elCaribe, SÁBADO 28 DE MARZO DE 2026 elcaribe.com.do
¿Qué significa hoy celebrar Semana Santa?
El padre José Miguel Genao indaga en textos muy antiguos de Tito Livio, de Flavio Josefo y de historiadores y teólogos para explicarlo. P.6
Las Vainas de Mercader
Santiago en Armas por la independencia
OGM rememora en su página los entretelones previos a la batalla del 30 de marzo y sus consecuencias para nuestro país. P.7
La autoayuda es una industria banalizada
La periodista y sicóloga Itania María conversa con este medio sobre temas como la depresión y el papel de la sicología y la siquiatría en nuestro tiempo. P.15
A Braulio se lo tragó la tierra Cultura
Su vida se reducía al manejo diario del machete con la destreza
de los mosqueteros
JOSÉ MERCADER
666mercader@gmail.com
Eran las siete y media del último 15 de febrero. Oía los machetazos, con el vigor de sus 86 años, mal calculados y, el canto del ruiseñor,
que viene cada mañana a recordarme que no debo seguir durmiendo.
Las hojas secas de plátano del conuquito de Luz, la viuda de Sune Betemit, caían para dejar las matas limpias, que servían de refugio a Ágatha, que mas luego sumaría, con su insistente maullar, el reclamo del ejército de gatos que vienen a comer, puntualmente, a mi patio.
Béisbol
Nadie sabe cómo, en elcorazón del Cibao, hay fanáticos del Licey y del Escogido, lo que le agrega un poco de ají picante a las conversaciones de campesinos...”
Me acerqué a Braulio con una taza de café, un sanduichito y 300 pesos, “pa que te bebas un refresco”. Él me pasó una fundita de plástico lleno de limones, chiquiticos, pero muy jugosos. Me dijo que a los dominicanos no le ganaba nadie “...ese es un equipazo y la mayoría son del Licey…” Sonreí. Ya me sé se memoria “que no hay mejor equipo quel Licey”.
Nadie sabe cómo, en el corazón del Cibao, hay fanáticos del Licey y del Escogido, lo que le agrega un poco de ají picante a las conversaciones de campesinos cuando defienden, a rajatabla y ciegamente, a Las Águilas y, cuando no tiene de qué hablar.
Sé, porque él me lo dijo, “que fue sioretó del Licey, en época de Grillo B”, un cuento muy bonito, pero que Daniel Amaro rectifica diciendo “...que el Braulio a lo má que llegó fue a siore del equipo de Guazumal, con mayoría de rielero. Ni siquiera jugó con los Senadores de Tamboril . Pa’ mí que él no ha salido del pedazo y lo má lejo que ha llegao, ha sido Gurabo llevándole una carga de yuca a Goyín Díaz que estaba enamorao, como un perro, de la Consuelo Infante”. Era la época en que Juan Polanco tenía carros que viajaban a la Capital, Mario Alegría tenía guaguas y Nunilo era el mecánico, Ramoncito Amaro surtía sus negocios con las cargas de las recuas que Daniel manejaba.
Para Braulio, su vida se reducía al manejo diario de su machete con la misma destreza de los mosqueteros con sus espadas, sus tres calientes, el play de Guazumal, cuando estaba en los terrenos de Zoilo donde la fanaticada no tenía nada que envidiarle a los que asistían al Polo Ground o al Yankee Stadium, allí en aquel conuco prestado frente a Mamita Polanco; cargar agua de La Vena, fuente de vida y gusarapos, hasta que hicieron el pozo. l
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Braulio Hilario de Guazumal. F.E.
historia de la medicina
Escuela de Medicina de la UNPHU, 1968
Crecién establecida Escuela de Medicina de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (UNPHU) en Santo Domingo. El decano era el doctor Manuel Felipe Pimentel Imbert. En ese boletín se describe el plan de estudios, los hospitales afiliados y los requisitos de graduación. Es interesante, por otro lado, la descripción de sus profesores y departamentos. En el departamento de Anatomía eran sus profesores los doctores Mairení Cabral Navarro, graduado en 1943 en la Universidad de Santo Domingo, USD, Alejandro Capellán Díaz: graduado de la USD en 1934, Nelson A. Lugo Camarena: graduado de la USD en 1960, Ulises F. Pérez Plácido: graduado en la USD en 1963, Luis Puello Pagán graduado de la USD en 1947 y Humberto Sangiovanni Santamaría graduado en la USD en 1956 y especializado en cirugia en la Universidad de McGill, en Canadá. El Departamento de Medicina contaba con los doctores Luis Manuel Baquero (Psiquiatría): gradudo de la Universidad de Montreal en 1947, con posgrado en diversos sanatorios de Canadá.Miguel A. Contreras (Dermatología) graduado de la USD en 1952, con formación de posgrado en New York University y Bellevue Medical Center; Francisco Cuesta Barreiro, graduado en la USD en 1952; Luis Fernández Martínez: graduado de la USD en 1949, especializado en Medicina Interna y Cardiología en New Jersey. Rafael González Massenet (Radiología): graduado de la USD en 1941, con formación en el Hospital St. Luke’s de Montreal. Sixto Incháustegui Cabral: graduado de la USD en 1942, especializado en enfermedades del tórax en la Universidad de La Habana. Luis Marión Heredia (Psiquiatría): graduado de la USD en 1955, con posgrados en Nueva York y Boston, y experiencia como Assistant Professor en Tuft
University. Héctor Mateo Martínez, graduado de la USD en 1947, especializado en cardiología en la Universidad de Minnesota. José H. Ornes Arzeno: graduado en la USD en 1951, con formación en Union Memorial y John Hopkins en Baltimore. Alberto Paiewonsky (Radiología): graduado en la USD en 1937, con posgrados en Saint Luke’s Hospital de N.Y. y Hammersmith Hospital de Londres. Miguel A. Piantini (Neurología) graduado de la USD en 1929. Nicolás Pichardo: graduado como licenciado en medicina y cirugia en la USD en 1935 y doctorado por la Universidad de París en 1938, especializado en Cardiología. Gilberto Morillo de Soto (Psiquiatría): graduado en la USD en 1944, con estudios en Montevideo, Uruguay. Juan R. Santoni Mendoza (Neurología): Licenciado en Medicina en Madrid, con posgrados en Dublín y en el National Hospital for Nervous Diseases de Londres. Alfred E. Stafeld Madsen, Cardiologia: graduado en la USD en 1956, con formación en Medicina Interna en Cleveland y Filadelfia.
El Departamento de Cirugía contaba con los doctores Luis Adolfo Álvarez Pereyra (Oftalmología): estudios en la USD en 1947 y licenciado en España, con posgrado en la Clínica Barraquer de Barcelona e instituciones de Madrid. Tabaré Álvarez Pereyra (Otorrinolaringología): graduado en 1937 de la USD, con posgrado en el Hospital Provincial La Princesa de Madrid. Julio Brache Arseno: graduado de la USD en 1952. Arturo Damirón Ricart: graduado en 1924 de la USD, con posgrado en N.Y.U. y Bellevue Hospital de N.Y. Miguel A. Delgado Batlle: graduado de la USD en 1952, especializado en Hahnneman Medical College de Filadelfia. Carlos Mejía Feliú (Ortopedia): graduado de la USD en 1946, formado en Queens General Hospital Center de N.Y. Rafael Miranda Borbón: graduado en 1955 de la USD, especializado en cirugía general y pediátrica en Nueva York y Nueva Jersey. Continuará… l DR. HERBERT STERN
salón de la fauna
Vladimir Padrino
(DÉCIMA CIBAEÑA)
¿Cayó en degracia Padrino?
¿O e solo un papelón?
Le quitán su pelotón
Poi consejo dei vecino
Ej un mensaje divino
A uté no lo quieren ma
Ta preso su mandamá
Quede quieto o va a chirola
Entregue uté su pitola
O vivirá en Aicatrá.
Laj regla ei juego cambiaron
Le anuncián a Vladimir
Solo vale ei fusí
Que en ei Noite fabricaron
Laj maica patentizaron
Pa’ evitai vueiva Maduro
Daisy dijo, “ya e seguro”
Que ella muy bien maneja
Que ahora ella e la abeja
Y dei petróleo hará cianuro.
l JOSÉ MERCADER
Ni huellas de Braulio...
La otra parte del tiempo era hablar de pelota y defender al Licey y sus añoranzas de cuando “el gran capitán”, Pedro González, defendía la segunda y que “era el mejor, de la bolita del mundo” y, por supuesto, “muchísimo mejor que Julián Javier”, el francomacorisano que defendió esa posición con Las Águilas y Los Cardenales con un guante de escoba siempre nueva.
En los últimos años, Braulio le cuidaba la casa a Nena, que se fue a “lo paíse” y que le mandaba, de vez en cuando, unos dólares que él decía llegaban en Navidad. Desde hace un par de años se le veía con un bastón y su colín con un caminar de balanceo, como si la brisa le impidiera avanzar. Iba y venía desde la casa que cuidaba, hasta el conuco de Luz, aunque un día, después de un traguito de ron, perdió el rumbo y fue a parar a Don Pedro por culpa de su brújula empapada de alcohol. Allí fue Nancy, Santa Teresa de Calcuta motorizada.
A Braulio no le gustaba montar animales y menos bicicleta. Su hermano, Caliente, dice que él se bebe dos botellas y queda igualito, pero Braulio no, “porque no come”. Braulio, aunque no se montó nunca en el tren “… que pa lo único que sirve e pa matai moquito”, lo veía pasar cortando Los Rieles en dos: Guazumal Arriba por los lados de Laudy y Gruazumal Abajo desde la escuelita de Tatá hacia la carre-
tera, pasando por donde María y sus hijos Marco “el calloso” y “el Pichaco”; Ramoncito, “el teniente”, papá de Juan Bo y hermano de Juan el Pinto; Joseíto Arias, Buchucha, Rafael Espaillat y la Grifa, Francia y Antonio, Valentín y Celita y “su recua ‘e muchacho”.
Los Rieles, después que desmantelaron el tren, se convirtió en el centro de encuentro de campesinos cansados de trabajar la tierra...” pa’ na”. Braulio tendría unos 12 años y se limitaba a oír los cuen-
tos de camino de los grandes, los chismes, comerse un par de “dulce de a chele” de la pulpería de Franciquito La Perra o la de Quico Ramos; verlos jugar dado con el reproche de “la cortá de ojo de Juan Antonio Gómez, cuando levantaba su casita al lado del puente, frente a la escuela, por donde pasaba el tren... “que ese pedazo no es de nadie”. Y, cada domingo, con su trocha de lona, Braulio “cogía pai plei” a jugar con una pelota “forrá de teipi” que cuando se perdía en los montes por un to-
letazo, se acababa el juego, ahí mismo. Cuando lo vi por última vez, el hierro de sus manos me apretó, transmitía, sin palabras, el afecto que arrastrábamos desde que mi niñez se cruzaba con su adolescencia en los callejones de lodo. Acababa de desayunar con “un pan y un refrequito” de 10 pesos, de donde Marcio, porque “café de ahí no me lo bebo... que parece colao con blumen”. Ya había que adivinarle sus frases pronunciadas sin dientes, con una cara de momia egipcia y, eso sí, siempre con su gorra liceíta.
Cuando desapareció, no dejó rastro, ni lo vieron en Don Pedro, ni en Biojó, ni en su habitación, que fue forzada para no encontrarlo podrido, en caso que se hubiese dormido para siempre; ni en los hospitales, ni en la Policía, tampoco en ninguno de los Centros Espiritistas con diferentes altares, santos y luases.
Los únicos derrumbes que por aquí se conocieron fueron los de los Betemits cuando Federico Estévez tenía una pulperiíta en el desierto alrededor de El Jobo, donde empezaba el Callejón de las Jiménez, donde está el cigarro gigantesco, por la Zona. El otro derrumbe fue el de Carlos Díaz, pero Braulio no hubiese llegado ni a la Cacata.
Casi un mes pasa, y nada. Afiches, anuncios, visitas, redes y ni las huellas de Braulio. ¡Coño!
(Escrito sin Inteligencia Artificial). l
Daniel Amaro. F. E.
Ramoncito Amaro. F. E.
Juan el Pinto. F. E.
Nunilo. F. E.
La Grifa de Rafae. F. E.
Juan Polanco. F. E.
Tren de Tamboril. F. E.
