LA DESOLACIÓN Y EL ENCANTO
GABRIELLE ROY
LA DESOLACIÓN Y EL ENCANTO AUTOBIOGRAFÍA TRADUCCIÓN DE LUISA LUCUIX VENEGAS
Sensibles a las Letras, 119 Título original: La Détresse et l’ Enchantement: autobiographie, 1984 Primera edición en Hoja de Lata: junio del 2026 © Fonds Gabrielle Roy © de la traducción: Luisa Lucuix Venegas, 2026 © de la imagen de la portada: Gabrielle Roy à Pembina, 1928. Bibliothèque et Archives Canada, Fonds Gabrielle Roy et Marcel Carbotte (LMS-0173), NL-18614. © de la fotografía de la autora: Éditions du Boréal y Fonds Gabrielle Roy © de la presente edición: Hoja de Lata Editorial S. L., 2026 Hoja de Lata Editorial S. L. Camino del Lucero, 15, bajo izquierda, 33212 Xixón, Asturies [España] info@hojadelata.net / www.hojadelata.net Diseño de la colección: Trabayadores Culturales Glayíu/Iván Cuervo Berango Corrección: Olaya González Dopazo ISBN: 979-13-87554-29-3 Depósito legal: AS 01624-2026 Impreso en Imprenta Mundo, Cambre, A Coruña [España] Agradecemos al Conseil des Arts du Canada su apoyo para traducir esta obra. Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo las excepciones previstas por la ley. Diríjase a cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. Hoja de Lata emplea tipos de papel que garantizan el manejo ambientalmente apropiado, socialmente benéfico y económicamente viable de los bosques del mundo.
ÍNDICE Primera parte. El baile en casa del gobernador
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Segunda parte. Un pájaro caído en el umbral
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Cronología
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El texto de la presente edición de La desolación y el encanto corresponde al de la Edición del Centenario de las Obras completas de Gabrielle Roy, preparada por François Ricard, Isabelle Daunais, Jane Everett, Dominique Fortier y Sophie Marcotte.
primera parte EL BAILE EN CASA DEL GOBERNADOR
I
M
e pregunto cuándo tomé consciencia, por primera vez, de pertenecer, en mi propio país, a una especie destinada a que se la tratase de inferior. Después de todo, quizá no fuera en aquellos trayectos que tantas veces hice con mamá cuando cruzábamos el puente Provencher por encima del río Rojo y dejábamos atrás nuestra pequeña ciudad francesa para entrar en Winnipeg, la capital, que, efectivamente, jamás nos recibió más que como a extranjeras. De niña, aquella sensación de desorientación, de estar entrando en un lugar inhóspito a solo dos pasos de casa, me resultaba más bien agradable. Creo que me abría los ojos, me estimulaba la imaginación, me volvía observadora. Mamá y yo solíamos salir temprano y a pie en verano. No solo por ahorrar dinero, sino porque en casa a todos nos gustaba caminar, disfrutábamos andando despacio, posando la mirada aquí y allí, dejando que la mente se detuviera donde quisiera y el pensamiento libre; y así somos todavía los que aún seguimos en este mundo. Casi siempre salíamos de casa animadas por alguna esperanza y de buen humor. Mamá había leído en el periódico —o se había enterado por una vecina— que los encajes para cortinas, la indiana para confeccionar delantales y batas de estar por casa o incluso los zapatos de los niños estaban de rebaja en Eaton. Cada vez que íbamos de compras, esa esperanza, agradable al corazón de la gente humilde, de adquirir a buen precio algo tentador resplandecía delante de nosotras. Ahora caigo en que nunca nos aventuramos a visitar la próspera ciudad vecina si no era para ir de compras. 11
Allí acababa buena parte del dinero que ganábamos con tanto esfuerzo; y era el escaso dinero de la gente como nosotras lo que convertía a la gran ciudad en una arrogante que nos intimidaba. Más tarde frecuentaría Winnipeg por muchas otras razones, pero durante la infancia me parece que fui casi exclusivamente a la búsqueda de alguna ganga. Al salir, mamá iba casi siempre risueña, inclinada al optimismo e incluso a la ensoñación, como si dejar atrás la casa, nuestra ciudad, la red habitual de sus ataduras y obligaciones la liberara y la dispusiera, a partir de ese momento, a alcanzar la felicidad propia de cualquier alma viajera. En el fondo, a mamá siempre le bastó poner un pie fuera de la rutina familiar para encontrarse inmediatamente de viaje, disponible para el mundo. Por el camino me iba contando las compras que a lo mejor haría si la rebaja era buena. Pero siempre se dejaba llevar, imaginándose mucho más de lo que nuestros medios nos permitían. Pensaba en una alfombra para el salón, en una vajilla nueva… Como la pequeña suma de dinero de la que disponía aún estaba sin estrenar, le parecía tener suficiente para colmar aquellos deseos que llevaba tanto tiempo esperando y los que surgieran en ese instante preciso. Mamá era de esos pobres a los que les gusta soñar, lo cual hizo que poseyera la belleza de una forma más profunda que la gente que la tiene permanentemente y apenas la aprecia. De modo que cruzábamos el puente como si fuéramos ricas, con todas las posibles compras intactas todavía en la cabeza. Aunque enseguida no sé qué transformación operaba en nosotras que hacía que nos apretujáramos la una contra la otra, como si juntas fuéramos a afrontar mejor la especie de sombra que se nos echaba encima. No se debía únicamente a que acabáramos de poner el pie en el barrio más desolador, sin duda, de Winnipeg; en aquella siniestra calle Water que lindaba con la estación de triaje de las vías del tren, llena de borrachos, del llanto de niños y de emanaciones de vapor; en aquella espantosa fachada de sí misma que la orgullosa ciudad no era capaz de disimular a dos pasos de sus anchas avenidas ventiladas. El malestar nos venía también de 12
nosotras mismas. De repente estábamos menos seguras de nuestras posibilidades, nuestro dinero menguaba, nuestros deseos se acobardaban. Llegábamos a la avenida Portage, tan desmesuradamente abierta que se tragaba a millares de personas como si tal cosa, y seguíamos hablando francés, por supuesto, pero ya tal vez en voz menos alta, sobre todo después de que dos o tres viandantes se giraran a mirarnos con cara de curiosidad. Esa situación de que alguien se volviera a mirarme cuando iba hablando francés por una calle de Winnipeg la viví tantas veces en el transcurso de mi infancia que no era consciente de que se tratase de una humillación. Por otro lado, yo misma me había vuelto con frecuencia hacia algún inmigrante de dulce habla eslava o acento nórdico. Tanto es así que había terminado por parecerme normal, supongo, que todos nos sintiéramos más o menos extranjeros para los demás, y había llegado a la conclusión de que, si todos lo éramos, nadie lo era ya en realidad. Solo a las puertas de Eaton se decidía si pasábamos o no a la lucha abierta. Todo dependía del humor de mamá. A veces pedía que nos atendiera un dependiente que hablase nuestra lengua. En Saint-Boniface, en nuestros momentos patrióticos, afirmábamos que estábamos en nuestro derecho e incluso que era nuestro deber hacerlo valer, que solo así obligaríamos a la industria y a los grandes almacenes a contratar a nuestra gente. Si mamá tenía el día bueno, la moral alta, la lengua afilada, pasaba al ataque. Exigía que fuera uno de nuestros compatriotas quien nos ayudara. Yo me había dado cuenta de que, cuanto más enérgica se mostraba mamá, más servicial se mostraba el jefe del departamento. Enseguida mandaba llamar a la señora o a la señorita Tal, que a menudo resultaba ser conocida nuestra, incluso a veces vecina. Comenzaba entonces, en medio de las idas y venidas de los desconocidos, la más amable y apacible de las conversaciones. —¡Ay, señora Phaneuf! —profería mamá—. ¿Cómo está usted? ¿Y su padre? ¿Sigue viviendo en el campo? —¡Señora Roy! —exclamaba la vendedora—. ¿Qué tal está? ¿En qué puedo ayudarla? Siempre es un placer atenderla. 13
