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Ana Flores - Carlos Santunione

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Colecci贸n

En la atm贸sfera (narrativa)

El mens煤 ediciones www.elmensuediciones.com.ar


Santunione, Carlos Eugenio Ana Flores. — 1a ed. — Villa María : El Mensú Ediciones, 2011. 162 p. ; 21x15 cm. — (En la atmósfera; 3) ISBN 978—987—26641—4—5 1. Literatura Argentina. I. Título CDD A860 Fecha de catalogación: 14/07/2011

Contacto con el autor: mensu.ediciones@gmail.com Editor: © Darío Falconi Diseño de tapa: © Robinson Ríos Diseño de interiores: © Darío Falconi Logo editorial: © Santiago Gallardo 1ª edición: 100 ejemplares © 2011 Carlos Santunione © 2011 EL MENSÚ ediciones www.elmensuediciones.com.ar mensu.ediciones@gmail.com (0353) 154201252 ISBN 978—987—26641—4—5

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ANA FLORES

El mens煤 . en la atm贸sfera . 03


ANA FLORES

Carlos Eugenio Santunione


—Oiga. Mire hacia la otra ventanilla. Por favor, mire. Había oído un golpe en la chapa de la puerta, como un puñetazo. Le hablaba un motociclista cuyas facciones de cara no veía por estar resguardada su identidad con un colorido casco blanco con listones rojos y azules. Miró hacia la otra ventanilla. Vio a otro motociclista también con casco, que le apuntaba con una pistola. Lo estaban asaltando mientras su coche estaba detenido en plena avenida Lugones. Él hablaba por teléfono celular con su oficina, haciendo saber del embotellamiento en que se encontraba y el consiguiente atraso de su arribo. Estaba en el horario justo de una entrevista lograda con alguna dificultad. —Deme su celular y su billetera. Rápido. —Corto. Me están asaltando. Cerró el teléfono y llevó su mano derecha hacia el dorso de su postura, dejando entrever la intención de buscar su billetera en el bolsillo posterior de su pantalón, pero al llegar la mano a su destino encontró lo que buscaba: su pistolera ubicada junto al gancho de encaje del cinturón de seguridad. Retiró el arma con la seguridad de

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que estaba cargada y sin seguro, como mal acostumbraba. Ubicó el dedo en el agujero protector del gatillo y comenzó a retirar el arma, sintiendo el frió contacto de la lengüeta metálica del accionador del disparo. Fue tan solo un segundo. El arma salió de su resguardo girando hacia la ventanilla del acompañante y oprimió el percutor. Una violenta estampida multiplicada por el ambiente cerrado, se oyó. En el marco de una sutil nubecilla de humo advirtió que el motociclista amenazante se trastabillaba. El de su lado emprendió una rápida fuga. En el automóvil lateral la cara de una sorprendida mujer observaba. Desprendió el cinto que lo ceñía y bajo del vehículo empuñando el arma. Del otro lado el motociclista restableció su equilibrio y se lanzó a toda velocidad por el pasadizo que le dejaban los autos detenidos hacia adelante. En el lugar donde este había estado detenido había un trozo de plástico blanco, resultado del impacto de la bala y un revólver caído y abandonado. Era un arma del calibre 22 corto —casi un juguete— que por los orificios del tambor asomaban brillando las puntas broncíneas de las balas. Parado, apoyó el brazo armado en el capot de su auto para respirar con profundidad y expirar todo el aire acumulado por su natural nerviosismo. Repitió el ejercicio respiratorio, ahora más profundo, expulsando el aire con resolución serenante. Había pasado todo en una compacta fracción de minuto. Sacó de su bolsillo posterior un pañuelo y con el levantó el arma caída. Retornó hacia la puerta de su cabina abierta y encontró su celular caído en el piso por motivo de su apresurado actuar. Depositó el revólver en el asiento del acompañante y con la misma mano lo levantó. En el automóvil lateral bajaron el

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vidrio de la ventanilla y la mujer retrotrajo la cabeza para permitir a su marido expresarse. —¿Qué me cuenta? Pero salió todo bien, ¿cierto? Si no hay problema desde los otros autos, yo no he visto nada. Ni tampoco oído. Lo felicito por su temple. Se escaparon. Nadie va a entender lo que pasó, si tan solo van disparando entre las filas de esta congestión. El conductor del auto trasero se había bajado y escuchando al otro, afirmó: —Yo creo que es mejor no haber visto ni oído nada. Si no, vamos a pasar todo el día por declaraciones a la policía. Yo también lo felicito, amigo. Valga todo por el susto que se llevaron. Nadie más intervino. Una estampida entre el fragor de las aceleradas de los motores de dos motocicletas. Si alguien vio u oyó algo, razonaron como el automovilista y circunstancial testigo. Nadie estaba para meterse en un lío al pedo.

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Pasada la media tarde, sobre la hora siete, llegó a su casa y enfiló el automóvil hacia el pórtico del garaje. Sobre la vereda de enfrente estaba estacionado un patrullero de la Policía Federal. Como tantas otras veces bajó renegando de sí mismo por no haberse ocupado de hacer colocar un portón automático, de esos que se manejan a la distancia con solo apretar un botón. A veces se solía consolar de su dejadez, razonando que subir y bajar del auto era un ejercicio útil para no desarrollar abdomen y ser un verdadero panzón para lo que creía tener una cierta predisposición. Abrió el portón y al volverse vio que un oficial de la policía se encaminaba resueltamente hacia él. —Buenas tardes —se manifestó: ¿De quién es este automóvil? —Mío. ¿Qué ocurre? —Este vehículo fue interceptado por delincuentes durante la mañana. ¿Iba usted conduciendo? —Vea yo durante la mañana trabajo. De ocho a doce y por la tarde de catorce a dieciocho...

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—Usted sería ajeno al hecho. ¿Eso me quiere decir? —Mire, yo soy periodista y vine a casa a cambiarme de ropa porque en una hora más tengo —tenemos junto a otros— una entrevista para requerir aclaratorias sobre un cuestionamiento del FMI, con el Señor Ministro de Economía. Es una reunión formal y oficial —mostró un sobre con escudo nacional en relieve—. Si quiere someterme a un interrogatorio, con todo gusto mañana por la mañana. —Bueno, está bien —manifestó el policía—. Mañana lo voy a citar formalmente para que me preste una declaración formal. Buenas tardes —y se volvió. Buenas tardes —contestó sorprendido por la actitud cortante y decidida del policía. ¿Lo habría disgustado la apelación al compromiso y citar a un tan alto funcionario? Le pareció que la actitud del hombre era la de un molesto y enfadado señor que hubiese querido decir: “Te voy a dar Ministro, periodista canchero”. Había que salir del paso. Luego pensaría, ahora a cambiarse. Entro el auto y al cerrar el portón observó al patrullero que se retiraba. Ingresado a la casa quiso desentenderse del problema. No pudo. A la audiencia del Ministro iría en taxi. No habría lugar donde estacionar. ¿Por qué la policía? ¿Alguien habría denunciado el entrevero? ¿Con que razón si el único afectado era él y no tenía ninguna razón ni ganas de prolongar el problema? Siempre la policía hurgando en donde no debe. ¿O le habría afectado la bala al delincuente? Vaya uno a saber… Oh no, ¡no! El muchacho huyó en su motocicleta y si llevaba algún problema, ya estaba bastante avanzado cuando él dejó de verlo

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como para que alguno de esos tan adelantados se interesase en anotar la patente de su auto. Debió haber sido algún circunstancial vecino del incidente el que tomó debida nota del auto, su marca, modelo y patente. Razonó un instante y decidió que debía visitar a su abogado. Esta vez él no le rezongaría, como siempre, con un: “¡¡Pero nene…!! ¡Tenés una vocación para los desastres!” Esta vez todo había sido producto de circunstancias involuntarias, él no se había metido ni generado ningún problema. Era parte de la inseguridad que se enseñoreaba cada vez más de las calles de la ciudad. Y culpa de esta juventud que vivía con el cerebro atrofiado por el uso y abuso de drogas, por la internet con sus espacios de sexo explícito y distorsionante, pornografía libre y gratuita y por el chateo, ese chateo con anónimos desconocidos que venían a intimar con los chicos como reservados y grandes amigos ocultos en la sombra de la desidentidad. Todo se debía a la culpa de Menem, que les levantó el servicio militar justo ahora cuando más hacía falta para meter en caja a tanto vago. Ah… ¿Y las vagas? Valentín se incorporaría como cabo voluntario al ejército, sin otra retribución que poder gritarles: “cuerpo a tierra.” Valentín Moreno —su abogado— había sido compañero de estudios secundarios, cuarto y quinto año del bachillerato especializado, en el Colegio Nacional Nicolás Avellaneda, en Palermo. Una amistad leal e inquebrantable que perduró en el tiempo. Eran aquellas noches en que al salir de la escuela nocturna cenaban siempre en el mismo copetín al paso, frente a la boca de acceso al subterráneo. Aquel copetín como los de antaño, salones de

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un largo mostrador y mesas en espacios separados —boxes— también a lo largo de todo el salón. El menú era uniforme y eterno: sándwiches de milanesa adobados con mostaza y un vaso de cerveza, un cívico le llamaban. Los sándwiches eran para ellos —clientes efectivos— de milanesas recién fritas, grandes y en pan doble. Les decían alpargatas, tal cual como las viejas alpargatas le sobresalían la carne apanada y frita con el abundante color amarillo de la mostaza. Al terminarlas, las infaltables charlas de camaradería que concluían siempre puntualmente al mismo horario. El tren subterráneo ponía en marcha la última formación del día a la una de la mañana. Y… a no perderlo, que sino patacón por cuadra. Las tantas charlas de amena camaradería, fueron dando lugar a algunos compromisos de fin de semana. “¿Qué vas a hacer el sábado? —¡¡Vamos!! ¡Dale!” Y así fue amalgamándose un tenaz compañerismo que no pudo doblegar los embates de los años posteriores. Fieles amigos habían hecho fructuosas carreras en distintos ámbitos. “Tin” era un brillante letrado, cabeza de un estudio jurídico muy reputado —reputeado, decía, cuando pasamos las facturas— Civil, Comercial y Penal Tributario. —Pero sos incorregible. Siempre con la misma vocación para hacer desastres. —Tin le recriminaba por algo mal hecho. —Pero, ¿Y ahora yo que hice? Yo no inicié nada. Todo me lo vinieron a traer esos muchachones. —Cómo que nada. ¿Qué tenés que levantar un arma, con la que te asaltaron y no llevársela a la policía? ¿Vos crees que estás en tu sano juicio? Si hasta vos mismo escribirías todas las barbaridades que se te vinieran a la cabeza, acerca de un infeliz que hiciera lo mismo que hiciste vos.

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No es un delito tipificado, pero hay que ver como carátula la policía. Pero bueno, ahora hay que actuar. Yo estoy hasta la manija por la mañana, en una denuncia de evasión fiscal. El cliente es muy importante y el asunto es grosso. En principio te voy a mandar un sustituto, o mejor dicho una sustituta. Muy hábil, ella. Va a hacer todas las indagaciones en la comisaría y va a tratar de despejar —como pueda— cualquier situación que nos complique. Ahora bien, ella es un buen anzuelo para la policía, pero no para vos. Te estás piola y tranquilo. La dejás hacer a ella. Vos no te metés. ¿Está claro? Y no te hagás el vivo con la chica. Es una profesional. —Y yo un caballero. ¿O qué me querés decir? —Nada. Solo que te conozco lo suficientemente bien, como para hacerte la advertencia. Mañana, a las nueve en punto estate en la policía. La abogada se llama Ana Flores Arteaga. —¿Vamos a tomar una copa o algo? Yo invito. — No. Te dije que hasta las manos con el fisco. Mañana creo que puede ser. Andate.

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Casi las nueve de la mañana en la Sala de Guardia de la Comisaría. Cuando le preguntaron el motivo de su presencia dijo: —Espero a una abogada. Prensa —y mostró el carnet de periodista acreditado ante la Federal. El joven oficial de guardia respondió con una afirmativa sacudida de cabeza y continuó con la lectura de un acta. Esperaba que la abogada fuese puntual. Estaban a cinco minutos de la hora señalada. Se acomodó en un banco y cuando cruzaba las piernas, abrió y se quedó con la boca abierta. Un destello de mujer que brillaba. ¿Esa sería la abogada?... Con razón la advertencia de Valentín. La mujer miró y dijo: —¿Usted es mi cliente? Yo soy la doctora Flores. —Pero que bien. Si doctora, yo soy el mismo. Se acercó ella y al darle la mano le suscitó: —Solo una pregunta. ¿Verdad que tiene habilitación para portar el arma? —Sí, seguro. La mía está en orden. La otra… —Si no están informados, si no hay pruebas, ya veré. Usted no levantó nada. Se bajó del auto para ver como escapaban y nada más.

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Espere que ya vengo. Siéntese distendido —y se acercó al mostrador donde la atendió el sorprendido y deslumbrado oficial, que informado abrió una puerta lateral y se dirigió a al alguien que estaba en el interior. —Pase por favor doctora. El oficial Lanari atiende el asunto. Ella pasó y cerró la puerta tras de sí. El joven oficial le echó una mirada de apabullado y él se volvió a sentar cruzado de piernas. Mientras esperaba que ella retornara y pese a la excitación, se acomodó como ella se lo indicara. También como el entendía que era lo más conveniente: distendido. Pero esa pose era fingida. Por dentro bullía de expectativa. Así que el tema lo llevaba un oficial a cargo y el hombre de la guardia lo había definido como “un asunto”. Algo no andaba bien. Algo se había complicado. Esperaba que la abogada fuese competente, pese a lo joven. Tin la había definido como muy hábil. Si el tema lo había dejado en esas manos, no dudaba de la intuición y experiencia de su habilidoso abogado. Es una profesional —había dicho— y al recordar los términos de la conversación no pudo dejar de esbozar una sonrisa. “No te hagas el vivo con la chica”. Ambos se conocían muy bien. ¿Chica? Una bomba chica. ¡Qué pedazo de chica! Mostraba solo un pedazo, por eso era chica. Algo como para la portada de un revista de onda. Mientras esperaba —distendido, como se le había ordenado— miraba los cuadros colgados en la pared. Uno con un daguerrotipo de un policía del siglo anterior al pasado. Debía ser —le pareció— el Coronel Ramón Falcón, el viejo Jefe de Policía de Buenos Aires que recordaba de algunas ilustraciones en los libros de historia. Otro era el hermoso dibujo de un gallo azul, de buena estampa y erguido, sobre un

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fondo celeste y el plumaje algo tinto de dorado. Era el emblema de la Policía Federal. Los otro dos exhibían sendos edictos de orden público. Mientras él dejaba correr la vista, advirtió la atención que le prestaba el Oficial de Guardia, que alternaba la lectura del acta con indagadoras miradas con una ceja enarcada. ¿Por qué diablos? La atención se desvió por la irrupción de la abogada, quien apareció en la puerta y detrás de ella el policía que se había presentado a interrogarlo frente al portón del garaje de su casa. Creyó que lo había incomodado su actitud y sus respuestas, pero no, lo saludo atentamente. —Va a tener que traer su habilitación para disponer de su arma —dijo ella—. Creo que es la que otorga el Renar, ¿sí oficial? —La tengo acá conmigo. La traje por si me era requerida. —¿A ver? —requirió el oficial Lanari— y la observó atentamente devolviéndola con un gesto afirmativo. —Los espero el martes. Buen día tenga usted doctora. —El martes debemos volver para que usted declare —agregó ella—. Una formalidad. —¿Usted disparó al bulto? —aprovecho para indagar Lanari. —La verdad es que disparé a la ventanilla de donde me apuntaban. Y mi gesto fue un acierto porque abatí la intención, ¿dije bien? —Lo responderá el martes amigo Lanari —dijo la abogada y tomo de brazo a su cliente para salir—. No use palabras rimbombantes y que se prestan a confusión. Lo justa y necesario. Todo lo más atinado y lo más breve posible —dijo la doctora Flores al salir por el pasillo a la calle. —Es difícil manejar a un

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periodista. Siempre creen que están en la nota. ¿Por qué usó la palabra “abatí”? ¿No tiene otra en su diccionario que no sea tan complicada? —Bueno, bueno. Tiene razón. Pero no se lo diga a Valentín, porque va a decir “siempre sos un desastre”. Haga de cuenta que estoy aprendiendo sus lecciones y acépteme un café. —Formidable. No desayuné para no demorarme. Soy muy aquerenciada a la cama. Debí comenzar a aprestarme antes. —Mire, aquí en la esquina. No era una confitería oronda, pero con la buena presencia de aquellos bares de Buenos Aires que presagian un buen desayuno.

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Pidieron café cortado con leche y medialunas. —Cuénteme doctora, porqué tanto interés de la policía en un asunto —marcó con dos dedos de ambas manos como marcando en el aire las diéresis— del que no tenían ni noticias, porque ellos no estaban en el lugar de los hechos. ¿Hubo alguna denuncia? —Formalmente una denuncia no. Una información sobre el hecho, vertida por un funcionario municipal. Funcionario —no empleado corriente— por esas cosas de la inseguridad que se vive en nuestras calles. Un tema en el que tiene alguna injerencia la comuna. Como si le hubieran dicho a la policía: ¿Vieron? los mafiosos andan sueltos y ustedes no hacen nada. Bueno, entonces ellos hacen estas cosas, que no resuelven el problema para nada, pero es su función, o mejor dicho su obligación, indagar. —La gente evita hacer denuncias para no caer en el tembladeral de la burocracia. Está bien, como Valentín dice, hasta un infeliz como vas sabe que hay que hacer la denuncia. ¿Pero, ve? Comenzamos una larga hilera de mañanas y días perdidos para nada. Porque si yo supiera que va a buen puerto, en fin, ¡bueno!, pero es todo tiempo perdido. ¿O

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usted cree que con los datos que les vamos a aportar van a descubrir a los tipos? ¡No! Un montón de gente va a perder su tiempo. Nosotros, los policías llenando papeles que van a engrosar expedientes que sirven únicamente para alimento de las ratas. Caímos en el tembladeral. Perder el tiempo, que es “money” y además los gastos, como los honorarios de un abogado. ¿Cuánto cobra Usted? —Un café con leche y medialunas. —No. No sus precisos honorarios pero el estudio le paga su tiempo. ¿Entonces? Juan Pueblo ¿qué tiene que hacer?: callarse. —Pero si todos nos callamos… —Todos queremos más eficiencia. Entonces sí que vamos a colaborar. Cambiemos de tema porque ahí llegan las medialunas. —¡Viva! Sin las arenas movedizas de la burocracia policial. Pongamos buena onda. —Pongamos buena onda que es una buena idea. ¿Cómo puedo llamarla sin la formalidad de decir doctora? —Any me dicen mis amigos. —Bueno, pero para eso primero tengo que llegar a ser su amigo. —¿Usted es amigo de Tin? Yo también y por carácter transitivo… —Listo. Ok. Las medialunas serán más sabrosas compartidas entre amigos. Usted es muy joven, abogada. —Treinta años. Me recibí a los veintitrés. A los dieciocho maestra, más cinco de facultad y ya a los treinta soy, por tiempo cumplido, una experta jurisconsulta. ¿Y vos? Le encantó que lo tuteara. Le observaba la frondosa melena capilar castaña con “mechitas” algo más claras, más rubias, trabajo de buena peluquería. Y esos ojos que bueno... pero por el momento se

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conformaría con poder ingresar sus dedos en esa testa de plenilunio. ¿Plenilunio? Ella estaba afectando la formación de sus ideas y la forma de expresarlas. —No me mirés así. ¿Te sorprende ser mi amigo? Si no aprovechás bien tu tiempo te voy a aventajar con las medialunas y soy peligrosamente glotona. ¡Con ventaja, pueden correr peligro las tuyas! —No corren peligro. Están ofrecidas. Te agradezco tu buena onda. Me encanta. Gracias, muchas gracias. Esos ojos sonreían. —Terminé una y voy por otra. Están buenísimas. ¡Dale! Apurate. —Si me apuro no me dejo ganar y yo quiero perder. Estás muy delgada para ser una angurrienta. O te tratan muy mal en los desayunos… Puedo hacerme cargo de ellos para tu beneficio. —Sesenta y cuatro, sesenta y cinco kilos. Así estoy bien y con tu oferta, la verdad, corro el riesgo de superar mi marca. El próximo martes, pero antes de que prestes declaración, desayunamos juntos. Me estoy invitando sola. —¿Recién el martes? Eso es en la otra semana, ¿y mientras tanto? —Yo no me atrevo a pedir más, porque no estoy al tanto de tu agenda. Pero yo ya antes te había preguntado, ¿y vos? —Desde aquí al martes mi agenda está vacía: desayunos, almuerzos y cenas. Bueno… ¿y yo? Yo soy hombre de prensa. Me atiborro de chismes y acometo contra mi máquina de escribir. La aporreo. —¿Agenda vacía? No me lo digas así, que ya te dije que soy peligrosa a la hora de comer.

