De costa a costa
Dahlia Adler
De costa a costa (Going Bicoastal) Dahlia Adler TRADUCCIÓN DE ANABEL MARTÍNEZ ÁLVAREZ
Primera edición: Abril de 2025 Título original: Going Bicoastal Editorial original: Wednesday Books GOING BICOASTAL copyright © 2023 by Dahlia Adler Translation rights arranged by Taryn Fagerness Agency and Sandra Bruna Agencia Literaria, SL All rights reserved © de la edición en español: A. C. KAKAO BOOKS – Libros por la diversidad, 2025 www.kakaobooks.com – bookskakao@gmail.com Reservados todos los derechos. Ilustración de cubierta: Petra Braun Traducción: Anabel Martínez Álvarez Correcciones: Diana Gutiérrez Maquetación: Scarlett de Pablo Impreso en la UE. El diseño de colección de KAKAO BOOKS es obra de Diana Gutiérrez. El logotipo está diseñado por Rodrigo Andújar Rojo. ISBN: 978-84-128067-5-5 Depósito legal: B 5176-2025 Thema: YFM IBIC: YFM
Para mis padres, la prueba más evidente de que los mayores éxitos pueden hallarse forjándote tu propio camino
Capítulo 1
EN EL QUE NATALYA DEBE TOMAR UNA DECISIÓN
¿Cuál dirías que es el tiempo adecuado para decidir si quieres más a tu padre o a tu madre? Porque mis padres se creen que veinticuatro horas bastan y, aunque no soy lo que se dice la repera en mates, como que se queda un pelín corto. —Vamos a repasarlo otra vez —dice Camila Morales, con la entrega y la concentración de una chica que ya tiene resueltas tanto su vida amorosa como su futuro profesional—. Pros de quedarte el verano aquí. Primer motivo obvio: estaré yo. —No sé si tu presencia en Manhattan cuenta si te vas a tirar un mes con tu abuela en Puerto Rico, pero bueno. Agarro un puñado de uvas de las que nos trajimos para el pícnic en Central Park (porque nada ayuda más a tomar decisiones que observar a la gente) y me pongo una entre los dientes, —9 —
desgarrando la piel lentamente. A unos tres metros a nuestra derecha, unas chicas que parecen varios años más jóvenes están sentadas en su manta, cada una pegada a un móvil; a la izquierda, una pareja le da mimos a un gato tan grande y peludito que parece la almohada más cómoda del mundo. —Segundo motivo obvio: no dejaría tirado a mi padre, aparte de que tampoco tendría que hacer la maleta. —Bueno, pero el segundo motivo obvio se neutraliza por no ver a tu madre, aunque sí que te doy puntos por lo de no hacer la maleta. Mira que se te llega a dar mal. No puedo ni ofenderme: se me da fatal hacer maletas. Si me invitas a una fiesta en la piscina, ten por seguro que me dejaré el traje de baño. Para ser justas, es tan evidente que he heredado el gen del despiste de mi padre que a duras penas se me puede culpar. Si no fuera por los múltiples profesores auxiliares y ayudantes que ha tenido a lo largo de los años (aparte de ser uno de los catedráticos en Matemáticas más brillantes que han pasado por la Universidad de Columbia), haría décadas que se habría quedado sin trabajo. —Vale. Pasa una trieja en la que el hombre del medio lleva a un bebé en un portabebés de esos, mientras que los padres, a cada lado, tienen sendos meñiques capturados por el firme agarre del peque. Es increíblemente adorable y me recuerda a mi evidente tercer motivo, aunque no se lo voy a decir en voz alta a Camila. Por desgracia, mi mejor amiga me conoce al menos igual de bien que yo, si no mejor. —Tercer motivo obvio: La Pelirroja. —La Pelirroja no es motivo para quedarme —protesto con la boca pequeña, porque ambas sabemos que ocupa una cantidad absurda de espacio en mi mente. Pero, para ser justas, es obscenamente mona y está ridículamente buena, además de ser casi tan guay que es increíble, y no es fácil que una sola perso— 10 —