<VIENE DE LA PORTADA
4 Cultura
Hojas de maple
PEDRO CONDE STURLA pinchepedro65@yahoo.es
Putita melancólica, das vueltas, enseñando los senos azules, mientras todos imaginan que te muerden
Topples. Otra vez topples en los infinitos bares de Montreal, topples en la puerta de entrada de aquellos bares de la calle Sherbrooke de Montreal. Los incontables bares de Montreal. Borrachos y drogadictos cayéndose a pedazos en las aceras, a veces arrinconados, ovillados juntos a la basura. Las luces mórbidas de Montreal, las calles espectrales de aquella época. Luces en agonía, desangeladas. Borrachos realengos y drogadictos tirados en las aceras de la interminable calle Sherwood de Montreal. Las noches largas de Montreal. El fugaz verano de Montreal. En la ciudad abierta de Montreal —la isla de Montreal—, no parecía que hubiera lugar para otro club de striptease, para más teatro de variedades o más bares o más topples. Muchachas melancólicas con los senos desnudos, bañadas de luz azul, bailando una especie de baile, un contoneo, una rutina de seducción sobre el escenario. Apáticas muchachas azules y furtivas, balanceándose rítmicamente, moviendo las caderas, pretendiendo hacer el amor, atrapando las miradas muchas veces abúlicas de los mirones. Un baile vacío que se supone que sea sensual, fluido, excitante, pero que que sólo transmite un tedio, un fastidio, un mortal aburrimiento que acentúa la soledad. Topples… estúpidamente topples. Lo mismo en todos los bares, los infinitos, bares de Montreal. Meseras en atrevidas minifaldas. Humo y alcohol y drogas.La flamante Universidad McGill de la calle Sherbrooke de Montreal. Topples en tantos bares con chicas azuladas o rojizas, bailando un extraño baile, más acrobacia que baile, en medio de la pista. A veces solamente meseras en atrevidas minifaldas, diligentes meseras que hacían desaparecer la cerveza en cuanto te parabas para invitar a una muchacha a bailar. «Voulez-vous danser, Mademoiselle?» La invitación en francés, necesariamente francés. O lo que pretendía ser francés.
Con cierta frecuencia visitaba un puticlub donde bailaba una muchacha que le quitaba el sueño a todos los parroquianos. Parecía hecha mano, un dechado de perfección. Y cuando bailaba lo hacía con una indiferencia abismal, un contoneo delicadísimo, cercana y distante a la vez y ajena por completa a todos. Entraba y salía de la pista confundiéndose con otras
bailarinas, desaparecía igual que aparecía, como en halo vaporoso. No supe si era real o imaginaria.
Pero mi lugar favorito en Montreal, durante el esplendor de los meses de la primavera de 1968, era el Crazy Horse, un pintoresco pub frecuentado por estudiantes. Era el Crazy Horse y la vieja calle Chemin de la Côte–des–neiges del barrio francés. Allí donde vivía.
Me instalaba en ese lugar a tomar cerveza a y a practicar casi todo lo que sabía de francés: «Voulez-vous danser, Mademoiselle?»
La invitación tenía que ser en francés, o mejor dicho en québécois, necesariamente québécois, o lo que pretendía ser québécois. De lo contrario ni me respondían. Invitar a bailar en inglés («Would you like to dance?») equivalía a un rechazo. Los canadienses de origen francés y los anglosajones no se gustan y nunca se han gustado. La mayoría de la población de origen francés habla los dos idiomas, pero no le hace gracia hablar inglés en territorio francés.
Lo malo es que, cuando la invitación tenía éxito, el poco québécois que hablaba no me duraba mucho, se me acababa rápido, casi enseguida y tenía que mezclar los idiomas y dar a entender de inmediato que era extranjero y que mi ma-
yor interés era aprender francés. Sólo así me aceptaban y así me comunicaba. Hablaba un inglés funcional y chapurreaba palabras en québécois. O mejor dicho, un inglés martillado y un francés ofensivo. Suficiente para bailar y conocer muchachas.
El inglés lo había aprendido en Windsor, en un curso intensivo de seis meses en el Adult Centre Education.
En Windsor, una pequeña ciudad frente a Detroit, al norte de los Estados Unidos, había sufrido por causa de la nieve y la soledad y la incomunicación y el frío punzante, que también llegaría pronto a Montreal. El frío, sí, y la brisa punzantes y el chapoteo incesante en la nieve. La nieve que amontonaban en las aceras y se convertía en lodo sobre el cual tenía que caminar con los pies mojados durante media hora para llegar al Adult Centre Education.
Recuerdo que llegué en una brumosa noche de otoño y me hospedé en un albergue del YMCA. Me levanté al día siguiente con ganas de salir a conocer la ciudad, como acostumbro hacer en todos las lugares que visito. El día estaba engañosamente soleado e incitaba a caminar. Me puse la ropa de invierno que había traído de México y me lancé a la aventura. El frío me pegó duro y apreté el paso
para entrar en calor, pero el frío seguía pegándome y no parecía que iba dejar de hacerlo. Hacia frío, un frío que ni siquiera había imaginado en mi vida, frío y brisa, una brisa necia, inoportuna. Un frío y una brisa que me calaban los huesos. En cambio el sol parecía imaginario, como si estuviera ahí solo pintado para darle color a las cosas, no para calentarlas. No había caminado tres cuadras cuando ya venía de regreso, casi trotando, al albergue. La gente se sorprendió al verme con la cara más roja que un tomate. Yo me acerqué de inmediato al termómetro de pared que había en la entrada. Me sorprendí al saber que la temperatura estaba en quince grados bajo cero. Quince grados bajo cero y sol radiante. Supe al momento que me esperaban días aciagos. No podía hablar con la gente, no podía leer periódicos ni ver televisión ni ir al cine, ni salir a pasear. Estaba incomunicado, estaba sólo, estaba preso. Durante varios días me sentí aún más solo, en extremo solo, una soledad dolorosa. Después descubrí que la ciudad estaba llena de otros seres condenados a la soledad a tiempo completo, y que la soledad con frío y con pobreza es la peor de todas, especialmente para los viejos. Una de las cosas que me partía el alma era el abandono de tantos ancianos y ancianas en aquellos cuartuchos de alquiler, los llamados housekeeping, habitaciones con lo mínimo para sobrevivir, donde estaban como atados o anclados al televisor, sin el menor asomo de vida social y una carencia absoluta de afecto.
Por suerte, unas semanas después de mi llegada, y gracias a las diez horas diarias de clase que recibía, empecé a parlotear como un perico, incluyendo el acento, y de algún modo me acostumbré al frío. Hice amistad con un zapatero y con un repartidor de periódicos con el que me reunía a tomar cerveza en un bar que siempre estaba lleno de judíos. Judíos prepotentes que celebraban sus recientes victorias sobre los árabes y cantaban Hava Naguila hasta el cansancio.
Fue un tiempo difícil y provechoso. Canadá sería un encanto si no tuviera invierno, o si no fuera tan largo.
De aquella época recuerdo casi todo. El asesinato de Martin Luther King, la noticia sobrecogedora, el mundo llorando aquella infamia. Aquel período surrealista en el interminable invierno de Windsor, la soledad atenazante, el casi permanente desasosiego, el asesinato de Robert Kennedy. Aquellas hojas de maple, hojas de arce, muriéndose en otoño, el otoño apacible y colorido, la fiesta de colores que anunciaba el invierno, aquel breve verano de locura en el barrio francés de Montreal. Los bares de Chemin de la Côte-des-Neiges, la universidad francesa, el barrio francés donde viví. La Basílica Notre Dame de Montreal, el órgano gigante. La música portentosa…El encuentro con Margaret en los días anteriores a mi partida, el encuentro providencial con la dulce Margaret, el amor breve en mis últimos días de Montreal. La burla del destino. l
Un parque solitario en pleno otoño. F.E.
Tres horas en medio de la alquimia del canto lírico dominicano con Sinfonía
ANDRÉS TOVAR
Especial para elCaribe
Hay momentos en la música que no se anuncian, pero que transforman. No ocurren en grandes escenarios ni bajo ovaciones. Son experiencias poco conocidas para el gran público, ocurren en espacios íntimos, frente a un piano, donde una voz se enfrenta a sí misma.
Un ejemplo de ello fue la masterclass del pianista británico Simon Lepper, organizada por la Fundación Sinfonía el pasado 25 de marzo en la Sala Aída Bonnelly del Teatro Nacional Eduardo Brito. Tres horas que, para algunos, serán apenas un recuerdo formativo. Para otros, quizás, el punto exacto donde todo empezó a cambiar. Porque lo que ocurrió allí no fue una clase. Fue un laboratorio.
El laboratorio
El formato de una masterclass engaña. A simple vista, parece sencillo: un maestro, un estudiante, un piano, una pieza. Pero lo que realmente sucede es otra cosa: el cantante entra con una idea de sí mismo: su voz, su técnica, su interpretación. Trae consigo meses —o años— de estudio, pero en cuestión de minutos, esa construcción empieza a desmontarse: una indicación sobre una vocal, un comentario sobre el peso de una palabra, una pausa no imaginada. Y de repente, la misma frase suena distinta. Ese es el verdadero espectáculo de una masterclass: no el resultado, sino el proceso. La transformación en tiempo real.
En la sesión dirigida por Lepper, el piano no acompañaba: guiaba, sostenía, cuestionaba. Cada acorde era una estructura sobre la cual la voz debía apoyarse con inteligencia, no solo con belleza. Y en ese diálogo, casi quirúrgico, entre voz y piano, se revelaba algo más profundo: cantar no es solo emitir sonido, es pensar con y sobre él. La fórmula
Para el público general, el pianista en una clase de canto puede parecer un actor secundario, pero en realidad, es exactamente lo contrario.
Simon Lepper, el científico en este laboratorio, pertenece a una tradición muy específica dentro de la música clásica: la del pianista colaborador, una figura clave en la formación de cantantes líricos de alto nivel. Formado en instituciones como el Royal College of Music, Lepper no es simplemente un intérprete. Es un especialista en repertorio vocal, un arquitecto del detalle y traductor entre la técnica y la intención. Ha trabajado con cantantes en escenarios internacionales y ha sido acompañante oficial en concursos de la talla del BBC Cardiff Singer of the World, donde carreras completas pueden definirse en una sola semana.
Pero más allá del currículo, lo que define su rol en este experimento es su capacidad de escuchar lo que no está funcionando, incluso cuando todo parece estar bien. Particularmente, en el canto lí-
rico, el problema rara vez es evidente: puede estar en una consonante que llega tarde, una respiración que corta el sentido de la frase o una emoción que no se corresponde con la armonía.
Y ahí es donde entra el verdadero trabajo del coach: no corregir lo obvio, sino revelar lo invisible.
El experimento
Una de las grandes virtudes del formato de una masterclass -y una de las menos comprendidas- es que no solo aprenden quienes cantan. La sala se convierte en un aula colectiva donde cada corrección individual tiene un efecto multiplicador. El error de uno se convierte en aprendizaje para muchos y la solución de otro se transforma en herramienta compartida. En pedagogía musical esto se llama aprendizaje observacional: la capacidad de adquirir conocimiento no solo haciendo, sino viendo hacer. Y en una disciplina como el canto -donde gran parte del trabajo es interno, invisible- este tipo de aprendizaje resulta especialmente poderoso porque permite entender algo fundamental: que cantar bien no es un accidente, es una construcción. Durante la sesión, quedó claro que una voz no se desarrolla únicamente por talento natural. Se construye a partir de decisiones conscientes: cómo se articula el texto, cómo se gestiona el aire, cómo se integra el cuerpo con la música, cómo se interpreta más allá de la nota. En ese sentido, la masterclass no es solo una experiencia artística, es un ágora que permite comprimir años de ensayo en unas pocas horas de revelación.
Los alquimistas
Nada de esto ocurre en el vacío. Detrás de cada oportunidad como esta hay una estructura que la hace posible. Y en República Dominicana, esa estructura tiene un nombre claro: Fundación Sinfonía. Desde hace años, la fundación ha asumido un rol que va mucho más allá de la programación de conciertos. Ha construido, de manera sostenida, un ecosistema de desarrollo para músicos dominicanos: programas de formación para músicos, becas internacionales, plataformas de visibilidad, alianzas con instituciones globales. Todo ello responde a una visión: que el talento no basta si no encuentra estructura.
En el caso específico del canto lírico, esta labor resulta aún más relevante. Por-
que, a diferencia de otras disciplinas, la carrera de un cantante depende en gran medida de su exposición a estándares internacionales desde etapas tempranas. Una masterclass como la de Lepper no es, por tanto, un evento aislado, es parte de una estrategia más amplia: acercar el mundo al talento local. Y en ese gesto de Sinfonía, aparentemente simple, se juega buena parte del futuro musical del país. Para convertir el plomo en oro… Aquí es donde la conversación se vuelve inevitablemente crítica. Indudablemente, República Dominicana tiene talento vocal y lo ha tenido siempre: voces con potencial, con musicalidad, con presencia escénica. Lo que no ha tenido -al menos no de forma consistente- es un sistema que permita transformar ese talento en carrera: un sistema que conecte formación, perfeccionamiento y audiciones con oportunidades y, lo más importante, sostenibilidad. Hoy, ese recorrido depende demasiado de esfuerzos individuales, y eso genera una paradoja: el talento existe, pero no siempre se ve o se da a conocer.
