo había perdido el sentido de la realidad. Pues es verdad que en pocos años, entre 1976 y 1982, todo aquello, todas aquellas ilusiones, se habían ido al traste. El triunfo de la reforma política o la «ruptura pactada», como se llamó a la transición desde el franquismo lo que ahora conocemos, parece invitar a pensar no que aquellas gentes tenían ilusiones, sino que eran unos ilusos.

No descarto que algunos de los que escribíamos hace treinta años en los primeros números de El Viejo Topo y algunos de los lectores de la revista, que fueron muchos, hubiéramos perdido momentáneamente el sentido de la realidad a la muerte del Dictador. Algunas de las personas que vivieron aquellos años con uso de razón política han tenido el coraje de reconocerlo así. Por ejemplo, Félix Novales, en El tazón de hierro (Crítica, 1985), que es un testimonio tremendo y conmovedor de eso que digo: por la veracidad de su relato y por su rectificación también. Y he empleado aquí el plural, en el que me incluyo, para que nadie piense que pretendo volver a emplear la palabra autocrítica en el sentido perverso que casi siempre ha tenido en los ambientes en que me moví y acusar así de insania a otros y librarme yo. Para que no quede duda al respecto: creo que cuando empezamos El Viejo Topo quienes compartimos aquel proyecto estábamos mal informados en algunas cosas importantes, pero que, en general, se puede mantener frente a lo que viene diciendo la historiografía oficial y se suele repetir un día tras otro en los medios de comunicación actuales, que lo que escribimos e hicimos no responde a un caso de obnubilación colectiva de la conciencia o de pérdida absoluta del sentido de la realidad
¿De dónde nos venían aquellas ilusiones? Cuando apareció la primera entrega de El Viejo Topo todos los que allí escribimos teníamos en la cabeza algunos hechos transcendentes que luego han quedado minimizados por otros que ocurrieron desde el inicio de la década de los ochenta. Esos hechos eran, entre otros, los siguientes. En primer lugar, el final de la guerra de Vietnam con la victoria de un pequeño pueblo resistente sobre el Gran Poder de la segunda mitad del siglo XX; cosa que sólo se pudo lograr por la combinación de varias fuerzas e ilusiones: no sólo de las existentes en Vietnam sino en el mundo entero. En segundo lugar, observábamos las vacilaciones y dificultades del gobierno norteamericano, en la época del Presidente Carter, y no sólo de aquel gobierno, para recomponer la hegemonía del gran capital. Parecía como si el Imperio hubiera salido noqueado de la guerra en Vietnam. Y esto se percibía, no sin razón, como indicio de una crisis del sistema capitalista que estaba afectando también a sus manifestaciones culturales.
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La revolución de los claveles en Portugal y la emancipación de las colonias portuguesas en África ampliaba las esperanzas de todas las personas que tenían convicciones in ternacionalistas. Independientemente de las preferencias maoístas, trotskistas, consejistas, libertarias o «eurocomunistas», la forma en que se habían producido los cambios en Vietnam, Portugal, Angola y Mozambique invitaba a pensar, sin haber perdido la cabeza, en el viejo asunto de las armas y en cómo hacerlas frente. Los movimientos de liberación entonces en curso en El Salvador, Guatemala, Nicaragua y Colombia eran también referentes para muchos. Y lo mismo se puede decir de lo que estaban significando la OLP y el Frente POLISARIO. La palabra «revolución» no era un flatus vocis en aquellas circunstancias. Tenía sentido. Y los más, en aquellos ambientes, lo captaban. Lo ocurrido en Chile y luego en Argentina, donde los militares se hicieron con el poder sacando a la calle a los ejércitos y liquidando a todos los partidos políticos de oposición era entonces objeto de interpretaciones diversas, pero, para los más, incluso eso operaba en la misma dirección a la hora de pensar en la liberación también aquí. Y ahí entra la otra gran atracción del momento: Italia. Las expectativas que en 1976 suscitaba la evolución italiana, con un partido comunista distinto de los otros, a punto de entrar en el gobierno, eran enormes.
Dicho de otro modo: había entonces, hacia 1976, ilusiones fundadas
No es casual que, con independencia de lo que unos y otros pensáramos de la orientación del partido comunista italiano,
la discusión acerca de lo que estaba a punto de pasar en Italia permeara la reflexión de casi todos los grupos del momento, desde la izquierda socialista hasta los partidarios de la autonomía obrera y desde aquellos que, en el interior de los partidos comunistas, se llamaban a sí mismo «eurocomunistas» hasta trotskistas, maoístas y consejistas de varia condición. Todos, o casi todos, habíamos leído el célebre informe, propiciado por la Trilateral (una especie de consejo de administración ideológico del gran capital) sobre «la ingobernabilidad de las democracias». Y aquel informe advertía con toda claridad de lo que el gran capital consideraba peligro principal en el mundo del momento, a saber: que el partido comunista italiano llegara a gobernar; y que por extensión y contagio, algo así llegara a ocurrir en otros países del sur de Europa (Grecia, Portugal y España).
Lo que veíamos y sufríamos entonces en España, en Montejurra y en Vitoria primero, y en Madrid, con la terrible matanza de Atocha, poco después de que apareciera el primer número de El Viejo Topo, eran también acontecimientos que obligaban a poner en relación las armas de crítica y la crítica de las armas. Personas tan sensatas como los militares disidentes organizados en la UMD, que conocían bien, y desde dentro, lo que era el ejército es pañol de entonces y que tenían noticia directa de cómo se había producido la revolución de los claveles en Portugal, nos invitaban a pensar en un asunto –¿cómo hacerlo? ¿cómo acabar de verdad con una dictadura?– que en aquellas circunstancias no tenía nada de ilusorio ni de truculento. La orientación misma de la revolución portuguesa en curso y las declaraciones inequívocamente socialistas de varios de sus protagonistas (Vasco Gonzalves y Otelo Saraiva de Carvalho) dejaba en el aire esta pregunta: ¿Acaso se va a poder acabar con los aparatos represivos de un estado fascista por la vía de los acuerdos y los pactos por arriba, entre fuerzas que aún eran ilegales y los antiguos dirigentes del Movimiento Nacional? Y ahí estaba, por último, el potente viento del este que llegaba de China, inspirador de tantos y tantos ditirambos en la intelectualidad europea del momento.
lisis esté terminado podremos juzgar sobre su papel. Pero sí se puede adelantar aquí que El Viejo Topo de la primera época tuvo algunas particularidades que la distinguen de estas otras revistas y que seguramente explican por qué llegó a tirar cincuenta mil ejemplares, por qué duró más que las otras y por qué existe todavía.

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La discusión sobre todos esos temas fue cosa frecuente en la pléyade de revistas comunistas, social-revolucionarias y anarquistas que florecieron en España entre 1976 y 1980. La lista de estas revistas es larga y no voy a reproducirla aquí. Jordi Mir, que se ha encargado de la presente antología, está haciendo un análisis de lo que fueron y representaron y cuando ese aná-
La primera peculiaridad, y lo que llamó más la atención desde el momento mismo en que apareció el primer número, fue su estética. Y en eso el mérito no es sólo de sus fundadores (Claudi Montañá, Josep Sarret y Miguel Riera) sino principalmente de su diseñador: Julio Vivas. El diseño de la revista apenas tenía nada que ver con lo que entonces era habitual en los ambientes que he mencionado, en los cuales la letra o, a lo sumo, la preocupación por la tipografía, lo dominaba todo. La elección de autores y artículos para los primeros números tuvo sin duda su importancia, pero sin Julio Vivas El Viejo Topo no hubiera sido lo que fue. Recuerdo que hubo mucha discusión entre nosotros sobre esta particularidad. Y división de opiniones. Algunos pensaban que la incorporación del color y la combinación de texto e imagen contrastaba demasiado con la estética queridamente pobre, que era lo acostumbrado cuando se trataba en la época de temas políticos o político-sociales. Y desconfiaban de las intenciones de la revista. La estética de El Viejo Topo no era precisamente del gusto de muchas personas formadas en la tradición comunista. Aquello les sonaba a «burguesía radical» o, lo que es peor, a frivolidad pequeño-burguesa. Los más benevolentes de ese lugar político solían decir: «Lee lo que dicen y sáltate los cromos». Muchos empezaron a leer El Viejo Topo así. La segunda peculiaridad de El Viejo Topo, tan sorprendente para la época como la otra, es que la revista pagaba los artículos que solicitaba. Y, además, pagaba bien. Esto era realmente una novedad. Quienes allí escribíamos estábamos acostumbrados a otra regla: cobrar por trabajo hecho cuando el encargo era académico, o de alguna editorial o medio de comunicación con posibles, y trabajar gratis et amore cuando había que escribir para revistas de los nuestros (casi siempre clandestinamente, por cierto). De manera que aquello era otro trato. Y ese trato hizo posible una tercera peculiaridad: El Viejo Topo podía permitirse el lujo de prescindir de un comité de redacción propiamente dicho, con una línea programática definida, y encargar artículos sobre temas muy diversos a personas de un espectro ideológico muy amplio. También eso era nuevo en el panorama de las revistas de entonces, casi todas
ellas vinculadas a alguna de las organizaciones políticas antes mencionadas y con una definición meridiana de la línea de la redacción o, a lo sumo, en la intersección crítica de un par de organizaciones. Recuerdo que en los primeros tiempos hubo algún intento de constituir un consejo de redacción permanente, del que habían de formar parte los primeros colaboradores, y que, viendo el problema que eso iba a significar para la continuidad de El Viejo Topo, los fundadores, con buen acuerdo, renunciaron. Como se vio después, fue un acierto. Pero tal vez la peculiaridad más relevante de El Viejo Topo, junto a la novedad del diseño, fue que enseguida iba a convertirse, no sé si en este caso por voluntad de los fundadores o por la fuerza de las cosas, en lugar de encuentro de opiniones diversas y divergentes. Cuando se hace repaso de las personas
bre eurocomunismo, sobre el Estado, sobre anarquismo y libertarismo, sobre la situación italiana y sobre la situación en China, sobre feminismo y ecologismo, sobre las cárceles, sobre antipsiquiatría y, naturalmente, sobre posfranquismo. Y se pudo discutir y polemizar, por lo general, en igualdad de condiciones.
Este encabalgamiento de opiniones y autores de diverso pelaje, en una publicación que se quería «plural y proliferante», fue interpretado a veces como una ratificación de la sospecha sobre el carácter ecléctico de la revista. En tiempos de definiciones y aclaraciones a veces demasiado puntillosas, el eclecticismo no estaba precisamente bien visto. Los fundadores de El Viejo Topo supieron tomarse eso con buen humor, una muestra del cual es el «Aviso» con que se abría la segunda

que colaboraron en los números de El Viejo Topo publicados entre 1976 y 1980 hay algo que llama inmediatamente la atención: todos o casi todos escribíamos en otras revistas en cuyos consejos de redacción estábamos (Materiales, Zona Abierta, Argumentos, El cárabo, Negaciones, Saida, Revista Mensual, Ajoblanco, Taula de canvi, Teoría y práctica y otras), pero sólo coincidíamos aquí, en las páginas de El Viejo Topo, para dialogar, discutir o polemizar. No fue aquello mera superposición de opiniones, sino diálogo o controversia, debate propiamente dicho. Y en aquellas circunstancias también eso tuvo su mérito, pues eran tiempos en que los partidos de la extrema izquierda empezaban a salir a la luz pública y pugnaban, por tanto, por afirmar sus propios programas. En ese lugar de encuentro se pudo discutir sobre el socialismo del futuro, so-
entrega, en el cual se ironizaba sobre las posibles querencias de la publicación, a propósito del maoísmo, el trotskismo, el anarquismo o las tendencias contraculturales, para acabar pidiendo tiempo al lector interesado. Desde el punto de vista de las ideas políticas, lo más relevante para mí es que, como lugar de encuentro, El Viejo Topo de la primera época propició algo que estaba en el ambiente y que no llegó a cuajar en ninguna otra publicación de la época, que yo sepa: un interesante diálogo entre marxismo y libertarismo, del cual quien quiso aprender pudo aprender para el futuro. No era nada fácil ese diálogo en aquellas condiciones y parece que sigue sin serlo todavía hoy. Pero si algún día alguien quiere tomarse en serio aquello, tantas veces repetido, de que hay que volver a empezar, hará bien repasando las páginas de El Viejo Topo (y algu-
nas de Materiales y de mientras tanto).
De ese diálogo hay una parte que fue tema explícito de varios artículos incluidos en esta antología, artículos que recogían y reelaboraban algunas ideas que aparecieron, por cierto, en dos de los eventos más interesantes de aquellos meses: las Primeras Jornadas Libertarias y el I Encuentro convocado por la propia revista en el Pueblo Español de Barcelona. En su momento aquellos dos encuentros parecían representar dos líneas paralelas que, a tenor de lo dicho por la mayoría de los participantes en un lugar y en otro, sólo iban a encontrarse, si es que se encontraban, saliéndose por la tangente. Pues bien: El Viejo Topo, que significativamente acogió en sus páginas a algunas personas que estuvieron en los dos sitios, pudo haber sido esa tangente si unos y otros hubiéramos estado más por la labor. Me baso, al decir esto, en lo que les oí decir por entonces a Claudi Montañá, a Josep Sarret y a Miguel Riera. Pero también me baso en otra cosa: no tan explícita, en lo que había de ser otra dimensión interesantísima de El Viejo Topo, que diferencia a la revista de la mayoría de las que, con intención sólo política o preferentemente política, se publicaban entonces. Me refiero a la atención que El Viejo Topo prestó a las manifestaciones culturales y artísticas en curso. Es posible que esta atención a las manifestaciones culturales y artísticas nuevas haya dado a El Viejo Topo de la primera época más lectores que lo que fue su dimensión sociopolítica. No lo sé con seguridad, pero lo sospecho por algunas conversaciones que al cabo del tiempo he mantenido con antiguos suscriptores que recordaban sus preferencias. En este apartado estuvo muy presente la tradición libertaria. A la tradición libertaria hay que vincular la denuncia en aquellos momentos no sólo de la situación de las cárceles españolas sino, más en general, de lo que significa la cárcel en sí misma, así como el espacio dedicado a la antipsiquiatría y al debate sobre el papel de las drogas. Y a un ámbito que se podría considerar intermedio, entre la revisión del marxismo clásico (que no aceptaba la proclamación



de la crisis por Althusser y Colletti) y la revisión del anarquismo (que no aceptaba la vieja limitación a la acción directa), hay que vincular la atención que se empezó a prestar en las páginas de la revista a los problemas ecológicos, al ecologismo y al feminismo.

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Por aquel entonces la izquierda comunista organizada apenas prestaba atención al comic, a pesar de que era evidente la existencia de un público amplio que estaba ya siguiendo con mucho interés lo que en ese campo se hacía en Europa, en los Estados Unidos y en España, sobre todo en lo referente al comic underground. El Viejo Topo rompió en esto con aquella herencia politicista, y en cierto modo elitista, imperante en la mayoría de las organizaciones comunistas de la época.
Y, también en este caso, me parece que se puede decir que una parte sustancial de las personas que impulsaron o colaboraron en la revista estaban más cerca de la tradición libertaria que de la tradición marxista. Por último, como se verá en la antología, El Viejo Topo dio cabida en sus páginas a artículos de autores y autoras que hablaban de poetas, dramaturgos y cineastas que eran por entonces santos de la devoción de muchos de nosotros, más allá, insisto, de las preferencias políticas: desde Erich Fried al Living Theater y desde Alfonso Sastre y Tábano a Dario Fo, desde el Bertolucci de para terminar, un hilo que dejé colgando unos párrafos más arriba: el de nuestras ignorancias y nuestras sospechas


en lo que llamé las ilusiones fundadas. Ignorábamos muchas cosas que luego, muchos años más tarde, han salido a la luz, la más importante de las cuales, en mi opinión, fue la intervención internacional en los primeros momentos de la llamada transición. Lo que ha escrito sobre eso Jo an Garcés, en su libro Soberanos e intervenidos , a partir de la documentación desclasificada de aquellos años, arroja mucha luz sobre nuestras ignorancias y va, desde luego, mucho más allá de lo que podíamos llegar a sospechar en 1976. Tampoco supimos, obviamente, qué pudo haber dado de sí el «compromiso histórico», que en aquel en tonces es taba proponiendo Ber lin guer para Italia. El secuestro y asesinato de Aldo Moro desbarató aquella expectativa.

pechar de la Gran Mano Negra, em pezaron a llegar las revelaciones. Se desclasificaron documen tos de aquel mo mento histó rico y se empezó a conocer otra verdad, la que liga el informe sobre la «in go ber nabilidad» de aquellos países en los cuales el comunismo, el otro comunism o, tenía alguna posibilidad, con la intervención de los servicios secretos norteamericanos e italianos.
Por desgracia, la verdad a destiempo es siempre una verdad inservible para los que tuvieron ilusiones. Utilísima, en cambio, para los que mandan en el mundo. Pues, al decir la verdad a de stiempo, además de haber logrado el objetivo que importaba en el pasado (que todo siga igual) se hace una contribución impagable a la desmoralización definitiva de quienes no querían que todo siguiera igual. Psicológicamente, eso es siempre un choque.
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Algunos sospechábamos entonces que detrás de todo lo que estaba ocurriendo en Italia durante aquellos meses tenía que haber fuerzas ocultas, interesadas en desestabilizar una situación inédita, cargada de futuro.
Después de la derrota, nuevos filósofos ha habido que hicieron de la crítica de la sospecha una filosofía, como diciendo: los ilusos lo atribuyen todo a conspiraciones. Pero, como suele ocurrir, justo cuando una parte de los intelectuales que habían tenido ilusiones en 1976 llegaban a la conclusión de que, efectivamente, como decían los filósofos del pensamiento débil, habían sido unos ilusos al sos -
El que desde abajo tuvo ilusiones tiende a pensar primero que sus sospechas fueron patológicas y luego, en el momento de las revelaciones, que fue un tonto incapaz de sospechar todo lo que había que haber sospechado, o sea, que se había quedado corto en la formulación de sus sospechas. Así es como se descubre que hay algo peor que sospechar de la Gran Mano Negra que mueve el mundo de la política internacional: sospechar que, en ese ámbito, no vale la pena ni sospechar, que nada es verdad ni es mentira, etc., etc.
De ahí, y de otras cosas, claro, ha salido el cinismo conservador de las últimas décadas, el que todavía hoy ciega cualquier mirada independiente y libre sobre las ilusiones fundadas de aquellos primeros años de la primera época de El Viejo Topo . Varios de los fundadores y colaboradores de la revista han muerto ya.
No eran ilusos, tenían ilusiones: querían un país y un mun do muy distintos de los que hoy conocemos. Sir van estas páginas también para honrar su memoria.
Se lo merecen ■

Por Fabrizio Verde
Lejos de invitarnos a sumergirnos en la melancolía, la brutal agresión estadounidense llevada a cabo en Caracas nos avisa de las intenciones imperialistas y colonialistas del gigante del norte, y nos exige ánimo y decisión ante unas amenazas que solo la resistencia popular puede afrontar, y que se extienden hacia todo el territorio latinoamericano.
El ataque militar de Estados Unidos contra Venezuela no surge de la nada. Es la culminación de una campaña de un cuarto de siglo, que incluye esfuerzos diplomáticos, económicos, militares y de inteligencia diseñados para sofocar una experiencia política que Washington siempre ha considerado una afrenta estratégica: la Revolución Bolivariana.
Todo comenzó en diciembre de 1998, cuando Hugo Chávez, un exparacaidista con un carisma popular poco común en la historia latinoamericana, ganó las elecciones al frente de una coalición que representaba e incluía a las masas históricamente marginadas, prometiendo revertir décadas de desigualdad. Hasta entonces, Venezuela había sido un aliado dócil de Washington, una fuente inagotable de petróleo barato y un pilar de la supuesta estabilidad en el hemisferio occidental. «Darle la vuelta a la tortilla», como expresó Chávez, no podía quedar impune.
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Ya en 2001, Washington observaba con creciente preocupación las 49 leyes promulgadas por el gobierno venezolano, entre ellas las de reforma agraria, tributaria y, sobre todo, la petrolera.
Fue entonces cuando asumió un papel la Fundación Nacional para la Democracia (NED): una agencia semioficial del gobierno estadounidense, ahora reconocida como un instrumento de interferencia de poder blando. La NED financió a sindicatos venezolanos como la CTV y a sectores empresariales organizados en Fedecámaras, creando las condiciones para un sabotaje económico sistemático.
La culminación de esta fase llegó en abril de 2002, con el golpe de Estado que depuso a Chávez durante 47 horas. Documentos desclasificados y testimonios posteriores demostraron la participación directa de funcionarios estadounidenses: el embajador Charles Shapiro mantenía contacto por radio con los conspiradores, mientras que la Armada estadounidense proporcionaba apoyo de inteligencia y comunicaciones. El intento fracasó, pero señaló la primera vez que Washington intervino abierta y directamente para derrocar a un gobierno elegido democráticamente en América Latina en el siglo XXI.
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En diciembre de 2002, la estrategia cambió. La administración Bush se centró en el bloqueo petrolero, orquestado con el apoyo de algunos ejecutivos de PDVSA y grupos oligárquicos. El objetivo era simple: estrangular al Estado venezolano cortando su principal arteria financiera. El sistema informático de PDVSA, entonces administrado por una empresa estadounidense (SAIC), fue saboteado para paralizar las exportaciones. Fue la primera manifestación de lo que hoy llamamos guerra económica híbrida.
En 2005, Chávez expulsó a la DEA acusándola de espionaje bajo la apariencia de lucha contra el narcotráfico, acusación ahora corroborada y confirmada por varios ex agentes y documentos periodísticos.
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A partir de 2004, la desestabilización se tornó más violenta. Grupos juveniles financiados por agencias estadounidenses
comenzaron a organizar las infames guarimbas: barricadas urbanas, incendios provocados y ataques a infraestructuras públicas. La técnica la importó Robert Alonso, un cubanovenezolano vinculado a las agencias de inteligencia estadounidenses, quien entrenó a paramilitares colombianos en la «Granja Daktari».
En 2007, el plan se perfeccionó: con el apoyo de los veteranos de las “revoluciones de colores” en Serbia (Otpor), se capacitó a las organizaciones estudiantiles para copiar el modelo de insurrección no violenta (sólo a través de movilizaciones) visto en Ucrania y Georgia.
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Bajo el gobierno de Barack Obama, la estrategia se institucionalizó. En 2011, la petrolera estatal PDVSA fue sancionada por presuntas transacciones con Irán. Pero fue en 2015 que Obama firmó la Orden Ejecutiva 13.692, declarando a Venezuela una «amenaza inusual y excepcional» para la seguridad nacional de Estados Unidos. No se trató de una evaluación estratégica, sino una ficción legal para legitimar una escalada de sanciones sin precedentes.
Bajo el gobierno de Donald Trump, el asedio se volvió total: sanciones petroleras, bloqueo financiero, embargo del oro y la minería, y finalmente la prohibición de que Venezuela emitiera nueva deuda. Según el Centro de Investigación Económica y Política, tan solo las medidas de 2017-2018 causaron más de 40.000 muertes evitables debido a la falta de medicamentos, alimentos y servicios esenciales.
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2019 marcó la culminación de la estrategia de derrocamiento desde el exterior. Tras negarse a reconocer la reelección de Maduro, Washington impuso a Juan Guaidó como presidente interino, una medida nunca ratificada por el derecho internacional. Se intentó una invasión humanitaria desde Colombia, que fue repelida por el pueblo venezolano y sus fuerzas armadas. Luego, en 2020, la Operación Gedeón —una fallida incursión marítima organizada por mercenarios estadounidenses bajo el patrocinio de Trump y Guaidó— reveló hasta dónde estaba dispuesto a llegar Washington.
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Entre 2021 y 2024, el gobierno de Biden otorgó una exención limitada de las sanciones, lo que permitió a Chevron operar parcialmente en Venezuela. Fue una decisión pragmática: la crisis energética mundial y la guerra en Ucrania impulsaban a Estados Unidos a buscar alternativas al gas ruso. Pero cuan-
do Maduro ganó las elecciones en julio de 2024, Washington denunció el resultado como «fraude» y revocó todas las concesiones.
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El regreso de Trump a la Casa Blanca el 20 de enero de 2025 cambió radicalmente el panorama. Venezuela volvió a estar bajo asedio total: se revocó la licencia de Chevron; miles de migrantes venezolanos fueron expulsados; el Tren de Aragua y el Cártel de Los Soles fueron clasificados como «grupos terroristas controlados por Maduro»; la recompensa por el Presidente se incrementó a 50 millones de dólares; se autorizó el uso de la fuerza militar contra las «mafias del narcotráfico» en territorio venezolano; y se desplegó una fuerza naval en el mar Caribe con destructores, aviones de combate F-35 y un submarino nuclear.
En septiembre de 2025, Trump respondió a una pregunta sobre un posible ataque a Venezuela con una declaración críptica pero inequívoca: «Bueno, pronto lo sabrán». Esto condujo al bombardeo de Caracas y el secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores.
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Ante 25 años de agresión, Venezuela no se ha rendido. Ha consolidado un modelo de poder popular estructurado en torno a los consejos municipales, ha fortalecido la cooperación con China, Rusia, Irán y aliados regionales como Cuba y Nicaragua, y ha mantenido un sistema electoral multipartidista, reconocido por los observadores internacionales, aunque cuestionado por Washington.
La “dignidad” a menudo mencionada en la visión bolivariana no es retórica: es el producto de un proceso de descolonización política y económica que ha desafiado la hegemonía estadounidense en su “patio trasero”.
La guerra contra Venezuela no se limita a Caracas o Maduro. Es un laboratorio global de guerra híbrida, donde Estados Unidos prueba herramientas de desestabilización que pueden aplicarse en otros ámbitos: sanciones extensivas, manipulación mediática, el uso de ONGs como brazo operativo y la legitimación de intervenciones militares con pretextos humanitarios o antinarcóticos.
No es sólo la Venezuela bolivariana la que está bajo ataque, sino todo el mundo libre y multipolar decidido a liberarse de las garras del totalitarismo neoliberal occidental ■
Artículo publicado originalmente en l’AntiDiplomatico