Me parece que teníamos el don, como todas las pobres gentes, de recuperar el tono del pueblo, el de no sé qué afable sociedad de antaño, en cuanto nos teníamos delante unos a otros. Esos días puede que comprásemos más de lo debido, tan reconfortadas de hacerlo en nuestra lengua que el dinero se nos escurría entre los dedos todavía más rápido de lo normal. Pero otros, sin embargo, mamá se sentía vencida de antemano, cansada de empezar una y otra vez la misma lucha que nunca se ganaba del todo, y le resultaba más sencillo, menos cansino, «sacar», como ella decía, el inglés. Íbamos de mostrador en mostrador. A mamá no se le daba demasiado mal con la ayuda de los gestos y la mímica. A veces surgía alguna dificultad de verdad, como el día aquel en que pidió «a yard or two of Chinese skin to put under the coat…», cuando lo que quería era tela de gamuza1 para hacerle un forro a un abrigo. Si un dependiente no la comprendía, llamaba a otro para que le ayudara, y este, a veces, a otro más. Algunos customers se paraban también a ayudarnos, porque la misma ciudad que nos trataba como a extranjeras estaba de lo más dispuesta a acudir en nuestra ayuda en cuanto admitíamos que nos hallábamos en apuros. Aquellos conciliábulos a nuestro alrededor para sacarnos del aprieto eran una tortura. Más de una vez nos escabullimos. Luego nos entraba la risa pensando en las pobres personas de buena voluntad que seguían allí intentando ayudarnos sin darse cuenta de que ya nos habíamos marchado. Un día en que mamá se enfadó aún más que de costumbre por aquella ayuda surgida de todas partes, abrió el paraguas en medio de la tienda y huimos rápidamente, como si estuviera lloviendo, desternillándonos de risa. No lo cerró hasta que salimos a la calle, puesto que hacía un sol espléndido, lo cual dio un aire de provocación a la inocente aventura. Hoy soy consciente del bien que 1 En francés, chamois, que la madre de la autora confunde con la palabra «Chinese», y pide «una yarda o dos de piel china para debajo del abrigo». [Todas las notas son de la traductora.]
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nos hacían aquellos ataques de risa que me pegaba a mi pesar, rescatándonos de la tristeza, pero entonces me daban un poco de vergüenza. La vez de lo del paraguas, me enfadé con mamá después y le dije que al final nos hacía quedar mal, que por mucho que nos riéramos, también provocábamos la risa de la gente a nuestra costa. A lo cual mamá, un poco ofendida, replicó que no me correspondía a mí, con todas las oportunidades que tenía de instruirme, leerle la cartilla a ella, que apenas había podido terminar el sexto año en la pequeña escuela rural de Saint-Alphonse-Rodriguez, donde la maestra no sabía mucho más que los niños, y cómo iba a saber, la pobre muchacha, con un sueldo de cuatrocientos dólares al año. A mí, que tenía la mente ágil y la cabeza aún no se me había echado a perder con tantos cálculos continuamente, lo que me correspondía era ponerme a estudiar inglés para vengarnos a todos. (Más tarde, cuando fuera a Montreal y constatara que las cosas apenas eran diferentes en los grandes almacenes del oeste de la ciudad, se me caería el alma a los pies y me daría la sensación de que la desgracia de ser canadiense francés era irremediable). Mamá nunca me había hablado tanto de ese tema. Me sorprendió. Creo que por primera vez entreví que su condición la había hecho sufrir cruelmente y que su único consuelo había consistido en imaginarse a sus hijos llegando adonde ella habría querido llegar. De nuestras expediciones a Winnipeg volvíamos agotadas y casi siempre tristes, en el fondo. O bien habíamos sido sensatas y prudentes y solo habíamos comprado lo esencial —¡y a quién le hace feliz limitarse a lo estrictamente necesario!—, o bien habíamos cometido alguna locura —como por ejemplo comprar aquel sombrero que me quedaba tan bien, pero a un precio que era un disparate— y teníamos remordimientos. Habrá que compensarlo por otro lado, decía mamá, y no decirle el precio a tu padre, me daba a entender entre líneas. Así, nuestras dificultades económicas acababan llevándonos tarde o temprano a la extravagancia, y esta, generándonos apuros más graves todavía. 15
Fuera como fuese, el puente que atravesábamos ricas, con la cabeza llena de proyectos, siempre lo cruzábamos de vuelta pobres, con tres cuartas partes del dinero gastado y muy a menudo sin saber decir en qué. —¡Hay que ver cómo se va el dinero! —decía mamá—. Para eso está, claro, pero otra vez va a decir tu padre que yo me las apaño más rápido que nadie haciéndolo desaparecer. Pronto, más allá del puente, empezaban a distinguirse los campanarios de la catedral, luego la cúpula del instituto de los Jesuitas, luego más agujas y otros campanarios. Inscrita en el ardiente cielo de Manitoba, la silueta familiar de nuestra pequeña ciudad, mucho más entregada a la oración y a la educación que a los negocios, nos consolaba. Nos recordaba que estábamos hechas para la eternidad y que se nos consolaría por haber sufrido tanto para llegar a fin de mes. Unos pasos más y estaríamos en casa. No éramos muchos en la pequeña ciudad devota y estudiosa, pero al menos teníamos la sensación de compartir un mismo sentir. Ahora mamá y yo hablábamos en nuestra lengua de la manera más natural del mundo, ni en voz baja ni demasiado alto como en Winnipeg, donde nos podía el malestar o la vergüenza del malestar. A nuestro alrededor se alzaban otras voces en francés, acompañándonos. Aliviadas de encontrarnos en nuestro medio natural, nos poníamos a saludar a casi todos los que nos cruzábamos, porque es verdad que, entre nosotros, en la ciudad, la mayoría nos conocíamos, al menos por el apellido. Cuanto más avanzábamos, con más gente conocida se topaba mamá y saludaba y preguntaba por unos y por otros. De regreso a nuestra ciudad, mamá levantaba a veces la mirada al alto cielo claro para contemplarlo con una especie de embeleso. Y, a menudo, desaparecido el cansancio de su rostro como por arte de magia, me tomaba por testigo: «¡Qué bien se está en casa!». Llegábamos a nuestra casa, calle Deschambault. Reencontrarla intacta, guardiana de nuestra vida a la francesa en medio del caos y el disparate del Oeste canadiense, debía de parecernos cada vez una suerte de milagro, porque en el último minuto apretábamos 16
el paso. Era como si siempre hubiéramos tenido un poco de miedo a que un día nos la arrebataran. Nuestra casa era acogedora y sencilla, con sus tragaluces del desván, sus ventanas grandes y numerosas en la primera planta y un amplio porche con una fila de columnas blancas rodeando la fachada y el lado sur. Siempre volvíamos a ella como de un viaje que nos hubiera conmocionado. Mas esos viajes de Saint-Boniface a Winnipeg, por muy esclarecedores que fueran, no son los que acabaron abriéndome plenamente los ojos a nuestra condición, la de los canadienses franceses de Manitoba. Aquello sucedería en otra ocasión mucho más dura.