En ese contexto, iniciativas como las de Fundación Sinfonía no solo son valiosas, son indispensables. Pero también plantean una pregunta incómoda: ¿Puede una institución, por sí sola, sostener el desarrollo de toda una generación? La posible respuesta invita a pensar en la necesidad de consolidar un sistema que permita que momentos como el de arriba descrito no sean excepcionales, sino habituales.
El brillo de la joya
Al final, lo más importante de aquella tarde no fue una nota bien colocada ni una frase perfectamente interpretada, fue la conciencia: el instante en que un joven cantante entiende, de verdad, lo que está haciendo y lo que no.
Ese momento no se mide en aplausos, se mide en silencio, en la concentración absoluta de una sala que escucha no solo música, sino pensamiento en acción.Porque eso es lo que una masterclass, en su mejor versión, logra: convertir el arte en un proceso visible. Y cuando eso ocurre, algo cambia en el intérprete, en el público y, con el tiempo, en toda la escena. Tres horas pueden parecer poco. Pero a veces son suficientes para marcar el inicio de algo que, los que amamos la música en este país, tenemos el reto de construir. l
ConCierto Sentido
Las heroínas de Puccini
ANDRÉS TOVAR
EDITOR DIGITAL
“Puccini Heroines” (2026) de Sondra Radvanovsky, cuya carrera ha seguido la trayectoria de las creaciones de Puccini de manera casi ejemplar, es una muestra de ello, más para una soprano que ha tenido el honor -y la responsabilidad- de interpretar a casi todas las figuras femeninas del maestro.
Como corresponde, el programa es muy completo. Grabado en directo en la Lyric Opera de Chicago, incluye arias de cada una de las diez óperas de Puccini (considerando “Il Trittico” como una sola). Existe un precedente para un proyecto de este tipo: las “31 Arias para Tenor” de Carlo Bergonzi, en las que crea un cronológico de los papeles para tenor de Verdi; aunque, que yo sepa, nunca interpretó ese programa fuera del estudio. Radvanovsky, en cambio, asume un riesgo mayor, grabándolo durante una serie de tres conciertos en febrero de 2025.
Para ser claros, el resultado deja sentimientos encontrados, aunque se erige como un maravilloso homenaje a Puccini. En particular, el extenso programa de la soprano estadounidense la lleva de vuelta a papeles de soubrette como Mimi y Musetta, que ya no puede interpretar vocalmente. Su timbre ahora ostenta una firmeza férrea que ya no es compatible con la suavidad de la costurera parisina o Lauretta de “Gianni Schicchi”. En “O mio babbino caro”, por ejemplo, reemplaza el sentimiento con destreza vocal al elevar el clímax en La bemol con bastante despreocupación. Pero esto no significa menospreciar los pasajes más brillantes y la fuerza de las frases. Así, si usted es un fanático de la ópera, va a encontrar los defectos. Sin embargo, a pesar de ellos, representa una impresionante muestra de virtuosismo y, por la magnitud de la empresa, Radvanovsky merece elogios. Estas “Heroínas”, entonces, deben entenderse más como un homenaje que como una antología. l
Simon Lepper impartio una masterclass.Jóvenes cantantes afinaron técnica.
6 Cultura
Semana Santa: entre el sufrimiento y la alegría
P. JOSÉ MIGUEL GENAO DOCTORANDO
EN FILOSOFÍA. UNIVERSIDAD DEL PAÍS VASCO/UASD josemiguelgn10@gmail.com
La Semana Santa es una fiesta cristiana, donde convergen lo religioso y lo cultural. En ella se celebra y se recuerda los últimos días de la vida de Jesús, desde su entrada triunfal en Jerusalén hasta su muerte y resurrección. Esta semana no es sólo recuerdo de lo que en un momento de la historia ocurrió con una persona llamada Jesús, es también actualización, es decir, nos ayuda a interpretar hoy el sufrimiento, la muerte del inocente y la vida.
¿Podríamos saber qué ocurrió en los últimos días de Jesús? José Antonio Pagola en su libro: “Jesús. Aproximación histórica” sostiene que “un dato es seguro, Jesús fue condenado a muerte durante el reinado de Tiberio, por el gobernador Poncio Pilato”. Así nos informa Tácito, el célebre historiador romano en su obra “Annales”. Lo mismo afirma Flavio Josefo en “Antigüedades de los judíos”, pero también añade un dato de gran interés “Jesús atrajo a muchos judíos y a muchos de origen griego y Pilato a causa de una acusación hecha por los hombres principales de entre nosotros, lo condenó a la cruz, los que antes lo habían amado no dejaron de hacerlo” (18,3,2).
Todos estos datos de fuentes no cristiana lo podemos resumir diciendo: Jesús fue ejecutado en una cruz, la sentencia fue dictada por el gobernador romano Poncio Pilato; hubo una acusación previa por parte de las autoridades judías; sólo Jesús fue crucificado; nadie se preocupó de eliminar a sus seguidores. Esto significa que Jesús fue considerado peligroso, porque con su actuación y mensaje, denunciaba de raíz el sistema vigente, pero ni las autoridades judías ni romana vieron en él al cabecilla de un grupo de insurrectos, de ser así había actuado contra todo grupo. Como dato histórico, la fecha probable de su muerte según los estudiosos fue un viernes 7 de abril del año 30.
La muerte de Jesús no es un sacrificio exigido por Dios, sino consecuencia de una vida entregada y comprometida con la verdad, la justicia y la liberación de los oprimidos. Dios no exige la muerte del inocente, al contrario, Dios sufre con el que sufre. Para entender la muerte de Jesús es necesario ver el contexto. Jesús vive en una sociedad marcada por la dominación del imperio romano, con fuertes desigualdades
sociales, y un sistema religioso centrado en el templo de Jerusalén. Como hemos dicho anteriormente, los motivos históricos de su muerte son por varias razones combinadas, religiosas por su crítica al sistema del templo; sociales por su cercanía a los excluidos y políticas el riesgo de agitación popular. Jesús no busca la muerte, se encuentra con ella, fruto de sus opciones de vida y su modo de vivir en favor de los más pobres.
Todos estos acontecimientos nos llevan a recordar a los crucificados de la historia, a tantas personas que mueren, que son perseguidas a causa de sus ideales. Todo esto nos lleva a preguntarnos, por el sufrimiento del inocente ¿Dónde estaba Dios mientras su hijo colgaba en una cruz? O la pregunta que siempre se ha formulado desde los ámbitos filosóficos ¿Por qué si Dios es todo poderoso no evita el mal? La respuesta a estas preguntas es compleja, pero nos recordará el teólogo español Andrés Torres Queiruga en su libro “Repensar el mal. De la ponerología a la teodicea” que en el mundo hay mal, porque el mismo mundo siendo finito produce mal o como afirma el teólogo alemán Martin Lenk en su obra “Buscando a Dios”, la respuesta “al problema del mal y del sufrimiento no viene desde la lógica. Dios no resuelve el problema del mal desde la creación. La respuesta, que Dios mismo da, es otra. Él no está ausente en el sufrimiento, él mismo sufre” (p. 211). Aunque parezca insólito, la verdad es ésta, Dios sigue sufriendo con los que sufren. Hablar del crucificado hoy, es recordar a tantos niños que mueren a causa del hambre y la guerra, a tantas personas que son condenadas injustamente a causa de sistemas corruptos o deficientes.
Pero la Semana Santa no culmina con la muerte de Jesús, se abre paso para celebrar el triunfo de la vida sobre la muerte, culmina en la resurrección. Decir que Cristo ha resucitado es afirmar que Dios ha hecho justicia, no ha dejado en el sepulcro al inocente. La fe cristiana afirma que Jesús ha resucitado, de ahí que el anhelo de todo hombre de querer vivir por siempre como deseaba Unamuno, se hace realidad. Ahora bien, la resurrección no la vemos como una verdad empírica, una verdad demostrable con el método científico es una verdad teológica y vital. El teólogo español Ruiz de la Peña sostiene que “la pregunta ¿Cómo ocurrirá la resurrección? Está mal planteada si se entiende físicamente. La cuestión correcta es ¿Qué significa que el ser humano alcanza su plenitud en Dios? La resurrección es una vida plena, con sentido, junto a Dios, o como decía San
Agustín, “nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en ti”. Podríamos preguntarnos ¿qué significa celebrar la Semana Santa, hoy, en pleno siglo XXI?, sería seguir afirmando que la muerte, el dolor y el sufrimiento no tienen la última palabra. Es afirmar que vale la pena vivir y soñar a pesar de nuestra finitud. Celebrar la semana santa es optar por la esperanza, incluso en medio de nuestras cruces personales, existenciales y sociales. La resurrección es una verdad central en la vida cristiana, que nos lleva a vivir con confianza el futuro. Que podamos vivir estos días como personas resucitadas poniendo en el centro la vida y comprometiéndonos para que haya un mundo más humano. Nuestro mayor aporte será comprometernos para que haya menos su-
frimiento en el mundo.
Cierro la reflexión diciendo: “No hemos nacido para el sepulcro, somos semillas de algo nuevo”.
Feliz Semana Santa. l
Referencias
Josefo, F. (1997). Antigüedades de los judíos. Akal. Lenk, M. (2015). Buscando a Dios. Piezas para una teología filosófica. Editorial Bonó. Pagola, J.A. (2007). Jesús. Aproximación histórica. PPC. Ruiz de la Peña, J. L (1986). La otra dimensión. Escatología cristiana. Sal Terrae. Torres Queiruga, A. (2011). Repensar el mal. De la ponerología a la teodicea. Trotta.
elCaribe, SÁBADO 28 DE MARZO DE 2026 elcaribe.com.do
Central de Datos
Santiago en armas: la gesta que sostuvo la independencia dominicana
“Si el encuentro de la Fuente del Rodeo constituyó el bautismo de fuego de la República, en la batalla de Santiago recibió el sacramento de su confirmación”.
LENIN RAMOS lramos@elcaribe.com.do
Se conmemoran ciento ochenta y dos años de la Batalla de Santiago, acontecimiento en el que se afianzó la independencia de la República y se defendió la causa dominicana; por ello, la Zona Retro evoca este hecho histórico que marcó el destino del país.
Antecedentes
Al dirigir la mirada hacia los últimos días de marzo de 1844, la ciudad de Santiago se encontraba envuelta en rumores. La inesperada retirada del general Pedro Santana hacia Sabana Buey y, posteriormente, a Baní, puso en riesgo la estabilidad de la recién conquistada independencia.
Un documento hallado el 16 de marzo de 1844, en posesión del general Morisset, generó gran inquietud en la Junta Central Gubernativa. En él se recogían las palabras amenazantes del entonces presidente Charles Hérard:
“Usted comandará en persona una columna; pero bajo las órdenes del general de división Pierrot y dirigirá su marcha, con celeridad, sobre Santo Domingo, donde me encontrará”.
El documento continuaba expresando: “Si, contra lo que espero, los dominicanos desconocen el lenguaje de la persuasión, que es y será siempre el que emplearé en toda circunstancia, entonces mi moderación se transformará en una severidad que sorprenderá al universo y que asegurará a Haití una paz profunda y duradera”.
Despliegue inicial de las fuerzas
Mientras el general Jean-Louis Pierrot avanzaba desde Cabo Haitiano hacia Santiago con diez mil hombres, la noticia cayó en la ciudad como una verdadera conmoción. Todo parecía indicar que la plaza caería en manos de los invasores, a menos que ocurriera un milagro.
Las tropas dominicanas apostadas en Escalante intercambiaban disparos con granaderos haitianos, mientras en los campos de La Patilla resonaba el toque de la generala. Por su parte, el comandante Bartolo Aybar convocó a todos los hombres de Las Canas, Palero y Don Juan para que, en un plazo de 24 horas, acudieran a la plaza de San José de las Matas a tomar las armas.
En ese contexto, todas las miradas se concentraban en Santiago. Las fuerzas del general José María Imbert, corregidor de Moca, habían asumido la defensa de la ciudad amenazada.
Mientras tanto, el prócer febrerista Matías Ramón Mella partió hacia San
El general Fernando Valerio, quien logró dispersar a los granaderos haitianos al frente de su columna de andulleros. OGM
José de las Matas junto al padre Ramón de Mena y José Desiderio Valverde, con el propósito de reclutar hombres para garantizar la defensa de la ciudad. En paralelo, el ejército se movilizaba y la alarma se propagaba entre la población.
