LOS PILARES DE LA EVOLUCIÓN HUMANA Bajo la dirección de Eudald Carbonell e Igor Parra
Índice Introducción Eudald Carbonell e Igor Parra 1. Cambios climáticos y evolución humana
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Igor Parra y Javier Mar Medina 2. Genética y evolución humana
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Francisco C. Ceballos 3. Tiempo de alimentación
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Eudald Carbonell e Igor Parra 4. La técnica, la tecnología y evolución social
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Eudald Carbonell 5. La evolución de la comunicación
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Ignacio Martínez y Mercedes Conde-Valverde 6. El pensamiento simbólico
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Marcos García Diez y Álvaro Ibero Conclusión Eudald Carbonell e Igor Parra
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índice de autores Bibliografía Glosario
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INTRODUCCIÓN Emprendemos aquí una nueva aventura intelectual, otro ensayo con el que buscamos comprender y explicar la estructura técnica y social que sostiene la evolución humana. Para ello hemos trazado un mapa que ordena y jerarquiza los grandes ejes que nos han llevado, paso a paso, a lo que somos hoy como especie. No nos conformamos con describir; queremos aportar una visión que sea conclusiva y crítica. Creemos que la evolución social no es fruto del azar, sino que sigue ciertas leyes. Por eso proponemos que el método científico, el mismo que nos ha ayudado a entender el universo y la naturaleza, también puede aplicarse a nosotros mismos, a nuestra historia y a nuestro proceso de humanización. Somos conscientes de que esto nos lleva a cuestionar estructuras profundas y a poner en juego nuestro propio autoconocimiento. Pero no rehuimos el debate: al contrario, lo buscamos. Exponernos a la crítica de colegas y especialistas nos parece esencial para avanzar.
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Sabemos que es un desafío, incluso un atrevimiento, pero solo así podremos ampliar nuestros límites y fortalecer nuestras ideas. Uno de nuestros objetivos principales es desplazar el azar como explicación principal de nuestra evolución y reemplazarlo por una lógica evolutiva. Hoy contamos con herramientas cada vez más precisas —analíticas, tecnológicas y sistémicas— que nos permiten construir una teoría científica sólida sobre cómo hemos evolucionado y cómo podemos entender a la humanidad como una síntesis biológica, técnica y social. Cuando hablamos de futuro, lo hacemos con una idea clara: necesitamos construir un proceso más consciente, capaz de delimitar el papel del azar en nuestra evolución para no quedar a merced de él. No basta con imaginar hacia dónde vamos; debemos trabajar activamente para definir las posibilidades y los límites de nuestra evolución biológica, social y tecnológica. Después de la biología, lo técnico y lo tecnológico han transformado nuestra conducta de manera decisiva. Desde esta perspectiva buscamos explicar qué significa ser humano en este contexto histórico, con la convicción de que no podemos avanzar si no nos atrevemos a asumir y enfrentar los desafíos. Al final, mirar hacia lo desconocido no es otra cosa que mirarnos a nosotros mismos y aceptar nuestra duda metódica como especie.
introducción
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Una mirada desde la TESH y la ASH En este libro presentamos los seis pilares de la evolución humana, apoyados en lo que hemos denominado Teoría de la Evolución Social Humana (TESH) (Carbonell y Parra, 2024). Nuestro objetivo ha sido canalizar, sintetizar y ordenar lo esencial, dejando deliberadamente al margen algunas ramas del conocimiento que, aun siendo valiosas, no resultan imprescindibles para el propósito central de este trabajo. Con el fin de facilitar la lectura, incluimos al final un glosario que aclara los términos técnicos que puedan resultar menos familiares. Estos pilares quieren ser un puente entre disciplinas, un marco transdisciplinar y holístico que nos permita comprender de forma integrada cómo hemos llegado tecnosocial y simbólicamente hasta aquí. La base conceptual la aporta la Autoecología Social Humana (ASH), una propuesta que combina el análisis crítico con una visión sistémica, para explicar qué nos ha hecho humanos desde el cruce entre biología, técnica y sociedad. Cuando analizamos el proceso de hominización —el desarrollo de nuestra anatomía y fisiología— junto con el de humanización —la aparición de capacidades sociales y tecnológicas—, vemos con claridad que estas últimas han sido decisivas. Son las que han permitido que nuestra inteligencia operativa se socialice y que, poco a poco, emerja nuestra conciencia de especie. Para entender de manera completa lo que somos como Homo sapiens, es imprescindible mirar también hacia el pasado y analizar qué adquisiciones nos han de-
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finido como género. Este ensayo se organiza, por tanto, en torno a seis pilares fundamentales: 1. Genética y epigenética, que explican nuestra base biológica y su interacción con el entorno. 2. Ecología, que contextualiza nuestro desarrollo en los cambios del sistema Tierra. 3. Tecnología, como factor que media y transforma nuestra relación con el mundo. 4. Alimentación, desde la ingesta básica hasta la gastronomía como fenómeno social. 5. Comunicación y lenguaje, que nos han permitido construir códigos compartidos y pensamiento complejo. 6. Mundo simbólico, que nos ayuda a cohesionarnos como grupo y a generar identidad, memoria y cultura. Estos pilares no actúan por separado; se entrelazan y se potencian entre sí, generando un entramado que ha moldeado nuestro pasado y que sigue impulsando nuestro presente.