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por Higinio Polo
LLa nueva primera ministra japonesa pretende convertir a su país en una potencia militar, y reconvertir su ejército para que pueda llevar a cabo no solo misiones de carácter defensivo. Al declarar su apoyo incondicional a Taiwán se postula como firme barrera ante China que, junto a Rusia, amenazan –asegura ella– la supervivencia de Japón.
El 21 de octubre de 2025 Sanae Takaichi entró en el Kantei tokiota como primera ministra. Heredera política de Shinzo Abe, Takaichi es una mujer que pertenece al ala más dura del gobernante Partido Liberal Democrático, PLD, y es miembro de la Nippon Kaigi, una organización de extrema derecha que postula cambiar la Constitución para rearmar el ejército, que defiende honrar a los criminales de guerra japoneses en el santuario de Yasukuni, niega que Japón esclavizara sexualmente a jóvenes chinas y coreanas («mujeres de consuelo» las denominaron), mantiene que la espantosa matanza de Nankín se ha exagerado y que los juicios de posguerra a los criminales de guerra como Tōjō son ilegítimos: un completo catálogo fascista, que la nueva primera ministra japonesa comparte, aunque ahora procure mantenerlo oculto. El duro nacionalismo de Takaichi se asienta en la alianza con Estados Unidos, la contención de China y el rearme, para convertir a Japón en una potencia militar. Es la plasmación de un proyecto político largamente incubado en los sectores ultranacionalistas que nunca han renegado del pasado fascista y expansionista japonés, y supone con Takaichi la culminación del viaje iniciado con Shinz Abe hacia un nuevo Japón militarista que quiere olvidar los fantasmas del pasado sin reparar en que causaron la despiadada degollina de la guerra y la destrucción apocalíptica de 1945.
Unos días después de convertirse en primera ministra, Takaichi viajó a Washington para entre vistarse con Trump, en un encuentro donde la Sōri se com prometió a alcanzar el 2% del PIB japonés en gastos militares en marzo de 2026. En el plan para «contener a China», Trump y Takaichi acordaron reforzar su colaboración con Corea del Sur, Filipinas, Malasia, India y Australia, e incorporar a Japón a la estrategia que pretende convertir a Taiwán en el ariete del hostigamiento a Pekín. Con esos acuerdos, Takaichi se aproximaba a la nueva arrogancia occidental que se expresa con la zafiedad de Trump pero que revela el temor a la creciente fortaleza china, que se ha conver tido en el principal agobio estratégico para Washington y Tokio. Tres días después de la cita en la Casa Blanca, la primera ministra japonesa se entrevistó con Xi Jinping en la cumbre de la APEC y la tradicional cortesía japonesa no le impidió introducir su «preocupación» sobre la situación en el mar de China meridional, Xinjiang, Hong Kong y Taiwán, en línea con las habituales y provocadoras exigencias estadounidenses llenas de mentiras que son una evidente injerencia en los asuntos chinos. Con la mirada puesta en Estados Unidos, Tokio busca incorporar a Filipinas y la India en una red de seguridad contra China, y pretende incluso hacerlo también con Vietnam. Quiere también reformar el artículo 9 de la Constitución, que considera una imposición de los años
de MacArthur de ocupación militar tras la guerra. Esa Constitución, que implica la renuncia a participar en guerras y a recurrir al ejército para resolver conflictos y disputas internacionales, está siendo enterrada.
Takaichi ya se había reunido en abril de 2025 con el presidente taiwanés, el secesionista Lai Ching-te, y tras su nombramiento como primera ministra le envió una carta reafirmando su «apoyo incondicional» a Taiwán, gesto que acompañó en noviembre de 2025 reuniéndose con el representante de la isla en la cumbre de la APEC celebrada en Corea del Sur. Era otro calculado paso en la construcción de un nuevo Japón convertido en potencia militar. Si bien la diplomacia japonesa ha defendido hasta hoy que se mantenga el actual statu quo de Taiwán, Takaichi mantiene que una intervención china en Taiwán “pone en peligro la supervivencia de Japón”. La primera
derecho internacional las declaraciones de Takaichi. La refriega entre Pekín y Tokio llegó incluso al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. La temeraria Takaichi olvidaba que, ante la intromisión japonesa en Taiwán, China puede presionar con las islas Ryūkyū (la actual prefectura de Okinawa): los acuerdos de Postdam que pusieron punto final a la Segunda Guerra Mundial establecieron que Japón conservara las cuatro islas principales del archipiélago ((Honshū, Hokkaidō, Kyūshū y Shikoku) mientras que las islas Ryūkyū quedaban bajo administración estadounidense y su futuro debía ser decidido por los países vencedores en la guerra. Estados Unidos estableció allí sus bases militares, hasta hoy, y aunque devolvió las islas Ryūkyū a Japón en 1972 (tras el Tratado de San Francisco de 1951), la Unión Soviética, China, India y Corea del Sur no suscribieron ese Tratado por dierentes motivos: de manera que el asunto no está cerrado.

ministra ha ido más lejos, haciendo gala de una gran imprudencia, al asegurar que el estado actual de Taiwán «amenaza la seguridad de Japón», sugiriendo así, aunque sin afirmarlo explícitamente, su apoyo a la independencia de la isla e insinuando una intervención militar japonesa en caso de conflicto. Las palabras de Takaichi fueron un enorme error que la diplomacia nipona intenta ahora contener, y ese fue su propósito al enviar a Pekín a un alto cargo del Ministerio de Asuntos Exteriores nipón, Masaaki Kanai, aunque la cita fue tensa y la portavoz china calificó después de «ridículas» y contrarias al
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La escasa previsión de la primera ministra, o su radicalismo extremista, le ha llevado también a empeorar las relaciones con Rusia (reclamando los que denomina «Territorios del Norte»: cuatro islas, Etorofu, Kunashiri, Shikotan y Habomai, que pertenecen a las Kuriles rusas); y con Corea del Sur, asegurando en el parlamento que las islas Dokdo (Takeshima para Tokio) son japonesas, aunque están controladas por Seúl; e incluso con Corea del Norte. Tensar al mismo tiempo las relaciones de Japón con China, Rusia y las dos Coreas no parece un programa inteligente para el futuro nipón. Todo ello al tiempo que el taiwanés Lai, un nacionalista liberal y anticomunista, presidente desde 2024 y partidario de la independencia de la isla y de la alianza con Estados Unidos, presentaba a principios de diciembre un presupuesto de 40.000 millones de dólares para la compra de armamento y para desplegar el T-Dome, el escudo de defensa aérea inspirado en el israelí. Por su parte, Cheng Li-wun, la principal dirigente del Kuomintang, defiende la unidad china, quiere cooperar con Pekín y mantiene que tanto los ciudadanos de Taiwán como los chinos continentales forman parte de la misma nación china. Cheng es consciente de que relevantes sectores de Estados Unidos, Japón y de países de la OTAN podrían convertir a Taiwán en una suerte de «Ucrania» para acosar a China.
Remachando el clavo, Takaichi aseguró ante la Dieta que el «uso de la fuerza en Taiwán» por China podría constituir una «amenaza para la supervivencia» para Japón, por lo que podría «permitir que las Fuerzas de Autodefensa ejerzan el derecho de autodefensa colectiva», mientras su ministro de Defensa, Shinjir Koizumi, viajaba a la isla japonesa de Yonaguni, a cien kilómetros de Taiwán, anunciando el despliegue de misiles tierra-aire de defensa antiaérea (en una isla donde Estados Unidos ya ha ampliado puertos y pistas de aterrizaje de sus aviones de guerra para intervenir en el estrecho de Taiwán). El disparate y la provocación fueron evidentes, porque Japón no tiene ningún derecho sobre Taiwán y su declaración era una grosera injerencia en los asuntos chinos. La decisión de Takaichi suscitó una dura advertencia del Ministerio de Defensa chino y la recomendación a los ciudadanos chinos para que no viajen a Japón. Y el gobierno nipón no puede obviar que China es el mayor socio comercial de Japón y necesita sus importaciones.
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de 11.000 millones de dólares, con sistemas de misiles de medio y largo alcance, incluidos 82 lanzadores HIMARS con 420 misiles ATACMS, drones, misiles antitanque Javelin y obuses autopropulsados, lo que permite a Taipéi alcanzar objetivos en la parte continental de China. Ese «paquete» de ayuda a Taiwán, el segundo con Trump, es el mayor nunca aprobado por un gobierno estadounidense. Cuando terminaba el año, Pekín contestó con sanciones a empresas militares estadounidenses y con la Misión Justicia 2025, unos ejercicios militares en las cercanías de Taiwán en clara advertencia al separatismo taiwanés y a quienes le apoyan. Al mismo tiempo, el impredecible Trump ha pedido a Takaichi que no eleve más la tensión con China, pendiente de sus propias negociaciones con Pekín, adonde viajará en abril de 2026 para entrevistarse con Xi Jinping. Según Defense

A principios de diciembre, aviones militares japoneses se aproximaron de forma innecesaria a la zona donde la Armada del Ejército Popular de Liberación chino, EPL, realizaba ejercicios al este del estrecho de Miyako que habían sido comunicados previamente. Ese estrecho está situado entre la isla de Miyako y Okinawa y es una vía de unos 250 kilómetros de ancho que comunica el mar de China oriental y el mar de Filipinas. Son aguas internacionales por las que navegan los buques militares chinos, un paso marítimo de gran importancia para el dispositivo de defensa y comunicación chino. Takaichi aborda también la disputa por las islas Diaoyu/ Senkaku desde una visión militar, algo que puede dar lugar a serios incidentes. A finales de año, Koizumi acusaba a China de ampliar el radio de acción de su marina y aviación y de la actividad de sus portaaviones, y advertía a Pekín de que se reuniría a principios de 2026 con el secretario de Guerra estadounidense, Pete Hegseth, para examinar los movimientos militares chinos.
Si bien la letra de la Estrategia de Seguridad Nacional aprobada por Trump parece suavizar el enfrentamiento con China, la realidad es que Estados Unidos aprobó en diciembre de 2025 un programa de venta de armamento a Taiwán por valor
One, una publicación estadounidense creíble con fuentes en el Pentágono, existe una versión «clasificada» de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos (aunque la Casa Blanca lo ha negado, como era previsible) que especula con la conveniencia de crear un foro de grandes potencias, C5, que reuniría a Estados Unidos, China, Rusia, India y Japón, sin países europeos, convirtiendo al G-7 en un club obsoleto. Esa hipótesis puede convenir a Takaichi, en su plan para fortalecer el papel internacional de Japón.
Takaichi defiende la alianza con Washington, haciendo de
Japón un aliado indispensable que pide igualdad y reciprocidad y asume más cargas aumentando su presupuesto militar. La nueva primera ministra exorciza el temor a la fortaleza de China pidiendo a Estados Unidos bases militares conjuntas, cadenas de mando militar integradas y un escudo antimisiles que cubra todo el archipiélago japonés y Asia oriental: no concibe esa «alianza» impuesta desde la derrota en la Segunda Guerra Mundial como un protector paraguas estadounidense sino como la plataforma que proyectará el poder japonés, aunque su plan también va a crear recelos en el Pentágono, acostumbrado desde 1945 a imponer a Tokio sus planes y condiciones. Si Kishida mantuvo una mayor cautela hacia China, Takaichi conjuga la vieja rivalidad con su gran vecino con la seguridad nacional, asumiendo la visión estadounidense de que China es una dictadura que amenaza el “orden liberal basado en reglas”. Esa caricatura le ha llevado ya a cometer excesos y graves errores diplomáticos: considerar a Taiwán “un socio democrático esencial”, apoyando veladamente al nacionalismo independendista (pese a que Taiwán siempre ha formado parte de China) y haciéndolo además desde su pasado de potencia ocupante de la isla, no refuerza la seguridad de Japón. En la práctica, ha abierto la mayor crisis entre Japón y China en el siglo XXI.
El gobierno de Takaichi también quiere impulsar la «desvinculación» económica ofreciendo subsidios a las empresas japonesas para que trasladen su producción fuera de China. Si Japón es una potencia económica desde hace décadas (su PIB en PPA es el cuarto del mundo, tras China, Estados Unidos e India), Takaichi quiere además potenciar la industria militar, eliminando las barreras a la exportación de armamento y convirtiendo al ejército nipón en uno de los más relevantes del mundo. El recurso a la «amenaza china», al miedo y al patriotismo, busca un cambio sustancial que permita a las Fuerzas de Autodefensa, el Jieitai, convertirse en un ejército convencional y que pueda participar en intervenciones en el extranjero junto a sus aliados.
Pero Takaichi no cuenta con el apoyo de otras fuerzas políticas. El ex primer ministro Yoshihiko Noda, del Partido Democrático Constitucional, calificó las palabras de Takaichi como «arriesgadas e imprudentes» y de llevar las relaciones con China a una situación extremadamente tensa. La dirigente del Partido Socialdemócrata (denominación que adoptó el Partido Socialista) Mizuho Fukushima, protestó ante el Kantei exigiendo que Takaichi se retractase de sus declaraciones por ser una amenaza para la paz; e incluso el anterior primer ministro, Shigeru Ishiba, del mismo partido que Takaichi, criticó a la primera ministra por romper la «ambigüedad estratégica» japonesa. También el expresidente del Partido Comunista de Japón, PCJ,
y miembro de la Cámara de Representantes, Kazuo Shii, exigió que Takaichi retirara sus imprudentes declaraciones, y el secretario general del PCJ, Akira Koike, criticó en la Dieta también con dureza las palabras de la primera ministra y las peligrosas alusiones a Taiwán, y el joven Taku Yamazoe (miembro del PCJ y de la Cámara de Consejeros –el Senado japonés–, y abogado defensor de los trabajadores de la central de Fukushima) declaró que Takaichi incumple con sus palabras los compromisos que asumió el país en el Comunicado Conjunto de 1972 entre Pekín y Tokio donde se afirmaba que Japón «comprende y respeta plenamente» que Taiwán es parte inalienable de China.
Sin embargo, Takaichi no va a abandonar sus ideas de extrema derecha. Las visitas al Santuario Yasukuni seguirán provocando la ira de Pekín y Seúl, y malestar en Washington, que quiere conservar el control del plan de acoso a China. La frágil reconciliación con Corea del Sur podría colapsar, dañando irreparablemente la cooperación trilateral con Estados Unidos frente a Corea del Norte y China. Con Moscú, las relaciones parecen condenadas a un invierno perpetuo. Y la Unión Europea (sobre todo Alemania y Francia) quiere acordar con Takaichi convenios de asistencia, mientras intenta participar en la mesa de las grandes potencias. Para Estados Unidos, Japón será un aliado más fuerte, pero también más impredecible y menos inclinado al compromiso: la extrema derecha japonesa y el sector más duro del ejército aprueban la dureza de Takaichi frente a Rusia y China, aunque la diplomacia quiere prevenir el aumento de las tensiones.
A mediados de diciembre de 2025, la prensa japonesa daba cuenta del proyecto del gobierno Takaichi de aumentar el presupuesto de defensa para el año fiscal 2026, alcanzando los nueve billones de yenes (unos 60.000 millones de dólares): es el cuarto año consecutivo del enorme aumento de gastos militares. Según Kyodo News, el presupuesto servirá para comprar misiles de largo alcance y drones ofensivos para crear el sistema de defensa costera no tripulado basado en aviones de la empresa aeroespacial estadounidense Shield AI. Siguiendo la estela norteamericana, Japón convertirá la Fuerza de Autodefensa Aérea en aeroespacial, comprará misiles hipersónicos e incluso ha sugerido que podría disponer de submarinos nucleares. Y no hay duda de que esas decisiones impulsarán la carrera armamentista en Asia oriental, aumentarán la tensión en el mar de China oriental, el mar Amarillo y el estrecho de Taiwán, y crearán nuevas disputas en toda la región porque ese nuevo milita-
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rismo japonés no puede ser ignorado por los países que sufrieron la ocupación japonesa durante la Segunda Guerra Mundial, desde China y Corea pasando por Filipinas, Malasia, Birmania, Indonesia, Singapur, Thailandia, Vietnam, Laos y Camboya. Y pese a que la Estrategia de seguridad nacional aprobada en 2022, fijaba que la «adhesión a los Tres Principios No Nucleares se mantendrá sin cambios en el futuro», Takaichi ha anunciado también su propósito de revisar la tradicional regla de «no introducción», violando uno de los tres principios: «no poseer, no producir y no permitir la introducción de armas nucleares», que fueron aprobados por el primer ministro Eisaku Sat en 1967. Esa declaración de Takaichi apunta a permitir que Estados Unidos instale armas nucleares en Japón.
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Sanae Takaichi también quiere utilizar la política exterior, atizando el miedo a la «amenaza china», para impulsar la transformación interna, deteniendo el declive económico con un proyecto de reconstrucción nacional que configure el nuevo Japón, dueño de su destino, sin hipotecas pero manteniendo sus alianzas. Para ello, Takaichi va a tener que enfrentarse a dos serios problemas: aumentar el gasto militar exigirá reducir las prestaciones sociales a una población envejecida que, para completar el nuevo escenario, acusa el constante aumento de los precios, y tendrá que conjurar los demonios de la guerra con buena parte de la población japonesa que no olvida la destrucción de posguerra y el infierno causado por el militarismo durante la Segunda Guerra Mundial y la devastación de los bombardeos estadounidenses. La retórica militarista condujo al Japón a las atrocidades en China (la matanza de Nankín sigue estando presente) y a la ocupación de buena parte del continente asiático, y atizar hoy el nacionalismo no parece la mejor apuesta por el futuro: puede desencadenar una peligrosa colisión en Asia oriental, donde confluyen tres países con armamento nuclear, China, Rusia y Corea del Norte, además del que posee Estados Unidos en sus bases de Corea del Sur. Takaichi niega el horror del militarismo japonés, pero otros lo recuerdan: en marzo de 2025, el dirigente comunista Taku Yamazoe presentó en la Dieta documentos que demostraban que la Unidad 731 del ejército invasor japonés realizó experimentos con seres humanos vivos en China, y exigió al gobierno de Shigeru Ishiba, entonces primer ministro, el reconocimiento de la verdad histórica, tras décadas de ocultar las pruebas de los crímenes de guerra cometidos por Japón. Yamazoe mantuvo que si Japón reconoce los crímenes que cometió durante la guerra deberá rendir cuentas, y el gobierno de Takaichi quiere evitarlo.
Un país que soporta ciento veinte bases militares y casi sesenta mil soldados de la potencia que la bombardeó con bombas atómicas no es un país independiente y soberano, y mucho menos una «nación vencedora», pero la desaparición de la Unión Soviética en 1991 y la consiguiente crisis del comunismo que desencadenó consolidaron en Japón ese imaginario: sus élites han cultivado desde los años noventa la falsa idea de formar parte de las «naciones vencedoras». Pero Japón fue derrotado en la guerra y sufrió el fascismo y el militarismo, y después el apocalipsis nuclear y la ocupación estadounidense, y sigue albergando las bases del Pentágono con miles de soldados: su estatus era un espejismo. Ahora, teme la pujanza de China.
La idea de que sus fuerzas militares eran «exclusivamente defensivas» significaba que solo actuarían en caso de ser atacadas y nunca fuera de sus fronteras. Esa visión está siendo destruida por un nuevo concepto que especula con la necesa-

ria «capacidad de contraataque», y la progresiva militarización japonesa ha llegado al espacio y el ciberespacio. El sol naciente de Takaichi no es el astro discreto de otros tiempos: ilumina un Japón que quiere detener su declive para convertirse en una potencia dura y severa. Y si su proyecto sigue adelante, con ella o con otros gobernantes, el mundo no puede esperar buenas noticias, porque el renacer definitivo de Japón como potencia militar bajo la dirección del nuevo nacionalismo no será un sencillo ajuste del tablero internacional: puede ser un terremoto geopolítico cuyas réplicas afectarán a toda Asia oriental y, con ella, al equilibrio mundial. Takaichi lo sabe, y avanza sin vacilar, mirando el santuario Yasukuni ■