na sea todo eso—. Además, ¿y si no se queda aquí durante el verano? —Vale, pero ¿y si se queda? —replica Camila—. ¿Y si se pasa todo el verano vagando por el Upper West Side preguntándose por qué ya no se tropieza por todas partes con esa morenaza de ojos azules? ¿Y, entonces, como la morenaza de ojos azules era lo único que la ataba a Manhattan, va y se muda a Nebraska? —Creo que no hay chicas punk en Nebraska. Camila pone los ojos en blanco. —Sí, seguro que no hay ni una sola punk en todo el estado de Nebraska. Se me había olvidado que allí prohibieron los piercings en la nariz. Ah, y creo que, si escuchas Bad Religion, te exilian a Kansas. Machaco otra uva con los dientes. —¿Ahora quién dice tonterías? —Sigues siendo tú, Tal —dice, mientras se quita la goma del pelo para volver a sujetar sus espesos rizos negros en un moño aún más apretado—. Siempre tú. —Lo dice la que cree que nuestros encuentros fortuitos en librerías y tiendas de dulces son lo que ata a la Pelirroja a Nueva York. —Ya me has entendido. Estira las piernas delante de ella y dobla los dedos adelante y atrás; su pedicura fucsia brilla al sol. —Está claro que el universo os está juntando a lo bestia. Llevas casi todo el año coladita por ella y ni siquiera has conseguido averiguar su nombre. Este es el verano en el que por fin te presentas y le pides una cita. Estoy convencida. —O un punto a favor de irme a Los Ángeles con mi madre: cero presión para quedar en ridículo con la Pelirroja, que puede que le gusten las chicas o puede que no, por no hablar de que lo mismo ni le intereso. —¿No me dijiste que lleva un pin arcoíris en la mochila? — 11 —
—Sí, pero igual es en plan aliada. Igual tiene padres queer. —Puede que tenga una mejor amiga bisexual que es totalmente incapaz de reunir el valor para pedirle una cita a nadie de ningún género, pese a que sería la mejor novia del mundo y cualquiera tendría suerte de estar con ella —dice Camila con toda la intención del mundo. Huy: he chafado sin querer las dos últimas uvas con la mano. Me las meto en la boca a lo bruto para evitar contestar a la pulla de Camila, por más halagadora que haya sido, y me arrepiento inmediatamente cuando una se me va por el lado que no es. Camila tiene que darme golpetazos en la espalda hasta que se desatasca. —Te pones muy borde para estar prácticamente casada —contrataco—. No has tenido que preocuparte por salir con nadie desde que tenías edad de hacerlo. Esta parte no es una exageración: la madre de Camila y la madre de Emilio son enfermeras en el New York Presbyterian, y se hicieron amigas enseguida al enterarse de que sus padres venían de la misma ciudad filipina. Sus hijos se hicieron igual de amigos en cuanto se conocieron y su amistad se convirtió en romance en cuanto llegó el despertar hormonal. No recuerdo una época en la que no hayan sido «Camelio». —No me juzgues tanto, anda, Camila. —Era un cumplido, solo te juzgaba un poco. Agarra unas cuantas uvas y luego mira su móvil cuando suena la notificación de un mensaje. A juzgar por su sonrisa cursi, es Emilio. Eso me fascina, porque de verdad que no sé cómo una persona puede seguir produciendo ese efecto en otra cuando ya ha pasado tanto tiempo. Pero tampoco tengo muchos modelos en los que basarme. ¿Sabes esas parejas que cortan y todos se quedan en plan: «Ay, no, ¿por qué? ¡Con lo felices que parecían!»? Pues mis padres no son una de esas parejas. — 12 —
Mis padres son la pareja que te hace decir: «Pero ¿qué hacían esos dos juntos?». Y ellos serían los primeros en preguntarlo. En su defensa (o, al menos, según lo cuentan), encontrar a otro judío en una fiesta de Navidad de posgrado en Durham, Carolina del Norte, parece el tipo de situación para la que se creó la palabra bashert, que significa «destino» o «alma gemela» en yidis. Mientras iban rechazando con incomodidad cócteles de gamba y hojaldres de cangrejo, y fingían que se sabían la letra de villancicos que solo habían oído en la tele, Ezra Morris Fox y Melissa Rina Farber se dieron los teléfonos. Luego se vieron en grupo demasiadas veces como para darse cuenta de que en realidad no se gustaban cuando estaban los dos solos; se acabaron dando cuenta durante la luna de miel, pero también entonces se enteraron de que iban a tener