Un equipo transdisciplinar y un enfoque colectivo Para llevar adelante este proyecto hemos reunido un equipo diverso y especializado: Francisco C. Ceballos en genómica; Igor Parra en palinología y prehistoria;
introducción
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Eudald Carbonell en arqueología y tecnología; Ignacio Martínez y Mercedes Conde en biología y paleoantropología, y Marcos García y Álvaro Ibero en el estudio del simbolismo. En la actualidad, construir teoría y avanzar en el conocimiento solo es posible con una estructura transdisciplinar que combine la diversidad de saberes con bases empíricas sólidas y métodos rigurosos. Este libro es el resultado de esa colaboración, apoyado en el marco que presentamos con la TESH en 2024. Nuestro propósito es sincronizar conocimiento y pensamiento sobre nuestra especie, partiendo de la certeza de que conocernos mejor es el primer paso para un futuro más consciente y sostenible. Este enfoque forma parte del humanismo tecnológico que defendemos, una forma de entender el progreso que busca unir el rigor científico con una visión crítica de nuestro papel en el planeta. En este sentido, nos planteamos una pregunta central: ¿qué elementos analíticos pueden sostener una visión sistémica y coherente de los procesos de hominización y humanización? Para responderla, hemos optado por empezar con un enfoque analítico que nos permita profundizar en cada área antes de integrarlas en una síntesis global. Este camino nos evita caer en explicaciones simplistas o redundantes y nos permite construir una visión más sólida. El trabajo colectivo no ha estado exento de dificultades. Uno de los mayores retos ha sido seleccionar los ejes principales que nos guiarían hacia una síntesis final
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clara y útil. Este proceso solo ha sido posible gracias a nuestras trayectorias individuales y a la interacción constante entre disciplinas. Esa combinación de experiencia empírica y diálogo interdisciplinar es lo que nos ha permitido tejer un discurso coherente y, al mismo tiempo, anclado en la realidad. Somos plenamente conscientes de nuestras limitaciones. Sin embargo, también lo somos de que nuestra experiencia en el trabajo de campo y en el laboratorio nos aleja de cualquier teoría desconectada de los hechos. Este libro es, por tanto, el resultado de un esfuerzo colectivo que asume la memoria de la evolución humana como base para entender quiénes somos y hacia dónde vamos.
De la genética al símbolo: bases y proyección Para explicar los pilares de la humanidad, es imposible ignorar el cambio climático, la evolución humana y el contexto social, económico, tecnológico y político en el que vivimos. Con esta claridad, justificamos la selección de temas y la estructura que hemos dado al ensayo. Comenzamos por el principio, por los fundamentos. Hablar de genómica, proteómica y otros avances no es un capricho: son las herramientas que nos han permitido entender cómo los genotipos han dado lugar a los fenotipos humanos. También nos han ayudado a comprender procesos epigenéticos que muestran cómo nuestro entorno ecológico y social influye en nuestra evolución.