por Javier Enríquez Román
lvaro García Linera (Cochabamba, Bolivia, 1962), vicepresidente de Bolivia durante trece años (2006-2019) y uno de los intelectuales marxistas más lúcidos de América Latina, acaba de publicar El concepto de Estado en Marx (Akal, 2025), una obra que desentraña las claves del pensamiento del revolucionario de Tréveris sobre la maquinaria estatal
En un contexto de capitalismo desbocado y crisis ecológica, ¿por qué sería necesario, casi urgente, regresar a la obra de Marx? Y, en ese retorno, ¿qué dimensión de su pensamiento (el crítico, el revolucionario, el analítico) considera más vital rescatar para entender y transformar nuestro presente?
—En los últimos diez años (desde la crisis de las hipotecas subprime de 2008) hemos asistido a un “renacimiento” de la presencia, intervención y debate sobre el Estado. Porque, al fin y al cabo, quienes sacaron de los aprietos a las bolsas de valores en 2008 fueron los Estados y la emisión monetaria. Quienes volvieron a sacar de la asfixia a la economía global después del gran encierro de 2020 fueron los Estados. Y quienes están tomando protagonismo en esta nueva guerra arancelaria mundial son los Estados. Esas instituciones que se creían casi rebasadas por la historia hoy aparecen con una vitalidad extraordinaria. Incluso la propia disputa norteamericano-china en torno a la conformación del hegemon global la están llevando adelante las estructuras estatales.
Pero ahí, del lado de la izquierda, del marxismo, del pensamiento crítico en sentido amplio, la manera de abordar esta nueva presencia del Estado se está haciendo a partir de dos premisas fallidas. La primera, la más común, es esa adjetivación del Estado como un mero órgano de represión y de
coerción social. Que no es que no lo sea, pero es muchísimo más que eso. La otra premisa es esa especie de infección intelectual del posmodernismo liberal, que durante los últimos 30 años decía que el Estado era algo irrelevante, secundario, en extinción. Y resulta que ni uno ni el otro son ciertos. Esas dos corrientes predominantes en el marxismo contemporáneo se muestran incompetentes para entender el presente.
Por eso volver a Marx, por eso hacer una especie de excavación arqueológica de sus categorías y conceptos para restituirlos en su verdadera fuerza. El libro que menciona es eso: un esfuerzo para reconstituir el poderío de las categorías marxistas para entender el Estado presente. Mi objetivo no es hacer un debate filológico sobre tal o cual cita de Marx, sino encontrar herramientas para comprender el presente, este redimensionamiento estatal, frente al cual hay que deshacerse de esas dos corrientes dentro del pensamiento crítico para restablecer un pensamiento auténticamente mordaz sobre el presente, sobre sus debilidades, y ver cómo se puede transformar a partir de ello.
Desde una perspectiva marxista, ¿cómo analiza la naturaleza del actual proyecto de la extrema derecha a nivel global? ¿No le parece paradójico que critiquen abiertamente al Estado pero,
por otro lado, necesiten de su fuerza y expansión? —Ahí está la paradoja. Por ejemplo, Milei decía que iba a dinamitar el Banco Central y deshacerse del Estado, y luego resulta que sale corriendo a pedir ayuda del Estado norteamericano para sobrevivir. Porque sin él no hubiera podido mantenerse en el poder. Eso está pasando con todos estos pseudo-libertarios del mundo: discurso antiestatista cuando están en la oposición, y ultraestatista cuando están en el gobierno. Pero hay algo importante que los marxistas hemos dejado de lado con lecturas culturalistas, subjetivistas, ideologizantes del Estado. Si usted entra a la base de datos del Banco Mundial y busca “gasto público”, va a encontrar que, en todos los países del mundo, unos más que otros, el gasto público equivale como mínimo entre el 30% y el 40% del PIB. Esa es la base material del Estado. Hace más de 100 años, en tiempos de Marx, era algo muy inferior, en torno al 10-15%. A pesar del neoliberalismo, esa base material persiste. La fuerza del Estado es una fuerza material, no meramente ideológica, simbólica o coercitiva. Mi lectura intenta reconstruir, a través de Marx, esta base material de la estructura estatal, imprescindible para entender el capitalismo contemporáneo y, doblemente, para entender este momento de transición geopolítica, de modelos de acumulación y de sistemas de legitimación. En esa base material hay que ubicar la acción de la izquierda, que lucha por transformar la sociedad y necesita actuar tomándola en cuenta como un componente social (no el único, pero sí uno de los elementos) con el cual trabajar por formas de unificación, bienestar social y mayor justicia.
Usted ha hablado de la necesidad de construir “horizontes de época”. La actual falta de definición o fragmentación de la izquierda, ¿cree que es síntoma de la ausencia de un horizonte común creíble? ¿Cómo podría reformularse un horizonte de época atractivo y movilizador que vaya más allá de la gestión defensiva del neoliberalismo?
—Tengo un texto publicado hace unos años, La comunidad ilusoria (2023), donde trabajo el concepto de “sentido común”: el conjunto de representaciones y acciones casi espontáneas, casi automáticas, con las que las personas nos ubicamos, ordenamos y actuamos en el mundo. En ese sentido común, un punto decisivo es lo que yo llamo el “horizonte predictivo”, una categoría que introduzco retomando y modificando lo trabajado por Koselleck sobre el “horizonte de expectativas”. Yo lo baso en la neurociencia: es el impulso cerebral que tienen los seres humanos de imaginar cursos de acción posibles.
En el fondo, la lucha política en cualquier lugar y tiempo es
una lucha por el monopolio del horizonte predictivo de una sociedad. La izquierda, cuando abandona la disputa por ese horizonte (porque se contenta con gestionar el presente o criticarlo sin crear, en el sentido común de las personas, universales movilizadores), está perdida, siempre a la defensiva. La

izquierda actual está en una etapa defensiva porque ha abandonado, no se ha animado a la pelea por este horizonte predictivo. Las derechas lo hacen de manera estrambótica, fallida, tramposa, pero tienen la fuerza y la vitalidad política para disputarlo, aunque luego lleven a las sociedades al precipicio. Hoy, los horizontes predictivos que gobernaron el debate político durante 20 o 30 años están comenzando a colapsar, debilitarse, corroerse. Es el momento de ir a disputar nuevos horizontes. La derecha en Europa y Estados Unidos ha dado
pasos más adelantados, y la izquierda recién se está animando a salir del estupor. Ahora, los horizontes predictivos no se inventan tomando un café; tienen que escarbar en el alma popular, en lo plebeyo, excavar en las potencialidades, sentimientos y motivaciones de la gente, y a partir de ahí hacer proyecciones de futuro que puedan aglutinar expectativas. Esta es una de las grandes tareas del presente.
Usted ha señalado que en los últimos años la izquierda ha sido timorata. Mirando hacia atrás en su propia gestión como vicepresidente, ¿cree que esa característica también se aplicó a su gobierno? ¿Hubo momentos en los que, en retrospectiva, piensa que se pudo o se debió “pisar el acelerador” y no se hizo?
—Este es un tiempo en que, en el mundo entero, las viejas certidumbres de época, el viejo régimen de acumulación y el viejo sistema de creencias han comenzado a opacarse. No han desaparecido (sigue habiendo neoliberalismo, libre mercado, globalismo), pero cada vez tienen menos impulso, están agrietados. Esto se traduce en cada país en inflación, desigualdad, desempleo, estancamiento, deflación… y un sentimiento de malestar.
La izquierda en América Latina a inicios del siglo XXI supo detectar eso, entender lo que se estaba gestando y proponer una serie de respuestas que funcionaron un tiempo: una década, quince, veinte años. Pero luego, por el mismo efecto de sus resultados positivos, cambiaron los países, y las izquierdas ya no tenían respuestas para los resultados de su propia obra. Pongo un ejemplo: Bolivia sacó al 30% de su población de la pobreza en una década (un récord mundial), pero al salir de la pobreza, la gente cambia sus expectativas y aspiraciones sociales. No podíamos hablarles de la misma manera, y no teníamos respuestas nuevas. Situaciones parecidas se dieron en Brasil, Ecuador, Argentina. En Argentina, el kirchnerismo tomó medidas redistributivas que funcionaron, pero luego hubo una caída de los precios de los commodities. En vez de tomar nuevas medidas para dar sostenibilidad al crecimiento y a la distribución, se quedaron administrando y recordando lo bueno que se hizo una década atrás. Se disparó la inflación, y nunca se debe jugar con la inflación. Lo decía Marx: el dinero es el poder social por excelencia, es la contabilidad que permite el acceso a los productos, garantizar la estabilidad, la comida, la vestimenta. Cuando nuestros gobiernos no entienden ese poder social y creen que puede ser sustituido por lealtad política, están perdidos.
La izquierda en América Latina tuvo vigor, se arriesgó y fue audaz a inicios del siglo XXI. En la segunda década, ya era una
izquierda timorata, retraída, sin iniciativa, apostando a ubicarse en el sistema político en vez de romper con él, como lo hicimos al inicio. Eso fue un elemento de nuestra derrota. Hay que volver a promover reformas audaces para una situación que ha cambiado respecto a hace 20 años. En Europa se puede ver algo similar en espejo: a los gobiernos de izquierda que toman medidas enérgicas (aunque no sean las más revolucionarias) les va relativamente bien; al resto de la izquierda socialdemócrata que sigue en los sueños del globalismo neoliberal, le va mal.
Un gobierno de izquierda está condenado a ser audaz. El momento en que deja de serlo, va a perder, será desplazado y sobre él vendrá la venganza de quienes por una década perdieron el control casi patrimonial del poder.
Se habla de un “giro a la derecha” en distintas regiones del mundo. En el caso concreto de España, los datos muestran una atracción significativa de los jóvenes hacia fuerzas de ultraderecha como Vox. ¿A qué atribuye este fenómeno generacional? ¿Cree que responde fundamentalmente a factores económicos o a un malestar identitario y cultural más amplio? Y, en su experiencia, ¿observa dinámicas similares entre la juventud en Bolivia? —Yo no diría que es solo entre los jóvenes, aunque es notable en ellos. Es transversal a varios segmentos etarios y clases sociales. Cuando un régimen de creencias y de acumulación, como el neoliberal, entra en declive, la gente busca nuevas certidumbres. Si la izquierda simplemente dice: “No se preocupen, podemos regresar a lo anterior y hacerlo mejor”, está perdida, es anacrónica. En cambio, la derecha dice: “Nosotros tenemos un nuevo mundo, vamos a hacer el nuevo mundo”. Lo dicen con audacia, con fuerza, aparecen como rupturistas, mientras las izquierdas aparecen como los “ternuritas” que solo proponen resarcir y restablecer lo anterior. Han perdido el carro de la historia.
Un gobierno de izquierdas está condenado a ser audaz
La derecha, en su agresividad, tiene una propuesta terrible, pero es distinta al globalismo y al cosmopolitismo. Para la gente común, ellos tienen una respuesta distinta a preservar lo antiguo; aparecen como portadores del cambio, cuando debería ser la izquierda la que abandere el cambio. La izquierda en América Latina lo hizo a inicios del siglo XXI, abanderó el cambio, porque detectó el agotamiento del neoliberalismo y dijo: “Vamos a cambiarlo todo”. Y le funcionó durante 15, 20
años. Ahora eso ya no funciona, y en vez de decir “hoy tenemos una nueva propuesta”, vivimos de la melancolía de lo que hicimos antes. Eso no lleva a ningún lado, y abre las puertas, sobre todo a la juventud, que por definición es rebelde frente a lo establecido y busca propuestas rupturistas.
La derecha aprendió de nosotros. La izquierda siempre fue rebelde, rupturista, tenía presencia en la calle, en las ideas, en la guerra cultural, organizativa, territorial. Pero en los últimos 20 o 30 años, la izquierda se volvió una izquierda de salón, de cátedra, y abandonó la batalla de ideas, la batalla territorial y el abanderamiento de un cambio creíble y plausible. Quienes vinieron a quitarnos ese papel fueron, por supuesto, las derechas.
El Estado eres tú y la lucha de muchos como tú durante décadas
En España hubo un momento en que las izquierdas intentaron retomar eso con los acontecimientos del 15-M. Se abrió un espacio en este “tiempo liminal”, como yo caracterizo el tiempo actual de tránsito.
Ha desarrollado un concepto muy interesante: “tiempo liminal”. ¿Puede hablarnos un poco de ello?
—Sí, es un concepto que propongo diferenciándolo de otros dos que intentan aprehender la complejidad del presente. Uno es “policrisis”, propuesto por Adam Tooze y utilizado por el Banco Mundial; el otro es “interregno”, que viene de Gramsci. Me diferencio de “policrisis” porque es meramente descriptivo: hay muchas crisis interconectadas, pero no hay historicidad en el concepto, es una descripción débil. “Interregno” es un concepto potente que da idea de que algo está acabando y algo podrá venir, pero Gramsci lo veía meramente en términos del sistema de creencias, de ideologías que decaen, pensando que lo que venía era el comunismo.
Mi concepto de “tiempo liminal”, respetando estos otros, mira la historia a partir de ciclos de acumulación y de legitimación que duran aproximadamente entre 40 y 60 años. Estos ciclos nacen, se estabilizan, dominan y entran en decadencia. Lo interesante no es el ciclo de estabilidad, sino el tránsito de un ciclo a otro. A eso le llamo tiempo liminal. Hubo uno a inicios del siglo XX, desde la Primera Guerra Mundial hasta la Segunda; otro en los años 60-80; y hoy se ha abierto otro a partir de 2010.
Son momentos especiales, excepcionales, donde asistimos a un debilitamiento de los mecanismos de legitimación y cohesión social, una divergencia de las élites en medio de una
crisis económica, un debilitamiento de los horizontes predictivos que gobernaron décadas atrás. Viene un momento de vaciamiento, vacío, malestar, enojo, roto por espacios de adhesión efímeros. Esto no puede durar permanentemente; tarde o temprano, tiene que resolverse materialmente con un nuevo régimen de acumulación expansivo y un nuevo sistema tecnológico, dando lugar a un nuevo sistema de adherencias.
En ese tiempo liminal surgen cosas muy interesantes: en el de inicios del siglo XX surgió la Revolución Rusa, el fascismo, el Estado de bienestar; en el de los 60-70 surgieron las luchas sociales, la nueva izquierda europea, las guerrillas en América Latina y también el neoliberalismo. Este tiempo liminal es como un laboratorio donde se experimentan posibles cursos de acción y legitimación. Uno de ellos, al triunfar, dará paso a un nuevo ciclo largo de estabilidad.
Antes de eso, uso el concepto de “tiempo suspendido”: es un momento en que el tiempo histórico se suspende, el tiempo físico corre, pero el imaginario de ir hacia algún lado se paraliza. Eso provoca desánimo, enojo, escepticismo, odio, rabia, adhesiones efímeras. Por eso, en el tiempo liminal las victorias no son definitivas: va a haber oleadas de izquierdas, consolidadas de derechas, semi-oleadas de izquierdas, y así. Coexisten simultáneamente oleadas y consolidadas hasta que, desde los países más potentes de la economía global, se defina el nuevo modelo de acumulación. Entonces se reordenará el mundo. Mientras tanto, vivimos este tiempo liminal marcado por esta suspensión angustiosa del tiempo histórico.
—¿Cómo se impulsa eso? ¿De qué forma podemos protagonizarlo? Si son las grandes economías las que marcarán el camino, ¿nuestra capacidad de influencia es muy limitada? —No necesariamente. Cada país, por pequeño que sea, puede asimilar de cierta manera lo que se defina a nivel global, dándole su propia cualidad. Esa cualidad será más autoritaria, más progresista, etc. No es muy distinto a lo que pasó con el neoliberalismo: en Europa le dieron su tonalidad, no desmontaron todo el Estado de bienestar como en América Latina. Ambos fuimos neoliberales, pero el europeo no fue tan salvaje. Lo que vendrá también estará marcado por cómo en cada región se ha luchado por buscar salidas más igualitarias o más individualistas. Podemos hacer mucho, pero dándonos cuenta de que las “ligas mayores” —Estados Unidos, Europa y China— son donde al final se va a definir el horizonte de sociedad que viene. Cómo se ordenen ahí en la próxima década influirá en cómo se ordene el resto.

Si el Estado es una red de relaciones, ¿cuál es, entonces, la estrategia democrática frente al reaccionarismo? ¿Consolidar el marco institucional liberal o construir poder social desde fuera? ¿Qué idea de Estado debe guiar a la izquierda hoy?
—La categoría del Estado como “relación social” o “condensación” (introducida por Poulantzas) no está mal, pero es insuficiente desde el punto de vista de Marx. Por eso me he visto obligado a hacer un ajuste de cuentas con los marxistas, desde Lenin hasta Poulantzas. En verdad, el Estado es una forma de unificación de la sociedad en su conjunto, no solo de una clase. Es la manera en que la sociedad, con sus clases y diferencias, se unifica de una manera concreta. ¿Cuál es esa manera? El monopolio de la unificación. El aparato estatal es la monopolización de lo que es común a una sociedad, de lo que la integra. Por eso acuño el concepto: el Estado es lo común de una sociedad administrado bajo la forma de monopolio. Parece un oxímoron, pero es una paradoja poderosa: es común y es monopolio a la vez. Si uno se plantea la transformación social, no puede decir “voy a dinamitar el Estado”, porque, aunque le pongas dinamita al Ministerio de Defensa, el Estado sigue existiendo como forma de unificación. Existe sin edificios. Lo que hay que buscar es cómo construir otra forma de unificación, otro común universal, entre españoles, bolivianos, franceses. La pelea es desde la sociedad, desde abajo, desde la acción colectiva, pero no atrincherándose en pequeños comu-
nes testimoniales (algo que predomina en la lectura de algunas izquierdas europeas, que se repliegan a pequeñas colectividades renunciando a lo universal).
El Estado es el monopolio de los universales. La gran tarea es: ¿cómo hacemos un universal que no sea monopólico? En esa pelea no puedes dejar de lado estos universales monopolizados, porque son tu energía social, tu trabajo, tus impuestos, la lucha de tus padres y abuelos convertida en derechos, recursos públicos, legislación, historia y memoria estatal. No puedes entregar eso. Tienes que moverte en las dos dimensiones: disputar lo común monopolizado para desmonopolizarlo. A eso llamamos la extinción del Estado. No es derechizar o izquierdizar el Estado, ni ponerle dinamita, sino construir otra manera de unificarnos que no requiera el monopolio.
—¿Qué opina del discurso, presente en parte de la izquierda, que rechaza la política institucional y proclama la necesidad de «destruir el Estado»? ¿Es una posición válida o un callejón sin salida?
—No puede ser. Es una contradicción personal, un sinsentido. Y no está mal que vivas del Estado, porque el Estado eres tú y la lucha de muchos como tú acumulada durante décadas. No es un ente separado; es tu manera pervertida, pero concentrada, de las luchas comunes de la sociedad. Es un lugar importante y decisivo. ¿De dónde viene ese 40% de riqueza respecto al PIB que tiene el Estado? No lo han hecho los ricos; ha sido tu abuelo que peleó por ello, los que se enfrentaron al fascismo, los que salieron a las calles. Eso se tradujo en educación pública, salud pública, ingresos básicos, calles pavimentadas, alcantarillas, agua potable. ¿Cómo vas a entregar eso? ¿Cómo no vas a pelear por lo que es tuyo? Un marxista busca desmonopolizar eso, no conducir el monopolio. Pero ese pedazo del Estado es sociedad; lo que hay que hacer es “desprostituir” esa forma de la sociedad, descorromperla. La extinción del Estado es construir otra manera de unificarnos que no requiera monopolio.
Vivimos de la melancolía de lo que hicimos antes








Florence Gauthier es una de las principales responsables de la recuperación de la figura de Robespierre en Francia. Gauthier ha dedicado buena parte de su obra a combatir las lecturas (mal llamadas) marxistas que veían a la Revolución Francesa, incluso en su fase jacobina, como una revolución burguesa.

En esta obra la académica francesa nos propone adentrarnos en los principios del derecho natural que rodeaban la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano y cómo esta filosofía jurídica sería reivindicada por los jacobinos para confrontar el derecho a la existencia universal de todo ser humano al derecho a la propiedad privativa y excluyente que los girondinos estaban imponiendo.
Se subordinaba así el ejercicio del derecho de propiedad de los bienes materiales al derecho a la vida y a la existencia, primer derecho humano. La derrota de la revolución con la contrarrevolución del 9 de Termidor, impidió que este programa político triunfara.
La pelea es dentro y fuera, no fuera del Estado desde las estructuras sociales, sino también en el Estado para intentar desmonopolizar lo que es patrimonio común.
Tras más de una década de gobierno, el MAS pasó de una amplia mayoría a una representación testimonial en la Asamblea Legislativa. En su análisis, ¿cuáles fueron las causas estructurales y políticas de este retroceso? ¿Fue el desgaste del modelo, la fragmentación interna, o una combinación de factores?
Quisiera cerrar con una reflexión suya reciente: decía que Marx vivió dos procesos revolucionarios, y que esa experiencia te marca profundamente, es un “momento supremo en la sociedad”. Parecía estar hablando de usted mismo y su experiencia en Bolivia. ¿Qué ha significado para usted, en lo personal y lo sentimental, este proceso revolucionario?
El Estado es una forma de unificación de la sociedad en su conjunto
—Hay una razón estructural y una más personal. La estructural es que el proyecto político del MAS se estancó, perdió la vitalidad, la capacidad creativa, intelectual y organizativa para proponer a la sociedad una nueva generación de reformas basadas en la igualdad, el crecimiento económico y la justicia social. Dejó una huella muy profunda de lo que hizo en su primera oleada (el empoderamiento indígena y popular), pero para adelante ya no tenía propuesta para seguir transformando Bolivia. Eso es un tema común a toda la izquierda y el p rogresismo latinoamericano: una parálisis cognitiva en cuanto a transformaciones adecuadas a las nuevas circunstancias. La derecha propone ajuste, fondo monetarista; la izquierda se mueve por ahí, es una capitulación propositiva.
En lo personal, nos venció la ambición personalizada. La pelea entre Luis Arce y Evo Morales: la idea de “yo tengo que ser presidente sí o sí” y subordinar toda la estrategia a eso, como sea; y la idea de Luis Arce de “voy a volver, tengo que reelegirme aplastando a todo lo que se me presenta”. Eso no explica el desastre, pero ayuda a entender las fuerzas íntimas, subjetivas, personales del desastre.
Más allá de ello, queda un conjunto de transformaciones: hoy en Bolivia, los indígenas, que eran mayoría y solo podían aspirar a ser servicio doméstico, son clases populares empoderadas que han llegado al gobierno, lo han perdido, pero tienen poder económico, mayor acceso a formación, mayor conciencia de sus derechos. Esa Bolivia no se la puede extirpar; hoy no se puede hacer política sin los indígenas. La victoria de Luis Arce frente a un neoliberal recalcitrante como Tuto Quiroga se la dieron los sectores populares, no las clases medias. Este sujeto popular-indígena que se incubó en los últimos 20 años va a seguir siendo un factor decisivo de la vida económica, cultural y política. Esa es nuestra herencia, y de ella nos sentimos orgullosos.
—Yo tuve la dicha (algo que uno no busca, no hay algoritmo para saber cuándo ocurre) de vivir insurrecciones, levantamientos populares, despertar indígena, sublevaciones entre 2000 y 2005. Soy una criatura de eso. Pude ver desde adentro la vitalidad que se incuba en un proceso revolucionario: ese despertar, esa catarsis colectiva donde lo impensable se vuelve pensable y realizable, donde la apatía, el silencio, el desdén, el individualismo son desbordados por una generosidad colectiva impresionante.
Las palabras no alcanzan para describir cómo la gente se politiza, cómo la señora que vende empanadas en la calle, capaz sin escuela, de repente se vuelve especialista en hidrocarburos y habla con una solvencia que hace palidecer a ingenieros graduados en Francia. Es un momento de gran quiebre cognitivo, donde el cerebro y el corazón de la gente se abren.
También he vivido los límites de eso: cómo es temporal, cómo la gente supera los manuales y luego, en un momento, se repliega, entrega la conducción al Estado o a otros, porque tiene que ir a cocinar, cuidar a su pequeña. He podido ver la vitalidad infinita y los límites de esa vitalidad. Me siento una criatura privilegiada por haber podido ordenar muchas cosas, romper ideas preconcebidas, potenciar otras. Ha marcado mi vida.
Fue el momento de realización de viejos sueños. Desde los 14, 18 años, tuve una adhesión no solo al marxismo, sino a un marxismo “indianizado”, con el sentido de que el poder vendría del lado indígena junto con los obreros, y que la gran revolución en Bolivia sería la de la justicia social e igualdad real de los indígenas. Lo soñé, escribí, entré a la cárcel por ello, estuve dispuesto a morir por ello, y resulta que la vida me dio verlo. Es un regalo del universo.
Para un marxista es extraordinario, porque por lo general tomamos un camino pensando que no vamos a ver lo que imaginamos, que ya lo verá el nieto. A mí me tocó imaginarlo y verlo. Entonces digo: gracias, vida, por haberme permitido esto ■