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—¡¡Uff!! Y yo que soy tan pavo. Aprovechate de mí. Dale. —Si cae dentro del horario de oficina, tengo que tener la conformidad de mi jefe. ¿Habrá problemas? —¡Perdí!... Pero parate que hay un sábado y domingo en el medio. En esos días no necesitas hacer consultas ni pedir permisos. —¡Ah…! ¿Entonces es ahí cuando ganas? Le tenés miedo a Valentín ¿por qué? —Porque es un insensato, un inmaduro o… ¡qué sé yo! ¡Bah! Es que hicimos el servicio militar en distintos regimientos. Es por eso ¿viste? Que miedo le voy a tener si yo era tanquista y él soldado de infantería. De a pie. Y desde que se entero que yo lo podía pisar, me respeta. Bueno… pero tomemos una determinación: ¿Almuerzo, cena y mañana desayuno? —Terminé mi segunda. Ahora voy por una tuya. Si no le tenés miedo a mi jefe, le vas a tener miedo a mi gula. —¡¡Ah!! Porque no conocés a la mía. Vieras que gula. Yo sí que soy muy goloso. Además estoy ansioso cuando te miro y por eso quiero saber cuál es tu contestación. —El martes seguro. Los demás días tengo que consultar. Yo tengo una ajustada agenda. Por favor, comete esa medialuna tentadora. —Se me fue el apetito. Los ojos ya no eran sonrientes. Agrandados, como queriendo ver mejor. Entonces dijo ella: —Tenemos un compromiso el martes que comienza con un buen desayuno. Comete esa y vamos. Se le ocurrió que lo habían mandado a juntar calabazas. Por atropellado.

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A juntar calabazas. Para eso sí que debía ser bueno, pero no ya para levantarse una mina. ¡Qué voy yo a saber de esas cosas! Si ahora deben ser cosas inverosímiles. ¿Levantarse una mina? ¿Él… yo? Antes, o las minas de antes sí, pero estas de ahora, las de la nueva onda, no. Justo ahora te venís a dar cuenta de que estas envejeciendo, Justo. Volvía a su casa de solterón, abismado. Hasta el martes no la volvería a ver. ¿Cuál era el maestro que la había pintado? Qué glorioso pincel ese, que había logrado superar a todos los demás con esa increíble manifestación de belleza. ¿Sesenta… y cuántos kilos dijo? Qué bien distribuidos. En cada lugar lo justo. Como me gusta a mí: Justo con lo justo. Entró en la casa. Tenía sed, pero obvió ir a la heladera, optando por tirarse en el sofá, frente al televisor. En la mesa ratona — lateral— estaba el teléfono. Deseó llamarlo a Valentín para contarle su presentación en la policía, pero ya lo debería de saber por información de la abogada. Esa imagen comenzó a mecerlo en un nuevo sueño y comenzó a abandonarse en él. El espacio de dos minutos subliminales.

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En los recovecos de ese éxtasis, vio en lontananza a su heladera. Llegó hasta allí y en lugar de servirse una latita de cerveza —que su mano ya había alcanzado— optó por una botellas de las grandes. Un porrón. Se ahogaría en cerveza. Volvió al sillón llevando dos vasos altos. Se sirvió en los dos, dejando un alto cogote y una cresta espumosa. Estaba solo, que si no dirían que estaba loco o ya borracho. —Servite, mi amor, —y Ana Flores Arteaga le aceptaba. Dejó la botella en la mesita ratona y tomó ambos vasos en sus manos. —Y ahora, quién se sirve primero. —Bebió él de ella y tras cartón desocupó el propio. Medio litro de cerveza, un eructo profundo y una sonrisa le iluminó la cara. Se sintió como cuando era un pendejo. Antes de continuar bebiendo decidió llamarlo al boga. —Hola Val. Te habrá informado la abogada de los pormenores de nuestra actuación. ¿Vos tenés algún comentario? Tenemos que volver el martes… —¿Qué te pareció la abogada? ¿Eficaz, verdad? —Y, sí. —Te pregunto porque cuando a ella le hice la misma pregunta —¿Qué le pareció su nuevo cliente? —Ella solo atinó a despuntar una sonrisa y conociéndote como te conozco, no me hizo falta su respuesta. Bueno, pero todavía no entré de lleno en el asunto. Me tiene que contar todo. Yo recién me desocupo y ahora mismo me aboco. Mañana, vos dijiste que una copa a la hora de los copetines de nuestro tiempo. ¿Pagás vos? Si es así, venite. ¿Ves? Ya te estoy dando una excusa. ¿Que no te conozco bien? ¿Así que ella esbozó una sonrisa? Rejuveneció los diez años que le sobraban.

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Se quitó la ropa de calle, que cambió por un pijama liviano. Se sentía renovado por la sola mención de aquella sonrisa. Canturreando una guaracha “sabrosito… sabrosito…” hurgó en la heladera. La señora de los quehaceres domésticos había dejado en el congelador una carne al horno con papas, menú de casi todos los días, que llevo a calentar en el microondas. Era el plato de más sencilla preparación mientras se abocaba a los otros quehaceres: limpieza, lavado y planchado de ropas y menesteres varios. La mujer era eficiente en sus cosas y ducha cocinera cuando se lo proponía. Mientras el micro cumplía su tarea aprovechó para concluir con la cerveza y, orondo y satisfecho, oía las últimas novedades en el noticiero de la televisión. De repente un comentario sobre la inseguridad en las calles de la ciudad se le antojó que era referido a su aventura. Vio una toma aérea de la Avenida Lugones con el tránsito detenido y las circunstancias: un asalto desde dos motos que luego se daban a la fuga, un vecino que debió usar su arma para su propia protección y la falta de información oficial por parte de la policía.

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La alarma del micro sonaba avisando “ya está la comida lista” pero Justo estaba retraído en sus propias cavilaciones. ¿Cómo podía tener tanta repercusión inesperada si él —hombre de la prensa— sabía determinar y ponderar la importancia de las noticias? Esa no era digna de tanta difusión, o mejor dicho, sí lo era la inseguridad, pero había casos más extremos, en donde los protagonistas… Mañana indagaría el motivo, por los canales de la chismografía periodística.

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A la mañana siguiente y apenas llegado a la redacción lo llamó al Beto para ponerlo en conocimiento de su pasada aventura, de los pormenores fútiles y de los otros pormenores que le habían empezado a preocupar y cómo y porqué. Beto era un sagaz perro de presa, buen cazador de noticias, incluso donde no las había. Sus tareas del día las inició abocándose a coordinar los resultados obtenidos por los cronistas propios destacados a una reunión plenaria del Mercosur y de la que los cronistas reportaban cada cual con sus ideas, las que no se compatibilizaban. —La Argentina va mal en cualquier cosa. Al irse Menem teníamos la voz cantante del Mercosur y hoy únicamente pasamos el disco rayado de un jingle. —Estábamos palo a palo con Brasil para ser los líderes —quién gana a quién— y ahora únicamente escuchamos y afirmamos con una sacudida de cabeza. Decimos “está bien, está bien” porque no sabemos que decir, afirmar o negar. —decía Eleodoro, escasos pelos blancos estirados a la gomina hacia atrás, laterales de una calvicie ganada en años tras años de servicio periodístico. —Si hasta habíamos llegado

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a la hipótesis de guerra, en los tiempos del negro almirante Rojas y los embalsamientos del río Paraná. ¡Cuántos fueron los dolores de cabeza para nuestro pobre embajador don Oscar Camilión, que veía qué desatinados eran aquellos milicos de la revolución argentina! Los de después del ‘55. —Pero recompusimos los desaguisados y fuimos, como correspondía, hacia delante. Argentina y Brasil son dos naciones jóvenes e importantes que no deben desarticularse y afortunadamente lo entendieron así los hombres públicos del peronismo. —Así lo afirmaba Rodríguez Araya. —¿Por qué del peronismo y no de todos? ¿Qué hicieron mal los radicales? —Los radicales no hicieron nada, absolutamente nada. Eso fue lo bueno que hicieron. Te lo dice Rodríguez Araya, rosarino y de legendaria raigambre radical. —¡Bueno, bueno! —interrumpió Justo— Lo que yo quiero es moderar para sacar algo conjunto. ¿No tienen nada en que ponerse de acuerdo? —Sí. Que el Chacho Álvarez, que no fue bueno como diputado, fue peor como Vicepresidente y ahora es el campeón de los tipos al pedo que tiene nuestra política exterior. Por favor, si ni debe saber qué quiere decir Mercosur y este gobierno lo puso allí de representante de los intereses argentinos. El Embajador ante la comunidad de Países del Plata. ¡Andá…! —No, cosas viejas no —intervino Justo— Cosas de ahora. Por ejemplo, esos roces por las políticas de las terminales de autos y los autopartistas.

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—¿Y? Se hace lo que quiere Brasil. —Y en el problema —insistía Justo— de los transgénicos… —Se hace lo que quiere Brasil. —Rodríguez Araya. —¿Y en las nuevas normas para la TV? —¡Ah, no! Ahí fue distinto. Se pusieron de acuerdo Japón y Brasil. —¿Y ustedes, en que se pusieron de acuerdo? —En que Lula es un tremendo líder. —Sabe hacer y... ¡hace! Es pragmático. Es global. Eso. Un obrero tornero —que fue su única educación— ha llevado a su país a compartir el territorio de los que gobiernan el mundo, los globales. No estudió en la Diagonal 8o, ni buscaba apuntes en calle 7, ni charlataneaba de filosofía social en la confitería “Paris” de La Plata, como hacían los de aquí. Entendió lo que necesitaba su pueblo, su nación, desde un banco de tornero y con su torno le dio forma a un gran Brasil. —Lula es un socialista, por eso su preocupación social y su lucha por elevar a las clases desposeídas. Desposeídas de alimentos para la mesa y de alimentos para la formación cultural de millones que pudiendo, ayer no podían. No hace como los zurdos que quieren sacar a los que tienen para enfrentarlos con los que no tienen. Quiere que todos tengan y cada día más. Que Brasil sea rico para que los brasileños lo sean, todos con un poco más. Saber distribuir. Acá saber distribuir es engrosar las cuentas bancarias de los que mandan y al pueblo lo arreglan con asignaciones familiares. ¡Qué contenta se pone “cuando tira” monedas a los desposeídos! “¿Ven, ven

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que se puede? ¡No solo esto, también podemos pedirle plata prestada al Fondo Monetario Internacional! Ahora ya no le debemos más nada. —Hagan la nota sin insistir en el liderazgo de Lula. No sean excluyentes con la Argentina, que vamos al público argentino. —¿Y del Chacho Álvarez? Que decimos… —Digan lo que piensan y cómo lo piensan, que todo el país los va a entender.

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—Hola Justo —lo saludaba su compañero Andrés Baravalle, como él redactor que firmaba los artículos y hasta a veces —como también Justo— con foto al empezar el texto. —Mirá, el Jefe de Redacción me ordenó un trabajo que se me escapa, que se me filtra. Debió haberte hecho el pedido a vos que curtís la onda histórica. Es por “Los pueblos originarios”, que ahora vendrían a ser algo así como una nueva categoría social. Pero lo que pide, lo que él quiere, no es por el concepto de pueblos, ni de originarios, que sería más “aggiornado”. Es por cuánta tierra pide cada tribu y que cuántas son las tribus que piden y si con esto queda cancelado el justificado derecho que les faculta el reclamo, luego del abuso de la Conquista del Desierto. Cómo se las van a transferir y algunas cosas más de buen relleno. Quiere saber si con esto queda satisfecho su ancestral derecho histórico y averiguar si pudieran quedar rastros para más reclamos posteriores, para más adelante. No vaya a ser que después salgan diciendo que sobre esas tierras había ovejas, que las ovejas se procrearon... y que ahora ya no están más.

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—¡Nooo…! De dónde sacan esas cosas. Si son tribus mapuches no tienen derecho a ninguna tierra, porque nunca fueron propietarios de nada. —Bueno, es el derecho histórico de los pueblos aborígenes. —El derecho histórico sería el de los diaguitas, el de los comechingones y los sanavirones. Los wichis y los tobas en el monte chaqueño, en El Impenetrable. Nuestros pueblos originarios son los guaraníes, pero no esas tribus pampeanas que son originarias de Chile. ¡Noo, no! —Bueno… Pero son las tierras de sus antepasados aborígenes. —¡No! Te digo que sus antepasados aborígenes eran chilenos. Que vayan a Chile a reclamar tierras. No tienen derechos a reclamar ni media pulgada de nada, ni siquiera a eso. Eran invasores. Por sus permanentes rapiñas, eran vulgares ladrones. Por la sangre inocente que vinieron a derramar, eran violentos homicidas. Eran gente fuera de la ley. De la de acá y de la de allá. Crápulas y sucios. Eso eran. —¡Pará, pará! Detente. No me contés la historia de mi país, que la conocemos muy bien. Cuatro o cinco milicos echaron a los indios y se quedaron con cientos de miles de hectáreas, y así algunos devinieron terratenientes y otros las negociaron con familias cogotudas y estas se las cambiaron por alguna hija. —¡¡Eh!! Pero no podes decir tantas barbaridades solo porque el aire es gratis. —Bueno, ¿a ver?, decime vos como fue. —La historia de mi país es digna de más respeto. Es difícil discutir con quien no la conoce y solo tiene en la mente la lectura de

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algún panfleto o de un autor panfletario. Que ya últimamente de esta calaña han germinado de a montones. Terció el Secretario de Redacción que llamó a silencio a ambos redactores y los separó. Llevó a un aparte a Negri. —Por favor, escriba todo eso que dice. Si cree que provocará mucha polémica, use un seudónimo, pero el original me lo firma. La intervención del Secretario relegó a ambos redactores a sus escritorios. Negri de inmediato comenzó a tipear en su impresora. Andrés a corregir un artículo que tenía ya casi listo. El silencio era como el de trinchera, contenidos, igual que dos gallos de riña que esperaban que se hiciese un claro para volver a cruzar los espolones. Justo José Negri era la caldera que comprimía más vapor, vapor que quería escaparse por juntas no muy bien afirmadas. Andrés Baravalle era más metódico en esos lances, de más pericia en el contrapunto y más dominante de su vaporización interna. Porque ninguno de los dos había renunciado a sostener sus puntos de vista y a disputar. Cuando el Secretario con un puñado de notas y papeles subió al piso superior —oficinas del Jefe de Redacción y del Director— ambos gallos volvieron a la interrumpida situación anterior. —¿Quién te dijo a vos que algún milico fue a negociar hectáreas —que por la manera de tus dichos debieron ser muchas— por la hija de algún matrimonio cogotudo? ¿En qué libro de Bayer lo leíste? ¡Sos un animal! Nombres, dame nombres, panfletario.

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—Bueno… Se me escapan los nombres entre tanto jugo de sesos, pero debió haber sido así, seguro. ¡Debió! ¿Viste? Anotá la forma del verbo: ¡debió! —Mirá, se olvidan de que había un Congreso de la Nación y por aquel entonces ya había Constitución y Leyes. —¡Ufa!, qué novedad… —El Congreso tenía una Cámara de Diputados que representaba al pueblo de la Nación y un Senado que representaba los intereses de las Provincias. O sea: democrático, republicano y federal. Así como lo querían los viejos argentinos. Ese Congreso dicto en… l885 (buscá un libro e informate) una ley que otorgaba parcelas de tierras a todos los jefes, oficiales y soldados —que no eran mucho más de mil— de la Campaña al Desierto, y no conquista como vos decís, porque no había nada que conquistar, si ya eran extensiones nuestras hasta el Cabo de Hornos. Eran del fisco. Un solo milico quedo excluido del reparto: el mismísimo General Roca, al que no se le adjudicaron tierras porque él, como Presidente que ya lo era, debía promulgar la ley y las leyes anteriores —y también la ética, que para entonces la usaban— prohibían al Jefe del Estado percibir emolumentos especiales o extraordinarios, mientras durara su mandato. O sea que a Roca, nada. Pero la Provincia de Buenos Aires, que la gobernaba Dardo Rocha —el que fundó La Plata— que no era precisamente muy amigo de Roca, le otorgó por una ley provincial, una suerte de veinte leguas cuadradas o sea un lote de 53.000 hectáreas en la zona de Guaminí, que el denomino “La Larga” por una laguna que llevaba ese nombre y que se encontraba dentro del predio. Eran tierras de la Provincia y sujetas

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a la autoridad de su Legislatura. Y las otras eran tierras nacionales. Territorio Nacional de La Pampa. Si hasta indios todavía le quedaban a esas tierras y el debió incorporarlos a su peonada. —¿Y por que tenía que incorporarlos a su peonada, si eran libres y estaban en sus tierras? —Siguieron siendo libres y a su albedrío optar por quedarse o irse, como lo hicieron los demás que se fueron o se redujeron. Que así se decía: reducirse y no rendirse. Se reducían en algún lugar o dependencia civilizada, junto a un cuartel o guarnición, formando allí la población de nuevas ciudades. O en algún lugar dirigido por misioneros, donde había escuela y oratorio, y los varones salían a buscar trabajo en las vecindades, o labraban la tierra y criaban ganado en esas tierras de la reducción. Como antes de que invadieran lo hacían en Chile. Y no vuelvas a decir que la tierra era de ellos, porque la habían ocupado de prepo y más luego vino la policía y les dijo: “usurpadores, afuera.” Además esos indios cobraban salarios. ¿O vos qué te creés? Que Roca por cuatro pesos locos iba a permitir que le llamaran explorador, negrero, etcétera. —Te hago una pregunta. ¿53.000 hectáreas? ¡¿Así eran los lotecitos que se regalaban?! —Bueno, quizás el de Roca fuese alguito más grande. Y… era el Jefe. Alguna consideración por esa jerarquía. Pero tené presente que eran tierras sin valor. Guaminí, vecino a la laguna de Caruhé, por aquellos tiempos era la lejana lontananza, el infinito. Hasta que llegó la soja a valorizar todo, eran tierras sin valor. Te voy a arrimar algunos apuntes que me supe rebuscar y te serán útiles. Viejo —como siempre te digo— yo agarro lo libro: no muerden.

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Pasadas las once —antes del mediodía— llegó el Beto atiborrado de noticias. —Aquí, aquí, Cachito Corazón con las últimas novedades. — Se dirigía a Justo, sin hacer mención del tema, que era personal y excluyente para otros oídos. —Bueno, verá Jefe. Primero voy a comenzar por informarle cuál fue el motivo del embotellamiento. Resulta que un camioncito Ford 350, encargado de un reparto y por no chocar —eso dijo el muchacho que lo conducía— con un auto particular, desvió un poquito, un poquito apenas, su camino. A su lado un ómnibus de dos pisos que venía de Rosario y que advirtió la maniobra, evito un choque pero se ganó otro. Embistió a su lateral izquierdo echándole el micro encima. Se trataba de un automóvil, también particular, en el cual se trasladaba una familia. La mujer, que venía en el asiento delantero, tuvo algunos tajos por la rotura del vidrio de la ventanilla lateral. Trozos del vidrio alcanzaron a tajear —poco— al muchacho que venía en el asiento posterior. Ya van dos heridos de poca cosa, pero sangrantes.

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En el ómnibus, accidente en el baño. Un hombre que estaba haciendo uso del servicio, con la puerta cerrada y parado frente al inodoro con ambas manos ocupadas cuando ocurre el incidente. Antes de desocupar las manos para sostenerse, trastabilla por el impacto. El lugar, el interior del baño, no es un lugar amplio y cómodo, y entró a chocar contra los paramentos de plástico y terminó cayendo al suelo. Corte en la frente sin relevancia, pero la frente es muy sangrante. Afuera, esperando turno para acomodarse las pinturas ante la proximidad del arribo a la terminal, una señora algo mayor salió impulsada hacia adelante y manoteando, en el aire cayó al suelo entre las hileras de butacas. Un porrazo de aquellos, machucones varios y una herida sangrante en la mejilla. Van cuatro heridos con sangre. Nada importante, pero manchados de rojo. El hombre del baño era el más impresionante porque le caía mucha sangre sobre la cara y se frotaba los ojos con los dedos para despejarlos y poder ver. Si ni se abrocho la bragueta y dejo el fruto colgado. Una vieja sentada en la primera fila frente al baño, chillaba: ¡Oh! ¡Oh! ¡¡Oh!! Se bajaron a la calle el fletero, el grandote del ómnibus y el que manejaba el auto. Un torbellino de insultos entre ayes de dolor. Entre los gritos llegó la policía que atemperó los ánimos y ordenó la situación. Transitó detenido para constatación de los lugares y esas cosas. Bueno, vio como es la policía. Hay sangre, no importa si es mucha o poca. Llamaron al SAME, a la Asistencia Pública. Lógico, si había cuatro heridos, cuatro ambulancias. Y ahí comenzó su larga espera. Usted debió haber estado como a cuatro cuadras. Si calcula un promedio de cinco metros por vehículo, el largo más los espacios delantero y trasero…

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—¿Quién te dijo que yo estaba a cuatro cuadras? —La policía. Es gente bien informada… —Pero vos sos loco. ¿Cómo van a distinguir mi auto en esa multitud de coches? —Mire…

Porque

no

continuamos

ordenadamente

mi

información… a cinco metros serían veinte autos por cuadra y cuatro cuadras, ochenta. Usted debió haber estado en el puesto ochenta y dos u ochenta y cuatro. La espera de las ambulancias —que cuando llegaron la gente ya se había lavado la sangre en el water del ómnibus —motivo un embotellamiento que llegó hasta la Avenida General Paz. Serían como cuatro o cinco mil autos que querían llegar a horario a sus lugares de destino o de trabajo. —Si eran cinco mil autos o menos, ¿por qué la policía anota únicamente al mío? —No, no lo anota la policía. Lo anota un hombre común, que es un dirigente político y funcionario de la Municipalidad. ¿Entendió? Un funcionario, que no es lo mismo que un empleado municipal como usted me dijo. Empleados son los que cortan boletas, manejan los ascensores, barren el piso. Los que los mandan a estos son los jefes, que también son empleados. Pero el que se ocupó de usted es un funcionario. Esos son de la rama política. —Entonces es como me dijo la abogada, luego de indagar a los policías. —Bueno. El buen hombre se sorprendió del atraco, lo felicito a usted por su sangre fría y su admirable proceder, pero tomo nota de su patente para informar a su superior de las cosas que pasan por falta de seguridad en las calles.

