DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO
P. Antonio Maroño, SSP
(San Lucas 10,25-37) En aquel tiempo, se presentó un maestro de la ley y le preguntó a Jesús para ponerlo a prueba: «Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?». Él le dijo: «¿Qué está escrito en la ley? ¿Qué lees en ella?». Él respondió: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu fuerza y con toda tu mente. Y a tu prójimo como a ti mismo». Él le dijo: «Has respondido correctamente. Haz esto y tendrás la vida». Pero el maestro de la ley, queriendo justificarse, dijo a Jesús: «¿Y quién es mi prójimo?». Respondió Jesús diciendo: «Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos bandidos, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino y, al verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo. Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba él y, al verlo, se compadeció, y acercándose, le vendó las heridas, echándoles aceite y vino, y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo cuidó. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y le dijo: “Cuida de él, y lo que gastes de más yo te lo pagaré cuando vuelva”. ¿Cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?». Él dijo: «El que practicó la misericordia con él». Jesús le dijo: «Anda y haz tú lo mismo».
Llamados a ser los samaritanos de hoy Hoy, diez de julio de 2016, celebramos el XV Domingo del Tiempo Ordinario que, como todo domingo, es una clara invitación a centrar nuestra atención en el misterio pascual del Señor: en su vida, pasión, muerte y resurrección. Por otra parte, no podemos olvidarnos de que estamos celebrando el Jubileo Extraordinario de la Misericordia, promulgado por el Papa Francisco, como llamada a poner nuestros ojos en el amor apasionado que Dios nos tiene, en su corazón de Padre que quiere que todos nos salvemos y seamos eternamente felices contemplando su rostro. Teniendo en cuenta estas dos referencias, prestemos atención a las lecturas de hoy, que no son discursos teóricos, sino Palabra de Dios que nos comunica su plan de salvación. Y dejémonos interrogar por ella. Moisés, en la primera lectura, tomada del libro del Deuteronomio, nos da pistas muy ricas para profundizar en lo que significa
cumplir los mandamientos, que son un precioso compendio de la Ley de Dios. Y de ella, de la Ley de Dios, se nos dice que hay que cumplirla porque no excede nuestras fuerzas, ni es inalcanzable, ni está lejos de nosotros, sino que la tenemos muy dentro: “en tu corazón y en tu boca”. Lo que pasa es que, a pesar de todo ello, no es fácil llevar a cumplimiento estos preceptos, que son la expresión de la voluntad de Dios para con cada uno de nosotros. Pero contamos con su gracia. Lo que hace falta es que organicemos toda nuestra vida en torno a lo que es más esencial, en torno a la práctica del amor. El apóstol san Pablo, escribiendo a los colosenses desde la cárcel de Roma, presenta a Jesús a sus fieles -y hoy nos lo presenta a nosotros- como imagen de Dios, sirviéndose de un himno cristológico utilizado en las comunidades cristianas de su tiempo. De manera muy elocuente, el Apóstol de los gentiles nos
explica el lugar principalísimo que ocupa Cristo en el plan de salvación diseñado por el Padre: “Cristo Jesús es la imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque en él fueron creadas todas las cosas celestes y terrestres, visibles e invisibles. Él es anterior a todo”. Con ello está afirmando el Apóstol que Jesús es nuestro Señor, Creador y Redentor; que, como afirma san Juan en su evangelio, es el camino, y la verdad y la vida. Y que nuestra espiritualidad y toda nuestra vida deben estar ancladas y cimentadas en él. Y la lectura evangélica, que es uno de los textos bíblicos comentados por el papa Francisco en la bula de proclamación del Jubileo de la Misericordia, narra la parábola del buen samaritano, una las piezas que revelan más claramente la incomparable misericordia Dios. Con esta parábola, Jesús responde a la pregunta que le hizo un doctor de la ley: “Maestro, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna? El camino que marca Jesús puede sorprender a algunos, porque no manda realizar penitencias heroicas, ni practicar ritos, ni adherirnos a doctrinas exotéricas. No, las cosas van por otro camino: para llegar a la casa del Padre hay que pasar por la senda del amor fraterno y solidario, por la ayuda y el compromiso con el hermano que sufre. La participación sincera en la Eucaristía nos obliga a vivir con realismo el gran mandamiento del amor. Jesús es el verdadero samaritano. El que se hace prójimo nuestro. En él y por él hemos de preguntarnos si de verdad amamos al prójimo. Si nos paramos y dejamos nuestros intereses y nuestras cosas cuando alguien necesita nuestra ayuda material o espiritual.
A lo largo de la jornada, y también a lo largo de la semana, tendremos muchas ocasiones para cumplir o dejar de cumplir la invitación de Jesús a la caridad para con el prójimo: “anda y haz tú li mismo”. Este amor concreto lo podemos ejercitar con los que están más lejos de nosotros y con los más cercanos; con los ancianos, con los enfermos, con los que se encuentran solos… y con los que andan sobrados de todo. De verdad, si no ejercitamos el amor para con nuestro prójimo es porque nos faltan ganas o motivación para hacerlo. Todos estamos llamados a ser los samaritanos de hoy.
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