Por Paolo Botta
AÇÉä~åí~ãçë=~èì∞=ìå=ÄêÉîÉ=Ñê~ÖãÉåíç=ÇÉä=äáÄêç=ÇÉ=m~çäç=_çíí~=¿Qué es el Estado?=èìÉ=éìÄäáÅ~ê•=éêμñáã~ãÉå
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Política y sociedad
La política es la actividad que resume el significado profundo de la calidad de las relaciones humanas en las épocas que conocemos. Representa el lugar de las decisiones que, de manera más o menos libre, hay que tomar para establecer relaciones constructivas con nuestros semejantes, favoreciendo la mediación entre sujetos que poseen diferentes niveles de poder tanto en el ámbito económico como en el social y cultural. Puede definirse como una forma de gestionar las relaciones y los recursos aprisionados o, en cualquier caso, existentes en el tejido social. En este sentido, el objetivo de la política es el poder, expresado en las organizaciones que tratan de gestionar y controlar los recursos. En mi opinión, hay dos acepciones fundamentales de la política. La primera la enmarca en el ámbito de las actividades humanas destinadas a establecer relaciones con los demás para la gestión de recursos de interés común, en consonancia con la naturaleza profundamente social del ser humano, tal y como destaca la cultura griega. Aunque está fuertemente arraigada en lo social, la política debe considerarse una esfera autónoma, en la que entran en juego diversos aspectos, como los sentimientos, las simpatías humanas, la voluntad de supremacía o de cooperación del hombre con respecto a sus semejantes. En definitiva, desde este punto de vista, la política puede considerarse la quintaesencia de las necesidades relacionales, que parecen inseparables de los impulsos biológicos, antes que espirituales, de supervivencia. En esta primera acepción, se identifica, por tanto, con la subjetividad y la dimensión histórica de los individuos que forman parte de una especie, es decir, con la vida social.
Veamos algunos ejemplos. Si un padre intenta mediar entre dos hijos en conflicto (inevitablemente de poder), está realizando una acción política. Lo mismo puede ocurrir si un profesor quiere mediar entre dos alumnos o si el presidente de un club privado interviene para gestionar los conflictos internos. Pero también si un sindicato intenta conciliar las diferentes necesidades de los trabajadores afiliados o si un partido hace lo mismo con sus votantes. En cualquier caso, se trata de acciones políticas que afectan a comunidades limitadas o restringidas, por lo que es necesario un gobierno para mediar entre diferentes intereses o entre diferentes poderes.
Pero también existe otra acepción de la política, que no se manifiesta a nivel individual, sino sistémico y comunitario, cuando los hombres, basándose en la necesidad natural de socialización, se ven obligados a regular su convivencia.
En este caso, la política se identifica con el arte de gobernar a través de diferentes instrumentos, como constituciones, organizaciones, administraciones, aparatos jurídicos, en definitiva, mecanismos de dirección de la vida pública y todas las actividades realizadas para el gobierno de un conjunto humano en general y del Estado en particular, a través de medidas destinadas a abordar problemas internos de gestión de la población ubicada en un territorio, pero también la con vivencia con otros Estados u organizaciones. En esta acepción se incluyen todas las actividades relacionadas con la vida pública y los asuntos de una comunidad, pero también las doctrinas y los conocimientos que tienen por objeto el estudio de la política.
En realidad, las dos acepciones de las que hemos hablado representan dos ámbitos sociales diferentes. La primera po-
dría definirse como una visión desde abajo, desde el punto de vista de la población. La segunda, como una concepción desde arriba, desde el punto de vista de las estructuras organizativas, como, en primer lugar, las instituciones estatales.
Política popular y política del Estado
¿Cuál es la diferencia principal entre la primera dimensión, relativa a una especie de política desde abajo, que podríamos definir como «popular», y la segunda, la de arriba, del gobierno, que en cambio concierne a los Estados como organizaciones autónomas?
En ambos casos nos encontramos ante actividades relacionadas con la gestión del comportamiento humano y la coordinación de diferentes posiciones. Pero en el primer caso, el ámbito de acción se refiere a las relaciones humanas y las interacciones con los diferentes niveles de capacidad de control de los recursos y el poder relacionado con ello. Se trata con frecuencia de micropoderes, no de poderes absolutos, con los que interactúa el individuo. A este nivel, la interacción se manifiesta principalmente como la gestión de la pluralidad difundida en la sociedad. Con prevalencia, sin duda, de unos sobre otros, pero en el marco de un flujo cuyas coordenadas son gestionadas por centros de poder que se forman de manera más o menos espontánea en el tejido social. En este nivel nos encontramos plenamente en el ámbito de esa esfera social que hemos definido como política popular, que se relaciona con el concepto de soberanía popular, muy difícil de realizar debido a la complejidad y articulación del llamado «pueblo», además de la coherencia no evidente con la soberanía del Estado y sus estrategias. Quizás sería preferible hablar de soberanías parciales en diferentes ámbitos diseminados en el tejido social sin que ello implique una capacidad de gobierno global, y que todo ello pueda dar lugar a una sociedad pluralista en el sentido de Robert Alan Dahl (2001; 2002a, 2002b). En cuanto al segundo caso, el relativo al gobierno, se refiere a una concepción de la política que afecta fundamentalmente en primer lugar a los Estados como organizaciones, que son los únicos que ejercen plenamente su soberanía sobre el territorio y la población sobre la base de un uso «legítimo» de la fuerza, como dijo Max Weber (Weber, 1961). La coexistencia de poderes de diferente entidad a nivel social y económico determina una conflictividad que, por lo general, dificulta la convivencia. Esta conflictividad, que siempre ha existido, parece haber aumentado enormemente en presencia de un sistema económico centrado en la competencia y el conflicto. De ahí
la necesidad de una regulación estatal, que a lo largo de los siglos ha adoptado diferentes formas según el contexto histórico.
Mientras que, por un lado, la política popular se insinúa en un tejido social fluido caracterizado por la coexistencia de diferentes poderes que luchan tanto por la hegemonía en el tejido social como en relación con el Estado, cuya escalada se intenta sobre la base de las oportunidades institucionales concedidas (como, por ejemplo, los instrumentos de la democracia), por otro lado, la política llevada a cabo directamente por los Estados domina toda la sociedad sobre la que ejerce el monopolio legalizado de la fuerza a través del ejército y la policía, así como a través de todos los demás mecanismos organizativos, jurídicos e institucionales de los que dispone de forma primaria y exclusiva. Esto significa tener plena soberanía, porque el poder se ejerce sobre cualquier otro poder que se encuentre en la sociedad, respecto al cual el Estado tiene un predominio no solo legalizado, sino también respaldado por la fuerza.
Política popular y soberanía popular
Decíamos que la primera acepción de política se refiere a las formas de relacionarse con los demás para gestionar los desequilibrios de poder. Pero los demás no son todos iguales, sobre todo en una sociedad capitalista, en la que la distribución de los recursos y, por consiguiente, del poder que intenta gestionarlos, es muy desigual. La política popular se ejerce en la relación entre los hombres en el momento en que estos se organizan en centros de poder. Esta política es de naturaleza diferente a la de los Estados, está gestionada por las organizaciones que caracterizan a la sociedad civil, como partidos, sindicatos, asociaciones y organismos diversos. Pero ninguno de ellos tiene un predominio real formalizado, es decir, una verdadera soberanía, sobre la sociedad en su conjunto. Ciertamente, puede haber alguna forma de hegemonía política o cultural, pero no un monopolio forzoso, que es, en cambio, una prerrogativa exclusiva del Estado cuando ejerce su soberanía.
Esto no significa que el pueblo no pueda ser considerado de alguna manera un posible titular de la soberanía. Esto puede ocurrir, pero con algunos matices que conviene subrayar.
Se dice que la soberanía popular es una extensión de la del Estado, que transmite al pueblo algunas prerrogativas que lo convierten en un sujeto soberano. Pero, ¿en qué términos y en qué medida ocurre esto? La Constitución italiana, aunque
proclama la soberanía popular, limita su ejercicio al ámbito de las normas constitucionales. Entonces, ¿qué significado dar al concepto de soberanía popular, dado que nuestra Constitución le impone límites muy precisos?
Por ahora, podemos afirmar que recurrir a la idea de soberanía popular no es más que un artificio retórico para subrayar la deseable centralidad de las necesidades y los deseos populares en el ámbito de la vida democrática. Y esto es evidente y justo. Pero sabemos que el pueblo no es una entidad homogénea, sobre todo en nuestra época. Se trata, más bien, de un organismo fragmentado y heterogéneo. Mientras que el Estado es una burocracia que se puede identificar con precisión en sus coordenadas sociológicas, esto resulta más difícil con el «pueblo» debido a su compleja estructura interna.

La extensión de la soberanía del Estado debe entenderse, en mi opinión, en sentido metafórico y, al mismo tiempo, como una participación general en las dinámicas políticas. Estas dinámicas incluyen las actividades que el Estado lleva a cabo para obtener el consenso de la población, sobre todo en los momentos de su evolución de Estado absolutista a Estado democrático, cuando las transformaciones que se han producido en la sociedad civil exigen una relación compleja y articulada con una población que con el tiempo se ha vuelto más instruida e informada.
La proclamación de la soberanía popular es parte integran-
te de la retórica política, en gran parte simbólica, que se centra en la petición formal al «pueblo» de que se pronuncie sobre las decisiones políticas del Estado en diversas circunstancias, a través de los mecanismos institucionales y las normas proclamadas en las constituciones. Esta oportunidad de expresión y decisión directa, como ocurre, por ejemplo, en el caso de un referéndum, pero también en las elecciones normales, representa la esencia de lo que he definido como política popular en contraposición a la del Estado.
La política popular presupone el concepto de soberanía del Estado, porque este sienta las bases para establecer las modalidades de expresión de la primera, sin perjuicio de que la naturaleza heterogénea del pueblo («objetiva», es decir, producto de la historia, o «subjetiva», es decir, forjada por el poder), impide una formulación unívoca de su voluntad y, por tanto, de su soberanía. Desde este punto de vista, la soberanía popular puede considerarse un intento, puesto en marcha por el Estado, de involucrar al pueblo en las decisiones que deben tomarse. Pero, lamentablemente, se trata de una participación nominalista y predominantemente formal, ya que las decisiones reales y definitivas las toman los aparatos del Estado, de acuerdo más o menos explícito o más o menos total con los representantes de la sociedad civil.
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En un Estado absolutista todo era más sencillo debido a la marginación generalizada, no solo económica sino también cultural, de las clases populares, mientras que hoy en día, en una sociedad con niveles de educación e información más elevados, es posible y necesario recurrir a políticas de persuasión y propaganda destinadas a obtener el consenso.
Una vez terminada necesariamente la fase absolutista, el Estado introdujo políticas para el gobierno del territorio y de la población que adoptaron diversas formas, entre ellas las orientadas explícitamente a obtener el consenso, realizadas sobre la base de la proclamada soberanía popular, en torno a la cual se construye la política popular, es decir, aquella política en la que, al menos formalmente, el pueblo es soberano y, basándose en las normas constitucionales, gestiona todas las necesidades que provienen de los diferentes sectores que componen la sociedad.
Todo ello ha determinado la constitución de una dimensión política específica, la popular, que tiene diversos objetivos, los principales pueden resumirse así:
● Contener y/o controlar el poder del Estado en una contraposición implícita entre la soberanía popular y la soberanía del Estado, yendo más allá de la función que históricamente ha tenido el derecho, que se limita a los aspectos formales.
● Organizar la participación popular, aunque sea principalmente formal, en la vida civil.
● Dar voz, también en este caso a nivel formal y principalmente comunicativo, a las diferentes posiciones políticas o ideológicas que pueden existir en los distintos sectores populares.
● Organizar la participación en la gestión de las diferentes

formas de gobierno que el Estado decide adoptar o aceptar: parlamento, gobierno, constituciones, etc.
● Organizar, definir y regular los cuerpos intermedios de la sociedad, como los sindicatos y otros organismos sociales.
● Contribuir a la definición de la ubicación geopolítica del Estado. Este es el ámbito en el que la participación popular parece más problemática, ya que las estrategias estatales a este nivel suelen ser indiscutibles e inamovibles, una prerrogativa fundamental de la política estatal.
Detengámonos aún en la naturaleza de la política popular.
En primer lugar, hay que reiterar que esta es una expresión de la llamada soberanía popular, concedida por los Estados a los pueblos principalmente para obtener su consentimiento mediante su participación en la definición, no de la estrategia, que sigue siendo prerrogativa absoluta de los Estados, sino de la táctica estatal, que se compone de las políticas específicas aplicadas en los distintos ámbitos de intervención.
Cada Estado tiene, ante todo, la necesidad de formular sus propias estrategias básicas sobre la base de los factores que caracterizan sus especificidades. Ya hemos hablado de los objetivos que formula y, en su caso, renueva sobre la base de las decisiones políticas de las que es titular, tanto en el interior, para el control del territorio y de la población de referencia, como en el exterior, para la definición de su ubicación geopolítica. Estos objetivos, que representan el núcleo de la estrategia y son expresión de la soberanía del Estado, se formulan en consonancia con aspectos estructurales como la ubicación geográfica, la dimensión y la morfología del territorio, la magnitud demográfica, pero también su historia, sus tradiciones y las características de su civilización.
Como cualquier estrategia, también la del Estado necesita ser aplicada mediante tácticas operativas. Entre ellas hay que mencionar sin duda las políticas destinadas a buscar el consenso, a las que se ha aludido anteriormente, que se aplican principalmente en el ámbito de la política popular, de la que son un requisito previo.
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Desde este punto de vista, se podría decir que la política popular, concedida por el Estado al pueblo para obtener su consenso, no es más que un escenario en el que los diferentes actores de una sociedad fragmentada por el utilitarismo tratan, aunque de forma contradictoria, de construir un futuro com- partido. Pero se trata precisamente de una búsqueda, de una tendencia, de una empresa muy difícil de realizar, y ello por dos razones fundamentales.
La primera razón es que, como decíamos, la soberanía popular es esencialmente un ideal, un sueño, que sin embargo no tiene parámetros realistas de realización, ya que se enfrenta no solo al pluralismo social y político, sino también y sobre todo a la estrategia básica que se ha dado el Estado para su supervivencia.
Podríamos definir la estrategia del Estado como una especie de constitución no escrita, pero susceptible de cambiar con el
tiempo, que al final predomina sobre cualquier otra opción, incluso las más nobles y sacrosantas que caracterizan las narrativas universalistas en las que se basa la política popular, como por ejemplo el discurso sobre la igualdad, la justicia social, los derechos, etc.
La segunda razón es que, en la arena política popular, los intereses y poderes contrapuestos difícilmente llegan a compromisos unificadores. La política, como lugar de arbitrariedad y lucha entre intereses contrapuestos, no logra compactar y superar la fragmentación de la sociedad y, en consecuencia, hace imposible la construcción de una soberanía popular unívoca. Sin embargo, en la narrativa predominante, esto sigue siendo un objetivo al que aspirar a través de las dinámicas sociales y en una relación dialéctica continua con el poder predominante del Estado, que custodia su soberanía y su estrategia fundamental.
No obstante, la política popular, aunque apoya a la del Estado, al que garantiza su consentimiento, también puede representar un momento de oposición a este último (ante todo, a sus estrategias y tácticas). Esta oposición, que se construye en la sociedad, puede tener diferentes salidas.
Si la política popular entra en conflicto con la estrategia fundamental del Estado, sin conseguir modificarla de forma pacífica mediante compromisos y acuerdos, puede producirse una crisis sistémica. En este caso, el Estado, que tiene el monopolio de la fuerza, se ve obligado a tomar medidas extremas de ruptura, como un golpe de Estado, o simplemente a proclamar un estado de excepción permanente para imponer su punto de vista, suspendiendo las garantías constitucionales o incluso la democracia (Agamben, 2003).
La evidencia de un fenómeno de «desdemocratización» ha sido señalada por muchos autores. Según Petrucciani, se está produciendo un «proceso de regresión oligárquica de la democracia: con esto me refiero (...) al desplazamiento hacia arriba de los centros de decisión relevantes, por el que las decisiones políticas se alejan de los foros más amplios y participativos y se retiran a lugares menos accesibles, reservados en su mayoría a grupos oligárquicos restringidos» (Petrucciani, 2014, p. 215).
Hemos observado un evidente dualismo entre la política de los Estados, que se basa en su soberanía indiscutible, y la política popular, que se basa en un concepto complejo de soberanía, difícil de realizar dada la fragmentación so -
cial del sujeto en cuestión, es decir, el «pueblo». La política de los Estados se expresa, en primer lugar, en la formulación de la estrategia que se utilizará para alcanzar los objetivos típicos de cada Estado, principalmente el control del territorio y la garantía de su propia seguridad, el mantenimiento del orden en la población de referencia y la formulación de las líneas estratégicas, la definición de la ubicación geopolítica.
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La estrategia no se formula de forma definitiva y puede cambiar en función del contexto y de los cambios históricos. La estrategia, que es la máxima expresión de las prerrogativas políticas de las que goza el Estado, tie ne dos dimensiones: interna y externa.
En el interior, el Estado debe ante todo garantizar su propia supervivencia mediante los recursos que consigue obtener de la sociedad, al tiempo que mantiene el control sobre el territorio y la población.
En el exterior, debe gestionar las relaciones con los demás Estados para garantizar su supervivencia y seguridad y evitar, en la medida de lo posible, ser atacado, desmembrado u obligado a ceder territorio.
Pero los Estados también deben formular una táctica para alcanzar los objetivos establecidos a nivel estratégico. Esto se ejerce tanto a nivel interno como en el exterior. En el interior, mediante alianzas con los sujetos más poderosos para obtener recursos y apoyos, y mediant e po líticas de consenso, cuya forma emblemática es la extensión de la soberanía popular.
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El Estado dispone de numerosos instrumentos para poner en marcha políticas destinadas a garantizar la adhesión popular, como por ejemplo la judicatura y el derecho, la escuela y la universidad, pero también, y sobre todo, las instituciones, como el parlamento y los gobiernos (que pueden adoptar diferentes formas si se desarrollan en el ámbito de una democracia liberal o de un Estado absolutista, etc.), los partidos y los sindicatos, pero también las asociaciones de la sociedad civil, etc. Pero quizás el principal instrumento de estas políticas, que están orientadas a la búsqueda del consenso, se encuentre en la ideología, entendida como falsa conciencia e instrumento de propagan-
da, que adopta diversas formas en diferentes contextos, como la cultura, la escuela, el mundo del consumo, pero sobre todo los medios de comunicación, y entre ellos, en primer lugar, la televisión, verdadero centro del «debate» cultural y político actual.
Hacia el exterior, la táctica del Estado se expresa en la elección de alianzas internacionales que garanticen la realización última de la estrategia. Esta táctica cambia, obviamente, no solo en función de la morfología del territorio y del tamaño del Estado (extensión y población), sino también en función de la estrategia relativa a la ubicación geopolítica con respecto a los demás Estados, que a su vez está condicionada por los niveles
he definido como popular, porque está incrustada en la sociedad y se basa en la mediación en el contexto social entre los centros de poder, gestionados directamente sobre la base de las formas de soberanía popular concedidas por el Estado.
Política de los Estados frente a política popular, pero en una relación en la que, aunque permanece la supremacía del Estado, existe una influencia recíproca entre los dos polos. El Estado busca aliados en la sociedad y la sociedad intenta influir en las decisiones del Estado. Pero, a pesar de esta sinergia, hay que reiterar que la voluntad política se forma en primer lugar en los Estados, que de esta manera ejercen su soberanía.

de desarrollo económico y tecnológico alcanzados, que configuran su ubicación en las jerarquías existentes en el ámbito del sistema interestatal.
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Dado que los seres humanos no son iguales entre sí debido a los desequilibrios existentes a nivel social y económico, es evidente que la política asume la tarea de gestionar no solo la interacción entre individuos, sino sobre todo de mediar entre los diferentes poderes que caracterizan a la sociedad.
Se trata de una labor compleja que requiere capacidad de coordinación y centralización, pero sobre todo de imponerse a los diferentes poderes existentes.
Esta tarea la desempeña principalmente el Estado sobre la base del monopolio de la fuerza del que dispone, y que recibe legitimidad no solo del control del ejército y la policía, sino también de la judicatura y de todas las políticas destinadas a obtener el consenso.
Los argumentos expuestos sobre las características generales de la política llevan a distinguir entre la política llevada a cabo por los Estados, que se vale de su monopolio, y la que
Esta voluntad se transmite a la población a través de los instrumentos y medios de que dispone el Estado. La voluntad política de los Estados se expresa ante todo en la formulación más o menos explícita de la estrategia, que se impone sobre cualquier otra orientación. Pero el Estado, aunque en última instancia es autorreferencial, necesita el apoyo popular que se expresa en la dimensión prevista por la configuración de la soberanía popular. En consecuencia, transmite su voluntad a la política popular, que a su vez no puede sino expresarse en la formulación de reivindicaciones que intenta obtener del poder central. Podemos concluir esta reflexión diciendo, en extrema síntesis, que la política es un mundo dualista que, a su vez, se articula en realidades diferenciadas.
La política de los Estados es la más fuerte y, al mismo tiempo, la más homogénea. La política popular es la más variada y heterogénea, y también la más fluctuante. En su seno se sitúan también los movimientos antisistémicos que prometen una futura transformación de las lógicas del poder. El corazón del Estado es la política porque el corazón de la política es el Estado.
El núcleo de la política popular es la búsqueda por parte del pueblo de una dimensión expresiva y participativa y de su soberanía. Pero, al mismo tiempo, el núcleo de la política popular también puede ser una dimensión crítica del sistema, porque es en su interior donde se lleva a cabo la construcción de la civilización.
Esto significa que todos los cambios hipotéticos en un sistema determinado deben madurar necesariamente en los ganglios del Estado, pero esto debe ocurrir en una sinergia continua con los populares ■
por Miguel Candel