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II
Y
o había estado enferma por una serie de indigestiones bastante serias y tenía el estómago sensible desde entonces. El día en el que empecé a encontrarme un poco mejor, mamá, como sin duda hacía mucha gente de nuestra clase, se decidió al fin a llevarme al médico. Después de las preguntas y de la exploración, que en aquel entonces consistía más que nada en palpaciones, mamá y yo esperábamos un poco atemorizadas el veredicto del médico, que tardaba en pronunciarse. —Señora —espetó finalmente, mirando a mamá como si fuera un reproche—, va a haber que operar a esta niña. Lo antes posible. Sin esperar más. Yo volví ligeramente la cabeza hacia mamá y la vi estremecerse, precisamente como bajo el efecto de una reprimenda. Se había quedado pálida, luego me pareció que se sonrojaba, y durante todo el tiempo parecía buscar unas palabras que no le salían. Finalmente encontró la que estábamos más acostumbradas a decir, la más habitual, me parece a mí; y todavía la estoy oyendo, siempre la oiré, pronunciarla con voz monocorde: «¿Cuánto? ¿Cuánto va a costarnos, doctor?». Me sentí como si estuviéramos en la frutería o en la carnicería y, sin embargo, mamá se preparase para un regateo mucho más tenso que los que mantenía con los tenderos, a quienes conseguía imponerse con bastante facilidad. El doctor desplazaba sus papeles, la pluma, el papel secante; parecía tan incómodo como mamá. —Escuche, señora. Normalmente, por una operación de este 18
tipo, son ciento cincuenta dólares. —Sin duda se dio cuenta de la expresión de consternación que se dibujó en el rostro de mamá, porque se apresuró a levantar las manos diciendo—: ¡Pero, pero…! —Habiéndola calmado un poco con ese gesto, prosiguió—: Para usted, como soy consciente de que es complicado, serán cien dólares. Me di cuenta de que aquello no ayudaba demasiado a devolverle el aliento a mi madre. «¡Cien dólares! ¡Cien dólares!», gimió como para ella misma, sin quejársele a él. El médico, impotente, se encogió de hombros. Entonces supe que mamá se disponía a contarle la «historia» de nuestra vida, que soltaba en público cuando realmente no le quedaba ningún otro recurso, y que siempre me llenaba de una confusión y de una desolación que no parecían poder disolverse ni en lágrimas ni en palabras. Habría deseado frenar a mamá, impedirle que hablara, pero ya era demasiado tarde. —Mi marido, funcionario del Gobierno federal —explicaba con voz monótona, sentada en el borde de la silla, las manos entrelazadas en el regazo, los ojos clavados en el suelo, sin levantar nunca la mirada hacia el médico para no distraerse lo más mínimo de lo que debía decir—, ha sido el blanco de una insidiosa persecución por no haber escondido su lealtad política, y al final lo han echado, lo han despedido a seis meses de la edad de su jubilación, a la que ahora no puede acceder. De modo que, con la edad avanzada que tenemos —decía mamá—, nos vemos desvalidos, señor doctor, sin ningún ingreso fijo. Estamos viviendo de los ahorros, que se han acabado enseguida, como se podrá usted imaginar, y de la ayuda de mis hijos mayores y de lo que yo misma he podido ganar aquí y allí con mis trabajos de costura… La historia desfilaba y el médico escuchaba, tal vez aburrido, porque su mirada deambulaba a veces por el techo, venía a posarse un instante sobre mí sin sonreír, se marchaba otra vez. Solo al principio de la consulta me había dirigido la palabra: «¿Qué edad tienes, pequeña? Doce años… No lo parece… Más bien parece que tienes diez». Y había hablado a mamá en un tono severo: «Tendría que haberme traído a esta niña hace seis meses al menos». 19
Ahora me miraba, podría decirse, sin afabilidad. ¡Menuda idea la de mamá, llevarme al médico más caro de la ciudad! Iba por los detalles más deprimentes, que a mí me resultaban imposibles de escuchar sin que me entraran ganas de taparme la cara con las manos: los remiendos que tenía que hacer por las noches una vez acabada la jornada, y que eran de buena calidad, dijo con una curiosa insistencia, como si el doctor quizá pudiera tener zurcidos que encargarle a cambio de sus servicios. Yo era incapaz de comprender a mamá en algunas ocasiones. La mujer más orgullosa del mundo, que se pasaba noches enteras cosiéndoles a sus hijas unos vestidos tan bonitos como los de las hijas de los más ricos de la ciudad, que encontraba, Dios sabe dónde, el dinero para nuestras clases de piano; la mujer más estoica también, a la que jamás había oído quejarse de dolor físico alguno, ni incluso, más tarde, del terrible dolor de la soledad; esa mujer, en cuanto la salud, el bienestar o el futuro de sus hijos estaban en juego, habría sido capaz de mendigar por las esquinas. Abrumado finalmente por aquella historia tal vez similar a muchas otras que habría escuchado allí mismo, el doctor alzó las manos para callar a mamá. —¡Señora, señora…! Si no puede pagarme mis honorarios de una sola vez, hágalo poco a poco, como usted pueda. Entonces mamá respiró. Desde el momento en que una deuda, una obligación, fuera lo grande que fuera, pudiera fraccionarse, pagarse en pequeñas cantidades, estirarse, pensaba que podía con ella. Después de todo, llevaba años haciéndolo así, tenía sus tablas: este mes, esto para la máquina de coser (y eso que, en los momentos de desaliento, mamá decía a veces que la máquina, sin duda, se desgastaría antes de pertenecernos por completo); esto para la cubertería de plata (me parece que solo eran cincuenta céntimos cada quince días, pero de todas formas casi nunca los teníamos cuando pasaba el representante); esto para la fresquera. Habiéndose dado cuenta de que mi operación podía encajarse en aquella categoría, mamá se reconfortó enseguida y me dirigió una mirada que parecía signi20
