El rĂo suena dĂa y noche con su murmullo de piedras.
Esta es nuestra orilla. Mi madre canta mientras trabaja y su voz se oye sobre el rumor del rĂo.
En la otra orilla, hay un poblado lejano. Dicen que allĂ la gente es distinta, que comen comidas raras, que nunca se peinan, que son vagos y bochincheros.
Está prohibido cruzar el río. –No debes ir nunca a la otra orilla -ordena mi padre. –No los mires -dice mi madre-. Son distintos.
Yo escucho mientras peino mi pelo liso con mi peineta de hueso. Y los de la otra orilla, ÂżquĂŠ dirĂĄn de nosotros?
Un día, un niño de allá me hizo señas. Yo miré hacia otro lado. Pero él siguió allí.
Finalmente, yo también levanté los brazos para saludarlo. Alcancé a ver que sonreía. No sé por qué, yo también sonreí.
Al día siguiente, muy temprano, fui a la orilla del río y me encontré con una sorpresa.
Allá, en la otra orilla, divisé a mi amigo. Tenía en la mano una larga cuerda que atravesaba el río.