La IA nos ha llegado al estilo de elefante en cacharrería.
Ya no sabemos cuándo la voz que nos contesta es humana, ni que quien firma un trabajo universitario es un ser humano o una máquina.
Sin embargo, bien usada, la automatización generalizada puede resultar muy beneficiosa para el desarrollo humano.
Pocas de las muchas palabras del griego clásico utilizadas para la formación de tecnicismos en las diversas disciplinas científ icas o técnicas (particularmente notable es el caso de la medicina) podrán considerarse más de actualidad que la que encabeza este texto. A pocas personas (incluso a las víctimas de los últimos planes educativos) se les escapará sin duda su significado básico: «lo que actúa por sí mismo», es decir, sin intervención de la mano del hombre (ni, por supuesto, de la mujer).
«Matadlos a todos, Dios ya reconocerá a los suyos»
Lo que quizá no sea tan conocido es que el mencionado significado de autómaton iba en sus orígenes estrechamente asociado al de «azar». Ahora bien, si no caemos en aberraciones como la creencia de algunos científicos filosóficamente analfabetos de que hay fenómenos físicos a los que es imposible atribuirles una causa determinada (véanse ciertas interpretaciones de la mecánica cuántica), entenderemos que lo que ocurre por «azar» no era para los clásicos algo que sucede sin causa, sino simplemente lo que escapa a la capacidad humana de predicción porque posee un principio causal bien real pero que se nos escapa.
Una larga sucesión de mecanismos automáticos jalona la historia de la civilización humana, con crecientes grados de automatización. Quizá uno de los primeros artilugios que podemos incluir en la serie sea el torno de alfarero, ya que sustituye en gran parte la acción humana para lograr un movimiento giratorio regular que garantiza la obtención de formas de una redondez casi perfecta, muy difíciles de obtener «a pulso». Los distintos tipos de relojes, desde el rudimentario de arena o la clepsidra hasta los modernos relojes atómicos es otro ejemplo destacado de sustitución del esfuerzo humano (que le pregunten a cualquiera de las personas encerradas varios días en recintos sin comunicación ninguna con el exterior qué tan fácil les ha resultado no perder la noción del tiempo).
Se puede decir, en general, que el crecimiento de la automatización ha supuesto para el ser humano una liberación creciente de la necesidad de realizar tareas pesadas, aburridas o ambas cosas. Seguramente el mayor consenso a este respecto lo encontraríamos en relación con los medios mecánicos de transporte y con aparatos domésticos como la lavadora, adjetivada, claro está, en sus inicios como lavadora automática (por mucha poesía y sano ejercicio que acompañe a la acción de lavar en un río o en un lavadero manual).
Las dudas sobre si a más automatización más ventajas empe-
zaron a manifestarse, al menos, en el siglo XIX respecto a los telares mecánicos que dejaban sin trabajo a muchos tejedores (son bien conocidas las historias de obreros enfurecidos destruyendo ese u otro tipo de máquinas). De entonces acá, el reconocimiento de los beneficios derivados de la introducción de mecanismos automáticos en múltiples áreas de la actividad económica y de la vida social en general ha corrido parejas con el malestar, cuando no la irritación, causados por su desarrollo a gran escala. Los inconvenientes van desde procesos de ínfima complejidad y escasa trascendencia hasta escenarios en que se juega, ni más ni menos, el destino de la humanidad. Entre los primeros, ¿quién no se ha desesperado ante la dificultad de verse eficazmente atendido en una consulta telefónica en que, para llegar por fin a hablar con un ser de carne y hueso, hay que soportar la consabida retahíla de indicaciones enlatadas sobre números a pulsar, no siempre fáciles de retener ni de saber si corresponden al tema que a uno le interesa, todo ello entreverado de ráfagas de musiquilla repetitiva y de mensajes del tipo «todos nuestros agentes están ocupados, en breve atenderemos su llamada». Sería interesante que algún estudiante de sociología investigara qué porcentaje de usuarios de ese tipo de servicios telefónicos aguanta estoicamente hasta ser atendido y cuál, en cambio, se rinde y abandona.
La lista de procedimientos automáticos poco transparentes para realizar todo tipo de gestiones ante la administración pública o ante empresas privadas podría llenar centenares de escritos como éste. Por algo llegaron no hace mucho a los medios de comunicación protestas de perjudicados por la tiranía del autómaton, encabezadas por el lema «Soy mayor, no idiota», y seguidas por la descripción del galimatías que para muchas personas representa la realización de esas gestiones.
Pero de lo irritante llegamos a lo espantoso cuando el automatismo se aplica a actividades no precisamente concebidas para el bienestar social (como pretenden ser las aludidas en el párrafo precedente), sino para la acción bélica. Desde el «Matadlos a todos, Dios ya reconocerá a los suyos», ordenado por Simón de Montfort en la conquista de Béziers al comienzo de la cruzada albigense, hasta los bombardeos en «alfombra» sobre Alemania y el Japón durante la SGM o el riego masivo con «agente naranja» de la selva vietnamita para matar a los guerrilleros del Viet Cong (y a todo bicho viviente que anduviera por la zona), la historia militar ofrece un escalofriante muestrario de «automatismos» destinados a facilitar la labor de los matarifes de seres humanos. Algunos entran de refilón
en el terreno de lo chusco, como las técnicas de detección aplicadas por la aviación estadounidense en Vietnam para descubrir a las columnas de guerrilleros que recorrían, ocultos por la cubierta vegetal, la célebre «Ruta Ho Chi Minh». Los norteamericanos recurrieron primero a sistemas de detección del calor, emitido en forma de radiación infrarroja por los cuerpos de los guerrilleros. Tan pronto como el Viet Cong lo supo, recurrió a hacer preceder las columnas de sus hombres por manadas de búfalos, cuya intensa radiación infrarroja ocultaba por completo la de los humanos. Los militares estadounidenses decidieron entonces usar un sistema de detección increíblemente sofisticado, que reconocía la peculiar composición química de los vapores de orina humana. Frente a eso, la contramedida de los ingeniosos vietnamitas fue de una simplicidad apabullante: todo guerrillero iba provisto de bolsas de plástico en las que introducía la orina y que luego colgaba de las ramas de los árboles en determinados puntos del recorrido. Transcurrido un tiempo tras el paso de los guerrilleros, las bolsas acababan rompiéndose por su propio peso y por efecto del viento, regando el suelo de orina. Y allá que acudían como buitres los cazabombarderos yanquis a machacar inútilmente la selva con toneladas de explosivos (se calcula que los norteamericanos lanzaron sobre Vietnam un tonelaje de bombas superior al de las lanzadas durante la SGM por todos los contendientes, aunque con la ridícula ratio de «éxito» de un enemigo muerto por cada 300 bombas).
iba asociado al de «azar»
máticos: el exceso de confianza en la eficacia de la automatización, especie de hybris tecnológica que periódicamente encuentra su némesis en forma de fiasco acompañado de humillación y, lo que es peor, de tragedia evitable. Y hablando de tragedia, es de sobra conocido el riesgo de hecatombe nuclear debido a la existencia, en los centros de decisión de las potencias dotadas de arsenales atómicos, de protocolos de respuesta automática ante ciertos niveles de alarma, verdadera o falsa, de ataque enemigo.
Por supuesto, no conviene caer en el cateto rechazo de la automatización en general, pues los beneficios que, bien usada, reporta a la humanidad en cuanto a ahorro de energía corporal y mental son innegables e irrenunciables. Pero además de evitar hacer el ridículo cayendo en el papanatismo tec-

Siguiendo con la automatización del ángel de la muerte, cumple mencionar que, como en el caso recién citado de los bombardeos norteamericanos sobre Vietnam, el aumento de la sofisticación técnica no siempre, ni seguramente la mayoría de las veces, va acompañado de un aumento significativo de la «eficacia». Caso altamente representativo: el clamoroso fallo de los sistemas de alerta de las fuerzas armadas de Israel en torno a Gaza el 7 de octubre de 2023. Y aquí entra en juego un factor que suele acompañar, al menos en eso que llaman «Occidente», el uso sistemático y creciente de mecanismos auto-
nocrático hay que prevenir, sobre todo en el ámbito de la educación, el riesgo de que el desarrollo de la «inteligencia» artificial vaya en detrimento del cultivo de la inteligencia natural. No porque ésta sea más «eficaz» que la otra (aunque a menudo lo es), sino porque la inteligencia humana no es meramente un instrumento al servicio del homo faber, sino primordialmente el núcleo y la esencia del homo sapiens; no algo que nos permite hacer lo que hacemos, sino aquello que nos permite ser lo que somos. Claro que, en el afán de algunos por ahorrarse esfuerzos y, muy en particular, por liberarse de la «funesta manía de pensar», parece que, antes que asumir la responsabilidad de gestionar conscientemente sus vidas, prefieren ponerse en manos del autómaton en su sentido originario: el azar. Lo peor es que en eso incurren no sólo ciudadanos particulares, sino también políticos miopes bajo cuya responsabilidad nos encontramos millones ■

Por Genís Plana
El Instituto Nacional de Estadística (INE) estima que en 2024 el crecimiento poblacional de España fue de 458.289 personas. Puesto que las defunciones superaron a los nacimientos dando lugar a un saldo vegetativo de –114.937, debemos considerar que alrededor de 600 mil inmigrantes llegaron al país. Y se trata de una tendencia que parece acentuarse en 2025, según la Estadística Continua de Población. Para pensar las repercusiones del fenómeno migratorio, conversamos con Paula Fraga (Lugo, 1988). Abogada de profesión, además Paula es columnista y analista en diversos medios de comunicación.
Tengo la impresión de que la inmigración es ese elefante en la habitación, cuyas implicaciones empiezan a ser evidentes para todos, pero que casi nadie se atreve a mencionar.
—Son cientos de miles de inmigrantes los que acogemos anualmente. Y eso se fundamenta por, además del utilitarismo de mercado, las tesis del multiculturalismo. Pues bien, conviene diferenciar “multiculturalidad” (la coexistencia de diferentes culturas en el mismo ámbito geográfico) y “multiculturalismo” (la tesis normativa acerca del modo en que deberían coexistir las diferentes culturas, así como la gestión política de esas diferencias). Así pues, multiculturidad es un término descriptivo, y multiculturalismo normativo. Quienes, desde coordenadas socialistas, criticamos el modelo migratorio, no nos oponemos a la inmigración como si fuera un hecho sociológico per se negativo. La crítica es a la gestión de este fenómeno y al fundamento ideológico que sostiene tal gestión. Hay en esto políticas irresponsables e imprudentes. Se piensa según un cosmopolitismo metafísico alejado del análisis realista y materialista que reconoce los problemas de orden social y convivencia que pueden generar las diferentes formas de entender las relaciones familiares, sociales y culturales derivadas de diferentes cosmovisiones.
¡Ay, esa arcadia global! Sin embargo, hay formas de vida que son incompatibles…
—Vamos a ver. ¿Cómo conciliar en una misma sociedad, por ejemplo, poligamia y monogamia? ¿Cómo compatibilizar la sanción penal de la pedofilia con la permisividad o regulación de los matrimonios infantiles? ¿Cómo compatibilizar formas de vida que han escogido caminos liberales, unas, caminos comunitarios, las otras?
Entre 1998 y 2008, la población inmigrante pasó de 1,2 millones a unos 6 millones. Ello implicó sumar un nuevo habitante de origen extranjero por cada diez autóctonos en tan solo 10 años, una tasa de inmigración no solo inédita en España, sino extraordinaria también desde una perspectiva comparada. En los últimos años, salvo un retroceso temporal causado por el Covid-19, los flujos han vuelto a acelerarse. 860.000 nuevas entradas en 2022. La media de entrada en los últimos años es de más de medio millón de personas. Estos números son inasumibles. De entrada, son incompatibles con la integración que garantiza una convivencia pacífica.
Si un porcentaje nada desdeñable de esta inmigración procede de países con los que no compartimos idioma, principios fundantes de ordenamiento jurídico, ni valores o costumbres
sociales y se acoge, como está sucediendo, de forma masiva, es imposible para el Estado implementar políticas de educación, concienciación e integración que eviten los normales choques culturales o conflictos que se generan. Marginación y guetos es el resultado natural, como ya ha pasado en Francia o en Reino Unido, y vemos que empieza a pasar en España en barrios donde ya se pretende que no sea la ley española la aplicable. A este respecto, quiero recordar que en un reciente informe publicado por el diario The Times se ha revelado la existencia de 85 tribunales de la sharía en el Reino Unido, que operan como instituciones informales aplicando leyes islámicas en asuntos familiares.
A razón de más de medio millón de inmigrantes por año, ¿cómo afecta la incorporación de ese volumen de personas en el mercado laboral?
—El régimen migratorio español es imprudente, cuanto menos, en lo que respecta al ámbito de seguridad nacional y orden público. Pero es que, además, actúa como captador de, en expresión de Marx, un enorme ejército industrial de reserva. Y eso impacta de forma directa y perjudicial en el ámbito laboral. De nuevo, la masividad, tanto en llegadas regulares como irregulares, impide el control eficiente por parte de la Administración del cumplimiento de la legislación laboral. Con mucha frecuencia conocemos noticias de personas inmigrantes explotadas laboralmente, cuando no sexualmente. Ambas realidades posibles por la existencia de las redes de trata y tráfico de seres humanos que lejos de ser perseguidas, son favorecidas por la ineficacia institucional, y por supuestas organizaciones asistenciales no gubernamentales que pactan con los traficantes en nuestras costas las recogidas de personas. Se contribuye así a su comercio.
Según el INE, los inmigrantes tienen, en general, salarios más bajos y peores condiciones laborales. Con estos datos, y las noticias que conocemos cada día de personas inmigrantes explotadas, podemos afirmar que nuestro modelo migratorio está orientado a importar mano de obra barata, próxima a la esclavitud en algunos casos. Con miles de inmigrantes que aceptan por necesidad estas condiciones, no sólo se les explota a ellos, sino que además se contribuye a depauperar las condiciones laborales de los españoles. En lo fundamental, las personas inmigrantes que llegan con una mano delante y otra detrás, y que, además, en muchos casos, provienen de contextos sin organización sindical, son más fácilmente explotables. El modelo migratorio español, en el ámbito laboral, es esclavista para la clase trabajadora extranjera y depauperante para la clase trabajadora nativa.
La patronal empresarial no cesa de demandar inmigrantes. Sin embargo, ya no se repite tanto que son necesarios para sostener el sistema de pensiones. Ahora se justifica la inmigración con el crecimiento del producto interior bruto. —Es obsceno que el Gobierno celebre algunos datos macroeconómicos cuando no están teniendo ningún impacto positivo en la realidad material de lo microeconómico. El PIB está creciendo, sí, y lo hace en un contexto de precariedad laboral, donde gran parte del salario se dedica al alquiler, se nos ha imposibilitado el acceso en propiedad a la vivienda, y tenemos la tasa de pobreza infantil más alta de Europa. Y eso aún hace más imprudente e irresponsable la acogida masiva y continuada de inmigrantes.
Por otra parte, otros datos del Gobierno dicen que los cotizantes extranjeros aportan el 10% de las cotizaciones, pero son el 14% de los cotizantes. Esta diferencia entre cotizaciones y población cotizante refleja de nuevo los menores salarios que perciben los inmigrantes y la devaluación de la fuerza de trabajo en el mercado laboral. Nos presentan cifras absolutas de ingresos y gasto público sin contar con la variación del crecimiento del PIB y la productividad y, sobre todo, sin tomar en consideración que la recaudación es menor por esos trabajos menos remunerados.
Y, de hecho, siguen utilizando la justificación de las pensiones para la inmigración masiva, pero obviando que los millones de cotizantes extranjeros que ya viven en España también son futuros receptores de pensiones. Hace unos meses el Gobierno declaraba que “necesitamos 3,5 millones de migrantes para compensar las jubilaciones de la próxima década”. Por las mismas fechas, la patronal del gran comercio afirmaba que “urge un plan de inmigración para traer trabajadores y cubrir 16.000 vacantes”. Parece que ofrecer salarios dignos a la población desempleada no entra en sus planes.
— Observemos las llegadas por vía marítima. Aún no hay datos de 2025. Las personas contabilizadas en 2024 fueron 61.323, un 12,5% más que el año anterior. ¿Cómo gestionar estos flujos migratorios? ¿Por qué se externaliza su control a países como Marruecos o Mauritania?
—Ya han sido las instituciones europeas, en el Primer informe anual sobre la Gestión de la Migración, las que han dicho que España está “bajo presión migratoria” debido a “un número desproporcionado de llegadas tras las operaciones de búsqueda y rescate en el mar”. Sencillamente no se gestionan estos flujos migratorios porque han hecho del fenómeno de la inmigración un comercio. Este mercado está conformado por redes criminales. Aludiendo a los países que citas, Mauritania
es uno de los lugares desde donde estas redes operan con cayucos y embarcaciones que se dirigen a Canarias. Entonces aparece Salvamento Marítimo, que bien hace, por supuesto, en rescatar a las personas que han arrojado a la deriva los traficantes de personas. Pero también operan múltiples ONGs y otras organizaciones que se dicen humanitarias, en costas y en tierra, financiadas en gran medida por instituciones gubernamentales que, quieran o no, están sirviendo para institucionalizar la trata y afianzar el negocio criminal en que han convertido la inmigración.
Como decía, bien hacen en rescatar a estas personas, pero mejor harían las instituciones en perseguir y penar contundentemente a los traficantes de seres humanos. Por ahora, la política europea migratoria es la simple gestión del libre tráfico de esclavos y el amparo del mercado criminal de la trata.
De Marruecos podríamos decir mucho, empezando por destacar que el país utiliza a su población migrante como arma geopolítica. España lleva años sometida a este chantaje y son constantes las cesiones a Marruecos, como el cambio de postura unilateral de Pedro Sánchez en lo que refiere al Sahara Occidental. En 2025 Mohamed VI, rey sátrapa de Marruecos, indultó a 20.000 condenados. Pues bien, sabemos por autoridades policiales que muchos de ellos terminan en España. Quizás recuerden la detención de un yihadista en Vallfogona de Balaguer el verano pasado, el caso es que fue uno de esos indultados por Marruecos que acabó en España. Supongo que no habrá que explicar el problema de seguridad nacional y ciudadana que esto comporta, además de la imagen distorsionada e injusta que se traslada de toda la población marroquí por los sujetos que Marruecos envía a España.
Desde tu visión de jurista, ¿cómo valoras la aplicación de la Ley de Extranjería?
—Para hablar del régimen migratorio español no solo debemos aludir a la ley de extranjería, sino a todo el marco regulatorio desarrollado durante las últimas décadas. Este marco ha sido improvisado según las necesidades de diferentes momentos, sin tener unos principios programáticos y estrategias a medio plazo claros, y esto ha supuesto el continuo solapamiento de normas. El marco regulatorio se ha fundamentado en criterios utilitaristas de mercado, procurando la introducción de inmigrantes en el mercado laboral sin ser capaz de prever sus consecuencias. Si bien es cierto que de eso debió haberse ocupado el Gobierno desde la política económica, y la norma jurídica dotar, después, de marco regulatorio. En todo caso, sí cabe reconocer positivamente los criterios humanitarios que fundamentan la actual Ley de Extranjería (la Ley Orgánica 4/2000 sobre derechos y libertades de los
extranjeros en España y su integración social), que cuenta con numerosas reformas desde entonces. Se quiso apostar por una política de integración encaminada a conceder a los extranjeros residentes derechos y obligaciones comparables a los de los ciudadanos de la Unión Europea, así como a fomentar la ausencia de discriminación, y al desarrollo de medidas