ficar: «Ya verás como también logramos salir de esta». Del alivio, incluso sonrió con una especie de ternura que nos envolvió al médico y a mí, y que le dio un aspecto casi de felicidad en medio de su pena. Como un gran y hermoso río sembrado de obstáculos a lo largo de todo su curso —rocas, escollos, bancos—, mamá llegaba a su objetivo ya fuera rodeándolos, alejándose de ellos a golpe de ensoñación o dejándolos atrás de un salto. Así pues, durante un breve instante, entre el millar de obstáculos, y antes de que volvieran a llevársela los remolinos, se escuchó el canto de sus aguas mansas. —Bien, si es así, doctor, tenga por seguro que conseguiré saldar mi cuenta con usted… El doctor cortó enseguida las promesas de mamá. Se levantó. Nosotras nos levantamos también. Mamá pensó entonces en informarse. —¿Cuándo será la operación? ¿Dentro de unas semanas? —¡Qué dice usted, señora! Ahora mismo voy a llamar al hospital. Quiero que su hija ingrese esta misma noche, mañana como muy tarde. —¡Oh! ¡Mañana! —suplicó mamá. Arreglada, o postergada, la parte de los negocios, por fin podía dedicarse a preocuparse por mí, a su angustia. Comenzó a abogar entonces por un poco más de tiempo. Lo necesitaba para coserme ropa limpia para el hospital. Para preparar a mi padre, que se fuera haciendo a la idea de la operación. Y quién sabe si a lo mejor las cosas cambiaban si les concedía el tiempo suficiente. —Ya hemos tardado demasiado tiempo —zanjó el doctor—. Estamos a merced de una crisis grave que puede provocar la perforación del apéndice. Como muy tarde, operaré a su hija pasado mañana. Salimos. Ya no recuerdo en qué callecita sombreada por los árboles nos encontrábamos. Sin embargo, siempre me acordaré de que fue uno de los días más agradables que nos ofreció el verano, con 21
esa brisa suave que acaricia el rostro. Se nos hizo muy raro encontrarnos en medio de un día como ese, con nuestros malabarismos, nuestro miedo al hospital y la angustia de lo que iba a decir papá. Nos pareció que habríamos debido estar, más bien, en medio de un hermoso campo, sentadas en la hierba, al pie de un árbol, disfrutando de un pícnic o soñando, con la vista puesta en el cielo y el cuerpo perfectamente sano. Mamá me tomó de la mano y me preguntó si no estaba muy cansada. «Porque —me dijo— si te sientes con fuerzas, me gustaría hacer un trocito a pie». (En las callecitas en las que nos hallábamos, habríamos tenido que caminar más de lo que se tardaba en llegar a casa para encontrar un tranvía. Mamá debía de estar bastante afectada para no haberse dado cuenta). «Me gustaría darme tiempo —prosiguió— para pensar en cómo voy a decírselo a tu padre». Traté de tranquilizarla. Le dije que estaba mejor, que ya no me dolía nada. Y era verdad. La emoción me había reanimado, prestado por el momento unas fuerzas llegadas de no sé dónde. De hecho, no era la primera vez que me pasaba. Bastaba que me llevaran al dentista para que el dolor de muelas que me había tenido despierta toda la noche desapareciera súbitamente. Así que mamá no me hacía caso nunca. Seguía con su idea. —A tu padre siempre le han dado pavor las deudas, incluso cuando tenía un sueldo con el que mantenernos. ¡Así que te puedes imaginar el miedo que le dan ahora! Pero yo creo que, cuando se pueden pagar a plazos, las deudas no son el fin del mundo. Yo debía de parecerme a mi padre en ese aspecto, porque las deudas me aterrorizaban también. —No quiero que me operen —decidí—. No nos lo podemos permitir. Y papá se opondrá. Ella se paró y me zarandeó ligeramente. —No vuelvas a decir una cosa así. Tu padre no se opondrá. Solo hay que hacerle ver que esta deuda no es peor que cualquier otra. No me desanimes cuando más falta me hace para sacarnos de este hoyo —me rogó. 22
—Pero si siempre estamos en el hoyo —le señalé yo. Para mi sorpresa, se echó a reír, como desde cierta distancia, por la cantidad de proezas conseguidas. —Y, aun así, mil veces hemos salido. —A lo mejor son hoyos distintos —contesté, sonriendo a mi pesar, en complicidad con ella. Habíamos llegado a la esquina de una callecita tranquila y nos adentramos en otra igualmente bordeada de árboles, cuyas hojas oíamos crujir dulcemente en medio de nuestros cálculos. Nuestra vida tuvo esto de amable: la naturaleza no se abstuvo casi nunca de mostrarnos una especie de benevolencia a través de nuestras dificultades. ¿O sería que nos la mostraba porque constantemente buscábamos consuelo en ella? No obstante, mamá me sorprendió de repente al confesarse rendida. —Es verdad que hace mucho tiempo que nos persigue la desgracia —decía como para sí misma—. Habría que remontarse muy lejos para conocer la causa. Es una historia muy larga. Las historias me gustaban tanto, ya en aquel entonces, incluso en lo más profundo de la aflicción… —Cuéntamela —le rogué. Ella me sonrió apenada, como queriendo decir: ¡como si este fuera el momento! Mas, a pesar de todo, empezaron a escapársele fragmentos de un relato de antiguas desgracias que, a todas luces, la escena en la consulta del médico había despertado. Al menos es lo que me pareció a mí porque, de repente, se nos unieron en aquella apacible calle muchos de los nuestros. Y sus penas, enterradas hacía tanto tiempo, revivían ahora en nosotras. Al escuchar a mamá, tuve la curiosa impresión de que nuestra desolación había atraído a centenares de seres hacia nosotras y que, en ese momento, caminábamos juntos por la calle desierta, ellos tal vez con el consuelo de que todavía nos interesáramos por sus vidas pasadas, y nosotras, de no encontrarnos completamente solas. 23
—Todo viene del robo de nuestras tierras —decía mamá—, allá, en nuestro primer país (cuando teníamos uno, el que nos quitaron los ingleses al descubrir lo próspero que era). El país de Évangéline. Para hacerse con aquellas tierras tan ricas nos engañaron, nos reunieron a todos, nos montaron en unos barcos deleznables y nos desembarcaron lejos de allí, en orillas extranjeras. —¿Éramos acadianos? A lo mejor era algo que mamá ya me había contado y yo no me acordaba. O bien, antes de aquel día no había tenido el corazón preparado para recibir aquella tragedia y no le había hecho mucho caso. —Así comenzó nuestro infortunio, hace mucho tiempo —dijo mamá—. No me sé toda la historia. Solamente unos trozos que han pasado de generación en generación. —¿Dónde los dejaron, mamá? —Oh, por todas partes de América, para que se las apañaran como pudieran, sin hablar siquiera la lengua del país en el que habían acabado. Una parte de ellos consiguió, tras muchos esfuerzos, reunirse en Connecticut. Trabajaban en las fábricas, en las madereras, en el ferrocarril, allá donde hubiera trabajo duro y mal pagado. Confraternizaban entre ellos, se reconfortaban en su añoranza de la patria. Fue en ese punto del relato de mamá donde comencé a obsesionarme con la noción de patria, de lo que significaba exactamente. En cualquier caso, la dejé muy sorprendida cuando le pregunté de buenas a primeras si nosotras teníamos una. —Por supuesto —respondió ella, y enseguida dejó de parecer tan segura de sí misma y me tocó la frente diciendo—: No tendrás fiebre, ¿no? Protesté diciendo que no, e insistí en conocer la suerte de los nuestros en Connecticut. —No es el momento de hacerme contar esa vieja historia tan triste —me reprochó ella—. Ya tengo bastantes cosas en la cabeza. Tengo que preparar tu maleta para el hospital… ¡Ay, el hospital! —gimió. 24
