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DEL CIPRÉS
APUNTES Y REVELACIONES
Sábado 9.05.15 EL NORTE DE CASTILLA
Fragmentos del álbum de Berta Gamboa, la esposa de León Felipe, que se custodia en el Archivo Histórico Provincial de Zamora.
León Felipe, memoria inédita Gonzalo Santonja y Javier Expósito recogen, en ‘Castillo interior’, textos desconocidos del poeta zamorano
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ara conocer en profundidad a un escritor en ocasiones es necesario algo más que leer sus obras completas o sus biografías más o menos autorizadas. A veces sus cartas, diarios, discursos..., todo ese material fragmentario que los estudiosos van dando a la luz al margen de su literatura ‘oficial’, no sólo nos presentan un perfil nuevo, con frecuencia más humano, del autor del que se trate, sino que también nos ayudan a entender su obra en un contexto más amplio. Éste es el caso, por ejemplo, de León Felipe, un poeta inequívocamente español cuya biografía, sin embargo, está íntimamente ligada a México, el país donde vivió (de manera interrumpida) durante cuatro decenios; un autor cuya actividad intelectual ha ido dejado a su paso innumerables huellas; huellas que, poco a poco, van cerrando un retrato cada vez más definido. Un puñado de estos textos, inéditos o publicados «en pa-
CARLOS AGANZO
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peles volanderos de poca difusión y difícil consulta», constituye el corpus de ‘Castillo interior’, de Gonzalo Santonja y Javier Expósito, publicado en la colección ‘Cuadernos de obra fundamental’ de la Fundación Banco Santander. Un valioso hallazgo extraído, en buena parte, de los tesoros que guarda el Archivo Histórico Provincial de Zamora. León Felipe llegó a México en 1923, «en la cola de la revolución». Iba como emigrante, cruzando el Atlántico en la bodega de un barco. Allí consiguió introducirse en el mundo intelectual, avalado por el escritor, pensador y diplomático Alfonso Reyes, y allí se casó con Berta Gamboa, antes de abrir su gran paréntesis de seis años en los Estados Unidos, en la Universidad de Cornell. En 1930 regresó a México, y en 1931, atraído por el advenimiento de la República, trató de volver a España, pero no encontró acomodo; lo intentaría de nuevo en 1934, hasta que se encontró de nuevo,
León Felipe. como nos dice Gonzalo Santonja, con el muro de «los dogmatismos y las purgas», y regresó definitivamente a América para convertirse en un hijo más «del éxodo y del llanto». Muchas veces soñó con volver a Tábara, a su meseta castellana, y otras tantas dejó escrito que no volvería nunca. Todo esto, y alguna cosa más, se revive con intensidad tras la lec-
tura de ‘Castillo interior’. Un castillo que, retomando el símil teresiano, se visita maravillosamente a través de sus «aposentos» y sus «moradas». Aposentos de raro valor filológico, como una versión primera de su gran poema ‘Testamento’ («Todo para el fuego. Nada para el gusano»). O como el discurso que el poeta pronunció en el homenaje que le ofrecieron, a él y al hispanista estadounidense Waldo Frank, el grupo de las «mujeres graduadas de Puerto Rico». O como sus palabras para los embajadores de Polonia: «En el mundo ya no hay más que dos clases de habitantes: hombres y gangsters. No hay más partidos que estos dos. (...) Y un día, cuando venga la última guerra, no la de un pueblo contra otro pueblo, sino la del hombre contra el gangster, y venza el hombre, (...) la bandera de la paz flotará sobre todos los hogares de la tierra. (...) Y la voz de Whitman, en Norteamérica, se oirá por encima de todos los discursos de los presidentes». Su adorado Walt Whitman, al que con tanto provecho tradujo y del que dice, en carta dirigida al hispanista turco Mair José Bernadette, compañero en Cornell: «Cervantes y Whitman, a pesar de la derrota democrática, son las dos voces más fecundas de la literatura universal». Aposentos que son crónicas de un destierro al que León Felipe dice no haber dejado de pertenecer «ni un solo instante». Y moradas que, en realidad, son cartas donde, como nos dice Javier Expósito, reposan «los jirones de un alma que hemos podido recoger aún virgen». Fragmentos vitales y literarios en los que podemos leer, por ejemplo, cómo el au-
Muchas veces soñó con volver a su Tábara natal, y otras tantas dejó escrito que nunca volvería «No hay más que dos clases de habitantes: hombres y gangsters; no hay más partidos que estos dos»
tor de ‘Ganarás la luz’ le dice a Camilo José Cela, en 1959: «Es usted muy bueno. Además de un gran escritor es usted una gran persona. Todos me lo dicen». Y, sobre todo, cómo se va desarrollando su amistad, a través de los años, con Juan Larrea, el poeta al que llama «maestro, amigo, Lazarillo... Luz». Palabras en el tiempo, desde 1941 hasta 1967; y palabras en el espacio, desde México o Santiago de Chile hasta Córdoba (Argentina) o Nueva York. «A España no quiero ir», le dice en su última carta León Felipe a su amigo Juan Larrea; pero sí está dispuesto a viajar hasta Argentina para encontrarse con él: «Quiero que hablemos, quiero pasar contigo dos semanas donde tú digas. (...) Creo que tengo cuerda para unos meses más y no quiero irme sin verte y abrazarte. Después de todo tú eres el único ser en el mundo con quien yo puedo consolarme». Fueron, efectivamente, unos meses, pero el encuentro no se produjo.
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Retrato (casi) íntimo de Flaubert Páginas de Espuma publica una selección de los cuadernos de trabajo del autor de ‘Madame Bovary’
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omponemos escenas que vemos; tenemos, en cierto modo, la sensación de que vamos a lograr que cierta cosa despierte. Sentimos en el corazón algo así como el eco distante de todas las pasiones que vamos a restaurar. Pero la impotencia a la hora de reflejar todo aquello es la eterna decepción de los que escriben, la miseria de los idiomas que tienen una sola palabra para cien ideas, la debilidad del hombre que no encuentra lo que busca y, en mi caso particular, mi eterna angustia». El lector de este párrafo podría imaginar a su autor, a ese portador de la eterna angustia, como un hombre maduro y desencantado. Un escritor harto de sufrir la «eterna decepción de los que escriben», que, de vuelta de muchas horas de pelea con el idioma, vuelca su decepción, aunque siga sintiendo en su corazón «el eco distante» de las pasiones que pretende restaurar. Pero no, el autor tiene apenas dieciocho años cuando lo escribe, se llama Gustave Flaubert, ha nacido en Rouen el 12 de diciembre de 1821 y, por supuesto, está lejos aún de escribir sus obras maestras, esas por las que llegó a alcanzar la gloria literaria a la que aspiraba desde niño, como él mismo confiesa en estos apuntes tempranos: «Cuando tenía diez años yo soñaba con la gloria. Compuse obras desde que supe escribir. He imaginado, con toda intención, escenas maravillosas. Soñaba con un salón repleto de luz y de oro, con manos que me aplaudían,
ANGÉLICA TANARRO
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con gritos y con coronas (...) ¡Ay, cuánta piedad siento al pensar en ello, máxime cuando me lo he escrito y me lo he contado a mí mismo. Sí, soy un gran hombre frustrado (...) Me digo que a los dieciocho años ya tendría que haber forjado obras maestras». Estas líneas, a medio camino entre la pasión juvenil y el existencialismo, no exentas de ingenuidad pertenecen a ‘Angustias’, escritos con los que se inaugura el libro ‘Cuadernos’ de Gustave Flaubert,
que ha publicado Páginas de Espuma al amparo de la edición y traducción de Eduardo Berti, autor también del prólogo de la obra. Berti, reconocido novelista, traductor y periodista cultural, traza en el prólogo el mapa de la obra, constituida en su cuerpo principal por los cuadernos de trabajo en los que el autor de ‘Madame Bovary’ volcaba pensamientos, reflexiones y notas vinculadas a los libros que estaba escribiendo o que proyectaba. Se conserban diecisiete de esos cuadernos y los expertos consideran que se han perdido cinco. El libro incluye una amplia selección de los cuadernos 2, 15, 19 y 20 y una selección menos amplia de otros. A esta selección de los cuadernos de trabajo se añaden dos escritos de juventud, el citado ‘Angustias’, de 1938, y el titulado ‘Recuerdos, apuntes y pensamientos íntimos’, escritos entre 1840 y 1841. En el capítulo cuarto se incluyen ‘Fragmentos, bocetos y apuntes de obras inéditas’ y en el quinto, ‘Apuntes para la segunda parte de Bouvard y Pécuchet’. El libro incluye además dos apéndices: el primero, con los últimos textos encontrados del escritor, y el segundo, con una serie de pensamientos que fueron recopilados por su sobrina Carolina Franklin-Grout y publicados en 1915. Estamos, pues, no solo en el rincón íntimo de uno de los escritores que, a pesar del tiempo transcurrido desde su muerte en 1880, sigue siendo una referencia, como especifica el autor de la edición, incluso para autores y escue-
Retrato de Gustave Flaubert.
las literarias antitéticas. Berti considera, por ejemplo, que «un escritor como George Perec [autor de la célebre ‘La vida, instrucciones de uso’, entre otras muchas otras de referencia] proviene sin dudas del enciclopedismo irónico de ‘Bouvard y Pécuchet’» o que un libro como el ‘Diccionario del argentino exquisito’, de Bioy Casares, «es un claro heredero del impiadoso ‘Diccionario de lugares comunes’» y señala también rastros flaubertianos en la obra de Chéjov o Nabokov, especialmente en el gusto por el detalle. Pero estamos sobre todo en su cocina. La lectura de estos cuadernos nos permite conocer algo más de las entrañas de sus obras, algo sobre el método de trabajo y, sobre todo, esa minuciosidad en las descripciones ‘del natural’ que luego trasladará a las novelas. Encontramos apuntes preparatorios para ‘La educación sentimental’, o ‘La tentación de San Antonio’, pero también ideas para novelas que nunca llegó a escribir. En los ‘Apuntes para la segunda parte de Bouvard y Pécuchet, hay una selección del ‘Cuaderno de estupideces’, en el que recoge pensamientos de otros, juicios sobre la filo-
Los escritos de juventud, con los que se inaugura el volumen sorprenden por su pasión y madurez El libro es también una guía de las lecturas de Flaubert, gran admirador de Montaigne, Víctor Hugo y Cervantes
sofía de su tiempo, máximas de autores cristianos. En el apartado ‘Aberraciones’ recopila entre otras, esta perla del padre Debreyne: «La literatura no está hecha para las mujeres. Les arruina la mente, las vuelve ligeras, frívolas, disipadas, veleidosas». El libro es también una guía de las lecturas de Flaubert, quien ya desde muy joven se confiesa admirador de Montaigne, del que afirma: «es el más deleitable de todos los escritores. En sus frases hay carne y caldo». Pero también de Chateaubriand, Victor Hugo o el Cervantes del Quijote. Por las páginas de sus cuadernos irán apareciendo también Homero, Rabelais o Voltaire. Pero quizá lo más destacable que se desprende de estos cuadernos de trabajo esa obsesión del autor –que a medida que fue madurando rechazó la idea de la inspiración a favor del desarrollo de la cualidad de la observación y que abogaba por la desaparición del autor tras su obra– por encontrar «la palabra exacta, precisa, adecuada» en cada momento de la escritura. Una preocupación que, como se comprueba leyendo sus escritos de juventud, le acompañó toda la vida.