contra el racismo y la xenofobia. Se reconocieron, entre otros, derechos de reagrupación familiar o la asistencia jurídica gratuita en los procedimientos administrativos que impliquen la expulsión y también en los procedimientos judiciales. Es obvio que esta integración, por lo explicado antes, es cada vez más complicada, y que la ley no podrá ser cumplida mientras no se cambie el modelo migratorio. Se quedan en meras declaraciones las previsiones que ordenan la persecución de la trata y tráfico de seres humanos.
También con criterios humanitarios y de integración se ha elaborado el nuevo reglamento de la Ley de Extranjería, el Real Decreto 1155/2024, de 19 de noviembre. Entre otras cuestio-
El número anual de inmigrantes hace inviable su integración
nes, homogeniza las cinco modalidades de arraigo (social, socioformativo, sociolaboral, familiar y de segunda oportunidad) y reduce de tres a dos años el tiempo mínimo de permanencia en España para acceder a estas vías de regularización. Nada que objetar siempre y cuando la integración y el arraigo sean reales, fehacientes y demostrables.
Sí creo que se debe reformar otro de los instrumentos normativos del marco, concretamente la ley reguladora del derecho de asilo. Considero que se deben concretar más los requisitos de asilo, y que los procedimientos deben ser más rápidos, tanto para beneficiar a quien sí es merecedor de esta protección internacional, como para dejar de amparar a quien no es merecedor de tal protección y lo utiliza como herramienta de entrada, llegando a ser esta figura un coladero incluso para personas con historial delictivo que, por silencio administrativo, permanecen en el territorio legalmente.
La regularización extraordinaria de inmigrantes ilegales es una cuestión que se plantea de forma recurrente. Y ya se han efectuado varias en las últimas décadas… —Entiendo y comparto el discurso de que la regularización supone otorgar derechos y hacer cumplir deberes a las personas. Además, también tiene otros efectos positivos al lograr una mayor integración de las personas inmigrantes por vía laboral, pudiendo ser una herramienta para disminuir la economía sumergida. Ahora bien, se han utilizado las regularizaciones extraordinarias de forma habitual en diferentes legislaturas sin contar con el impacto que tiene en el mercado laboral. Mientras no haya un cambio en la masividad del modelo migratorio, así como una transformación del modelo productivo, las regularizaciones masivas seguirán tirando los salarios a la baja para todos, clase trabajadora nativa y extranjera. Por otra parte, ni las regularizaciones ni las posteriores nacionalidades se deben regalar sin más. El esfuerzo de la integración debe ser real por parte de las personas extranjeras, algo que desde luego no se está alentado con la flexibilización de los requisitos de la figura del arraigo, llegando incluso el nuevo reglamento a no impedir regularizaciones por constar antecedentes policiales no penales. Se debería concretar, en todo caso, el tipo de antecedentes policiales y el tipo de peligrosidad permisible, algo que no se ha hecho en el reglamento.
Cabe destacar que la tasa de paro de extranjeros es del 16%, superior a la de los españoles. Si el porcentaje de paro es superior entre los extranjeros regularizados, es obvio que nos están mintiendo con respecto al asunto de las cotizaciones. Y las regularizaciones tampoco van a solucionar el resto de las fricciones derivadas del actual modelo migratorio. Ahora bien,
que se esté tensionando el mercado de la vivienda merece una explicación aparte porque, desde luego, quienes ante todo merecen ser señalados son los grandes tenedores y los fondos de inversión que especulan con la vivienda. Pero no parece prudente seguir acogiendo masivamente cuando no somos capaces de garantizar trabajo y vivienda ni para los nacionales.
Las regulaciones habituales y masivas, como se ha hecho desde Aznar, suponen un “efecto llamada” a la inmigración ilegal, pues se traslada el mensaje de que, independientemente de la vía de llegada, la situación será regularizada. Algo que tampoco obra en favor de la seguridad de las personas inmigrantes, pues disponen de un gran incentivo para seguir arriesgando su vida al acceder por vías ilegales a España.
Se suele vincular cierta inmigración con el aumento de la criminalidad. ¿Hay datos que respalden esta asociación?
—No se puede hacer una vinculación directa entre inmigración y criminalidad, pero sí debemos analizar todos los factores que determinan los índices de criminalidad si queremos dar una respuesta institucional (preventiva y penal) y social adecuadas. Por mi parte, como abogada penalista especializada en violencia sexual, adelanto las siguientes conclusiones: no hay una causalidad entre inmigración y criminalidad, pero sí una correlación que debe ser tenida en cuenta para la elaboración de la política criminal.
Considero, además, que se está exponiendo a las mujeres y las niñas, de forma deliberada por las irresponsables políticas de nuestros gobernantes, a una amenaza real a nuestra integridad física y moral proveniente de hombres procedentes de contextos más patriarcales que el español. No teníamos suficiente con la violencia sexual de los españoles, que ahora se producen demasiado a menudo violaciones grupales y otras agresiones sexuales por parte de varones que proceden de países, fundamentalmente musulmanes.
Veamos los datos. En primer lugar, hay que señalar el incremento de violencia sexual que se ha producido los últimos años. El Balance de Criminalidad 2024 del cuarto trimestre del año 2024, recoge la evolución de la criminalidad registrada en España durante los doce meses del año. Por tipos penales, los delitos contra la libertad sexual crecen un 5,7% sobre al año anterior. Los delitos contra la libertad sexual con penetración crecen un 6,7%. Y veníamos de un incremento ya muy superior en los últimos años. Este Balance de Criminalidad muestra datos de detenidos e investigados, y por ahora, sin análisis de variables, solo señalo el incremento de este tipo de violencia.
Si vamos al dato concreto de condenados por el tipo de agresión sexual en 2024 (dentro de la estadística se contabili-
El modelo migratorio consiste en importar mano de obra barata
zan también abusos sexuales), vemos que las condenas totales por agresión sexual son 1.389. De estos 1.389 delitos, 735 fueron cometidos por españoles y 654 por extranjeros. Los extranjeros, que representan el 13,37% de la población total, han cometido el 47% de los delitos de agresión sexual condenados en 2024. Por tanto, la población extranjera comete 5,9 más delitos de agresión sexual que los españoles.
A su vez, si desglosamos los delitos cometidos conforme a la clasificación hecha por el INE, observamos una sobrerrepresentación de africanos. De cada 100.000 habitantes africanos, 23 son condenados por agresión sexual; de cada 100.000 habitantes hispanoamericanos, 5,12 son condenados por agresión sexual; y de cada 10.000 habitantes españoles, 1,74 son condenados por agresión sexual. Es decir, a razón de las condenas realizadas, los africanos cometen 13,2 veces más violencia sexual que los españoles. No se puede negar. Hay una sobrerrepresentación de delincuentes africanos.
Si hablamos de violaciones grupales, el 43,3% de los autores de delitos sexuales grupales son de procedencia extranjera, mientras que los españoles que cometen este tipo de delitos suponen un 32,7%. Del 24% restante, se desconoce la nacionalidad. Y entre los países de procedencia de los autores extranjeros destaca Marruecos. Vemos, pues, la presencia excesiva, desproporcionada, de personas que provienen de contextos musulmanes.
Me acusan de racista cuando expongo estos datos, aunque no me canso de afirmar que el problema no es racial sino cultural. Y por cultural debemos entender, más si hablamos de violencia sexual, el híbrido entre religión y educación que conforma la noción “mujer” en cada una de las sociedades que estudiemos. Conviene recordar que, para referirse a la mujer, los musulmanes utilizan términos como hurma (mujer) y harim (harén), y que ambas palabras derivan de haram (pecado, prohibido). Además, en algunos de los países musulmanes de los que más inmigración estamos recibiendo, la discriminación por razón de sexo forma parte de sus ordenamientos jurídicos. Tampoco en sus códigos personales y de familia, muy influidos por el Corán, existe la noción de igualdad entre sexos, y ser mujer implica sumisión y subordinación sexual. Esto es sencillamente incompatible con nuestro ordenamiento jurídico y acervo sociocultural, y tiene un impacto real en la peligrosidad que enfrentamos las mujeres en España.
Si hablamos de violencia de género (violencia de varón a mujer en el seno de la pareja), y vamos al Informe del segundo trimestre sobre Violencia de Género de 2025, vemos que los condenados extranjeros son el 33,29%. De nuevo, observamos una similar sobrerrepresentación de extranjeros. También
hay una sobrerrepresentación de mujeres víctimas extranjeras, que tienen una probabilidad más alta de victimización y revictimización por enfrentarse a barreras adicionales como pueden ser las derivadas del idioma o de un mayor miedo a la interposición de denuncia por su situación de dependencia, familiar o administrativa…
Cabe destacar que en estas estadísticas no se cuentan a los inmigrantes nacionalizados, que son a todos los efectos considerados españoles, y que han sido más de 1.800.000 desde 2013. Otro problema que ocultan las regularizaciones masivas. Por supuesto, en este tipo de delitos uno de los factores más determinantes es la marginalidad, tanto en españoles como en extranjeros. Marginalidad que puede venir conformada por desestructuración familiar o abandono escolar entre otras causas, y a los extranjeros se le suma una mayor dificultad de integración. Hay que analizar y tratar de responder a cada uno de estos factores si pretendemos tener una sociedad más segura. Hay que identificar y analizar todos los factores que están suponiendo un incremento de la violencia, sobre todo sexual, en la sociedad española, si se quiere dejar de exponer a las mujeres y niñas a peligros totalmente evitables.
Hay quienes sostienen que, a fin de no vivificar el racismo, se deben ignorar ciertas realidades…
—Lo que vivifica el racismo es la pésima gestión migratoria que ha habido a izquierda y derecha, la tendencia a la baja de los sueldos, la degradación de los barrios obreros o la tensión del mercado de vivienda que causa este modelo migratorio liberal. Al racismo lo vivifica la callada que dan por respuesta desde la izquierda, cuando no directamente el insulto a quienes, aun también desde las izquierdas, estamos advirtiendo de las consecuencias de sus políticas. Es la izquierda institucional la que está poniendo la alfombra roja a grupúsculos ultras que aprovechan el descontento general y la inseguridad en zonas tensionadas para promover execrablemente la discriminación de los inmigrantes. Es la izquierda institucional la que, con la técnica de avestruz, abandona a tantos trabajadores que, con razón, dejarán de votarles, pero con el peligro de que, por el hartazgo, algunos se radicalicen en opciones indeseables.
Es ofensivo que gran parte de la clase política nos levanten el dedito acusándonos de xenofobia, o nos llamen al silencio diciendo que esta realidad no existe. No existe en sus urbanizaciones seguras y valladas, no existe para quienes viajan en coches oficiales y no existe para aquellos políticos que no pisan un barrio popular ni para hacer turismo. No están política ni moralmente legitimados para decirnos de qué debemos hablar y por qué protestar, cuando ellos no sufren las
implicaciones de sus políticas, y que, aun sabiendo de los problemas que ocasionan para millones de españoles, las mantienen por interés partidista y de su propio rédito económico.
Hablemos de lo cultural. Has afirmado que el velo islámico debe entenderse como un símbolo patriarcal… ¿Dónde hay que poner el límite a la libertad de culto religioso?
—Abogo por la prohibición del velo en el ámbito público por-

que el velo no es solo una prenda, es un símbolo de un islamismo que representa la vulneración de los derechos de las mujeres y la discriminación por razón de sexo. Es un símbolo patriarcal de marcaje sexual que identifica como mujer “respetable y pura” a las mujeres que lo llevan, y como “no respetable” o puta a quienes no lo llevamos. Supone una vulneración de los derechos de las mujeres que lo portan porque en la mayoría de ocasiones, también en países europeos, las mujeres veladas están obligadas o fuertemente condicionadas a seguir otros mandatos sexistas que impiden su desarrollo en
diferentes áreas vitales. Y es una amenaza para las mujeres que no llevamos el velo en tanto en cuanto somos denotadas como mujeres no respetables por varones musulmanes con los que convivimos en sociedad. Por supuesto, esto no tiene que implicar, ni mucho menos, agresiones, pero sí es una idea patriarcal que promueve y justifica las agresiones de los fanatizados que las cometen.
Y cómo será el ambiente en sociedades europeas con más presencia musulmana, como es el caso de Francia, donde, según publicaba la prensa, el 48% de las mujeres ya cambian el tipo de ropa si tienen que coger el transporte público. Y no se puede negar el impacto en esta estadística de las segundas y terceras generaciones, es decir, franceses educados en el islam en Francia. El velo es solo el símbolo, pero a ello hay que sumarle prácticas tan aberrantes como matrimonios forzosos o niñas y mujeres tapadas de cabeza a pies caminando un paso por detrás, literal y metafóricamente, de los varones de la familia. Algo que ya sucede en algunos barrios de España.
Respecto a la libertad religiosa, defiendo el laicismo en el ámbito jurídico e institucional. En el ámbito cultural y educativo, al menos en este momento, creo que se debe dar únicamente espacio a la religión mayoritaria y tradicionalmente profesada. Y me explico: nuestro Estado aconfesional consiguió secularizar, en buena medida, la sociedad, pero ahora se limita a seguir apartando lo cultural católico del ámbito público, mientras lo sustituye por el islam, permitiendo su enseñanza en escuelas, así como el rezo público, festividades o velos en el ámbito cultural e institucional. Son múltiples los ejemplos o las recientes polémicas surgidas en España por ello. Cabe recordar la defensa que la izquierda institucional hizo de la celebración en Jumilla del degollamiento de corderos, una festividad musulmana. Piden manifestaciones religiosas musulmanas en el espacio público mientras se llaman laicos, promueven la religión más misógina mientras se dicen feministas, y aplauden degollar corderos para honrar a Alá mientras se dicen ateos y animalistas.
Si desde los Estado aconfesionales como el nuestro, ante una llegada masiva de inmigración de contextos musulmanes, no solo no se toman medidas excepcionales sino que, por acción u omisión, se promueve el islam, esta religión acabará ganando presencia y acabará empujando una vuelta a sociedades más religiosas. Pues bien, si se quiere sacar las cruces de las paredes, conviene articular y ofrecer un sistema de valores que doten de significado vital y trascendencia, cohesión y pertenencia de grupo. No siendo así, la religión católica está siendo sustituida por identitarismos posmodernos, como el transgenerismo en las escuelas, o desplazada por una religión musulmana que no se anda con contemplaciones. Por eso,
El problema no es racial sino cultural
abogo por un Estado aconfesional que limite la libertad religiosa en el ámbito público ante la expansión de otras religiones que confrontan con lo dispuesto en nuestro ordenamiento jurídico y acervo sociocultural.
¿Y por qué aquellos espacios políticos supuestamente preocupados por la población vulnerable miran hacia otro lado en lo que refiere a la situación de las mujeres en el islam?
—Estamos viendo un repunte de violencia sexual en España, es anómala la semana en que no hay alguna violación cometida por varones inmigrantes, y no hacen ni el amago de condenarla. Montan circos mediáticos con sobrerreacciones como hicieron, por ejemplo, con el pico no consentido de Rubiales (condenable, por supuesto), mientras callan con violaciones grupales atroces si son cometidas por inmigrantes. Es una postura política despreciable, oportunista, sectaria ideológicamente y deshonesta intelectualmente. Lo mismo afirmo sobre aquella derecha que solo denuncia y se solivianta frente a violaciones cometidas por inmigrantes, pero calla ante las cometidas por españoles. La violencia y el mal se debe denunciar por serlo y no solo en los casos en que encaje en tu relato ideológico. Miran hacia otro lado respecto a la situación de la mujer en el islam por sectarismo ideológico, interés partidista y rédito económico. Son defensores de la inmigración masiva y no les interesa la situación de las mujeres en el islam porque es una realidad que les destroza el relato. Se llaman feministas mientras obvian duras realidades que viven miles de mujeres en el mundo y también en España. Recodemos, por ejemplo, la feliz fotografía de Pedro Sánchez con el actual mandamás de Siria, Al Sharaa: el presidente de un Gobierno que se dice progresista y feminista legitimando a un islamista rebanacuellos (y no es una exageración, hay documentos gráficos de este señor jugando al fútbol con cabezas decapitadas).
La última pregunta: ¿Cómo se debería abordar el asunto migratorio dada la situación actual de España? Si se necesitasen inmigrantes, para qué, quiénes, en qué condiciones… —Deberíamos no solo abordar el modelo migratorio sino también el modelo productivo, porque la inmigración de baja cualificación que demanda España es una consecuencia de nuestra desindustrialización. Nuestra principal actividad económica es la derivada del sector servicios, y para esto se demanda inmigración, mientras profesionales españoles formados y preparados en otros sectores emigran por la falta de buenas oportunidades en España. Respecto al régimen migratorio, tenemos un modelo de acogimiento masivo que en la práctica significa una política de fronteras abiertas que impi-
de la integración, así como la garantía de derechos para nativos y extranjeros. Ya se ha señalado el nocivo impacto en el mercado de trabajo, de vivienda, en el ámbito de seguridad nacional, orden público y convivencia ciudadana. Por tanto, debemos abogar por un régimen de inmigración seguro, ordenado y regular, estructurado sobre principios de prudencia política e integración. La seguridad, en primer lugar, para los inmigrantes que arriesgan sus vidas en vías de acceso irregulares, con la complicidad del Gobierno y organizaciones no gubernamentales regadas de dinero público. La lucha contra las redes criminales de tratantes y traficantes de seres humanos debe ser prioritaria. Los procedimientos de asilo deberían, en la medida de lo posible, llevarse a cabo fuera de la UE.
En el caso español, debe cesar inmediatamente la complacencia y aceptación del chantaje migratorio operado por Marruecos. Asimismo, es necesario instar a nuestros gobernantes a reducir las causas profundas del desplazamiento en sus lugares de origen. Es necesario que la política exterior y comercial de la Unión Europea contemple la mejora de las condiciones de vida en los países de origen. Aunque también hay que considerar que quienes logran llegar a España generalmente no son los más vulnerables, pues son “módicos precios”, el equivalente a miles de euros, lo que se les debe pagar a los tratantes para llegar a costas españolas.
Para los inmigrantes que recibamos es imprescindible que nuestro modelo se oriente al arraigo y a la integración. Sin un plan de integración que garantice que las personas inmigrantes tengan los mismos derechos y deberes que los españoles y que, además, se sientan parte de la comunidad política de acogida, los guetos, las zonas no-go e incluso sistemas sociojurídicos paralelos seguirán creciendo, así como crecen los asociados problemas de marginalidad, seguridad, orden público y convivencia.
Son varios y profundos los cambios de orientación, políticas y criterios que deben hacerse respecto a la cuestión migratoria. Mientras no suceda, seguiremos sufriendo las consecuencias ocasionadas tanto por gobernantes de izquierdas como de derechas. Recordemos que, con este modelo, el cacareado derecho a la libre circulación de personas es… lo sintetiza bien la socialista alemana Sahra Wagenknecht cuando afirma que “la utopía izquierdista del libre tránsito de personas es en realidad la distopía capitalista del libre tráfico de esclavos”. No tener miedo a acusaciones falaces y decir lo que se sabe justo y verdad, es lo primero.
Gracias por tus palabras. Un asunto tan importante no debe quedar en manos de demagogos ■

por Miguel Ángel Cerdán
Los españoles, hoy, casi no saben nada de su historia. Y si no lo creen, pregunten a cualquiera, por ejemplo, cuál fue el último país con el que España estuvo en guerra. O el anterior. Les sorprenderá el desconocimiento. Y es que los españoles aún no han aprendido a ser españoles. Y quizá muchos de ellos ya no quieren aprender.
Desidia, apatía y fracaso de las elites españoles en la construcción de la identidad nacional durante el siglo XIX
El 16 de Agosto de 1898, unos días después de que España pidiese el armisticio ante Estados Unidos en la Guerra de Cuba, el político conservador Francisco Silvela publicaba en “El Tiempo” su famoso artículo “España sin pulso”. En él, Silvela se lamentaba de que la Guerra de Cuba “no movió una sola fibra del sentimiento nacional”, que tras la derrota ante Estados Unidos no se alteró ni la vida, “ni costumbres, ni diversiones”, y ello a pesar de la prensa. Concluye advirtiendo de las consecuencias del “menosprecio de un país respecto de su Poder Central”, y del “riesgo del total quebranto de los vínculos nacionales”. Parecía que Silvela fuese un recién llegado, o que no hubiese tenido responsabilidades de gobierno, pero no era así: si algo era Francisco Silvela era ser un hombre de la Restauración. Y sabía y era conocedor y también responsable de la situación, de la coyuntura y de la estructura. Estamos hablando de un siglo XIX en España en el que el sufragio universal masculino no había existido excepto en contadas ocasiones, que cuando se instaura es prácticamente porque no hay más remedio y ya no resulta presentable ante el resto del mundo prescindir de él. Y ante el cual se establecen por supuesto salvaguardias por parte de las élites, tanto de las nacionales como de sus “clientes” provinciales.
Tal vez sea ésta una de las causas de la debilidad del sentimiento nacional español, de la debilidad en la construcción de la identidad nacional española, que tanto en teoría consterna a Silvela. Hay muchas otras. Y las veremos. Pero todas tienen algo en común: provienen de la desidia, de la apatía y de la incompetencia de las élites patrias.
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El nacionalismo ha sido objeto de estudio en abundancia. Sobre todo después de la II Guerra Mundial. Aquí veremos algunas de las Teorías que explican el mismo. Y que pueden ayudar a entender la débil nacionalización de nuestro país a finales del XIX.
En primer lugar tenemos que hablar de Kedourie, quién en 1960 definió las naciones como creaciones artificiales, resultado de la acción de intelectuales al servicio del Estado. Y mediante una educación continuada de la voluntad de la colectividad. Siguiendo esa línea, George Mosse en 1975 hablaba de la “nacionalización de las masas” y abordaba la nación como una construcción social, y no solo intelectual, desde la cultura política.
Más adelante Gellner explicaba que es el nacionalismo el que construía naciones y no a la inversa. En este sentido las culturas superiores tratarían de hegemonizar sus sociedades
en un sentido nacional, para facilitar el crecimiento económico y la legitimación del propio poder. Por su parte, y en la misma línea, Hobsbawn señalaba que las naciones eran artefactos culturales fabricados por las élites gobernantes o aspirantes al poder para movilizar a las masas en su favor. Hablaba pues de “invención de la tradición”
Pues bien, como constató Silvela en 1898, y según estos autores, la creación de la nación española era un completo fracaso. Ni las élites intelectuales habían educado la voluntad de la colectividad, ni había “nacionalización de las masas”. O al menos no la había según los intereses de la élite. Algo que dificultaba su legitimidad, cómo se vería en unas décadas. El artefacto cultural no funcionaba pues a finales del XIX.

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El rasgo estructural que caracterizó a la política española del XIX es que fue por un lado una política de élites para élites. Y en el contrapunto necesario a esta realidad se hallaban la apatía, el desinterés y el retraimiento de la inmensa mayor parte de los españoles. El sufragio fue, en buena parte del siglo, censitario.
En el periodo de la Restauración, y aunque no tenemos datos reales de la abstención dada la falsificación del sistema, lo cierto es que los propios contemporáneos manifestaban como uno de los rasgos esenciales la apatía y el desinterés de los españoles en el sistema político y las elecciones, su “insultante indiferencia”, como recoge Dardé.
La rojigualda fue una bandera tardía. Y discutida.
La historia electoral de la Restauración ha pasado a la Historia con los adjetivos de acompañamiento de caciquismo y pucherazo. En gran parte gracias a Costa y a otros regeneracionistas posteriores. Sin embargo, lo que hubo fundamentalmente fue una política de notables donde se tuvo especial cuidado en mantener apartado al pueblo de cualquier veleidad estructural de participación directa. Había un reparto de papeles entre las élites nacionales y las provinciales, entre patrones como el Duque de Tetuán y caciques provinciales como el Cossi, como bien ha señalado Pérez Arribas. Se establecía un equilibrio a favor de unas élites y de otras, donde cada cual sabía su papel y su destino, unos el Parlamento nacional, otros la Diputación. No es cierto que se estableciese fácilmente el cunerismo y el encasillado en todas las circunscripciones que se quisiese. Había regiones con fama de facilidad para el encasillado, es decir, para que las élites de Madrid o los notables del Reino designasen en el Turno quién iba a ser elegido en el distrito sin oposición (ya se sabe aquello de que es el gobierno quién hace elecciones y no las elecciones la que hacen al gobierno). Y había otras donde había complejas negociaciones y donde las élites locales, con su red de caciques, se hacían fuertes y determinaban quién ocupaba el distrito y salía vencedor una y otra vez, dijese lo que dijese el poder central. Poder central a quien al final le tocaba negociar y plegarse o admitir al “hombre nuevo” de provincias.
En cualquier caso, la gran mayoría de la población española, incluso a partir de 1890, sentía la cosa pública, y más la del Estado, como algo ajeno, como algo que sólo le provocaba desinterés, excepto en el caso de tener que acudir a esa red de caciques o que la red de caciques acudiese a él por cuestiones determinadas.
Por supuesto, y además, estas élites, tanto las nacionales como las provinciales o locales, no pensaban en absoluto en pagar impuestos o en sostener mínimamente a un Estado, que sólo entendían como algo de lo que podían sacar provecho. De ahí que hasta la reforma de Fernández Villaverde en 18991900 el Estado fuese siempre deficitario y no hubiese un míni-
mo de recursos. Recursos necesarios, por ejemplo, para que España dejase de ser un país de analfabetos.
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La alfabetización, las primeras letras, la enseñanza primaria en definitiva, es, según consenso común de los estudiosos, una de las armas principales en el proceso de construcción de la identidad nacional, de lo que se llama nation building. Pues bien, las escandalosas cifras que presentaba España, como bien estudió en su momento Lorenzo Luzuriaga a través de los censos, se traducían en un 63,79 % de analfabetos en el año 1900, con una tasa del 55,78% para los varones y un 71,43% para las mujeres. Mientras, el centro y el norte de Europa presentaban unas cifras mucho más bajas. En concreto, Francia, tomada siempre como ejemplo positivo en el proceso de nation building, tenía apenas un 14% de tasa de analfabetismo. Repitamos: casi un 64% de analfabetos en España en 1900, frente a apenas un 14% en Francia.
En 1900, según cifras totales, para una población de 18,607.674 españoles había 11.870.393 que no sabían leer ni escribir. La evolución en nuestro país había sido la siguiente: en 1860 un 75,52% de analfabetos, en 1887 un 68,0 %, en 1900 un 63,79%. En 1920 todavía presentábamos una cifra de un 52,23% de analfabetismo.

Batalla entre las marinas española y estadounidense

Según Oloriz en el Boletín de la Institución Libre Enseñanza, en 1900 la cifra de analfabetismo en Francia en 1887 era del 36%, para descender a un 14% en 1900, tras notarse ya las medidas de Jules Ferry. En España no se tomarían medidas dignas de esa consideración hasta un par de años después del desastre de 1898. Según Clara Eugenia Núñez, probablemente la mejor especialista española en el tema, sólo Rusia presentaba peores cifras que España a finales del XIX, estando Italia, y sobre todo Francia y Gran Bretaña, muy por delante de nuestro país en alfabetización.
Las causas de este analfabetismo pueden analizarse, como bien indica Clara Eugenia Núñez, desde un doble ámbito, desde el lado de la oferta y desde el de la demanda. Desde el lado de la oferta, como acertadamente señaló en su momento Luzuriaga, eran las provincias con más escuelas por cada 10.000 habitantes las que presentaban menores tasas de analfabetismo. Así Soria, que era la provincia con mayor porcentaje de
Reclutando a los que no podían pagar
escuelas en relación a su población, era una provincia muy alfabetizada. Por el contrario, Jaén estaba a la cola en escuelas en relación a la población y en alfabetización. En el lado de la demanda parece que hay una correlación entre la estructura de la propiedad y la demanda de la alfabetización, siendo muy baja en aquellas donde imperaba el latifundio y por lo tanto las expectativas de los padres, en cuanto a que pudiese mejorar la escolarización las condiciones laborales de los hijos, eran muy limitadas. No podemos dejar de mencionar el caciquismo. Y es que parece ser que aquellas comarcas donde era más fuerte se relacionan con una mayor tasa de analfabetismo. Así, en Castellón, en 1920, con una tasa de analfabetismo del 63,35%, encontramos que eran las comarcas donde el Cossi (el cacique local) había tenido hegemonía, como Lucena (un 72,37%) y Albocácer (71,25%), las que presentaban unas cifras más lamentables.
En definitiva, como señala Espigado Tocino, “decir que España se encuentra descolgada durante todo el siglo XIX de la lista de aquellos países europeos que poseen un aceptable grado de alfabetización sería poco. La (triste) realidad del analfabetismo en nuestro país no resiste comparación alguna con los avances de otros países.”
Esta penosa situación tal vez se entienda si sabemos que España a finales del siglo XIX solo gastaba en educación un 1 % del gasto público total. Repito: un 1%. Por el contrario, “entre 1850 y 1890, entre el ejército, la marina y Gobernación sumaban más del 60 % del gasto total del Estado” según ha señalado Álvarez Junco en Mater Dolorosa, correspondiendo a los militares en 1885 un 49 % del gasto en personal del presupuesto estatal.

