¿Puede el amor sobrevivir cuando el tiempo mismo es el enemigo?
En esta esperada secuela de Alyséth, Arym ahora bajo la identidad de Ray se encuentra atrapado en una era que no le pertenece. El reloj corre en su contra y su misión es clara pero desesperada: encontrar a Alyséth, la portadora del Atavío Nocturno, y desentrañar la profecía que podría devolverlos a casa.
Pero el destino es un jugador cruel. Mientras Ray lucha por urdir el rescate de su hermano, una enfermedad sobrenatural devora a Sandy, su prometida, obligándolo a adentrarse en territorios inhóspitos donde la razón se quiebra ante la magia oscura.
Desde los misterios de los Bosques Brumosos bajo el mando de la enigmática Tehizenya, hasta las míticas Cascadas de Perlas Zafiro, Ray
deberá forjar alianzas con seres de otros mundos y enfrentar horrores antiguos.
La Prisionera de las Mil Noches no es solo una historia de magia; es una batalla por el equilibrio fracturado del universo. Con viejos enemigos resurgiendo de las cenizas y una conspiración que amenaza con sumir los reinos en el caos absoluto, la pregunta ya no es si podrán volver a su tiempo... sino qué tendrán que sacrificar para lograrlo.
Escrita bajo la influencia de los ciclos lunares, esta novela vibra con una energía mística que te atrapará.
Lo que encontrarás en esta novela:
Viajes en el tiempo y paradojas que desafían la realidad.
Un romance desgarrador puesto a prueba por la enfermedad y la distancia.
Intriga palaciega y batallas épicas con magia elemental.
Secretos revelados de la saga Alyséth
CAPÍTULO 1
Al despuntar el alba, cuando todo inició y los mundos de muchos despertaban. Los umbrales del anochecer bloquearon sus accesos, intercambiaron miradas furtivas con las sombras que se marchaban y cerraron sus ojos. Un nuevo día acababa de comenzar.
El joven escritor se hallaba recostado sobre la mesa de su ordenador personal. Y al cabo de un rato, el punzante dolor de la incomodidad lo despertó. Estiró sus músculos en un largo desperezo, llevó una mano a la cintura acompañado de un rictus de leve molestia e, incorporándose de su asiento, se retiró a su habitación; no sin antes, echar una ojeada a su trabajo en el que se habían movilizado varias páginas. Sonrió complacido. Dormirá un par de horas y luego retomará donde lo dejó. Ya no le preocupaba perder su enfoque, había conseguido su historia.
En una alcoba contigua, yacía dormida en el lecho, su mujer de cabellos dorados y desordenados, estos cubrían la frescura suave de su rostro. Oculta bajo las sábanas, se encontraba el lienzo complaciente y tentador, de una atractiva figura que dejaba a la vista, los relieves sensuales de su glamoroso cuerpo. Tal exultante síntoma de la femineidad, dormía en la letanía del descanso sobrio y acogedor.
«Un orfebre del cielo olvidó su obra dejando su sello como emblema del romance.»
Besó su frente, y se desplomó con suavidad sobre un lado procurando no despertarla. Antes de cerrar sus ojos, se justificó animado y exponiendo su obra en la cima de sus anhelos, como un atributo que coronaba su vida. El sueño lo atrapó y sin poder contenerse, se durmió.
El día continuó con su habitual despliegue inalterable. Y el hombre que relataba historias, había vuelto a despertar, y otra vez, se dirigió hacia el sendero de la superación, siguiendo los rastros de la prodigiosa Selenia, su
sagrada musa. Saltó de una idea a otra, comprimiendo los minutos, alargando las horas, en la espera de que el tiempo le fuese favorable.
En su recorrido, levantó baldosas de acertijos extendidas a lo largo de los días y continuó avanzando sin detenerse. Debía encontrar lo que buscaba. Respuestas, quizá aciertos. lo que sea que fuese necesario y sin importar lo que se alzara en su contra. Sus motivos no cesarían.
Indagó y repitió la acción una y otra vez. Movilizándose desde el fondo de su respiración. Desplegaba su entusiasmo al igual que lo hacía el águila cuando se disponía a ir pos de las alturas. Los sonidos a su alrededor, los bocinazos provenientes de los cláxones; los abejorros, el trino de las aves, las variables humeantes de las fábricas. Todo eso, solo le indicaban una cosa: el habitual movimiento constante de la vida que ya se ponía en marcha. Sus pensamientos también debían hacerlo.
«Hoy será la jornada donde encontraré toneladas de desaciertos, me equivocaré en grande y de seguro me reprocharán por algo.»
Se detuvo frente al espejo y examinó lo que este reflejaba.