Luego me aseguró que todo saldría bien… Y, a pesar de lo que acababa de decir, allá que empezó otra vez con nuestra gente de Connecticut. —En aquellos tiempos —dijo—, había unos curas a los que llamaban colonizadores que parecía que vivían para encontrar a los rebaños perdidos y traerlos de vuelta lo antes posible. Uno de ellos llegó hasta nosotros en Connecticut. Mamá había empezado a decir «nosotros» para referirse a nuestros antepasados lejanos y eso me consoló de una forma muy extraña. —Allí, en nuestra pequeña iglesia, donde predicaba en francés, nos anunció que Quebec nos esperaba con los brazos abiertos, que si queríamos volver al país nos repartirían unas tierras en un cantón fértil, no lejos de Joliette. —¿Entonces nuestra patria es Quebec? —Sí y no —dijo mamá—. No es fácil de precisar. —Y prosiguió—: Los nuestros lo estuvieron discutiendo. Había unos que decían: «Nos acostumbraremos a esto. Ya somos medio americanos. Nuestros hijos hablarán inglés. Es lo más sensato. Toda la vida dando tumbos no llegaremos a nada». Pero a otros les tentaba la aventura de Quebec: «Nuestros hermanos están allí. Hablamos la misma lengua. Tenemos la misma fe. Pongámonos en sus manos». —¿Y qué decidieron? —¡Hay que ver lo que te interesa esta historia de repente! —dijo mamá, y me explicó—: ¡Pues bien! Unos se quedaron, de manera que debemos de tener primos lejanos en Connecticut, y otros fueron a establecerse en la hermosa y fértil parroquia de Saint-Jacques-de-l’Achigan. Entonces divisamos un banco en la esquina de una calle bajo un árbol que susurraba. —Sentémonos un poco para que descanses —dijo mamá. Y el claro ruido del follaje agitado dulcemente nos habló de reposo y de un momento de felicidad en la vida de los exiliados. —¿Sigue sin dolerte? —me preguntó. 25
Yo negué con la cabeza, y era verdad, no notaba dolor alguno, solo me dolía el origen del que provenía. —¿Y fueron felices, los nuestros, en Saint-Jacques-de-l’Achigan? —Sí y no. Tenían muchos hijos. Todos tuvieron familias numerosas. Nuestros curas decían que a ese precio acabaríamos reconquistando nuestro lugar bajo el sol. Saint-Jacques-de-l’ Achigan enseguida se les quedó pequeño. Algo más al norte se elevaba una adusta cadena de colinas. La tierra era pobre en ese lugar, sembrada de chinarros, erizada de píceas sombrías. Sin embargo, allí subieron y se instalaron tu abuelo Élie y tu abuela Émilie. Nadie ha trabajado nunca la tierra tanto como ellos dos —contó mamá, la mirada perdida a lo lejos y como entristecida todavía por el largo y laborioso esfuerzo de sus padres—. Desbrozaron, arrancaron del suelo millares de piedras, erigieron montículos con ellas, muretes, labraron varios campos de avena, de trigo negro. Pronto remplazaron su primera cabaña por la casa donde yo nací, la que has visto en el álbum. Tu abuelo era habilidoso: nuestra casa tenía buena planta. Comíamos torta sarracena con más frecuencia que pan blanco, pero creo haber sido una niñita feliz allí. Me alegré tanto de que mamá hubiera sido una niñita feliz antes de su vida llena de preocupaciones que exhalé un suspiro de alivio. Quise saber cómo se las apañó para ser feliz y mamá respondió que no se acordaba, que ella creía que los niños eran felices por naturaleza, que lograban la felicidad con poco. Entonces se apiadó de mí, que la miraba con ganas de llorar, pero no se dio cuenta, y nunca lo supo, que era por ella por quien me entraban aquellas ganas de llorar. Me acarició la frente y me aseguró que volvería a estar sana y a recuperar la alegría de mis juegos. —¿Por qué os marchasteis de nuevo si erais felices en Saint-Alphonse-Rodriguez? —pregunté. —Tal vez, a fuerza de deambular, tengamos sangre de errantes en las venas —dijo mamá—. Pero, desde luego, ahora a nadie le gustaría más que a mí quedarse para siempre en un sitio definitivo. Tu abuelo Élie era un aventurero. Aquellas pobres colinas le parecían insuficientes para que sus hijos se establecieran a su 26
alrededor. Entonces llegó hasta nosotros uno de aquellos padres colonizadores, con mil alabanzas sobre Manitoba y el recibimiento que nos iban a dar allí. Hablaba de hermosas y ricas tierras y de todo aquel Oeste canadiense adonde debíamos correr a coger sitio antes que los escoceses y los ingleses, que llegaban por oleadas. Decía que a nosotros, de sangre francesa, nos pertenecía todo el país, de un océano al otro, porque los exploradores llegados de Francia lo habían recorrido primero. El derecho a nuestra lengua, a nuestro culto, se nos respetaría. A cada cabeza de familia, a cada uno de sus hijos varones que hubiera cumplido los dieciocho años, el Gobierno de la nueva provincia concedería un cuarto de sección. Era tentador para gente como nosotros. Tu abuelo se emocionó. Tú has salido a él en lo imaginativa que eres —dijo ella pasándome la mano por la mejilla—. Tu abuela era la única que se oponía al proyecto. Al final cedió y nos lanzamos a la carretera una vez más. El resto de la historia ya la conoces, te la he contado cien veces. Obtuvieron una concesión en la montaña Pembina. —¿Y al fin pudieron descansar? —Ay, Dios mío, claro que no tuvieron descanso. Todo estaba por hacer. Tu abuelo construyó la casa nueva exactamente como la de Saint-Alphonse, tu abuela rehízo los muebles, los armarios, la artesa… —Y el banco cama, me acuerdo. —Cuando eras pequeñita e íbamos allí, llorabas si no te dejábamos pasar la noche en el banco cama… Siempre me he preguntado por qué te gustaba tanto acostarte en aquella especie de ataúd. Creo recordar que allí me sentía completamente segura, como si las manos que habían fabricado aquel viejo mueble rústico tuvieran el poder de alejar de mí cualquier amenaza. —Después de varios años, todo podría haber sido tan hermoso en Saint-Léon… —dijo mamá—. Porque la tierra era nuestra. Sumando la de los muchachos, ¡abarcaba una milla cuadrada en total! La abuela sembraba en su jardín las mismas flores que en Quebec; a nuestro alrededor, lo único que se oía era nuestra len27