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A veces, un relámpago blanco L a obra de Bernard Noël (Sainte-Geneviève-sur-Argence, 1930) se ha difundido a cuentagotas en nuestro país. Centrada sobre todo en la poesía, pero extendida también a la narrativa, al ensayo y a la interpretación pictórica, cuenta entre sus traductores y editores más empeñados a Miguel Casado y Olvido García Valdés, que ya en 1991 publicaron en Valladolid su segundo libro de poesía, ‘La cara del silencio’, con traducción de Roberto San Geroteo. En los últimos años han vertido al español ‘El resto del viaje, y otros poemas’, y ahora Miguel Casado ha traducido ‘Diario de la mirada’ para Libros de la Resistencia, otra trinchera poética. En el medio, algunas recopilaciones sudamericanas de difícil acceso, y una aproximación de José Ángel Valente, ‘La sombra del doble’. En ‘Diario de una mirada’ Bernard Noël reúne un conjunto de anotaciones de estructura cercana al aforismo datadas entre 1970 y 1983, línea a línea, año a año. El título parece apuntar al paisaje cambiante extendido ante los ojos, imágenes que podrían capturarse en dibujos o fotografías. Pero ninguna imagen se desliza por las páginas del libro. ¿Hará entonces el poeta pintura y registro de lo visible con las palabras de su lengua? Nueva negativa. Hay
JORGE PRAGA
Sensato o insensato, Noël prolonga su aventura con terca insistencia. Para la exploración, cuenta con su cercanía a la palabra poética
que tomarse el título con literalidad: el sujeto de observación es la propia mirada, el trabajo de los ojos, y sin ningún complemento directo, indirecto o circunstancial. Lo que se mira, ese rincón particular del mundo, no interesa al escritor. Es la mirada enfatizada y congelada el centro absoluto de sus anotaciones, depuradas como reflexiones abiertas, tentativas, a veces dubitativas: «La vista parece inseparable de lo que le da ocasión: siempre miramos a alguien o algo. Mirar solo nuestra propia vista, ¿es sensato?». Sensato o insensato, Noël prolonga su aventura con terca insistencia. Para la exploración cuenta con su cercanía a la palabra poética, portadora de exactitud y concisión; y con ella fuerza al lenguaje, más allá de sus límites comunicativos, para recorrer ese trayecto misterioso que fluye desde los objetos del mundo hacia las imágenes que se forman en nuestros ojos a las puertas del espacio interior del pensamiento. De los riesgos de ese trayecto nos avisa Noël en su última anotación: «No existe ninguna palabra para expresar la semejanza entre la vista, que está en lo visible, y la visión mental, que está en lo invisible». Las ayudas y complicidades las busca Noël en quienes han dejado registro de los caminos y trabajos de la mirada: ante todo en los pintores,
Los ‘cuadernos’ de Lichtenberg, verdades sin redondeos
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eorg Christoph Lichtenberg llamó ‘Cuadernos’ a una colección de reflexiones, apuntes, anotaciones varias, anécdotas, resumen de lecturas, citas propias o de proveniencia ajena, desahogos, humoradas, breves disquisiciones filosóficas y científicas… miscelánea de escritura trazada a lo largo de años y sólo publicada después de su muerte en 1799. Un ‘cuaderno’, demuestra Lichtenberg, no es un ‘diario’. El ‘diario’ persigue una unidad, un
desarrollo cuya lógica se sujeta más a la deriva de los días –como su nombre expresa–. Un ‘diario’, de algún modo, narra hechos ciertos o falseados, pero que pretenden resultar creíbles. En la filosofía del ‘diario’ puede caber, en ciertos instantes, el contenido del ‘cuaderno’. Pero lo contrario sería un préstamo, una alteración ‘contra natura’. El ‘cuaderno’ constituye el discurso del escritor que elige pasar buena parte del tiempo en soledad, alcanzando así, gracias a esa decisión, o a esa
JOSÉ GIMÉNEZ CORBATÓN
vocación, la libertad más difícil, aquella que permite juzgar y autojuzgarse. Lichtenberg confiesa que suele pasar varios días sin poner los pies en la calle, pero que esas jornadas sólo son felices porque no responden a un arresto domiciliario impuesto desde fuera. Le agradan tanto ciertas
compañías como la soledad de su habitáculo. En una ocasión anota sólo dos palabras: «Nacer, renunciar». Renunciar es hacerlo sobre todo a los prejuicios, esos «instintos artificiales del ser humano». La medida de todo lo hermoso y justo reside en la naturaleza misma a la que pertenecemos, de la que hemos emanado y a la que regresamos gracias a la muerte. Todos llevamos esa medida en nosotros mismos, pero a menudo, si no siempre, «cubierta de óxido por los prejuicios» o «por palabras ca-
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Bernard Noël, poeta, filósofo y escritor francés. :: IGNACIO GIL
pero también en los fotógrafos, de los que dice que ejercen «una mirada sobre la mirada». No le interesa la pintura como el simple ejercicio de la semejanza o desemejanza entre el mundo y su representación icónica. Su reflexión va mucho más allá: «La pintura es un objeto mental que me obliga a verlo con su propia mirada, es decir liberándolo de sus referentes para verlo según la visión del pintor. Mi pensamiento entra entonces en lo que en él fue pensado. Tarea infinita, porque este objeto no es ni un acta, ni la clave de una verdad a la que pueda darme acceso. No, no es más que él mismo: la huella de un pensamiento que me hace pensar». Los pintores van salpicando los párrafos: Vermeer –«un relámpago blanco lo atraviesa todo»–, Matisse, Magritte, Ingres, junto con artistas franceses de la época, menos conocidos. En otros casos el recurso genérico a la tarea del pintor enciende en la cabeza del lector ejemplos al margen del libro. Así, en el apunte «ciertas cosas pintadas iluminan a quien las mira; otras no hacen más que recordarle sus nombres. Las primeras están liberadas de sí mismas; las segundas están encadenadas a su identidad», ¿no apuntará la mente del lector con esos objetos «liberados de sí mismo» hacia las botellas y vasijas desnudas de Giorgio Morandi? Ante esa pureza e inmaterialidad del objeto en el que
rentes de conceptos». También los sueños enriquecen nuestra soledad. Si los anotáramos, nos permitirían deducir muchas cosas acerca de nuestro carácter. Los sueños nos involucran en situaciones que escapan a nuestro dominio cuando estamos despiertos. Así, un sueño, bien estudiado, «asegura nuestra sustancia moral mejor que todas las doctrinas que llegan al corazón dando un rodeo». Cultivar nuestro espíritu nos libera también de la superstición, tan cercana al sentimiento religioso. Debemos, con idéntico fin, conocer la naturaleza –a lo que el desarrollo de la ciencia contribuye–. Dicho conocimiento nos acerca, al mismo tiempo, a otros seres vivos tan dignos como nosotros de habitarla: «No quiero hacerte sombra,
animalito (era una araña), el sol te pertenece tanto como a mí». De los sueños, de la reflexión en soledad, de la lectura, de un prudente cultivo de la amistad (y del vino), deducimos el propio entendimiento mucho mejor que de la sabiduría de Dios. Al fin y al cabo, somos polvo. La idea de la muerte inspira a Lichtenberg alguna reflexión que se adelanta a las greguerías ramonianas: «Los relojes de arena no sólo recuerdan la rápida huida del tiempo, sino también el polvo en el que un día nos convertiremos». Tampoco la humorada es desdeñable. La observación del mundo nos brinda múltiples ocasiones. Las monjas, por ejemplo, unen vivir tras las rejas al voto de castidad: «Oh, por el voto bien podríamos pasar, si no fuera por las rejas». O aque-
llos monjes de Lodève que declararon sagrado a un ratón por haber devorado una hostia consagrada. Es probable que sea esa misma debilidad por cierta forma de aforismo humorístico la que tiñe de misoginia alguna de sus anotaciones. Como cuando recoge la idea platónica de mejorar a los seres humanos empezando por las mujeres. O la evocación de cierta dama ante la cual, habiéndose hecho famosa por una lengua, se pregunta «qué habría hecho de haber tenido mil». Claro que, ¿se puede tachar de vejatorio respecto a la mujer su defensa del derecho de las muchachas a elegir esposo sin tener en cuenta la voluntad de sus padres?: «¿Acaso ha de entregar algo que tan a menudo mira en el espejo, que tanto ha pulido y cultivado, cuyo adorno, cui-
Los sueños nos involucran en situaciones que escapan a nuestro dominio cuando estamos despiertos
dado y conservación ha sido tanto tiempo su única cuita, a alguien a quien no pueda sufrir?». Lichtenberg desconfía de los eruditos. La erudición, nos dice, «puede florecer sin dar fruto». Suele ser el ali-
mento de las mentes superficiales, y de un orgullo injustificado. Así, Diógenes, al pisar con su sucio atavío las espléndidas alfombras de las habitaciones de Platón, creyó haber pisoteado su orgullo: «Sí, respondió Platón, pero sólo con otra clase de orgullo». El erudito suele producir un mal escritor. El mal escritor expresa su pensamiento con palabras de otros que cree buenos. Confía en sus lecturas antes que en las palabras mismas que deberían nacer de su ser íntimo. Escribe con palabras sin ideas, «o peor aún, con ideas equivocadas» que hace suyas. Su recomendación a la hora de escribir es que se debe sopesar no solo el significado de las palabras sino el tono en que son dichas: «La frase hecha ‘está bien’ se pronuncia entre nosotros de cinco ma-
centra la atención, el diario disuelve la temporalidad, no se agarra a la época en que fue escrito. Si acaso, alguna diatriba que lanza sobre la sociedad de consumo, apropiada a su fecha de 1981: «En el universo del consumo, las cosas, las verdaderas cosas, no son más que imágenes (…) Al final, solo consumiremos naturalezas muertas». También el estilo desnudo y sintético del autor se hace eco de otros escritores franceses contemporáneos que seguramente le acompañaron e iluminaron en su formación: la compresión rítmica de Roland Barthes, las estrategias de Gilles Deleuze, la porfía profunda de Jacques Derrida. Pero el combate decisivo se libra en un trabajo que linda con lo poético en su exploración de los límites de la razón y de lo decible, para lo cual Noël utiliza todo tipo de recursos. Incluso hasta un guion cinematográfico, ‘Una vez los dioses’, una película que «dramatiza el espacio de la mirada a fin de hacerlo perceptible». No parece que se rodara. Al final todo queda en manos del lector, al que ya Miguel Casado previene de que este diario es «ajeno a la anécdota». Un lector paciente y dilatado, que repase y atraviese las páginas sin vocación de clausura ni de conquista, en busca de perlas como esta: «Los espejos nos fascinan porque alivian a las cosas de su materia y nos las proponen tal como pasan por nuestros ojos».
neras distintas, y en todas ellas con distinto significado, que por supuesto viene determinado además por una tercera magnitud variable: el gesto». Tampoco el poder queda libre de las reflexiones de Lichtenberg. Los locos se diferencian de los príncipes únicamente en que el loco es un príncipe negativo y el príncipe un loco negativo. Si anulamos el signo, el resultado es el mismo. De ese modo, «nada puede ir del todo bien en el mundo porque los hombres aún tienen que ser gobernados con mentiras». Acaso, para vivir en ese marasmo, nos reste la búsqueda incesante, siempre abierta, de cierta sabiduría. Pero, cuidado, «estate atento, no sientas en vano, mide y compara; ésta es toda la Ley de la Filosofía».