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Yo quise averiguar cómo se llama el fulano, pero no tuve éxito. Llegue solo a saber que forma parte de la Secretaría Privada del Jefe de Gobierno. Pero no dé por cerrada esta instancia. Ya tiré el anzuelo para conseguir el dato. Quizás esta tarde me informen. Estoy en camino, ¿vio? —Gracias. Hacémelo saber apenas te informen. —Me falta hacerle saber que por esa falta de seguridad en la vía pública, apenas informado el Jefe de Gobierno o Intendente —como usted quiera llamarlo— se puso en contacto con el Jefe de Policía. Así, de jefe a jefe, le reclamó por los sobresaltos de la comunidad de su gobierno. Aquí es cuando se pone pesado el tema y usted gratuitamente está en el medio.

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Eran las seis y media de la tarde y ya había entregado su material para la edición de mañana. De siete a siete y media era el horario de iniciar las jubilosas actividades

nocturnas,

cuando

con

Valentín

—tiempo

de

muchachos— se juntaban a tomar la primera ronda de copetines, que podían llegar hasta medianoche, a veces con cena intermedia, a veces con sandwichitos o un trozo de pizza. Entonces se recordó de Las Cuartetas, pizzería monumental para la evocación de la muchachada porteña, o Banchero, o Tuñin de la Boca. En Tuñin era tradición —antes— conseguir pizzas quemadas los días domingo a la noche, para regalárselas a los hinchas de Boca, cuando los xeneises perdían. Eran cargadas famosas y sabrosas, porque los fanáticos se las comían, quemadas y todo. Mientras recordaba —tras una sonrisa— se calaba las mangas del saco y se acomodaba la corbata frente a un afiche enmarcado detrás del vidrio. Buenos Aires y sus tradiciones, tan amenas y nostálgicas. Luego encamino sus pasos hacia la Plaza de Mayo. De allí al subte que en dos estaciones lo dejaba en Tribunales. La esperaba su amigo, pero él marchaba ufano por el resplandor de una sonrisa soñada. Ana Flores

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En ese horario el subterráneo se llenaba de pasajeros en la primera estación y en la segunda —Diagonal o Carlos Pellegrini— a distintos niveles convergían todas las líneas y descargaba gente que hacía combinaciones. Allí ingresaba el torrente multitudinario. Él se colocaba junto a la puerta del otro lado del acceso, para bajar primero a su arribo al andén central de la estación Tribunales. En un coloquio susurrante de doscientas, o trescientas, o quinientas personas, todas las que entraban en una lata de sardinas, apiñados, así de cómodos viajaban. En la estación Tribunales, Justo era expulsado por la presión contenida y liberada de golpe al abrirse las puertas automáticas. Luego de tres o cuatro trancos, cincuenta por ciento pisando el suelo y cincuenta por ciento en el aire, él hacía un profundo resuello para normalizar la aireación de sus pulmones y ya se abría paso por en medio de una avalancha que venía en sentido contrario, hasta que finalmente llegaba jadeante al paraíso de la escalera mecánica, en donde todos los viajeros recomponían sus fuerzas para seguir viviendo. Buenos Aires y sus traslados, tan agradables y tan placenteros cual una aventura. Tan aventureros que uno puede quedar enfrentado, inamovible por la presión circundante, frente a una rubia o una morena, vis a vis —así dicen los franceses— ojos frente a ojos, cara frente a cara, boca frente a boca, resuello frente a suspiro, pechito contra pechito, la indiferente frente al trémulo. Llegó al estudio Moreno, Falces & Asociados, donde ejercían su profesión una veintena de abogados, toda gente joven que constituían

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un buffet de extendido prestigio. Eran reconocidos por su ilustración y ejecutividad. También por sus buenos contactos, que siempre ayudan. La elegante recepcionista indagó de quien se trataba y que contacto buscaba. Luego lo derivó a un sillón lateral. Muy pocas veces había llegado hasta ese lugar. Con su entrañable amigo se encontraban en lugares ya anteriormente predeterminados, donde la camaradería igualaba a los muy pudientes y a los poco pudientes, a los muy ilustrados y los medio brutos, todos de una misma camada generacional y alentados por una misma apasionada razón: la amistad. Le había indicado a la mujer de la recepción cuál era su buscado destinatario, el doctor Moreno, pero imprevistamente vino a rescatarlo de su abandono la doctora Ana Flores. Parada frente a él, lo invitaba a desalojar su cómodo y descansado asiento, para acompañarlo hacia las oficinas. —Hola, buen amigo. La esperábamos. Valentín dijo: “siempre antes de las siete” y son las siete. Gente muy conocida, se ve. Pero atención, a la recepcionista le hacés saber que tu abogada soy yo. Siempre. Justo abrió desorbitados los ojos y entreabrió su boca muda de asombro. “Tin” era el contacto solicitado y aunque el objetivo final anhelado —secreto y no tan secreto— era ella, lo sobresaltó con su presencia tan fosforescente. Impresionado —y tanto— que cerró la boca y tragó saliva en forma tan evidente que se ganó una risa amplia y silenciosa de la bella. Y la bestia se puso de pie, acatadamente.

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Vio que le extendía la mano y la estrechó, suave pero firme. —Hola. Es una sorpresa… Una grata sorpresa. —Me di cuenta de que yo estaba en tu mente. —¡Sí, sí! Estabas, pero apareciste tan inesperadamente, que bueno… Es que en el fondo soy un tímido y aunque no lo parezca, tengo que asumirlo. —¿A qué distancia queda ese fondo? —ella se solazaba— Vení, que Valentín nos espera. Pasaron a un despacho tapizado de libros. Las cuatro paredes y una mesa de lustre que brillaba en el centro, rodeada de ocho sillas de cuero repujado, también a pleno brillo. Evidentemente no era una oficina, sino un salón de reuniones. Valentín sentado en una punta de la mesa con los brazos cruzados y apoyados sobre la misma, echando por delante su más amigable sonrisa. —Pasá. Acá te vamos a desplumar. ¿A ver? ¿Cuánta plata tenés para que nos hagamos cargo de tu caso? —Tengo el equivalente a un tesoro, y sé que sobra. El Papa Pío XI dijo en un escrito “El que tiene un amigo, tiene un tesoro” y yo tengo un amigo. —Vas a tener que averiguar qué es lo que dijo la Madre Superiora. Es verdad tu amigo te sobra, pero “ella” quiere hacerse cargo de tu caso. —No —dijo Ana. —Para el caso es lo mismo. No es cuestión de género. Él también es mi amigo. —¡Uy! Viste. Pero no, no es lo mismo el Papa que la “papa”. La “papa” vale más que un tesoro, porque ya es un tesoro, pero para lograrla hace falta un “plus”.

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—¿Plus? Pago el copetín. —Dale. Eso vale. —Y también el desayuno. Añadió ella. —¿Mañana? Preguntó él afanoso. —Después te digo. Salgan que apago la luz. Bajaron y salieron. Justo dijo que en esa misma calle —que corre detrás de Tribunales— y haciendo esquina con Corrientes, había una confitería con mesas con mantelitos y todo. Ana ratificó que era cierto y así, elegida por amplia mayoría, hacia ella marcharon. Mientras, ella mascullaba una secreta y atrevida fantasía.

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Eran pocas cuadras de trayecto, pero debían hacerlas un poco por la vereda y otro poco por la calzada, encolumnados o dispersos, de acuerdo a la cantidad de viandantes que transitaban, que a esa hora eran muchos porque vaciaban las oficinas. La confitería estaba llena, pero un mozo les hizo una seña por una mesa en donde le estaban pagando la consumición para retirarse. Mientras tanto ellos, los hombres, debatían qué jarabe pedirían para Ana. Un jugo de naranjas estaría bien, pero ¿con qué? Ana los observaba y llegó a la conclusión que habrían de omitir de su opinión, a la que no la tendrían en cuenta para nada. Parecía ya decidida la cosa en tal sentido cuando se desocupó la mesa. —Mozo, traiga dos claritos y recomiéndenos un jugo con algo que lo convierta en un copetín. Entonces terció Ana —Por favor mozo, para mi tráigame un “Kiss me quick”. Ambos amigos se miraron abrumados de sorpresa —¿Un qué? —¿Un beso rápido? —Se lo pidió al mozo, advirtió Tin —¿Qué es?

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—Es un batido de curazao con angostura y un alguito de vermut blanco. ¿Qué pasa? ¿Jugo de naranjas…? ¡Bah! Además para más luego me van a invitar a picar algo… o a cenar, ¿verdad? —No, nosotros tenemos nuestra propia jauría. Son todos lobos hambrientos que te lastimarían. —Pero si tengo a mis dos amigos conmigo, ¿qué me van a poder hacer los lobos hambrientos? Vos me defendés Justo ¿no es cierto? —“…y los lobos aúllan de hambre” —cantaba Tin la vieja canción de los cosacos del Don —“no llores que Ana no vuelve…” —Justo vos me vas a defender, ¿si? O yo no te defiendo del oficial Lanari. —Y a él ¿quién lo va a defender de su abogada? Yo me abro, por cuestiones de incompatibilidad. —Te juro Ana que yo los echo a todos, pero a todos, eh. Mis garras serán las de un león. Así les voy a hacer a los lobos. Y sacando la lengua remedó con sus dos manos un agilizado pito catalán. —Recién, cuando salí del trabajo me acordé de “Las Cuartetas” ¿Quieren que vayamos? —Dale, llevame. —Entonces, lo llamo al mozo y suspendo —preguntó Valentín. —No, no. Después del copetín me llevan a cenar. A cenar pizza. ¡Qué rico! —¿Alguna vez fuiste a “Las Cuartetas”? —Desde chiquitita no he vuelto a sentarme en una pizzería. Mi papá nos llevaba, con mi hermanito y mi mamá. Todas esas salidas eran una fiesta, pero eran a un local de Belgrano, nunca a las famosas del centro.

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—Estamos cerquita —le informó Valentín. Salimos, tomamos un taxi y por Corrientes pasando el obelisco, donde está el Gran Rex, bueno, allí enfrente. Cortás un pedacito y te ponés a ovillar la muzzarella. Podes pasarte una hora ovillando que nunca se corta. Fantástica. Un festín.

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Todas esas explicaciones de Valentín pronto dejaron paso al motivo de la reunión de los tres. Para Valentín, se entiende, metido en su metier de abogado, porque las otras dos partes encaminaban todos sus pensamientos en otra dirección —Bueno. Vamos a razonar un poco el asunto del embotellamiento. Fue entonces que Justo les transmitió todo lo averiguado por su sagaz cronista. —Era un funcionario municipal, —a Ana— como vos me dijiste. — Si. Pero ahora —dijo el boga— nos complicó las cosas que el Intendente lo llamará al Jefe de Policía. Ahora se ha creado como una obligación de que investiguen a fondo. Si no están informados de que levantaste un arma y de que le averiaste el casco, no debería pasar nada. Si no hay una intervención médica, fue tan solo un tiro al aire. No hay que hablar de que se levanto un arma. Te asaltaron mostrando una pistola y vos más rápido que Kirk Douglas le hiciste un disparo al aire. Ojo con decir que fue al bulto. Por disuasión, disparo por disuasión.

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—Me gustaría que vos hables con ese amigo tuyo —terció Ana—. —Tengo un cliente que es Secretario del Secretario de Gobierno y es como chancho con el Jefe o Intendente, o como se diga ahora. Puedo pedirle que le dijera a su Jefe que lo llame al otro Jefe diciéndole, qué se yo… Que está informado de que la Policía está haciendo diligencias en torno a ese asunto y que no pretende que gasten su tiempo en un asunto puntual e ignoto y sin trascendencia, mientras esos hombres podrían dedicarse a motivos de orden general... Y que muchas gracias por su avocación. Vos podrías hacerle un recuadrito que supondría una punta final. Como título: Las preocupaciones de la Federal bajo las directivas de la nueva cúpula policial. Elogioso, eso. Hasta ese oficial Lanari va a vibrar de orgullo. Y van a saber que sos vos, el indagado, el de los términos tan elogiosos y con eso… bueno, mansitos. Y lo dejamos ahí. No hay que dar por un chancho más que lo que el chancho vale. ¿Lo dije bien? —Sí, muy bueno por lo de chancho. Por mi, tampoco doy por otro chancho más de lo que un copetín vale. —Mañana antes de que yo hable, averiguá si tu colaborador tiene el nombre y avisame cualquiera sea el resultado y yo voy a ver como encaro. Pero prepará ese recuadrito. —Mañana a primera hora ya tenés una obligación que cumplir y que diluye lo de las medialunas. —Pero vos crees que este madruga. A ver, ¿a qué hora vas al estudio? —Y… más o menos, a las diez y algo. 56

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—¿Y vos sabés cuántas medialunas te puedo ofrecer de las ocho a las diez? Tantas como un empacho. —Bueno, pero a las ocho y media. Dame media horita más de cucha. Y aquí mismo. A tres cuadras del estudio. —Listo. Pagá y vamos. Se levantó Valentín y Ana hizo otro tanto. Justo hurgó la billetera y llamó al mozo. Los observaba mientras se retiraban. Valentín le apoyaba una mano en el hombro y recordó cómo se enojaba cuando le hacían a él una cosa así: “sé más piola y dejame hacer mi tarea a mí”. Cuando llegó a la puerta ya habían detenido a un taxi. Ana había subido y Valentín lo esperaba con la puerta abierta. Llegó y se sentó al lado de ella. Valentín subió tercero al asiento posterior, lo que obligó a Justo a arrimarse bien juntito a la joven anhelada. De reojo observó que ella se sonreía. Entonces él la miró de frente y decidido repreguntó: —¿A las ocho y media? —Sí, sí. Estamos convenidos —burbujeaba la sangre en las venas de él—. “Las Cuartetas” a cuatro minutos porque perdieron dos en el amontonamiento del semáforo del obelisco. —El fondín de Las Cuartetas: “Te acordás hermano qué tiempos aquellos, cuando a un compadrito lo calza de cross”. —Va juntando las letras de varios tangos como en sus noches de muchachito calavera —la informó Justo. Por ahora van solo dos líneas porque bajo un solo copetín. Cuando baja cinco a seis copetines te recita todo el “Alma que canta”. —“¿El alma que canta”? Son antiguos, ¿no?

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—Aquí, en esa esquina —Corrientes y Esmeralda— se desarrolla la trama de la letra de ese tango, ya histórico. Al compadrito lo calzó de un cross nada menos que Jorge Newbery. “Y te dieron lustre las patotas bravas, allá por el año novecientos diez…” En esa primera cuadra de Esmeralda estaba el teatro “Odeón” y la confitería “Ideal”. Esos eran lugares bacanes. —¿Qué es un cross? Le preguntó Ana. —Una trompada en el mentón que te levanta para arriba y te desparrama en el suelo. —Yo nunca imaginé trompadas que te levanten para abajo. —Bueno. Te levante como te levante, vas a parar en el suelo que está abajo. Detrás de Valentín entraron a la famosa pizzería y cruzaron el salón de enfrente. Por un pasillo lateral, que dejaba a un costado al grande horno, llegaron al salón trasero, donde había mesas con mantelitos cuadrillé como en los antiguos “Salones de Familias” de los bares porteños. Ana sorprendida miraba todo con esmerada atención y tomó de la mano a Justo. —¿Cuántos años tiene? —¿Quién, Justo? —intervino el abogado. —Tiene cuarenta años. Nos tan viejo como aparenta. Se sentaron a una mesa, mientras Justo, para mejor responder a Ana, se dirigió a su amigo. —¿Cómo se llamaba el popular poeta y compositor que le dio el nombre al local por sus cuartetas? —¡¡Ah!! ¡No me acuerdo ahora, pero era notorio! Muy conocido. Famoso. —Valen quería explicarle a Ana —Se sentaba en una mesa,

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parroquiano de todas las noches, y cuando observaba alguna pareja en una mesa vecina, les componía una cuarteta, una estrofa de cuatro versos, muy respetuosas y galantes que dedicaba a la dama y a veces a la misma pareja. Se las enviaba con un mozo y siempre, por retribución, recibía una porción de pizza o una copa de semillón, que era el vino blanco de moda por ese entonces. Se pasaba la noche escribiendo cuartetas hasta que el vino blanco le decía basta. Por esas famosas cuartetas tomó su nombre este local. Llegó el mozo y le pidieron una especial de muzzarella y tres imperiales. —¿Imperiales? Asustada por la terminología indagó Ana. —Sí —respondió Valen— son los vasos de cerveza altos. Los más bajos se los llama “cívico.” Vas a salir una perfecta lunfa. Sí: lunfa, de lunfardo. El idioma más porteño de Buenos Aires. —¡Mozo! ¿Cómo se llamaba aquel poeta de las famosas “Cuartetas”? preguntó Justo. —Alberto Vacareza. ¡Um!... Pasalo a tu historia, Ana.

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A las ocho y cuarto —quince minutos antes de lo convenido— llegó a la confitería. Ella le había dicho que era adicta a la cama, dando a entender que sufría al levantarse temprano. Se lo preguntaría en profundidad. Meditaba un cuestionario sobre el tema de gustarle la cama. Le bullían las ideas en un tropel de fantasías. Puntual. A las ocho y treinta hizo su entrada buscando con la mirada. Él había ocupado una mesa lateral, contra la pared, que simulaba más reservada. Ella apenas lo descubrió le mostró la sonrisa más amplia, la más amigable y se acercó sin disminuirla, en un gesto toda alegría y tomó asiento. —¿Hace mucho que esperás? —y… desde que nos despedimos anoche. Diría que los únicos momentos de vida son los que gozo de tu compañía. Los otros son un desperdicio. —¡Muchas gracias! Qué buena onda me das para empezar la mañana. —¿Muchos trabajo para levantarte? Me dijiste que eras “adicta” a la cama, como una gatita ronroñera. Ana Flores

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—No. Para nada. Apenas abrí los ojos me deslumbraron las medialunas y ese fue el motivo de mi apresurada disposición. Además, claro está, de recordarme que me esperaba un nuevo e indispensable amigo. Indispensable ¿viste? Te me vas a convertir en un vicio. Llevame a comer y no te quejés si engordo. —¿Por qué me voy a quejar? Si gorda o rellenita vos también podes ser indispensable. —¡Ja! Nunca flaca. Gorda o rellenita son las categorías permitidas. Tener donde agarrarse. El mozo se acercó y pidieron un desayuno con medialunas. — Seis. —Me gusta eso de donde agarrarse —dijo Justo—. Así uno no se puede caer. —Podemos caer los dos... ¡Uy! mirá si me pongo tan gorda que te aplasto. —¡¡Te juro que no me voy a quejar!! Solo porque son tus chichas las que me ahogan, se entiende. —Yo no te voy a ahogar… después te cuento. —Ahora. —No, ahora el banquete. Tres para cada uno ¿estamos? El mozo servía el desayuno. Medialunas, manteca, dulce de leche y mermelada. Después las tazas. Un chorro de café bien negro y completar con leche caliente, cantidad a gusto. Ella miró satisfecha el servicio y aprovechó para mandarle una guiñada de ojo a su “imprescindible” compañero. Tornaron una medialuna cada uno. Justo estaba absorto por pensar qué decir, qué hacer, cómo decir y cómo hacer, tal como si fuera

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un novel galán inexperto, nervioso. En cambio ella estaba distendida, agradada por la situación y de la compañía. Afanosa por más, no se pudo resistir de hacérselo saber. —Estoy muy contenta de que hayas accedido a invitarme. Me siento muy bien en tu compañía. Sos un agradable amigo. ¿Te habías dado cuenta? —No. No tengo capacidad para autoevaluarme. Nunca sé si piso en firme o en un tembladeral, pero con vos estoy asombrado. Me deslizo como con más confianza, como si nunca me fuese a golpear en una caída, como si tus manos estuviesen extendidas para recibirme… ¿pero qué estoy diciendo? —Estás diciendo lo mismo que siento yo, pero con tus palabras. —Me parece que estoy diciendo cosas que están de más, que no se corresponden a una actitud varonil y firme. Pero ya está. Se me escaparon y listo. Me voy a poner a resguardo para un futuro. Más cauteloso. —¿Pero por qué ahora esa actitud? Cauteloso no. Franco. Así se corresponden los verdaderos amigos. ¡Sí! —tomó otra medialuna y la untó con mermelada. —No me apurés, por favor. Estoy sintiendo mucho más rápido que mis palabras. Sé mi amigo, por favor. En este momento lo necesito. Pausa. —Me equivocaría si te doy esa pausa. Te tengo que apurar ahora. Ahora es el momento de oírte decir más, que mi oído está listo para oír esas palabras. Rápido, que se te escapan. —Perdiste. Ya se escaparon, pero yo me las recuerdo muy bien y eso es lo bueno, me dominé.