un hijo y voilà, llegué yo. Siguieron tres años de intentar que el matrimonio funcionara con terapia de pareja, cuatros años de intentar permanecer unidos volcándose en su trabajo y evitándome al máximo y, al final, un divorcio inevitable, agotador, que al menos fue lo suficientemente amistoso como para ponerse de acuerdo en la custodia compartida. Hasta hace tres años. Cuando Melissa, que trabajaba en una empresa de marketing, recibió una oferta para trabajar como vicepresidenta ejecutiva en Cooper Frank, en Los Ángeles, no pudo negarse. Y que yo me negase a mudarme a Los Ángeles significó que un profesor despistado se quedó con mi custodia exclusiva y que pasé a hablar con mi madre aproximadamente una vez a la semana. Así que podría estar bien pasar un verano entero con ella. O podría ser incómodo y horrible, mi padre podría sentirse solísimo y, en general, igual acaba siendo un desastre y una equivocación. Vete tú a saber. —Igual en Los Ángeles hay una versión propia de la Pelirroja —sugiere Camila. Sus uñas, afiladas como dagas, brillan al — 13 —
sol mientras desenrosca su agua de coco—. En Los Ángeles sí que hay chicas punk. —¿Cómo sabes tú lo que hay en Los Ángeles? —le replico, mientras miro a un corgi hacer una serie de trucos para ver si le dan una chuche en forma de hueso, y deseando que se nos acerque moviendo el culete para poder acariciarlo—. Si siempre te quejas de que lo más al oeste del país que has estado es Chicago. —Primero, Los Ángeles es enorme, estoy segura de que tienen literalmente de todo. Segundo, el hermano de mi madre vive en Eagle Rock, así que iremos de visita en algún momento. Solo tenemos, ya sabes, que movernos de verdad y eso. —No creo que eso te convierta en experta en la ciudad, Cam. —No, pero tú podrías serlo. Le da un trago a su agua y eso me recuerda que tengo que hidratarme, pero mi botella reutilizable está vacía, como no podía ser de otra manera. Pillo otro par de uvas. —Ve a esa librería especializada en romántica. Haz un porrón de bocetos de la playa. Y a mi tío le haría muy feliz recomendarte restaurantes filipinos, porque siempre está a tope con eso. El corgi se tira de barriga en el suelo, agotado, y acepta una chuche de buena gana. —Igual tendrías que ir tú en mi lugar. Lo mismo Melissa ni se da cuenta. Dudo que recuerde qué pinta tengo siquiera. Vale, sí, me pongo un pelín dramática con lo de que se fuera, pero me lo he ganado. Entiendo que se divorciaran y estaba totalmente a favor, incluso a mis siete años. Pero ¿dejar atrás a tu hija por un trabajo a cinco mil kilómetros? ¿Un trabajo que ya tenía, aunque fuera en una categoría inferior y en una empresa que odiaba (y sí, con un jefe malísimo) en Nueva York? ¿Sin haber buscado antes otro trabajo aquí? Esa parte no la entiendo. No sé si quiero tener hijos cuando sea mayor, pero tengo cero dudas de que, si los tengo, querré vivir en la misma costa del país que ellos. — 14 —
Camila pone en blanco sus oscuros ojos de Bambi; ya está más que acostumbrada a mis dramas. —O puede que pasar algo de tiempo con tu madre arregle las cosas entre vosotras, dejes de poner excusas para evitar contestar a sus llamadas y le cuentes por fin cómo te va la vida. Sabes que a tu madre le encantaría poder echarte una mano con las solicitudes a universidades y con lo de no saber qué quieres hacer con tu vida. A veces odio muy fuerte lo bien que me conoce Cam. Aunque también es cierto que para ella es muy fácil hacer como que una charla con mi madre va a arreglarlo todo; igual que con su relación, hace años que Camila sabe a qué quiere dedicarse: va a seguir los pasos de su madre y ser comadrona. —Total, que hemos vuelto al punto de partida. Pros obvios, contras obvios y no nos hemos ni acercado a una respuesta. —Suelto un resoplido—. ¿Tú qué harías? —pregunto, aunque ya lo sé. —Ah, yo me iría fijísimo a Los Ángeles, pero es que a mí me gusta probar cosas nuevas. No es precisamente tu modus