Cultura elCaribe, SÁBADO 15 DE NOVIEMBRE DE 2025
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Más que nunca, El desafío de “Me encanta la la poesía necesita restaurar una idea de eternizar parecerse a la vida obra del Alcázar lo efímero...” Marino Berigüete reflexiona sobre el lenguaje poético, en esta época en la que -según su visiónel artificio ha perdido su misterio. P.11
Zona Retro rescata el trabajo de Fidelio Guzmán, un curador de arte que restauró un altorrelieve dañado por las bombas norteamericanas en 1965. P.7
María Elena Moré, autora de las fotografías que ilustran el libro “Marileidy Paulino, camino al sueño olímpico”, habla sobre su arte. P.15
la Capilla Presidencial se encuentra oculta entre los jardines del Palacio Nacional. FUENTE EXTERNA
La Capilla del Palacio Nacional: el alma espiritual del poder El arquitecto Sergio Cross da a conocer sobre la historia, arquitectura e interiorismo de este templo presidencial LILIAN CARRASCO lilycarrascor@hotmail.com
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culta entre los jardines del Palacio Nacional, la Capilla Presidencial es uno de los espacios menos conocidos del complejo, pero también uno de los más significativos. Construida a mediados del siglo XX, su historia entrelaza fe, arte y poder. El arquitecto Sergio Cross, actual conservador del Palacio Nacional y miembro de la Comisión de Res-
tauración y Conservación, nos guía a través de los detalles arquitectónicos y simbólicos de este templo. Un santuario discreto que se erige como un rincón de serenidad y belleza, donde la historia y la fe se encuentran en equilibrio. Además de su valor arquitectónico, la Capilla Presidencial actúa como testigo físico de la evolución institucional de la República Dominicana. Su estructura ha sido muy cuidada, incluye materiales importados y técnicas de conservación que exaltan los elementos que la integran y las aspiraciones por mantener una esté-
tica que muestra un Estado consciente de su valor histórico. El escenario ceremonial se mantiene como un híbrido entre lo sagrado y lo estatal. En el marco de un paisaje arquitectónico dominado por el monumentalismo del Palacio Nacional, la capilla ofrece una pausa íntima, un lugar de recogimiento que a su vez queda inscrito dentro de la lógica de la representación de lo excelso. Su restauración actual preserva ladrillos y mármoles, así como una narrativa que congrega a sus visitantes en medio de la liturgia y la memoria patrimonial.
“La capilla es el espacio más limpio y espiritual del complejo presidencial”. La inauguración de la Capilla del Palacio Nacional fue una iniciativa de Héctor B. Trujillo, asesorado por monseñor Eduardo Ross, quien originalmente deseaba un diseño de mayor dimensión. El doctor Joaquín Balaguer apoyó la idea y gestionó su construcción a partir de 1954. Se inauguró en febrero de 1956, en el marco del Congreso Internacional de la Cultura Católica celebrado en Santo Domingo. Desde entonces, la capilla ha sido escenario de ceremonias y bautizos, e incluso del matrimonio de Héctor Trujillo con Alma McLaughlin en 1959, cuya recepción se realizó en los salones principales del Palacio. l CONTINÚA EN LA PÁGINA 3
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historia de la medicina
salón de la fauna
La medicina en San Pedro de Macorís, siglo XIX
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l primer médico graduado que ejerció en San Pedro de Macorís fue el Dr. Carlos Martínez Nonato, nacido en Aguadilla, Puerto Rico. La fecha de su nacimiento no se ha podido precisar con exactitud, yaque al ser un ferviente independentista puertorriqueño, tuvo que salir de esa isla. Decidio posteriormentefijar su residencia en San Pedro de Macorís hacia el 1870, donde además de ejercer de médico, teníauna farmacia. Debido a su carácter caritativo, tuvo tres farmacias y todas quebraron, porque regalabamás de lo que cobraba. Por tanto, la primera farmacia de San Pedro de Macorís fue instalada por él (lasegunda fue la instalada por Don Pedro Mallén Ortíz). En su farmacia se vendían los nuevos medicamentos, como en 1878 el Jarabe Antidisentérico de Boussard. El Dr. Martínez Nonato, fue además el primer médico sanitario en San Pedro de Macorís, en que su dedicación al servicio a losdemás hizo de su nombre una leyenda. Tuvo una participación activa en la primera vacunación contra laviruela en San Pedro de Macorís en 1881. Las vacunas procedían de Puerto Rico y llegaban en Goletas. La más famosa de las goletas era “El Rayo de Ponce”, que hacía la ruta Ponce-San Pedro de Macorís. Ejercía como Médico general y, según relata el Dr. Antonio Zaglul, los ancianos de San Pedro de Macorísrecordaban que era un cirujano muy diestro, que operaba con mucha rapidez y agilidad. Operaba singuantes y en una ocasión, se infectó de manera severa en una mano, apareciendo un enorme flemón, por lo que fue trasladado a Santo Domingo en donde fue intervenido de urgencia. A consecuencia deaquella infección los dedos de su mano quedaron anquilosados y por tanto incapacitados para operar. Esa situación le produjo una depresión que lo acompaño hasta su muerte acaecida en el 1907. Una figura muy importante para la
medicina y la salud de esa ciudad fue el padre Antonio Luciani, cuya fecha de nacimiento se desconoce y solo se sabe que nació en Córcega. Este sacerdote vivió enVenezuela en donde fue confesor de la familia Duarte Diez, y a la muerte de Juan Pablo Duarte el sacerdote decidió conocer su tierra natal y fue destinado en la década de 1870 a la ciudad de SanPedro. Según relata el doctor Antonio Zaglul fue el 29no sacerdote en aquella ciudad, porque por las enfermedades los religiosos duraban poco y se trasladaban a las ciudades de Hato Mayor del Rey o aSan José de los Llanos. El cura Luciani, Don Antonio, como se le conocía viajó por los alrededores de laciudad y vió la pobreza e insalubridad reinantes por lo que decidió fundar un hospicio, en donde atendía a personas muy pobres, y además era una escuela en que las personas podían alfabetizarse. Este corso de baja estatura consiguió unos terrenos cerca del río y allí fundó el Hospital San Antonio de la Caridad en 1893, que fue inaugurado en 1896 por monseñor Meriño. Su primer director fue el doctor Barón Coiscou y Carvajal. Ese hospital, en el siglo XX fue el mas importante en la República Dominicana. Los hermanos gemelos Rodolfo y Barón Coiscou nacieron en Barahona en el 1867. Siendo niños sus padres se trasladaron a la ciudad de Santo Domingo y en ella estudiaron en la Escuela Normal, bajo la tutela de Eugenio María de Hostos, pertenecieron a la segunda promoción de Maestros graduados por Hostos. Luego ingresaron al Instituto Profesional en donde recibieron diploma de Licenciados en Medicina y Cirugía en el 1890. Aquí los hermanos tomaron distintos caminos, Barón se trasladó a San Pedro de Macorís y Rodolfo consiguió en el 1897 una beca para hacer su doctorado en París, que consiguió tras presentar su tesis sobre “El valor predictivo de la Albuminuria”. l DR. HERBERT STERN
Zahran Mamdini (DÉCIMA CIBAEÑA NO. 840) Tiene ya Nueva Yoi Un aicaide nuevecito Joven y bien peinaíto Me acabo de enterai hoy Pero no ej aicaide, e Mayoi Y dique ta con lo imigrante ¿Tendrá aiguna rifa de aguante? Dijién lo republicano Que por ello ganó ei fulano ¡Qué eleición má facinante!
Dice que no habrá camiona Pa’ chicano o para haitiano Tampoco pa dominicano Na contra negra bembona Llámese Mery o Ramona Niu Yoi será un paraíso Con Popeye y Cocoliso Se acabó la represión De la policía de Tromp Podremo andai sin peimiso. l JOSÉ MERCADER
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Un escenario entre lo sagrado y lo estatal <VIENE DE LA PORTADA
El arquitecto detrás del templo
El proyecto fue concebido por Humberto Ruiz Castillo, ingeniero-arquitecto formado en Bélgica, figura clave de la arquitectura, la infraestructura y el urbanismo en la República Dominicana. Él contrató al ingeniero Tulio Matos Rodríguez para ejecutar la obra, acompañado de Miguel Paiewonsky. El terreno presentó dificultades técnicas que aumentaron el presupuesto a más de 200 mil pesos, una suma considerable para la época. Ruiz Castillo también diseñó iglesias como San Juan Bosco en Santo Domingo, Sagrado Corazón de Jesús en Moca y San Felipe Apóstol en Puerto Plata, la cuales eran de materiales endebles y él se ocupó de replantear su estética y materialidad. Fue declarado Arquitecto Diocesano. Por su trayectoria recibió varios reconocimientos y condecoraciones, entre los que destacan: la Orden de San Gregorio Magno del Vaticano y la Orden de las Palmas Académicas por el gobierno francés. “Su ubicación responde a una relación solsticial y al número de oro”. Por razones simbólicas y solares. Está ubicada estratégicamente según los ejes del número áureo, de modo que la luz natural acompaña el ritmo de la oración. No interfiere con la jerarquía visual del Palacio y mantiene consonancia estilística con el conjunto arquitectónico.
La Capilla Presidencial actúa como testigo físico de la evolución institucional de la República Dominicana. F. E.
instalado en 1968, está presidido por un Cristo en mármol de Carrara realizado por el escultor Nicola Arrighini en Pietrasanta, Italia. Las esculturas anteriores, de los arcángeles San Gabriel, San Rafael y San Miguel, fueron retiradas al actualizarse los cánones litúrgicos. Los vitrales, elaborados por Vidrieras Gianina de Turín, representan a los apóstoles y filtran la luz según las horas del día.
Luz, mármol y espiritualidad
Entre las obras más notables se encuentran: Virgen con el Niño y San Juanito (Alceo Dossena, 1934), Cristo Resucitado (Fernando Onori, 1960), Murales al óleo y pan de oro del catalán Aurelio Oller Crosiet que narran la Batalla del Santo Cerro y escenas marianas. También sobresalen una Cruz bendecida por San Juan Pablo II, la pila bautismal de Luca Arrighini, lámparas de bronce importadas de Estocolmo y cinco campanas italianas que emiten las notas Do–Re–Mi–Fa–Si. La capilla ha permanecido casi intac-
La iluminación y la armonía monumental. Su fachada neoclásica presenta frontones ornamentados, molduras florales y una torre campanario que dialoga con la cúpula principal. En el interior, los mármoles, capiteles dorados y vitrales crean una atmósfera de recogimiento. Todo fue pensado para guiar la mirada hacia el altar, donde la luz natural simboliza la comunicación con Dios. “La luz y los colores proyectan una energía que influye psicológica y espiritualmente. Es un espacio que invita al silencio y a la introspección”, explica Cross. La capilla conserva esculturas y vitrales de alto valor artístico. El altar actual,
Arquitecto Sergio Cross . F. E.
Su estructura ha sido muy bien cuidada.
La capilla es el espacio más limpio y espiritual del complejo presidencial.
ta: un 98% de autenticidad, salvo algunos objetos litúrgicos y colores. Gracias al Ministerio Administrativo de la Presidencia y a la Comisión de Restauración, se trabaja en su rehabilitación, pues estuvo años en desuso. Cross destaca la continuidad de una tradición de arquitectos conservacionistas: Humberto Ruiz Castillo, Bienvenido Martínez Brea, Manuel Valverde Podestá, entre otros. “Mis antecesores fueron grandes maestros. Yo solo sigo su línea de respeto. Ellos dejaron una huella que merece preservarse”, expreso Sergio Cross. l
PROYECTO
El Palacio Nacional y su futuro patrimonial Existe un plan para declarar la Capilla como Monumento Nacional. Desde la Comisión se ha propuesto fortalecer las normas de protección y solicitar su declaratoria oficial como Monumento Nacional. “Este complejo está protegido por leyes, protocolos y tradiciones que deben
formalizarse. Antes de trazar una línea, hay que investigar, revisar y consensuar. Ese es el camino de la conservación”. Por disposición del Ministerio Administrativo, se me comisionó un libro de dos tomos sobre la historia, arquitectura e interiorismo del Palacio Nacional y su Capilla. Parte de esta investigación ya se ha utilizado en guías y visitas institucionales. Esperamos contar con el apoyo necesario para su publicación de manera íntegra.
La capilla, un lugar de recogimiento.