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TOMÁS SÁNCHEZ SANTIAGO
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n noviembre de 1965, pronto hará cincuenta años justos, aparecía uno de esos libros que, más allá de su aparente alcance y su propósito, tenía como materia primordial el resplandor, el resplandor desconcertante y cierto de la vida. Su autor era Claudio Rodríguez y, visto ya desde esta perspectiva, entregada toda la obra del poeta zamorano, podría decirse que, en verdad, el resplandor es el asunto mayor bajo el que puede cobijarse, a mi juicio, toda la escritura poética de Claudio Rodríguez. Aquel libro de 1965 era ‘Alianza y condena’, editado entonces por Revista de Occidente en su colección poética. Hasta hoy la obra ha conocido numerosas ediciones de todo tipo; la más singular, sin duda alguna, es la portentosa edición facsimilar que llevó a cabo Luis García Jambrina –la publicación, hoy inencontrable, la hicieron posible la Diputación de Zamora y el Instituto de Estudios Zamoranos Florián de Ocampo– en la que se reprodujo con exquisita fidelidad el ‘work in progress’ que fue generando este libro, desde el apunte urgente y larvado en una servilleta de papel hasta palabras tanteantes que aparecen como islotes misteriosos en los márgenes de los sucesivos borradores. Una maravilla de edición que, hasta donde sabemos, no tiene parangón en ninguna otra obra poética de un autor del siglo XX. En 2009, diez años después de la muerte de Claudio Rodríguez, se publicaron en Castilla y León dos nuevas ediciones de ‘Alianza y condena’. Una de ellas la editó en Zamora el Seminario Permanente Claudio Rodríguez dentro de la obra completa del poeta y con la pretensión de fijar definitivamente su poesía, ya amenazada seriamente por los pequeños desmanes que se iban arrastrando, dándolos por buenos, en las innumerables ediciones anteriores. La otra edición de ‘Alianza y condena’ la llevó a cabo la editorial palentina Cálamo, que logró una limpia, ejemplar entrega con introducción, también, de García Jambrina, quien se acerca al último sentido de estos poemas fijando su dimensión de «revelación y gracia» en muchos de ellos hasta llegar a afirmar, con razón, que «nadie ha cantado al amor y a la amistad de forma tan intensa y emocionada como Claudio Rodríguez en este libro». Y así es. ‘Alianza y condena’ es, en sustancia, la aceptación, con todas las consecuencias y a pesar de todo, del resplandor de la vida. Un resplandor compro-
metido con el tiempo histórico de autor, y que ya no tiene aquel voltaje estelar que iluminaba los poemas de ‘Don de la ebriedad’ ni tampoco, aun con concomitancias evidentes, el del mundo en clave ancestral que representa ‘Conjuros’, su segundo libro publicado en 1958. El resplandor es ahora otra claridad, «claridad que es estafa», se lee enseguida en ‘Brujas a mediodía’, el poema que abre el libro y da la pauta de su último sentido. ¿Por qué? ¿Por qué ahora esa desconfianza inicial para entender profundamente el significado del mundo ante nosotros, ese hiato fatal entre nuestros sentidos y la realidad que perciben? Los poemas de ‘Alianza y condena’ ahondan una y otra vez en torno a esa intuición de estirpe platónica: es imposible conocer el centro vivo y verdadero de las cosas; debemos conformarnos con ver su sombra, su reflejo. De ahí ese título del poema inicial, de vocación programática en el libro: ‘Brujas a mediodía’, momento en que los seres no hacen sombra, no tienen reflejo y es posible comprobar «el hondo estrago y el tenaz progreso / de las cosas» si nos atrevemos a encararnos a ellas para palpar su última verdad, ahora así presentada en crudo. Son esas brujas de mediodía, semejantes a ese «diablo meridiano» o ‘diable du midi’ de los franceses, que llevan a la turbulencia y al malestar; de nuevo, Claudio Rodríguez acerca su mundo personal a claves de carácter popular y ancestral, como ya sucedía en tantos poemas de ‘Conjuros’.
Planos contrapuestos Sin embargo, en ‘Alianza y condena’ hay dos planos contrapuestos que el poeta hace ensamblar con algo más que maestría poética genial. Recorre el libro de principio a fin una última conformidad, un remedio para «tanta mentira» pero también para «tanto amor» como rebosa la vida. Esa es la clave bífida que sostiene sólidamente estos poemas. Recriminación y compasión son, a mi modo de ver, los dos polos que generan la continua dialéctica que origina una tensión vital que va más allá de una simple propuesta especulativa. Porque en este libro hay propuestas de acción, un empuje vital que, visto desde una lectura prospectiva de futuros libros (‘El vuelo de la celebración’ y ‘Casi una leyenda’), es el último impulso por unir una utopía personal, entrevista en las iluminaciones primeras de su poesía, al resto de la tribu. Después el poeta sobrevolará a solas en torno a esa convicción que no acaba de fallarle del todo; abandonará en gran medida el mundo humano para entrar en la materia con el mismo ímpetu anterior (ya en el poema ‘Frente al mar’, de ‘Alianza y condena’ hablaba de
El poeta zamorano Claudio Rodríguez. :: EL NORTE
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Eterno delirio de las cosas «la verdad de la piedra, nunca muda / sino en interna reverberación») y se despedirá del mundo, en todos los sentidos, entre luces y sombras en ese libro crepuscular y lleno de oscura energía que es ‘Casi una leyenda’. Reiteradamente, en los poemas de ‘Alianza y condena’, el libro más sapiencial de los cinco escritos por Claudio Rodríguez, se desvela un aviso compasivo a los hombres: no conocemos la última sustancia de la vida pero, al menos, a pesar de ese fracaso a la hora de relacionarnos por entero con nuestro alrededor, brindemos alegremente y con el agradecimiento de quien, aun ignorándolo, ama el mundo. Es lo que se lee en ‘Lo que no es sueño’, uno de esos escasos poemas que debería conocerse en todas las lenguas posibles, siquiera por ese verso definitivo y lapidario que podría justificar toda una vida: «La más honda verdad es la alegría». Pero hay más. La convicción del poeta zamorano de que es preciso vivir con amor entre las cosas del mundo, aun a pesar de saber que estamos condenados a estar fuera, lejos de ellas, le lleva a justificar ante los demás ese obligatorio desentendimiento. Es el momento de la compasión, de la comprensión que esa ajenidad provoca en quien sabe aceptar ya hace tiempo la actitud de quienes viven en la ignorancia por suponer que conocen los verdaderos fundamentos del mundo, expuestos en ordenanzas, mandamientos o esa propaganda servil a la que se refiere más de una vez en estos poemas. Ya en ‘Conjuros’ se leía la admonición que parece dar paso al bastidor central de ‘Alianza y condena’: «Os aconsejo / que ya que así estáis bien estad siquiera / con llaneza y con fe», se leía en el poema ‘Día de sol’. Es el preludio de otro poema posterior, ‘Cáscaras’, en el que resurge esa misma actitud compasiva para con esa galería de cáscaras, de máscaras que nos celan la verdad última de las cosas, su resplandor total, que no soportaríamos, y nos libran de llegar hasta «la terrible munición, a la verdad que mata»; sin ellas, sin esas cáscaras que ponen cautela y protección «para que el diente no busque la pulpa / fatal», sin su «ruin amparo» cegaríamos mortal-
mente ante ese último resplandor de cada ser que solo así, velado por lo que «es mentira y es caridad» nos permite seguir atravesando la vida sin quemarnos. Solo cuando hemos leído este libro en la perspectiva cenital de toda la obra del poeta, empezamos a advertir en él un descenso lento y lleno de emoción –también de desengaño– que terminará en los poemas sombríos y de cariz testamentario que configuran ‘Casi una leyenda’. Por eso, en ‘Alianza y condena’ esas preguntas monológicas que menudean, asaltan al poema y lo sobresaltan con su destino intemporal se diferencian netamente de aquellas otras inquisiciones retóricas de ‘Don de la ebriedad’, que salen a presión desde el absoluto asombro del fenómeno de la existencia, y de las de ‘Conjuros’, que interpelan directamente a las criaturas («¿Qué estáis haciendo aquí?»). Ahora, sin embargo, va llegando el ensimismamiento, como si el poeta necesitara separarse, tomar distancia para reflexionar más costosamente sobre lo que hemos hecho con la vida. Es como si en ‘Alianza y condena’ la voz de Claudio Rodríguez se oyera aparte; ya no metido en la fiesta de los avatares colectivos sino en la modulación de una sospecha: la sospecha de que es tarde, de que no va a ser posible ya llegar a esa comunión universal, esa alianza fraterna que él un día soñara, entreviera en analogía con lo primordial de la existencia en los poemas epifánicos de ‘Don de la ebriedad’. Aquella elementalidad que empañaba ese libro suscitaba en el poeta un entusiasmo, una ebriedad que se completaba en su convicción de que «la fidelidad de la tierra» y «la presencia del cielo insoportable» no pueden terminar «haciendo la vida negociable», pues, como se concluye en ‘Oda a la niñez’ –título que junto a ‘Oda a la hospitalidad’ resume los dos únicos modos de poder seguir percibiendo la última verdad del existir– hay que recuperar «la dignidad del hombre / que hay que abrazar y hay / que salvar aquí mismo / en medio de esta lluvia fría de marzo… / Ved que todo es infancia. / La verdad que es silencio para siempre». Y, sin embargo, en esa sutu-
ra que, libro tras libro, va haciendo secuencia en el pensamiento poético de Claudio Rodríguez, algo habíamos advertido ya en aquellos poemas iniciales de sus asombrosos 17 años: la claridad se va irremisiblemente y, con ella, la capacidad de ver, de estar entre las cosas sin conciencia apartadiza. Esa intuición de la ofuscación ya aparecía entonces, en un libro cruzado de cabo a cabo por el entusiasmo y por el alborozo del rapto. Como bien dice Jorge Rodríguez Padrón en uno de sus recientes ‘Fragmentos para Claudio Rodríguez’ (Ed. Mercurio, 2014), el misterio que mejor se nos revela en ‘Don de la ebriedad’ es que «la vida nos descrea» («¿Quién hace menos creados a los seres?», se lee allí de pron-
Primera edición de ‘Alianza y condena’. Debajo, una traducción y, sobre estas líneas, la portada de Cálamo con la banda del aniversario.