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¿De nuevo me vas a dejar comer sola? ¿No te tientan las medialunas? —Es que así ocupo la boca y yo la quiero tener siempre lista para preguntarte, para contestarte, para hablar contigo, para conocerte mucho más. Tengo miedo de que se me escape el tiempo. El tiempo es irrecuperable y lastimosamente, es poco. —Tenés una hora y podés tener muchas más si te portás bien. —¿Acaso me porto mal? —Sí. Me desobedecés. No comés y yo quiero tener un amigo fuerte, que camine a mi lado con suficiencia. Que no trastabille para poder yo sostenerme en él. Así lo quiero a mi amigo. Justo la miraba firme y sostenido. Maquinalmente tomó una medialuna. No entendía si él la quería apurar o ella había tomado la iniciativa y lo apuraba a él. Nunca sus sentimientos habían pasado por una situación igual. ¿Ella se interesaba en él? “Vamos, tenés cuarenta años. Sos un hombre, no un chico inexperto y soñador”. Ella advirtió la duda en él y se tragó una sonrisa con mucho esfuerzo. Decidió ir por más. Le gustaba el hombre. No era una sorpresa de esa mañana. Era algo que había estado incubando por dentro y eclosionaba. Sí, lo dejaría reventar y que ese sentimiento la impregnara toda. —¿Ana? —Si… —Me quedé sin palabras... y tenía tantas que quería decirte. Soy un hombre declinante: un viejo, ¿no es así? —¡No! Tenés la edad justa para vos decirme y yo tengo la edad justa para responderte. ¿Si?

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—Bueno, me voy a comer esta medialuna. Algo tengo que comer, alguna cosa que hacer. —¡Apurate que te dije que soy glotona! A él le pareció que había una inflexión capciosa en esa frase. Como no se la iba a repetir, espero por otra que trajese la misma intención. Estaba ansioso y quería ocultarlo. Mordió la medialuna y decidió untarla con dulce de leche en actitud pensativa. Mientras el estaba en un pozo de dudas, de búsqueda, de sorpresas, ella quería afirmar su estado de firmeza para consolidarse y atropellarlo. No lo iba a dejar escapar. —¡Mirá! Se agotó el stock de medialunas —dijo él— y cada cual comió su parte. Esta vez vos, como una chica buena, no avanzaste sobre la porción del contrincante. —¿Pensaste mucho? Habían guardado silencio por todo el tiempo que duró la ingesta de las restantes medialunas, que no era un tiempo extendido, pero sí un distendido interludio. Y efectivamente, habían pensado. —Si pensé, la verdad… —No me adelantés nada. Razonalo todo bien y guardalo en un sobrecito secreto. Yo ya sé cuál es el tema y después me lo contás. Todo bien anotadito para la hora de la cena. Invitame. ¿Siete y media, te parece bien? —Yo te vengo a buscar. —Ok.

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Siete y media. Horario ya convenido y mientras Justo se desplazaba por la calle del estudio acercándose, por el teléfono celular completaron el convenio. Al pasar por la entrada del edificio, ella ya lo estaba esperando en la puerta. Él le sonreía por la felicidad del encuentro y ella deja caer la cabeza como queriendo ocultar la satisfacción que le embargaba. Como si bien pudiera decirle: “A cada minuto más mío”. —¿Pensaste mucho? —Sí, mucho —respondió él. Menos mal que recibí un informe de P.D.V. y terminé de armar una nota sobre petróleo de Venezuela, que sino... Lo único que habría podido escribir es como afecta a un hombre el deslumbrante impacto de una mujer. —No seas exagerado. El tan deslumbrante impacto, soslayalo. Vos me estás costando mucho trabajo para encausarte bien y no divagar fantasías. —A ver, ¿cómo sería encausarme bien? —Bueno, que ya me hubieras tomado del brazo y no andar caminando como simples conocidos.

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—¡Por Dios! Tomarte del brazo es algo que no me atrevo a decidirlo yo solo. Sos vos la que decide esas cosas de darme o no darme permiso. Yo tan solo puedo tomarme el atrevimiento de intentarlo. —Pero si ya esta mañana yo me tomé del tuyo y anoche en el comedor, cuando buscábamos una mesa, te agarré de la mano. ¿Eso no es una especie de permiso concedido? Una vez que se deciden, ya está el permiso para siempre. Y entonces ella lo tomó apresuradamente del brazo y se lo estrechó junto a sí. —¿Sabés Ana? Sos completamente diferente a todas las mujeres. Me abrumás. Entonces le tomó la mano del brazo que se ajustaba estrechamente al suyo. La apretó con firmeza pero sin forzarla y giró la cabeza para observar atentamente esos ojos. Toda la cara de Ana se iluminó y llevó su mano a atrapar la de él. Ella si que ajustó fuertemente los dedos. Caminaban hacia el frente por el centro de la vereda y cruzaron de distinta forma los brazos. El pasó uno por detrás de la espalda de ella para tomar el más distante y con el otro la tomó del antebrazo, pero ella retrotrajo ese antebrazo para que se estrecharan las manos, engarzando fuertemente los dedos. En un enjambre de transeúntes era difícil avanzar así. La detuvo en una entrada y la colocó frente a frente. Febriles. Justo inició un desplazamiento arrimando su cara a la que enfrentaba. Ana entonces dijo:

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—No me besés en la calle como dos adolescentes. Pero guardame ese beso. Yo lo quiero. Te nació para mí. Es mío. Sigamos. Ese acto de mutua aceptación curtió efecto. Continuaron caminando, ahora más distendidos. Se habían dicho y prometido muchas cosas. Todo tácito. Justo llevaba en su ánimo y en su total y lúcida sensación, que ella se había adueñado de su boca y de su capacidad de besarla. Ana se levitaba en el éxtasis que le producía haber recibido la oferta de él y cumplido con su pedido de postergación, pero adueñándose de su boca. —Justo, ¿qué vamos a comer? —Ana, no me interpretes mal, pero mi apetito ahora es otro. —Ya lo sé. También es el mío, pero vamos a poner toda la fuerza de voluntad para retenerlo, para continuar siendo amigos, muy amigos. ¿Adónde? Él pensó, que oportuno sería que ella le propusiera cenar en su departamento, pero no lo insinuó sabiendo que sería desairado. —¿Qué te parece “El Palacio de las Papas Fritas”? —¡Ah! Ahí es donde hacen las papas infladas. ¿Cómo se llaman? Ah, sí las papas suflé, ¿así no? —Hacen todo tipo de papas; pero esas son las más afamadas. ¿Probamos? Está acá cerca, sobre la Avenida Corrientes. —Dale, llevame… Casi se me escapan dos palabras. —¿Cuáles? —Mmm… ¡Te quiero! ¡Bah! Lo digo siempre que me ofrecés comida.

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Risueños avanzaban estrechados. Amigos. Pero ahora de una categoría muy especial: La de muy, pero muy amigos. Mientras hacia su pedido al mozo, Justo le recriminaba por el gran tamaño de los bifes de chorizo, que eran norma de la casa. Entonces Ana le sugirió: —Pedí solo uno y lo comemos a medias. Pero eso sí, que él lo corte por la mitad para que vea que la carne está a punto. Rosadito claro, color de a punto. Y las papas infladas para dos. El mozo tomó el pedido que Justo amplió: —Para tomar vino tinto, pero traiga todo junto. Veinte minutos solamente para conversar. Ni panera en la mesa. Enfrentados, con las manos sobre el mantel, Ana extendió la suya para tomar la de él. —Soy una atrevida, ¿no te parece? Me extraño de mi misma, agradada de estar con vos. —¿Qué pensás hacer este fin de semana? Mañana sábado, el domingo y también el lunes. Nosotros tenemos una cita con Lanari el martes. —El único día con compromiso es el domingo. Se junta toda la diáspora: mi hermano, yo, mi papá y mi mamá. —¿Vivís sola? —Estoy pensando como contestarte. Mi papá y mi mamá juntos. Mi hermano está casado y con dos chiquitos. Y yo ¿sola? Hasta ahora sí, pero si te querés venir a vivir conmigo, ofrecete. —¡¡Ya!! Listo, llevame. —Mirá que no especificamos tiempo. Por un ratito, no. Para toda la vida, sí.

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—¿Te querés casar conmigo? —Sí, segura. —¿Es amor a primera vista? —¡No! Primera vista, la comisaría. Segunda vista la pizzería. Tercera esta mañana y ahora la cuarta. ¡Amor a la cuarta vista! No, mentiras. La primera fue la sorpresa. A la segunda la decisión. A la tercera vista yo ya comencé a tomar mi vuelo y desde allí a mi me gustarán todas las vistas presentadas con amor. Sos tan agradable… para mi gusto, ¡¿si?! Las otras mujeres han de ser todas unas pavotas. —Nunca me habían pedido matrimonio. —¿Acaso me vas a querer contar que fui la única? No te creo. —Bueno, pero no tan rápido y de esta manera. —¡Rápida no! ¡Decidida sí! ¿Por qué voy a perder yo mi tiempo y vos el tuyo? Me gustas y casi me besás. Eso me lo debés. Fue ella la que bajó la cabeza hacia la mano de él y le depositó un beso. Justo no podía creer lo que veía y lo que sentía en el dorso de su mano. Era un seguro ganador. ¿O era ella la ganadora por haber logrado lo que quería? Quiso ordenar el tenor de las cosas. —Te pregunté qué harías este fin de semana. ¿Ningún día libre? —Todos los días libres para vos. El compromiso con la diáspora puede soslayarse si vos lo querés. —Los dos o tres días los pretendo a todos. ¿Y las noches? —Pretendelas también. Total ahí solo hay una fantasía tuya. ¿Te gusta ir a bailar? ¿Ves? Si esto fuera una pista de baile estaríamos abrazados.

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—Sería una pérdida de tiempo. Si fueras mi pareja haríamos otras cosas. —Basta. Escabroso. Quiero mis papas fritas. Le soltó la mano y mirándolo a los ojos era toda sonrisa. —O sea que vos querés casarte ¿y de qué manera? —Registro Civil. Lástima que promulgaron lo del divorcio, si no… ¡te tengo conmigo toda la vida! —Así, así. Seguro. —Ahí viene el mozo con una gran bandeja. ¿Cuánto te querés jugar que cuando terminemos las papas fritas, voy a sostener la misma pretensión? o iré por más. Voy a estar más fuerte. —Más gorda. —Te aplasto.

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—Caminemos. Lo haremos para bajar las papas fritas. De verdad son especialistas. Acertaron con el nombre del negocio: El Palacio. Son dignas de un rey y de una reina. Esa sos vos. ¿Tomamos un café? —Sí. ¿Qué hora es? —Las diez y media. —¿Dos horas y media de agradable compañía por unas papas fritas? ¡Qué lindo va a ser nuestro matrimonio! Las horas van a pasar como un suspiro. —Umm... Matrimonio. Matrimonio... ¿El café lo tomarnos en tu casa? Así me mostrás esas cositas que me contaste en el comedor. —Dale. Vamos a jugar con fuego. Pero solo tengo café instantáneo, ¿es lo mismo? —No sé si lo voy a tomar... ¡Pero sí, lo voy a tomar! Vos servilo, para estar satisfecha conmigo. La voy a dejar enfriar… para que me ayude a normalizar mi temperatura. —¿Por qué, qué me vas a hacer? —¡Cómo! Te debo un beso. Voy a cumplir con mi deuda.

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Justo levantó la mano para llamar un taxi. Vino todo lo pronto que él quería y ella accedió y le indicó al chofer la dirección. —Tomaste nota ¿no? Ya sabés por donde venir a buscarme. Él se corrió en el asiento arrimándose más hacia ella. Por su parte, Ana hizo lo mismo y cuando ambos cuerpos estuvieron estrechos se buscaron las manos y entrelazaron los dedos, que ella las apoyó sobre su falda. Un contacto que hizo estridencia en los sentidos de Justo. —Mi amor, pensaba, que tibiecita estás. —Eso solamente lo pensó mientras el vapor de su caldera llegaba al máximo de presión. Un grado más y estallaba. El viaje fue muy corto o él no midió el tiempo. —Llegamos —Ana le hizo saber y bajaron. Mientras el abonaba el viaje ella abría la puerta del complejo de apartamentos. La primera, porque por razones de seguridad había dos puertas llavadas, separadas por un muy corto pasillo. Una cámara grabadora los filmaba entre la una y la otra. Justo llego cuando Ana abría la puerta del ascensor y pasaron adentro. Ella cerró la puerta, pulso un botón que accionó la máquina y enfrentó a medio paso de distancia a un Justo indeciso. Abrió los brazos y se le echó encima. Los ojos se buscaron ansiosos y ella recibió el abrazo de él diciéndole: —Bienvenido amor a tu casa. Esta es tu casa. Bienvenido. El le abrazó la cintura bien apretada, tan estrechada como para hacerla reventar. La besó en la frente y los ojos. Estaba buscando su boca cuando se detuvo el ascensor. Habían llegado. Ella se desprendió

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con algún esfuerzo y con las llaves, que llevaba en su mano, abrió el departamento mientras Justo cerraba el ascensor. Lo esperó en el ingreso y cuando él paso, ella cerró la puerta y volvieron a juntarse sin mediar palabras. Las bocas se fundieron. Toda la presión que lo dominaba la descargó tomándola por la cabeza y apretándola con una mano. Con la otra hurgó por debajo de la blusa, deslizándola por la espalda y sobre la piel ardiente, alcanzó el corpiño y lo desprendió. Fue cuando ella le mordió los labios y zafó del abrazo. —Estás muy caliente Justo. Calmate mientras te preparo el café. —Hay una sola manera de calmarme, Ana. Ella por debajo de la blusa, trataba de prenderse el sostén en un gesto que, a la vez que adelantaba sus pechos, mantenía los labios de su boca entreabiertos. El volvió a estamparse en su boca y la abrazó fuerte, pero ya más contenido. Ana respondió a ambas cosas con lujuria de pasión contenida. Fueron minutos incontables. El terminó tomándola con ambas manos de la cabeza para sorber la saliva que ella le daba con fruición. Las caderas se apretaban empujando, con el expreso propósito de hacerse sentir. En ese momento Ana separo los labios apoyándose sin fuerzas en la otra cara y empezó a respirar hondo y profundo, cerrando los ojos y abandonándose, laxa y ajustada, contra el cuerpo de él. Justo se alarmó. Ella estaba diluyendo un orgasmo. De inmediato cambio su actitud y le acarició la melena, las mejillas y desplazando el pelo alcanzó a besarle el pabellón auditivo, mientras lo acompañaba con un susurro:

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—Hacé tranquila. Yo te cuido. Yo te cuido. Pasó el instante y ella también susurró: —Gracias. Sos todo lo hombre que yo quería. Y le demostró su gratitud por el acompañamiento, ofreciéndole otro suave y enamorado beso.

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Tomaron el café sentados a la mesa frente a frente. Ella alguito más distendida y él con todo el peso de su ansiedad comprimida. —No quiero que te vayas. Quedate a dormir conmigo —no era un pedido, era una súplica. —¿Los dos en esa cama tan chica? Él quería aceptar a toda costa. Ya lo había pretendido en fantasías afanosas desde que pisó el suelo del departamento. La pregunta la había hecho de insidioso. Era suficiente el sofá de dos cuerpos —donde no entraba— o tirando el colchón al piso. —Mirá, solo entramos si yo me apoyo con un píe desnudo en el suelo y vos bien apretadita contra el monstruo. —¡Dale! Se levantaron de la mesa y se aproximaron —irradiantes. Mientras tanto el se aflojó el cinturón y se desabotonó el pantalón. Ella, cómplice, soltaba los botones de la camisa. Llego a tres, suficientes para introducir la mejilla a recostarla sobre el pecho desnudo y velloso. El último botón se resistía y tirando de la tela para abrirla, lo arrancó.

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Él ya estaba casi desnudo y la tomó con sus brazos para llevarla a la cama. Movimientos impetuosos con la camiseta, como queriendo arrancarla. Retornó al abrazo. Ella se había sacado la blusa por la cabeza en un solo movimiento y sus manos por la espalda soltaban el corpiño. Él le ayudó a quitárselo con más esfuerzo que ciencia. Quedó apabullado de la visión. Ana con ambas manos se quitó la falda y él oprimiéndole las nalgas sobre la piel desnuda, en un activo movimiento, con sus muñecas le hizo descender la bombacha. Ella levantó las rodillas para prestarle su apoyo desembarazante. Las cuatro manos acometieron el calzoncillo que siguió el mismo urgente destino. Ya estaban desnudos y él se afanaba por penetrar ese cuerpo. —Dale —dijo Ana. —Servite todo lo que quieras. El se introdujo provocando una leve y sonora aspiración de la mujer, la que comenzó con sus dichos. —Soy tuya... Gozame… Dale… Comenzaron una furiosa cadencia de galopes entre nubes de niebla cerrada hacia un cielo estrellado. Buscaron el cenit al que en instantes llegaron. No hubo noción de tiempo y rendidos de agotamiento se mordieron los labios. Ella sintió que algo se le perdía cuando dijo: —Quiero más. El volvió a atropellarla. Ahora habían aquietado más los afanes del deseo. Se gozaron ambos en plenitud y en un tiempo que no se puede medir con relojes, arribaron juntos a una plácida calma. Ella se abrazaba, aferrándose estrecha con brazos y piernas para que no le escapara. Esta vez, no.

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Él le pidió perdón, en voz muy baja, por si hubiese sido un poco torpe y ella le contesto: —Ya te dije. Sos todo lo hombre que a mí me gusta. Además, “Alguien siempre tiene que morir para que coman los leones.” Es el título de una novela de Wilbur Smith. Que cierto que es. Quisiera poder morir todas las veces que haga falta, para que coma hasta hartarse mi león. —No me quiero ir Ana. Quiero quedarme a dormir con vos. —Ya lo sabía. Por eso te di tanto, para que te quedés. Se corrió sobre el colchón para dejarle un escaso espacio que era tan suficiente como un espacioso jardín y allí se relajaron abrazados. Durmieron el sueño de los agotados de a poco por vez. Los otros tiempos fueron dedicados a los besos, las caricias y los descubrimientos Se amaban. Se hurgaban. Se solazaban. Justo le preguntó cómo había llegado a capturarlo. —Desde que te vi —fue la respuesta. —¿Acaso las medialunas incidieron? Vos me dijiste que eras muy golosa. —Sí, muy golosa. Te lo demostré en los desayunos y ahora en el amor. Ahora tengo todo teniéndote a vos. Sos mi flan, mi budín, mi golosina. Nunca me voy a sentir satisfecha de todo lo que me das. Te quiero. Esa mañana que yo te pregunté si vos eras mi cliente, cuando dijiste que sí, me dominó una resolución. Cuando después desayunamos te dije que era golosa y te inflaste de un aire picaresco. Entonces yo me dije para mí: “No te hagas el pícaro, que mi picardía es más peligrosa que la tuya”. Y empecé a entretejer cavilaciones durante casi todas las

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horas del día, en el trabajo y en mi soledad nocturna. Desde que te vi solo pensé en atraparte, pero no por un juego, no por una sola ocasión —que hubiera sido más fácil— ¡No!, para tenerte siempre conmigo, a toda hora de mis días y de mis noches. Mientras escuchaba, él le recorrió el cuello, los hombros y los pechos en una sucesión interminable de cariños, de besos y succiones. Descubrió que en el cuenco de las axilas de la mujer había restos de la humedad de su sudor y chupó y lamió esa humedad con fruición, lo que le significó una nueva fuente erótica. Se desbocó y se trepó en una nueva cabalgata hacia las estrellas. Justo gemía con los ojos cerrados, apretándola con furia. Ana intervenía a su mismo ritmo y en el contoneo de sus caderas volvieron a estallar las tormentas sofocantes, trepando hacia un amanecer tibio y plácido. Ana le dijo que quería acurrucarse encima de él y Justo la levó y la contuvo con ambos brazos y ambas piernas. —Quedate quieta ahí­—la satisfacción que ella sentía era que como estaba, nada de lo que estuviera dentro de ella, ahora se podría escapar. Se sintió húmeda de sudor y agotada. Él le propuso: —Vamos a bañarnos, desnudos y juntos —y ella aceptó. Bañarse fue un acto valeroso. Los dos amantes se divertían bajo el chorro de la lluvia. Desnudos se contemplaban y de inmediato se abrazaban a las carcajadas. Se revoloteaban los pelos de las cabezas a puro diez dedos. Se jabonaban solamente las partes pudendas y se intercambiaban manos para enjuagarlas y volvían a besarse. Todo hasta que Justo la envolvió en un toallón y en andas se la llevó a la cama, reiniciando una atropellada cabalgata.