La razón de este brutal desequilibrio es que la Ley Moyano de 1857, que articulaba en teoría la educación obligatoria de los niños españoles desde los 6 a los 9 años, establecía en su artículo 97 que las escuelas “estarán a cargo de los respectivos pueblos que incluirán en sus presupuestos municipales como gasto obligatorio la cantidad necesaria para atender a ella”. Fue precisamente por esta época cuando la Ley Madoz procedió a la desamortización de los bienes propios y comunes de los Ayuntamientos, despojando a los municipios de unos recursos vitales para sus respectivos presupuestos. Algo que explica que lo primero que recortaran, y más si los padres no presionaban en sentido contrario, fuese en educación. Se entiende así mucho mejor en cualquier caso ese aforismo que ha pasado al imaginario español de “pasas más hambre que un maestro de escuela”
No fue hasta el desastre de 1898, cuando se vio el escaso fervor del pueblo español, cuando se acometió la creación de un ministerio de instrucción pública nacional, ya en el siglo XX, y se procedió a aumentar el presupuesto estatal, ya con maestros pagados por el Estado y no por los Ayuntamientos, a un 4% del total. Es decir, fue un desastre lo que provocó que se invirtiese mínimamente en Educación por parte del Estado. Algo por otra parte similar, y hay que decirlo, a lo que hizo Francia con Jules Ferry tras el desastre de Sedán. Pero Francia partía de cifras mucho mejores. Cosas de la Revolución y de Napoleón.
Por otro lado, y al margen de los recursos, hay que indicar, como bien señala Álvarez Junco que “en el Plan educativo establecido en 1857, con la Ley Moyano, no se incluyó entre las enseñanzas de nivel elemental una historia de España,
mientras que sí que había ‘Doctrina Cristiana y nociones de Historia Sagrada’. Y es que la Iglesia, con un peso decisivo entre las élites patrias, lo que quería era formar buenos católicos más que buenos españoles. Se convirtió así, al disputar al Estado las competencias educativas, en un obstáculo a la nacionalización de los españoles. Y más cuando aumentó su cuota de mercado a un 30% en 1920. Y para acabar, hay que señalar como ha indicado Carlos Serrano, que nunca hubo escuelas nacionales en tal sentido y por lo tanto la escuela “no consiguió desempeñar un papel central como instrumento de la integración nacional”, a diferencia de lo ocurrido en la Francia de la Tercera República.
En resumidas cuentas, por desidia, desinterés de las élites, el analfabetismo campó a sus anchas en la España del XIX, y la escuela nunca fue motor de nada, y mucho menos de nation building, de construcción nacional.
Ese papel al parecer las élites se lo dejaron al ejército. Y también fracasó. De ello trataremos a continuación.
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En tiempos de la II República, José Calvo Sotelo no dudó en calificar al ejército español como “columna vertebral de España”. Es algo en lo que sin duda, como menciona Martínez Cuadrado, estaba de acuerdo la burguesía, que contemplaba al ejército de España como la más clara salvaguarda del orden establecido. Opinión distinta sin embargo tendría buena parte de la población española, acostumbrada a que servir a la Patria y morir por ella fuera algo exclusivo de las clases medias y sobre todo de las clases trabajadoras y algo ajeno a los ricos, expertos en escaquearse de ello. De esto trataremos a continuación.
Empezaremos, como debe ser, por el principio. Y así señalaremos como en 1900 nuestro ejército tenía 471 generales y 24.705 oficiales, para un total de 146.000 efectivos. En 1920, en pleno auge de la guerra en Marruecos, el ejército de tierra
español tenía 231.000 soldados y 14.100 oficiales. Una hiperinflación de oficiales en cualquier caso en relación al conjunto de la tropa.
Generales y oficiales, los soldados profesionales, eran, como hemos visto “la columna vertebral de España”. Pero, ¿quiénes eran? ¿Y el resto? ¿Y la tropa?
En primer lugar debe señalarse que la Ley constitutiva del ejército, que los más conservadores hacen adoptar en 1878, acentúa los aspectos elitistas, alto-burgueses y nobiliarios de la oficialidad y del generalato. El reclutamiento del cuerpo de oficiales se producía en el seno de la nobleza y del propio estamento militar, admitiendo también a hijos de la media y alta burguesía. Se produce una cesura pues con respecto a la época de la milicia y del voluntariado de otros tiempos.
¿Y soldados de tropa? Pues parafraseando a Cánovas, soldado de a pie español era el que no podía ser otra cosa. Y más en una época en la que España estaba inmersa en frecuentes conflictos, ya fuera en guerras de prestigio, ya fuera en la guerra de Cuba, donde murieron más de 50.000 soldados españoles, ya en Marruecos, donde sólo en el Desastre de Annual en apenas unos días murieron más de 8.000 españoles. Y todos eran españoles, pero al parecer unos, los que morían, eran más que otros. En este sentido, se establecía fundamentalmente el sistema de quintas, es decir, de sorteo, como medio de reclutamiento de la tropa española, y un servicio militar, mediante la ley 10 de enero de 1877, nada más y nada menos que de ocho años, cuatro en el ejército permanente y cuatro en la reserva. La forma de librarse si te tocaba en el sorteo era mediante la redención o el pago en metálico o mediante la sustitución, que consistía en que alguien fuese a servir en el ejército en lugar del que había sido designado en el sorteo. La redención en dinero, es decir el pago de una cantidad por librarte de ir al ejército, ya se contemplaba en la ley de 1851. En 1877 y mediante la ley de 28 de agosto de 1877 se estableció una redención de 2.000 pesetas de la época siempre que se tuviese carrera o profesión. La ley de 11 de julio de 1885 estipuló una redención de 1.500 pesetas si te tocaba en la Península y de 2.000 pesetas si te tocaba en Ultramar. Y estas cantidades, ¿a qué equivalían? Pues bien, si tenemos presente que el sueldo medio era para un obrero en Madrid en 1899 de 2,5 pesetas al día y para un obrero en Zaragoza era de 2,65 pesetas al día en 1908 y de 2,75 euros diarios en 1911, y teniendo en cuenta que el salario medio bruto actual en España es de 28.000 euros al año, la redención en metálico del servicio militar se situaría entre 46.000 euros y 61.300 en 1899 y entre 42.000 y 55.800 euros para 1911. Esas cifras serían las equivalentes actuales para 1.500 pesetas y 2.000 pesetas de aquella
época. Repito, una horquilla que se situaba entre 42.000 euros y más de 61.000 euros actuales. Esas eran las cifras que libraban al sorteado de la posibilidad de la muerte.
Había otra posibilidad. Era la sustitución. Consistía en que otro fuera al ejército en lugar del que había sido designado por el sorteo. En 1877 se establecía que pudiese darse entre familiares hasta cuarto grado. Por supuesto, había que compensar de alguna manera al desgraciado que iba en el lugar del que le había tocado. Y ello implicaba pagarle.
Surgió así alrededor del pago de la redención o de la sustitución un floreciente negocio. Y es que muchos tenían que pedir prestado esa cantidad para poder librarse de ir al ejército. De esta manera hubo un sistema de seguros que recibía el apoyo de los Grandes de España con una rentabilidad que llegó al 16 por ciento durante la Guerra de Cuba. Obviamente no primaba el sentimiento patriótico entre los Grandes nobles de nuestro país, que de paso se embolsaban un 16 % de interés por los préstamos de esta naturaleza.
En cualquier caso, sólo podían librarse del ejército los jóvenes más acomodados de España. Las clases trabajadoras y buena parte de las clases medias no podían asumir un gasto que oscilaba entre los equivalentes 42.000 y más de 62.000 euros.
Un
ejército de curas controlaba las masas de campesinos
Les quedabna por delante ocho años de servicio militar, cuatro en activo y cuatro en reserva. No es extraño pues que estallasen las revueltas y que hubiese una resistencia cada vez mayor. La famosa “Semana Trágica” de 1909 estalló precisamente contra el envío de reservistas a la Guerra de Marruecos.
En definitiva, no hubo un servicio militar universal Iba al ejército el que no podía librarse. Por ello, como dice Álvarez Junco, no hubo efectos “nacionalizadores”, ya que no se convivió con otras personas, no se habló un idioma común y no se dio “un baño masivo e intenso de retórica sobre la necesidad de posponer el egoísmo individual ante el bien común de la patria”. Si la Francia posterior a Sedán atribuyó la derrota ante Alemania en 1870 a un sistema de reclutamiento similar al español y la Tercera República acabó con él, aquí se persistió en el error.
Así, en lugar de establecer un servicio militar verdaderamente universal, la Ley de Reclutamiento de 1912, aunque suprimió la redención en metálico y la sustitución, estableció que aquellos que pagasen o bien 1.000 pesetas o bien 2.000 pesetas de la época tuviesen un servicio militar sensiblemente menor, de diez meses los primeros y de cinco meses los segundos.
En definitiva, se explica así el escaso entusiasmo que mostraban los españoles corrientes por el ejército, su nulo efecto nacionalizador entre la masa de los ciudadanos de nuestro país y que Franco, por ejemplo, no se fiase de la tropa normal y supiese que tenía que recurrir a los soldados profesionales de Marruecos si quería tener una mínima posibilidad de victoria.
En resumidas cuentas, teníamos a un Estado que no ofrecía ningún tipo de servicios en 1900 y aún menos una educación gratuita a sus ciudadanos, pero que exige que se muera por él. Mal camino si se quiere construir Nación. Quedaban los símbolos. Pero hasta en eso, hasta con el himno o la bandera, las élites españolas mostraron su incapacidad y su incompetencia.
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Sin duda los símbolos son importantes a la hora de articular la nation building. Están ciertamente a una distancia no desdeñable de los principales medios, como por ejemplo de la Educación, pero una simbología común y compartida, y reconocida como tal, ayuda notablemente a la hora de cimentar una Nación.
Pues bien, en este sentido debemos empezar reconociendo que la bandera rojigualda española no se ordenó oficialmente que ondeara en todos los edificios públicos hasta 1909. Y no se dispuso que la llevaran nuestros barcos mercantes hasta 1927. Fue pues una bandera tardía. Y discutida.
paña, en himno oficial del país. No tiene letra, siendo uno de los pocos himnos del mundo que no tiene letra. No hace falta decir que cantar un himno común ayuda a quienes lo hacen a sentirse parte de algo común y superior.
Tampoco tenemos una fiesta nacional sin polémicas. Empezó siendo el 2 de Mayo, el día que empezó la resistencia ante el invasor francés en la Guerra de Independencia. Fernando VII puso en cuarentena nuevamente la idea, porque el 2 de Mayo era cosa de liberales, y luego ya no consiguió remontar el vuelo. No fue hasta entrado el siglo XX cuando el gobierno Maura decidió poner una festividad nacional. Y eligió el Doce de Octubre, fecha de llegada de Colon a América.
Cómo vemos no fue hasta el siglo XX cuando se instauraron símbolos nacionales. No fue tampoco hasta ese siglo cuando se decidió que había que acometer sin retraso la nation building, la construcción nacional. No fue hasta el desastre del 98 cuando las élites fueron conscientes de la situación, situación de la que ellas mismas eran responsables.
En cuanto a los símbolos que tuvieron cierto efecto, parece ser que hay consenso en que fueron los toros, la tauromaquia y la zarzuela, los únicos que articularon un sentimiento común de pertenencia. Queda pues todo dicho.
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¿Hemos construido algo, o simplemente nos conllevamos?
Cómo bien nos recuerda Álvarez Junco, la bandera española actual es la que Carlos III estableció para la marina de guerra. Las tropas de los Austrias utilizaban diversas enseñas, como la cruz de Borgoña. Y en la guerra contra Napoleón se usaron diversas enseñas, aunque la rojigualda fue ganando preeminencia, y lo hizo porque Cádiz, una plaza marítima, la usó como símbolo de resistencia contra el invasor francés. Acabada la Guerra de Independencia, Fernando VII la evitó, y en las Guerras Carlistas fue utilizada únicamente por las tropas de Isabel II. Después, la I República utilizó ambas, la rojigualda y la que tenía la franja morada en honor de los Comuneros castellanos, para que después la Restauración volviera al uso exclusivo de la rojigualda. Que sólo ondeó oficialmente en los edificios públicos a partir de 1909. En cuanto al himno, existía desde el siglo XVIII el Himno de Granaderos, que tuvo que competir en épocas liberales y en las dos Repúblicas con el Himno de Riego. Se cantaban también La Marsellesa y hasta Zarzuelas en distintas ocasiones y cuando se embarcaban tropas. No fue hasta 1908 cuando la Marcha de Granaderos se convirtió en el Himno oficial de Es-
Fue Linz, el politólogo español más citado en el mundo, quién diagnosticó que el problema del siglo XIX había sido una crisis de la penetración del Estado, incapaz de influir política y culturalmente en la sociedad a través de la educación y de símbolos. Jover defendió una tesis semejante. Y Borja de Riquer llegó a indicar que el desarrollo de nacionalismos alternativos al español (el catalán o el vasco) se debió a la “escasa eficacia del proceso nacionalizador estatal” en el siglo XIX, con una “débil identidad española”. La idea de Riquer sin duda ha influido también en Álvarez Junco. Pero no son ideas nuevas. Y es que como menciona Núñez Seixas en la discusión del Estatuto Catalán de 1932, el mismo Azaña escribía para sí: “que la República debía pagar ahora el peaje de los deberes que no había hecho la monarquía durante el siglo XIX, esto es, nacionalizar y homogeneizar culturalmente el país, como sí había ocurrido en Francia”. Algo por otro lado de lo que se han percatado diversos hispanistas que han estudiado desde el extranjero la Historia de nuestro país. Así por ejemplo Stantey G Payne no duda en afirmar que la debilidad del fascismo español fue consecuencia directa del escaso fervor patriótico que existía aquí, de la debilidad del nacionalismo español.
El paradigma de la “débil nacionalización”, como dice el mismo Nuñez Freixas, “tiene la ventaja de constituir un es-

Formación de soldados con destino a Cuba.
quema de interpretación compacto y coherente”. Frente a él, “no se ha opuesto un esquema global” digno de ese nombre. Y aunque se insiste por parte de estos autores en que la mayoría de los procesos de construcción nacional europeos en el último cuarto del siglo XIX no eran tan diferentes del español ni éste era tan excepcional, lo cierto es que los defensores de esta no-excepcionalidad utilizan argumentos vaporosos y ambiguos, ausencia de datos y exceso de artículos de fe, y lo que es peor, parten de supuestos nacionalismos periféricos y subestatales ya perfectamente consolidados y autoconscientes con los que en teoría el Estado tendría que negociar e interactuar.
Sin pretender entrar en debates, lo cierto es que la desidia, incapacidad de las élites liberales durante el XIX fue total a la hora de construir una identidad nacional. Tal vez no interesase porque la diesen por supuesta. Pero, como hemos visto, siempre hubo una mezcla entre temor y desprecio de la élite, tanto la estatal como las locales y provinciales, hacía el pueblo español. Eran, podría decirse, dos realidades paralelas. No hacía falta ninguna nacionalización para tener controlado al pueblo español. Para ello siempre había bastado y sobrado la Iglesia con el ejército de curas que controlaba las masas locales de campesinos y no campesinos. Cuando, como no podía ser menos, España tuvo que dejar de estar al margen de los caminos de la Historia, cuando se tuvo que adoptar una política que fuese presentable ante el resto del Mundo, entonces hubo quien se dio cuenta de que podrían llegar problemas. Así, tras el desastre del 98 se tuvo que articular un Estado, y
para ello hacer una reforma fiscal como la diseñada por Fernández Villaverde, y las élites tuvieron que empezar a pagar impuestos, pocos, pero mucho más que antes. El Estado no era ya algo de lo que sólo extraer recursos por parte de las élites. Ya no era sólo un pesebre. También tenía que ofrecer soluciones para los españoles. Entre ellas dar un mínimo de servicios, aunque ciertamente escasos y raquíticos. Y evitar un analfabetismo que impedía cualquier construcción nacional. Sin embargo, ya era algo tarde. Por otro lado, también se debe incidir en cierta debilidad de la construcción nacional de los nacionalismos subestatales en el siglo XIX y principios del XX. Sus burguesías tal vez fueran más poderosas económicamente y tuvieran más conciencia. Pero tenían la misma aversión que las centrales a rascarse el bolsillo. Así, conviene dejar claro que el nacionalismo vasco no pasó de un tercio de apoyo, cuando se dieron elecciones, del total de votos. En cuanto al nacionalismo catalán, sus supuestos éxitos electorales hay que ponerlos en sordina. Y es que a pesar de que Lerroux, el Emperador del Paralelo, ferozmente anti-nacionalista, fue apartado finalmente, lo cierto es que nunca sabremos cual fue el peso real de los nacionalistas. Y ello por la sencilla razón de que los anarquistas no participaron en el juego político. Y la CNT tuvo un peso arrollador en Cataluña. Basta contemplar el entierro de Durruti. Como muy bien señala Núñez Freixas, la CNT, en tiempos de la República, “era indiferente hacia la cuestión nacional”, española o catalana. Algo que tal vez explique la débil nacionalización española en 1900.
En cuanto a la evolución posterior a 1900, la aparición, como reacción ante un nacional-catolicismo, de un nacionalismo jacobino liberal y otro federal en el lado del nacionalismo español, excede este trabajo. Pero conviene precisar que esos nacionalismos españoles se concibieron uno contra el otro, contra los otros nacionalistas españoles, contra la Anti-España o contra los periféricos. Lo mismo que los periféricos se concibieron contra los españoles. En este sentido nada mejor que leer a Arana o las Bases de Manresa para entenderlo.
Por último, recordemos lo que dijo Azaña: que tocaba pagar el peaje de lo que no había hecho la monarquía del XIX en el sentido de construcción de una identidad nacional. Casi un siglo después de las palabras de Azaña, ¿dónde estamos? ¿Hemos construido algo, o simplemente nos conllevamos? Y si es así, ¿hasta cuándo?■


En el panorama cinematográfico contemporáneo, pocos directores han explorado con tanta persistencia y profundidad los abismos del alma humana como Martin Scorsese. Su trilogía criminal: Mean Streets (1973), Goodfellas (1990) y Casino (1995), constituye un viaje desgarrador por los submundos del crimen organizado, pero tras la superficie de violencia y exceso subyace una preocupación teológica que transforma estas narraciones en auténticos dramas morales. Scorsese, el seminarista frustrado, utiliza el cine como confesionario, donde sus personajes buscan una redención que parece siempre elusiva en un mundo gobernado por códigos distorsionados de honor y traición.
Esta trilogía representa más que simples crónicas criminales; son estudios antropológicos de una sociedad estadounidense observada desde sus márgenes, y autobiografías espirituales filtradas a través de personajes atrapados entre la culpa católica y la sed de violencia. La conexión entre pecado y salvación, entre el impulso criminal y el anhelo de gracia, define el núcleo de estas obras, creando un cine de extraordinaria complejidad moral.
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Para comprender la obsesión de Scorsese con la violencia, es esencial retornar a sus raíces en Little Italy, Manhattan, durante los años 40 y 50. Criado en Elizabeth Street, el joven Martin fue testigo de una realidad dual: por un lado, la estricta devoción católica de su familia, con sus rituales, misas y el constante recordatorio del pecado; por otro, la violencia cotidiana de las calles, donde la ley no era la del Estado sino la de la mafia local. «Desde la ventana de nuestro apartamento podía verlo todo», recordaría Scorsese años después. «Las peleas, las amenazas, los negocios turbios. Pero al mismo tiempo, mi madre me llevaba a la iglesia donde me hablaban del infierno y la redención». Esta dicotomía fundamental (la calle y la Iglesia, el pecado y la penitencia) estructuraría para siempre su imaginario creativo.
La violencia en Scorsese nunca es gratuita porque nunca lo fue en su experiencia infantil. Era una violencia con consecuencias, con rituales, con códigos. Un lenguaje. En Mean Streets, su primera exploración madura de este mundo, esta educación se manifiesta en la forma casi
por Javier Enríquez Román

documental con que retrata la vida callejera: la violencia no como espectáculo sino como tejido social, el aire que respiran sus personajes.
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Mean Streets establece los fundamentos teológicos y estéticos que Scorsese desarrollaría en sus obras posteriores. La película comienza con una declaración de principios: «No expías tus pecados en la Iglesia. Los expías en la calle. Los demás en casa». Charlie (Harvey Keitel) es el alter ego más directo de Scorsese: un católico atormentado que intenta conciliar su fe con su vida criminal. Sus gestos rituales (introducir la mano en la llama de una vela mientras reza) visualizan esa tensión entre el deseo de purificación y la atracción por el peligro. La violencia aquí es íntima, caótica, sin la sofisticación que algunos críticos detectarían posteriormente en Goodfellas
La escena inicial en la pista de baile, coreografiada al ritmo de Be My Baby de The Ronettes, establece otro elemento clave: la violencia como espectáculo, como performance para una comunidad que la normaliza. Charlie observa desde los márgenes, siempre el espectador participante, como el propio Scorsese mirando desde su ventana en Elizabeth Street. La culpa en Mean Streets es visceral, corporal. Se manifiesta en migrañas, en sueños angustiosos, en la incapacidad de disfrutar los placeres que el crimen propor-
ciona. La redención que Charlie busca a través de proteger al autodestructivo Johnny Boy (Robert De Niro) sigue la lógica de las obras de misericordia, pero en un contexto donde toda acción buena está contaminada por su origen en actividades criminales.
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Con Goodfellas, Scorsese lleva su exploración a una escala épica. La violencia aquí adquiere dimensiones mitológicas mientras documenta la ascensión y caída de Henry Hill (Ray Liotta). La famosa secuencia del plano secuencia a través del Copacabana, siguiendo a Henry y Karen (Lorraine Bracco), no es sólo un alarde técnico: es la representación visual de un mundo entero que se abre ante ellos, un universo alternativo con sus propias reglas, recompensas y rituales.
La violencia en Goodfellas es una moneda de dos caras: por