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Richard Wright: la biografía de un muchacho negro
PEDRO CONDE STURLA pinchepedro65@yahoo.es
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ichard Wright descubrió la libertad en los libros, aprendió a ser libre leyendo. Los libros le dieron fuerzas, lo impulsaron «a rechazar la cultura que (lo) había moldeado», a escapar de la opresión. Había nacido en 1908 en un minúsculo poblado de Mississippi, en el sur de los Estados Unidos, el más profundo sur. Había nacido exactamente en una de las regiones donde el racismo tiene raíces más profundas. Esa espantosa forma de racismo que se encarna en el Ku Klux Klan, en la cosificación y desalmada deshumanización del negro. Richard Wright no tuvo infancia y no tuvo adolescencia. En sus más tempranos años de vida (los que describe en esa obra maestra titulada «Muchacho negro»), padeció los horrores del racismo y el miedo, la brutalidad de la miseria y el hambre, la de su propio entorno social, los rigores y malos tratos de su propia familia, de una cultura opresiva. Miseria material y miseria espiritual. El hambre que mas lo agobiaba era hambre de conocimiento, hambre de lectura. Pero una de las cosas que un negro no podía hacer en ese sur de la gran democracia del norte era coger un libro prestado de la biblioteca pública. Tenía que ingeniárselas y tener cuidado de que no lo descubrieran. Los libros eran una cosa extraña en manos de los negros, una fruta prohibida. Durante la esclavitud no se permitía enseñar a los negros a leer y escribir. Era ilegal. Era un delito que en algunos estados se castigaba con penas de multas y prisión. En Alabama y Virginia se prohibió a los blancos enseñar a los negros a leer o escribir, podían incluso ser castigados con multas y azotes por transgredir esta ley. Estados Unidos es probablemente el único país que ha promulgado leyes contra la alfabetización. Leyes que prohíben y penalizan explícitamente enseñar a leer y escribir... Eso no había cambiado del todo a principios del siglo XX. Los negros podían leer periódicos, pero el acceso a los libros no era cosa fácil. Y es una de las muchas cosas que cuenta Richard Wright en «Muchacho negro». La forma en que pudo acceder a los libros. Lo cuenta como si se desangrara escribiendo, con su peculiar intensidad narrativa, con su dolor y frustración a flor de piel, con su manera de envolver al lector en una especie de telaraña y convertirlo en su cómplice:
Capítulo XIII (fragmento)
Una mañana llegué temprano al trabajo y entré al vestíbulo del banco, donde el portero negro estaba fregando. Me paré en un mostrador, tomé el Memphis Commercial Appeal y comencé mi lectura gratuita de la prensa. Finalmente llegué a la página editorial y vi un artículo sobre un tal H.L. Mencken. Sabía de oídas que era el editor del American Mercury , pero aparte de eso, no sabía nada de él. El artículo era una furiosa denuncia contra Mencken, que concluía con una frase corta y contundente: Mencken es un tonto. Me preguntaba qué demonios había hecho Mencken para merecer el desprecio del Sur. Los únicos a quienes había oído denunciar en el Sur eran los negros, y este hombre no era negro. Entonces, ¿qué ideas sostenía Mencken para que un periódico como el Commercial Appeal lo criticara públicamente? Sin duda, debía de defender ideas que no le gustaban al Sur. ¿Acaso había otros, además de los negros, que criticaran al Sur? Sabía que durante la Guerra Civil el Sur había odiado a los blancos del Norte, pero jamás había presenciado tal odio. Sin saber más de Mencken de lo que sabía en ese momento, sentí una vaga compasión por él. ¿Acaso el Sur, que me había relegado al papel de un don nadie, no le había dirigido sus palabras más duras? Ahora bien, ¿cómo podría averiguar sobre ese tal Mencken? Había una enorme biblioteca cerca del río, pero sabía que a los negros no se les permitía usar sus estanterías, igual que no se les permitía usar los parques y zonas de juego de la ciudad. Había ido varias veces a la biblioteca a buscar libros para los hombres blancos con los que trabajaba. ¿Quién de ellos me ayudaría ahora a conseguir libros? ¿Y cómo podría leerlos sin incomodar a los hombres blancos con los que trabajaba? Hasta ahora había logrado ocultarles mis pensamientos y sentimientos, pero sabía que generaría hostilidad si leía con torpeza. Analicé las personalidades de los hombres que trabajaban allí. Estaba Don, un judío; pero desconfiaba de él. Su situación no era mucho mejor que la mía y sabía que era inquieto e inseguro; siempre
me había tratado con indiferencia, con un tono burlón que apenas disimulaba su desprecio. Tenía miedo de pedirle ayuda para conseguir libros; su frenético afán por demostrar una solidaridad racial con los blancos contra los negros podría hacer que me traicionara. ¿Y qué tal el jefe? No, era bautista y sospechaba que no entendería por qué un chico negro querría leer a Mencken. Había otros hombres blancos en el trabajo cuyas actitudes dejaban claro que eran miembros o simpatizantes del Ku Klux Klan, así que ni hablar de ellos. Solo quedaba un hombre cuya actitud no encajaba en la categoría de racista, pues había oído a los blancos referirse a él como un «admirador del Papa». Era un católico irlandés y los blancos del sur lo odiaban. Sabía que leía, porque le había sacado libros de la biblioteca varias veces. Como él también era objeto de odio, pensé que quizá me rechazaría, pero difícilmente me traicionaría. Dudé, sopesando las inciertas realidades. Una mañana me detuve ante el escritorio del empleado católico. “Quiero pedirle un favor —le susurré. “¿Qué es?” “Quiero leer. No puedo conseguir libros en la biblioteca. ¿Me dejaría usar su tarjeta?” Me miró con recelo. “Mi tarjeta está llena la mayor parte del tiempo”, dijo. “Ya veo —dije, y esperé, formulando mi pregunta en silencio. “No estarás intentando meterme en problemas, ¿verdad, muchacho? —preguntó, mirándome fijamente. “Oh, no, señor.” “¿Qué libro quieres?” “Un libro de H.L. Mencken.” “¿Cuál?” “No lo sé. ¿Ha escrito más de uno?” “Ha escrito varios.” “No lo sabía.” “¿Qué te motiva a leer a Mencken?” “Oh, acabo de ver su nombre en el periódico —dije. “Es bueno que quieras leer —dijo—. Pero deberías leer las cosas adecuadas. No dije nada. ¿Querría supervisar mi lectura? “Déjame pensar —dijo—. Ya se me ocurrirá algo. Me aparté de él y él me llamó. Me miró con expresión inquisitiva. “Richard, no menciones esto a los otros hombres blancos —dijo. “Lo entiendo —dije—. No diré ni una palabra. Unos días después me llamó. “Tengo una tarjeta a nombre de mi esposa —dijo—. Aquí está la mía. “Gracias, señor.” “¿Crees que puedes lograrlo?
“Me las arreglaré bien”, dije. “Si sospechan de ti, te meterás en problemas”, dijo. “Escribiré las mismas notas para la biblioteca que usted escribió cuando me mandó a buscar libros —le dije—. Firmaré con su nombre. Él se rió. “Adelante. Déjame ver qué consigues —dijo. Esa tarde me dediqué a falsificar una nota. Ahora bien, ¿cuáles eran los títulos de los libros escritos por H.L. Mencken? No conocía ninguno. Finalmente escribí lo que creí que sería una nota infalible: Estimada señora: ¿Podría, por favor, prestarle a este chico negro —usé la palabra «negro» para que la bibliotecaria sospechara que yo no podía ser el autor de la nota— algunos libros de H.L. Mencken ? Falsifiqué la firma del hombre blanco. Entré en la biblioteca como siempre lo hacía cuando tenía que hacer recados para blancos, pero presentía que de alguna manera cometería un error y me delataría. Me quité el sombrero, me mantuve a una distancia respetuosa del mostrador, intenté parecer lo menos intelectual posible y esperé a que atendieran a los usuarios blancos. Cuando el mostrador quedó libre, seguí esperando. La bibliotecaria blanca me miró. “¿Qué quieres, muchacho? Como si no tuviera capacidad de hablar, di un paso adelante y simplemente le entregué el billete falsificado, sin abrir los labios. “¿Qué libros de Mencken quiere? — preguntó ella. “No lo sé, señora —dije, evitando su mirada. “¿Quién te dio esta tarjeta?” “Señor Falk —dije. “¿Dónde está?” “Está trabajando, en la óptica M… — dije—. Ya he venido a verlo antes. “Lo recuerdo —dijo la mujer—. Pero él nunca escribió notas como estas. ¡Ay, Dios mío, qué desconfiada! ¿Acaso no me dejaría llevarme los libros? Si me hubiera dado la espalda en ese momento, habría salido corriendo y jamás habría vuelto a escribir. Entonces se me ocurrió una idea audaz. “Puede llamarlo, señora —dije con el corazón latiendo a mil por hora. “No estás leyendo tú estos libros, ¿verdad? —preguntó con tono irónico. “Oh, no, señora. No sé leer.” “No sé qué quiere de Mencken —dijo en voz baja. Ahora sabía que había ganado; ella estaba pensando en otras cosas y la cuestión de la carrera se le había olvidado. Se dirigió a las estanterías. Un par de veces me miró por encima del hombro, como si aún tuviera dudas. Finalmente, se acercó con dos libros en la mano. — “Le voy a enviar dos libros —dijo—. Pero dígale al señor Falk que venga la próxima vez, o que me diga qué libros quiere. No sé qué quiere leer. l
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Apuntes de infraestructura
La música y la prosa de Juan Luis Guerra: una crónica en voz extendida PEDRO DELGADO MALAGÓN
pedrodelgado8@gmail.com
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l calor de Santo Domingo —ese sol que no se posa sino que se incrusta en la piel como una bendición y como una carga— está en la raíz del hombre que camina por los pasillos de Berklee con una guitarra colgada al hombro y con un rumor de mares del sur en la memoria. Un hombre alto, de pasos tranquilos, que escucha en el tránsito de la ciudad norteña los ecos del merengue campesino que aprendió en su infancia; los salmos de las iglesias evangélicas, las voces de Juan Lockward y de Joseíto Mateo. Y que ahora lleva, sin saberlo, la semilla de un lenguaje que no será ni estrictamente merengue, ni estrictamente pop, ni estrictamente salmo, sino algo nuevo, hecho de todos y de ninguno, como los ríos que bajan de las montañas y llegan al mar sin pedir permiso, ni dar explicaciones. Nació en 1957 y su infancia transcurrió entre la disciplina escolar y la música de la radio, entre el olor de los mangos maduros y el sonido de los LP que llegaban de Puerto Rico y de New York. Estudió primero arquitectura, como si quisiera darle a la forma de las casas el mismo equilibrio que después daría a las canciones, Y luego música, ya sin remedio, en Berklee College of Music en Boston, donde aprendió armonía moderna y arreglos jazzísticos, pero sin dejar de ser ese muchacho dominicano que recordaba el güiro y la tambora. De ahí viene esa mezcla de rigor técnico y abandono lírico que define su obra. Cuando regresa a su país y funda 440, el grupo que sería su banda de batalla, no imaginaba que la República Dominicana —esa isla de contrastes, de pobreza antigua y de fiestas interminables— sería su laboratorio sonoro y también su púlpito. ‘Ojalá que llueva café’ (1989) irrumpió con la fuerza de un himno colectivo: un canto de esperanza y de nostalgia rural, con la sencillez del refrán y la complejidad de un arreglo jazzístico. Era, a la vez, una canción de protesta disfrazada de plegaria agrícola y un acto de ternura social. Y desde entonces, cada disco ha sido un capítulo de una crónica mayor: ‘Bachata Rosa’, ‘Areíto’, ‘Fogaraté’, ‘Ni es lo mismo ni es igual’, ‘Mudanza y acarreo’, ‘Soplando’, ‘Mientras más lo pienso’. Siempre jugando con el límite entre lo secular y lo sagrado, entre la
pista de baile y el sermón, entre la ironía y la compasión. La raíz de esa música está en un mestizaje profundo. El merengue, con su estructura binaria, su premura bailable, su llamado a la colectividad, es para Juan Luis Guerra una plataforma y no una jaula. Sobre ese pulso coloca armonías propias del jazz, coros que evocan góspel y letras que fluctúan entre el costumbrismo y la metáfora bíblica. La bachata, antaño música de bares y arrabales, recibe de él un barniz poético y urbano, sin perder su dolor original. Y el son caribeño, el bolero, incluso la salsa, aparecen en su obra como referencias móviles, a modo de citas afectuosas. Su discografía es un mapa sonoro de Hispanoamérica que no se conforma con repetir clichés, sino que los transforma. La prosa de Juan Luis Guerra —menos perceptible que su música, pero no menos intensa— prolonga esa mezcla. Sus entrevistas, sus declaraciones públicas, sus apuntes de devoción tienen una ternura piadosa, una humildad que no es fingida sino casi tímida, como si quisiera retirarse antes de que la cámara dispare. No hay en ella exhibición ni cálculo, sino una cadencia lenta, reflexiva, con pausas largas, tal si midiera cada palabra a la luz de una conciencia trascendente. Se percibe la influencia de la lectura bí-