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—¿Estás loco? ¿Para qué nos bañamos? —Para hacerlo limpito. Ella en esa antigua y universal posición, con los brazos abiertos en cruz, que pronto los cerró para abrazarlo, oyó su pesada respiración junto a su oído. —¿Estás cansado, mi amor? —No, nunca me voy a cansar de estar así cual una cuna, hermosa y mía. —Sí, sí hermosa, pero hemos mojado toda la cama. Vamos a cambiar las sábanas. ¿Me ayudás? —No. Vamos a terminar de bañarnos. Me siento todo pegajoso. ¿Vamos? De nuevo bajo el chorro de agua tibia se enjabonaron mutuamente. Ella lo besaba en los hombros, en el pecho rizudo y cuando descubrió el agotamiento varonil lanzó una carcajada. Él la silenció tomándola de la cabeza y cubriendo su boca con otro afectuoso beso. Descubrieron que ahora no tenían toallón y Ana se precipitó hacia el ropero dejando un reguero de agua en su desplazamiento. Eso también fue un motivo de risa para los dos tórtolos. —¿Qué hora es? Preguntó Justo. Ana, que le prestó atención, observó un reloj antiguo de pared en el living y sorprendida exclamó: —¡Las cuatro! ¡Más de seis horas las pasamos así! Que hermosa vida nos espera. Si estamos como para empezar de nuevo. ¡Bah! Yo sí, pero vos nene… —A tu nene le está agarrando hambre.

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—Yo te sacio con un café y unas tostadas con mermelada. O con queso untable. Pero eso sí, primero ayudame a hacer la cama, como un marido complaciente. —Después puedo ir a mi casa a buscar el auto. Hoy es sábado y no hay estacionamiento restringido en esta zona ¿no es así? —Vos no vas a ninguna parte sin mi compañía. Ya te lo dije, no te largo más. —Yo tampoco te largo a vos. Si querés venir, te llevo. El auto puede hacernos falta esta tarde o mañana si querernos dar unas vueltas para no empollarnos. Además tengo que buscar una camisa limpia, ropa interior, medias, qué se yo… No me vas a querer sucio y oloroso. Vamos, así conocés mi casa, que también es tuya. ¡Ah! Y también podernos descansar un ratito en mi cama, que es de plaza y media. —¡No, no, no! En esa cama segura que has estado con alguna mujer. No quiero. En esta cama, chiquitita que sea, jamás un hombre, ni en este departamento. Por eso te traje tan confiada y orgullosa, porque está limpio de cosas sucias. —¿Y entonces, vas a venir? —Claro que sí, para elegirte la ropa que vas a traer. —¡Mmm…! La esposa perfecta. Rezongona y cariñosa. Vení a mis brazos que te hace falta un beso. Cariño.

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Ana recorrió toda la casa revisando pieza por pieza, rincón por rincón, armarios y cómodas, roperos y alacenas. No se limitaba a una inspección formal, era como una inspección final. Total. Nada podía ocultarse a su requisa. Todos los cajones y hasta cajitas de utilidad nula y que sólo servían como adornos. Él se abocó a revolver viejos apuntes y tomó nota de algunos de ellos para llevárselos a Andrés e ilustrarlo. No había dejado para nada de recordarse de la disputa por los pueblos originarios. —Te tiene bastante bien ordenado y limpio, la mujer que te hace las tareas domésticas. Guapa. Ni siquiera una prenda para lavar. Solo he visto unas pocas cosas sobre la tabla de planchar esperando turno. Bastante bien todo. Solo hace falta un retoque de pintura y cambiar algunos muebles. ¡Mi casa! Traer solo las prendas íntimas, esas que a vos te gusta arrancármelas. —¿Entonces podemos quedarnos? dijo él acomodándose en el sofá, donde hacia el aguante a la inquisición de la inspectora. —¡No! Ni alcoholizada.

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Te desprendés de ese juego de dormitorio. El colchón lo quemás. Todas las sabanas y fundas, almohadas y frazadas, afuera. Compramos todo nuevo. Ese juego de sofás... Te habrás sentado con alguna de ellas supongo. También afuera. El baño renovar los accesorios, que ya están bastante ajados. Toallas y toallones traigo de mi casa, perdón querido: de nuestro departamento. Todo lo que hayas podido compartir con otras, afuera. Después yo vengo a reinar en mi casa junto a mi león... ¡el rey del bosque! Lo tomó de las manos y lo paró junto a ella. Él la abrazo y tras besarla, le susurró al oído: Obsesiva. —No mi amor. No es por capricho, como pareciera así, como te lo estoy diciendo Es que quiero mi casa mía. Quiero hacerle algo que la diferencie de la anterior. ¿Vos me entendés? Que tenga mi impronta, mi sello. Yo le voy a dar mi olor. Eso del dormitorio se sobreentiende que va a ser así. Cama de plaza y media, no. Dos plazas, bien amplia, donde tengamos espacio para revolcarnos como a nosotros nos gusta. Además, así como vamos… pronto seremos tres para esa gran cama. —No soy de la idea de acostar los chicos… —¿De qué me estás hablando? Cuando tenga mi panza bien llena de tus cosas, el que va a dormir en mi panza —entre vos y yo— va a ser él. Y yo necesito espacio para que esté cómodo. ¿Está? Además, mi muchacho, no podés llevar a tu flamante esposa a una cama usada y vaya a saber con quién. Renovarse, muchacho, para comenzar una vida nueva. —Bien. Ella hacia todos sus parlamentos colgada de él, abrazando cuello y cabeza y balanceándose apoyada a su cuerpo. Mimoseándose.

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—Ya tengo toda tu ropa: dos trajes, pantalón, camisas y corbata, tres, solo las que a mí me gustan —pijama, calzoncillos, camisetas y lo que te falte yo lo venga a buscar. Vos me lo ordenás y yo lo obedezco. ¡Ah!... También me llevo una botella de whisky, que yo te lo voy a servir. Bueno vamos, que tengo apuro. —¿Apuro de qué? —Cuando lleguemos al departamento, te lo explico. Ya tengo todas las cosas en el auto. —¿Vamos a cenar afuera? —Si no es esta noche, mañana. Quiero ir a una de esas parrillas —o carritos— de la Costanera. Pago yo, no siempre vos, o mejor juntamos la plata. Eso también debemos hacerlo. Y mañana por a mañana vamos al súper, a proveernos de todo lo que nos haga falta y de paso comprar comida hecha para calentar en el microondas para las doce y la noche. Y entonces la pasamos en casa. ¡Qué lindo! —Vida de matrimonio… Me rindo, mi amor, perdí. Eso sí, a mi gusto. Todo es a mi gusto. Y girando a su mujer, la encamino hacia la salida, tomándola de la cintura. Volvieron a las dos de la tarde. Habían hecho todos los deberes, según dijo él.

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A la noche habían ido a un carrito de la Costanera a empanzurnarse de achuras. ¡¡Bah!! Carritos le decían por costumbre, por tradición. Muchos años antes eran efectivamente auténticos carritos donde los obreros del puerto y las adyacencias, también los camioneros, comían choripanes y achuras o churrascos al paso. El tiempo fue pasando y los sabores e incitantes aromas atrajeron a mucha gente de buen diente. Sembraron una tradición. Ahora eran una cantidad de comedores de primera línea, con un centenar de mesas cada uno y profusamente iluminados. El que eligieron tenía hacia el fondo un extendido mostrador y detrás una gran parrilla de resplandor rojizo. Las paredes tapizadas con botellas de vino de diversas marcas y sobre el mostrador colgaban jamones crudos con hueso empacados en stoquinetes, esas bolsas como de gasa donde los envuelven para terminar de curarlos y dejarlos madurar. Y mientras maduren stoquearlos. Stock —stoquinetes—.

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Después visitaron un boliche bailable. Visitaron nada más, porque a los pocos minutos no se habituaron, se sintieron extraños, muy fuera de lugar y resolvieron irse al departamento. Allí estaban en su cucha y era templadito y lleno de amor. Dijo ella que esos lugares no eran para ellos que ya habían conseguido todo lo que los otros que estaban allí, todavía buscaban. Ellos no buscaban más, lo tenían todo y lo gozaban a cada instante. A la mañana al súper, a aprovisionarse como para un año de comestibles y bebestibles. Dijo ella que así no perderían esos sagrados minutos tan calidos y tan pocos, más ahora cuando el lunes terminara la luna de miel y volvieran al trabajo. Ya en la casa desecharon calentar comidas frías y listas. Comieron un par de yogures cada uno y listos. —Ahora a descansar… —…O a cansarnos. Tenían toda la felicidad del mundo en su exclusivo mundo. —¿Te gusta mi nido? Vos lo tapizas con tu olor. —Qué… Por qué. ¿Estoy sucio? ¿Acaso hediondo? —No, mi amor. Tiene todo tu agradable olor a hombre. Yo lo aspiro con deleite. —¡Fijate vos! Yo aspiro tu sensacional aroma a piel limpia y tuya. Ese es un milagro. Mi olor y tu olor, no a perfume, a piel nuestra. Se deben llegar a confundir los dos en uno solo. —Olor a cucha. —¡Sí! Un aroma único. Inconfundible e inimitable. Vistes cuando un bebé está acostado en el lecho de sus padres

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como duerme extendido en la seguridad de su cucha. Abiertas las dos piernitas y estirados los brazos. Está tranquilo en ése, su nido. No toman esa plácida ubicación en ningún otro lado que no fueran los brazos de los padres. Ni con las abuelas, ni con las tías, ni con la nurse. En el solo clima de protección de ese hálito que les dan papá y mamá. Observá la nidada de cachorritos de perros. si alguno sale de él —quizás siguiendo a la madre— en pocos metros se siente perdido y llora, y llora y mientras llora olfatea el aire, hasta que una brisa le acerca el olor de su cucha y deja de llorar y sigue el rastro del olor de esa brisa. Primero de a cortos pasitos y olfateando, y cuando está seguro del indicio, al trotecito corre a la nidada y al llegar se embute dentro de la camada. Y si puede entrar debajo de sus hermanitos, lo hace y dentro de ese mundo de olor encuentra la paz. Los ojos no les sirven, no ven. Un viejo veterinario los enjaulaba para venderlos sobre un trapo donde durmieran. Cuando aparecía un comprador, cortaba un trozo de trapo y decía: “llévelo con un trapito señor. Así con un trapito, no lloran,” Y así era. Los perritos solitarios lloran hasta que se acostumbran al desarraigo, pero si olían el trapito se tranquilizaban. Se acostaban sobre el olor de su manada. —Poneme tu mano sobre mi vientre. ¡Aquí! —Y tomó la mano para llevarle a donde decía— acariciame el vientre. Tengo la sensación de que ya vino y que con tu caricia se siente bien. —¿Qué cosa? —Tu hijo. Me parece que ya está conmigo. Y que es muy chiquitito… ¡Qué te asombrás! Con todos los chorros que me metés adentro, ¿¡qué esperás!?

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—Sos una atrevida. Cómo vas a decir esas cosas… Esos chorros. —¡Más atrevido sos vos que me los metés! …Y sin pedir permiso. Él le acariciaba el bajo vientre, entre la estrechez de los cuerpos pegados. —Así está bien tranquilo. —¿Cómo vas a decir que lo sentís, si todavía no debe tener forma? —¡Qué sabés vos! Si ya lo tengo es mi huevito, después se va a ir estirando y va a ser mi gusanito, y después va a tomar forma y va a ser mi bichito y después... va a empezar a dar patadas. Pero es mío y me lo hiciste vos. Es de los dos, pero a él le gusta estar pegadito a su papá. —Sos una loquita hermosa. —¿Te gusta mi olor? —Ya te dije que es subliminal. ¿Y el mío? —También me gusta tu olor a mi hombre. También me gustan esas gotitas de sudor en tu vello, que me las chupo como a un jarabe de caramelo. —Esas gotitas están sucias de tanto frotarse en tus tetas. ¡Ay! Si yo me las pudiera chupar a todas… ¡pero qué digo! Si yo tengo a mi alcance el origen de las suciedades de ese sudor ¿Sí? —Dale mamón. Tomate tu ración diaria.

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Momento de las grandes decisiones. Habían superado ya muchas etapas de las complicadas situaciones de compatibilidad y adaptación de una pareja. La tarde que planificaron quedarse en “casita”, también había resultado placentera. Con mucho amor y un interludio de cine por TV. Un par de whiskys sobre las rocas, que gustó solo él y ella una moderna gaseosa de agua frutada. A las ocho resolvieron cenar y pusieron al microondas una de las comidas una de las comidas listas y frías que habían traído del supermercado. —Mucho amor da hambre. No quiero debilitarte por mi culpa. Comé que tenemos que empezar la ronda de la noche. —¿A la noche también? Vos te estás aprovechando de mí. Después se arrepienten cuando se gasta. Ella puso música de rock y el rezongó —Yo soy tanguero— y quiso buscar un libro y eran todos de derecho. También rezongó. Entonces ella intervino: —Vení a la cama que tengo un secreto que contarte.

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Le hizo trampa. No tenía nada para contarle y se aprovechó de él. —¿Viste qué lindo era mi secreto? —Se exhibía desnuda para excitarlo y lo logró. Luego se ducharon y se secaron mutuamente y en silencio. Ambos pensaban. Cuando terminaron Ana lo estrecho por sobre los hombros y apoyó su cabeza sobre el izquierdo. El del corazón, murmuró. Había caído un telón sobre el escenario de Ana. Él captó el cambio de actitud de su amiga. —¿Qué te pasa? — Entonces reventaron en silencio los lacrimales de la mujer. Él tomó esa cabeza entre sus manos y la enderezó frente a frente. —¿Por qué esas lágrimas? Tus lágrimas me duelen a mí. Contame… Salieron a vestirse con ropa interior. No cesaba el llanto y él observaba. —Mañana debemos continuar con nuestras obligaciones y trabajar. ¿Te apena que se limiten nuestras horas de estar juntos? —Sí. —Bueno eso no tiene otra solución que continuar viviendo. No podemos hacer todo a nuestro gusto, pero si actuamos con inteligencia tenemos mucha vida por delante y podemos recorrerla juntos. Dale. —Te agradezco tu consuelo y mucho más haberme entendido. Mañana a esta hora te estaré esperando detrás de la puerta. —Un sollozo profundo— ¿vas a venir? —¡Oh, mi tonta! Tantas lágrimas por esa pavada. —No, no es pavada. ¿Vas a venir? —En todo caso será: vas a volver. Volver, no venir. Todos los días de nuestras vidas vas a estar detrás de la puerta esperando que retorne al nido, y todos esos días volveré para tomarte en mis brazos.

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No tengas ninguna duda. —Volver o venir, me da lo mismo. No es por palabras, ni cómo se las interprete. Me da lo mismo como sean, solo es que yo quiero tenerte conmigo —y más lágrimas. —Bueno, ¿pero por qué esa duda? ¿No habíamos cerrado un trato? ¡Y vaya cómo lo firmamos! ¿Lo firmamos verdad? Dejémonos de tonterías y servirme un whisky y vos también tomá un poquito, te va a hacer bien. —¿Me querés decir que me va a hacer bien embriagarme? ¿Eso? —Vos solo querés saber si vuelvo o si lo tomé como una aventura de fin de semana. Qué cosas se te meten en la cabeza. ¡¡Sí!! No hace falta decir que lo juro, porque sería poner en duda mi palabra empeñada. Yo soy tu marido, por ahora un poco flojito de papeles, pero en cuanto podamos disponer de un tiempito, al Civil. Y basta de macanas. Ya sé que me vas a decir que esas cosas no son macanas. Mi compromiso con vos tampoco es de macanas. La tomó de los brazos y la levantó en vilo. La llevó hasta la cama y la depositó suavemente. Se sentó a su lado y le pidió —como con complicidad y mucha ternura— que le contara cosas del gusanito. Consiguió hacerla reír y se disipó la nube.

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A la mañana despertó en el horario de todos los días hábiles. Pero la noche no había sido similar a la de los de aquellos días (noches). Ese demasiado escaso espacio no permitía distenderse como le era habitual en aquellos días (noches). Pero como ya se habían habituado a esa estrechez, dormían abrazados y satisfechos. Placidez agradable. La incomodidad de cambiar de posiciones, se compensaba con murmullos de satisfacción, besos de dormidos, caricias y de inmediato torsos, brazos y piernas volvían a encontrar su nueva posición. Entre tantos reacomodamientos, en uno se despabiló. Ese era el horario habitual. Zafó del embrollo de brazos y piernas, y musitó: —Gatita... Ronroñera… Debemos levantarnos. Ahora sí que se acabó la luna de miel. —¡Malo! Levantate vos, que sos el hombre —decía risueña y estirando ambos brazos, desnuda, con los pechos en una espectacular turgencia.

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Justo se conmovió del impacto visual y retrocedió de su impulso pensando: “No, me guardo para esta noche. Le voy a demostrar que vuelvo… pero cómo vuelvo… ¡con todo!” Ella también se levantó y comenzó a higienizarse, pero cuando el hombre estaba listo para irse, dijo: —Yo hoy hago tribunales. Tengo una audiencia, después hago barandillas y me vuelvo a casa. Como a eso de las cinco voy a estar de vuelta. —Yo corrido hasta las siete y vengo… ¡pero cómo vengo! ¡Guarda, eh! En el toilette ella se miró en el espejo y vio a una mujer joven, hermosa, con la melena embarullada, pero sonriente.

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Llegó a la cochera del edificio de la redacción del diario e introdujo su auto en el lugar que tenía asignado. Pensó que al salir del trabajo no lo habría de retirar porque tendría inconvenientes en estacionarlo en las vecindades del departamento. Debería buscar una nueva cochera en esa zona o guardarlo en su casa hasta que Ana decidiese mudarse. Y porqué no venderlo de una buena vez. En varias oportunidades se había tentado en cambiarlo por un modelo más nuevo. Ya iban como ocho años que lo tenía, novia nueva, auto nuevo. ¡¡Oh no!! ¡Novia nueva no! Como se habría enojado Ana si hubiera podido escrutar su pensamiento. Ana. No se le despegaba de la cabeza, estaba allí siempre presente. ¡Cómo se había adueñado de él! Ahora ya no dudaba que ella se había determinado a conquistarlo o a cazarlo. De cualquier forma ella lo había —por fortuna— logrado. Él no hubiese tenido el coraje o la desfachatez amorosa de intentar todo lo que ella había puesto en práctica.

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Cuando ella dijo: “Bueno, vamos al departamento a tomar un café —a jugar con fuego”, ya estaba decidida. La completó cuando dijo: “Ahora quiero que te quedés a dormir conmigo”. Apabullante y desconcertado. En ese momento ella ya se había decidido por el matrimonio por derecho natural, la pareja. Ya después arreglarían las cosas de otras maneras más formales. La urgencia de no perderlo y la de él, de no perderla, hicieron posible la decisión inmediata. Bueno, ya subía en el ascensor y los saludos obligados y de práctica con los otros hombres de prensa. Generalmente cuando venían al trabajo no abundaban las caras sonrientes, pero algunos el lunes a la mañana exhibían todos los desarreglos acumulados en las jornadas trágicas del fin de semana. Solo unos “buenas” o algunos cabeceos correctos pero poco atentos. —Segundo —le dijo por costumbre al ascensorista. Cuando se abrió la puerta, se encontró en su mundo, el de todos los días. Enfiló hacia su escritorio. En él y a su derecha un paramento con varios estantes repletos de papeles desordenados. A la izquierda la máquina impresora de pantalla de 29 pulgadas, que estaba conectada con el Jefe de Redacción, para que observara y supervisase y/u ocasionalmente sugiriese alguna corrección y con la sección gráfica para que le dieran la ubicación concordada con el regente. Todos los diarios marmoteados distintos, distinto enmarañado de cables, pero todos con el mismo fin: la noticia esperada o inesperada, la insólita, la impresión con urgencia y vender el mayor tiraje posible. Sobre el escritorio había un pinche que él llamaba “mi original pinche”. Era simplemente un taco de madera cuadrado con un alambre

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de acero enhiesto y con punta. De lo más vulgar y corriente. Él le decía a todo el mundo “Déjeme un mensaje en mi original pinche”. Esa mañana estaba rebalsado de mensajes, avisos y recordatorios. Era el resultado de haberse tomado dos días francos, autorizados y a cuenta. Le debían las vacaciones de los dos últimos años y estaba convencido que no se las iban a dar nunca. No se podía. Jamás hubiera pedido esos francos, pero esa Ana... podía más que la fuerza de cien bueyes juntos. ¿Cómo iba a compatibilizar los cómodos horarios de una abogada y las siniestras jornadas de un redactor de un matutino? Ya vería. No se acababa nunca el torrente de noticias. El país, América y el mundo era un desbocado río de informaciones que se recibían las veinticuatro horas del día. El gusanito. Esa era la solución para con Ana. Se sonrío. Entre un manojo que arrancó del original pinche, separó los más importantes y recordó que debía insertar una nota laudatoria acerca de la acción policial. El tema del Chacho Álvarez había sido publicado y despertó una ola de comentarios. El Jefe quería verlo a primera hora. Antes el tema del oficial Lanari. Lo llamó al Beto que acudió solícito. Le pregunto si había averiguado el nombre del informante. —Sí. Aníbal Cornejo y efectivamente desarrolla tareas en la Secretaría General de la Jefatura de Gobierno. —Gracias Beto. —Y lo llamó por teléfono a Valentín, informándole el dato. —Mier… no se puede con los periodistas. ¿Cómo te fue el fin de semana?