introducción
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Esta mirada inicial nos ofrece un marco que integra información y reflexión y nos permite construir interpretaciones más sólidas. Empezar por la base biológica y orgánica no es solo lógico, sino necesario si queremos entender el aumento de complejidad que ha caracterizado nuestra historia como especie. A partir de ahí, el recorrido se amplía. Analizamos cómo lo técnico y lo tecnológico han transformado no solo nuestro entorno, sino también nuestra manera de interactuar con él. Lo que empezó como técnica terminó convirtiéndose en tecnología, hasta el punto de que hoy la tecnología es un medio en sí misma. En paralelo, exploramos la evolución de nuestra alimentación. Como homininos generalistas, aprendimos a ampliar nuestra dieta mediante técnicas de preparación que modificaron los nutrientes y mejoraron nuestra capacidad adaptativa. Con el tiempo, este simple acto de alimentarnos evolucionó hacia algo más: la gastronomía, con su impacto social y cultural. Otro aspecto clave ha sido el desarrollo de códigos informativos extrasomáticos: herramientas, objetos y símbolos que nos han acompañado desde los homininos africanos del Plio-Pleistoceno, hace unos tres millones de años, hasta la revolución tecnológica actual. Esta capacidad de codificar el entorno no solo nos ha hecho más eficientes, sino que ha abierto el camino a la socialización del conocimiento y a la expansión de nuestra inteligencia operativa. La comunicación es otro pilar. El lenguaje surge como un sistema simbólico que transforma nuestra forma de
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interactuar y de comprendernos a nosotros mismos. Lo que comenzó con señales se convirtió en habla, y con ella, en pensamiento complejo. Esta capacidad, combinada con la técnica, marca el inicio de un cambio decisivo en nuestra evolución: el despertar de una conciencia de especie. Por último, el mundo simbólico nos ha permitido cohesionar nuestras comunidades, construir identidades y generar memorias colectivas. Los símbolos no solo nos representan; nos ayudan a entendernos, a coordinarnos y a proyectar el futuro. De esta capacidad nacen fenómenos como el arte, la religión, la filosofía y, finalmente, la ciencia, que no es más que una síntesis racional de nuestro proceso de humanización. El pensamiento simbólico ha impulsado saltos acumulativos en nuestra evolución social y tecnológica. Ha hecho posible que pasáramos de depender del azar y de los ciclos naturales a controlar y transformar nuestro entorno, incluso a generar excedentes que han cambiado nuestras dinámicas sociales y demográficas. Por estas razones, creemos que la integración disciplinar no es una opción, sino el núcleo de este trabajo. Solo entendiendo cómo se entrelazan estos seis pilares podremos avanzar hacia una visión más completa de nuestra evolución y, con ello, hacia una humanidad más consciente y responsable de su futuro. eudald carbonell e igor parra
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CAMBIOS CLIMÁTICOS Y EVOLUCIÓN HUMANA Igor Parra y Javier Mar Medina ¿Los cambios climáticos potencian, alteran o impiden la evolución humana? Cuando hablamos de las relaciones humanidad-naturaleza, incluimos también a los homininos —los linajes evolutivos que precedieron o coexistieron con los primeros Homo en las sabanas africanas—. Desde esos linajes emergió nuestro género, impulsado por la fabricación de herramientas simples, pero precisas: técnicas de percusión bien orientadas y secuencias de talla de piedra productivas, que dieron lugar a instrumentos con bordes cortantes. Estas herramientas dieron origen a lo que denominamos adaptaciones tecnosociales frente a los cambios climáticos. Gracias a ellas, la tribu Hominini, dentro de los primates homínidos (subfamilia Homininae, familia Hominidae), logró sobrevivir con éxito a variaciones bioclimáticas primero en África y luego en Eurasia y Asia, expandiéndose desde los extremos meridionales hasta los septentrionales de ambos continentes.
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Cambios climáticos antiguos y recientes Los cambios climáticos plio-cuaternarios (desde hace unos 5,3 millones de años hasta el presente) constituyen el marco bioclimático de nuestra evolución. Estos se caracterizan por variaciones cuasi periódicas en el ciclo del agua del planeta —el proceso por el que el agua se evapora, condensa y precipita—. Entre hace 3,5 y 2,1 millones de años (Ma), los registros geológicos muestran el inicio de los ciclos glaciales e interglaciales, coincidiendo con la aparición de los primeros homininos africanos. Estos ciclos configuraron el escenario climático donde evolucionamos biológica y tecnosocialmente hasta la actualidad. Comprender qué es un cambio climático requiere entender los cambios en el estado del agua a escala planetaria. Estos cambios se registran desde hace cientos de millones de años, mucho antes de la aparición humana. Esto implica que la vida entera de la Tierra siempre ha estado enmarcada en contextos de cambio climático. La historia geológica lo demuestra mediante múltiples registros sedimentarios —marinos y continentales— que documentan cómo estos procesos moldearon la superficie terrestre y las relaciones entre los seres vivos. Así, los cambios climáticos no solo transformaron el paisaje físico de la Tierra, sino que también modificaron continuamente las relaciones de los organismos con su entorno. Numerosos estudios confirman que esta relación entre cambios climáticos y seres vivos ha funcionado como
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presión evolutiva, influyendo en qué especies sobrevivían y prosperaban, tal como anticipó Charles Darwin en su teoría de la selección natural. Para comprender cómo se desarrollaron nuestras formas de adaptación, es necesario retroceder cientos de millones de años en el tiempo geológico. La vida —incluidas las formas más complejas de adaptación— es, en esencia, una historia biogeológica que comenzó hace eones. El principio central de esa historia se mantiene vigente: la captación y el uso dinámico de energía para reproducirse en todos los entornos donde las adaptaciones orgánicas lo permiten. En otras palabras: vida generando vida.