El resplandor es el asunto mayor bajo el que puede cobijarse toda la escritura poética de Claudio Rodríguez
to) y así nos llega esa indefensión que deja –dice con sabiduría Rodríguez Padrón– «el convencimiento de quedar desguarnecido ante la vida, y que eso es la vida: encontrarse con el mundo propio, con uno mismo, y que todo se revele ajeno y se vaya». Si nos fijamos bien, en todo poema de Claudio que trata de retener algo hay ese sentido de pérdida. En ‘Alianza y condena’ también se da este esfuerzo: unos simples gestos expresados como un alfabeto atávico, un bien imprevisto, un olor que nos desata el ánimo, un momento fugaz pero tan fértil que ha de cambiar la vida ordinaria («estos minutos / que protegen, montan y ensamblan treinta / años, poniendo en ellos sombra y mimo»). Son visiones, revelaciones que constituyen la médula de una verdadera poesía de la experiencia, en la que no se glosa nada previo; antes bien, lo que sucede es el propio poema. Pero tras cualquiera de esos advenimientos, capaces de encontrarse en el tráfago diario de lo indiferente, llega siempre eso otro irremediable: el desdoro que –en efecto– nos ‘descrea’, nos deja rebajados ante el milagro de vivir; un desdoro debido a esas componendas que han conseguido empezar el día con trinos y acabarlo con gárgaras, como él deja dicho en otro poema. Esa conciencia de pérdida, de fracaso, es uno de los ejes mayores en ‘Alianza y condena’, concretado siempre en ejemplos bien cercanos, bien sabidos, compartidos por todos. Podríamos tomar, por ejemplo, ‘Por tierra de lobos’, uno de los poemas donde con más explicitud se expone el desastre de una vida usurpada por «hombres / en los que confié, tan sólo ávidos / de municiones y de víveres» y por la organización, ya interesada, de la vida en común por «hombres / con diminutos ojos triangulares / como los de la abeja, / legitimando oficialmente el fraude, / la perfidia, y haciendo / la vida negociable». Esta es la restitución por la que se clama una y otra vez en ‘Alianza y condena’: el retorno a una fraternidad perdida, sustituida por el dominio falaz de la injusticia y por la conversión de aquel mundo natural, donde todos podían caber, en un «pueblo rapaz, al que a mi pe-
sar quiero». Una y otra vez, en el libro se vuelve a citar con comedida obsesión la condena a la que se nos ha empujado para someternos, obligándonos a vivir entre «hombres llenos de precios, / los pregones sin voz, las turbias bodas / [que] nos trajeron el miedo a la gran aventura / de nuestra raza, a la niñez». Vuelven esos versos a certificar la acusación de una pérdida: la pérdida del sentido comunal de la vida. Tengo mis dudas de que el hecho de aplicar un libro de poemas a la actualidad lo haga más grande. Pero toda lectura es, también, un anclaje contextual que confronta el libro leído y el presente borroso del autor con el presente actual del propio lector. Quisiera terminar, a fuer de sacar los pies del texto poético, proponiendo una posible lectura de ‘Alianza y condena’ referida a nuestra triste actualidad. Hace algún tiempo escuché decir a una joven poeta que este libro era el que ahora, en las circunstancias que parecen podernos a todos, más la defendía, más la consolaba. No es de extrañar. En un mundo urdido con saña contra los débiles, contra esos seres indefensos y con gracia, como Eugenio de Luelmo, estos poemas parecen volverse más incandescentes, parecen recobrar esa acusación meridiana de haber sido despeñados todos por el abismo de lo contrario a la fraternidad, a la compañía. ¿Qué diría Claudio Rodríguez en esta hora del siglo XXI? ¿Cómo leería estos poemas que desvelan sin ambages el fiasco de la vida desmontada hasta el sinsentido, hasta la indignidad actual? Tomemos, por ejemplo, ‘Mala puesta’, esa llegada de la noche sucia y sin fuerza para purificar ya, esa «derrota / nuestra, por cobardía o arrogancia, / por inercia o por gloria / como la de esta luz, ya sin justicia / ni rebelión, ni aurora». ¿Es posible que nos veamos así todavía, sin justicia ni rebelión ni esperanza? Volvamos al otro polo del libro, el amor a la vida en su enloquecimiento y en su predio de dádivas que hemos perdido, cuando «basta un gesto llano / y esta región inmensa y sin conquista que es el hombre, hela: nuestra». Y todo para que jamás, jamás olvidemos que «la más honda verdad es la alegría».
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DEL CIPRÉS
LUIS MARIGÓMEZ
U
na de las características que siempre ha predominado en la ya extensa obra de Javier Codesal, (Sabiñánigo, Huesca, 1958), es la de no dejar indiferente al espectador. Sin interés por lo ‘bonito’, siempre ha estado atento a materiales que suelen resultar ‘feos’, cuando no desagradables y parecen, sobre todo, vulgares. Lo ‘popular’, en el sentido más peyorativo del término, es uno de sus polos de atracción. En ‘Centauro’ (1988) la figura mítica es representada vestida de maño y cantando una jota aragonesa. «Soy la mitad de un caballo / con doble de corazón». No hay parodia, sino entrega en una búsqueda singular de las gemas que guarda ese yacimiento. En sus vídeos pasa por la legión, procesiones religiosas, el día del orgullo gay o una manifestación en contra del matrimonio homosexual. A menudo parte de lo que sería un documental para llevarlo a otro terreno, mucho más personal, que lo caracteriza. Pero sobre todo le fascina el cuerpo humano, en todas sus facetas y tiempos. La enfermedad, la muerte, el dolor, el deseo, el goce, la vejez
y la infancia. Si uno de sus poemarios, ‘Feliz humo’ (2004, 2009), es una elegía, otro es una celebración, ‘Ha nacido Manuel’ (2005). Las fotografías de un rostro enfermo, ‘Días de sida’ (1996), también están expuestas. Otra peculiaridad de la obra de Codesal es su capacidad de expresión a través de muy distintos canales. Si en sus inicios utilizaba el teatro y las acciones (una televisión en un nicho de cementerio; el toro de Osborne pintado de rosa…) para centrarse poco después en el entonces nuevo camino del llamado videoarte, que ocupa la mayor parte de su producción, la escritura, el dibujo, la fotografía y las instalaciones aparecen en distintos momentos de su hacer. ‘Ponte el cuerpo’ recoge parte de su obra desde los 80, con dos piezas nuevas. Además de centrarse en lo que el título (un verso de César Vallejo) indica, hay otros criterios que ordenan lo expuesto. Quizá el más importante, su trabajo sobre la dualidad. En ‘Tras la piel’ (1995), se proyecta un vídeo en el que una mujer desnuda corre y solloza mientras intenta taparse, sobre una gran foto cuya base muestra el cuerpo de un hombre desnudo tumbado. En ‘Fábula a destiempo’ (1996), un hombre mayor da de comer a alguien que no se ve en un hospital, mientras en el otro canal se ve a un enfermo en
‘Fábula a destiempo’ (1996). A la derecha, ‘Maternidad’ (2001), y debajo, ‘Recién nacido’. :: JAVIER CODESAL
Desazón
La fotografía de Javier C se acerca al documento que genera la sensación
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Codesal o con una mirada n de nunca visto
‘Inmóviles’. A la derecha, ‘Ponte el cuerpo’ (2015).
Ante la obra de Codesal el espectador puede reaccionar en contra, pero nunca con frialdad pijama comiendo solo. En ‘Fabula de un hombre amado’ (1999) entre otras cosas, en la parte de arriba hay una procesión y en la de abajo unos niños tienen en la mano unos pájaros recién nacidos. En ‘Estudio’ (2002) dos hombres jóvenes desnudos se dibujan el uno al otro y el espectador ve las dos perspectivas. Es determinante que el tiempo que muestra el artista en sus piezas se acerca al tiempo real. Son planos largos y fijos. No hay esas elipsis que tanto ayudan a la narración al uso en el cine o en TV. Tampoco hay apenas ficción, más allá del entramado básico que genera la imagen. El relato de Javier Codesal se enfrenta al establecido desde presupuestos técnicos y formales. Se acerca al documento, pero su mirada es tan singular que genera la sensación de lo nunca visto que, sin embargo, parece y quiere ser verdadero. Podría hablarse de relaciones con el minimalismo, en ese empeño por prescindir de recursos, pero quizá sea algo más antiguo, y, desde luego, está lleno de carnalidad. Es la antigua ascética. El espectador puede reaccionar en contra, pero nunca con frialdad; la obra de Codesal sorprende por la cercanía de los materiales que ofrece, todo es reconocible desde un primer momento, casi choca, incluso puede molestar su explicitud, su familiaridad, las heridas que muestra, el roce que producen sus propuestas. Por otra parte, hay una delicadeza exquisita en el modo en que se exhiben sus piezas, el artista huye del espectáculo fácil. Las fotos son más bien pequeñas. Hay que detenerse para cap-
Las fotos son más bien pequeñas, hay que detenerse para captar lo que está ahí
tar lo que está ahí. Se ofrece un libro, ‘Feliz humo’, tal cual, para hojearlo o leerlo. Los dibujos salen de hojas de cuaderno, tampoco son particularmente brillantes, pero consiguen impactar a quien los mira. El objeto más sorprendente es ‘almario’ (1998), una caja de guitarra sin mástil ni cuerdas, ni agujero central. Podría representar la añoranza, o la negación, del sonido, de la música, que no puede brotar a pesar de tener casi todo ahí. Ese redondel de aire que fal-
ta, con las demás ausencias, impide que se produzca el arte y, al tiempo, es expresión artística. ‘Maternidades’ (2001) muestra unas fotos de señoras mayores que sujetan el objeto como si fuera un niño impedido. Las dos piezas nuevas en la exposición son ‘Ponte el cuerpo’ (2015), una serie de fotografías en las que un hombre de mediana edad se va desnudando, llega a tomar la cámara para convertirse en sujeto activo, y en la que aparece al final un impactante autorre-
trato del artista. ‘La ropa por el suelo’ (2015) es una instalación complementaria en la que desde un sofá se escuchan palabras poéticas, en las que se pone en cuestión, en dos canales, de distintos modos, la vida cotidiana. Frente al sofá hay tirada la ropa que po-
‘Ponte el cuerpo
Javier Codesal MUSAC, León, hasta el 6 de septiembre de 2015
dría llevar puesta un varón, que habría quedado desnudo, y que no aparece. Para apreciar esta última propuesta hay que sentarse en silencio y escuchar un rato mientras se mira lo que nos cubre y quizá se añora el cuerpo que falta, que podría ser cualquiera de los varios que el espectador acaba de ver. ‘Ponte el cuerpo’ podría ser una llamada inquietante al espectador para que se despoje de los ropajes que lo ocultan y a revelarse desde lo que lo da forma.