operandi. —Vamos, que crees que me voy a quedar aquí. ¿Estoy ofendida? Ni lo sé. —Creo que te vas a quedar aquí —confirma—. Te gusta lo cómodo. No tiene nada de malo. —Exacto —concuerdo, pero lo digo menos convencida de lo que creo. No quiero que todo sea exactamente igual este verano, ¿verdad? Pero ¿cómo de incómoda tengo que estar para que las cosas cambien? —No sé. Igual necesito un cambio de aires para tomar ciertas decisiones de una vez. —Igual también necesitas un cambio de entorno. —Se pone de rodillas y empieza a recoger sus cosas—. Son casi las cinco y prometí hacerles la cena hoy a los peques. — 15 —
Los peques son Emanuel y Esperanza, el hermano de doce años de Camila y su hermana de nueve, que pillan berrinches tremendos si no tienen la comida hecha en cuanto pasan las seis de la tarde. Recogemos rápido y nos despedimos con nuestros dos besos al aire habituales, tras lo cual me dirijo a casa, con la mente aún llena de posibilidades. ¿Qué significa que no me guste que me perciban como alguien que no corre riesgos? No es que a Camila le falte razón; ni de lejos. No me arriesgo desde… Bueno, seguro que se me ocurrirá un ejemplo tarde o temprano. Pero ¿quiero? Y… ¿es pasar lo que podría ser un verano terriblemente incómodo con mi madre el tipo de riesgo que quiero correr? No todos los riesgos son iguales, eso lo tengo claro. —Tally, ¿estás bien? Parpadeo cuando Adira Reiss chasquea los dedos delante de mi cara. Ni me he dado cuenta de que se ha bajado del ascensor, pero supongo que me he quedado parada ante la puerta de mi piso llave en mano, temiendo entrar y dar la cara delante de mi padre con una decisión. —Estoy bien —digo, con una sonrisa avergonzada, mirándola a sus gafas redondas—. Solo estaba en la parra. —¿Sigues intentando decidir lo de Los Ángeles? —Ajá. —¿Y sigues evitando a tu padre porque aún no lo sabes? Dios, ¿por qué me conocen tan bien todas mis amigas? Para ser justas, al ser mi vecina de enfrente desde hace como mil millones de años, Adira ve mucho más que la mayoría, pero, aun así… —Qué poco sabes de mi vida. Ella esboza una sonrisa y abre su puerta. —¿Cenamos unas sobras del sabbat? —Sí, por favor. Me alejo de mi piso y sigo a Adira al suyo; la boca ya se me hace agua al pensar en su cazuela de kugel de patata al horno. — 16 —
Cuando mi padre y yo comemos juntos por el sabbat, siempre pedimos para llevar en el Kosher Emporium o, si le apetece que nos demos un capricho, uno de los muchos restaurantes kosher (o de estilo kosher) del barrio. Pero las Reiss nos invitan al menos una vez (normalmente dos) al mes, y tanto Adira como su madre cocinan de maravilla. La doctora Reiss siempre me dice que un día de estos me enseñará a hacer borekas, que son pastitas para acompañar al té, y pollo relleno, pero es una de las pediatras más solicitadas de todo el Upper West Side y, sinceramente, no tengo claro cuándo le da para hacerse su comida, como para sacar tiempo para enseñarme. Puede que sea otra cosa que poner en mi lista de cosas para hacer este verano si me quedo. Aprender a preparar una comida del sabbat yo sola, desde el pan trenzado jalá hasta el postre, para que mi padre y yo podamos comer casero en el sabbat sin depender de las Reiss. No es un riesgo, sino un cambio. Un cambio para bien. Me siento a la mesita redonda de la cocina mientras Adira nos sirve unos platos que irán directos al microondas. He intentado ayudar un millón de veces, pero siempre me dice que no me moleste, porque lo tiene perfeccionado al milímetro. Y tiene razón: siempre acierta con la cantidad perfecta de pollo con ajo, arroz esponjoso, kugel de patata y cebolla, y la verdura asada, al vapor o salteada que haya esa semana en el menú. (En este caso, judías verdes en salsa de soja y ajo picado: lo que más me gusta.) —¿Quieres sopa? —pregunta, mientras echa un último vistazo a la nevera para ver si se ha olvidado de algo. No hace falta que concrete: es caldo de pollo con bolas de pan matzá, una buena ración de zanahoria y chirivías. Era la cena preferida de los viernes del padre de Adira y sigue siendo una tradición para ellas casi cinco años después de su muerte. Pero, aunque ellas la toman todas las semanas del año, yo sigo siendo incapaz de tomar sopa en verano. — 17 —