blica, de los himnos y salmos, pero también de la ironía criolla. Habla como canta: invocando imágenes sencillas que se abren a significados mayores. En esa prosa —ya sea en las notas de sus discos, en sus discursos de aceptación de premios, en los mensajes a su público— hay un gesto de cuidado. Guerra no se enoja: más bien se compadece. No denuncia con estridencia: en todo caso, sugiere con metáforas. No reclama un lugar para sí: abre un espacio para los otros. Esa “piadosa ternura” es, en realidad, una ética del lenguaje. En vez de hurgar en el morbo, invita a mirar con gratitud; en vez de regodearse en el drama, busca la esperanza. En un tiempo en que las redes sociales premian el escándalo, su tono parece de otra época, y sin embargo esa distancia lo vuelve actual. Su trascendencia en el ámbito hispanoamericano es múltiple. Por un lado, ha internacionalizado el merengue y la bachata sin reducirlos a productos turísticos: los ha dignificado como géneros con historia, con raíces populares y con potencial de innovación. Por otro, ha demostrado que se puede ser masivo sin renunciar a la complejidad musical y a la profundidad lírica. Y también ha encarnado una suerte de diplomacia cultural: en sus giras, en sus colaboraciones con artistas de Puerto Rico, México, España
e Inglaterra ha tendido puentes, mostrando que la identidad caribeña no es una isla sino un archipiélago. En la escena global, la repercusión de sus canciones es innegable. ‘Bachata Rosa’ vendió millones de copias y ganó premios Grammy; ‘La bilirrubina’ se canta en estadios europeos; ‘Visa para un sueño’ fue himno de migrantes en Nueva York y en Madrid; ‘Ojalá que llueva café’ se volvió metáfora de justicia social para campesinos en toda América Latina. Y sin embargo, más allá de los números, su universalidad radica en otra cosa: en la capacidad de transformar una experiencia local —el campo dominicano, el barrio de Santo Domingo, la liturgia evangélica— en símbolos comprensibles para cualquier público. Sus canciones son, a la vez, profundamente dominicanas y radicalmente universales, como el blues del Delta de Mississippi o el fado de Lisboa. En este sentido, Juan Luis Guerra ha logrado algo que pocos artistas consiguen: construir una obra que no es sólo entretenimiento ni sólo mensaje, sino una visión del mundo. Su música —con ese verbo rítmico, envolvente, a ratos épico— es un relato coral en el que hablan los campesinos y los estudiantes, los enamorados y los migrantes, los que bailan y los que rezan. Y su prosa, discreta pero firme, es la contrapartida reflexiva de ese relato: la voz del narrador que, después de la fiesta, se sienta a contar lo que vio y a dar las gracias. Quizá por eso, escucharlo o leerlo produce la sensación de estar ante algo más grande que la suma de notas y palabras. Como si en cada compás hubiera un eco de país, un rumor de historia compartida, una promesa de redención. Como si las tamboras y los metales, las guitarras eléctricas y los saxofones, los coros y las metáforas fueran los personajes de una novela sin fin, escrita en clave de merengue, con capítulos de bachata y epílogos de jazz. Así se explica que, más de tres décadas después de aquel primer golpe de tambora, su obra siga creciendo, dialogando con nuevas generaciones, cruzando fronteras. No es sólo un fenómeno de ventas ni un ícono pop; es un contador de historias sonoras, un cronista de la fe y del amor, un arquitecto de ritmos que diseñó, sin planos visibles, un puente entre la República Dominicana y el mundo. Y en ese puente —hecho de síncopas y metáforas, de trompetas y de salmos— caminan millones de oyentes que se reconocen en sus canciones y en su palabra. Ellos, nosotros, todos, llevamos en el oído y en la memoria esa mezcla de rigor y ternura, de baile y plegaria, de Caribe y de universo. Una mezcla que, como las mejores epopeyas, no se agota en la anécdota, sino que abre un territorio donde la vida y el lenguaje se abrazan en un denso e interminable río. l
6 Cultura Bitácora del XII Seminario Internacional Conexiones Caribe
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WILSON ENRIQUE GENAO NÚÑEZ PROFESOR A TIEMPO COMPLETO VICERRECTORÍA DE INVESTIGACIÓN E INNOVACIÓN
WilsonGenao@pucmm.edu.do
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l pasado 29 de julio se conmemoraron los 500 años de la fundación hispánica de la ciudad de Santa Marta, actual capital del departamento del Magdalena. Ese día y durante todo lo que va de año se han realizado múltiples actividades religiosas, festivales, ferias, talleres, foros, muestras culturales, etc. En el campo académico y en el marco del quinto centenario de la ciudad se realizó el 7 y 8 de noviembre en el auditorio de la Unidad Integral de Servicios Centro Histórico Cajamag, el XII Seminario Internacional Conexiones Caribe. El evento académico fue organizado por el Banco de la RepúblicaCentro Cultural Santa Marta en colaboración con la Universidad del Magdalena, la Caja de Compensación Familiar del Magdalena (Cajamag), la Institución Universitaria del Caribe de Ciénaga (UniCaribe) y con el apoyo del Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe (CAF). Este seminario constituye la decimosegunda edición de Conexiones Caribe, (comenzaron a celebrarse desde el 2012) e inició el viernes 7 de noviembre con las palabras de bienvenida de los organizadores del evento. También dentro de las palabras iniciales hablaron por parte de las autoridades ancestrales de la Sierra Nevada de Santa Marta Mamo Benicio Moscote Conchacala y Judith Nuvita. Luego se iniciaron las presentaciones del día 7 que se dividieron en dos sesiones y que incluyó temáticas de urbanismo agrario, la fundación de ciudades, el traslado de algunas y los debates generados. La sesión de las ponencias de la mañana la inició el Dr. Leonardo López Luján destacado arqueólogo mexicano y director del Proyecto Templo Mayor del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) de México desde 1991. Presentó su ponencia titulada “Tenochtitlan: vida, muerte y resurrección de una ciudad prehispánica”. De México pasamos a la anfitriona Santa Marta. El antropólogo, arqueólogo y director ejecutivo de la Fundación ProSierra Nevada de Santa Marta Santiago Giraldo Peláez, presentó su conferencia “1.500 años de urbanismo agrario de baja densidad en la Sierra Nevada de Santa Marta”. Para cerrar la sesión de la mañana el historiador, vicerrector de Investigación de la Universidad del Magdalena y uno de los organizadores del evento Dr. Jorge Elías Caro, ofreció su conferencia “Antes que Santa Marta. Cronología de espacios
poblados hispánicos fundados en la cuenca del Gran Caribe en el inicio de la Era Moderna”. Luego del almuerzo, se dio paso a la sesión de la tarde con la ponencia del historiador puertorriqueño Dr. Josué Caamaño Dones, de la Universidad de Puerto Rico Recinto Río Piedras, titulada “Los hombres de la tierra contra los hombres de la mar: visiones opuestas en torno al traslado de la villa de Caparra (futura ciudad de San Juan) a la isleta de San Juan, 1515-1519”. Continuó el historiador cubano Michael González Sánchez de la Oficina del Historiador de La Habana y del Colegio Universitario San Gerónimo de Cuba, con la ponencia “El Centro Histórico fundacional de La Habana, ciudad-puerto en el Caribe: cinco siglos de historia y simbolismo atemporal”. La siguiente presentación estuvo a cargo del destacado historiador Dr. Antonino
Vidal Ortega de la Universidad Pablo de Olavide, Sevilla quien desarrolló la conferencia “Hambre, furia y avaricia en Santa María la Antigua del Darién a inicios del siglo XVI”. Luego la antropóloga, museógrafa e historiadora Guillermina-Itzel De Gracia de la Universidad de Panamá presentó su conferencia “Fundación y desarrollo de las primeras ciudades coloniales en Tierra Firme: Panamá, Nombre de Dios y Natá (1519-1522)”. Mientras que desde el caribe mexicano el historiador e investigador de la Universidad Veracruzana, Dr. Bernardo García Díaz presentó la conferencia “La fundación de Villa Rica de la Vera Cruz y sus primeros años de vida como ciudad”. La dimensión cultural se hizo presente con la presentación que realizó Javier Jiménez García docente de música, Distrito Barranquilla titulada “San-
ta Marta tiene tren y también tiene canciones: análisis musical y semiótico de su memoria sonora”. La sesión de ese día cerró con un acto cultural dirigido por el Cuarteto de Cámara de Cajamag. Tras una visita a la Biblioteca Gabriel García Márquez del Centro Cultural del Banco de la República, se inició la jornada del sábado 8 de noviembre con la ponencia del arqueólogo y antropólogo salvadoreño Dr. Marlon Escamilla Rodríguez de la Universidad Tecnológica de El Salvador titulada “La Antigua Villa de San Salvador de Cuscatlán”. De ahí nos trasladamos de forma virtual a Costa Rica con la historiadora Elizet Payne Iglesias de la Universidad de Costa Rica quien presentó el tema “El Puerto de Trujillo en el contexto de la primera globalización (15251642)”. Luego pasamos a la primera ciudad del Nuevo Mundo en la isla de la Española. La arquitecta e historiadora Dra. Virginia Flores Sasso vicerrectora de Investigación e Innovación de la PUCMM (no pudo estar de forma presencial) y el historiador Wilson Enrique Genao Núñez del Centro de Estudios Caribeños de la PUCMM presentaron la conferencia “La ocupación del territorio en el Nuevo Mundo: De La Isabela a Santo Domingo”. De Santo Domingo (donde vivió Rodrigo de Bastidas) cerramos en Santa Marta con la conferencia del historiador, economista y uno de los organizadores del evento Dr. Joaquín Viloria De la Hoz, gerente del Centro Cultural del Banco de la República en Santa Marta y profesor catedrático en la Universidad del Magdalena. Presentó la ponencia “Dudas y precisiones sobre Rodrigo de Bastidas y la fundación de la ciudad de Santa Marta”. Al final los doctores Leonardo López, Guillermina-Itzel De Gracia, Antonino Vidal y Joaquín Viloria realizaron los comentarios y conclusiones del seminario, culminando con una parte cultural a cargo del Trío de Cuerdas de Ciénaga de UniCaribe. En la tarde se realizó un hermoso recorrido por lugares emblemáticos de la llamada Perla de América que incluyó una visita guiada a la Quinta de San Pedro Alejandrino, el Museo del Oro Tairona-Casa de la Aduana y la Catedral Basílica Menor de Santa Marta. Finalmente es necesario destacar que fue un exitoso evento, marcado por la calidad de las ponencias, el alto nivel académico, la excelente organización y acogida. El desarrollo del XII Seminario Internacional Conexiones Caribe fortalece la cooperación académica en el ámbito regional y a la vez aporta nuevas perspectivas para el estudio de una historia compartida relacionada con la fundación de las ciudades en lo que hoy llamamos la cuenca del Gran Caribe. l _________________________________________________ Centro estudios caribeños. PUCMM.
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Una excepcional pieza medieval revive en el Alcázar de Colón
Jesucristo sostiene el alma de su madre, simbolizada por una pequeña figura, mientras Pedro está a su lado. OGM
Obra medieval que retrata la Dormición de la Virgen, con los doce Apóstoles y Jesucristo reunidos a su alrededor. Expuesta en el Alcázar a Colón. OGM
LENIN RAMOS lramos@elcaribe.com.do
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a República Dominicana resguarda en su territorio un amplio conjunto de piezas artísticas y objetos de enorme valor histórico y cultural, muchos de ellos procedentes de distintas partes del mundo y preservados a lo largo de generaciones. La Zona Retro de esta semana evoca la restauración y exhibición de un objeto excepcional: un altorrelieve medieval que, tras una vida marcada por siglos de tránsito, destrucción y renacimiento, volvió a ocupar su espacio en el Alcázar de Colón.
Juan Fidelio Guzmán, quien no solo rescató la pieza de entre los escombros, sino que también asumió su restauración. OGM
Una talla singular
Se trataba de un altorrelieve en madera de castaño, dorado y policromado, tallado en un único bloque y compuesto en forma trapezoidal. Medía 88 centímetros de largo, alcanzaba una altura máxima de 57.5 centímetros y tenía un fondo de 20 centímetros. La disminución progresiva de la altura sugería que había sido parte de un retablo. Su parte posterior estaba ahuecada para aligerar el peso, una técnica habitual en piezas sacras medievales. El motivo representaba la muerte de la Virgen, conocida por los primeros cristianos y aún por las comunidades orientales como “la dormición”. En la tradición hispánica medieval se le llamaba “la salida” o “el tránsito”, mientras que, en un lenguaje más cercano al siglo XX, equivalía a “la Asunción de la Virgen”, conforme a la enseñanza de San Agustín, quien afirmaba que María “pasó por la muerte, pero no permaneció en ella”.