El anglo-dominicano Teodoro Stanley Henequén y el regidor padre Eugenio Curiel señalaron que la población se había refugiado en las montañas, llevando consigo todo aquello de valor o utilidad. Por su parte, el general Felipe Vásquez reorganizaba las tropas, entre las que se encontraban el batallón La Flor, bajo el mando del comandante Ángel Reyes; el batallón de Sanaba Iglesia, dirigido por el capitán Fernando Valerio; y la brigada de artillería, comandada por el capitán José María López.
Mientras José María Imbert organizaba el plan de defensa de la ciudad, con la construcción de fosos en los fuertes Dios, Patria y Libertad, José Desiderio Valverde disponía las piezas de artillería en esos puntos, lo que contribuyó a elevar nuevamente la moral combativa de los dominicanos.
El general José María Imbert, corregidor de Moca y responsable de las operaciones militares durante la batalla del 30 de marzo.
Primeros enfrentamientos en el campo de batalla
Dos columnas haitianas hicieron su aparición en la Sabana de Santiago, aproximándose a la plaza: una por el camino de Entre los Ríos y otra por el de Navarrete. Según afirmó el doctor Alejandro Llenas, una gran parte de los soldados haitianos, al intentar cruzar el río Yaque, que se encontraba crecido en ese momento, fue arrollada por su propia caballería, provocando que muchos perecieran ahogados.
En esta línea, el ala derecha del ejército invasor intentó penetrar en la ciudad por el camino que bordeaba el antiguo cementerio, pero las lanzas de los andulleros comandados por Fernando Valerio lograron hacerlos retroceder.
El parte de guerra del general José María Imbert señalaba que los haitianos volvieron a atacar con gran intrepidez; sin embargo, el fuego de las piezas dominicanas y las bajas sufridas por el enemigo lograron frenar su avance, provocando la retirada de su caballería, que no volvió a intervenir en el resto del combate.
Poco después, la infantería haitiana lanzó un nuevo asalto, avanzando a paso de carga y en formación cerrada. Según indicó Imbert, fue recibida con igual firmeza por las fuerzas dominicanas, mientras la artillería causaba numerosas bajas, lo que la obligaba a desistir de nuevos intentos por ese flanco y a retirarse para reunirse con la otra columna.
La ofensiva final Asimismo, los invasores concentraron nuevamente sus fuerzas y arremetieron contra las posiciones del ala derecha. El parte de guerra indicaba que, tras permitirles avanzar de frente, “las piezas de la derecha dispararon metralla sobre la masa enemiga, abriendo en su centro un claro espantoso”.
La artillería situada a la izquierda actuó de igual forma, causando una destrucción similar, de tal manera que la vanguardia de la columna, hasta su centro, quedó reducida a unos veinte hombres, quienes fueron finalmente abatidos por los soldados de la batería derecha a fuego de fusil.
El informe señalaba que el enemigo dejó en el campo no menos de 600 muertos y destacaba que, a juzgar por el efecto de la metralla, el número de heridos debió de ser considerablemente mayor.
El general José María Imbert sostenía que el camino recorrido por el ejército haitiano en su retirada “no sería más que un vasto cementerio”, atribuyendo a la protección de la Divina Providencia las grandes pérdidas del enemigo, mientras afirmaba que las fuerzas dominicanas no habían registrado ni muertos ni heridos.
Después del combate
A diferencia de Pedro Santana en Azua, los defensores de Santiago no abandonaron la ciudad tras la victoria; por el contrario, Fernando Valerio y sus hombres persiguieron al general Jean-Louis Pierrot, empujándolo a filo de machete más allá de la frontera.
En ese momento, el presidente Charles Hérard no logró mantener el control de la plaza de Azua debido a la desmoralización de sus tropas y a la imposibilidad de abastecerlas por vía marítima, una vez que la flotilla dominicana tomó posesión de la bahía de Ocoa.
Por su parte, el historiador haitiano Thomas Madiou señaló que Hérard, irritado por la derrota del ejército expedicionario del Norte, ordenó la detención en Cabo Haitiano del general Jean-Louis Pierrot. Sin embargo, Charles Hérard fue destituido de la presidencia tras un golpe de Estado iniciado en Puerto Príncipe por el general del Ejército del Sur Philippe Guerrier. l
General Francisco A. Salcedo. OGM
Ramón Franco Bidó. OGM
crítica arte
LILIAN CARRASCO lilycarrascor@hotmail.com
Primeras páginas del Nuevo Mundo
Hay vidas que no necesitan adornos: son, en sí mismas, una obra de arte. La de Cristian Aníbal Martínez Villanueva — Crismar— es una de ellas.
Presentar “Nuevas páginas del Nuevo Mundo” es, en realidad, recorrer una trayectoria que desborda disciplinas y geografías. Porque, como mismo afirma el autor, “la vocación artística no se hace, se nace”.
Nacido en Santo Domingo en 1939, creció en un hogar donde el arte y la ingeniería convivían con naturalidad. Su padre, Bienvenido Martínez Brea, fue responsable de obras emblemáticas como los estadios Quisqueya, Cibao y Tetelo Vargas, así como el Palacio de Bellas Artes. Pero más allá del concreto, impulsó una idea visionaria: integrar el arte en la vida pública desde la escuela.
En ese ambiente, rodeado de artistas y conversaciones intensas, se formó una sensibilidad temprana. Desde niño construía
estructuras con cajitas de fósforos. Más tarde, su formación en Italia —entre Roma, Vinci y Asís— le reveló una verdad que marcaría su obra, pues sentía que todo está interconectado en el arte y la cultura.
Trabajó en ruinas romanas, exploró la historia desde sus cimientos y entendió el arte como continuidad. Bajo el nombre de Crismar, su obra recorrió ciudades como París, Jerusalén y Tokio. Sin embargo, su regreso a la República Dominicana fue decisivo.
En Santo Domingo ha creado una huella tangible a través del Baluarte del Conde, la Puerta de la Misericordia, la Plaza de la Bandera, espacios del Mirador Sur y los jardines del Faro a Colón. También intervino espacios cotidianos —aeropuerto, bibliotecas, metro— que millones habitan sin conocer su autor.
Pero su mayor búsqueda ha sido otra; la del mundo precolombino. Investigador, gestor cultural y estudioso de la cosmovisión taína, ha dedicado décadas a reconstruir una memoria fragmentada.
Nuevas páginas del Nuevo Mundo responde a ese empeño con el apoyo de Rizek Cacao S.A.S. y Fundación Propagás. No es solo un libro: es un acto de memoria. Una invitación a mirar nuestra historia desde adentro. l
crítica cine
ETZEL BÁEZ etzelbaez@gmail.com
Hollywood y los sueños imperiales
En términos artísticos, es un tipo de filme que punteó una vía diferente a los filmes de guerra de gran presupuesto en USA. Sinopsis: Segunda Guerra Mundial, 1944. Tras el desembarco de los Aliados en Normandía, a un grupo de soldados americanos se le encomienda una peligrosa misión: poner a salvo al soldado James Ryan. Los hombres de la patrulla del capitán John Miller deben arriesgar sus vidas para encontrar a este soldado, cuyos tres hermanos han muerto en la guerra. Lo único que se sabe del soldado Ryan es que se lanzó con su escuadrón de paracaidistas detrás de las líneas enemigas. Pues bien, luego nos enteramos de que se trata de soldados judíos, tal cual el presidente Eisenhower. La narrativa se embarca en mostrar el show de horrores que son las guerras y la falta de toda lógica por su contradicción con el sentido de convivencia que debe primar en el mundo. No obstante, toma muy en cuenta los postulados de imagen en la que afinca la idea fake de que USA solita ganó la guerra. De pasada mencio-
el libro vive
FRANK NÚÑEZ
desde mi ventana
namos qué hizo el Ejército Rojo en el Frente Oriental, desde Rusia para ganar la guerra: derrotó a 607 divisiones de la Wehrmacht; en el Frente Oriental murieron el 73% de los soldados alemanes, el 70% de sus aviones fueron destruidos, el 75% de sus tanques y el 74% de la artillería. Murieron 27 millones de soviéticos para lograrlo, todo para que Hollywood se jacte hasta hoy de que su ejército fue el imponente vencedor de los nazis. —Y es lo que vemos en una miniserie rusa del 1972: Osvobozhdenie (Liberation)—. Pero lo interesante de este formidable filme es que el hecho de recibir una misión muy personal, privada –lo dice el título–, de salvar a un tal Ryan es que ya vemos que nadie está con el supremo ideal de limpiar el mundo del fascismo. Están allí para cumplir con un deber y salir con vida. Esta es la gran dimensión humana del filme: Un oficial que se esconde de su tropa para llorar, un soldado cuyo miedo paralizante hace que mueran varios de sus compañeros, otro soldado cuyo sentimiento de conmiseración para salvar a un niño lleva a que lo maten. Y así es como aprenden que la guerra no permite sentimientos. En Netflix como Saving Private Ryan. l
HHHHH GÉNERO: drama bélico. DURACIÓN: 170 minutos TEMA SENSIBLE: la guerra lleva la semilla de su propia destrucción.
SANTIAGO
ALMADA
franknunez463@gmail.com o
La Agonía del Absurdo, de Ramón Saba
Desde la portada, ilustrada con la obra de la afamada artista plástica Elsa Núñez, Grito de las rocas en el vacío, el nuevo poemario del escritor y publicista Ramón Saba, Agonía del Absurdo, pone al lector ante una novedosa visión de la vida, donde los grandes temores de la humanidad, como es el caso de la muerte, quedan desmitificados y convertidos en fenómenos propios de la existencia. El poeta nacido en Tenares, municipio de la provincia Hermanas Mirabal, en 1948, sueña con lo perenne de la creación estética, más allá de lo finito de la condición humana. Expresa incertidumbres sobre el ser y estar: “Pero donde sí estaré/ es en el alma de un poema”. “Elegía a las víctimas en el Jet Set”, es un poema escrito por Saba en el estilo clásico de la décima espinela, en el que clama por justicia ante una tragedia que todavía mantiene consternada a la sociedad, cuando se aproxima el primer año de su acontecimiento. “Silente mi corazón/ solloza ante tanta pena/ y mi alma desencadena/ tristeza y desazón./ Es más que una indignación/ lo que a mi pueblo estremece/ es un luto que enfurece/ a amigos y familiares/ y en medio de mil pesares/ hasta mi patria padece”.
Abriles anteriores fueron tristes para los dominicanos pero este tuvo una abismal diferencia para el poeta de Tenares. “Otro abril pleno de duelo/ pero este parido en fiesta/ que acabó siendo funesta/ manchando de sangre al suelo. / No existe ningún consuelo,/ más bien existe impotencia,/ pues por la cruel imprudencia/ de los dueños del lugar/ que antes debieron cerrar/ pensando en la consecuencia”.
Así concluye Saba su Elegía: “Postro mi ramo de Olivo/ salpicado de emociones,/ cargado de mil razones/ ante los deudos que hoy lloran/ y a sus difuntos imploran/ mudarse a sus corazones”.
Con prólogo de Omar Messón y epílogo de Juan Galván, Agonía del Absurdo figura en la colección 100 Libros para San Pedro de Macorís, creada en su Octava Feria Internacional 2025.l
salmada@elcaribe.com.do
El bocón
La espontaneidad descontrolada no es una característica que aprecio, más bien me produce un cierto resquemor; me refiero a las personas que en una conversación sueltan una frase sin pensar demasiado, ni en la frase ni mucho menos en su contenido, es el caso del bocón, que, si surge en una charla el tema de “las lolitas”, por ejemplo, se le escucha decir atropelladamente: ¿La del pedófilo ruso ese que seduce a una nena chiquitica?
El bocón es ese tipo de gente que se escuda en frases como: -Ah, yo digo lo que pienso y al que le pique que se rasque… primero, esas personas andan por la vida con una imprudencia que no pocas veces las mete en problemas, y otras tantas les crea dificultades a sus acompañantes; segundo, se trata de gente que tiene muy poca, o ninguna empatía por los demás, tercero, tienen la manía de opinar sobre todo, desde el acelerador de partículas hasta los poemas de Neruda, la energía eólica, las películas de Tim Burton o los cuadros de Picasso.
-¿Qué fue lo que quiso hacer este tipo de la oreja cortada? Mi sobrinita de cuatro años pinta mejor… dice ante una reproducción del “Café nocturno” de Van Gogh, y uno sabe que intentar explicarle la belleza de esa pintura será una total pérdidade tiempo.