─ ¿Por qué seré tan pesimista? Lo que hago es bueno para mí, no obstante, me arrastra como una ola hacia mar adentro, llevándome a encallar sobre los arrecifes de coral de mi ansiedad. Como si algo más se escondiera en los infinitos corredores de mi espíritu y me indicara que este tiempo no me pertenece, que soy de otra época o que no pertenezco aquí. Galimatías inútiles, debo decir.
Lo sé, Ray dijo alguien a sus espaldas─; y lo que te diré es un pensamiento razonable y no excesivo. Debes detenerte a pensar un poco, analizar la situación y encontrar una alternativa viable al asunto.
─ ¿Y el punto es…? ─preguntó, girando sobre tus talones.
─El punto es, mi estimado escritor, que no te desmorones como una pila de cenizas.
La vio de pie, a pocos metros. La vio con sus manos entrelazadas por delante, de espaldas al reflejo del sol que entraba por la ventana. Con su silueta delgada en apariencia agradable. Parecía un ángel llevando un vestido azul carmesí. Dicho ángel, le sonreía mirándole con atención. Su cordial
aparición no lo sorprendió, él sabía que vigilaba sus pasos. Cedió entonces ante ese afectuoso requerimiento, y calló resuelto a escucharla.
Está bien. Lo dejaré aquí y luego veré lo que hago, ¿te parece?
Lo que sea mejor para ti, amor. ¿Y qué es eso de que no perteneces aquí?
Tonterías mías. Digo cualquier cosa cuando pierdo mi norte.
Yo soy tu norte.
─Lo sé, lo sé. Te amo por ello.
Igual yo, tonto un largo y primoroso beso apasionado. Hasta que ella se apartó para verlo a los ojos─. No pienses tanto.
No lo haré.
Te dejo entonces, para que continúes en paz y animado.
─Lo dicho, eres mi norte y mi estrella polar.
A la fecha, llevaba publicado un libro, y este había sido acogido con buenas críticas. Un segundo a medio terminar, pospuesto por razones obvias, con algunos balances en el final. Y un editor, que le había dicho que debía incluir una historia diferente al primero, y que, a su vez, debería tener cierta relevancia en el futuro. Todo con poco margen de días para ser entregado.
En el vestíbulo hecho de madera de ciprés, ubicado en una silla del mismo tipo de material, se inquietaba dialogando consigo mismo, mientras aguardaba el arribo de las tan ansiadas palabras que lo llevarían a inspirarse para escribir. Sosteniendo una taza de café holandés sin azúcar, su mirada se posó en el vuelo de un colibrí, que volaba aquí y allá, en tanto bebía del néctar de las flores de su jardín.
«Una radiante diapositiva de la naturaleza, libre y sin ataduras. Y por supuesto, sin el acoso de nadie llevándolo a ir más de prisa.»
Raudo, fresco, alerta todo el tiempo, la pequeña ave, continuaba sin disimulo afanada en su labor. Sus colores salpicados entre el verde, azul y rojo; dibujaban una imagen única de perfectos diseños. Entre el aletear, preciso, frágil, sutil y tan hermoso, ejecutaba piezas de un singular vuelo rasante. Se movía con sus colores por los aires tal cual un arco iris se moviera llevado por la brisa, golpeando los átomos del aire, deslizándose a través de las ráfagas de
luz, sin que nadie rivalizara con su magistral obra de arte. La visión de la pequeña ave, resultaba fascinante.
Desde el indagar del perfume de las flores, hasta detenerse en el suspenso de los segundos, para luego danzar fuera de la gravedad, en un deleite etéreo sin par. Todo parecía ser una sinfonía diagramada de antemano.
De repente, en una zambullida incapaz de seguirla con los ojos, el diminuto ser con un beso similar a un pequeño mordisco, extraía entonces la esencia de la flor, hundiendo a la misma, en un éxtasis de delirante coquetería. Amante de mil pimpollos, huidizo, elegante, fiel representante del mismo flirteo y la eterna amistad entre dos seres imposibles de acercar, surcaba zigzagueante el espacio terrenal dejando a su paso, un sordo rumor que se perdía de inmediato, en un ambiente cubierto de magia y frescura.
Esa visión produjo en el espíritu del escritor, un fuerte entusiasmo que sacudió su corazón. Con rapidez tomó su ordenador portátil y marcó con celeridad las teclas, dio rienda suelta a su creatividad, como si fuese una salvaje bestia indómita que, atrapada en un letargo momentáneo, fuese finalmente liberada. La musa asistía al gran baile de la iluminación repentina, surgiendo de a poco y con timidez.
Las palabras comenzaron a venir, sin orden, acumuladas por volúmenes. Empujando las formas. Uniendo los caracteres, milímetro a milímetro, y desprendiendo de ellas, el sentir de las emociones que, sin disimulo, expresaban las historias las cuales pronto serían narradas.
Eli Key / Autora / Gualeguaychú. Argentina 2025
Link del libro: https://books2read.com/u/4ArWjd