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—Hermoso. Lo pasé con Ana, una belleza en todo sentido. Después te cuento. Ahora estoy atiborrado de trabajo por haberme tornado dos días francos. No sé por dónde empezar y esa Ana que me absorbe el seso. —¿Qué? ¿Te encamaste? —¡Y sí! Nos hicimos una pareja, pero después te cuento. Ahora voy a redactar la nota para elogiar a la policía que vos me pediste. —Nene… ¡antes no eras tan rápido! Bueno más luego te llamo y te cuento. …¡Y vos me tenés que contar! Chau. Le dijo a Baravalle que tenía apuntes para él acerca de los indios, pero para más luego. Ahora tenía que ver al Jefe de Redacción, y subió. Directamente se fue a sentar en el escritorio del jefe, frente a frente. —Parece —dijo el hombre— que no estuvimos muy elegante con el Señor Álvarez, pero el Director quedó conforme. Hoy vamos a recibir alguna respuesta. Seguro. Dice el Gran Jefe que de acuerdo al horario de arribo la van a considerar hoy o mañana, pero él quiere participar en la polémica, así que estese atento. —De acuerdo, pero yo tengo que pedirle autorización para insertar una nota elogiosa a la Policía Federal —y le contó la trama y lo que pedía Valentín. —Bueno, hágala. Pero hasta ahí nomás con el elogio a la policía. Contenido el contenido. Yo la voy a ver en la pantalla. Siempre con lo justo, amigo Justo. Usted no necesita tener una autorización para generar esa nota que es mucho más liviana que la del Chacho. Pero

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en fin, lo entiendo y me agrada su proceder. Dele, ¡ah! y téngamelo a mano a Rodríguez Araya por si lo necesitamos en la entrevista y todo lo demás. Ya sabemos que él fue el autor de la nota. Dice el Director que hasta le dejó sus impresiones digitales. De inmediato se abocó a la nota de la policía, ajustándose a las indicaciones que le había dado Valentín. Desde su máquina se la pasó al regente indicándole: Contratapa. Comenzó a informarse de las repercusiones del asunto Chacho, cuando Andrés le interrumpió: —¿A ver ese asunto de los indios? —¡Ah, sí! 1834. Acordate de ese año. En el anterior —l833— Juan Manuel de Rosas llevó a cabo su Expedición al Desierto para poner orden en la campaña, apaciguando algunas tribus levantiscas. Entonces al año siguiente —1834— aparece en la región pampeana el Cacique Calfucurá y su tribu de indios mapuches o araucanos. Después él dirá que tenía permiso de Don Juan Manuel. Raro… pero tal vez... Lo que sí era universalmente conocido es que la Araucanía había soportado una feroz sequía, motivo suficiente para una emigración ordenada. Calfucurá logra asilo entre los vorogas, estableciéndose en Salinas Grandes. Al poco tiempo acontece un gran golpe de mano. Se realizaba una reunión de todos los caciques vorogas cuando, aprovechando esa reunión unánime, muy audaz, extremadamente audaz, Calfucurá de una sola redada, asesina a todos los caciques reunidos. Muertos los caciques, entre ellos Rondeau y Melín, Calfucurá asume por la fuerza el control de todas esas tribus, haciéndose más

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grande y más fuerte. Así llego a sumar 2000 lanzas guerreras y se diplomó de emperador de las pampas. Llega a un acuerdo con Rosas a cambio de una importante cantidad de víveres y vicios, y la campaña queda en paz hasta que Rosas, derrotado, se va del gobierno. Los Unitarios —hombres de ciudad y de smoking— nunca se entendieron con los indios, ni tampoco respetaron lo antes convenido con Rosas. Entonces da comienzo a esa época de feroces correrías indias: los malones, la muerte y las cautivas. Tomá, andá leyendo —y le alcanzó un manojo de apuntes— lo saqué de los libros. De esos que siempre te digo que no muerden… Bueno, antes del ’34 no había ningún mapuche donde ahora raclaman tierras. —¿Y de dónde eran? —Te dije, de Chile, al sur del río Bio — Bio. Después vinieron a resultar una infiltración chilena para reclamar como propia a la Patagonia. Claro… si los pobladores eran chilenos, la Patagonia ¿que debería ser? Pero habían sido invasores en el ‘34. Sarmiento durante su Presidencia dijo... y bue, qué se yo de quién es la soberanía y no vamos a discutir por unas tierras inhóspitas. Pero Roca se puso firme, puso lo que hay que poner y con ese motivo movilizó al Ejército y preparó a la Nación para una guerra, hasta que por fin se determinó pedir un arbitraje al Rey de Inglaterra, ¡que si no! De ahí y por la paz lograda se levantó el Monumento al Cristo Redentor en la frontera y en pleno Ande. Mirá para más, en 1810 las autoridades de Chile —que todavía eran españolas— informaron a la Corona de un censo de nativos.

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Según ese informe había en la Araucanía 400.000 indígenas en el faldeo occidental de los Andes hasta el mar Pacífico y en el faldeo oriental solo 1.400, que eran los indios llamados “manzaneros”. En ese país de las manzanas —la región de nuestros lagos— vivían bajo el soberano gobierno del Cacique Sayhueque, quien en una oportunidad recibió del Comandante General de Valdivia el regalo de dos banderas chilenas y se las devolvió, mandándole a decir que él era argentino. —Respecto a eso, yo escuché que otro cacique, pero esta vez tehuelche, llamado Casimiro, tenía frente a su toldo un palo alto con la Bandera Argentina, que la ponía por la mañana y la guardaba por la noche. Y nadie le había enseñado que el era argentino. —¡Sí! Sabían. Eran bastante bien informados.

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Por la tarde había llegado un ex diputado peronista disidente, de aquellos que formaron un célebre “Grupo de los Ocho” a manifestar su disenso con lo que consideraba un exabrupto, una afrenta o una cosa parecida. La habían recibido los del piso de arriba, que eran los únicos que podían perder tiempo. —Vos sabés —le informaba Baravalle— quiénes son esos famosos “ocho”. Mirá. Junto con él Chacho estaban Cafiero hijo, Abdala, Alessandro y… no recuerdo más. Todos diputados electos peronistas, pero de la tendencia que hacían un bloque aparte. Son los que publicaron un libro que titularon “La Carpa de Alí Baba”, una serie de denuncias de corrupción contra el gobierno de Menem. Creyeron que lo iban a voltear con argumentos que sacaban de Pagina l2. ¡Estamos hablando del primer gobierno del turco, eh! Mirá cuánta agua pasó bajo el puente. En la primera elección les reventó las urnas a votazos. —¿Pero qué? Vino un mensajero. Ni siquiera algo por escrito rechazando los cargos.

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—No, no. Solo chamuyan. Son esos zurdos que están en la estratosfera dialogando cuestiones sociales. No resuelven nada. —Alfonsín les decía “la izquierda pituca” y Perón “los imberbes”. El viejo hablando en la plaza no decía cosas como “pelotudos”. —Parece que lo mando al frente para tantear y que si hay lugar para más, viene él. ¿Te quedás? —No, no. El Jefe me habló de retenerlo a Rodríguez Araya. Yo me voy y mañana llego tarde porque tengo un citatorio policial. —¿Quién? ¿Vos? —Sí, por un asunto de tránsito. Vengo como a eso de las diez.

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A las nueve menos cuarto ya estaban en el bar de la esquina de la comisaría, previa a la cita con el oficial Lanari. —Este bar, del clásico estilo porteño, como los buenos bares de Buenos Aires tienen excelentes medialunas saladas y crocantes —le dijo Justo y Ana le respondió: —Cierto. Pero este bar más que medialunas tiene para mí gratos recuerdos. Aquí, en este bar, me recibí de enamorada. ¿Te acordás que yo te decía que era muy golosa? Por vos me agarro la locura del amor. Entonces no me imaginaba que me iba a ir tan bien. En aquel momento pensé que era una calentura desapacible y pasajera. ¿No te pasó algo así alguna vez? Decir, me gusta y no saber por cuanto te vas a jugar. ¡Yo me jugué por todo! —Yo siempre que dije me gusta —y me gustaban todas— no sabía por cuanto me jugaba y personalmente creía jugarme por mucho, pero he comprendido —ahora— que hasta que te conocí no supe ni quise jugarme por todo. Fue por eso que me deje comer las medialunas. Desayunaron en un silencio consentido en silencio. Solo de vez en tanto ensayaban una sonrisa, fruto del recuerdo de alguna

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de las tantas minucias compartidas y entonces se miraban a los ojos satisfechos de sentirse felices. En la seccional de policía Lanari ya los estaba esperando. El oficial de guardia apenas los vio les hizo señas de adelantarse y les abrió la puerta de esa oficina. Lanari de pié estrecho la mano de la abogada y de entrada le dirigió una mirada de aprecio a Justo. —Me llamó el propio Sub—Jefe para hacerme saber que su superior agradecía en nombre de la Fuerza las palabras encomiosas del recuadro, tan oportunas. Yo no tuve tiempo de leer el diario, siempre por razones de horarios lo hago al mediodía, pero estaban ampliamente complacidos con la mención. El tema de la inseguridad en la vía pública los tiene muy preocupados. Y no es para menos. Entró en consideraciones variadas sobre los malvivientes, sobre la droga, el paco, la prostitución generalizada y el desafecto de los menores, la falta de objetivos individuales y colectivos, todo era una porquería. —Si hasta una mocosa de nueve años, que fue tomada en un hurto flagrante, cuando me la traen y le pegunto su nombre —tan solo su nombre— se acercó al borde del escritorio y por sobre la mesa se echó hacia adelante, hacia mi cara, gritando “¿Qué me vas a hacer? ¿Me vas a pegar? ¡Pegame! A ver, ¡dale; pegame!” Qué quieren que les diga. Yo también soy padre y porque soy padre tuve unas ganas tremendas de zamarrearla agitándola de las ropas… pero soy policía y debo entender que esta ley no es la de papá y mamá, que sabían que un coscorrón oportuno era la mejor lección. Dialogaron un rato, o mejor dicho discurseó un rato Lanari y concluyó en que el tema por el cual se lo citaba a Justo era

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intrascendente y con el acta de su presentación en respuesta al citatorio, quedaba concluído el asunto. Justo y Lanari se intercambiaron tarjetas y con un apretón de manos, todo concluído. —¿Ves? Dijo Justo a la salida ¿Y ahora qué me contás? El tal Cornejo y el Sub—Jefe de Policía: Todo archivado. Pero... ¿Quién me reembolsa los honorarios jurídicos? ¡Quién me repone las horas perdidas al pedo! —Ah, bueno. Si querés hacerme sentir mal, vas por buen camino. Para mi no fueron dos medios días al cohete. Gracias a todo este mamarracho yo te conocí y te conquiste. Lo más importe de mi vida. —Y el gusanito. —Cierto, también el gusanito. Que la policía archive nomás, nosotros ya nos salimos con la nuestra. ¡Muchas gracias señores!

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Cornejo, Lanari y el Sub—Jefe se instalaron obsesivamente en la mente de Justo y se adueñaron de su discernimiento mental. No era posible que permitiésemos que las cosas ocurrieran así y se las desactivaran con tanta facilidad. Por ahí comenzaba la inseguridad. No le daban bola a lo que eran las verdaderas fuentes de los problemas y perdían el tiempo con cosas fútiles y burocráticas. Pensó en mil formas de actuar contra los motochorros que hacían atracos similares a los que le tocó vivir a él y que nunca eran denunciados por razones de salvaguarda de los tiempos de cada cual y también de las pobres mujeres que perdían sus bolsos o carteras y algún collar en un rápido manotazo o cuando las empujaban para que perdieran la estabilidad y de un zarpazo la cadena de oro del cuello, algunas valiosa pulsera o relojes. Todo en un abrir y cerrar de ojos. Para cuando los circundantes reaccionaban, ya se habían fugado en la rápida moto, donde un cómplice los aguardaba. Y a escaparse impunes. También los pobres viejos y las viejas que salían del banco después de haber cobrado su miserable jubilación, eran afanados.

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Algo habría que hacer y en sus manos estaba levantar las barreras a todas esas ganas de gritar de una multitud de seres sin voz. Para eso estaba su profesión, para ser la voz de los que no la tienen. Pero no hacer como tantos otros colegas que dan una alerta de tanto, muy en tanto, solo cuando acontece algo en el círculo de su entorno y luego basta. Día por medio ocuparse del tema hasta agobiar a la policía para que comience actuar ordenadamente y en profundidad, como bien sabían hacerlo. Lanari lo iba a declarar “Enemigo Público”. Pero total... ahora tendría abogada en casa. Todo esto lo pensaba mientras se conducían en un taxi, silenciosos y observando el tráfico endemoniado de las hora previas al mediodía. Ana le tomó la mano y le preguntó si habrían de comer algo. —No. Yo tengo varios asuntos pendientes en la redacción y vos tenés tu agenda muy cargada, ¿verdad? —Sí. Vos quejoso de la Policía y yo de la Justicia. Todo lerdo y pesado y nadie hace nada para mejorar las cosas. Ustedes tiene que mejorarlo, Justo. Son los que tienen la voz que se escucha. La voz que aterroriza a los políticos, solo porque influye en el caudal de votos, Uno más o uno menos. —Sí. Justamente estaba pensando en eso. Darles con un caño a los Lanari, a los Sub—Jefes y a los políticos municipales. Hacer algo para moverlos. Pero moverlos en el buen sentido y que hagan. Sarmiento decía, hay que hacer las cosas, aunque salgan mal, pero hacerlas. Eso. Hacer, hacer. Perón también decía que todo argentino debe producir el doble de lo que consume y charlando al pedo no se produce nada útil. Yo voy a empezar Ana. ¿Vos me ayudás con tus consejos?

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—Dale, empezá. Pero no hay que hacerlo como lo que hicieron con el Chacho Álvarez. Para qué hacen tanto burdel. Si efectivamente no sabe, pídanle la renuncia, pero si no ayúdenlo. Eso es lo mejor que pueden hacer. —Me parece bien. Para eso yo pido tu ayuda. Ahora que... me parece difícil convencerlo al viejo Rodríguez de que lo ayude al Chacho.

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La decisión de encarar el inicio de una escalada contra la indiferencia general, frente a la desidia y la inoperancia de las castas parásitas y burocráticas que comprimían a la sociedad, se enquistó en el espíritu de Justo. Él sabía que todos pensaban como él, pero nadie resolvía la cuestión. Había Asociaciones, Organizaciones No Gubernamentales, Ateneos y hasta reuniones de autoconvocados para esos mismos fines y que después de poner de manifiesto la intención que los unía, daban por satisfecha la intención y nada más. La inoperancia y el dejar hacer, se continuaban con el boato y la ostentación debastadora de siempre. En busca de adherentes conversó con sus colegas de redacción y todos estuvieron de acuerdo, más sabiendo la transparencia del proponente. El Jefe de Redacción dijo que estudiaría si lo podían armar como una campaña, pero permanente, aunque esa era precisamente la función del periodismo.

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Entonces se recordó que Bernardo Neustadt, cuando hacía la diaria en el periodismo, en el matutino Clarín, llenaba una columna permanente titulada algo así como “La calle dice” haciendo apreciaciones puntuales sobre temas de actualidad que como no está en la tapa de los diarios se referían a problemas cotidianos. Tenía mucho éxito y fue el espacio que le ganó el consenso de buen periodista y su emancipación laboral. —Habría que verlo. Puede andar. “La voz de los que no tienen voz”. Pero más luego cuando lo llamó a Valentín: —Utopías. No se pierde nada con ser una voz más en ese conglomerado de ONG y asociaciones que vos citaste. Una voz más, tan solo eso. —No me desalentés. Nosotros somos la voz de los que no la tienen y tienen derecho a que nos escuchen. —No. Si yo no me opongo. Digo tan solo que serán uno más en el concierto de disconformes. A mí contame acerca de tu fin de semana. Eso es más variado e interesante. Dale, contame. —Sos el chusma de siempre. ¿Qué querés que te cuente? ¿Lo de Ana? Ya te lo dije, nos emparejamos. —Decí más bien, se encamaron. —No, no. No solo eso. Hemos decidido convivir. Me gusta la chica y parece que le caí de lo mejor y si perdura —de mi parte estoy seguro que sí— habrá confites y bebés. ¡Qué tal!

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—Y… No sé si felicitarte o rascarme la cabeza. En cuanto a la mina, te felicito. Te pasaste. Pero eso de matrimoniarse ya lo hemos conversado tantas veces y por eso hablamos decidido seguir solteros. Acordate de nuestro viejo dicho: “Se casó. Un masturbante menos y un cornudo más”. —Ese dicho ya dejó de tener validez para mí. Diría que es hora de sentar cabeza y no llegar solo —viejo y triste— a la jubilación. Con Ana va a ser distinto. Me busqué una familia. —Te felicito. Ojalá sea así. Yo ya la voy a ver a Ana y se lo voy a desear a ella también, porque seguro me va a decir lo mismo que vos: “No quiero traspasar la frontera de la menopausia para quedarme sola y sin familia”. Seguro que sí y ojalá que te salga todo lo bien que se lo merecen. Bueno, nos vemos en un próximo copetín. Esta vez pago yo. Será como una despedida de solteros.

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—Che, che… ¡Parate un momento! No te vayas todavía. — Baravalle detuvo a Justo cuando se retiraba dando por cumplida su jornada —Una consulta. Decime, ¿dónde están los indios? Se me perdieron. Se escaparon o se escondieron. ¡No están! —¿Cómo…? —Si aquí dice el informe oficial y final que pasa el Ministerio de Guerra... no sé a quién... que los indios rendidos —o reducidos como a vos te gusta decir— son 14.152. ¿Y nada más que eso? ¿Solo catorce mil? ¿Dónde están los demás? —¿Qué demás querés que haya? El informe es el resumen acumulado y ordenado de los partes diarios de todos los oficiales con mando sobre una sección del Ejército movilizado. Y esos son datos ciertos, porque eran públicos y chequeados por otros oficiales. Vivos, muertos, heridos. También de los indios hostiles que levantaban las manos para no pelear más. El Ejército expedicionario se desplazó por todo el interior pampeano hasta las montañas de Los Andes. Rastrilló todo, debajo

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de los árboles, detrás de los médanos. Todo. No había más. Previo hubo algunos que se volvieron de donde habían venido. Incluye la chusma, que así les llamaban a las mujeres, los viejos y los niños. La chusma era el gentío que poblaba los toldos donde vivían los guerreros. Chusma no era —como es hoy— un término despectivo, es lo que dice el diccionario: un conjunto de indios. Siempre interpretan mal a las viejas palabras que con el transcurso del tiempo van perdiendo su significado original. Quilombo no es un prostíbulo. Es mucho peor, es el lugar donde se juntaban y escondían los esclavos negros fugitivos. ¡Uy! ¡Uy! De solo pensarlo: ¡Ay, madre mía! —Bueno, pero aquí dice: cinco caciques principales prisioneros, un cacique principal muerto (Baigorrita), l27l indios de lanza prisioneros, 1313 indios de lanza muertos, 10.513 indios de chusma prisioneros, 1049 indios reducidos. ¿Y esos eran toda la indiada? —Indios mapuches y ranqueles, no otros. Que eran los indios invasores de las pampas. Chilenos. Pero si acataban la Ley y el orden establecido, podían quedarse,…tranquilitos nomás. Debían de ser iguales que los inmigrantes europeos: pobladores amantes de la tierra que debían cultivar, cada cual en su lotecito. Y si la querían propia, la tenían que comprar con platita. El Estado tenía oficina en donde vendían tierras. —¿No las habían repartido a los milicos? —Pero solo una pequeña extensión, por muchos miles que fueran esas hectáreas. Había una inmensidad de excedente. —Bueno. Pero yo insisto: ¿Solo 14.000? ¿Nada más? ¿Eso era todo el indiaje? ¡Para mí que faltan!