Partes dispersas de la obra, resultado del impacto de los obuses lanzados por tropas extranjeras de ocupación en 1965, que acabaron por destruirla. OGM
Escena que muestra a la Virgen en su lecho final. OGM
Instalada en la recámara de María de Toledo, la pieza permaneció expuesta hasta abril de 1965, cuando la guerra civil marcó su destino.
Un viaje a través de los siglos
El relieve llegó al país en la década de 1950 durante los trabajos de reconstrucción y ambientación del Alcázar de Diego Colón, dirigidos por el arquitecto Barroso. Formó parte de una importante adquisición del Gobierno dominicano destinada a vestir y embellecer la residencia del hijo del primer Almirante.
Destrucción en la guerra de 1965
Tres obuses de gran calibre, disparados por tropas extranjeras de ocupación, impactaron el muro norte del Alcázar. El relieve, colgado en su interior, quedó destrozado en más de 40 fragmentos, algunos tan pequeños que apenas podían reconocerse.
En medio del caos, Juan Fidelio Guzmán, quien entonces trabajaba en el museo y más tarde sería director de Restauración y Conservación de la Oficina de Patrimonio Cultural, rescató los restos utilizando un cedazo para evitar que se pierdan incluso las partes diminutas. Gracias a su rápida acción, la obra gótica logró salvarse del olvido. Un rompecabezas medieval
Al iniciar la restauración, Guzmán advirtió que la madera estaba afectada por
carcoma, lo que obligó a aplicar un tratamiento especializado para erradicarla. Luego procedió a limpiar, encolar y ensamblar cada fragmento en un proceso tan meticuloso como resolver un rompecabezas sumamente complejo. La labor se volvió todavía más desafiante por la ausencia de una fotografía de la pieza original, lo que habría facilitado la reconstrucción. Una vez unidos los fragmentos y definidos sus lugares exactos, Guzmán completó las partes faltantes únicamente cuando estaba seguro de no alterar el diseño original. Para ello utilizó madera y cera de resina, materiales que también empleó para rellenar la cavidad posterior y consolidar la estructura. El renacer de la obra
Concluida la reconstrucción estructural, se reintegró la capa pictórica y se aplicó un barniz protector. La escultura fue colocada nuevamente en su repisa original y, para realzarla, la deteriorada tela del fondo fue sustituida por un terciopelo rojo que acentuó los detalles del relieve. Tras un largo y cuidadoso proceso, la pieza medieval volvió a exhibirse en el Alcázar, convertida no solo en una obra de arte recuperada, sino también en testimonio del valor de la memoria histórica y del compromiso por preservar el patrimonio cultural de la nación. l
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crítica arte LILIAN CARRASCO lilycarrascor@hotmail.com
Tras las huellas de Salomé
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l pasado jueves en Dos Calles, presentó a las artistas Mayra Johnson y Guadalupe Casasnovas en el marco de la muestra “Siempre Salomé”, quienes han trabajado un capítulo muy especial dentro del conjunto, e invitaron al espectador a ir “Tras las huellas de Salomé”, un recorrido a través de los espacios que marcaron la historia de Salomé Ureña de Henríquez en la Ciudad Colonial de Santo Domingo. Desde su nacimiento el 21 de octubre de 1850 en la antigua residencia de su abuela materna, contigua a la vivienda de Juan Pablo Duarte, hasta su infancia en la casa familiar, cada lugar refleja la formación de una mente prodigiosa dedicada a la poesía y a la educación. Se han ubicado los inmuebles que fueron escenarios de la vida familiar de la gran poeta y de su compromiso con la educación. En 1881 fundó el Instituto de Señoritas, primer nivel de su hogar en la
calle Duarte, esquina Luperón, cuya fachada es parte de la muestra fotográfica. Salomé fue fiel asistente a la misa dominical en el Convento de los Dominicos, donde conoció al que sería su esposo, Francisco Henríquez y Carvajal como bien refiere Silveria R. de Rodríguez Demorizi. Son algunoos de los detalles inmortalizados por Mayra y Guadalupe, así como la que fuera su última vivienda desde 1893 conocida como la Casa de la Poetisa en la Nouel No. 1. Tras su fallecimiento el 6 de marzo de 1897, sus restos fueron inicialmente inhumados en la Iglesia de Nuestra Señora de Las Mercedes, cuya tarja también ha sido reproducida para la exposición y posteriormente, por disposición oficial, del decreto No. No. 396-88 sus restos fueron trasladados al Panteón de la Patria, donde reposan junto a los de su esposo Francisco Henríquez y Carvajal, su hijo Pedro Henríquez Ureña y su cuñado Federico Henríquez y Carvajal, cerca del sarcófago de Eugenio María de Hostos. Esta ruta, trazada con gran creatividad por Mayra Johnson y Guadalupe Casasnovas, permite seguir las huellas de una mujer que floreció en la historia dominicana, y transformó la educación y la cultura desde la Ciudad Colonial. Conoce más a través de @doscallesrd. l
crítica cine ETZEL BÁEZ etzelbaez@gmail.com
El proceso de Tokio
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l igual que los juicios de Núremberg, el tribunal de Tokyo (Trial) estuvo compuesto por un panel de jueces de los países victoriosos de la guerra: los Estados Unidos, la URSS, Gran Bretaña, Francia, los Países Bajos, China, Australia, Canadá, Nueva Zelanda, India y las Filipinas. Veinticinco jefes militares, políticos y funcionarios japoneses fueron juzgados por haber dirigido y perpetrado una guerra de agresión y haber cometido u ordenado crímenes de guerra, crímenes contra la paz y haber consumado terribles atrocidades contra la humanidad. El conocido como “el proceso de Tokio” acabó con varios dirigentes condenados a morir en la horca el 12 de noviembre de 1948. Juzgados de 1946 a 1948 por actos en el período comprendido entre el 1 de enero de 1928 y el 1 de septiembre de 1945. Los actos incluían conspiración para hacer la guerra y diversas atrocidades. En paralelo se estaban redactando la Declaración Universal de Derechos Humanos, el proceso de independencia de la India y la guerra civil que culminó en la revolución china de 1949. De soslayo, se equipara la ocupación japonesa –e igual las de la Alemania nazi– como una expresión de liberación contra el colonialismo; se contrastan las
barbaries de Holanda, Inglaterra, USA en colonizaciones del siglo XIX. En cada episodio se van desarrollando críticas a procesos imperiales, se dan pinceladas sobre geopolítica (que proveen ideas de cómo se elaboran los argumentos de un país que invade y ocupa a otro país). Un tema ventilado es el de los crímenes de guerra que no se contemplaron en el pacto de BriandKellog, París 1928, por lo que el juicio de Tokio se ajustó al modelo ejecutado en Nuremberg. Los crímenes de guerra son explorados por el Tribunal de La Haya desde 2002. La narrativa de la miniserie es construida sin aspavientos y procura mantenerse en las convenciones cinematográficas estándar, intercala desproporcionadamente escenas de la guerra con lo que tiende a romper la atención sobre asuntos trascendentales del juicio. Hay momentos en los que en el último episodio el público espera choques estrepitosos cuando los enjuiciados reciben sus respectivos veredictos, pero en su lugar sus rostros son inconmovibles, como si ya supieran lo que venía. Pero hay que entender las culturas milenarias de Asia, especialmente la japonesa, tan diferentes a las muestras de insatisfacción tan expresivas en el cine como en la vida real. En Netflix como Tokyo Trial. l HHHH GÉNERO: drama judicial histórico. DURACIÓN: 4 episodios de 50 minutos c/u .
H H H H H EXCELENTE | H H H H MUY BUENA H H H BUENA | H H REGULAR | H MALA
el libro vive
desde mi ventana
FRANK NÚÑEZ franknunez463@gmail.com
SANTIAGO ALMADA salmada@elcaribe.com.do o
Ana Silvia Reynoso y noviembre
La nostalgia
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or el asesinato de las tres hermanas Mirabal durante la dictadura trujillista, un 25 de noviembre de 1960, se celebra en este mes el Día de la No Violencia Contra la Mujer. Es la temática que inspira a la escritora Ana Silvia Reynoso viuda Abud, en su libro Cuatro madres inolvidables: Relatos novelados, en los que resalta las virtudes de la mujer dominicana. La misma escritora lo describe como “un libro de semblanzas sobre cuatro mujeres que desempeñaron un papel primordial en mi vida y que en cierta forma me guiaron hasta ser lo que soy”. El emotivo reconocimiento llega a “Juana Santos, abuela. Laura Santos, madre biológica. Ana Santos, madre que me acogió y crió. Hélene Baraldi, viuda Columna, quien completó la obra de las tres anteriores”. Otras Madres que Ana Silvia refiere son Victoria Eugenia Lebrón de Álvarez, Zoraida Heredia viuda Suncar y Renée Klang de Guzmán, de las que comenta: “Aportaron mucho en etapas vitales de mi desarrollo”, pero de las cuatro primeras dice: “Solo me tienen a mí para que las rescate del olvido”. La autora revela con sinceridad acontecimientos que otros callarían en torno a la manera inesperada que inició su existencia, acelerada por la acción de un sacerdote que irrespetó la confianza familiar, situación aliviada por la abnegada decisión de Pedro Antonio Reynoso, “un pretendiente que había sido rechazado en su momento, pero que tuvo la benevolencia y hombría de casarse” con la madre embarazada, y se convirtió en su padre, “aunque sabía que no podía contar en ese momento con su amor”. Alberto Bass, conocido artista plástico perteneciente a la misma familia, resalta en la presentación: “Cuando realizamos un recorrido por el texto de Ana Silvia, no solo palparemos el universo de cuatro mujeres, sino la representación máxima de la dominicanidad, representada en el concepto de Patria”. Observa en los relatos “la existencia de un hilo conductor que mantiene al lector alerta sobre la narrativa sencilla, directa y emotiva, capaz de propiciar sensaciones de alegría, tristeza y dulzura”. Ciertamente, así es. l
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oda nostalgia es confusa, es decir, no existen recuerdos que conserve en detalle todo lo que se trae al presente, y esto es explicable porque el paso del tiempo modifica de alguna manera los colores y las formas que permanecen dormidos en la memoria y despiertan a veces accidentalmente, y otras de forma deliberada. El término proviene del griego nostos, que significa evocar, o traer el pasado al presente. Sin la nostalgia no existiría la literatura en general ni la porsía, incluso en los poemas homéricos se habla de varios nostos, o núcleos narrativos que van desarrollando los acontecimientos narrados de la guerra de Troya, por ejemplo. Hay ciertas nostalgias, justo es decirlo, negativas o inútiles, como la de gente con poca formación que a veces rememora el trujillato como una época de orden y disciplina, “la gente no trancaba las puertas” y otras tonterías que la historia desmiente totalmente con solo contabilizar cadáveres, torturas y sangre derramada. Muchas disciplinas científicas, así como el arte en general, “reconstruyen” el pasado y a veces inmortalizan a personajes reales o ficticios; al colocar sus nombres en obras que perdurarán a través de los siglos, como la Beatriz de Dante en La divina comedia o Mercedes, la novia y posteriormente esposa de García Márquez, mencionada en Cien años de soledad. Pero la nostalgia no es solamente literaria o cinematográfica, suele ser el refugio de los ancianos cuando rescatan su infancia o sus años juveniles y traen al ahora situaciones vividas hace décadas, en evocaciones que entremezclan realidades con ensueños en los que la memoria se deleita, sobre todo cuando algún oyente joven disfruta de esos relatos. He visto alguna vez a un abuelo emocionado revivir para un nieto atento aquel histórico primer juego de serie mundial de 1988 de los Dodgers contra Oakland, cuando un Kirk Gibson adolorido y cojo, que cruzó las bases casi en un solo pie, disparó ese jonrón que levantó hasta las nubes la moral de su escuadra que ganó aquel cotejo y después la serie en solo cinco juegos. La nostalgia es también la principal materia de muchos géneros musicales, como el tango o nuestro popular merengue, cuyos tonos permanecen en la memoria popular como un monumento imperecedero y sonoro, que en cada compás extiende una invitación a un viaje de regreso. l
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Las vainas de Mercader
Richard Prince se robó el vaquero marlboro
Richard Prince por Mercader. F.E.
Norm Clasen por Mercader. F.E.
ren llamar a “sus obras”, las genialidades refotografiadas, un eufemismo que enmascara el acto delictivo. A continuación voy a señalar los 6 pasos que hacen para estafar al mundo para que los artistas lo entiendan y no anden por ahí imitando sin base.