gua materna, por fin éramos casi prósperos y, de repente, el Gobierno de Manitoba se volvió en contra nuestra. Aprobó la inicua ley que prohibía la enseñanza del francés en las escuelas. Nos vimos atrapados, lejos de nuestra segunda patria y sin dinero para marcharnos. Además, ¿a dónde nos habríamos ido? —¿De nuevo sin patria? —Seguíamos teniendo nuestras tierras, nuestras costumbres, nuestras casas… y nuestra lengua, que no estábamos dispuestos a dejarnos arrancar. Pero lo que nos arruinó también fue aquella larga lucha, todos esos gastos para conservar nuestros colegios… ¿Has descansado lo suficiente? —me preguntó—. Tendríamos que seguir. Tu padre debe de estar preocupado porque no hayamos vuelto todavía. El follaje, al moverse, nos mostró un pedazo del alto cielo claro que miramos juntas sonriendo a nuestro pesar. —A tu padre —me contó mamá entonces— lo que lo empujó fue la profunda miseria de los suyos en Beaumont. Tuvo que empezar a trabajar cuando era muy pequeño y enseguida emigró a Estados Unidos, como tantos de los nuestros a quienes Quebec no lograba abastecer. Trabajó en todo tipo de cosas, pero no dejó de leer; se instruyó, se preparaba para jugar un papel importante cuando volviera a su país. Acabó en Manitoba. Cuando lo conocí, en Saint-Léon, creía, al igual que el cura colonizador de antaño, que todo el Oeste, jalonado de pequeñas colonias, sería por lo menos medio francés de un extremo a otro. Y luego conoció a Laurier, que pronto se convertiría en primer ministro y que le pidió que trabajara en su campaña. Desde aquel instante, tu padre entregó su vida a ese hombre, tal era la fe y la confianza que le tenía. Cuando Laurier, una vez primer ministro, se negó a posicionarse sobre la cuestión del francés en Manitoba porque aquello pertenecía a la jurisdicción provincial, tu padre siguió apoyándole. «Tiene sus razones», decía él. Como era religioso, lo que le resultó intolerable fue ver cómo caía el anatema desde lo alto del púlpito sobre los partidarios de Laurier, declarado traidor de la causa del francés. Al final, su lealtad política se la han hecho pagar con su puesto de 28
agente colonizador cuando estaba a las puertas de la vejez. Esa ha sido nuestra ruina, y tengo razones para sospechar que los nuestros, nuestra propia gente, fueron quienes la tramaron. Porque tal vez lo más triste de la historia sea que todas esas desgracias no nos hayan unido todavía. E inclinando la cabeza y mirando el suelo a sus pies, me preguntó: —¿Comprendes un poco por qué le hablé de esto al médico?… Te aseguro que no es por gusto. Me dio tanta pena de ella, de mi padre, de toda aquella gente de la que habíamos hablado, que no pude responder. Cuando me volvió a preguntar si nos íbamos ya y me levanté para seguirla, me pareció que ocupábamos nuestro sitio en aquel éxodo interminable. ¿Hasta dónde íbamos a llegar a fin de cuentas? —Tu padre, cuando lo conocí —me dijo de repente sin venir a cuento—, ya no era joven, pero sí enérgico, lleno de ideales, un hombre muy apuesto y alegre en sus buenos momentos. Entonces me acordé de que, en la consulta, el médico había preguntado a mamá: «¿Qué edad tenía usted, señora, cuando dio a luz?…», y mamá me había parecido un poco incómoda. Había respondido como si ya no estuviera segura: «Cuarenta…, cuarenta y dos o tres…». «¿Y su marido?». «Cincuenta y nueve años, doctor». —Tu padre estaba muy feliz y orgulloso cuando naciste… —me aseguró como si respondiera a una pregunta tácita mía—. Dicen —prosiguió— que los niños de padres mayores son frágiles y delicados, pero también parece que son los más talentosos. —No debíamos de estar lejos de la catedral, porque mamá sugirió—: ¿Quieres que entremos al pasar, a rezar para que todo salga bien? La elevada nave nos resultó sombría después de estar afuera a pleno sol. Solo parecía iluminada por las numerosas velas que se consumían en sus candelabros en la parte delantera de la iglesia. Mamá me llevó prácticamente hasta los primeros bancos, muy cerca del coro. Ahí era donde rezábamos cuando necesitábamos ayuda con desesperación, como si en ese sitio tuviéramos más posibilidades de que se nos viera y se nos escuchara. Nos pusimos de 29
rodillas. Supongo que recé, pero sobre todo creo que miré cómo rezaba mamá. A lo largo de mi vida he visto a otras personas, muy pocas, rezar como ella rezó aquel día, pero aquella fue la primera vez, y el espectáculo me encogió el corazón. No se movía lo más mínimo, se quedó completamente inmóvil, y sin embargo todo en ella estaba en tensión, el rostro, los ojos, los labios, incluso las manos, que había juntado delante y mantenía en actitud de súplica. Y fue entonces, si recuerdo bien, cuando tomé en el fondo de mi alma la determinación de vengarla. O más bien debió de nacer del exceso de impotencia y de debilidad. A la salida, la brillante claridad del día nos hizo daño en los ojos y en el alma. Mamá ralentizó el paso tan enérgico que tenía entonces para acomodarse al mío, cada vez más lento. Iba reprochándose el haberme hablado tanto, el haberme hecho caminar más para llegar a la iglesia. Aunque estaba al límite de mis fuerzas, no dejaba de darle vueltas a mi inocente idea de vengarla algún día. También vengaría a mi padre y a los de Beaumont, y a los de Saint-Jacques-de-l’ Achigan y, antes de ellos, a los de Connecticut. Me remontaba lejos en el pasado en busca de la miseria de la que provenía y esta me ayudaba a armarme de voluntad con la que avanzar. Sin embargo, en el hospital, protegida por el biombo que una monja había venido a descorrer cuando el viejo cura sentado junto a mí comenzó a hablarme de la vida, la muerte y la eternidad, cambié de idea: era mejor morir y liberar a los míos de cualquier gasto que vivir para vengarlos algún día, lo que ahora me parecía muy difícil. El viejo misionero, que estaba de paso en la ciudad, llegado quizá del norte —a veces pienso que el destino tuvo algo que ver en el hecho de enviármelo—, me hablaba en voz baja y me envolvía con una bondadosa mirada apacible que yo veía brillar al fondo del rostro barbudo a la luz de la lamparilla. Me hablaba de la muerte sin despojarla de gravedad y seriedad porque yo fuera una 30