Eso sí, cuando se les hacen notar los errores garrafales de las barrabasadas que sueltan por esa “bocafloja” reaccionan airados, como si el derecho a disentir de las tonterías que dicen estuviera negado al resto de los mortales… El bocón tiene otra característica más peligrosa, además de soltar lo primero que le sale de la barriga, porque resulta difícil creer que tantas necedades puedan salir de un cerebro mínimamente pensante, está convencido de ser dueño no de una, sino de todas las verdades. Si el bocón ve que estamos leyendo una novela que él ya ha leído o cuyo final ya le contaron, lo dirá con absoluto desenfado: linda novela, lástima que al final muere el perro, o: me gustó, pero lo malo es que la chica se va con el otro, en el cine, gozará contando el final de la película apenas haya empezado… Un sano consejo que me han dado los años es que evitar a este tipo de personas suele ser lo más saludable para el espíritu, e incluso para el cuerpo… l
Hay que leer dominicano
Lo imperdonable en una novela magistral de Carmen Imbert
SANTIAGO ALMADA
Especial para elCaribe
La jurista, comunicadora y escritora Carmen Imbert Brugal es portadora de un apellido con historia, pero ese no es su único mérito, porque ella ha sabido labrar sus propios pergaminos. Sobrina del general Antonio Imbert Barrera, uno de los pocos sobrevivientes de los conjurados que ajusticiaron al tirano Trujillo, tataranieta de un héroe de la independencia dominicana, Carmen es graduada en Derecho por la Universidad Pedro Henríquez Ureña, donde se desempeñó como docente, también fue profesora en la universidad Unibe y en el Instituto Tecnológico (INTEC), integró el pleno de la Junta Central Electoral hasta 2020, y es conductora del espacio radial El Matutino Alternativo, una tribuna de opinión que alterna música de exquisito buen gusto con la intervención de destacados profesionales del derecho, de la sociología, de la medicina y especialistas en las artes. Es autora de varios libros, Palabras de otros tiempos y de siempre, poemas en los que indaga sobre sentimientos profundos, también de los ensayos Prostitución. Esclavitud sexual y femenina y Tráfico de mujeres. Visión de una nación explotada, y de las novelas Volver al frío y Distinguida señora.
Hace poco menos de dos años Carmen Imbert Brugal puso a circular su obra El imposible perdón, una novela que, si bien se caracteriza por una prosa fluida y sin adornos estilísticos, escrita en un lenguaje llano y objetivo, no por ello resulta fácil de abordar, porque en las situaciones que describe campean sentimientos y actitudes que representan lo más inaceptable de la condición humana, como la cobardía, la delación, el arribismo y todo lo que la sociedad dominicana vivió y padeció durante los treinta años de tiranía bajo el mandato del sátrapa que desangró a este país, situación reproducida y prolongada en otra dictadura posterior, más breve pero igualmente feroz.
El imposible perdón es una historia en la que la venganza aparece retratada como una forma superior de justicia frente a la impunidad que ha caracterizado a todas las dictaduras que se vivieron en este país, donde muy pocos responsables de torturas, desapariciones y muertes han enfrentado la justicia por sus crímenes.
El protagonista masculino de la novela se llama Santiago Esán Valdez, un funcionario del régimen cuyo mandante todopoderoso es fácil de intuir, aun-
que nunca es mencionado por su nombre, que comienza en su juventud a trabajar en una oficina burocrática del Estado y después va ascendiendo en la estructura y en algún momento tiene un enfrentamiento con un general de apellido Rivas, lo que representa el comienzo de su desgracia en un gobierno en el que la delación, el control y el espionaje interno eran la norma.
Esán Valdez es interrogado por los servicios de inteligencia solo por haber dicho algo que alguien escuchó que dijo, ese hecho, que desata el miedo, el mismo terror en el que vivía la mayor parte de la población dominicana de aquellas épocas, lo lleva a vigilar su entorno de una manera enfermiza y patológica, al punto de que llena varios cuadernos con anotaciones de todo cuanto hacen sus vecinos, anotaciones que son revisadas por los mismos servicios de inteligencia del régimen.
A partir de ese momento aquel funcionario que tenía una casa lujosa, donde daba fiestas y agasajaba a los acólitos y lambones que se le acercaban en busca de algún beneficio o simplemente por quedar bien con un funcionario del gobierno de entonces, cae en desgracia, los “amigos” desaparecen, ese hombre que era un poderoso burócrata comienza a quedarse solo, mientras ese régimen de terror, ya reemplazado
por otro igualmente feroz y represivo, comienza a desmoronarse.
Entonces empiezan las misteriosas llamadas telefónicas de una voz femenina que le cuenta que lo vio, dónde lo vio, y le pregunta si la recuerda, pero también le cuenta todo lo que vivió durante el tiempo que estuvo presa, cómo fue torturada y violada en esa cárcel cuyo nombre nunca se menciona, pero para los que conocemos la historia dominicana se parece muchísimo a un centro de tortura donde un cortesano de triste memoria hizo levantar después una iglesia.
Cada llamada de la muchacha es como una reafirmación de la ignominia en la que transcurrió la existencia gris, vacía y despreciable de ese hombre cuyo único “mérito” fue servir a una tiranía, con la justificación de que “cumplía órdenes” y cuando cayó en desgracia trató de recomponer su imagen ante una estructura criminal que ya lo había desechado y escupido, como un molesto catarro que se arroja para que desaparezca en el polvo de la calle o en alguna cuneta de aguas negras. Como esas llamadas lo enfrentan a su infame condición de delator él teme al principio que otras personas puedan tomar el teléfono y escuchar el relato de esas torturas y vejaciones, de ese maltrato que sometió a seres humanos a suplicios peores que la muerte, eje-
cutados por verdugos tan repugnantes como él mismo, que apenas se diferenciaba de ellos en que, en lugar de torturar, delataba y condenaba.
La protagonista de las llamadas solo se da a conocer al final, pero durante cada llamada simplemente narra todo el sufrimiento al que fue arrojada por la simple mención de Esán Valdez, aunque ella siempre lo llama por su nombre y de una manera respetuosa, jamás lo insulta ni le menta la madre ni nada parecido, solamente lo llama don Santiago.
La falsa redención de esa muchacha comienza cuando uno de sus torturadores se enamora de ella y la saca de ese centro de tortura para llevársela como su mujer, una redención falsa porque si bien la jovencita salva su vida, esa inocencia juvenil, esa capacidad de soñar que es propia de todos los adolescentes, quedaron sepultadas bajo capas de sufrimiento, de angustia y de dolor por repetidas violaciones y castigos físicos.
Mientras Esán Valdez vive un periodo de prolongada decadencia, la joven se convierte en una administradora eficaz de las mercancías que el verdugo que resolvió su rescate acopia para el conveniente reparto en cada campaña electoral, típico funcionamiento de una estructura clientelista que compra votos con dádivas de ropas y comida. Ella tiene una casa confortable, consigue un trabajo, logra la aceptación y el respeto de la gente que la ve como una gestora de un gobierno que se parece a todos los gobiernos, porque en este país siempre ha sido así.
Esán Valdez se queda solo en esa casa destartalada, con los muebles desbastados y carcomidos, mientras las llamadas se van espaciando porque ese hombre ya ni siquiera es un ser humano, posiblemente nunca lo ha sido totalmente en el verdadero sentido del término, solo que ahora, sin dinero, sin poder, sin ganas de vivir, convertido en un guiñapo, envejecido y abandonado, es acaso el resultado que persiguieron esas llamadas, en una venganza sutil pero implacable que termina en el momento en que la muchacha se detiene frente al número de esa casa, cubierto por larvas de gusanos, mientras mentalmente se pregunta si él será capaz de recordarla.
El desgaste, la caída, la lenta aniquilación que vivió Santiago Esán Valdez desde que comenzaron esas llamadas telefónicas nos hace pensar que sí, que, aunque él nunca pronuncie una sola palabra mientras ella es la que habla, la recuerda perfectamente, enfrentado a su detestable condición de delator que por cobardía fue capaz de enviar a una muchacha adolescente al más terrible de todos los infiernos. l
«Quítate tú pa´ponerme yo».
Le dijo la salsa al son (1 de 3)
ANTONIO GÓMEZ SOTOLONGO
Especial para elCaribe
En este artículo, que por su extensión será publicado en tres entregas -y si no lo puedes leer ahora guárdalo para que lo leas después-, describiré las condiciones que hicieron de La Habana el centro de la música popular en el Caribe, y de cómo esa hegemonía la perdió durante la segunda mitad del siglo XX. En esta entrega número 1 repasaré la importancia de la posición geográfica y las corrientes marinas, descubiertas por Cristóbal Colón, en la conformación de las rutas marítimas que enlazaron a Cuba con el resto del mundo, condición indispensable para el desarrollo posterior que tuvo la Isla. Mostraré la importancia de la gran bahía de La Habana y la pronta conformación de una clase rica dispuesta a emplear sus capitales en la construcción de teatros, academias de música, y sociedades de recreo.
Primero lo primero
Una gran parte de la historia de la música en Cuba ha estado sepultada, como lo estuvieron las riquezas de Pompeya y Herculano bajo las cenizas del Vesubio. Sin embargo, la música popular profesional cubana estableció su hegemonía en los mercados durante la primera mitad del siglo XIX, y esto tuvo sus causas; entre otras, en la calidad que alcanzaron las orquestas, intérpretes y compositores de las danzas cubanas desde las primeras décadas del siglo XIX, lo que fue posible por la existencia en Cuba, y fundamentalmente en La Habana, de profesores criollos y extranjeros de un alto nivel académico, de sociedades de recreo en las que se impartían clases de música, teatro, pintura, de casas de música en las que se comercializaban métodos para el estudio de los diversos instrumentos y se vendían instrumentos de todo tipo, así como partituras, y en las que también se presentaban habitualmente conciertos con aficionados y profesionales. Todo esto en un medio donde existía un mercado que demandaba los productos de la música profesional. Así que, para poder comprender la devastación que sufrió el mercado de la música cubana durante la segunda mitad del siglo XX, es imprescindible, aunque sea en una muy apretada síntesis, mencionar las condiciones que propiciaron el vertiginoso mercado de la música cubana desde el siglo XIX y hasta la primera mitad del siglo XX.
Llave del Nuevo Mundo y Antemural de las Indias Occidentales
La posición geográfica de Cuba, en la ruta de las corrientes marinas que permi-
ten la navegación de ida y regreso entre Europa y las Antillas, y la existencia en La Habana de una bahía de grandes proporciones, capaz de proteger a cientos de naves de los temidos huracanes y de corsarios y piratas, propiciaron que el puerto de la capital de la isla se convirtiera en el más importante de América durante los siglos del descubrimiento, conquista y colonización. Esto originó que, en 1561, la corona dispusiera la concentración en La Habana de las naves que viajaban hacia Europa, por lo que la capital de la isla recibió mares de cantos y bailes durante siglos. Esta sería una de las premisas para que allí se consolidara una clase adinerada que disfrutaba de las diversiones que se presentaban en las grandes urbes de entonces, y se fundaran con premura en la capital cubana academias, teatros, casas de música, salones de baile, imprentas de partituras y todo lo que el mercado del entretenimiento requería.
Los teatros desde finales del XVIII
En 1775 la ciudad tuvo su primer teatro, El Coliseo (1775-1846), al que le siguieron, entre otros, el Diorama (1828-1846), el Gran Teatro de Tacón (1838), El Circo Habanero —llamado Villanueva— (1847-1868), el Albisu (1870-1918), el Payret (1877-2013), el Irijoa —llamado después Teatro Martí— (1884), el Teatro Alhambra (1890-1935) y el Auditórium (1929-1977). En cada uno de ellos
los commodities más preciados fueron, por supuesto, la música, y entre estos los más sonados fueron los géneros de la música popular profesional cubana. El último teatro que se construyó en La Habana fue el Blanquita, en 1950, que por sus dimensiones y modernidad fue comparado con el Radio City Music Hall de Nueva York.
En los escenarios habaneros hubo ópera, vaudeville, zarzuela, comedia, drama, y cantantes, actores y actrices de primer cartel; se escucharon algunos de los concertistas más aplaudidos en las salas de Europa y los Estados Unidos y los más populares artistas del espectáculo, conformándose en este proceso una tradición y un bagaje cultural propicios para quienes iniciaron el cine (1897), la radio (1922) y la televisión (1950).
Las academias desde la primera mitad del siglo XIX
En 1832 Federico Edelmann (1794-1848), un prestigioso pianista francés, llegó a La Habana. Allí ejerció como concertista y profesor de piano, y en 1836 fundó la imprenta Edelmann y Cía. Edelman tuvo entre sus alumnos a Fernando Aristi (1828-1888), Manuel Saumell (1817-1870) y Pablo Desvernine (1823-1910), quienes serían a su vez intérpretes de primer cartel y profesores de música. En 1843 llegó a Cuba el pianista José Miró (1815-
1878), que impartió clases, entre otros, a Nicolás Ruiz Espadero (1832-1890), quien sería un virtuoso pianista y maestro de Ignacio Cervantes (1847-1905), Cecilia Aristi (1856-1930) y Angelina Sicouret (1880-1945).