—No, gracias, un solo plato es perfecto. Con la comida humeante recién salida del microondas, Adira me habla del campamento urbano que dirigirá este verano con sus mejores amigas, Chevi y Becca, en el jardín de Chevi. (A diferencia de Camila y de mí, que vamos a un instituto público a unas manzanas, en el West End, Adira va a un instituto privado judío que está en el Lincoln Center, con montones de gente de Nueva Jersey y de barrios residenciales; vamos, que tienen jardines para dar y tomar.) Es evidente que me está dando un descanso para que yo no tenga que hablar de mi dilema veraniego, pero no consigo quitármelo de la cabeza. Al final me pregunta por qué me decanto y le pregunto lo mismo que a Camila, aunque estoy mucho menos segura de cuál será su respuesta: —¿Tú qué harías? —No lo sé —contesta, y agradezco que haya alguien en mi vida a quien no le parezca obvio—. Estar cerca de la playa en verano suena mucho más agradable que estar en la ciudad y en Los Ángeles hay una comida kosher buenísima. Aparte, mola lo de no tener que ir en vagones de metro sin aire acondicionado, sorpresa, ni tener que pasar por rejillas que sueltan aire calentorro. Nueva York en verano da un poco de asquete. —Ya, pero también tiene sus cosas buenas —le rebato—. Conciertos gratis al azar, ver pasar a la gente mientras te comes un helado en Central Park, ir al parque de la High Line, ver una peli en Bryant Park, ir a un partido de los Yankees, al festival Shakespeare in the Park… Y ya sé que nunca has estado en el Orgullo, pero créeme cuando te digo que es de lo mejor del verano. Adira se ríe, mostrando el aparato en los dientes. —Estoy bastante segura de que en Los Ángeles también celebran el Orgullo, pero a mí no tienes que venderme Nueva York. ¡Yo estaría más contenta si te quedaras! Pero creo que es — 18 —
bueno que tengas opciones. Y solo hablamos de sitios, pero irte a Los Ángeles también implica dejar aquí a tu padre, y sé que estáis muy unidos. «Unidos» me resulta una palabra rara para describir nuestra relación, como si yo fuera corriendo a contarle todos mis secretos. Nuestra relación no es así porque él no es de esa clase de personas. Cuando le dije que soy bi, solo dijo: «Las reglas para salir con alguien siguen siendo las mismas: no traigas a nadie a casa que no pueda resolver una ecuación algebraica básica». Pero somos una unidad y, es cierto, odio la idea de dejarlo solo. No es que sea incapaz de cuidarse ni nada, pero es distraído del modo en que lo es la gente cuyo cerebro siempre está ocupado con el trabajo que le apasiona, y no es inusual que se dé cuenta al meterse en la cama que durante todo el día no ha tomado nada más que café. Por supuesto, si mi padre sospechase que cuidar de él es algo que tengo en cuenta en mis argumentos para quedarme, me metería en el primer avión disponible con rumbo al aeropuerto de Los Ángeles. Me suena una notificación de mensaje en el móvil y veo que tengo un mensaje del mismísimo catedrático. Café 84 para cenar?
Huy. Ya he devorado el noventa por ciento de lo que tengo en el plato y le tenía el ojo echado al pastel babka que tienen las Reiss en la encimera, pero, si cabe la posibilidad de que deje tirado a mi padre este verano, ni en broma lo dejo tirado para cenar. Aunque esta sea la cena en la que me toque tomar una decisión. —Perdona por tragar de esa manera y luego irme corriendo, pero, por lo visto, mi padre quiere que cenemos juntos. — 19 —
Empiezo a recoger, pero Adira me dice que lo deje. —Yo me encargo —dice—. Tu cuéntame qué acabas decidiendo. Me muero por saberlo. —Y yo —contesto, encogiéndome de hombros—. Ya te digo que yo también.