Una de las salas del Musac en la que se exhiben obras de Javier Codesal. :: EL NORTE
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El segundo paraíso H
ace ya una docena de años que tomé una cita de Hilde Domin: «Una casa / al lado de un manzano / o un olivo», para abrir unos poemas titulados ‘Notas sobre el antiguo tema de dejar la ciudad’. Se me impuso ese modo de nombrar el deseo de un lugar propio, ‘construido’ como sedimento de la vida, posible solo desde el extrañamiento, en la voz de una autora que durante más de la mitad de la suya no lo tuvo. Acababa de salir entonces la única antología española de su poesía (El Bardo, 2002), de producirse su única visita a España en cuarenta años; pero antes ella había escrito esos versos en Arroyo de la Miel, en una casa blanca sobre el mar, igual que escribió su novela ‘El segundo paraíso’ en San Rafael, rodeada de pinos junto al Guadarrama. Hilde Domin (1909-2006) publicó su primer libro, ‘Solo una rosa como apoyo’, cuando ya había cumplido los 50 años; la editorial le pidió que rebajara su edad en la solapa, porque la verdadera no ayudaría a una principiante. En casa, el ‘poeta’ era su marido, Erwin Palm, más conocido como historiador. Al escribir su primer poema, en 1951, cuando conoció la muerte de su madre, para asimilar la sorpresa de la escritura probó a traducirlo al español, «a ver si se tenía»; no en vano se describía diciendo: «Yo, Hilde Domin, he nacido siendo discípula de los poetas españoles», evocando así su aprendizaje, la historia de sus lecturas. Quizá esa extrañeza, la exterioridad de la que da cuenta Antonio Pau en un libro preciso e intenso, ‘Hilde Domin en la poesía española’, explique el impacto que causó en Alemania desde el principio. Pero ha de haber más, y releerla ahora me plantea esta cuestión que no llego todavía a responder. Salieron los dos –Hilde y Erwin–de su tierra en 1932 con destino a Italia, para hacer ella su tesis de derecho político sobre un precursor de Maquiavelo, e investigar él en historia de Roma; también con conciencia de su condición de judíos y la intuición de lo que venía. Al empezar la guerra, pasando por Londres, embarcan hacia la República Dominicana: era el único país que no pedía papeles ni dinero, y ellos no tenían lo uno ni lo otro. De aquella isla tomará ella más tarde su
La poeta alemana Hilde Domin. :: ERWIN ELSNER-EFE nombre literario; allí aprenderá la lengua. Su vida, aunque privilegiada si se piensa en los internados en los campos, fue más dura que las de otros exiliados en América y paradigmática de la precariedad que definió una época y
TIENDA DE FIELTRO MIGUEL CASADO
que tal vez está hoy recuperándose por otras vías. ‘Solo una rosa como apoyo’ empieza con una cita de Lope de Vega: «Dando voy pasos perdidos / por tierra, que toda es aire», de la que derivó los versos que ella quiso como epitafio: «Puse el pie en el aire / y me sostuvo». La fundación poética se dio en plena carencia; de la cueva de Polifemo «los que huyen / del gigante / no se llevan nada / excepto la huida». Y, sin embargo, Gadamer consideró a Domin la «poeta del regreso», y ella llegó a decir: «El regreso, no la persecución, ha sido el gran acontecimiento de mi vida». ¿Encontró el ‘lugar’? El éxito de crítica desde el principio, la sensación general de que su voz era ‘nueva’ en el sentido más fuerte, abre una segunda (o tercera, o cuarta) parte de su vida dedicada a la escritura y reconocida con los principales premios de Alemania,
con continuos viajes y lecturas. Lo ‘nuevo’ de su voz parece arraigar en una antigua idea, la ‘sobriedad’ tal como la proponía Hölderlin, que ella formula como «la relación entre excitación y pensamiento», vinculándola a una sentencia de Confucio: «Encontrar la palabra exacta para el tono sin voz del corazón significa no mentirse a sí mismo»; tono neutro, exactitud y sentimiento remiten a la sobriedad, pero el sentido se desplaza al tipo de relación que se mantiene con la propia vida. No sé si llamarlo intensidad: «Solo la hora que suena y se tensa / hasta la más externa / piel del corazón / subsiste», o si intentar entenderlo con la ayuda de una novela de entonces, que he ido releyendo a la vez, ‘Noticias sobre Christa T’, de Christa Wolf, aun sabiendo que asocio aquella descarnada carencia, con la rara, imposible continui-
Hilde Domin publicó su primer libro cuando ya había cumplido 50 años Al empezar la guerra, Hilde y Erwin se embarcan hacia la República Dominicana, el único país que no pedía papeles ni dinero
dad de la vida de quienes se quedaron en la Alemania del Este, en el lugar mismo del nacimiento. Escribe Wolf ese relato excepcional de un modo borroso, salpicado además de huecos, de fuertes impulsos inconexos, y requiere un lector que dude al ritmo
con que la narradora duda –o con que afirma, sin que sepamos bien qué–; quizá sea esto último lo que me lleva a Domin, tan distinta en apariencia de la protagonista: «Nacida con estrella. Lo cual no significa tener fortuna ni ser mimada por la fortuna. Pues no todas las estrellas brillan claras y perpetuamente. Se oye hablar de estrellas difíciles, de las intermitentes, desapareciendo, regresando, no siempre visibles». Una marca, una vida que procede de las condiciones de época, pero que se construye en singular. La intensidad de Domin tiene dos apoyos: como en las canciones tradicionales, uno está en la muerte y el otro, en el amor, y ambos se confunden como espera. Que la muerte lo sea no necesita aclaración, pero sí el modo natural en que se asume como núcleo de identidad: «Estemos como en casa, / donde sea, / y podamos sentarnos y apoyarnos / como si fuera la tumba / de nuestra propia madre»; o, detrás de la casa de Arroyo de la Miel, «un solitario cementerio, te hace señas, / cual una invitación / que algún día / quizá con gusto / se aceptara. / y en esto conoces / que aquí, / algo más que en otros sitios / estás en casa». Por su lado, el amor no es homólogo de la muerte, sino de la vida, del espacio en que la vida se hace amparo; pero al leer a Domin no se encuentra la tormentosa, imposible historia de la vida real, no se encuentra experiencia, sino esperanza: «–Vd. dijo que la felicidad es lo que importa. ¿Me podría decir qué importa? / –Ah –respondió él en voz muy baja, tan baja que apenas se oía–, tal vez un paraíso sí. Uno siempre lo espera». Y el eco en Wolf: «Aún hoy podemos reconocernos por una palabra, en un lema. Nos guiñamos los ojos. El paraíso raramente se deja ver, es su modo de comportarse. Una vez en la vida, en el momento oportuno, hay que haber creído en algo imposible». Desde el principio se sabe que Christa T murió joven, pero la narración mantiene a pulso la tensión del futuro en una vida vacía; ese milagro de la escritura de Wolf, un apasionado saber que fue perseguido como ‘pesimista’, es el mismo que hace Domin con la materia del sufrimiento y el fracaso, y la espera, siempre latente, de un ‘segundo paraíso’ –«no es menos paraíso que el anterior. Solo que antes tenemos que atravesar la realidad»–. Quizá por eso sea ambiguo el sabor del final, cuarenta años de paz sin aparente expectativa, la torre en Heidelberg abierta al bosque, tan parecida a la de Hölderlin en sus cuarenta años de locura. Tenía Hilde Domin 97 años el día que murió, había estado paseando.
LECTURAS
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Rafael Sánchez Ferlosio, en su domicilio de Madrid. :: ÓSCAR CHAMORRO
Glorias literarias Sánchez Ferlosio tiene el empeño de poner en claro conceptos que han perdido su significado y mostrar lo que, por usanza, hemos dejado de ver
A
llá donde uno lea algo sobre Rafael Sánchez Ferlosio encontrará un estribillo que será parecido al siguiente: «Rafael Sánchez Ferlosio es el mayor escritor vivo en español», a lo que quizás añadan como coletilla, «y una de las glorias literarias de este país». La mayoría de la gente, o de los lectores, convendrán en lo acer-
tado de dicha aseveración. Sin embargo, pocos se detendrán a pensar en el significado de la misma. Ahí, sin embargo, radica el quid de la cuestión. En lo que significa ser escritor y, aún más, ser un buen escritor. Si comenzamos por la segunda parte de la frase vemos que hay gente, algunos eminentes críticos literarios, que han fundado la buena
SANTIAGO RODRÍGUEZ GUERREROSTRACHAN
escritura en el uso de un lenguaje adornado, en algunos casos hasta el manierismo o lo barroco, para contar historias inventadas. Digo lenguaje adornado pero quizás
debería haber dicho lenguaje bonito, con sus muchos adjetivos y con sus figuras retóricas conducentes a crear belleza, que luego provocará un sentimiento de placer en los lectores. No entra en esta categoría Ferlosio, aunque su escritura esté atravesada por las figuras retóricas, ninguna de ellas, eso sí, de las que hacen bonitos los escritos.
Está también la frase «Fulanito es un escritor». Tendemos a pensar que escritor es el novelista, el poeta o el dramaturgo. Para otros que escriben utilizamos sus nombres profesionales: periodista, guionista, quizás filósofo o moralista, pocos más. Si uno piensa en Ferlosio, se da cuenta de que novelas ha escrito solo tres en su vida, que entre sus escritos hay una gavilla de poemas, poco líricos a decir verdad, y que lo que abunda en su escritura son las anotaciones agudas, los artículos de periódicos y los ensayos, donde el uso del lenguaje llega a altas cimas de virtuosismo, sin por ello ser bonito, ni pretenderlo. Sánchez Ferlosio es, sin duda, un moralista, aunque quizás a él el nombre le disguste, pues no hay entrevista en los últimos tiempos en que no achique su figura. No lo es a la usanza más común, la del Jeremías que pasa su vida increpando a sus conciudadanos porque se han desviado del camino prescrito, ni tampoco lo es a la manera del libertino francés dieciochesco. En ‘Campo de retamas’, brega con las nociones comunes, con los comportamientos o expresiones que, por repetidas, ya no extrañan, ni en muchos casos tienen algún significado, y aplica su intelecto, cual escalpelo, a los mismos para limpiarlos de toda rutina y dejar desnudo lo que en su día fue. No otro es el propósito más que el de mostrar aquello que, por usanza, hemos dejado de ver. Sus indagaciones tienen como objeto el derecho, la ley y la justicia (que quizás deberían estar escritas en mayúsculas), el deporte –ejemplo supremo de aglutinador contemporáneo de voluntades–, el lenguaje o la historia. No para echarnos en cara lo malos
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CAMPO DE RETAMAS. PECIOS REUNIDOS Rafael Sánchez Ferlosio. Barcelona: Literatura Random House, 2015. 195 págs.
que somos o cuánto nos hemos desviado en nuestra vida; le anima una intención ilustrada: la de poner en claro conceptos que por varias razones han perdido su significado original para que así la gente, con el conocimiento a mano, pueda actuar. En Ferlosio el uso del lenguaje, extraordinario y elevado, va a la par del de su inteligencia para señalar mixtificaciones. De nada serviría ese lenguaje cuidado, exacto, denso al tiempo que fluido si el contenido fuera menesteroso. Cautiva por el ritmo y por el cuidado en la elección de los vocablos. Es un lenguaje ya en desuso, cercano al de Juan Benet en más de un sentido, aunque en estos pecios, que son en general breves reflexiones de pocas líneas –algunas hay que ocupan más de una carilla– apenas tengan presencia las frases hipotácticas. Quizás Sánchez Ferlosio vaya siendo ya una figura del pasado, espectral, alguien a quien nombrar si queremos adquirir pátina de respetabilidad pero, lamentablemente, dudo que logre tener continuadores en el presente o en el incierto futuro, lo que dice mucho del significado que tiene eso de ser una gloria literaria en España.