En 1885 el profesor y compositor holandés Hubert de Blanck (1856-1932) fundó el Conservatorio Nacional. Le siguieron el Conservatorio Falcón, del pianista Alberto Falcón (1873-1961); el Conservatorio de Música y Declamación, de Carlos Alfredo Peyrellade (1840-1908); el Conservatorio Orbón, del asturiano Benjamín Orbón (1879-1944), que tuvo más de cien filiales por toda la isla y gozó de tal rigor académico que sus títulos tenían valor oficial; y la Escuela de Música O`Farril, fundada en 1903 por Guillermo Tomás (1868-1933), que se convertiría en el Conservatorio Municipal de La Habana.
Haciendo la América crearon academias, educaron a músicos que alcanzaron altos estándares técnicos en la ejecución de sus instrumentos, y contribuyeron a divulgar y actualizar los repertorios tanto técnico-docentes como artísticos entre estudiantes de música, músicos profesionales y público. Llegaban por muy diversas razones, pero después de la conquista y colonización y después, durante la República, la principal razón por la que un músico hacía la América en Cuba era porque en La Habana, Matanzas y Santiago de Cuba, y eventualmente en cualquier otra ciudad de la isla, podía tocar, cantar y enseñar como se enseñaba la música en los más prestigiosos centros de enseñanza de los Estados Unidos y Europa. Los estudios académicos tuvieron, pues, el aporte de los músicos que llegaron a la isla a «hacer la América», y, a través de ellos los cubanos conocieron las técnicas de interpretación y composición, se convirtieron en estudiantes de mérito y muchos de ellos asistieron a prestigiosos conservatorios de Europa y los Estados Unidos. Este proceso de enseñanza y aprendizaje duró al menos dos siglos, por lo que en la primera mitad del siglo XX La Habana contaba con artistas que asombraban a los más exigentes públicos y críticos. (Continuará en 2 de 3)
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(*) Historiador. Master en investigación musical por la Universidad Internacional de Valencia, España. Miembro Correspondiente de la Academia de la Historia de Cuba en el Exilio (AHCE). Licenciado en Música por la Universidad de las Artes de Cuba. Contrabajista Principal de la Orquesta Sinfónica Nacional de la República Dominicana.
Correo-e: agosto_ultimo@yahoo. com l
elCaribe, SÁBADO 28 DE MARZO DE 2026 elcaribe.com.do
Minifi cciones de Luis Reynaldo Pérez
VALENTÍN AMARO
Especial para elCaribe
Nuestro invitado en esta entrega de “Espejo de tinta”, es Luis Reynaldo Pérez (Santo Domingo, República Dominicana, 1980). Poeta y editor. Ha publicado, entre otros, los poemarios Temblor de lunas (2012, 2024), Urbania (2013), Ciudad que alucino (2016, 2024, 2026), Mar nuestro de cada día (2020), Evangelio según Crucita Yin (2021) y Me crece tu nombre como un fruto de agua (2024). Además, los poemarios infantiles Lunario (2014), Día de lluvia (2017) y Cuaderno de animales (2020). Ha publicado también las colecciones de minificción Fractal (2020), Golosinas (2020) e Inventario de sangre (2020); la micronovela Restos de un naufragio (2025) y la colección de relatos Infames (2024). Ha recibido, entre otros, el Premio único del I Concurso Nacional de Haiku (2011) y el Premio único de Poesía de la Fundación Global y Democracia (2012).
Parte de su trabajo literario ha sido traducido al japonés, inglés, francés,
creole e italiano y publicado en revistas y antologías nacionales y extranjeras. Todavía recuerdo aquella tarde en que conocí a Luis Reynaldo Pérez en el Taller Literario Litervolución: traía en los ojos la inquietud del cronista y en el gesto ese aire de duende insomne que parecía no encontrar reposo en ninguna parte. El paso de los años, lejos de diluirlo, ha reafirmado esa presencia suya hecha de intensidad, lucidez y una sensibilidad siempre alerta ante las fisuras de la realidad. En las minificciones que presentamos en esta entrega, la violencia aparece como una maquinaria deshumanizadora que reduce la vida humana a un objeto prescindible dentro de escenarios de guerra, represión y crimen organizado, dejando al descubierto la fragilidad de toda ética cuando el poder se impone como ley absoluta. En estos textos, la obediencia ciega y la lógica del mando arrastran a los ejecutores hacia un ciclo de muerte, culpa y degradación moral del que ya no pueden escapar, convirtiéndolos también en víctimas de su propia ferocidad.
POSTAL DEL ÚLTIMO INSTANTE
La camioneta se detiene en un descam-
vez de manera definitiva, empujado por las balas que le disparan a mansalva. Acoran las armas, todavía calientes, contra el tronco de un árbol y comienzan a palear la tierra sobre el cadáver que, bajo esa lluvia negra, va desapareciendo. Solo queda una cruz de palo mientras la camioneta se pierde en la polvareda llevando a los hombres hasta otras guerras, hasta otros muertos.
DEVUELTA
¿Te acuerdas viejito de aquellos días de bohemia en la Zona Colonial? Siempre salías con la intención de cazar una gringa para ligar tu visa e irte pa’ los nuevayores a hacerte rico. Comprabas una tercia de ron donde Hugo y de ahí te ibas para un motelito de la Duarte con la victima de la noche.
A veces no terminabas la botella porque aparecía la clave aquella en el bíper y te tocaba salir a hacer tu trabajo: defender a la patria.
Estás ahí coño, lleno de mierda y con la baba en caída libre de la boca al pecho. Recuerdas la vitalidad que tenías cada vez que interrogabas a un carajito de esos que creían que con discursitos iban a derrocar al gobierno.
¿Cómo carajos te encontraron? Tanto trabajo para desaparecer, para ser un fantasma. Buscaste una invisibilidad que te permitiera vivir una vejez larga y placentera, la que no vivirán esos muchachos que cayeron en tus manos.
Te cayó de sorpresa, no lo habías visto nunca pero su rostro te recordaba a alguien.
Ahora, tirado en esta cama de hospital en la que vegetas, intentas una mueca parecida a una sonrisa mientras piensas que la vida te devuelve con tus propias monedas.
CRUCES
pado. Los hombres se desmontan y se cuelgan las metralletas a la espalda. En la parte trasera, ovillado, otro hombre yace con las manos atadas. El sol aguijonea el día y el sudor caído de las frentes dibuja monedas sobre el suelo yermo. Los captores toman agua mientras el prisionero muere por probar una sola de esas gotas que caen a la nada. Lo desamarran y le dan a beber un sorbo. Lo desmontan y, a seguidas, uno de ellos le pasa un pico y una pala y le señala un lugar. El otro saca un machete y comienza a caminar en dirección a una arboleda. Al poco rato regresa con dos trozos de madera y amarrándolas con un pedazo de soga hace algo parecido a una cruz. El hombre se aferra al pico como si fuera un madero sobre el mar. Comienza a cavar. Al poco tiempo desfallece y cae de bruces. Los hombres lo ponen de pie con brusquedad. Lo amenazan con torturarlo, si no termina de cavar el hoyo. Se sientan a la sombra a charlar sobre los resultados del juego de beisbol de la noche anterior mientras, el condenado, saca fuerzas de donde no las tiene y va abriendo el hoyo que le pidieron. A duras penas termina y, con esfuerzo, sale de la tumba que ha cavado para caer, esta
Tienes tatuadas trescientas cruces, una por cada uno de los que asesinaste con tus propias manos. Pero si te hubieses hecho un tatuaje por cada crimen que decidiste, serían necesarios los cuerpos de dos o tres hombres de contextura normal para darle un espacio de memoria a cada muerto que recibió a la parca por una orden tuya.
Alguna vez confesaste que muchas de esas cosas que hiciste te dolieron, pero en el mundo de los cárteles hay dos clases de gente: los que obedecen y los que mandan, y tú eras de los que obedecían. Como aquella vez en que el patrón te ordenó asesinar a tu propia hembra porque estaba pasándole información a los antidrogas. Estuviste tres días sin verla porque no tenías el valor para matarla. Mandaste a cinco de los muchachos para que la ejecutaran. Que simularan un asalto, les dijiste, y que lo hicieran rápido.
En la prensa viste su cadáver tirado en una esquina cualquiera de la ciudad. Ese día comenzaste a morirte en vida y a pensar que no valía la pena seguir respirando sin ella.
Por eso tu cuerpo se tambalea anudado a esta sábana sucia que lo sostiene mientras las miradas te interrogan. La respuesta es sencilla: no aguantaste el peso de tanto muerto en tu conciencia..l
VÍCTOR CORAL
Especial para elCaribe
Puedo suponer que el interés por la poesía de un creador tan magnético como Conrad tiene algún tiempo en tu radar personal. Cuéntanos, más bien, cómo surgió la idea en la editorial de publicar su poesía.
Pues te cuento que el recorrido de estas versiones es ligeramente bizarro. Conrad y yo somos contemporáneos (él de 1966, yo de 1964), y esa proximidad hacía remota la posibilidad de que lo tradujera alguna vez, y menos a nivel de libro, debido a que he preferido por lo común verter a nuestro idioma poetas de camadas anteriores a la mi franja etaria. El de mayor edad, si no yerro, es Richard Kenney, quien nació en Nueva York en 1948.
Así que la propuesta me llegó directamente del reconocido poeta y académico chileno Yanko González Cangas, director de las Ediciones de la Universidad Austral de Chile, además de querido amigo. Yanko es un lector curioso y acucioso y, por alguna razón que solo él conoce en su fuero interno, le parecía –y así me lo comunicó vía llamada– que resultaría interesante si yo le pusiera voz a Conrad, y publicarlo en esa riquísima colección que es Caballo de Proa, en la que importa tanto el traducido como el traductor. Me sentí sumamente honrado.
Una vez asumida la misión, lo que no esperaba es que su imaginario fuera tan potente y su inmersión en el oficio tan singular y novedosa. Todo un impacto. Poemas sueltos suyos traducidos previamente proyectaban una luz parcial del estallido (de paso, hago constar mi reconocimiento a sus autores: el argentino Jacob Steinberg, el chileno Carlos Soto Román y el mexicano Román Luján).
Los intercambios con Conrad fluyeron con naturalidad, y la aventura inmersiva en su estética y mundología me nutrió bastante. Y así tenemos a desviado, un libro al que hubo que extirparle casi 40 páginas, pues tan extasiado estuve traduciendo que me excedí los límites.
Algo que define a la poesía de Conrad es los (Soma)tic Poetry Rituals. ¿Puedes definir esta propuesta brevemente para conocimiento de nuestros lectores?
Sí, claro. La poesía (somá)tica es, ante todo, una práctica. “La poesía (somá) tica es una praxis que he desarrollado para involucrarme más plenamente en lo cotidiano a través de la escritura”, declara Conrad en el Manifiesto del derecho a manifestarse, Introducción a los ejercicios de poesía (somá)tica y los poemas resultantes con que abre Una hermosa tarde marsupial (2012).
En la Filadelfia de 2005, tras una epifanía, una súbita iluminación, el poeta dedujo que “necesitaba una nueva relación con el tiempo”, y así creó los Rituales de Poesía (Somá)ticos, “para anclarme en el presente, creando lo que yo llamo un presente extremo, lo que significa que no puedo pensar en nada más que en lo que tengo delante”.
No deberíamos asumir en su contexto lo “somático” como en los ámbitos médico y psicológico, como tampoco en el sentido sintetizado de lo perteneciente o relativo a la parte material o corpó-
León Félix Batista traduce a CAConrad
rea de un ser animado, pues “soma es una palabra indo-persa que significa «lo divino». Y somático es griego. Su significado se traduce como «el tejido» o «el sistema nervioso». El objetivo es fusionar soma y somático, mientras se triangulan los patrones de experiencia con el mundo que nos rodea”, continúa detallando Conrad en el Manifesto. El trámite consta de los ejercicios (somá)ticos y los poemas que de ellos se derivan, considerándose ambos textos el poema, complementado. Tal vez sea sólo una divagación sonora, pero leo ese magnífico poema “Visitar a un ser vivo para comer lo que cae de su cuerpo” y siento la voz, la presencia, en cierto grado, de Ginsberg… No creo que andes muy descaminado. Como detallo en el prólogo, Conrad resulta inubicable. No se ajusta a ninguna de las generaciones que sobrevinieron después del eje Pound-Eliot-Williams. No es Beat ni confesional, ni Language ni ecopoeta, sino que se inscribe en una corriente interdisciplinaria que desafía
las formas convencionales del verso, incorporando rituales, corporalidad y magia como parte del proceso creativo y combinando lo confesional, lo político y lo visionario.