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—¡No, que van a faltar! ¿Cuánto te creés que eran? Tenés un bolonqui con los números. Una confusión de ambientación y de tiempo. Mirá, hoy Buenos Aires —se entiende que el Gran Buenos Aires, metrópoli y suburbios aledaños— ronda por los catorce millones de habitantes y por aquel entonces no se si llegaban a cien mil. Mirá como son dispares los números. Eran pocos los porteños y eran pocos los indios. No sé si los pobladores de la campaña bonaerense llegaban a emparejar a esa cantidad de indios. —Bueno, en eso tenés razón. Al volver al pasado debemos equilibrar los números. Si los indios hubieran sido cien mil, deberíamos haber movilizado un ejército que por entonces no teníamos. —Que no me acuerdo cuantos eran exactos los efectivos. Unos mil doscientos hombres los regulares y eran unos seiscientos los indios tapalqueros, que formaron junto con la milicada de línea. Eran los indios de Catriel, indios nacionales, argentinos. A esos les dieron como premio seis mil hectáreas de las más fértiles tierras del país, las de Confluencia. Esas tierras quedaron tapadas por un espejo de agua, el lago que resultó en el complejo hidroeléctrico Chocón — Cerro Colorado. —¡Bueno chau! —No, esperá… —¡Qué esperá! ¡Me espera mi india! Los dos vamos a hacer un malón si no te hacés a un lado. Chau.

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Hola reina. Antes eras... y te decíamos princesa. Pero vino un pajarito a decirme que conseguiste un rey, así que no más princesa. De ahora en más reina. —¿Quién te dijo qué? ¿Un pajarito? —Sí. Un pajarito, porque no es lo que se dice ningún pajarón. Mirá la calandria que se llevó al nido. —¿Calandria? Yo no canto y además no me llevó a su nido. Yo lo llevé al mío. — El tordo es el que empolla en nido ajeno. ¡El tordo es un pajarraco negro y feo…! —No, no. Entendiste mal. Él no vino a empollar en nido ajeno. La hembra lo llevó a su nido. Perdón por la expresión, pero fue así. Yo lo llevé a mi casa y le dije: quedate, quiero compartirla contigo. —Así que resultó un flojo. Le dan instrucciones y lo manejan. —Tampoco. Para nada flojo, bastante bueno. No me gusta como encaraste el tema. Los tres somos amigos. —Mirá, tengo audiencia. Cuando vuelva conversamos en extenso. No te me vayas a ir, esperame.

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—Ok. Valentín elucubraba una multitud de acechanzas para un mismo plato: la presa. La presa era un sueño mutilado. Toda la paciente elaboración diaria para servirse un extraordinario plato de postre a su carrera de soltero afortunado. Todo desmoronado, pero no perdido, no. Eso de la pareja que se ha formado era un viejo cuento. Pasarán por unos ratos bien y después basta. A lo sumo seria un postre compartido. Perseverar y saber atacar en el momento oportuno. Y si el momento se demoraba, acelerar en el tiempo preciso para llegar a la meta empardados.

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Había terminado con las tareas programadas para el día. El resto de la gente ya se había retirado. Su silla sillón era confortable e invitaba a no dejar ese placido lugar. Valentín le había pedido que lo esperara y se disponía a aguardarlo cuando oyó en la recepción del buffet la inconfundible impronta del jefe. Cruzando por su oficina se desembarazo del delgado expediente que traía consigo y entró en la oficina de Ana. —Cumplidora. Antes siempre me cumplías y espero sigas así. —Todavía no había empezado a esperarte. Recién termino de ordenar pruebas. —Bueno pero hagamos de cuenta que me estabas esperando desde hace un rato y por eso yo te agradecía la deferencia. —Dale. Tomó asiento frente a ella y corrió la silla hacia adelante hasta apoyar los brazos en el escritorio. Hecho el cuerpo lentamente hacia él frente buscando esos ojos con visible empeño y dejó caer un suspiro

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que era un indisimulable resuello. Tomaba aire antes de comenzar a hablar. —Revise tu Twiter y no hay nada nuevo desde hace cuatro días. A ver, ¿por qué raras circunstancias lo abandonaste? —Yo no lo abandoné, lo dejé de lado un tiempo que tenía bien ocupado. Las cosas soñadas cuando se convierten en reales, porque están, lo demás basta. Se acabó por un tiempo la notebook. Para qué querés andar por el éter si aquí abajo tenés en concreto todo lo anhelado —mientras decía estas cosas, las amalgamaba con sonrisas. —Vas a terminar diciéndome que a mí, solo me va a quedar la notebook. ¿Qué pasó con aquellas promesas con las que me has hecho esperar? ¿Era todo en vano? ¿Un ardid acaso? Esperar… a que yo me enfriara. Eso es injusto y hasta si querés, infame. —No Vale, hacerte esperar sí, pero no fue una infamia. Si querés acusarme de algo así como si fuera infame —pero no tanto— decí más bien: falsa coquetería. Yo te fui disuadiendo de tus pretensiones galanas en forma inmediata, con el argumento de que yo era muy joven y no me había llegado el tiempo de madurar un romance. Era cierto, nada me atropellaba a romancear. Debía esperar mi tiempo, pero en mi mente ni por si acaso cruzó la idea de un amor nacido de improviso, intempestuoso. Yo pensaba que el amor era algo que se cultivaba, algo que iba pasando de amigos a muy amigos y de muy amigos a íntimos amigos. Que así era la cosa, ordenada. Valentín, vos sabés que te aprecio mucho, que te considero un gran amigo y por eso tenés que creer en mi franqueza. No me lo

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esperaba. Cuando yo lo vi, me determiné a atraparlo para mí, solo para mí. Así ocurrió. —Perfecto, yo soy el amigo, el gran amigo que, respetuoso, a la muchacha no la encara en firme y acepta dejar pasar un tiempo hasta que maduren las brevas... y de repente se acciona un ciclón y todas las brevas caen al suelo. Valentín, te quedaste en la rama. Se te volaron las brevas y las hojas. Ahora todas las ramas están peladas. Eso no es justo. Pretendo algo que al menos me compense, con un instante, todo aquello que quería. —No te entiendo. ¿Qué otra compensación podés llegar a pretender que no me ofenda? —Y… —¡Ya sé! Te designo formalmente padrino de nuestro primer hijo. A Valentín esa proposición le hirvió la sangre, situación que de inmediato estalló en su mirada con un brillo cegante. En sus ojos el furor de una tormenta. Se puso de pie impulsado por la fuerza de un resorte, extendió una mano hacia el hombro de Ana, al que aferró como las garras de un halcón, atrayéndola hacia sí. La otra mano la apoyó sobre la turgencia de su pecho izquierdo que lo oprimió duramente y ante el desconcierto de la muchacha le estampó sobre sus labios un febril beso apasionado. De inmediato la soltó de un empellón más que fuerte despectivo, pegó media vuelta y se retiró a las zancadas al tiempo que vociferaba —“Mierda... ¡¡Una gran puta!!” —y enfiló hacia la calle. Ana quedó atónita por la reacción sorpresiva y atribulada por el hecho, sin entrar a considerar todavía las consecuencias de lo ocurrido.

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Superado el trance comenzó a recapacitar en la quietud, la tranquilidad y el silencio reinante en la soledad del estudio. Valentín siempre la había pretendido. Se lo había hecho saber infinidad de veces y se complacía en hacerle consideraciones especiales y muy a gusto de ella. También requiebros que ella recibía y contestaba con jovialidad de compinches. Cruzaron por su mente toda suerte de pensamientos, pero en retazos. Eran tantos que no concluía de razonar uno y ya tenía otro infiltrándose. Ambos brazos apoyados en el escritorio, perdida la mirada de sus ojos fijos y la boca entreabierta. Como escaldada de un espasmo. Pensó en Justo, en la amistad de los tres; ahora con uno despechado —impensable hasta ayer— y con una proposición deshonesta. También en conservar su trabajo. Hubiera necesitado del siempre oportuno consejo de su padre, pero... ¡¡huy!! Si le debía todavía la explicación por el faltazo del fin de semana y de no haberle contestado las llamadas recibidas y perdidas... y lo de su matrimonio ajustado al derecho natural… y esto. Levantó los brazos apoyados los codos sobre lo firme y abriendo ambas manos dejó caer entre ellas su cabeza, oprimiéndola con dura fuerza. Atribulada dejaba correr los minutos, total Justo hasta las siete y media no llegaba y para eso faltaba más de una hora. ¿Qué hacer? ¿Cómo contárselo? ¿Callarlo? ¡No! …pero decírselo ¿cómo? No iba a poder estar junto a él y mirarlo a los ojos si lo callaba. Y si lo decía ¿cuál sería su reacción? Qué dilema feo. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Recordaba el caso de una clienta del estudio en un dilema semejante. Ella le aconsejaba: “¡Grite!, usted ataque primero por su

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defensa como mujer agraviada. Como una leona.” Pero aquella mujer no tenía su trabajo en riesgo. Aquí si lo estaba. Razonó que era lo mismo. Tomar decisiones. Buscó las carpetas de algunos clientes que le eran propios y comenzó a agruparlas sobre la mesa del hall central. En algunos casos dudaba la pertenencia ¡pero que tanto! Y los llevaba hacia su rincón. El cliente decidiría después. Estaba resuelta a todo. Retomaba su estilo de siempre. Debía tomar de la agenda de la secretaria las direcciones y los teléfonos, tarea difícil porque la mujer era muy personal y bastante desordenada en el manejo de ese cuaderno. Se estaba demorando y era preciso un llamado a Justo para no impacientarlo por su tardanza. Luego se iba a encontrar con un suficiente motivo para impacientarse. Estaba en esas disquisiciones cuando sonó un llamado en su celular. Leyó en el visor “JEFE” y abrió la comunicación sintiéndose segura de su proceder. —“Si…” —Soy yo. Mirá Ana no sé cómo disculparme. Fui un atrevido y un estúpido. Quiero que todo caiga en el olvido. Que no pasó. Yo sé que te pido mucho… pero... soy un infeliz. Mañana te pediré disculpas personalmente y si querés que lo haga con Justo, también. Por favor... —un lapso en silencio— mañana antes de Tribunales te veo, por favor —y cortó. No intervino en la conversación ni con una palabra. Fue un monólogo, breve y conciso. El interlocutor con la voz quebrada. Ella, pensativa, dejó de copiar las direcciones de la agenda. De pronto tomó una decisión: volvería todas las carpetas a su correspondiente lugar y lo hizo. Mañana iba a comenzar una nueva

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etapa. ¡Si! nueva hasta en el nombre. Habrían de llamarse “Moreno, Falces, Flores y Asociados”, ¡oh! que tanto. Los errores se pagan. Acomodó todo ordenadamente y se marcho calculando adelantarse

a

Justo

por

escasos

minutos.

No

le

diría

momentáneamente nada, pero lo reservaba para decírselo en la primera oportunidad propicia. Y si no aparecía pronto, ella crearía esa propicia oportunidad. —“Te voy a dar besitos, manoseador” — sus pensamientos bullían.

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Llegaron a la casa casi juntos. Al acceder a la entrada del edificio de departamentos oyó que en un grito vociferaban su nombre. Giró la cabeza y lo vio a Justo cruzando la calle con un brazo levantado. —“Esperame” — cruzó esquivando automóviles. Se estrecharon en un fundido abrazo y le besó la frente. Ella en un suspiró se dejó caer en él. La notó contenida y le pregunto: ¿Te pasa algo? —Mucho. Me va a hacer falta un siglo para contarte todo. Vamos arriba, después te cuento. Entraron y accedieron al ascensor. Él la miraba silencioso y atento, en un silencio indagador. Ella retraída mientras cavilaba sus pasos futuros. Levantó la vista que la asentó en esos ojos que la miraban y desplegó una sonrisa cautelosa pero franca y él le cruzó un brazo por sobre los hombros. Ya en el departamento ella le dijo: —Ahora retirate unos pasos y prestá atención a los diálogos de algunos de mis problemas.

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Celular en la mano, digitó los números y escuchó con atención unos segundos. —Hola papá, cómo estás... si soy yo, la perdida, pero perdida solo por unas horas y ya estoy de nuevo contigo... No respondí tus llamadas por esas cosas que vos vas a entender. Apareció un hombre en mi vida. Algún día tenía que suceder y bueno, sucedió… No, de noche no te pude llamar porque, bueno... la verdad es que decidimos empezar a vivir juntos ya mismo y bueno, acá estamos... Pero si es natural, papá… Así se hacen las cosas hoy en día. ¡No, no! Si, él está acá conmigo ahora… ¡No, no! ¡Espera…! —la espera fue de ella. Mientras escuchaba separó el auricular la distancia de apenas un centímetro y bajó la cabeza con los ojos cerrados, como si pareciese querer escuchar y no escuchar simultáneamente. De tanto en tanto interrumpía el discurso paterno con unos: “si”, o un “pero escuchá”, y cuando él parecía concluir su repertorio dijo: “sí, dame con mamá”. Unos segundos en los que el padre debió poner en conocimiento de su mujer el tema central de la crisis y Ana dijo: —Hola mamita divina… Dejame que te explique... No, no estoy loca, estoy enamorada... El amor me urge, me inva... ¿Qué decís?... Mamá... ¡¡No, no!! Puta no... Uy, mi Dios... Mamá, no me compliqués las cosas, yo te necesito ahora más que nunca… ¡Noo!, que vieja comadrona de casa de tolerancia... Bueno, bueno. A ver si juntos, vos con papá… Cómo que no está, que se fue... ¡¡Cortó! Lo miró con alarma a Justo. —¡Me cortó! Dijo: “tu padre agarró el saco y salió a la calle” y me cortó.

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—Natural. Como te crees que reaccionaría yo ante una conversación igual a la tuya con la “gusanita”. Y más luego te paso el teléfono a vos y vos lo mismo. ¿O cómo? ¿O qué? Esa es una reacción normal. Ahora nosotros vamos a tener que colocarnos de otra forma y desde esa nueva posición ver de ganarnos sus simpatías. Yo por lo menos. Pero... en fin, adelántate y habla con tu hermano y tu cuñada. —Sí, estos viejos tan duros no han de ser. Podrán expulsarme de sus vidas como hija ¿y qué van a hacer con el “gusanito”? ¿Duros? ¡Ya vas a ver como aflojan! Lo voy a llamar a mi hermano para tener alguien a favor. Pulsó unos números en el digital y escuchó. La apartó de su oído y lo apagó. —Ocupado. Uy, uy, uy. ¿Tan rápido así? Esa es mi mamá que me está dando con un fierro. “¿Para eso quiso irse a vivir sola? ¿Para loquear?” —No te apures en sacar conclusiones. De todos modos volvé a llamarlo, entre hermanos es más fácil entenderse. Pero ahora cambiemos de tema por favor, si no vamos a complicar nuestro humor. —Bueno. ¿Vos qué hiciste? ¿Fue el Chacho? —No. Vinieron esos representantes suyos y Don Santiago — el Jefe de Redacción— no tuvo mejor idea que llamarlo a Araya al conclave. En un principio empezaron a cambiar figuritas y de repente se mezclaron las difíciles. Hubo chispas, rayos y centellas, hasta que el Director lo rajó a Rodríguez Araya y consiguió la calma. Acordaron cosas y aquí no pasó nada. Yo creo que vos tenés razón. Si creemos que el tipo no sabe, prestarle ayuda, no siempre críticas y a veces rebuscadas.

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Yo estuve ajeno a todo eso por lo del colectivo. ¿Qué? No te enteraste. Un micro que venía del lado de Formosa Capital chocó en el acceso a Resistencia con un camión de frente. Cinco muertos y veintiún heridos. Catástrofe y huelga decirlo, trabajo para nosotros los informativos. Un grupo de cronistas buscando información en la Policía del Chaco, en el Ministerio de Transportes, en la empresa del colectivo. Otra cadena de gente metida en los hospitales, detrás de los partes médicos, de cómo están, de los familiares y todo eso. Otra cadena humana buscando fotografías, testigos y esas cosa necesarias para ganarle a la competencia. Llevarlo en orden me llevó la mitad de la tarde y cuando lo tenía dominado y ordenado, estalló la bomba. Imaginate el cuadro. Un camión volcado en la banquina y toda la calzada del pavimento ocupada por el destrozo y el desparramo de valijas, asientos, pedazos de chapa en un vil desorden, ¿qué puede pasar? En esa zona actúa además de la Policía de la Provincia, la Gendarmería. Un gendarme, con su famoso perro, pasa revista a ese desparramo de cosas y de repente el perro se pone loco con un maletín de mano. Lo huele, lo ladra, lo ataca a mordiscones al maletín. El gendarme intrigado abre el bulto y el perro huele un preciso lugar determinado donde el milico descubre un doble fondo y… cocaína. ¿Cuánta? No dan información todavía, pero bastantita. Esa información hay que conseguirla en el Juzgado Federal que te da la precisa. Por lo trascendido seguro que habrá habido un par de kilos. Un nuevo despelote. Yo terminé mi tumo y se lo dejé al que sigue. Pero estoy segura de que hice una cosa muy buena. Alcance a embarcar al Beto en el último avión de la tarde a Resistencia. Seguro

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que nos trae hasta la foto en primer plano del perro y en pose, posición de perro sentado y mirando a la cámara, o sea al lector. Pero dale, hacé algo rico de comer que hay hambre. —Tengo una carne al horno para poner en el micro que te vas a chupar los dedos. Te la sirvo acompañada de un puré de papas, también instantáneo. Todo súper Súper. —Mientras contame de Valentín. ¿En qué trapisondas anda? —Ay, ay, ay. Entonces para contarte voy a tener que posponer la cocina. Vení, sentate. —¡No, no! La comida es lo más urgente. Me siento y te escucho sentado de hambre. —Sí. Y para no caerte sentado. —¿Caerme sentado? ¿Por? —Mirá, me va a ser difícil explicarte todo en forma sucinta, franca y llana. Pero ya está. Te voy a contar todo. Valentín siempre pretendió de mí. Me lo manifestó en varias oportunidades y yo siempre encontraba una excusa para sortear el tema por la tangente y dejábamos las cosas como estaban. Yo en esos casos lo eludía, a veces como una broma, o con algún comentario jocoso adecuado para escaparle a la cuestión. Además no me atraía el plano sentimental, quería eludirlo, porque entendía que estábamos bien así como amigos y esas cosas serían para considerarlas mucho más adelante, cuando yo viera que me quedaba solterona. Mi juventud, el no haber pensado todavía con seriedad en las etapas futuras de la vida y qué sé yo. Vos me entendés, yo quería zafar del tema para que continuáramos siendo solamente amigos y colegas.

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En mi profesión, él era un maestro, mi maestro. Y así fuimos tirando, bastante bien hasta ahora. Bueno… —“Antes no eras tan rápido” eso fue lo que me dijo y me sonó como un reproche. Antes me cayó como un reproche, pero ahora lo voy a tomar como otra cosa… —No, por favor Justo, no. Yo te cuento esto a vos por lealtad, que únicamente yo te debo lealtad a vos. Pero mi comentario, no es un comentario para sembrar cizaña. Quedate tranquilo en tu lugar de observador. Somos tres amigos y nada cambió. No lo quieras cambiar vos ahora. Te hago un comentario, que no tenés que tomarlo a la tremenda. Mejor tomalo como jocoso. Valentín se llevó una pared por delante. Así tomalo. Vamos a tener que seguir siendo amigos, porque nada cambió. —El cristal de la copa se rajó y ya no va a tener la prístina sonoridad de una copa de cristal. —Bueno, pero no me lo vas a convertir en un tema de polémica, de discusiones acaloradas, como suelen hacer los hombres. —Sí, sí. Solo lo hacen los hombres. Las mujeres no, claro. ¡Vamos…! Si son las mujeres las que se piran por los berrinches de los celos. Bueno, pero vos dejame a mi con las discusiones de hombres. Eso a mi me afecta, que querés que te diga. —¿Qué querés que te diga…? Te digo que no paso nada, así que todo en calma. —En concreto, ¿qué te dijo? ¡Decime! —Yo le dije… ¿cómo era? Ah, él me dijo “te olvidaste de mis tantas proposiciones serias, las echaste al tacho del olvido”. Y yo le contesté que debería estar contento de que yo volcase mis sentimientos

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para con vos, su amigo. Y para evitar susceptibilidades le propuse que fuese el padrino de nuestro primer hijo. Pero atento, voy a ser yo la que continúe con ese tema si vuelve a presentarse, que no lo creo. Solamente yo lo puedo enfrentar sin generar peleas. O mejor dicho, solo yo voy a dar esa pelea, si es que fluye de nuevo. Creo que murió ahí. —Sí, pero tiene vigencia lo dicho de la copa de cristal. Las mujeres, a veces sin proponérselo, son el principal motivo del distanciamiento de los hombres. —Pero todo este problema de ahora proviene de ser franca y leal con vos. Si me hubiese callado la boca, si me lo hubiese tragado no habría pasado absolutamente nada. Todo en paz y jolgorio. —Perfecto, nada. Pero no sabés lo importante que es que me lo hayas dicho. Si no me hubieses advertido de esto y por circunstancias equis lo descubro o él me lo manifiesta, entonces si que se convierte en cosa grave. Ahora dejalo, está bien. ¿No me vas a preparar el puré? Ana se puso a preparar el puré instantáneo mientras sonaba la chicharra del micro, “listo”. Justo puso mantel, platos, cubiertos y copas mientras ella en una fuente trinchaba la carne. Todo en silencio que lo rompió Justo al preguntarle si abría una botella de vino. —Sí. Nos va a hacer falta iniciar la comida con un brindis casero. Justo accedió a una botella de vino blanco en la heladera, lo tomó con la mano levantándola a la altura de su mirada mientras nacía una sonrisa. —Estos vinos blancos de Cafayate —el torrontés— me acompañaron a lo largo de toda mi juventud soltera y no pienso abandonarlo ahora en familia.