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LECTURAS
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Amor de almas y cuerpos Delgado novela en dos tiempos el deseo de Santa Teresa y el de una pareja de carmelitas en los sesenta
LUIS ANTONIO DE VILLENA
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e oído que ‘Sus ojos en mí’ (Premio Azorín, 2015) es una novela sobre los amores de Santa Teresa o Teresa de Ávila con Fray Jerónimo Gracián, treinta años más joven que ella, y que fue y sería un muy importante personaje en el mundo del Carmelo. Sin leer, se insinúa que la novela se apunta a los eventos del año teresiano. Fernando Delgado (Tenerife, 1947) autor ya bien conocido en la novela y mucho menos en la poesía, aunque lo merece, no es autor de novelas históricas, y lo que he comentado que se dice, sería una novela histórica con su inevitable punto de ficción. Pero Fernando, que admira la escritura y el temple de Teresa de Ávila, nos brinda en ‘Sus ojos en mí’ algo más complejo que la novela histórica, género que cuando se sale del buscado ‘bestsellerismo’, admiro y respeto. Diría más, aunque se
habla mucho de Teresa de Jesús, ni es una biografía, ni (muy poco) una novela histórica y ni siquiera una novela cabalmente teresiana. Son dos historias entrelazadas y de algún modo paralelas en tiempos y personajes distintos. Se trata por tanto de una novela con un complejo trabajo de ensamblaje estructural y de voces narrativas, lo que en sí mismo presupone un notable valor novelístico, en una escritura muy fluida que no cae en pastiches auriseculares, probablemente tentadores…
SUS OJOS EN MÍ Fernando Delgado. Planeta. Barcelona, 2015. 303 págs.
‘Sus ojos en mí’ es una novela sobre los amores mentales o espirituales en los que sin duda, y más de una vez, se cruza la tentación o el deseo del cuerpo, aunque podamos tener por cierto que si bien a Teresa de Ávila (con 60 años cuando conoce en Beas de Segura a fray Jerónimo Gracián de 30) le gusta el hombre, su carisma y su inteligencia, la relación fue solamente de afanes y cuidados mentales, lo que en nada obsta a que se diga amorosa. El otro lado (en los años 60 del siglo pasado y en Segovia) dos frailes carmelitas, uno de los cuales quiere escribir la historia de Teresa y Jerónimo que nos va contado a la vez que investiga, se les supone una relación igual, una conexión íntima de amor de almas que, evidentemente, da pie a toda clase de diretes maledicentes, que hace que uno de los frailes (fray Humberto) termine desapareciendo. De otra lado el proceso investigador para la novela que, a la postre, es la que tenemos entre manos, lleva a que se nos narren (es una de las zonas más delicadas de la estructura) hechos, la mayoría poco edificantes, de la situa-
Una novela americana
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ónde, a día de hoy, está lo exótico? Es una de las preguntas que ‘Mientras crece el bosque’ el intenso, muy intenso, puñado de cuentos que acaba de publicar Guillermo Corral, nos hace. No vamos a encontrar respuestas fáciles. Ni difíciles. Indicios, en cualquier caso. Quizás el mejor ejemplo sea el segundo relato, ‘Extraterrestres’, que, en apariencia, es también el que más se diferencia de los nueve restantes. Para un lector de Valladolid, como lo serán muchos de los que ahora leen esto, la descripción de los pinares arenosos bajo un sol inclemente de julio, de las pis-
CIRO GARCÍA
tas forestales, los cortafuegos, las hondonadas que, cuando éramos niños, podían ser cualquier cosa, esconder cualquier sorpresa, le serán familiares, nada exóticas. Y a ese parecer no le faltará razón. Pero en parte está equivocado. Algo después de leer el cuento, me di cuenta, no sin asombro, de que, en cierta manera, la habitación de hotel en Tokio donde transcurre el final del relato, me era tan familiar como el pi-
nar. Quizás más. No he estado nunca en Tokio, pero he leído tanto, he visto tantas fotos, tantas películas, que con el tiempo me he creado una iconografía, una mitología o fantasmagoría, o lugar imaginario, que llamo Tokio. Y ese lugar, por imaginario que sea, me es tan familiar como los pinares. Más, repito, porque rara vez pienso en los pinares, apenas los veo cuando paso entre ellos sobre las vías o la carretera. Y lo cierto es que, seguramente, no hubiera recordado los pinares de mi infancia de no ser por el cuento de Guillermo Corral. Y estos pinares son también –lo fueron siempre– un lugar imaginario: ese
El escritor y periodista Fernando Delgado. :: JAVIER LIZÓN ción de la Iglesia española en el siglo XVI, bajo Felipe II, y las historias no pocas veces crueles entre carmelitas calzados y descalzos (los de la reforma teresiana) con odios
bosque sembrado de agujas verdes y marrones, osamentas de piñas, donde, como ya he dicho, cualquier cosa podía acontecer. Y por ser menos frecuentado que Tokio en la imaginación, o en películas, o libros, o fotos –todos extensiones, ya observó Borges, de la imaginación–, resulta, a la postre, más exótico. Si esto me parece a mí, que crecí pasando largas tardes de verano bajo esos pinos, qué no le parecerá a quien nunca los ha visto. A un lector americano, por ejemplo. Pero esa imagen que me he edificado de Tokio no es solo mía. O no en su mayor parte. Muchos, acaso todos, la compartimos. De igual manera, incluso en mayor grado, todos compartimos una imagen similar de América. Si existe algo que podamos llamar un imperio america-
y zancadillas peor que malas. Ese telón de fondo de la reforma carmelitana tampoco es la novela, pero comporta un conjunto de datos que el lector debe conocer. Con lo
MIENTRAS CRECE EL BOSQUE Guillermo Corral. La Pereza Ediciones. Miami 2015. 205 págs.
no, este está situado, sobre todo, en nuestros cerebros. Es sorprendente, ha dicho el autor en alguna entrevista, lo mucho que se parece América a su imagen. Esta es quizás la premisa o excusa principal sobre la que construye Corral su libro de cuentos. Aunque guardo serias dudas de que haya en él algo que pueda ser llamado premisa
dicho queda claro que la novela de Fernando Delgado es un texto bueno y singular, muy digno de ser leído y con poco pero bueno de exacta novela histórica.
principal. Incluso de que se trate meramente de un libro de cuentos. La forma, la red tejida –con una prosa poderosa, cinemática, una impresionante fábrica de imágenes–, los vínculos que unen las historias entre sí, son demasiados, unos más evidentes que otros, como para no pensar que es una novela disfrazada: el bosque, la enfermedad o la desviación a la norma, la creatividad, la busca de lo justo, lo atroz y su reverso, son algunos ejemplos. Ah, y la marca Polaris. Una colección de fragmentos que forman un todo que vislumbramos aunque nunca se muestra completo. Hasta que acabamos el libro y lo pensamos. Porque ‘Mientras crece el bosque’ es un libro de esos que permanece largo rato en el pensamiento.
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LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL
Luces y sombras de la literatura Jaime Fernández defiende el arte como ensanche de la vida y vitamina de la realidad desde el ensayo
E
ste libro solo podía ser obra de un gran amante de la literatura, de un lector empedernido que hace del territorio literario su huerto cerrado y apetitoso. Reúne diecinueve ensayos llenos de amenidad y variados matices en los que aborda las mil caras de la literatura, desde aquellas que más conciernen a la personalidad de un autor, hasta las que se difuminan en los contornos del mercado y la sociología, sin olvidarse de las que forman el meollo de la creatividad. Jaime Fernández es un periodista al que siempre le ha gustado hacer incursiones en el campo del ensayo literario, como muestran libros anteriores. Combina muy bien la lectura atenta y sensible con la dicción clara y entretenida para hacer de estos breves ensayos unos apuntes llenos de interés que ayudan al lector medio a reflexionar sobre el hecho literario y a solazarse con los pequeños misterios de la literatura. Es crítico y echa mano de la ironía a la hora de abordar cómo encara la civilización actual, técnica y pragmática, el hecho literario, trivializándolo o desfigurándolo. Habla de la expulsión de las escuelas de la buena literatura de creación y de pensamiento, a propósito de los enemigos que han tenido los libros a lo largo del tiempo, pues al fuego y la censura que antaño los amenazaba, hay que añadir hoy la invasión de imágenes y pantallas, el márketing confundidor y la eficacia productiva, que destierran las grandes obras de la enseñanza. Con ello, a las nuevas generaciones se las está privando de los beneficios de la palabra y secando las fuentes de la imaginación, pues la imagen es solo un sucedáneo empobrecedor. Lo mismo sucede con el gran aliado del hombre, que es su memoria, cuyos manantiales se obstruyen con la tiranía que impone la información obsesiva de la actualidad. Se ha perdido, dice, el placer de narrar, de acudir al recuerdo y contar historias. Sueños, viajes, recuerdos… han alimentado
C CÉSAR A AUGUSTO A AYUSO
de continuo la imaginación de los hombres y le han reconciliado con el pasado. Leer es un acto gozoso y creativo. La auténtica lectura, para el autor, no es la impuesta por la mercadotecnia, llamada a ser superficial y acomodaticia, sino la elegida libremente y gustada con demora, de la que no se sale como se entró, esa cuyo acto en sí mismo es una impagable recompensa, como quería Virginia Wolf. Esa lectura atenta y lúcida que el autor hace de tantas obras y escritores en los que aquí se apoya para lanzar sus asertos. Y tan sugestiva como la de ciertos capítulos a propósito de autores como Robert Walser en el que da título al libro, o Franz Kafka. Son vidas que, contempladas en sí mismas, arrojan toda la pureza del escritor verdadero: el afán de anonimia, de humildad y adecuación a la realidad del primero, o la pasión absoluta por la escritura del segundo, a la que sacrificaba todo. Del hecho mismo de escribir, del esfuerzo incesante que supone
«Se ha perdido, dice Jaime Fernández, el placer de narrar, de acudir al recuerdo y contar historias»
EL POETA QUE PREFERÍA SER NADIE Jaime Fernández. Madrid, Hermida Editores, 2015.
la lucha con las palabras, por conseguir la expresión más decantada, trata en otro certero ensayo. Así como del uso y abuso de los adjetivos en otro, pues acertar con estos exige la constante vigilia del escritor para lograr el rigor y la precisión en su estilo. En este afán caleidoscópico de abordar lo literario, no se olvida de la presencia del escritor en la sociedad, de sus poses, oficios y servidumbres. Trata de los que se esconden, comprometidos con su escritura más que con el espumarajo editorial, y de los que a toda costa buscan la gloria literaria, y también se ocupa de los que como Pessoa o Kafka fueron funcionarios de día y escritores de noche, así
como de la distinta imagen que proyectan en su vida diaria y en su obra de ficción, pues con frecuencia el hombre oculta su ‘máscara’ en sus personajes. Incluso dedica un ensayo eutrapélico a la relación del paraguas con los escritores. De gran interés son las reflexiones que hace en otros ensayos sobre cómo hoy se prefiere leer las memorias y las notas íntimas de un autor a su auténtica obra de ficción, y la decantación entre vida y arte. Frente a Zola, defiende que el arte ensancha la vida y enriquece lo real, liberando la imaginación humana de las lianas de lo perentorio.