Pero es obvio que abreva, como cualquiera, en distintos manantiales. En las páginas de El libro de Frank, su primero, Conrad lucha con sus demonios internos, catalizando de forma sublimada el duelo por el asesinato de su novio, y así se acerca a lo confesional. La disposición formalmente tortuosa, sinuosa, ensortijada de muchos de sus poemas le puede parecer a algún lector un dejo Language. La ecopoesía no es lo suyo, y aun así escribió Ecodesviación: (Somá)ticas para el futuro agreste, en el 2014, el cual ha sido descrito como un “silabario subversivo para una ecopoética queer”, y en ese aspecto es cercano a poetas que exploran la relación entre cuerpo, entorno y lenguaje como forma de resistencia. Se puede decir que Conrad desarrolla una vanguardia queer y ritualista, con fuertes vínculos con la poesía performa-
tiva, ecológica y espiritual. Yo creo que en lo queer y en el performance navega cerca de Ginsberg.
La retorcida belleza de “Denise Levertov contra Bruce Lee” me conmovió y me asombró. Entendí, una vez más que hay un espacio para sensibilidades otras, y que estas otras tal vez son las mismas, pero como cargadas de otro signo, como partículas cuánticas reconocibles pero que exigen una mente abierta para ser asimiladas (ojo con el verbo). Me parece uno de los mejores poemas del conjunto.
¡A mí también! La conjugación de efectos muy dispares en ese texto es simplemente mágica, como aquello de leer en voz alta en un cementerio un poema de Denise Levertov teniendo como coro de fondo los chillidos marciales de Bruce Lee. “Los mejores rituales son aquellos en los que se cuela lo inesperado” se dice allí. Y el “Poema como tormenta, no como refugio”, resultante de las notas tomadas en el ritual, es también bastante bueno.
Cuéntanos un poco de tu labor como traductor. Qué poetas has traducido hasta el momento y, sobre todo, qué tan difícil, laborioso, estimulante, etcétera, fue traducir a Conrad.
Primero lo primero: hasta hace poco, siempre traduje por impulso, estimulado por saber cómo sonaría la voz de un poeta X en mi oído-lengua. Conrad ha resultado ser mi primera traducción, digamos, por encargo; pero me ha sobrecogido hacerlo, pues se trata de un poeta formidable, del que seguiremos oyendo hablar por mucho tiempo.
He traído a mi español caribeño poemas de –entre quienes recuerdo– David Antin, John Ashbery, W. H. Auden, William Blake, Raymond Carver, Guy Davenport, Clayton Eshleman, Lyn Hejinian, Richard Kenney, Ted Hughes, Philip Lamantia, Marlene NourbeSe Philip, Ezra Pound, Adrienne Rich, James Schuyler, Charles Simic, Charles Tomlinson, Derek Walcott, Charles Wrigth, y de varios más.
Versionar a CAConrad no ha sido más ni menos complicado que versionar a otros: mi “método” consiste en, primero, impregnarme del discurrir poético original, y después tratar de domar el potro, pero con mis propias bridas. l
Hay una duda que, tarde o temprano, visita a todo lector serio: ha leído mucho, pero ha retenido poco. Los libros pasan, se acumulan, dejan un rastro impreciso, y uno descubre que la memoria literaria es menos fiel que la emoción del instante, ese momento después de sacar el libro de los estantes de Cuesta Librería. Recordamos la impresión, no la idea; el tono, no el argumento. En ese punto, la lectura deja de ser costumbre y empieza a volverse examen. Sin darse cuenta, uno entra en la crítica.
No la crítica académica ni el gesto de autoridad que reparte juicios, sino algo más íntimo: una conversación silenciosa con los libros. Una forma de volver sobre lo leído, de demorarse. Porque releer no es repetir, sino comprender de otro modo. De ahí que los buenos escritores hayan sido, casi siempre, buenos críticos. No por afán de dictar sentencia, sino por necesidad de entender. Paz lo fue. Borges también. Incluso Vargas Llosa, en sus mejores páginas, ha ejercido esa lucidez que nace del análisis atento. Basilio Belliard pertenece a esa línea. En su último libro, El centauro y el búho, no hay tratado ni manifiesto. Hay algo menos solemne y, por eso mismo, más exigente: el registro de una inteligencia que ha convivido largo tiempo con la literatura y que ahora intenta ordenar esa experiencia sin volverla rígida, en un libro azul que guarda en su portada una pintura de su amigo, el pintor haitiano Franketienne.
Aquí ejercer la crítica —como sugiere el propio Belliard— es una tarea de equilibrio. Supone combinar rigor y claridad, información y estilo, sin caer ni en la sequedad conceptual ni en la confusión. Hay en ello algo de oficio delicado, casi de equilibrista: sostener el pensamiento sin perder la respiración de la escritura. La crítica, entendida así, exige inteligencia, pero también imaginación y un placer genuino por los libros. Sin eso, se vuelve técnica. O peor: ruido.
El título del libro no es casual. El centauro encarna el impulso y el símbolo del ensayo: mezcla de intuición y pensamiento, libertad que se resiste a las formas cerradas. El búho, en cambio, representa la mirada atenta, la paciencia reflexiva y la filosofía. Belliard se mueve entre ambos sin decidirse del todo, como si entendiera que la crítica verdadera necesita esa doble lealtad: a la imaginación y a la disciplina.
El volumen reúne ensayos sobre escritores dominicanos, aunque leerlo como una simple colección sería reducirlo. Hay algo más: un mapa afectivo de la literatura nacional. Los nombres que aparecen —Plinio Chahín, José Mármol, Pedro Mir, Soledad Álvarez, Jochy Herrera, Nan Chevalier, Bruno Rosario Candelier, entre otros— no como figuras inmóviles, sino como presencias vivas dentro de una conversación continua. La literatura aquí no es archivo: es trato vivo de la literatura contemporánea.
En ese recorrido destaca una crónica dedicada al fallecido escritor y amigo del autor, Rafael Lantigua, donde la crítica se vuelve memoria personal sin perder su sobriedad. La amistad aparece como una forma de lectura compartida. No se trata solo de recordar a un escritor ido a destiempo, ni de consignar el dolor por la pérdida de un compañero de viaje, sino de mostrar cómo la literatura se inserta en la vida de ambos y crea un vínculo que sobrevive al recuerdo y a la muerte. Aquí el escritor escribe con dolor, pero también con claridad, y deja ver un sentido de la amistad y del agradecimiento poco frecuente en este mundo literario.
En este libro de crítica literaria el autor, sin embargo, no dicta sentencias ni se ampara en un aparato teórico. Su método parece simple: leer con atención y
escribir con claridad. Pero esa simplicidad exige una confianza poco común en la experiencia directa de la lectura. Supone creer que es posible reconocer lo esencial sin necesidad de imponer un sistema previo. En tiempos donde la crítica suele refugiarse en jergas o metodologías rígidas, esa elección resulta casi una forma de resistencia.
Hay además una idea que atraviesa el libro con discreción: la crítica no es solo interpretación, es también creación. No nace únicamente de una teoría o de una metodología, sino de una experiencia de lectura que se prolonga en la escritura. En ese sentido, Belliard se acerca más al periodismo literario que al academicismo. Prefiere el contacto vivo con el texto, el placer de la lectura, la admiración por la obra bien hecha.
El libro alcanza su mejor tono cuando se detiene en la poesía. Allí su escritura se vuelve más precisa, más contenida. No intenta explicar el poema —empresa siempre sospechosa— sino rodearlo, acercarse a su temperatura interior. Hay en ese gesto algo que no siempre se encuentra en la crítica: respeto. No el respeto formal, sino el que nace de conocer la dificultad del oficio.
También se percibe una convicción sobria: la literatura forma parte de la vida intelectual de un país. No es adorno ni lujo. Es una manera de pensar la his-
toria, la identidad y hasta las zonas más incómodas de la memoria colectiva. Belliard observa ese proceso sin grandilocuencia, consciente de que las tradiciones no se decretan: se construyen lentamente.
Quizá lo más valioso de El centauro y el búho no esté en lo que afirma sobre cada autor, sino en lo que provoca. Cada ensayo abre una puerta. Invita a volver a los libros con otra disposición, con más atención. Y esa sigue siendo la función más honesta de la crítica: no cerrar interpretaciones, sino despertar la curiosidad. Al final, el libro funciona también como un autorretrato. Aparece un lector constante, un ensayista que ha encontrado su tono y un crítico que no necesita imponerse para ser escuchado. En un medio donde la opinión suele confundirse con rapidez, esa serenidad resulta poco común.
Se podría decir que Basilio Belliard es una de las voces críticas más firmes y aventajadas de su generación, y que se convirtió en un escritor esencial de este tiempo. Lo que queda, al terminar de leer El centauro y el búho, es algo más sencillo: la sensación de haber sostenido una conversación sin prisa con alguien que ha leído mucho, que recuerda lo necesario y que, sobre todo, ha aprendido a pensar lo que lee. Y eso, en literatura, sigue siendo una forma de elegancia poco común. l
Basilio Belliard es un escritor esencial de este tiempo. F.E.
NOVELA
POR ENTREGAS
Amarilis y el poeta
Una historia de amor, raíces y espíritus en la frontera caribeña
BASILIO RODRÍGUEZ CAÑADA
Especial para elCaribe
Capítulo 1. Encuentro en la feria
La primera vez que vi a Amarilis JeanBaptiste fue entre estantes y murmullos, en uno de esos pabellones de la Feria Internacional del Libro de Santo Domingo que parecen más un laberinto que un recinto cultural. Yo acababa de terminar una lectura breve —apenas cinco poemas, mi aportación a una mesa compartida con otros jóvenes autores— y me sentía liberado, casi ligero, como quien ha terminado un examen que lo mantenía en tensión.
Me ofrecieron un vaso de agua fría y me dejé llevar por el vaivén de los pasillos. Allí, entre el bullicio, la vi. No era su aspecto lo que más llamaba la atención, aunque su belleza era evidente: piel oscura y luminosa, labios gruesos, ojos intensos que parecían reír incluso antes de hacerlo. Lo que me atrapó fue la serenidad con que sostenía los libros, como si cada ejemplar tuviera un secreto íntimo reservado para ella.
Me acerqué con la torpeza del forastero y ella levantó la vista.
—Tú eres el poeta español, ¿no? —preguntó con una sonrisa ladeada. Asentí, sorprendido de que me reconociera.
—Leí tu poema en el programa de la feria —continuó—. El de “las ciudades que se disuelven en los espejos”.
Sentí una punzada de rubor. Nunca había imaginado que alguien, aquí, al otro lado del océano, se detendría en esas líneas.
—Soy Amarilis —se presentó, tendiéndome la mano con firmeza—. También escribo.
La conversación discurrió como un cauce natural. Ella me habló de su primer libro de cuentos, publicado por una editorial local, y de cómo había crecido en un pueblo cercano a la frontera con Haití, donde su madre y su abuela la llenaban de historias y cantos desde niña.
—La escritura fue mi forma de que esas voces no se apagaran —dijo—. ¿Y tú? ¿Por qué escribes poesía?
La pregunta me desarmó. Nadie me la había hecho de ese modo, directo y sin solemnidad.
—Creo que escribo para recordar lo que no sé explicar —respondí al fin—. Como si el poema fuera un espejo torcido donde lo innombrable se refleja. Ella rio suavemente.
—Eso suena a poeta, sí. Pero aquí la palabra no siempre se refleja: aquí la palabra baila, canta, hasta cura.
La frase me intrigó de inmediato, aunque no quise insistir. Intuí que aquel misterio se revelaría en su momento.
Durante los días siguientes, nos encontramos una y otra vez en distintos
eventos. A veces coincidíamos en presentaciones, otras en conferencias, y pronto empezamos a buscarnos sin necesidad de palabras.
Me mostró rincones de la feria que yo no habría descubierto: los estands de literatura afrocaribeña, las ediciones bilingües en creole, los pequeños sellos independientes que publicaban voces jóvenes.
Una tarde, mientras caminábamos por la Zona Colonial, me contó que estaba trabajando en un nuevo libro, una mezcla de cuento y crónica, inspirado en las historias de su pueblo. Yo le hablé de mis inseguridades, de lo difícil que era escribir poesía en un mundo que parece devorar las palabras.
Ella me escuchaba con paciencia, y cada tanto me soltaba una pregunta inesperada, como quien abre ventanas:
—¿Y qué escribirías si no te preocuparas por la crítica?
—¿Has pensado en leer en voz alta tus poemas en un batey, acompañado de tambores?
Eran ideas que descolocaban, pero también despertaban en mí una curiosidad nueva.