JOSÉ MERCADER 666mercader@gmail.com
Para Rosalina Perdomo y Edwin Espinal. Una por ser fotógrafa y el otro por el tema del derecho de autor, del que es experto. Ambos amigos.
Cómo funciona el engaño del arte conceptual
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uando el cigarrillo estuvo en sus mejores momentos, se debió, en gran parte, a una campaña de publicitad de 1970 por la agencia que dirigía Leo Burnett. El éxito de esa campaña, en gran parte también, ocurrió porque Burnett contrató a un tremendo fotógrafo: Norm Clasen. Pero las fotografías que más se destacaron en esa campaña fueron “Sunset Chase” de 1985, “Brazos River Run” de 1987 y “On the edge”, también del 87. Todas con vaquero como protagonista o eje central simbolizando la americanidad. Esa fue la genialidad de Burnett, estudiar y descubrir cómo el vaquero, que dominaba su manada era el elemento que representaba a toda la sociedad porque había crecido frente a su televisor viendo al único héroe que le ganaba a todas las hordas de “indios salvajes” cuando los héroes fantásticos empezaban sus aventuras en el imaginario ya que en la realidad de la ll Guerra Mundial no los tuvieron. El vaquero no. El vaquero estaba incrustado profundamente en la psiquis del norteamericano a tal punto que cuando apareció la campaña, las estadísticas de venta se dispararon. Todos fueron el “hombre Marlboro” que incluso sirvió para reclutar soldados a las odiosas guerras de Vietnam y extender el dominio y hegemonía fuera de su territorio. En uno de estos, la zona del Canal de Panamá, nació este señor con mirada de engaño y sonrisa de psicópata, entre las penumbras de un escenario propio de Drácula, que aprendió, de esa ocupación, lo que haría en el futuro: apropiarse de lo ajeno, chupar sangre de otros artistas que era mas fácil que estudiar y hacer arte propio. Ese aprendizaje no le vino solo de sus vivencias en el Canal robado, otros “ar-
Fotografía de Walker Evans. F.E.
Norm Clasen muestra fotos a caballos F.E.
Obra de Norm Clasen. F.E.
tistas” le enseñaron cómo hacerlo y convertirse en millonario, que es lo único que les importa a los que inventaron el “arte conceptual”. Convirtieron el Arte en mercancía para hacer dinero. Pues sin pudor y, descaradamente, este “artista” del canal, ahora en Estados Unidos, llevó a una exposición fotos de Clasen usadas en los anuncios de Marlboro como si fuese una obra de arte de su autoría. El primer logro de su plan funcionó perfectamente: armar un escándalo que es lo que caracteriza al “arte conceptual” y, el segundo también, cuando fue demandado por el artista, el verdadero artista, el autor de las fotos. La casa de subasta Christie’s vendió, en el 2014, una de “sus obras” robadas, por US$3.7 millones. Los críticos prefie-
1. Se calcula cómo provocar un escándalo que haga bulla y crea indignación, luego de elegir al “artista”. Siempre con los plagios ocurre y, si el artista plagiado está vivo, el escándalo es mucho mayor. 2. Tanto las casas de subastas como los directores de los grandes museos, entran en el juego, son cómplices, apoyan las subastas y sus “críticos”, un ejército de bocinas bien paga para validar como arte las piezas del escándalo. 3. El precio que las casas de subasta le da es altísimo para que las “obras” adquieran un valor de mercado que deje ganancias cuantiosas. En muchísimos casos el propio “artista” o algún socio de la casa de subasta, es el comprador, c o m prador ficticio, por supuesto. 4. Una vez las casas de subastas determinan que esa “obra” de ese “artista” es millonaria, las convierten en piezas de alto valor “e importancia para el Arte”. 5. Dado lo anterior, todos los museos deben tener, en su colección, una obra o varias de ese “artista genial” que no sabe ni mierda de arte y que no ha hecho absolutamente nada. Simplemente coger la obra de otros que sí son artistas, o por lo menos crearon algo. 6. Es así que el plagiador puede vender cientos de obras a museos y coleccionistas que “no pueden darse el lujo de no tener” un plagio de Prince. Pero no para admirar esa “obra” es para adquirir una “pieza de valor de mercado” que al otro día puedan revender con otro precio mayor. Los millones adquiridos se reparten entre las casas de subastas, los directores de museo, los “críticos”, los dueños de periódicos y revistas donde se difunden las infundadas validaciones (la construcción de la “obra”), una parte al “artista” y otra para pagar los honorarios
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a los abogados y al artista atropellado que los ha demandado en la Justicia y que casi siempre pierde porque a Don Din, nadie le gana. El colmo del descaro y la imbecilidad, fue la exposición de este Prince con caricaturas de revistas. Las recortó, amplió, borró el nombre de los artistas y las expuso como obras suya. Pero uno piensa, sin conocer los 6 puntos de arriba, lo peor son las galerías que las exponen. ¿Se puede comparar la cifra irrisoria que le dan a las viudas, hijos o nietos de los artistas con las ganancias millonarias del plagiador y sus cómplices? Ya el camino lo había recorrido Warhol, mas que con el “Brillo”, con las etiquetas de sopa Campbell y la Coca-Cola. Aquí, que no tenemos ese mercado ni esos mecanismos de las casas de subastas ni menos coleccionistas, sí aparecen, por doble plagio, “curadores” y “críticos” que tienen que estar a la moda, que tienen que “ser de avanzada”, que “están actualizado”, son cómlices de esta corriente que va contra el Arte y los artistas, como lo demostraron, esnóbicamente, al premiar “La Palmita”. Se les peló el billete cuando en acto que va a pasar a la Historia, mucho mas que crear El Centro Cultural en Tamboril, el retiro del premio que realizó Robertico. A ese rechazo de “La Palmita” y el apoyo a Cultura por retirar el premio, fue apoyado por mas de 140 artistas del CODAP y por más de 300 personalidades entre artistas, escritores, historiadores, poetas del Cibao en su Manifiesto “NO A LA PaiMITA”. Si “La Palmita” hubiese sido subastada en Christie’s, su autor, el del vivero, ya hubiera sido millonarísimo. Aquí no logró ni siquiera que los “curadores” y “críticos” tengan una en sus casas. Avelina Lésper es la única historiadora de Arte que se ha atrevido a denunciar estas barbaridades y que está al lado de los artistas. •Prince quiso hacer imitacines de Basquiat y no le hicieron caso. •Quiso imitar a de Kooning y tampoco le salió. •No es “el transgresor de la fotografía”, que hasta bonito suena. Es el ladron de la obra fotográfica de Norm Clasen como lo es Sherrie Levine del maestro Walker Evans. •Roy Lichtenstein, que usaba imágenes de comics y novelas gráficas, por lo menos se tomaba la molestia de dibujarlas y pintarlas, aunque nunca mencionó a los verdaderos autores de esos dibujos. •El gran aliado del “arte conceptual” es el MARKETING. •Si entendemos los 6 puntos, es fácil establecer que Romero Brito es un artesano, no un artista. Claro, un artesano de cachet. •Pongamos que definir Arte “sea complicado”, pero una cosa queda clara, un plagio es un plagio y una sociedad que lo permita no puede levantar “la Democracia” como argumento para aceptarla. No puede ser tan democrática que Prince se haga millonario vendiendo obras de un artista como si fueran suyas. ¿Por qué alguien no usa las imágenes que Prince le robó a Clasen y las presenta como nueva obra? Sería pionero de una nueva corriente: el Rerefotografismo. Tendría que contar, claro está, con el plan de los 6 puntos. l
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Poemas de Ana María Fuster Lavín en el silencio VALENTÍN AMARO Especial para elCaribe
Soñar entre sombras
–memoria de otro huracán–
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oy en “Espejo de tinta”, recibimos a la poeta puertorriqueña Ana María Fuster Lavín. Nuestra invitada es escritora, correctora legal y literaria. Graduada de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras. Ganadora de múltiples premios en ensayo, cuento, microcuento y poesía; cuenta con más de 21 libros publicados, algunos de estos son: de cuentos: Verdades caprichosas (2001), Mención Honor-Instituto Literatura PR; Réquiem (2005), 2do Lugar-PEN Club PR; Callejón de los gatos (2022), Premio Nacional PEN Internacional PR, y Terapia [confesiones no juramentadas] (2025). //Poemarios: El libro de las sombras (2006), Mención Honor-Instituto Literatura PR; El Eróscopo (2010); Al otro lado, el puente (2018); Necrópolis, retorno a la ciudad de sombras (2022) Muro Azul Silencio (2022), Cicatrices de la memoria (2023), Mención Honor-PEN Internacional PR.//Novelas: (In) somnio (2012), Mariposas negras (2016).// Microcuentos: Carnaval de sangre (2015); [Cuestión de género] (2019), Premio Nacional-PEN Internacional PR; La marejada de los muertos y otras pandemias (2020) Premio Nacional-PEN Internacional PR; Habitantes del silencio (2025).
Ese grito de la sangre
soy el grito de mi propia sangre libre, renací mujer de mí misma reescribo mi cuerpo en cada cicatriz en cada lucha en cada verso que pretenden disipar a fuerza de prioridades ajenas mi sangre vive en un coro de mujeres que sin pedir permiso desde nuestras heridas, aún abiertas, emprendemos nuestra ruta –por las que murieron en el intento– desde nosotras mismas –por las condenadas y olvidadas– que rebeldes como estallido florecemos esperanzas entre los escombros somos ese grito de la sangre que se convierte en bosques, alas, memorias y cimientos inquietos para esas niñas que juegan libres al futuro por vivir
soñé tras rejas de viento que éramos invisibles que agusanados nos dejaron morir como sombras de ceniza, que implacables nos consumieron la historia del árbol y sus raíces para, famélicos, sumergirnos en la oscuridad fanfarrona de sus muecas en la oscuridad sórdida de sus leyes en la oscuridad necrótica oscuridad
con el estremecimiento de nuestros sueños hasta que el oxígeno se desnude de desperdicios innecesarios, cegadores de odios ajenos y fundamentalistas hasta poder ver a través de los párpados y sentirnos invencibles desde las raíces de la poesía Terapia
—leer cada cicatriz es descubrir los delirios del papel— mi sexo mutilado pinta cenizas difuminando niñas muertas sombra muertas de ojos como dardos muertas como el amor espejo muertas mosto ámbar carmesí azul soy muerte penetrada muerte ella solo morir invisible muerte nosotras —nombrar cada muerte es reconocer la vida— quizá ensalitrarse negro sin aire como huellas coaguladas yo ella él respirar caminos cristales sin palabras puente a puente como versos de agua desangrada narcosis de nostalgias agarradas a los pétalos mirada hasta perderse en las sílabas ven-ta-na aire solo volar llegar a mí tú las voces y sus siluetas —escribir es permitir la entrada al mundo—
Desde las raíces de la poesía
Escribir hasta que se nos desgarre el estridente caos del mundo, que cada palabra grite, ame, que jamaquee nuestras cicatrices y las convierta en semillas risas, posibilidades rebeldes, anhelos inconformes antes de recorrer un nuevo sendero hacia un infinito fértil donde cada verbo sea una posibilidad impaciente para soñar incomodando los cimientos; también para amar el silencio de los versos y de la mano, parir otras pisadas
adjetivada despertar fuego poema beso deambular cabellos esdrújulos esporádicos como lluvia de plata manar dedos olvidar revestirme tú yo cadáver describir la risa capullo puerta renacer conjugaciones nieve correr páginas correr delirio y llegar a mí cicatriz papel de vida casi mundo como nombrar nadie granito a granito reloj de cuerpos solo dormir amaneciéndome allí al otro lado de mí
soñé que somos fuegos fatuos peregrinando migajas, arrebatados saqueados exangües recolectamos treguas de luz bebemos polifonías y sombras al atravesar un túnel abandonado con los extremos amputados en la mañana después del huracán en la mañana previa al veredicto en la mañana detonada mañana soñé con otras manos nadando entre los escombros de espejismos y pedestales entre cuerpos de ceniza y nos abrazamos gritando hasta quebrantar sus máscaras y cimientos de papel para despertar y regresar ser nosotros un nuevo puente lucha renacida esperanza luz y finalmente ser y despertar Remedio para la fragilidad
–memoria para hidratar semillas– germinar ser amanecer sin respuestas solo brotar desde la flor polinizarnos de lo esencial y saltar hacia el grito Resucitar
–memoria de mi muerte– “La poesía es un cuerpo resucitado que habla en silencio y metáforas” —Carlos Roberto Gómez Beras y si muero, en esta esquina de verbos filosos pero mudos que amputan pisadas puentes y manos deshojándome libro a libro hasta fragmentarme –sin nuestra fruta preferida sin sílabas ni personajes– en un torpe balbucear eclipsado de lágrimas
página a página borradas desmembradas como mi propia piel de papel, pero no quiero dolerme ni llorarme ni implorar a esas voces que zigzaguean inquietas dentro de mí y si muero de pie como los árboles sin tiempo para huir ni para visitas claro, inevitablemente echaré de menos aquellos versos de mi memoria también de la nuestra mientras observo mi sangre caer al vacío entre mis sombras sin despedidas -o, tal vez, demasiadascomo ese ayer en el que desvestí mi isla y desiertas ambas resucitamos un rompecabezas de recuerdos hasta finalmente arrojarnos sin miedo al otro lado del silencio o de la poesía y si ya he fallecido pero me resisto –invisible metáfora– inquebrantable como cuando sobreviví criando sola a mi hijo a veces, sin suficientes adjetivos, o al abandono y sus farsas al cáncer hambriento de mí a la muerte de mi hija mientras yo, sin saberlo, me refugiaba de mí misma frente al espejo de palabras que se resistían a ser simple registro de mis desgracias y pasiones y si al morir río aliviada quizás reconozca que finalmente he alcanzado la fe de mis cicatrices sola y desnuda de lo vivido en esta inesperada paz –donde ya no permanece aquel vértigo y sus temores– donde aprendí a caminar minificciones como confeti al viento a escribir nuevas certezas que te quedaste que me quedé cuando ya todo estaba perdido pero permanece intacto en el sabor de las acerolas y sus raíces l ______________________________________ Esta página es una colaboración especial para este suplemento.