niña, y acaso por haber oído al comienzo de mi vida a aquel anciano hablarme con nobleza y con candor de la muerte, esta perdió considerablemente el poder que tenía de asustarme. El cura me decía que estaba casi seguro de que me iba a poner bien, pero que todo ocurriría según la voluntad de Dios. Mañana, cuando me durmieran, sería como un pajarito en manos del Señor. O bien me soltaba para que volviera a jugar, a reír y a retozar con los otros niños, o bien me acogía en su misteriosa estancia. Eso era lo que yo quería, y le pedí al viejo cura que me explicara lo de la misteriosa estancia. Todavía hoy le doy gracias al cielo por haber colocado junto a mí en aquel momento a un alma sin pretensiones de descifrar lo inexplicable, sino solamente de soñarlo. —Ay, hija mía —me dijo—, quién lo supiera, ¿verdad? Pero entonces no tendría mucho mérito recorrer el largo camino. Y tampoco mucho interés, ¿no crees? Lo que yo creo presentir o adivinar es que nuestra vida desemboca en el infinito, y todos, me parece a mí, ansiamos el infinito. ¡Ay! ¡Solo con oírlo hablar de ello lo ansiaba yo también! Le pregunté si en el infinito seguíamos siendo responsables de nuestras deudas. Él me preguntó de qué tipo de deudas se trataba. ¿Deshonestas, de esas que hacemos con malicia, sabiendo perfectamente que nunca podremos saldarlas? ¿O deudas de pobre, de las que los pobres llevan a cuestas porque no pueden hacerlo de otra manera? A mí me costaba responder. Me parecía que nuestras deudas no pertenecían realmente ni a una categoría ni a la otra, sino que quizá participaban de ambas a la vez. Me pasó la mano por la frente y me animó con dulzura a que dejara de torturarme. Me dijo que me apoyara en el Señor, que pusiera todos mis problemas en sus manos. Creo que siempre he sabido, a fin de cuentas, que solo él podía ayudarnos, pero, al mismo tiempo, me parecía que no lo hacía. ¿Por qué? ¿Porque estábamos demasiado lejos, nosotros de él o él de nosotros? De modo que soñé que, cuando yo llegara a la casa del Altísimo, como lo llamábamos, le contaría toda nuestra historia al oído. Así se da31
ría cuenta de que a mamá no se la podía tomar al pie de la letra. ¿Cómo iba a poder saldar la deuda de mi operación a razón de cinco dólares al día cuando ya había que pagar tres por la máquina de coser, cuatro por mis clases de piano —que se negaba en rotundo a cancelar—, además de los adeudos del tendero, del vendedor de carbón, de casi todos los proveedores? Encima, acababa de prometerme un abrigo nuevo como recompensa cuando me curara. Es verdad que cortado sobre uno viejo, pero pensaba adornarlo con un cuello de astracán comprado en una buena peletería de la ciudad. Ese abrigo y la curiosidad por ver cómo se las iba a apañar mamá para conseguírmelo me ataban un poco a la vida que, por otra parte, deseaba abandonar para dejar precisamente de ser una carga para ella. Así se terminó la que creí que era mi última oración y que en realidad era, me parece a mí, la expresión del deseo de evadirme. Porque la idea de morir —por raro que parezca, aunque a lo mejor sea, por el contrario, bastante lógico— había hecho que entreviera lo que podría ser mi vida y me había dado miedo. Ahora era consciente de que, para vengar a mi madre, iba a tener que trabajar el doble cuando volviera al colegio y ser siempre la primera de la clase en francés, en inglés y en todas las materias; tendría que ganar medallas, premios, no dejar de traerle trofeos. Después, terminados los estudios, no era capaz de ver más allá claramente, solo una carretera en pendiente y como solitaria delante de mí, en dirección a no sé qué abandono bajo un cielo nuboso. Y me faltaban las fuerzas. Y eso que a mí siempre me habían gustado con locura las carreteras de la planicie, pero estas, al ser llanas, dejaban ver la lejanía y alrededor. La carretera de mi futuro, por el contrario, se me representó aquella noche repleta de cuestas y curvas que se perdían en la oscuridad e impedían cualquier asomo de perspectiva. Un día, años después, desde una ligera elevación de la planicie, contemplaría una pequeña carretera de tierra inundada de sol que me parecería misteriosamente ligada a mi existencia y me arrebataría de exaltación. Pero en el hospital, la carretera de mi vida —o tal 32
vez de cualquier vida— me parecía un camino constantemente extraviado, lo que me estuvo atemorizando durante mucho tiempo. Pasó una religiosa que me dio un calmante. Pronto me sentí casi feliz, en un estado de espera que ya no me torturaba los nervios. Así no tendría que seguir aquel camino solitario y triste de la vida. Me dormiría y me despertaría en eso que el viejo cura llamaba la misteriosa estancia. Al día siguiente, fue con el mismo estado de ánimo tranquilo con el que me condujeron hasta el quirófano en una camilla. Solo me preguntaba si Dios saldría un poco al encuentro de los que se morían o si los esperaría inmóvil en el umbral. Un solo paso que diera hacia ellos los habría reconfortado tanto… Mamá, cuando esperaba a una visita muy querida, acechaba en la ventana del salón, a veces incluso en el porche, y en cuanto nuestra gente aparecía al fondo de la calle, bajaba corriendo los escalones de la entrada y a menudo corría incluso hasta la verja. Te estrechaban contra el pecho. Oías otro corazón latir de alegría contra el tuyo. Por fin habías llegado. Pero ¿yo había vivido ya aquella felicidad o solo me la había imaginado? —Respira profundamente, pequeña —me dijo una voz desconocida, y yo sentí que me disolvía. No puedo negar que lo primero que experimenté al abrir los ojos y encontrarme todavía en este mundo fue una decepción. Y vaya si no tardó en revelarse el mundo que conocía tan bien. Cerca de mí, se alzaba la silueta de un hombre de blanco. No la distinguía del todo debido a los efectos prolongados del narcótico. Me hablaba y me parecía que la voz llegaba desde muy lejos. —Soy yo el que te ha dormido, pequeña. Cuando venga tu madre, ¿podrás darle este papel? Es mi cuenta. La anestesia va aparte. «¿Cómo que la anestesia va aparte? Nadie nos lo había dicho», creí por un momento haber protestado en voz alta. Pero no tenía fuerzas para llevar las palabras hasta los labios, se me quedaban en el corazón. 33