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Capítulo 2
EN EL QUE NATALYA TIENE QUE DECIDIRSE DE UNA VEZ
En la larga lista de sitios que echaría de menos si me fuera a Los Ángeles, el Café 84 está de los primeros. La comida no es nada del otro mundo (lo típico: quiche, pasta, pescado y esas cosas), pero la auténtica magia se encuentra en la enorme carta de postres y, en verano, doce tipos distintos de limonada. Además, la decoración de la terraza es preciosa, salpicada de arbolitos envueltos en luces de adorno. —¿Qué has decidido? —pregunta el profesor Ezra Fox, es decir, mi padre, mientras tamborilea con la mano con la que no sostiene la carta en la reluciente mesa. Me entran sudores fríos. No me esperaba que empezase la velada haciendo la pregunta crucial. —Pues… eh… Aún no estoy segura. — 21 —
—¿En serio? —Levanta las frondosas cejas canosas—. La última vez que vinimos, te pasaste horas poniendo por las nubes los raviolis de calabaza que cenaste. Ah. Que quiere saber si me he decidido por uno u otro plato. Sigue siendo una decisión difícil, pero no tanto como elegir padre y ciudad. —No me veo como para comer pasta —contesto con evasivas, con el estómago aún lleno de la cantidad de comida que me he zampado en casa de las Reiss—. Puede que huevos. Una tortilla al estilo de Denver, pero sin jamón. —No somos tan estrictamente kosher como Adira y su madre, pero sí nos abstenemos de comer cerdo—. Me siento intrépida. Tiene cara de querer reírse ante la idea de que una tortilla con verdura pueda ser algo «intrépido», pero dice con mucha educación: —Y supongo que también te pedirás una limonada intrépida. Es un gran comentario. Normalmente me pido un refresco afrutado y delicioso, de frambuesa, fresa o granada. Pero hay toda una sección de limonadas con hierbas en la que nunca me aventuro, como albahaca o lavanda. Y, a juzgar por mi conversación con Camila, iría siendo hora de variar. —Pues sí —digo con convicción—. Me voy a pedir la… —Ojeo rápidamente la carta—. La limonana. —No sé bien qué es, pero, desde luego, suena intrépido. —Ah, limonana… Mi padre empieza a hablar en tono nostálgico, lo que indica que se viene una larga historia de su pasado, que se subdivide en tres eras: los buenos tiempos en el MIT, el máster que hizo luego en el Technion de Haifa y su doctorado en la Universidad Duke, que no recuerda con tanto cariño por… Bueno, por mi madre. —En Netanya había un lugar junto a la playa en el que hacían las mejores limonanas que he probado, y allí nos íbamos a — 22 —
saciar la sed después de hacer parasailing. —Vale, historia de la era del máster—. Creo que yo también me tomaré una. Y también una tortilla, que tienen buena pinta. Por supuesto, mi «intrepidez» consiste en comer algo con pimiento morrón y probar un sabor nuevo de limonada, pero mi padre contrataca con actividades aéreas como si nada. Consigo que hasta los profes de Mates parezcan arrojados. Cuando nos toman los pedidos, pido que me traigan la tortilla con salsa picante. Hala, ya es un avance. O lo sería, si no fuera por mi padre soltando un: «Caray, pues a mí también me llama. Tal, hoy estás que te sales». ¿De verdad soy así? No tengo la sensación de ser tan aburrida. ¿Lo cambiaría todo irme a Los Ángeles? ¿O será lo mejor quedarme y exprimir Nueva York al máximo? ¿Cómo es posible que no lo tenga claro todavía? Le pregunto a mi padre cómo va su libro (está trabajando en la segunda edición de su libro de texto superventas sobre topología algebraica), e inmediatamente se pone a hablar ilusionadísimo de los nuevos ejercicios que le va a añadir y todos los materiales complementarios de los que ha estado hablando con su editor. —¡Diagramas animados, Natalya! —dice, rebosante de felicidad—. Imagínate la segunda edición de Introducción a la topología algebraica, ¡pero con diagramas animados! Bueno, pues ya sé en qué piensa mi padre cuando hace ruiditos mientras duerme. Supongo que es mejor que la alternativa. Como siempre, sus descripciones empiezan a ponerse demasiado técnicas para cualquiera que no sea graduado en Matemáticas por lo menos, y se me va la vista a los otros comensales. Hay una pareja joven con una niña pequeña que está a tope de energía por el azúcar de un cupcake a medio comer; tiene la cara manchada de glaseado rosa, del mismo color que los lazos que le sujetan sus adorables y minúsculos moñitos afro. — 23 —