Un evento físico-químico con impacto global: el Gran Evento de Oxidación Hace aproximadamente 1.600 millones de años, ocurrió un evento decisivo para la vida y el clima terrestre: la proliferación de cianobacterias (microorganismos fotosintéticos) provocó un aumento significativo del oxígeno (O2) en la atmósfera. Este fenómeno, conocido como Gran Evento de Oxidación (GEO), queda registrado en las rocas marinas mediante bandas de hierro oxidadas. En esos tiempos, el oxígeno disponible en los océanos aún no era suficiente para sustentar organismos complejos. Las formas de vida predominantes eran muy simples: procariotas, células sin núcleo ni organelos. Según
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Lynn Margulis1, la revolución biológica comenzó cuando algunos microorganismos empezaron a vivir dentro de otros en una relación simbiótica, originando las células eucariotas —células con núcleo y organelos especializados—. Este paso permitió un mayor nivel de complejidad y capacidad de adaptación al entorno. El modelo de simbiosis propuesto por Margulis es esencial para entender las relaciones entre humanidad, naturaleza y clima: sin cooperación celular no habría sido posible el desarrollo de formas de vida complejas y, por extensión, de nuestras propias capacidades adaptativas. Más tarde, los conceptos de autopoiesis y deriva natural de Maturana y Varela2 ampliaron esta comprensión, mostrando cómo estas dinámicas de captación y uso de energía se repiten a diferentes escalas, incluida la humana. En todos los niveles se observa el mismo patrón: la obtención y uso de energía externa, principalmente energía solar, transformada a través de la cadena trófica vegetal y animal.
1 Margulis, L. y Sagan, D., What Is Life?, University of California Press, 2000. 2 Maturana, H. y Varela, F., «Autopoiesis: the organization of the living» en Autopoiesis and Cognition: the realization of the living, Boston studies in the Philosophy of Science, 1979.
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Cambios climáticos y evolución del género Homo Durante 2,6 millones de años, los cambios climáticos han funcionado como moduladores de temperatura y precipitaciones, creando las condiciones bioquímicas que permitieron la evolución del género Homo. El registro geológico permite identificar y cuantificar estos cambios mediante herramientas como análisis geoquímicos, núcleos de hielo y estudios isotópicos que ofrecen escalas temporales muy precisas. ¿Qué cambios climáticos registrados desde el límite Plio-Cuaternario (2,6 Ma) han afectado a la evolución humana? El bosque denso tropical húmedo comienza a fragmentarse a causa de las progresivas alteraciones de temperatura de la superficie oceánica, propias de los ciclos glaciales e interglaciares. Si la existencia de la selva tropical densa africana está relacionada con precipitaciones anuales continuas, los cambios de estacionalidad acaban modificando las estructuras y densidades de la selva tropical. Cabe recordar que los controles exógenos de la radiación en Pangea están determinados por el volumen de la masa terrestre. A su vez, estos controles regulan la velocidad de traslación y de rotación del planeta alrededor del foco solar de su órbita elíptica, así como los cambios en los principales parámetros astronómicos: la precesión, la excentricidad y la inclinación del eje terrestre. Estos parámetros modulan la radiación solar anual que reciben ambos hemisferios y redistribuyen la radia-
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ción a lo largo de las distintas latitudes, en función del seno de cada latitud3. Gracias a instrumentos geoquímicos capaces de medir la variación en la composición isotópica de faunas oceánicas, ha sido posible evaluar los cambios en el volumen de hielo, así como las variaciones en la salinidad y en la temperatura de la superficie oceánica a lo largo de millones de años. Asimismo, el análisis de la composición físico-química de las burbujas de aire atrapadas en hielos polares y glaciares ha permitido realizar mediciones de alta precisión, cuantificando con gran detalle las variaciones temporales —en escalas que abarcan cientos, miles, decenas de miles y hasta millones de años— de gases como CO2, ¹ N, O2 o CH4. En la figura 1 se muestra la curva compuesta (stack) de 42 sondeos que registran las variaciones isotópicas de oxígeno (relación O¹ /O¹ ) en faunas bentónicas. Este registro permite apreciar con mayor claridad un hecho decisivo: no solo la transición del Plio-Cuaternario, ocurrida hace entre 3,5 y 2,6 millones de años, sino también el patrón que marcaría todo el periodo Cuaternario. Durante este largo intervalo, mientras diferentes especies de nuestro filum Homo habitaban el planeta, los océanos de Pangea experimentaban un pulso casi rítmico, alternando entre largos periodos glaciales y fases interglaciares más templadas. 5
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3 Tal como fue observado y propuesto por el matemático serbio Milankovich y demostrado estratigráfica y astronómicamente en momentos sucesivos del siglo xx por Emiliani (1966), Shackleton y Pisias (1985) y Berger (1988).