Entonces me di cuenta de que me había metido un papel entre los dedos. —No se te olvide, pequeña. La anestesia va aparte y, normalmente, es lo primero que se paga. Asentí con un gesto y traté de refugiarme en alguna parte, pero ¿dónde encontrar refugio cuando el Señor mismo nos ha devuelto a la Tierra a dos pasos de su umbral? Alguien pasó y me dio un hielo para que lo chupara, y luego llegó mamá y supe que estaba contenta de seguir todavía en este mundo pese a todo. En cuanto nuestras miradas se encontraron, los problemas y las penas desaparecieron bajo la arrolladora felicidad de tenernos de vuelta la una a la otra. Pero cuando la cara de mamá inclinada sobre mí se encontró muy cerca de la mía, pude ver en ella como a través de una lupa el cansancio de su vida, la marca de los recuentos, el garabato en el rostro que le dejaban las noches de costura, y eso era más de lo que podía soportar. Cerré los ojos, traté de regresar a aquella región a la que gastos, costes y honorarios no me habían perseguido, pero entonces me acordé del papel que me había dejado el anestesista y se lo tendí a mamá. Ella lo desplegó, diciendo: «Ya podría haberse esperado un poco este, por lo menos…», y luego se quedó en silencio, con un surco que yo conocía bien cruzándole la frente. —¿Es caro? —le pregunté atemorizada. Ella fingió una sonrisa. —No, no es gran cosa. —E hizo desaparecer los honorarios en su bolso. Sentada junto a mí, comenzó enseguida a darme buenas noticias con voz alentadora—: Fíjate que, ayer, al salir del hospital, ¿sabes a quién me encontré? A la señora Bérubé, que casa a su hija el mes que viene. Necesita un vestido para la ocasión. Y su cuñada también. De repente tengo dos buenos encargos solo porque salí por una puerta en vez de por la otra. Sin duda por inspiración divina. A veces interfiere, ¿sabes? Yo no estaba tan segura desde que él no me había aceptado en su paraíso. También me parecía que, si mamá había obtenido los encargos, era más bien porque los iba a realizar a bajo precio. Pero ese día no tenía fuerzas para plantarle cara. 34
—Esta cuenta de la anestesia se comerá un poco de mi encargo, incluso antes de que lo haya empezado —dijo, y pareció encontrar gracioso, a pesar de todo, que el dinero se nos gastara siempre antes de ganarlo. Sacó de una bolsa de la compra tres naranjas que había debido de elegir minuciosamente del puesto, porque me pareció que no las había visto nunca más redondas, perfectas y parecidas entre sí. —Se las has comprado al señor Trossi —comprendí enseguida. Y sonreí de pensamiento, por el afecto que le tenía a aquel inmigrante pobre que siempre me trataba como a una princesa cuando mamá me enviaba a comprarle «a migajas», como decíamos. Entonces, a su pesar, me confesó que ella solo había comprado dos, que el señor Trossi había añadido la tercera de su parte, como regalo para la «niñita enferma que tenía que ponerse buena enseguida para darle una alegría a su amigo italiano». Seguramente manifesté más alegría por el regalo del italiano que por el de mamá, porque pareció un poco celosa y dijo que era curioso el cariño que le tenía yo a ese hombre que, en el fondo, conocíamos tan poco. En cualquier caso, hoy no había tiempo que dedicar a la alegría ni al despecho. Me parecía que apenas acababa de llegar y ya me estaba anunciando que tenía que marcharse para ponerse a coser cuanto antes si quería terminar su encargo a tiempo y que le pagaran el dinero que tanto necesitábamos. A pesar de todo, se quedó un rato arreglándome las almohadas y dándome ánimos: el médico había dicho que pronto estaría en pie y que todo iría bien. Me preguntó varias veces si me dolía y le indiqué que no, y en parte era verdad siempre, pues a lo largo de aquella enfermedad que dejó en mi vida una marca indeleble, apenas recuerdo dolor físico por mucho que rebusque en la memoria, tal vez porque eso es algo que se olvida con facilidad. Pero recuerdo, sin embargo, que aquellos pocos días me parecieron años. Finalmente, mamá se escapó, por así decirlo. Y, ¿sería porque llevaba tiempo sin verla de espaldas?, ¿porque la enfermedad me daba ojos para ver?, el caso es que, mientras se alejaba, su silueta 35
me pareció envejecida, muy diferente de la que yo pensaba conocer, casi como la de la abuela hacia el final de su vida. No pude soportarlo y forcé la voz para llamarla. Ella se detuvo ante mi débil grito, vaciló —el tiempo de recomponerse el rostro, estoy segura—, y luego se volvió y vino a verme. —¿Quieres algo? —me preguntó. No sé qué era lo que tenía en mente decirle en un principio, pero al detectar en su cara el rastro de una desolación que no le había dado tiempo a borrar plenamente, pensé en comprometerme haciéndole la única promesa que, estaba segura, le daría coraje de nuevo. Así pues, le anuncié que, en el colegio, a partir de ahora, sería siempre la primera de la clase…, aunque estuviera lejos de pensar que aquella promesa iba a mantenerla. Mamá se inclinó sobre mí, me alisó el pelo, y su rostro, que un momento antes me había parecido descompuesto, estaba ahora radiante. El orgullo que tanto me gustaba ver en ella le brillaba en los ojos castaños. —Si eres la primera —se comprometió a su vez—, en otoño no solo tendrás un abrigo nuevo, sino que también te haré una faldita preciosa… a la moda que te gusta…, de vuelo… Entonces vi ondularse la ligera falda bajo mis ojos, volar a mi alrededor mientras yo giraba sobre un talón. Los ojos se me llenaron de la graciosa imagen. Traté de levantarme de la almohada para ver mejor esa felicidad acercándose a mí. Y los otros niños de aquella habitación, obtusos o envidiosos, miraban sin comprender lo ricas que éramos mamá y yo en medio de la desapacible pobreza.
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