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El sujeto poético de hoy MARINO BERIGÜETE
Poeta m.beriguete@gmail.com
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scuché decir al poeta mexicano Alí Calderón, en la feria del libro de Coyoacán, que Ezra Pound aconsejaba escribir poesía como se conversa: sin adornos, sin impostaciones, con la naturalidad con que se le habla a un hermano. Lo dijo como se lanza una piedra a un estanque: esperando que las ondas crucen hasta la otra orilla. No era una revelación, pero sí un recordatorio urgente. La poesía, que durante siglos se soñó sagrada, necesita —cada tanto— que alguien le diga que también puede ser calle, cuerpo, sudor, disparos. Que no siempre tiene que ser símbolo. Que también puede ser herida. En la primera mitad del siglo XX, Pedro Henríquez Ureña trajo a México esa misma idea, con una voz distinta: menos provocadora, más serena, pero no menos radical. Les dijo a los jóvenes: escriban como se habla. No era una invitación a traicionar el arte, ni a renunciar a la inteligencia, sino a buscar una forma de verdad. Hay palabras que solo brillan cuando se las despoja del oro de la solemnidad. Hay frases que, sin vestiduras retóricas, se vuelven más humanas, más necesarias. Los Contemporáneos —ese grupo que algunos aún imaginan como aristócratas del idioma— en realidad tenían sed de modernidad. Villaurrutia, Novo, Gorostiza: no buscaban el prestigio del ornamento, sino el aire fresco de la calle. Sabían que el español necesitaba respirar fuera de los tratados. De Pound aprendieron la precisión. De Pedro, la confianza en el habla. Y descubrieron que en la claridad también hay música, que una frase limpia puede ser más honda que una orquesta barroca. Desde entonces, la poesía moderna oscila entre dos orillas: el templo y la calle. Algunos la quieren profética, como antorcha; otros cotidiana, como una charla a la salida del metro. Pero quizás no haya contradicción. La poesía puede estar en ambos lugares. Una antorcha también puede alumbrar una cocina, y en una taquería de Coyoacán puede escucharse una frase que valga más que cien versos. Porque lo poético no siempre nace del artificio: a veces se encuentra entre la grasa de los tacos y una carcajada al fondo. Hoy, más que nunca, la poesía necesita parecerse a la vida. No porque la vida haya vencido al arte, sino porque el artificio perdió su misterio. Las grandes palabras ya no conmueven; la solemnidad suena hueca. Si el poeta quiere decir al-
El lenguaje de los poetas tiene la capacidad de explorar todas las facetas de la realidad pero ese viaje es siempre subjetivo. F.E.
go, tendrá que hablarles a los otros como quien espera en una fila, como quien conversa en una feria de libros al caer la tarde. No para ser simple, sino para ser humano. Y eso no es una pérdida: es una forma de fidelidad. El sujeto poético no es un dios. No necesita pontificar desde el mármol. Puede ser un muchacho que duda, una mujer cansada, un abuelo que recuerda. Puede tener hambre. Puede amar sin metáforas. Puede mirar el mundo sin necesidad de explicarlo todo. Hay una verdad honda en admitir que la poesía también puede ser conversación. Que el poema no necesita escalar montañas ni fingir martirio. A veces basta con decir: “Hoy vi a una niña que reía como si nada doliera”. Esa frase, dicha sin temblores, puede ser más poderosa que un coro de ángeles. Porque no intenta deslumbrar: intenta tocar. No es un descenso. Es un regreso. No se trata de rebajar la poesía, sino de devolverle el alma. Y el alma no está hecha de discursos: está hecha de pausas, de frases imperfectas, de verdades tímidas. La naturalidad que celebraban Pound y Henríquez Ureña no era pereza: era valor. El valor de escribir como si estuvié-
ramos vivos. Como quien deja testimonio. A veces, entre tanto virtuosismo, se nos olvida que la poesía nació en la boca de los hombres. En el canto del que vela a sus muertos, en la voz del que cosecha bajo el sol, en el susurro de quien ama sin palabras. No nació en las academias. Nació en el polvo, en el deseo, en el dolor. Por eso, cada vez que se aleja de eso, se traiciona a sí misma. Los jóvenes poetas deberían tatuarse una frase en la conciencia: no escriban para los poetas. Escriban para quienes no leen poesía. Para los que no saben que ya son poetas cuando callan, cuando sueñan, cuando recuerdan. No se trata de vulgarizar, ni de empobrecer el lenguaje, sino de cuidar algo más profundo: la conexión. Ese hilo invisible entre quien escribe y quien escucha. Porque si el poema no logra detener a alguien en medio de su día, entonces no es un poema: es adorno. Y de adornos ya está llena la vida. Claro, seguirán existiendo quienes escriban como si construyeran palacios. Y está bien. Toda arquitectura tiene su belleza. Pero no olvidemos que hoy hay Uber, Netflix, y que con tres palabras Bad Bun-
ny a veces dice más que una tesis. La poesía no tiene por qué encerrarse en vitrinas. Puede cantar desde la risa, desde el cuerpo, desde lo popular, y seguir siendo digna. La poesía del futuro —si la hay— será aquella que no le tema al presente. Que hable de la rabia, del deseo, del miedo y de la ternura sin pedir permiso. Que ría. Que diga lo que duele sin solemnidad. Que no se disfrace. Los viejos poetas lo sabían. Por eso Pound gritaba que había que escuchar el idioma. No el idioma de los libros, sino el de los niños, el de los mercados, el de la calle. Porque ahí está la fuerza que no se enseña, pero que salva. Quizá eso sea hoy el sujeto poético: no quien dicta, sino quien escucha. Quien anota lo que el mundo dice cuando no lo estamos mirando. Quien escribe como se habla, no por moda, sino por lealtad. Porque sabe que la poesía no está en las palabras bellas, sino en las palabras necesarias. Porque sabe —como lo supo Pedro, como lo gritó Pound— que la única retórica que importa es la que se parece a los seres humanos de hoy. Aeropuerto de México. 2025. l
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La conquista de México, de Francisco López de Gómara ANA MERCEDES GARCÍA ESPINAL Especial para elCaribe
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ara dar inicio a este ensayo, se plasma en estas páginas un poema alusivo a la conquista, titulado La ruina de Tenochcas y Tlatelolcas, de Miguel León-Portilla: Afánate, lucha, ¡oh Tlacatéccatl Temilotzin! Ya salen de sus naves los hombres de Castilla y los de las chinampas. ¡Es cercado por la guerra el tenochca; es cercado por la guerra el tlatelolca! Ya viene a cerrar el paso el armero Coyohuehuetzin; ya salió por el gran camino del Tepeyac el acolhua. ¡Es cercado por la guerra el tenochca; es cercado por la guerra el tlatelolca! Ya se ennegrece el fuego; ardiendo revienta el tiro, ya se ha difundido la niebla: ¡Han aprehendido a Cuauhtémoc! ¡Se extiende una brazada de príncipes mexicanos! ¡Es cercado por la guerra el tenochca; es cercado por la guerra el tlatelolca! En primer lugar, Francisco López de Gómara, en su obra, enfatiza la biografía de Hernán Cortés, quien nació en Medellín, España, en 1485. Sus padres, Martín Cortés de Monroy y Catalina Pizarro Altamirano, eran hidalgos nobles, aunque de escasa fortuna. El autor señala que Hernán Cortés viajó a las Indias en 1504, a los diecinueve años; es decir, siendo aún muy joven cuando se lanzó al mundo de la aventura. Se embarcó en una nao de Alonso Quintero y residió un tiempo en Santo Domingo, donde pretendía entrevistarse con Nicolás de Ovando, aunque este se hallaba ausente a su llegada. En el curso de su odisea, el intrépido Cortés, movido por la sed de aventura que lo caracterizaba, presenció cómo el almirante don Diego Colón enviaba a Diego Velázquez a conquistar Cuba. Cortés se unió a esta empresa como oficial del tesorero. Ya en Cuba, se dedicó a negocios agrícolas, crió vacas y vivió en Santiago de Baracoa, donde contrajo matrimonio con Catalina Suárez, buscando una vida tranquila y apacible. Sin embargo, en noviembre de 1518 y 1519, Cortés zarpó de Cuba, reuniendo quinientos cincuenta españoles en once compañías. Tras soportar un temporal, arribó a la isla de Acuzamil, donde se unió al clérigo Jerónimo de Aguilar. Su expedición tomó Potonchan por la fuerza y, al llegar a San Juan de Ulúa, fundó la Villa Rica de la Veracruz. Para evitar cualquier intento de regreso a Cuba, ordenó inutilizar los navíos y, tras sellar una alianza con los de Cempoallan, partió ha-
cia México el 16 de agosto de 1519. Según López de Gómara, la marcha hacia el interior incluyó la formación de una alianza crucial con Tlaxcallan, luego de castigar a sus espías cortándoles las manos. El 8 de noviembre de 1519, Cortés entró en la tierra de México-Tenochtitlán, donde fue recibido por Moctezuma y, seis días después, lo tomó prisionero. La crisis se agravó con la llegada de la gran armada de Pánfilo de Narváez en 1520, enviada desde Cuba para capturar a Cortés. Pero este, astuto y calculador, salió de México dejando a Pedro de Alvarado al mando y logró apresar a Narváez en Cempoallan. Cabe destacar que la posterior rebelión mexicana culminó con la muerte de Moctezuma, emperador de los aztecas. Esta tragedia obligó a los españoles a una retirada desastrosa en la llamada “Noche Triste”, aunque luego obtuvieron la victoria en la Batalla de Otumba.
Refugiado en Tlaxcallan, Cortés mandó construir trece bergantines para el sitio final. Regresó a la laguna con quinientos cuarenta españoles y una inmensa hueste de doscientos mil indios aliados. La caída de México-Tenochtitlán ocurrió el 13 de agosto de 1521, tras un asedio de tres meses, culminando con la captura de Cuauhtémoc. Años después, durante la expedición a las Hibueras, Cortés ordenó su ejecución por ahorcamiento en 1525. Finalmente, regresó a España para resolver sus pleitos, se casó con doña Juana de Zúñiga y murió en Castilleja de la Cuesta el 2 de diciembre de 1547, a los sesenta y tres años. En conclusión, la obra de Francisco López de Gómara constituye un testimonio monumental sobre la vida de Hernán Cortés, desde sus orígenes hasta la conquista de México y su muerte en España. De esta historia surge la célebre frase “¡Quemen los barcos!”, expresión no
literal, sino símbolo de la determinación de no retroceder ante la adversidad, de seguir adelante en la empresa conquistadora. Así, Cortés cumplió su propósito: la conquista de México. Don Martín Cortés a la sepultura de su padre: “Padre, cuya suerte impropiamente Aqueste bajo mundo poseía; Valor que nuestra edad enriquecía, Descansa en paz eternamente.” Bibliografía. Gómara, L. F. (1979) La Historia de la conquista de México. Biblioteca Ayacucho. León-Portilla, M. (2020) XV. Cantos tristes de la conquista. Recuperado de https://historicas.unam. mx/publicaciones/publicadigital/ libros/obras_leon_portilla/599 /599_05_18_cantostristes.pdf
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La OSN cierra el 2025 con una muestra de su músculo orquestal ANDRÉS TOVAR Especial para elCaribe
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ConCierto Sentido
Sting navegará al Met con su obra más sinfónica
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a Temporada Sinfónica 2025 cerró esta semana con un gesto, para quien suscribe, nada casual: una orquesta que decide terminar el año “mostrando músculo”, que aouesta por un programa grande, exigente y emocionalmente intenso: Beethoven y Chaikovski después de una obra contemporánea dominicana. El concierto de clausura, celebrado el jueves 13 de noviembre, reunió tres universos distintos: la fanfarria ceremonial “Novi Temporis” de José Antonio Molina, la danza contenida pero imparable de la Séptima de Beethoven y el dramatismo casi teatral de la Cuarta de Chaikovski. La intención (¿con “premeditación y alevosía”?) estaba clara: una tríada diseñada para medir la resistencia, color, disciplina y proyección de la Orquesta Sinfónica Nacional (OSN), que este año mostró una madurez sonora a la que no se llega por accidente, sino por acumulación de trabajo y una mezcla creciente de músicos jóvenes y veteranos que ya empiezan a respirar como un solo cuerpo.
