E dic io n e s E k a rĂŠ
Para Ron, Rosalind y Sarah. Gracias. M.W. Para M.W. por las palabras y a Margaret, por la espera. R.B.
P
o r
e l
b o s q u e
c a l c i n a d o,
sobre la ceniza caliente, corre
Pe r r o c o n u n a U r r a c a s u j e t a e n s u b o c a g r a n d e y s u a v e .
La lleva hasta su cueva cerca del río y allí trata de curar su ala chamuscada; pero –N u n c a
más podré volar
–Lo sé -dice
Urraca no quiere su ayuda.
-susurra.
Pe r r o .
Se queda en silencio un momento y luego agrega: –Yo soy ciego de un ojo, pero la vida sigue siendo buena. –Un ojo no es nada -dice
Urraca-. ¿Cómo te sentirías
si no pudieras correr?
Pe r r o n o r e s p o n d e .
Urraca arrastra su cuerpo hacia la sombra de las rocas, hasta que se siente desaparecer en la negrura.
Días, quizás una semana más tarde, despierta ahogada por una profunda pena.
Pe r r o e s t á e s p e r a n d o .
La convence para que lo acompañe a la orilla del río.
–Súbete a mi lomo -le dice-. Asómate al agua y dime qué ves.
Con un suspiro
Urraca lo complace.
Reflejadas en el agua hay nubes y cielo y árboles... y otra cosa. –¡Veo una extraña criatura! –Somos nosotros -dice Ahora ¡sujétate bien!
Pe r r o - .
Con
Urraca aferrada a su lomo Perro corre entre los matorrales,
atraviesa los eucaliptos, deja atrรกs los manchones amarillos de flores, y se pierde en lo azul. Corre tan rรกpido que parece que volara.
Urraca siente el viento deslizándose entre sus plumas y se contenta. –¡VUELA, Perro, VUELA! Yo seré tu ojo perdido y tú serás mis alas.