Enfermedades que no se ven :: V. M. NIÑO «La juventud es una enfermedad que se cura con los años», sentenció Bernard Shaw. La actual adolescencia viene a ser pues una patología transitoria, interesante, irrepetible, pero con sus dosis de irascibilidad e inseguridad. Si a esa etapa del aprendizaje humano se une una dolencia mental diagnosticada, el cocktail puede ser explosivo. Esa es la coyuntura elegida por Ana Alonso y Jorge Pelegrín para contar la historia de Ana y Bruno. La protagonista padece un trastorno obsesivo compulsivo (el conocido TOC para el gremio) del que nadie en su instituto sabe nada. Hasta ese momento se ha parapetado en su fama de ‘rara’. Tan buena estudiante como solitaria, carece de amigos y mantiene las distancias con los profesores también. Una exposición oral sobre la cultura egipcia despertará el interés del chico más deseado de la clase, Bruno. El ‘patito feo’ resulta ser una gran conocedora de ese mundo y por una
vez es el centro de atención. Desde el principio los autores dejan pistas, no se trata solo timidez, no es solo retraimiento. Bruno decide acercarse a Ana después de la disquisición sobre Nefertiti. Una primera cita desata una tormenta de temores en la casa de Ana. Dos posturas encontradas: la madre que quiere evitarla exposiciones dolorosas y hacer pública su enfermedad; la del padre que desea normalizar la vida de su hija aunque sean inevitables algunos zarpazos. Y en medio la dubitativa Ana que ha ido ‘salvándose’ a costa de
EL SUEÑO DE BERLÍN Ana Alonso y Jorge Pelegrín. XII Premio Anaya de Literatura Infantil y Juvenil. 120 páginas, 12 euros. A partir de 14 años
no tener complicidad con nadie. Los autores hacen una sutil exposición de los síntomas y los ataques del TOC y ceden a la opción de los personajes más proactivos: Bruno y el padre. El chaval da una lección de valentía a profesores y padres cuando se empeña en probar los límites de Ana en el viaje de fin de curso. La peculiaridad del TOC es la capacidad del paciente para predecir el ataque y el dolor de la conscinencia de no poder hacer nada. En Berlín está el busto de Nefertiti. En Berlín Ana se enfrenta a sus miedos y, cuando está a punto de perder la pelea, de volver a su soledad ante las miradas escrutadoras de los demás, se levanta cual ave fénix gracias al apoyo incondicional de Bruno. ‘El sueño de Berlín’ ha ganado el último Premio Anaya de Literatura Juvenil quizá por la valentía de los autores en presentar un tema casi tabú –la enfermedad mental en los jóvenes– y por la audacia en el desarrollo de una ficción llena de verdad.
Homenaje a Londres y a la reina :: V. M. N. La reina británica sigue siendo un icono nacional aunque los nietos amplíen la familia, a pesar de que el país esté sumido en el coyuntura electoral. Los coprotagonistas cambian, la institución e Isabel II permanecen. Steve Antony juega con esa condición de personaje, tocada con su característico sombrero, y dibuja un cuento que lleva al pequeño lector por todo Londres. Desde el color –azul, rojo y negro– hasta el humor flemático, desde las sobrecubiertas hasta el perrito falde-
EL SOMBRERO DE LA REINA Steve Antony. Bruño. Edición bilingüe. 32 páginas. 12 euros. A partir de 12 euros.
ro, todo es muy inglés. Y ya puestos, la editorial Bruño ha decidido hacer una versión bilingüe. Isabel deja Buckingham para hacer una visita y el viento lanza su pamela por encima de la guardia real, por los leones de Trafalgar Square, por el metro, sobre el Támesis, el Big Ben, la gran noria, hasta que se posa sobre la cabeza de un bebé. Quién sabe si será Carlota. Antony arma una curiosa historia visual además de convertir el cuento en un gancho para turistas, aunque sean pequeñitos.
14 LA SOMBRA
Sábado 9.05.15 EL NORTE DE CASTILLA
DEL CIPRÉS
H
oy me ocuparé de un par de palabras que funcionan como equivalentes léxicos pensando que tienen el mismo significado cuando en realidad no es así y que podrían constituir un tipo especial de impropiedad léxica. Me refiero concretamente al uso de los adjetivos ‘justiciero’ y ‘justo’. El adjetivo ‘justiciero’ se aplica a quien respeta y hace respetar la justicia con severidad y rigor y también a quien observa estrictamente la justicia en el castigo de los delitos, mientras que ‘justo’ se aplica a quien actúa con justicia. Los adjetivos «justiciero» y «justo», aplicados al sustantivo «juez», son muy utilizados y han servido para crear juegos de palabras, sobre todo en los medios de comunicación: de un juez ha escrito un columnista que «no tiene clara la raya que separa al juez del justiciero» y de otro que «ha sido más justiciero que juez»; he escuhado en la radio que «la obligación de los jueces es ser justicieros»; y he leído que un político se ha quejado «del afán justiciero» de una jueza. Al leer los artículos periodísticos de los que he sacado estos ejemplos, he percibido que los periodistas han pretendido jugar con el lenguaje sacando a relucir las connotaciones que estos dos adjetivos tienen para la mayoría de los hablantes de español. Por connotación se entiende el significado secundario y subjetivo que tiene una palabra por su asociación con otras o como resultado de influencias diversas y que transmite independientemente de su significado básico o principal. Por ejemplo, en algunos países la palabra «mulato» tiene connotaciones racistas. Los hablantes perciben esos adjetivos («justiciero» y «justo») de manera bien distinta: «justiciero» tiene una connotación negativa, mientras que «justo» apunta más hacia lo positivo. De hecho, «justiciero» ha adquirido un nuevo significado, que no recoge el ‘Dicciona-
USO Y NORMAS DEL CASTELLANO MARÍA ÁNGELES SASTRE PROFESORA DE LENGUA ESPAÑOLA EN LA UVA
«JUSTICIERO» Y «JUSTO»
Más normas y recomendaciones para el uso correcto del castellano. Envíe sus consultas a: elcastellano. elnortedecastilla.es
rio de la lengua española’ de la RAE, y que sí registra el ‘Diccionario de uso del español actual’ (ed. SGEL, 2003): persona violenta que se toma la justicia por su mano. Obsérvese que en esta definición la locución verbal «tomarse la justicia por su mano» contribuye claramente a esa connotación peyorativa de la que hablo. De un juez podría decirse que es «justo» si entiende que su trabajo no consiste solamente en aplicar la ley, sino que además hace justicia de acuerdo con la ley. Vuelve a salir otra locución verbal, «hacer justicia», que en el ámbito judicial ha de ser entendido como «administrar justicia» (aplicar las leyes y hacer cumplir las sentencias) y fuera de él como el hecho de reconocer lo que correspon-
de a una persona por sus méritos y valores, sin atender a otro motivo, especialmente cuando hay competencia y disputa. Y en ambos casos con connotaciones positivas. Esto que acabo de decir, desde fuera de la judicatura, entendida esta como el ejercicio de juzgar. Desconozco si los jueces –en situaciones informales, claro está– se etiquetan a sí mismos o entre ellos (unos a otros) como justos o como justicieros por sus actuaciones durante el ejercicio de su profesión y también desconozco si entre ellos la connotación prima sobre la denotación (significado de una palabra sin matizaciones subjetivas) al usar estos términos. En un sentido estricto, si nos atenemos al significado que de «justiciero» registran los diccionarios (utilizo la 23.ª del diccionario académico, publicada en 2014: 1. Que observa y hace observar estrictamente la justicia; 2. Que observa estrictamente la justicia en el castigo de los delitos) y lo aplicamos a la palabra «juez», tenemos que aceptar que no implica nada negativo que un juez sea justiciero y, en consecuencia, deberíamos desear que todos los jueces fueran justicieros. Por eso me sorprende que profesionales de los medios de comunicación (y por qué no decirlo abiertamente, profesionales de las tertulias radiofónicas y televisivas) lleven y traigan tan alegremente estos dos adjetivos, acomodándolos sus propios intereses, sin haberse preocupado de consultar un diccionario general de la lengua. Y más sabiendo la influencia que tienen entre quienes los leen o los escuchan. De los ejemplos de los que he partido, me quedo con el que oí en una tertulia radiofónica: «la obligación de los jueces es ser justicieros», en sentido estricto, claro. Y yo añado que han de ser justos si por «justos» entendemos equitativos, imparciales, legales y ecuánimes. No sé qué dirán los jueces.
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Donde no estás. Gustavo Martín Garzo (Destino)
Hombres buenos. A. Pérez Reverte (Alfaguara)
La templanza. María Dueñas (Planeta)
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Hombres buenos A. Pérez-Reverte (Alfaguara)
Hombres buenos Arturo Pérez-Reverte (Alfaguara)
La lengua de los secretos. M.Abrisketa (Roca Editorial)
El juego sigue sin mí. Martín Casariego (Siruela)
Número Cero. Umberto Eco (Lumen)
Un erasmus en Bruselas.A. Escardino (Funambulista)
MH 167-Mortadelo y Filemón. F. Ibáñez (B Ediciones)
El mundo azul... Albert Espinosa (Grijalbo)
Distintas formas de mirar... J. Llamazares (Alfaguara)
Hombres sin mujeres. H. Murakami (Tusquets)
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Guardián invisible Dolores Redondo (Destino)
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Final de partida. Ana Romeroa (La Esfera de los Libros)
Final de partida. Ana Romero (La Esfera de los Libros)
El francotirador. Kyle/Defelice (Crítica)
Mortadelo y Filemón. El tesorero. F. Ibáñez (Ediciones B)
Los mitos del franquismo. Pío Moa (La Esfera de los L.)