La fanfarria dominicana
Luego del Himno Nacional Dominicano, las cuerdas abrieron el espacio para dejarle todo el protagonismo a los metales, quienes respondieron, con claridad y presencia, a la apertura del concierto con la Fanfarria “Novi Temporis”, obra que Molina escribió hace casi dos décadas. La selección, opinión personal, no fue casualidad: Molina, formado en la tradición sinfónica europea y estadounidense, entiende el valor simbólico de una fanfarria: anunciar, convocar, abrir un espacio. Además, para los que conocen de historia, tiene un significado especial: fue un encargo de Philippe Entremont a Molina para la décima y última edición del Festival Musical de Santo Domingo, evento que, para los entendidos, es el parteaguas de la escena sinfónica local. Por ende, que la temporada haya finalizado con la “Novi Temporis” no fue un gesto menor del director: es un recordatorio de tradición académica y una declaración de pertenencia. La 7ma de Beethoven: danza, estructura y diálogo
Un lugar común al escribir de la Séptima sinfonía de Beethoven es caer en los clichés. Romain Rolland la llamó “orgía del ritmo”, Wagner la describió como “apoteosis de la danza”. Ambas frases, aunque célebres, suelen repetirse sin explicar el porqué. Así las cosas, la OSN con su interpretación del jueves, dejó un aporte sonoro para entenderlo de forma casi didáctica. El primer movimiento avanzó con un pulso firme, sin prisas, construyendo la tensión sin sacrificar claridad. Y el Allegretto, ese movimiento que tantas veces ha si-
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La OSN cierra su temporada 2025 con un concierto que fue una exhibición de poder y madurez. CORTESÍA
do repetido como obra autónoma, mantuvo su carácter hipnótico: cuerdas graves marcando el paso, violas respirando en una misma frase y maderas entrando como si el sonido se abriera desde dentro. Fue uno de los mejores momentos de la noche. Hay algo profundamente pedagógico en observar esta sinfonía en vivo: Beethoven no busca un ritmo “bonito”, sino un ritmo que arrastre; eso exige precisión. Y la OSN respondió con un equilibrio que revela progreso: ataques más definidos, un fraseo menos apurado y una escucha interna más constante entre familias. El scherzo y su trío mostraron soltura, y el Finale, rápido pero controlado, cerró con energía sin caer en el vértigo. Fue una Séptima sólida, clara, inteligible, interpretada con respeto por la estructura y con un pulso que supo crecer sin desbordarse. Y no es un logro menor. Chaikovski: destino, vértigo y una orquesta que asume el reto
La Sinfonía No. 4 en fa menor de Chaikovski, por su parte, es de esas piezas que no perdona. Exige a los metales una estabilidad casi militar, a las cuerdas un sonido homogéneo incluso en los pasajes más feroces, y a las maderas la expresividad que sostenga el drama sin exagerarlo. Es una obra que pide todo. El primer movimiento, tan temido por su fuerza y por sus contrastes, encontró una orquesta concentrada y en control. El famoso “tema del destino” surgió con el peso necesario, sin estridencias, y permitió que el segundo tema, más nostálgico, casi confesional, respirara con naturalidad. El Andantino destacó por la voz cálida del oboe, sostenida por unas cuerdas que lograron un color homogéneo y bien empastado. El scherzo, con su escritura en pizzicato, mostró disciplina y coordinación, y el Finale liberó toda la energía acumulada. Fue un “cierre con mensaje”: la orquesta ya no le huye a los grandes formatos: los busca. Chaikovski funciona como prueba de estrés para una agrupación sinfónica. Y, para quien suscribe, Molina quiso dejar claro que la OSN está lista para esa exigencia. Una temporada de madurez artística
El concierto de clausura fue la síntesis
de una temporada marcada por una evolución en tres frentes. Los dos primeros corresponden a la OSN: primero, la muestra de un sonido más consolidado, con ataques más limpios, mejor balance entre secciones y mayor control dinámico. Y el segundo, la muestra de una convivencia generacional fructífera: jóvenes que entran con impulso con veteranos que sostienen la tradición. El tercer frente, no menos importante, lo representó un público que responde, con más presencia en sala, más curiosidad y más apertura al repertorio grande. Cuando una orquesta crece, no solo mejora su sonido: mejora la escucha del país. Una sinfónica sólida eleva el estándar cultural, educa sin discursos, transforma sensibilidad. Y eso es lo que la Temporada 2025 debe dejar como balance: una orquesta que debe y tiene la responsabilidad de asumir su rol como referencia nacional, y un público que demuestra que sí tiene apetito por estas experiencias. Mirando hacia 2026
Las fechas preliminares de los conciertos de la OSN para el 2026 ya están en agenda: el 13 de enero inician con “Tesoros de la Patria”, a mediados de febrero inician su temporada didáctica y, en mayo, con una nueva Temporada Sinfónica. La OSN entra en una etapa clave: está lo suficientemente sólida para crecer, pero también debe estar lo suficientemente consciente de que su liderazgo artístico implica responsabilidad cultural. El reto de 2026 debe ser mantener esa combinación de repertorio grande, obras dominicanas de peso y más propuestas, en cantidad y calidad, que emocionen. Si algo se demostró en la clausura es que, cuando la orquesta apuesta en serio y programa con ambición, coherencia y sentido artístico, el público sinfónico dominicano responde. La música sinfónica no es un lujo: es una herramienta educativa, cultural y ciudadana. La Temporada 2025 puede sentar las bases. Y, si se mantiene este rumbo, 2026 puede convertirse en el año en que la Orquesta Sinfónica Nacional termine de afirmarse no solo como una institución musical, sino como un símbolo de lo que República Dominicana puede ser cuando apuesta por la excelencia. l
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he Last Ship (El úlimo barco, 2013) le mostró al mundo el nivel de profundidad de la “otra dimensión” de Sting, la del músico completo con sobrado dominio de lo sinfónico, la de actor y creador de un “astillero emocional”, todo con una lucidez que solo conceden los años. Ahora, llevar al Metropolitan Opera House (Met) una historia forjada en herrumbre y dignidad obrera podría parecer una paradoja, pero la nueva versión del musical, original de 2014 y que se anuncia en el Met para mediados de junio del 2026, promete una musculatura orquestal que justifica plenamente su desembarco en ese escenario. Lo más revelador de esta obra del ex líder de The Police y dueño de una de las más amplias y solventes carreras como solista es que se sitúa en un territorio fronterizo entre teatro musical y tradición sinfónica británica. Exhibe un lenguaje que se acerca más al oratorio contemporáneo que al musical convencional: armonías modales, líneas vocales de tono confesional y un uso del coro que funciona como conciencia colectiva, casi litúrgica. A diferencia de tantos proyectos “pop sinfónicos”, aquí la orquesta no maquilla: respira, sostiene y narra. Es música escrita por alguien que conoce el poder tectónico de un tutti y la intimidad de un solo de fliscorno al borde del silencio. Para la versión del Met, la dramaturgia estará a cargo de Barney Norris y la dirección de Leo Wagner, dos archiconocidos de la escena neoyorkina y que apuestan a corregir las “irregularidades” de la versión original, cuya recepción en Londres fue sensiblemente más cálida que en Broadway, y promete darle a Jackie White -el capataz del astillero, personaje central de la obra e interpretado por el propio Sting- una profundidad trágica más congruente con el relato. l
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NOVELA POR ENTREGAS
Encuentro en Valladolid BASILIO RODRÍGUEZ CAÑADA ESPECIAL PARA elCaribe
entre las sombras de las calles estrechas, dos hombres se preparaban para encontrarse, como si fuesen personajes convocados por la pluma de un destino invisible.
VI. El encuentro preparado
En Valladolid, las intrigas cortesanas solían torcerse o perderse en la maraña de intereses. Pero había otra clase de conspiración, más discreta y luminosa, que se estaba tejiendo en paralelo: la de quienes deseaban ver unidos, aunque fuera por una tarde, a los dos hombres de letras que el azar había puesto en la misma ciudad. Fue el conde de Lemos quien dio el primer paso. Amigo y protector de Cervantes, sabía que su pupilo necesitaba tanto reconocimiento como aliento. Y al escuchar que en la embajada inglesa viajaba un dramaturgo celebrado, pensó en la ocasión. Comentó en voz baja, durante un banquete, que nada honraría más a la hospitalidad castellana que propiciar un encuentro entre ambos. La idea encontró eco en uno de los secretarios del embajador inglés, un joven erudito que admiraba el teatro londinense y había hojeado ya el Quijote en latín. Entre brindis y carcajadas, prometió trasladar el mensaje a su señor y, de ser posible, a Shakespeare mismo. Mientras tanto, los dos protagonistas vivían la espera con desiguales sentimientos. Cervantes, que había enfrentado guerras, prisiones y pobreza, no era hombre fácil de impresionar. Pero la fama de Shakespeare le producía una mezcla de curiosidad y desconfianza. ¿Qué podía enseñarle un dramaturgo extranjero que, seguramente, nunca había sentido la presión de un arcabuz en el pecho ni el hambre de un cautiverio? Y sin embargo… en aquel autor de teatro inglés parecía habitar una hondura que despertaba su respeto. Shakespeare, por su parte, sentía la excitación de un joven. La posibilidad de hablar con el creador de Don Quijote era como contemplar a un personaje suyo cobrar vida. ¿De qué hablarían? ¿Del poder de la imaginación? ¿De la locura? ¿De la frontera borrosa entre lo real y lo soñado? Cada día en Valladolid, mientras la comitiva inglesa negociaba tratados, él se sorprendía escribiendo posibles diálogos, ensayando preguntas, borrando frases. El rumor del encuentro se extendió por la ciudad. En las tabernas, algunos ya imaginaban cómo uno hablaría en castellano y el otro en inglés, con intérpretes esforzados por no perder los matices. Otros bromeaban: —Si el inglés y el manco se entienden, será prueba de que la paz entre los reinos es posible. Finalmente, la ocasión se fijó en secreto: una tarde discreta, sin cortejos ni solemnidad, en una casa cercana al convento de San Pablo. Solo unos pocos lo sabrían, para evitar el gentío y la curiosidad excesiva. Cervantesfueavisadocontiempo.Shakespeare lo supo la víspera. Ninguno durmió demasiado la noche anterior. Al amanecer, la ciudad siguió su rutina de campanas, pregones y mercados. Pero
VII. El encuentro
La casa donde se citaron estaba en una callejuela discreta, próxima al convento de San Pablo. No había pendones ni cortejos, solo el rumor lejano de los pregones en la plaza. En una sala iluminada por la tarde, dos sillas se miraban frente a frente. Cervantes llegó primero. Su andar era pausado, su capa gastada pero digna. Llevaba consigo un cuaderno pequeño, como si temiera que las palabras se le escaparan. Poco después entró Shakespeare, con porte más ágil, traje oscuro, barba recortada. Se saludaron con una inclinación respetuosa, cada uno en su lengua, y enseguida un intérprete se colocó discretamente a un lado. Tras unos instantes de silencio, Cervantes fue el primero en hablar: —Señor Shakespeare, dicen que en vuestras tablas los hombres ríen y lloran en un mismo acto. ¿Cómo lo hacéis? El inglés sonrió, esperando la traducción, y respondió: —No hago más que mostrarles lo que ya llevan dentro. El teatro no enseña, revela. Los hombres se reconocen en Hamlet, en Lear, en Romeo… porque ellos mismos son un poco de cada cual. Cervantes asintió lentamente. —Entonces no somos tan distintos. Yo di vida a un hidalgo loco para que los hombres vieran su propia cordura, y a un escudero simple para que reconocieran su sabiduría. Shakespeare lo observó con interés, como quien encuentra un espejo en otra lengua. —Vuestro Don Quijote busca la gloria y halla la risa. Mis héroes buscan el amor o el poder y encuentran la tragedia. En el fondo, ambos hablamos de la misma cosa: la fragilidad del hombre. Hubo un silencio breve, lleno de reconocimiento. Cervantes, con un deje de ironía, comentó: —Yo aprendí esa fragilidad en Lepanto, en las cárceles de Argel y en las estrecheces de Castilla. Vos, ¿dónde la hallasteis? Shakespeare bajó la mirada. —En los ojos de los actores, en los gritos de la multitud, en las sombras de mi propio hogar. No hace falta la guerra para conocer la derrota. El intérprete tradujo con voz baja. Cervantes lo miró y soltó una carcajada breve, no de burla sino de complicidad. —Así que cada cual libra sus batallas en distinto campo. Hablaron después de la fama. Shakespeare confesó que lo inquietaba su dependencia de los escenarios y del gusto del público. Cervantes, más viejo, respondió con un gesto resignado: —La gloria es como viento en la Mancha: sopla cuando quiere y hacia donde quiere. Lo único cierto es la obra escrita. A medida que avanzaba la conversación,