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La descorchó. —Voy a beber a la salud de mi compañero de aquellas noches, al que hoy yo le gané el tirón. ¿Está bien así? —Correcto y yo también voy a participar del brindis por el muchacho echado al olvido. ¿Puedo? —Claro y cuando vayamos a la otra casa, que es más cómoda, lo invitamos a comer una carne al horno con puré —que veo y huelo que está bárbara y una botellita de torrontés. Premio consuelo… Ja, ja. —Para entonces lo que voy a querer es invitar a mis papis. Vos tenés que encargarte de la gestión reconciliatoria. Ya estaban en la mesa y servidas las copas las elevaron para un brindis. —¿Por?... Inquirió Ana. —Por el gusanito. Siempre el primer brindis va a ser para él. Hasta tácito cuando lo hagamos en silencio frente a terceras personas. “El gusanito”…, mirá las ideas que te taladran el balero. Bueno, pero está muy bien, así yo brindo por tu adorable pancita traslativamente.

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Justo mientras desayunaba miraba y escuchaba el noticioso matutino de la televisión. Ahí se enteró que una primicia se debía a la corresponsalía de su diario. Lanzó una carcajada y apagó el aparato. ¿Qué habría descubierto el Beto y cómo lo había presentado? El televisor lo apago para reservarse el gozo de conocer en sus propias fuentes los pormenores y las peculiaridades de la primicia. Llegó Ana advertida de alguna novedad por las risotadas. Tenía la gracia de una muchacha joven y bonita, con los cabellos desordenados, la ropa igual y los gestos de la que quiere no despegarse de las sábanas. Se abrazó a Justo por la espalda sobre la que apoyó pesadamente su cabeza. Buscaba un mimo. La consiguió junto con un beso. Aprovechó para tomar en su mano el jarrito del café con leche y se sentó enfrente. —¡Eh! Ese café es mío. —Hacete otro. Vos sos el hombre de la casa y yo la pobre mina que se levanta cansada, el cuerpo todo roto por tu culpa. Abusador. —Ahora yo soy el abusador. Anoche más, más y esta mañana te quise acariciar y me diste la espalda. —¿Qué pasó, tanta risa?

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Y le contó mientras de nuevo hacía su café. —Dale, apurate y vení que te quiero contar una cosa. —No, no. Usted ya tuvo su oportunidad y la despreció. Aguante hasta la nochecita, bruja. El trabajo me espera. Ella pensó hacerle un chiste, pero no, no, era de muy mal gusto decirle: “Bah... si lo invito a Valentín voy a tener todas las respuestas que busque...” Se atragantó con el pensamiento y con el café.

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Llegó al estudio con alguna prevención de encontrarse —sin ninguna duda— con Valentín. Al pasar frente a la puerta abierta de su despacho, él le dijo: —Pasá Ana y cerrá la puerta. Ella no atinó ni a un mísero “hola”. Entró y cerró la puerta tras de sí. Se sentó en una butaca por su propia iniciativa y esperó. Valentín se levantó y le extendió la mano —Amigos como siempre— dijo con voz insegura. Ella sin levantarse le extendió la diestra en silencio y él inició el dialogo. —Me es difícil reiniciar la charla. Ayer cuando la interrumpí no estaba en mis cabales. No me es difícil pedir disculpas cuando estoy equivocado o producto de un exabrupto. Pero me es muy doloroso tener que pedirte disculpas y perdón a vos. ¿Me entendés? Verdad que sí. —No sé si solo con palabras se lavan las ofensas que me hiciste. Un atrevido manoseador que concluye su actuación con despectivas injurias. Puta, me gritaste como remate de tus vejaciones. No sé

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si se arreglan con palabras. Yo a una clienta y vos a un cliente lo encarrilaríamos diferente. —Ana, no fue por cuestiones ordinarias. Tuve un extraordinario motivo sobre el cual te pido no volver. Te invito a que las superemos y las soslayemos, y todo normal. ¿Le contaste a Justo? —Lógico que sí, pero atenuado. —¿Cómo atenuado? —No le dije de tus manos, de tu boca, de tus palabras. Simplemente lo inicié en que vos solías pretenderme y yo no lo tomaba en serio y que me reprochaste que te había ilusionado para luego desairarte. Y con su viejo amigo. No fui al fondo para evitar cuestiones más serias, pero yo si lo tomé en serio. Y Justo entendió la cuestión que le planteaba. Dijo que las mujeres somos motivo del distanciamiento de los hombres. —¿Nada más? —Sí, también que cuando una copa de cristal se rompe, por mejor que la peguen no vuelve jamás a repicar cantarina como un cristal. Se levantó y salió del despacho hacia su oficina.

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Cuando Justo volvió al departamento, Ana salió de la cocina a recibirlo secándose las manos en un repasador. Oficiaba de experta cocinera y atenta recepcionista. —Adelante caballero. Bienvenido. Cuénteme sus novedades. Se estrecharon en un fuerte abrazo. —¿Novedades? Las hay, las hay y te las traigo calentitas. Lanari reapareció, ¿qué me contás? Reapareció y dijo: “…cuando el Sub Jefe lo llamó al Señor Cornejo para decirle que atentos a las inquietudes de autoridades de la Comuna se archivaron las actuaciones” entonces Cornejo le dijo: “… ¿y qué pasó con la pistola que levantó del suelo? “¿Qué pistola? dijo el Sub Jefe. “¿Cómo? Nuestro amigo levantó una pistola que se le cayó al asaltante. ¿No les contó nada? Bueno ahora Lanari —que la va de amigo— me llamó y me dijo que hablara con vos, la abogada, y que volviese a pasar por su oficina.

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—Habíamos dicho de no decir nada acerca de la pistola, pero ahora que hay un testigo que vio y lo declara. ¿Qué hiciste con el arma? ¿Desapareció? —No. Yo la bajé en el garaje de casa cuando había venido Lanari a preguntarme y yo lo corté con eso de la audiencia con el Ministro. La dejé en el estante del garaje detrás de un frasco de líquido de frenos y la botella de agua destilada. No la volví a ver. —Para cuándo te dijo que fueras a verlo. —No, no me citó expresamente. Solo me dijo que vaya a verlo. Para mí que está de amigo. —Yo no sé si negar el hecho ahora que hay un testigo que dice que vos… ¡mmh! ¿Devolverla? ¿Devolvérsela a quién? ¿…apropiación indebida? ¡No, no, no! Dejá que mañana cambiamos ideas con Valentín. —Decime, tanto lío con el arma y que saben si no era de juguete. Se estila usarlas de juguete para asaltar, amedrentar y eso. Son casi iguales a las de verdad y mira la diferencia que hay en la clasificación del hecho. Asalto de verdad y asalto en jugandito. Los chorros las usan y no es un caso aislado, cada tanto aparece alguno. — Pero además, no es delito. Cuál es lo criminal del acto de levantar un objeto caído, que está tirado, pistola o piedra. Dejá, no te preocupés. —Valentín me había dicho… —Sí, pero pensaba en otras circunstancias. Levantar no es punible. ¿Nunca te levantaste una mina? ¡Mmmm...! Guarda que esta ya tiene propietario. Lo vamos a volver a charlar con Vale. —¿Cómo andan las cosas?

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—Trato indiferente y frío. Yo al menos voy a seguir un tiempo así. Tengo una compañera de secundaria y de facultad que me ofreció varias veces que fuese a trabajar con ella. Veremos. ¿Y el Beto? —Mandó la foto. Primera plana de perro. El gendarme no quiso salir, así que el perro salió solito. El hombre le dijo que habían incautado un kilo y ochocientos gramos pesado por Gendarmería. Fue primicia, pero después un Secretario del Juzgado dijo: más o menos un kilo y el Beto entonces lo interrumpió tirándole el dato preciso y que ya era de conocimiento público. Entonces el Secretario —sorprendido— ratificó lo dicho por el Beto. Debían comprender que por el transcurso de tiempo transcurrido —apenas un rato— se estaba en el período de instrucción, de información de los hechos. Si todavía no se habían completado los datos para tener abierto y ordenado el sumario. Se estaba dando una información previa, dada la presión de la opinión pública en informarse. —Sí, Secretario, pero dar una información errada en un kilo es… mucha guita. Todos los cronistas presentes miraron con los ojos bien abiertos. Intervino un periodista chaqueño. —Y son descuidos de detalles, ¿vio? Mucha guita en verdad— y mirando a todos los presentes. Siempre tiene que aparecer un porteño para reaccionar en esas cosas. —Yo no soy porteño, mi amigo. Soy tucumano. —¡Ah! Así está mucho mejor. Por algo los santiagueños dicen: ¿Tucumanos? ¡Todos chorros! Siempre bien informados sobre esas cosas. —Y no te digo como siguió porque de malas palabras debieran hacer otro sumario.

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Pero fue primicia, fue el que tuvo el dato antes que nadie. Además se sacó el gusto de sacarle la foto al perro, que era el héroe de la jornada, pero no le pudo sacar declaraciones exclusivas. —¿Declaraciones exclusivas? Guau.

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Apenas pasadas las nueve Ana llegaba al estudio y al enfrentar la puerta vio a Valentín que bajaba corriendo por la escalera acompañado por la recepcionista, agitado y con movimientos frenéticos, poniéndose la chaqueta del traje. La vio y comenzó a gritarle: —Vamos, ¡vení Ana! Tropezó con una persona a la que desplazo con un empellón por la premura. —Ana vení —y la tomó de un brazo arrastrándola consigo. La empleada en la calzada agitaba los brazos pidiendo un taxi. Encaro a uno ocupado diciendo: —Por favor tenemos una urgencia. —¿¡Qué pasa!? Inquirió Ana contagiándose de la urgencia manifiesta por los otros dos. —Es Justo. Un accidente. Qué suerte que llegaste a tiempo —lo dijo en el momento de subir al taxímetro, que su pasajero accedió a desocuparlo. —No sé bien que pasó, pero es serio. Así me dicen. —¿Cuándo? ¿Cómo? —Ana preguntaba al azar, tirando palabras al aire sin poder sincronizar bien sus ideas por lo movido de las acciones. —No entiendo Va. Decime.

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—¡No sé! Un accidente. Al Hospital Memorial por favor —dijo al chofer. —Tenemos prisa, mucha prisa, pero tranquilo y rápido. Entonces quiso serenarse, la misma serenidad que le pedía al conductor. Es un accidente, un choque de automóviles muy fuerte, me dicen y que es muy serio. Nos avisaron del diario pidiéndonos premura porque era grave y que les avisáramos a los familiares de inmediato porque... no sé, no sé, y entonces llegaste vos, menos mal. —¿A dónde iba? En un choque… ¿Está lastimado? —No sé Ana, solo me dijeron que estaba inconsciente. Cruzaron la calle Anchorena con semáforo en rojo. El conductor había sacado su brazo por la ventanilla, con un pañuelo blanco abierto en su mano. —Ya estamos llegando —dijo. Unos minutos en un cerrado silencio y arribaron al ingreso del célebre y grande hospital. Ya desocupado, pagaron al auto de alquiler y agradecieron. Corriendo por las escalinatas ingresaron al hall central y consultaron por emergencias. Le indicaron por donde debían dirigirse. Valentín en sus ágiles trancos llevaba a Ana como bandera tomada de su mano. Al final del largo pasillo alcanzaron a divisar ambulancias. Ahí era el lugar. Se dirigieron a un enfermero o médico que aparentaba ser quien dirigía la zona, confundido entre una nutrida congestión de personas. —¡Ah! Sí, dijo. Ustedes son familiares. Ambos se miraron y Ana se manifestó —Yo soy su pareja. —Bien, bien… ¿Usted es Ana? —¿Preguntó por mí? —Balbuceaba ese nombre. Allí en ese mostrador, donde esta el policía, al fondo, le darán las indicaciones de cómo hacer para retirarlo.

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Las largas horas pasadas en trámites mezclados con dolidos sentimientos fueron, y antes de que se dieran cuenta ya estaba casi anocheciendo. La policía, el juzgado interviniente y la orden de entregar el cadáver, todo sin un alivio que mitigara la angustia y el dolor. Por fin a la tarde la cochería dispuso una sala velatoria a cajón cerrado. Valentín había formalizado el reconocimiento del destrozado cadáver de su amigo. No quiso que Ana presenciara la puesta en caja de los trozos del seccionado cuerpo. Ni le diría en detalle lo que había presenciado. Comenzaron las largas horas del velatorio. Todo era agobiante. Había llegado el hermano y su esposa que se abrazaron con Valentín. Muchos años de amistad. Allí habrían de conocer a la desesperada compañera de Justo, que no demostró mayor sentimiento para con parientes sin conocer, ni terceros que fueran. En cambio el hermano de Ana se llegó con su mujer y fue un consuelo para ella. Habían escuchado la noticia en el informativo de la televisión, que resaltaba la personalidad del muerto, gran

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periodista y nombraba al diario. Entonces habían hecho indagaciones en el estudio jurídico en donde le confirmaron la sospecha y luego le transmitieron el hecho desafortunado a sus padres. —Papá no te digo que esté triste, está dolido y sufre por lo que sufrís vos. Mamá preocupada, pero tiene que atender a sus nietos, que los dejamos con ellos. Lo siento mucho hermanita. Veo que lo tenías en mucha estima. —No. Estima no, amor. Yo ya vivía con él y para él. Se me fueron las ganas de vivir. Decile a papá que aunque ellos no lo conocieron, yo soy viuda. Así me siento. Mientras el hermano escuchaba atento, la cuñada, quizás por ser mujer y sentir afecto por ella, deslizaba alguna lágrima.

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Tenía por delante una larga noche y trágica. Hubiese necesitado estar sola, quizás con Valentín únicamente. Muchos desconocidos —todos— que la saludaban sin saber quiénes eran, parientes desconocidos, sus compañeros de trabajo y periodistas de toda laya y origen, y gente, y gente. No creía que fuese tan conocido. Verdaderamente era muy modesto. Así cavilaba arrinconándose para mejor pasar desapercibida, cuando se arrimó un hombre joven, calvo de navaja o sea cabeza afeitada y los ojos apagados de tristeza. Se arrimó cauteloso, como, temiendo ser imprudente y se presento: —Perdone doctora, me llamo Alberto. Alberto Schibi. El nunca me llamaba por mi nombre. Me decía: —Vení Beto. Ana abrió los brazos para estrecharlo mientras corrían lágrimas de ambos. Los afectos no se mutilan. Lo besó en la mejilla y el se retiró sin decir más palabras que las que había dicho. Los afectos ahogaban las palabras. También conoció a Baravalle, el otro Secretario de Redacción, quien embargado de un manifiesto dolor le presentó sus condolencias.

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—Justo me habló de usted, poco tiempo, pero con mucho sentimiento, como para llenar la inmortalidad, —también tenía los ojos enrojecidos y le costó ordenar esas palabras. Valentín se acercó para preguntarle si quería retirarse a su casa por algún momento. —No. Recién cuando él se vaya me iré yo. ¿Vos estás cansado? —Sí, pero no le voy a aflojar a mi amigo.

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Otro inesperado condolido, el oficial Lanari, quien prestó toda su atención a la figura de duelo de Ana. —Doctora, no conozco a familiares para darles mis pésames, pero la veo a usted tan conmovida que es bueno pedirle que reciba la palabra de mis respetos. —Gracias. Usted fue el oficiador de mi encuentro con él. No sabe cuánto se lo agradezco. Las últimas palabras se las fue cortando la emoción. Lanari le miró a los ojos y captó la verdad. —Bueno. Buenas noches —lo dijo con un marcado sentimiento de respetuosa comprensión. Más tarde, ya muy avanzada la noche, se hicieron presentes el Director, el Jefe de Redacción y el Chacho Álvarez con Rodríguez Araya. Era evidente que habían estado de cena y largas charlas. ¿Se habrán puesto de acuerdo al fin? —se preguntó Ana quien tuvo presente la intención de Justo de organizar una mesa de diálogos sanos y constructivos. Si así fuera, esa era el mejor homenaje a su memoria. Ya casi amaneciendo fueron llegando los hombrees del diario. El diario ya estaba en la calle y ellos estaban presentes junto a uno de ellos, caído. Ana Flores

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Se juntaron de a grupos a dialogar recordatorios del amigo desde ahora ausente. También se intercambiaban conocimientos detallados de cómo había ocurrido el hecho luctuoso. Ana recién en ese momento se anotició de detalles. Una ambulancia venía acelerada por una calle y al girar para entrar a la Avenida, por alguna puntual razón derrapa acelerada y se impactó con el auto, al que se lo llevó puesto. Ambulancia y taxi una maza de fierros que Bomberos renegó mucho para separar fierros y carne. Se retiró hacia el costado más distante para masticar su dolor en soledad. Pero —advertido— se le allegó Valentín que la observaba, le cruzó un brazo por los hombros y quedaron ambos silenciosos. Entonces ella dijo: —Recién escuché por primera vez eso del accidente y de que los bomberos debieron trabajar mucho para separar carnes y fierros. ¡Mi Dios! Cuando te entaraste ¿a vos qué te dijeron? —Me dijeron que estaba seccionado y agonizando. Que me apurara si quería estar presente en su agonía. Esto entonces no te lo dije a vos. Te lo oculte por… digamos que por piedad. —¡Qué terrible…! —Por eso lo velan a cajón cerrado. Estaba impresentable. Vamos siempre a recordarlo risueño como era. Nada que ver con todo esto. ¿De acuerdo? Ana se aferró con ambos brazos al brazo de Valentín. Desde un lateral apoyo la frente en ese hombro y se dejó estar en un largo silencio. Solo después de haberse abandonado en esa pequeña y

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personal quietud de minutos, reflexionando en las cosas que debió de hacer Valentín por su amigo, se retiró hacia un costado en solitario y se apoyó contra el marco de una ventana. Cerró los ojos y dejó correr las lágrimas que había mantenido sofrenadas.

Dejaron el Cementerio, todos cabizbajos y dolidos. Habían dispuesto que el sepelio fuese a las nueve de la mañana porque toda la gente del diario quería estar presente y la edición del día no se suspendía. Un deber. Breves palabras del Director y gritos que dieron algunos. Había lágrimas y ojos empañados. Un aplauso y una ovación. En parejas, otros solos, todos con los hombros caídos y los brazos cruzados por atrás tomándose las manos.

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Valentín la acompañó al departamento y en la puerta, al despedirse, le dijo: —Hoy no hay estudio y mañana tampoco. Volvé cuando te sientas… Le dejaba un beso en la frente. —¿Qué… me vas a dejar sola? No quiero sentirme en ese enorme silencio. No te vayas, haceme la caridad. Entonces el pasó, se quitó la chaqueta que colgó en el respaldo de una silla, se sentó en el sofá arremangándose la camisa por los brazos. Se distendió, como lo necesitaba. Maquinalmente encendió el televisor y sintonizó un canal de música clásica. Entonces Ana le pregunto: —¿Querés un café? —No, ya llevo tomado un barril. Gracias. Un piano y Rasmaninoff. Ana fue a buscar una manta — un cobertor— escocesa y la llevó consigo hasta el sofá. Se quitó los zapatos y ya descalza se sentó arrimada a Valentín y subió los pies. Al ponerse como en cuclillas en el sofá, la falda se subió hasta casi un medio muslo. Lo dejó al descubierto. Se tapó con la manta y se acurruco sobre el flanco de él. —Ahora voy a dormir.

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Se movía para acomodarse mejor y él levantó su brazo derecho para cruzarlo por encima de los hombros de ella y dejarlo descansar en esa espalda. Ella estaba buscando la posición adecuada y se acurrucó aún más. Los cuerpos tan arrimados se componían para un mejor descanso. A esa tibieza Ana quiso compartirla, levantando y corriendo el cobertor para cubrirlo también a él. Redujo aun más el espacio trepando una de sus piernas sobre la de él. Una mano se deslizaba muy despacio por sobre su cuerpo, buscando. —Qué lindo es dormir. Ya me duermo Val. —Él la estaba toqueteando. Se tiró en el pozo de Morfeo. ¿Y la mano? La dejó que siguiera toqueteando.

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Este libro se terminó de imprimir en el mes de Julio de 2011, por orden de EL MENSÚ ediciones en Booverse, Av. Belgrano 748, Buenos Aires, República Argentina.


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Ana Flores - Carlos Santunione by El Mensú Ediciones - Issuu