Reinas y princesas... Jaime Peñafiel (Grijalbo)
Pactos y señales... J. J.Benítez (Ediciones B)
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El fango. Baltasar Garzón (Debate)
La restistencia íntima. J. M. Esquirol (El Acantilado)
Diario de un ministro. José Bono (Planeta)
Biografía del silencio. Pablo D’Ors (Siruela)
Gente tóxica. Bernardo Stamateas (B de bolsillo)
Para ser escritor. Dorothea Brande (Círculo de Tiza)
En familia. Karlos Arguiñano (Planeta)
Los mitos del franquismo. Pío Moa (La Esfera)
El cambio sensato. Albert Rivera (Espasa)
Cervantes Jorge García López (Pasado&Presente)
La economía, una historia.... Niño Becerra (Libros del Lince)
Todo lo que he aprendido. L. Rojas Marcos (Espasa)
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Cabaret Biarritz. José C. Valdés (Destino)
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Sumisión M. Houellebecq (Anagrama)
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Esperando al rey. Peridis (Espasa)
Hombres buenos. Arturo Pérez Reverte (Alfaguara)
Campos de retamas. Sánchez Ferlosio (Random House)
La niña que tocaba... Jesús Torrellas (Círculo Rojo)
Ofrenda a la tormenta. Dolores Redondo (Destino)
Blitz. David Trueba (Anagrama)
Número Cero. Umberto Eco (Lumen)
Sumisión. M. Houellebecq (Anagrama)
Distintas formas de mirar... J. Llamazares (Alfaguara)
Número cero. Umberto Eco (Lumen)
Hombres buenos A. Pérez-Reverte (Alfaguara)
Mujeres. Eduardo Galeano (Siglo XXI)
Crímenes que no olvidaré. Bartlett (Destino)
También esto pasará. Milena Busquets (Alfaguara)
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La vida perenne. J. L. Sampedro (Plaza & Janés)
Emocionario VV. AA. (Palabras aladas)
Palabrotalogía. Ortega. (Crítica)
Final de partida. Ana Romero (La Esfera de los Libros)
Mis chistes, mi filosofía S. Zizek (Anagrama)
Final de partida. Ana Romero (La Esfera)
Pactos y señales. J. J. Benítez (Planeta)
La espada y la palabra. Manuel Alberca (Tusquets)
Del dolor y la razón. Brodsky (Siruela)
El fango. Baltasar Garzón (Debate)
El capitán en el siglo XXI. T. Piketty (FCE)
El fango. Baltasar Garzón (Debate)
Palabrotalogía. Virgilio Ortega. (Crítica)
Yo fui a EGB. Ikaz/ Díaz (Pplaza y Janéss)
El cura y los mandarines. Gregorio Morán (Akal)
Diario de un ministro. José Bono (Planeta)
El Establishment. Jones. (Seix Barral)
Pan casero. Ibán Yarza (Larousse)
Perros e hijos de perra. A. Pérez-Reverte (Alfaguara)
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Sábado 9.05.15 EL NORTE DE CASTILLA
DEL CIERVO A LA SOPA DE LATA
L
O que debió de pasar por la enigmática cabeza de Andy Warhol es un misterio. Acaso aquel guantazo moral recibido de la mano del maestro lo hizo más sabio, más cínico y más excéntrico, si cabía. Lo cierto es que con motivo de su primera gran exposición retrospectiva organizada por el MOMA (es decir: el éxito, la sublimación, la apoteosis, para aquel inmigrante de segunda generación) tuvo a bien buscar el guiño –por muy paradójico que pueda resultar– de la tradición en la vanguardia y buscó las bendiciones de quien era, y es, considerado el siete puntas de la realidad artística conceptual que ha acompañado al mundo desde las masacres de la primera mitad del siglo pasado. Así que el muchacho de las serigrafías solarizadas con productos del celuloide, de las películas eternas y de la consagración de la banalidad utilizó para la invitación a la inauguración de su exposición la imagen de una Gioconda bigotuda concebida en el parnaso estilístico y conceptual de Duchamp. Es fácil imaginar lo que Warhol esperaba con aquel atrevimiento. Sin embargo, lejos de materializarse el encuentro histórico de ambos creadores, tan cercano al efecto de una alternativa taurina, Marcel no solo declinó la invitación sino que rechazó la ocurrencia que intentaba conciliar los fundamentos de su poética artística con las propuestas populares de Warhol. Podría colegirse que su ambición desmedida por encontrar la aprobación de la genialidad viviente logró un rechazo público y notorio que, en otras circunstancias, se habría mantenido oculto en un elegante y discreto segundo plano. En cualquier caso, mezquino sería enfangarse en el detalle de la anécdota cuando ambos gozan de merecida atención en la memoria colectiva de la humanidad. Y, si bien, resultaría interesante entretenerse en los matices que Duchamp aportaría con su rechazo para alejar sus respectivas propuestas plásticas de un modo tan elocuente (entre los
Cuando se habla de la superficialidad de Andy Warhol se pierde la perspectiva del momento histórico que vivió Una de las reproducciones de la lata ‘Campbell’s’ realizada por Andy Warhol. :: EL NORTE
OVEJAS NEGRAS RAFAEL VEGA
adeptos de uno y otro puede caber incluso el insulto), acaso carezcan de fundamento cuando, en realidad, ambos creadores responden a una necesidad estética temporal con lucidez y eficacia similares. Las diferencias entre ambos, por otra parte, son notables: ante la incontestable genialidad conceptual del maestro francés, capaz de crear un lenguaje nuevo para un hombre nuevo, nos encontramos con un Warhol que regresa a los orígenes de la expresión y reduce la ambición artística a la ejecución plástica (eso sí, con los medios apropiados de su época). Si Warhol hubiese vivido hace treinta mil años también habría dibujado la comida en la roca y habría usado su mano como plantilla, y lo habría hecho con la misma economía gráfica que estos perseguían: la copia, la receta, la reproducción de un trazo funcional no solo repetido sino también transmitido de unas generaciones a otras como parte de un conocimiento adquirido. Cuando se habla de la superficialidad de Warhol se pierde la perspectiva del momento histórico que vivió. Gracias a él sabemos cómo eran los vahos de la segunda mitad del siglo XX, aquellos consagrados a la producción, compra y venta de bienes de consumo. Sus cajas de productos de limpieza, sus latas de sopa y sus personajes históricos son tratados de igual modo. En contra de lo que Duchamp criticaba, no pretenden ser obras de arte por si mismas. Se convierten en obras de arte gracias a su cohabitación en el ideario colectivo, gracias a su presencia necesaria en la sociedad de consumo, al modo en que hicieron más fácil, más alegre o más amable la vida de la gente; son comida, como los ciervos paleolíticos grabados en el esquisto.
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LA SOMBRA DEL CIPRÉS
Sábado 9.05.15 EL NORTE DE CASTILLA
Director: Carlos Aganzo Coordinadora: Angélica Tanarro
La guerra de los mundos L
a guerra de los mundos, que a partir de Wells incluye a los extraterrestres, hunde sus raíces en la guerra de Troya, que como diría Marguerite Yourcenar, es la guerra por excelencia, hasta el punto de que todas las guerras vienen a ser versiones más o menos logradas de la guerra de Troya, que es la guerra primordial en la que se va a cimentar buena parte de la mitología griega. En la novela ‘La guerra de los mundos’ de Herbert George Wells aparecen por primera vez los extraterrestres en una epopeya que quiere ser planetaria. Aparece el otro de verdad y viene de otro planeta, si bien el esquema narrativo es el mismo que el de la Ilíada vista desde los troyanos. Es sabido que los marcianos no llegan a la tierra con buenas intenciones, como no llegaron los griegos con buenas intenciones a Troya. Lo advertimos nada más empezar la novela, cuya acción se inicia cuando ya la humanidad lleva padeciendo seis años a los marcianos. Asombrosamente, se trata en realidad de una novela decimonónica, ya que fue publicada en 1898, y puede decirse que inauguró el subgénero de la literatura sobre extraterrestres que tanto ha dado de sí (y lo que le queda por andar). Imagínense la diferencia: mientras en España hablábamos de la pérdida de Cuba y de las ruinas imperiales, en Inglaterra estaban ya hablando de los extraterrestres. Nadie ignora que el jovencísimo Orson Welles hizo un programa radiofónico sobre la novela y provocó el pánico en Nueva York. Mucha gente creyó que acababan de llegar los extraterrestres. Todo lo cual para indicar que tras el mito de los extraterrestres se per-
cibe el miedo a la otredad, y el miedo a pensar en nosotros mismos cuando fuimos la otredad para otros pueblos, y los aniquilamos desde el poder que nos daban nuestras armas y nuestra alteridad. Lo que más me inquieta del mito de los extraterrestres es
su insistencia y el hecho de que se agrande cada vez más, hasta convertirse en una megamitología de la otredad. Y me inquieta porque el mito de los extraterrestres podría vincularse a la mitología de los aztecas anterior a la invasión española. Los aztecas nos
habían imaginado llegando del mar, hasta físicamente nos habían imaginado, como insiste Lévi-Strauss, buen conocedor de la mitología americana. ¿Los habíamos imaginado nosotros a ellos? Desde luego que no; lo que equivale a decir que los aztecas habían
penetrado más en nosotros que nosotros en ellos, antes incluso de la conexión y el horror, mucho antes, si bien no les sirvió de nada toda su sabiduría profética, como ya sabemos. Desde esa dimensión mágica en la que se cruzan el es-
MITOLOGÍAS JESÚS FERRERO
:: ILUSTRACIÓN IRENE GRACIA
pacio y el tiempo, los aztecas estaban mejor informados que nosotros: es una evidencia. Sus dioses y sus brujos les habían avisado de nuestra llegada desde el mar profundo, pero esa información ventajosa que tenían sobre los hechos del destino acabó siendo su fosa, pues les incitó a divinizar a los españoles en lugar de ayudarles a relativizarlos. Imaginemos por un momento que toda la mitología acerca de los alienígenas fuese para nosotros algo parecido a los mitos aztecas que versaban sobre seres divinos que llegaban desde el otro lado del mar. Si un día los extraterrestres llegan, no será porque la literatura no nos haya avisado. En términos modernos, los extraterrestres nos visitan por primera vez en 1889, gracias a la novela de Wells, pero ya hemos indicado en anteriores artículos que circula con mucha fluidez la creencia de que los extraterrestres nos visitan desde antiguo. Vuelvo al problema del choque de los mundos. Si un día o una noche llegan los extraterrestres, a más de uno le va a parecer un asunto muy conocido. Hemos imaginado tantas formas de invasión extraterrestre que cuando lleguen los alienígenas no nos tendríamos que asombrar ni caer en la tentación de divinizar la otredad, como tan equivocadamente hicieron los aztecas. Imaginemos que estamos destinados a conocer formas de otredad parecidas a las que conocieron los aztecas, y pensemos lo que ocurrió en la antigüedad cuando culturas tecnológicamente avanzadas se enfrentaban a otras más toscas. Ah, el horror el horror. Basándose en esa tradición caníbal, Wells imaginó a unos marcianos que sorbían nuestra sangre (una otredad vampírica), y creó escuela. Nuestra experiencia histórica nos indica que no sería demasiado positiva una invasión extraterrestre. Los aztecas estaban obsesionados con una invasión, y en eso no se equivocaron, solo se equivocaron en la bondad que le atribuyeron al invasor. Me inquieta que llevemos más de un siglo obsesionados con una invasión extraterrestre. Esa clase de insistencias acaban materializándose, si no siempre, sí de vez en cuando. Los aztecas son buena prueba de ello. Sus dioses no les traicionaron, fueron ellos los que no entendieron el mensaje.