el intérprete parecía volverse innecesario. Gestos, silencios y miradas iban tendiendo puentes invisibles. Finalmente, Shakespeare preguntó con tono grave: —¿Creéis que nuestras palabras sobrevivirán? Cervantes, con una chispa en los ojos cansados, replicó: —Sobrevivirán, no por nosotros, sino porque hablan de lo eterno: del deseo, de la locura, de la esperanza. Los dos hombres callaron. Afuera, las campanas de San Pablo llamaban al rezo. Dentro, dos plumas inmortales se habían encontrado, cruzando mares y lenguas, como si el mundo hubiese querido juntar en un instante lo que rara vez se concede: el diálogo de dos genios. VIII. Después del encuentro
La tarde se deshizo en sombras, y con ella la sensación de que algo extraordinario había ocurrido. Cervantes regresó a su hogar con el corazón agitado, como si la conversación con Shakespeare hubiera encendido un fuego silencioso en su interior. Sentado ante su escritorio, dejó que sus dedos recorrieran las páginas del Quijote, leyendo con nueva atención, como si cada palabra adquiriera un matiz distinto tras aquel diálogo. Pensó en Hamlet y en Lear, nombres que apenas lograba pronunciar en inglés, pero que resonaban en su mente con fuerza. “No somos tan distintos —se dijo—. Todos los hombres buscan sentido en un mundo que rara vez lo da.” La tarde se convirtió en noche, y Cervantes escribió sin detenerse, copiando fragmentos de sus pensamientos, borrando otros, buscando el eco de lo compartido con el poeta inglés. Shakespeare, en su posada, también permaneció despierto. La conversación con Cervantes le había removido un cúmulo de ideas que creía dormidas. La locura del hidalgo manchego, su coraje absurdo y su ternura, eran espejos de aquello que él mismo había intentado capturar en sus obras: la fragilidad humana, la pasión, la risa y el llanto entrelazados. Tomó su pluma y escribió versos y notas sueltas, fragmentos que quizá nunca verían el escenario, pero que guardaban la huella de aquel encuentro. La ciudad, por su parte, parecía no darse cuenta de la magia que había tenido lu-
gar. La Corte continuaba con sus ceremonias, los ingleses con sus banquetes y danzas, y los vallisoletanos con sus rumores y curiosidades. Sin embargo, algunos libros y cuadernos comenzaron a circular con anotaciones discretas, frases copiadas a escondidas, como si la conversación entre Cervantes y Shakespeare hubiese dejado un rastro invisible en los rincones de la ciudad. Cervantes y Shakespeare nunca hablaron de la posibilidad de un segundo encuentro. Sabían que la vida los separaría: uno volvería a Madrid, otro a Londres. Sin embargo, ambos cargaban consigo un secreto compartido, la sensación de haber reconocido en el otro la misma pasión por las palabras y la comprensión de la condición humana. Meses después, mientras cada uno retomaba su rutina, los ecos del encuentro se filtraron en sus obras. Cervantes escribió con mayor ligereza y profundidad, comprendiendo que la locura de su caballero podía dialogar con la tragedia y la comedia de otros mundos. Shakespeare, por su parte, introdujo sutiles giros en sus personajes, ecos de ese hidalgo español que buscaba gigantes en vez de molinos, y encontró en ello una nueva forma de mezclar ternura e ironía. En silencio, ambos comprendieron que el verdadero efecto de su reunión no era político ni público, sino literario y personal: habían dado vida a un puente invisible entre Castilla e Inglaterra, entre novela y teatro, entre dos maneras de mirar el mundo. Y mientras Valladolid seguía su rutina de pregones y campanas, un lector curioso que hojease un Quijote o una obra de Shakespeare quizá habría percibido, sin saber cómo, la resonancia de un encuentro que jamás se registró en los libros de historia. Epílogo. El eco invisible
Los años pasaron, y Valladolid volvió a su ritmo habitual: mercados, campanas y carreteras polvorientas. La Corte se trasladó, los ingleses regresaron a sus islas, y la ciudad quedó impregnada de la memoria silenciosa de aquel mayo de 1605. Cervantes continuó escribiendo, con la misma mezcla de ironía y ternura que caracterizaba al Quijote. Shakespeare regresó a Londres, al bullicio de los teatros y la intensidad de su público. Ambos creadores, cada uno en su país, llevaban consigo un secreto compartido, un instante imposible que había sucedido entre las sombras de Valladolid. Ninguna crónica oficial mencionó aquel encuentro. Ningún historiador lo registró. Pero, como sucede con los grandes gestos literarios, su influencia se filtró silenciosa en la tinta de sus obras: la conciencia de la fragilidad humana, la mezcla de locura y cordura, la ternura y la ironía que atraviesan todas sus páginas. Siglos después, lectores curiosos abrirían un Quijote o un Hamlet, y sin saberlo percibirían un hilo invisible que los unía: la voz de dos hombres que se reconocieron en otro idioma, en otro tiempo, y que entendieron que la literatura es, sobre todo, un puente que trasciende fronteras, lenguas y siglos. El encuentro, aunque breve y secreto, se convirtió en leyenda silenciosa: un instante en que dos genios se miraron y comprendieron, y en esa comprensión dejaron una marca que aún hoy sigue resonando en las descripciones y diálogos de los personajes de sus respectivas obras. l
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María Elena Moré FOTÓGRAFA Y EDITORA María Elena nació en 1983 en Santo Domingo, creció en esta ciudad y cursó sus estudios secundarios en el Colegio Americano, posteriormente ingresó a la Universidad Iberoamericana donde se graduó en la carrera de Mercadeo y se fue a España donde hi-
SANTIAGO ALMADA FOTO: SERVIDA
l ¿Cómo se da ese salto del mercadeo
y los números a lo artístico, como la fotografía por ejemplo? l Desde pequeña me gustó la fotografía, recuerdo que mi padre tenía una cámara analógica que me prestaba cuando yo era niña, siempre me gustó eso de encerrar imágenes en un recuadro, ya después y durante la pandemia cuando yo trabajaba en Chavón, la fotografía era como una forma de superar el encierro, así que lo que solía hacer era irme a la Zona Colonial y tomar muchas fotos y así, una cosa llevó a la otra, después me empezó a gustar la fotografía documental, en esos tiempos se disputaron las olimpiadas de Tokio, y cuando regresaron de Tokio las atletas Anabel Medina y Marileidy Paulino las fui a conocer mientras hacían sus entrenamientos en el Centro Olímpico, un 24 de diciembre. Así me surgió la idea de estar con ellas en las olimpiadas de París y retratar a Marileidy porque yo tenía la ilusión de que ella pudiera ganar la medalla de oro en esa competencia. l ¿Qué significaron para ti esos once años que pasaste en Chavón? l Fue una etapa muy importante para mí, porque pude conocer cómo trabaja una institución que desde ser fundada en el año 83 se impuso como misión formar a jóvenes, incluso a chicos de escasos recursos a través de su fundación, aparte de educarlos y darles las herramientas para que aprendan a crear, y después de ese aprendizaje incluso se pueden convertir en profesionales. Ahí pude conocer a artistas que influyeron en mí, incluso fue un aprendizaje que viví, porque en realidad el mercadeo tiene una parte que se dedica a analizar determinadas variables que tienen que ver con el arte, es una profesión que combina los números con la creatividad. l Tu padre, Gustavo Moré, es un reconocido arquitecto, ¿crees que esa vena artística que descubriste en ti tiene algo que ver con la formación que él te dio? l Yo creo que sí, por supuesto, porque él es arquitecto y mi madre es educadora, ellos me enseñaron muchas cosas, mi padre tiene muchos libros de arte, de fotógrafos reconocidos que fui leyendo desde pequeña, y mi madre que es una educadora también influyó, de ellos aprendí a valorar la importancia del diseño y el poder de la educación en las artes en la formación del ser humano. l ¿Tú crees que en este país hace falta más educación artística en las escuelas, por ejemplo? l Sí, por supuesto, porque el arte tiene una doble función, puede ser un oficio que te permite sobrevivir, pero también es el medio por el que el ser humano se
zo una maestría en esa misma especialidad. Regresó al país después de cuatro años y trabajó en diferentes empresas, hasta que llegó a la escuela de diseño de Altos de Chavón, donde estuvo durante once años, primero como directora de mercadeo y
después, tras ascender a directora académica, se encargó de gestionar una institución enfocada en las artes. María Elena es la autora de las fotografías que ilustran el libro editado por el Banco Popular, titulado “Marileidy Paulino, camino al sueño olímpico”.
“Me encanta la idea de captar lo efímero para eternizarlo en una imagen”
María Elena Moré es una fotógrafa de enorme sensibilidad artística. F.S.
Fotos Desde pequeña me gustó la fotografía (...) siempre me gustó eso de encerrar imágenes en un recuadro”
Arte ...el arte tiene una doble función, puede ser un oficio para sobrevivir pero también es el medio por el que el ser humano se expresa...”
expresa, entonces, cada vez más y gracias a algunos organismos como como el Banco Interamericano de Desarrollo, vamos descubriendo el impacto del arte en la economía, porque estamos rodeados de arte, por eso en la medida que vayamos mejorando eso vamos a tener incluso una mejor sociedad. l ¿Qué opinión tienes sobre la economía naranja? l Me parece que es algo a lo que hay que prestarle atención, incluso Chavón tenía una parte que se ocupaba de eso, incluso apoyó muchos estudios sobre la economía naranja desde que se comenzó a hablar del tema, ahora ya llevo más de un año fuera de la escuela y no sé cómo estarán los números, pero sí creo que es una cosa importante que hay que prestarle atención. l ¿Qué es lo que más te interesa captar en tus fotografías? l Me encanta la idea de captar lo efímero para eternizarlo en una imagen, pero
también eso tiene que tener una armonía visual, es como convertir lo efímero en algo imperecedero, que va a durar por toda la eternidad. l ¿Usas inteligencia artificial para editar tus fotos? l No, nunca, cero inteligencia artificial, porque la fotografía documental tiene que ser lo más auténtica posible, porque lo que tiene que reflejar es la realidad tal como es, uno edita ciertas partes, muy pequeñas, como quitar una manchita o resaltar un color, por ejemplo, en lightroom, pero esa intrusión en la imagen es mínima. l ¿Alguna vez practicaste la fotografía analógica? l Sí, por supuesto, me encanta ese proceso, es decir lo hice de jovencita cuando mi papá me prestaba su cámara, yo viví esa etapa de tomar muchas imágenes y llevar el rollo a una casa de revelado y descubrir después de eso cómo quedó la imagen que uno captó. l ¿Nunca tuviste que subirte a un cerro o meterte en un monte para tomar fotos? l No, eso nunca porque mi actividad es más bien urbana, yo fotografío instantáneas, manifestaciones y el hecho de acompañar a Marileidy durante sus entrenamientos en París, tomar imágenes en tiempo real sin que ella tuviera que posar, seguirla en las olimpiadas, luego en el regreso, eso fue de alguna manera mi montaña… l ¿Cómo fue el proceso del libro sobre Marileidy? l Primero, fueron miles de imágenes las que tomé, después vino el mayor reto que fue la selección, porque lo que sucede es que uno se “enamora” de todas las fotos y es difícil decidirse por una o varias. Eladio Fernández, que es un gran fotógrafo y ha hecho muchos libros, me aconsejó que tuviera un curador, entonces busqué el apoyo de dos personas que egresaron de Chavón, Chinel Lantigua y Eduardo Javier, y ellos estuvieron conmigo durante varias semanas en ese proceso, porque no se trata solo de elegir, sino que las imágenes tienen que tener una secuencia, tienen que contar una historia, así que después de revisar las más de treinta mil fotos, la selección quedó como se puede ver en el libro.