A su otro lado, una anciana blanca con un sombrero con plumas alucinante está sentada a la mesa en su silla de ruedas. Un auxiliar con uniforme de color turquesa la ayuda a comerse un plato de salmón con brócoli sin aliñar. Y de repente entra en mi campo visual una camarera con pantalones cortos de color caqui y camiseta negra con una bandeja de bebidas espumosas verdes en vasos altos. —¿Qué crees que será eso? —le pregunto a mi padre, e inmediatamente me siento fatal al darme cuenta de que me seguía hablando—. Perdona. —Soy consciente de que mi trabajo no te resulta tan fascinante como a mí —dice sonriendo—. Pero ¿a qué te refieres? —pregunta, y entonces me doy cuenta de que la camarera se está acercando a nuestra mesa—. ¿No querías una…? —¡Limonana! —La alegre camarera de pelo cobrizo coloca un enorme vaso delante de mi padre y otro delante de mí—. ¡Espero que os guste! En breve vuelvo con las tortillas. Mi padre espera hasta que la camarera ya no puede oírnos y dice: —No tenías ni idea de qué era una limonana, ¿verdad? —Pues no. El verde no es mi color preferido para una bebida, pero me la he pedido, ¡así que tendré que probarla! Le doy un largo y sonoro sorbo, y… es menta. Mezclada con limón. Y, si bien a mi padre por lo visto le resulta deliciosa, yo juraría que estoy bebiendo pasto. Me alejo el vaso tan rápido que casi lo tumbo. —Más para mí, supongo. Pero antes… —Y sé que mi padre va a decir que tiene que ir al servicio antes de que empiece a decirlo. La primera regla de nuestras cenas de padre e hija es que no se permiten los móviles en la mesa, pero, sin bebida que ir degustando, tengo que hacer algo con las manos. Me saco el móvil del bolsillo, y empiezo a mirar fotos y vídeos con el volumen bajito cuando de repente empieza a sonar y aparece «Melissa» — 24 —
en la pantalla; «Mamá» aparece debajo, en letras más pequeñas, como si fuera el nombre de su negocio. Mierda. No estoy preparada. La última vez que hablamos por teléfono fue cuando me llamó para decirme que me había conseguido unas prácticas remuneradas en su empresa y que, si yo quería, podía pasarme el verano en su casa de Beverlywood con trabajo asegurado, pero que tenía que decírselo cuanto antes. Las prácticas solo estaban disponibles porque el hijo de un ejecutivo se había echado atrás en el último minuto para perseguir su sueño de ser monologuista y, si yo no las aceptaba, fijo que sí lo haría el hijo de otro empleado. Todo sonaba superturbio, pero Cooper Frank sería un nombre de empresa brutal que quedaría muy pintón en mi currículum, que está totalmente en blanco. Y no es que tenga tantas opciones: eché el currículum en bastantes sitios. En cadenas más grandes, como Barnes & Noble y Michaels, y en tiendas más pequeñas, como OcCult Fiction y la panadería Silver Wrapper. Sin embargo, por extraño que parezca, mi total falta de experiencia como dependienta no hacía que se mataran por mí. De modo que todo lo que tengo por delante este verano, por lo que al trabajo respecta, son diez horas a la semana ordenando libros en la biblioteca de la universidad. Y, sí, conseguí el trabajo por mi padre, de manera que, en cualquiera de los casos, se trata de enchufe descarado. Y a mí algo de vergüenza sí que me da, pero puedes tener por seguro que a Ezra y a Melissa no. El caso es que ya he decidido qué voy a hacer. Y estoy segura al menos al ochenta por ciento. Pero, si contesto al teléfono, voy a tener que estarlo al cien por cien. Si bien es cierto que, cuando mi padre vuelva para que tengamos La Charla, tendré que estarlo al cien por cien igualmente. Total. Que es la hora del cien por cien. Coloco el pulgar casi tocando Contestar y decido. — 25 —