La chispa, sin embargo, se encendió una noche en el Malecón. Caminábamos junto al mar, con la brisa húmeda y el rumor de las olas como fondo. Los vendedores ambulantes ofrecían maíz, dulces, botellas de ron barato. La ciudad parecía vibrar en mil capas.
Nos detuvimos frente al océano. Ella se quedó en silencio largo rato, como si escuchara algo que yo no podía oír.
—¿Sabes qué, Alejandro? —dijo al fin— . Mi abuela siempre dice que los poetas que llegan de lejos pueden escuchar a los muertos mejor que nosotros.
La frase me estremeció. La tomé como metáfora, pero había en su voz una seriedad que no admitía simplezas. —¿Y tú crees en eso? —pregunté. —Creo en mi abuela —respondió sin vacilar—. Y en lo que ella guarda. Algún día deberías conocerla.
No dije nada, pero sentí que una puerta se abría. Algo más grande que yo se insinuaba en esa invitación velada. Volvimos caminando, sin prisas. Y aunque no nos dijimos nada explícito, yo supe que mi viaje a Santo Domingo ya no se trataba de una feria, ni siquiera de literatura. Se trataba de ella.
En mi cuaderno, esa misma noche, escribí: “Hay encuentros que son libros abiertos: uno empieza a leer y ya no puede detenerse. Amarilis es un libro de fuego. Y sé que, si sigo sus páginas, acabaré en un lugar del que no se regresa igual.”
Capítulo 2. Historias de familia
Los días en Santo Domingo se sucedían con la cadencia de un ritmo caribeño que yo apenas empezaba a comprender. Por las mañanas asistía a conferencias, mesas redondas y presentaciones; por las tardes, buscaba a Amarilis. Y era en esas horas, cuando la feria dejaba de ser un acto institucional y se volvía un espacio de conversaciones privadas, donde realmente aprendía algo nuevo.
Una tarde, después de un recital colectivo en la Biblioteca Nacional, salimos a caminar hacia el Parque Independencia. Nos sentamos en un banco a la sombra de los árboles, y mientras las palomas revoloteaban alrededor, Amarilis empezó a hablar de su familia.
—Mi madre es dominicana —me dijo—, hija de campesinos de un pueblecito cercano a la frontera. Mi padre es haitiano, músico. Nunca se quedó mucho tiempo en casa, pero dejó en mí la música y una lengua doble.
Se quedó en silencio, observando a lo lejos. Luego añadió:
—Pero la verdadera raíz es mi abuela, Doña Ercilia. Ella es la contadora de la familia. La que guarda la memoria de los que vinieron antes. Sin ella, yo no sería escritora.
—¿Y qué cuenta tu abuela? —pregunté, intrigado. Amarilis sonrió.
—De todo: historias de los esclavos que escaparon a los montes, cantos de los loas, leyendas de los ríos y las ceibas. Cosas que suenan a fábula pero que ella asegura haber visto con sus propios ojos.
La intensidad de su mirada me hizo pensar que, al menos en su corazón, cada palabra era cierta.
—Mi abuela siempre dice que la palabra no es solo para contar —continuó—. La palabra protege, convoca, abre caminos. Cuando yo era niña, me recitaba cantos en creole para espantar la fiebre o los malos sueños. Y funcionaba.
Me estremecí. Recordé lo que me había dicho en el Malecón: “Aquí la palabra baila, canta, hasta cura.” Empezaba a comprender que no era una metáfora, sino una convicción viva.
—En España —le dije— solemos ver la literatura como algo distante, encerrado en libros, en bibliotecas. Lo que me cuentas suena a que aquí la palabra sigue teniendo cuerpo, sigue siendo acción.
Amarilis asintió.
—Exacto. Para mi abuela, contar es como sembrar: cada historia es una semilla que germina en quien la escucha.
La conversación tomó un giro inesperado cuando Amarilis me miró directamente, con esa mezcla de desafío y ternura que empezaba a reconocer en ella.
—¿Te gustaría conocerla?
No supe qué responder de inmediato. La propuesta me parecía tan íntima que sentí un temblor en el pecho.
—Claro —dije al fin—. Me encantaría.
—Tendrás que viajar al pueblo conmigo. No queda tan cerca, pero vale la pena. Además… —hizo una pausa— creo que ella ya sabe que vendrás.
—¿Cómo puede saberlo?
Amarilis se encogió de hombros, pero en su sonrisa había algo de misterio.
—Ella siempre sabe.
Esa noche, de regreso en el hotel, me encontré escribiendo con un ímpetu nuevo. Ya no eran poemas en abstracto, sino versos atravesados por nombres, lugares y voces que no conocía pero que empezaban a reclamarme.
Escribí:
“La palabra es machete y canto, bruja y madre, pan y tambor.
Allá donde el mar toca la caña, una anciana enciende un fuego para que un extranjero aprenda a escuchar.”
Leí esos versos en voz baja y tuve la extraña sensación de que no los había escrito yo solo, como si otra voz se hubiera filtrado a través de mi mano.
En los días siguientes, Amarilis siguió hablándome de su abuela y de las celebraciones que tenían lugar en el pueblo durante la Semana Santa. Me contó del Gagá, con sus procesiones de banderas y tambores, sus cantos en creole y su mezcla de lo sagrado y lo festivo.
—Allí entenderás lo que somos de verdad —me dijo con convicción—. No en un libro, ni en una feria. En la tierra, en la música, en la sangre.
Cada palabra suya era como una cuerda que me ataba más a ese destino inesperado. Yo había llegado a Santo Domingo como invitado a un evento cultural, pero ahora me daba cuenta de que la verdadera feria estaba apenas por comenzar, en un escenario que no aparecía en ningún programa oficial. l
elCaribe, SÁBADO 28 DE MARZO DE 2026
elcaribe.com.do
Itania María
PSICÓLOGA Y PERIODISTA
Itania María es una profesional dominicana con una larga trayectoria periodística y docente que vivió siempre en Santo Domingo, y aunque estuvo radicada un corto tiempo en París, se formó en República Dominicana. Cursó la escuela primaria en tres cen-
tros de estudios, el Colegio Evangélico Nuevo Nacimiento, Centro de Estudios Catalán y Academia La Trinitaria, los estudios secundarios los cursó en el Liceo Víctor Estrella Liz (“La Perito”) en el Ensanche La Fe. Se graduó de licenciada en Comunicación
15 Cultura
Social en la Universidad Autónoma de Santo Domingo, fue durante varios años gerente de Comunicación en Profamilia y posteriormente estudió la carrera de sicología, que es la profesión que actualmente ocupa todo su tiempo.
“La industria de la autoayuda se banaliza cada vez más”
ALMADA
SANTIAGO
KELVIN MOTA
FOTO:
l Usas tu apellido materno, ¿verdad?
l Sí, porque siento que es una forma de mantener viva la memoria, la presencia de mi madre, una mujer a la que quise mucho y que se fue muy pronto de este mundo, así que es como una forma de tenerla siempre conmigo.
l Primero te graduaste de comunicadora, fuiste reportera, jefa de sección de un periódico y después estudiaste sicología ¿cómo fue ese proceso?
l Cuando fui a la UASD me hicieron el test de aptitud, me salieron tres carreras: comunicación, sicología y derecho. En ese tiempo en la UASD había lo que se llamaba el Colegio Universitario, el CU, que había que cursarlo antes de entrar a la carrera, y la única que no lo exigía era Comunicación Social, como yo estaba trabajando y no podía dejar de hacerlo, me decanté por Comunicación Social y creo que fue lo mejor que pude hacer, si volviera a nacer elegiría esa carrera sin dudarlo, porque me ha servido de mucho y me ayuda enormemente en mi desempeño como terapeuta. Cuando ya había pasado por todo eso, me decidí a hacer lo que me gusta que es la sicología.
l ¿Cuándo te graduaste de sicóloga?
l Yo empecé la licenciatura en 2012 y la terminé en 2016, después de eso comencé la maestría en terapia familiar y desde agosto del 2018 ya comencé a ver pacientes, en el 2019 estaba haciendo una pasantía, porque donde yo estudié, en el Instituto de Sexualidad Humana de la UASD, se exige una pasantía importante, y con la pandemia fue cuando comencé a ocuparme de atender consultas, recuerdo que en ese momento había mucha ansiedad, y empecé a dar terapias y, desde entonces, esa es mi principal actividad, es decir que vivo de esto.
l ¿Qué tú piensas de la industria de la autoayuda, que mueve cientos de millones de dólares por año, y está llena de peligros y de gente improvisada?
l Lamentablemente la “industria” de la autoayuda se ha ido banalizando cada vez más, es un fenómeno que crece, bajo el
amparo de las redes sociales de hoy día, bajo una frase potente que el algoritmo premia: “Vamos campeón”, “tú puedes”, “si a mí me funcionó esto tú también podrás”… yo recuerdo que leí una vez un libro que se titula El arte de ser persona, de Leo Buscaglia, que para mí fue inspirador, on ese texto yo aprendí a perderle el miedo a la muerte pero no todos los libros de autoayuda pueden tener el mismo efecto en las personas. Cuando un libro te dice que tienes que hacer esto o lo otro y no logras el éxito, hay un problema. Una persona puede tener una tristeza por algún motivo concreto, yo puedo estar triste porque me botó mi novio, pero esa tristeza me puede durar unos días, semanas, pero cuando esa tristeza tiene una duración prolongada ya no es tal, puede ser una depresión, y la depresión se cura con terapias y con medicación. Hay terapias que se basan en evidencia científica, porque la sicología es ciencia y se basa en estudios que avalan lo que se dice, lo que se aplica, lo que se sugiere al paciente.
l ¿Cómo se puede diferenciar la ayu-
da que ofrece un sicólogo o un siquiatra, de la que ofrece un charlatán que habla de autoayuda?
l Un sicólogo o un siquiatra son personas que tienen estudios y una preparación científica, así que cuando una persona tiene un problema diagnosticado, de ansiedad, de depresión, no funciona la autoayuda, y en eso se nota la diferencia, porque un sicólogo jamás le diría a un deprimido sal de ahí, si yo pude tú también tienes que poder, ahí notamos que no hay nada científico… la sicología aplica terapias que se basan en estudios, en evidencias, la terapia cognitivoconductual, la terapia dialéctico-conductual, por ejemplo, eso solamente un profesional certificado, a algunas personas les resulta un consejo de un coach, pero no siempre o no a todas las personas les funciona.
l ¿Qué diferencia hay entre un sicólogo y un siquiatra?
l Un siquiatra es un médico, es alguien que tuvo que estudiar medicina y trabaja sobre la base de afecciones diagnosticadas y estudiadas, y como médico puede recetar medicamentos, un sicólogo es
una persona que estudia la conducta, la personalidad y está capacitado para dar terapias, pero cuando llega un paciente que presenta cambios en los patrones de sueño, que tiene pensamientos obsesivos, que tiene pensamientos suicidas, el sicólogo tiene que derivarlo al siquiatra, se suele aplicar también la co-terapia, que es cuando el siquiatra receta medicinas y el sicólogo apoya con estrategias de afrontamiento, da las técnicas para enfrentar esos trastornos.
l En pocas palabras, ¿qué es la depresión?
l La depresión es tener pensamientos negativos sobre sí mismo, sobre el entorno, sobre el futuro. Se nota cuando se pierde el interés por las cosas que antes producían satisfacción, y se produce un aislamiento, es cuando aparece la anhedonia, que es esa falta de entusiasmo por todo lo que antes representaba un motivo de alegría, ya no se disfruta en el play con el juego de las Águilas y el Licey, si antes te gustaba ir a la playa con los amigos ya dejó de interesarte, prefieres quedarte en casa, solo, comeré mucho o no comer en absoluto, y preocuparte en demasía por cosas que no tienen una solución inmediata, o se pasa a una planeación suicida porque la angustia es tal que se van las ganas de vivir.
l ¿Qué relación tiene con lo estados depresivos el remordimiento?
l El remordimiento se compone de pensamientos rumiantes, se trata de pensamientos de autoinvalidación, aparece la pregunta ¿y qué hubiera pasado si yo hubiera hecho esto o lo otro? O ¿Por qué no hice esto? Esos pensamientos son típicos de los estados depresivos, y están estrechamente relacionados.
l El coaching es otra industria que mueve millones de dólares, ¿sirve para algo o no?
l Puede servir si el coach es una persona que tiene un título profesional, porque los sicólogos somos coaches también, incluso, cuando un coach es una persona con estudios y le aparece alguien con un trastorno lo deriva a un siquiatra o a un sicólogo, pero no todos lo hacen, así que cuando se va a recurrir a un servicio de coaching, lo mejor es averiguar si esa persona tiene suficiente aval científico y, más que nada, seriedad. l