La violencia en Scorsese nunca es gratuita

un lado, brutal y repentina (la escena de Billy Batts); por otro, metódica y casi burocrática (el día del entierro con múltiples asesinatos intercalados). Esta dualidad refleja la naturaleza del crimen organizado como negocio y como cultura. Scorsese muestra cómo la violencia se institucionaliza, se hace rutina, pierde incluso su impacto emocional para los perpetradores.
El elemento católico aquí es más sutil pero no menos crucial. Henry Hill busca en la mafia lo que otros buscan en la Iglesia: comunidad, identidad, propósito. «Ser alguien en un mundo de nadies», como él mismo dice. Los rituales del crimen reemplazan a los sacramentos: la «iniciación» reemplaza al bautismo, la lealtad a la comunión, la traición al pecado mortal.
La escena final, con Henry mirando paranoico desde su ventana, es el reverso de la secuencia del Copacabana. Ahora es prisionero en un mundo reducido, atrapado en el purgatorio del programa de protección de testigos. Su castigo no es la muerte sino la banalidad, condenado a vivir la vida «normal» que siempre despreció. La redención, si existe, es irónica: salva su vida perdiendo su alma.
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Si Goodfellas era sobre ascensión y caída, Casino es sobre la creación y destrucción de un mundo completo. Sam «Ace» Rothstein (De Niro) construye en Las Vegas un imperio basado en el
control absoluto, la superstición y la racionalidad perversa del juego. Las Vegas es aquí la Roma decadente, Babilonia, la ciudad del pecado por excelencia.
La violencia en Casino alcanza proporciones casi bíblicas. No son sólo actos individuales sino fuerzas cósmicas que destruyen todo un sistema. La escena del coche bomba que casi mata a Rothstein (De Niro) es un auténtico Armagedón personal, filmada con una intensidad que trasciende lo criminal para convertirse en mitología.
La conexión católica se manifiesta en la estructura misma de la película. Casino es un relato sobre la caída de la gracia, sobre cómo el exceso conduce inevitablemente a la destrucción. Ace Rothstein es un peculiar dios creador que diseña su propio paraíso (el casino) solo para verlo corrompido por los vicios que él mismo explota. Su meticulosidad, su superstición (la escena de la ropa azul), sus rituales, son secularizaciones de prácticas religiosas.
Ginger (Sharon Stone) representa la tentación en estado puro, el objeto de deseo que destruye al que la posee. Nicky Santoro (Joe Pesci) es la encarnación del pecado sin culpa, la violencia como fin en sí mismo. Entre ellos, Ace intenta mantener el orden, creyendo que puede controlar fuerzas que finalmente lo superan.
El monólogo final de Ace resume la visión desencantada de Scorsese: «Al final, lo perdimos todo». La violencia aquí ha consumido no sólo vidas sino todo un universo. Las Vegas se transforma, se Disneyfica, y los sobrevivientes de la guerra quedan como fantasmas en un mundo que ya no reconocen.
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A lo largo de la trilogía, Scorsese desarrolla una teología particular de la violencia. No es sólo un instrumento narrativo sino un sacramento invertido:
Su mirada es compasiva pero no sentimental
un acto ritual que, en lugar de conferir gracia, confirma la caída. La violencia en estas películas sigue patrones litúrgicos: tiene sus rituales (los asesinatos metódicos), sus espacios sagrados (los bares traseros, los callejones), sus jerarquías (quién puede matar a quién). Esta ritualización alcanza su punto más extremo en Casino, donde hasta las palizas son administradas con cierta ceremonia. Pero incluso en su forma más caótica, como en Goodfellas, la violencia nunca es anárquica: responde a códigos, a tradiciones, a una lógica interna que los personajes comprenden perfectamente.
Scorsese filma la violencia con una mezcla de fascinación y repulsión. Los planos rápidos, las cámaras en movimiento, los sonidos amplificados, crean una experiencia sensorial total que nos sumerge en el momento. Pero siempre hay una distancia crítica, a menudo establecida a través de la música (el contraste entre la violencia y las armonías de los años 60) o a través de la voz en off que racionaliza lo irracional.
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La culpa católica funciona como motor narrativo de toda la trilogía. En Mean Streets es explícita, tematizada; en Goodfellas se vuelve reprimida, emergiendo solo en momentos de paranoia; en Casino se transforma en nostalgia por un orden perdido. Pero en los tres casos, la sombra del pecado original persigue a los personajes. Scorsese muestra cómo esta culpa se distorsiona en el ambiente criminal. En lugar de conducir al arrepentimiento, se convierte en otra mercancía más para negociar. Los personajes hacen «actos de contrición» pagando a la iglesia con dinero robado, buscando absoluciones parciales que les permitan seguir pecando. Es una teología de conveniencia que refleja la hipocresía de sistemas morales que los personajes no abandonan, pero tampoco toman en serio.
más significativos del cine contemporáneo porque trasciende su género para convertirse en exploración existencial. A través de la violencia y el crimen, Scorsese aborda preguntas fundamentales sobre la culpa, la redención, la comunidad y el sentido. Su catolicismo no es dogmático sino problemático, una fuente de tensiones más que de respuestas. Sus personajes buscan a Dios en los lugares equivocados (en el poder, en el dinero, en la violencia ritualizada) y encuentran sólo ecos de su ausencia. Pero en esa búsqueda fallida hay una dignidad trágica, una humanidad que sobrevive incluso en los actos más inhumanos.
Scorsese no glorifica ni condena fácilmente. Su mirada es compasiva pero no sentimental, crítica pero no moralista. Nos muestra el infierno, pero sin dejar de buscar, entre sus llamas, destellos de esa gracia que sus personajes anhelan y nunca alcanzan. En última instancia, estas películas son actos de fe cinematográficos. Fe en el poder del cine para explorar los abismos más oscuros del alma humana. Fe en que incluso las historias más violentas pueden contener verdades espirituales. Fe en que el arte puede redimir lo que la vida condena. Scorsese nos confronta con nuestras propias complicidades y contradicciones, recordándonos que la línea entre santo y

Robert De Niro junto a Martin Scorsese
pecador, entre fe y violencia, entre salvación y condena, es más tenue de lo que nos gustaría creer.
La escena en Goodfellas donde Henry lleva a Karen a conocer a su madre, y ésta les regala un cuadro de Jesús con ojos que «te siguen», encapsula esta relación perversa con lo divino: Dios como testigo incómodo, como conciencia externalizada que no puede ser silenciada del todo.
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La trilogía de Martin Scorsese representa uno de los logros
Como el propio director ha dicho: «Todos tenemos una idea del paraíso. El problema es llegar allí sin destruirnos en el camino». Sus personajes criminales son peregrinos fallidos en ese camino, y sus historias, a pesar de su brutalidad, son finalmente historias de búsqueda: de significado, de pertenencia, de algo que trascienda la mera supervivencia en un mundo roto ■

TIERRA BALDÍA. UN MUNDO EN CRISIS PERMANENTE (2025)
Robert D. Kaplan. RBA, Barcelona. 300 páginas.
El polémico periodista Robert D. Kaplan, autor de La venganza de la geografía o El telar del tiempo, y miembro del consejo asesor del Departamento de Defensa estadounidense, vuelve a la carga con un entretenido y ambicioso ensayo sobre el momento de crisis actual. Aunque si echamos la vista atrás, cualquier época parece verdaderamente crítica. Aun así, es cierto que nuestra percepción inmediata no nos conduce al optimismo. Vivimos momentos por lo menos inciertos, plagados de conflictos sin resolver desde hace décadas y siendo testigos de nuevas situaciones explosivas que no formaban parte del guion previsto. Es ya casi un tópico recurrir al ejemplo de la malhadada república de Weimar para intentar concienciarnos de los peligros sin cuento que nos acechan, estableciendo similitudes y paralelismos, no siempre del todo justificados, entre la Alemania que gestó el nazismo, tras la derrota en la Primera Guerra Mundial y el duro Tratado de Versalles, y las actuales democracias liberales, acosadas por nuevos extremismos, por políticos sin escrúpulos y especuladores despiadados.
A establecer ese paralelismo es a lo que dedica Kaplan la primera, y quizás mejor, de las tres partes en que divide su ensayo: “Weimar se hace global”, “Las grandes potencias en declive”, y “Multi-
tudes y caos”. Algunos de los puntos expuestos no sorprenden, basta con leer la prensa para hacerse una idea aproximada del declive norteamericano, del auge de China o India o de la extraordinaria relevancia de las redes sociales en la nueva política, superando, con creces, el papel movilizador de la prensa en la pasada era Gutenberg. Todo eso lo sabemos, aunque Kaplan, seguramente, sabe de ello bastante más que cualquiera de nosotros. Lo que no está tan claro, evidentemente, son las conclusiones o las esos conocimientos. Goethe, es bien sabido, prefería la injusticia al desorden, pero Kaplan no es Goethe, y sus preferencias quedan lejos de ser debidamente justificadas. Su aversión al comunismo no es suficiente para reivindicar la dinastía de los Romanov. Y buena parte del libro está apoyada, precisamente, en esa aversión al comunismo.

para los próximos años pero que ofrece pistas para poder sofocar muchas de las amenazas.
Pocos discutiremos sus reivindicaciones de la estabilidad, la moderación, el hábito o incluso la tradición, enmarcándolas en ese conservadurismo antropológico que tan necesario se nos antoja en estos tiempos de vértigo, pero ese conservadurismo no puede convertirse en una excusa que impida la novedad, el progreso o los cambios. De hecho, lo difícil está en discernir cuáles son los cambios no solo legítimos sino necesarios que hay que llevar a cabo, delimitar lo que no debería mancillarse y promover un progreso razonable y sostenible que no excluya a nadie. Y para realizar ese escrutinio es útil el pesimista libro de Kaplan, un ensayo que pocas cosas buenas augura
Además del acercamiento a la Alemania de la República de Weimar, Kaplan elogia profusamente a Solzhenitsyn, recupera la figura denostada y muy interesante de Spengler, recuerda cómo el mundo se está haciendo cada vez “más pequeño”, denuncia las prácticas de “cancelación” y hace un repaso de la actual geopolítica. Son muchas cosas, quizás demasiadas para un ensayo ambicioso que abarca muchos temas sin profundizar debidamente en ellos. Claro que se lee con interés, pues todos los asuntos merecen atención, y el estilo provocativo sirve de anzuelo, pero Kaplan se muestra demasiado cautivo de sus prejuicios y poco convincente en defenderlos. Una lástima.
Antonio García Vila
EL DISTURBIO ETERNO (2025)
Joe Sacco.
Reservoir Books, Barcelona. 144 páginas.
27 de agosto de 2013. En Kawal, un pueblo del estado hindú de Uttar Pradesh explota una revuelta entre la población musulmana y la local. Dos jóvenes hindúes apuñalan hasta la muerte a otro joven musulmán. Tras los hechos, una multitud apresa y lincha en público a los dos asaltantes. Esto provoca una escalada de violencia en las calles del pueblo. Es un conflicto que hunde sus raíces profundas, llegando hasta el año 1947 y la descolonización de India y Pakistán. Tiene su pico de violencia en 1992 y, desde entonces, no han parado de crecer las tensiones y las revueltas entre ambas facciones. Joe Sacco, conocido por sus crónicas periodísticas en formato cómic, se embarca en la aventura de conocer toda la verdad sobre el conflicto, en alumbrar los recovecos y detalles del suceso que ha reiniciado el ciclo de violencia en la región. Y, para ello, tendrá a los periodistas locales como guías y aliados.
El cómic arranca con Sacco y sus aliados en un taxi, a toda velocidad. La realidad se presenta esquiva, difícil de aprehender. Siempre llegan tarde al estallido de violencia y tienen que escuchar la versión de otros. Sacco pretende ver el disturbio con sus propios ojos, para poder dibujarlo sin mediaciones. Buscar la verdad es como ir en un taxi cuyo conductor no tiene muchos escrúpulos, ni con la
circulación ni con los baches de la carretera. En su búsqueda, Sacco descubrirá la profunda grieta que existe entre musulmanes e hindúes. No solamente es el eterno conflicto entre religiones, sino también el miedo al otro, a abusar de sus mujeres, a que te impongan sus costumbres, al exterminio. Los musulmanes suponen una quinta parte de la población y se dedican a realizar las tareas rurales que no quieren hacer los hindúes. Al final, podría tratarse también de un conflicto de clases, entre ricos y pobres. Joe Sacco se pregunta si todo se reduce a eso. “Si ocurre algo, en el centro no encontrarás a nadie”, le dice uno de los múltiples jóvenes que entrevista para encontrar ese testimonio limpio, recto, neu tral, que n o esté lamido por las llamas del odio y la intoxicación grupal.
Se conoce tradicionalmente al panchayat como la reunión de los sabios para arreglar los problemas de la gente. Los últimos panchayat han acabado en baños de sangre. Lo más descorazonador de este conflicto no es que nos resuenen las razones de uno u otro bando para emplear la violencia, si no que las autoridades políticas no solamente no pueden pararlas si no que las alimentan. Les viene bien en su eterno juego político, tanto a los partidos musulmanes como hindúes. El voto es otra arma que es-

Y cómo dibuja a las multitudes. Joe Sacco nos contó en su charla de la Fundación Telefónica del pasado mes de noviembre que es un dibujante old school que no usa herramientas digitales. Se encierra en su casa de Portland a dibujar a mano con plumilla, lápices y papel, como una especie de meditación en trance en la que dibuja con todo detalle la cara de los miles de personas que pueblan las páginas del cómic. Dice que se imagina la madre de todas las personas que conforman la masa violenta. Eso es precisamente lo que la hace tan aterradora.
grime la masa, como la espada o las barras de hierros. Votan en contra del otro. ¿Os suena de algo?
La obra de Sacco está dedicada a los periodistas locales que le guiaron en su aventura. Esos periodistas sin medios ni herramientas más que sus preguntas exhaustivas, escarbando en nombres y apellidos de uno y otro bando para buscar la verdad. Así, Sacco encuentra en estos periodistas a esa figura neutral, apartada de las llamas de la barbarie.
Ignacio Nava Laiz
LEONERA (2025)
Fernando León de Aranoa
Seix Barral, Barcelona. 191 páginas.
Un epílogo (que hace funciones de prólogo) y cien piezas breves componen el último libro (de título muy mejorable en mi opinión) de Fernando López de Aranoa (FLdA). No hace falta presentarle: como guionista y director ha conseguido 21 Premios Goya de la Academia de Cine. Entre sus películas premiadas, dos no olvidadas Los lunes al sol y El buen patrón
Sí cabe recordar algunas de sus obras literarias: Contra la hipermetropía (2010) y Aquí yacen dragones (2013), y sugerir la lectura de la solapa interior (autobiográfica) que ha escrito el propio FLdA para el libro.
Se destaca en la contraportada:
que lo haya pretendido, un género literario propio con Leonera.
Empero, son muchas las virtudes y excelencias que el lector observará en Leonera. Entre ellas, además de la cuidada y potente prosa, el juego de paradojas y una marcada sensibilidad filosófica, Ligero equipaje. Solo este excelente y conmovedor cuento justifica la edición del libro. Apunto otras preferencias mías: La relevancia de los parques, El
En otros casos, la autoría no es propiamente suya en mi opinión.
Tres ejemplos (hay más): NK= No al revés “Es el hombre, no al revés, el que ha creado a Dios a su imagen y semejanza” ¿Feuerbach? OK El imbécil… “Si el que no sabe nada sabe que no sabe nada, en realidad lo sabe todo”. ¿Sócrates? PK Generalizando. “Decir que no se debe generalizar es también, conviene no olvidarlo, generalizar”. Son numerosos los filósofos de la ciencia que lo han comentado.

“Declarado admirador de las Prosas apátridas de Julio Ramón Ribeyro [se nota su influencia en el libro, como se nota la presencia de Cortázar y Borges], FLdA ha creado un género literario propio entre el cuento, el microrrelato, el aforismo y el diario para ofrecer breves epifanías sobre el amor y sus contrarios, sobre el paso del tiempo, la familia y la amistad, la creatividad y la imaginación” [el énfasis es mío]. Pero no es el caso. Se trata de una imprudente exageración que el propio FLdA debería haber corregido: FLdA no ha creado, ni creo
error de Newton, Hotel para matemáticos, El amor, Los mismos, etc.
Apunto también algunas observaciones críticas:
NK Son varios los textos en los que FLdA parece dirigirse a lectores hombres, excluyendo a mujeres. Hay una mirada, un decir y un pensar en exceso masculino en algunos momentos (que no son pocos).
OK Son interesantes (y bellos) algunos de los aforismos que nos obsequia su autor.
PK Mala elección en Simbiosis. “A las afueras de una ciudad lluviosa, al norte, se erigen tres edificios adyacentes y consecutivos: un hospital oncológico, uno de servicios funerarios y un local de striptease. La vida, siempre al lado de la muerte”. Además de que la vida no siempre está al lado de la muerte, ¿de verdad que un local de striptease en señal de vida? ¿De qué vida?
QK En el epílogo-prólogo señala FLdA: “Nunca me ha asustado la página en blanco, lo que me aterra es la página pautada. Busca la ciencia dar respuesta a los temores atávicos del ser humano, tranquilizarlo. El arte persigue profundizar en sus miedos, sembrar la duda, cuestionar sus certezas. Maldita sea la ficción que pretende lo contrario”. No sé si toda ficción pretende cuestionar y sembrar dudas (en mi opinión, no toda); pero hay mucha y buena ciencia que no pretende tranquilizarnos. Todo lo contrario, como la ficción a la que alude FLdA
Salvador López Arnal
LA HAMBRUNA ESPAÑOLA (2025)
Miguel Ángel del Arco Blanco Crítica, Barcelona. 473 páginas.
“Tened presente el hambre / recordad su pasado”, escribió Miguel Hernández, consciente de la historia de las hambrunas que se vivieron en el mundo y en una de las cuales, la española de la posguerra, falleció enfermo el poeta en la prisión franquista de Alicante, después de haber escrito uno de los poemas más conmovedores de la literatura en español (Nanas de la cebolla), inspirado en el hambre de su propio hijo.
Durante toda la dictadura y aún entre los historiadores revisionistas mucho más tarde, pervivieron tres mitos para justificar el hambre en el transcurso de los primeros años de la posguerra. El primero se basaba en los efectos de la contienda, culpando del desastre a las hordas rojas. Sin embargo, según Miguel Ángel del Arco Blanco, las consecuencias de la guerra no fueron especialmente devastadoras por sí mismas no sólo para explicar la hambruna sino también toda una década de hundimiento económico. Tampoco el mito del aislamiento internacional es válido, porque durante la Segunda Guerra Mundial el alineamiento del franquismo con el nazifascismo supuso que España exportase materias primas y alimentos a Alemania, dando lugar con ello al bloqueo que los aliados impusieron a España. En cuanto a la pertinaz sequía, el tercer mito, no fue especialmente seca la década de los
cuarenta, sobre todo si se compara con la de los años treinta y cincuenta.
Los años más duros de esa hambruna van de 1939 a 1941, con una prolongación en 1946. En los tres primeros años fallecieron en nuestro país más de 200.000 personas, bien fuera por inanición o por enfermedades derivadas de una mala alimentación. Sin despreciar los efectos de la guerra, esa hambruna estuvo motivada por las medidas económicas basadas en la política autárquica del régimen, que pretendía un autoabastecimiento que resultó nefasto. Andalucía, Extremadura y Murcia fueron las regiones donde más se dejó sentir el hambre. Su autor califica esa hambruna como la hambruna de la Victoria, puesto que las lógicas del castigo a los vencidos se extendieron a la gestión del hambre y acabaron con la vida o sumieron en la miseria a muchos republicanos y a sus familias.
El libro recurre a la historia económica, médica, relaciones internacionales, política, demografía o cultural, sin que falten la antropología o la geografía; sin olvidar la mención a autores que, como Agustín Gómez Arcos (El niño pan) o Miguel Delibes (Las ratas), ofrecieron un testimonio realista de aquel tiempo.
A pesar de aquella soflama franquista Ni un hogar sin lumbre, ni un español sin pan, a la que respondería una pintada con Menos Franco y más pan blanco que llegó a costar la cárcel a su autor, una corrupción generalizada en todas las esferas de la administración contribuyó con el control de alimentos y el estraperlo a que la hambruna fuera especialmente cruel y una herramienta de control y

represión: los estómagos vacíos se convirtieron en instrumento de desmovilización política, por aquello de que la revolución de los hambrientos puede acabar al llegar a la panadería más cercana.
Con la lucha por la vida en aquella España hambrienta concluye Gómez Arcos su libro, que conceptúa como una obra escrita para el futuro: «Habla de una hambruna que sucedió hace décadas, pero en el fondo se ocupa de por qué las hambrunas aparecen, cómo tienen lugar, quiénes son sus víctimas y qué resultados provocan. Y de cómo son silenciadas y negadas por el poder. Estas fueron y son crímenes contra la humanidad [ahí tenemos lo ocurrido en la Franja de Gaza] que forman parte de nuestra historia más oscura, de nuestro presente más terrible. Tras ellas se esconde la mano del ser humano, que entierra las vidas de seres sin nombre».
Félix Población
PEQUEÑAS CAJAS DE PANDORA
EL BASAR DE LES SORPRESES (2025)
Albert Beorlegui i Tous Stonberg Editorial, Barcelona. 222 páginas.
En un panorama donde los libros de divulgación suelen reunir curiosidades y conocimientos en capítulos breves y temáticos, El bazar de las sorpresas de Albert Beorlegui i Tous (Sabadell, 1971) destaca por su frescura y vitalidad. El volumen recoge 23 de las 361 secciones emitidas entre septiembre de 2016 y julio de 2024 (que ya va por la décima temporada) en la sección homónima del programa matinal de Xavi Bundó los fines de semana en RAC1.
Su claridad y su capacidad expositiva para despertar curiosidad sin saturar no difieren de su locución ni de la naturalidad con la que se expresa ante los micrófonos. A través de capítulos de seis páginas ordenados alfabéticamente y estructurados con una fórmula tan pensada como aparentemente espontánea, su estilo recorre un amplio abanico de nociones desplegadas en el espacio y en el tiempo, capaces de llevar al lector hacia correlaciones del todo insospechadas. Por ejemplo, de la mítica Casandra al ególatra y brillante enemigo de Batman, Enigma, pasando por El mercader de Venecia. Cada entrada se origina en una noticia, un hecho o una anécdota que deriva en una observación con la que se llega al núcleo central: una noción, una palabra o un obje-
to en torno al cual se despliega un arco temático que abarca la ciencia, la etimología y el arte, se detiene en la ópera y la música clásica, y desemboca siempre en el cine, que es la gran pasión y la cornucopia de experiencias y conocimientos de Beorlegui. En estos trayectos no descuida las expresiones, los giros idiomáticos ni la lengua; como tampoco la historia de determinados productos: de dónde provienen, dónde se fabrican hoy en día o cómo han evolucionado en su esencia, finalidad y/o tipología.

Cada capítulo resulta cercano, entretenido, variado y, a su vez, unitario en forma y estructura, porque todo está bien calculado gracias a la experiencia y la cultura de un comunicador que, como los grandes maestros, sabe disimular las aristas más dispares de lo que quiere contar bajo el velo de la espontaneidad, la fluidez y la lógica en el orden interno del relato. Y es que su trabajo parte de una amplia labor documental, a medio camino entre la propia de un
historiador y la de un periodista observador del mundo, motivada por su pasión por Tintín, que tanto lo marcó durante la infancia y la adolescencia. Beorlegui demuestra una habilidad tan sencilla como oportuna, y tan evidente como eficaz, para ensamblar lo abstracto y lo concreto, lo pragmático y lo inspirador, tejiendo hilos argumentales a partir de hechos o historias inverosímiles, paradójicas, fascinantes, emotivas y/o motivadoras. Su verbo llano y accesible para todos los públicos nos atrapa en su expresión decorosa en la que se percibe una sensatez impregnada de ironía y un punto juguetón en ciertos comentarios personales que, entre otras virtudes, caracterizan a un divulgador que es también un descubridor de talentos.
En este sentido, es uno de esos libros que, después de leídos, nos animan a retar al amigo pedante, al suegro o al cuñado (mejor este último) a una partida de Trivial. Y es que este bazar de las sorpresas aporta una “culturilla” que, en el fondo, habla de nosotros como sociedad, como especie, como seres humanos, y de la vida misma. Por eso vale la pena saborearlo y dosificarlo: uno o dos capítulos al día, descubriendo que, en el fondo, es una especie de caja de Pandora; como aquel programa que durante quince años dirigió y presentó en Ràdio Sabadell, del que se reconoce la esencia y el tono, al menos para quienes, como colaboradores ocasionales, lo vivimos desde dentro. Y también, por supuesto, como oyentes.
Albert Ferrer Flamarich

Alessandro Scassellati


El contramovimiento
¿Estamos saliendo de la crisis del neoliberalismo por la derecha o por la izquierda?
Para mucha gente, sobre todo para muchos jóvenes, los términos “izquierda “ y “derecha” son confusos o carecen de significado real.
Según la tesis de Polanyi, el auge del fascismo en el siglo XX se produjo como reacción a la desregulación liberal. Fue un contramovimiento.
Hoy, tras la crisis financiera de 2008 y décadas de globalización neoliberal, asistimos a un nuevo contramovimiento.