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δ18O bentónico (‰)
3 3,5 4
4,5 5 0
0,5
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1,5
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2,5
3 3,2
Tiempo (Ma) Figura 1 Vemos con algún detalle mayor para diferentes intervalos de tiempo la constante variación semiperiódica del clima de Pangea. Las variaciones climáticas planetarias son captadas por los análisis físico-químicos de las faunas bentónicas y plantónicas oceánicas, así como por el análisis de las burbujas de aire de las secuencias antárticas y árticas.
Entonces, ¿cómo hemos logrado sobrevivir a través del tiempo geológico, multiplicándonos a lo largo de 2,6 Ma de forma tan exitosa, hasta ocupar todos los biomas terrestres en los que hay diferentes grados de distribución espaciotemporal de energía apta para la vida organizada humana: bosques y arbustos subtropicales, tundras, selva tropical, desiertos (desiertos fríos o desiertos subtropicales), bosques templados, sabanas, pastizales o taigas?
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Desierto helado y polar Tundra Taiga Bosque templado caduco Estepa templada Selva subtropical fría Vegetación mediterránea Bosque monzónico Desierto árido Arbustiva xerolítica Estepa seca Desierto semiárido Sabana herbácea Sabana arbolada Bosque seco subtropical Selva tropical Tundra alpina Bosque de montaña
Figura 2 Imagen de todos los biomas terrestres contemporáneos, a excepción de las zonas árticas y antárticas. En todos los biomas se registra presencia humana organizada y permanente. Las variaciones son cuantitativas: de grandes a pequeñas ciudades, de pueblos grandes a pequeños, y hasta campamentos casi estacionales en algunos lugares remotos extremos. La población actual de Pangea se distribuye de forma muy significativa: > 52 % de 8 mil millones de habitantes en agrupaciones urbanas y ciudades de diferente tamaño. Estas aglomeraciones urbanas tienen desde pocos centenares de habitantes hasta ciudades de más de 1 millón de personas; en total, suman más de 2 millones de centros urbanos, poblados y agrupaciones rurales en las cuales habitan más de 3,8 mil millones de personas.
La evolución tecnosocial humana se ha desarrollado en estrecha relación con los cambios climáticos a lo largo del tiempo. Como se analiza con mayor detalle en el capítulo 4, hoy podemos cuantificar, a lo largo de escalas de tiempo geohistóricas, cómo los sistemas técnicos —tanto materiales como inmateriales— han sido producidos y transformados por la humanidad. Estas transformaciones se observan en diferentes contextos y grados de organización social: desde pequeñas bandas de cazadores-reco-
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lectores y agrupaciones familiares extensas hasta complejas redes tribales, los primeros sistemas político-religiosos, diversas formas de Estado y, más recientemente, corporaciones internacionales de alcance global. De manera sintética, la evolución y optimización del kit tecnosocial humano —desde los primeros complejos líticos, hace unos 2,6 millones de años, hasta los avances del Paleolítico superior y los inicios del Neolítico, entre 12.000 y 8.000 años atrás— puede visualizarse en la curva publicada por Leroi-Gourhan4 en 1964. Esta curva registra los metros lineales de filo cortante producidos a partir de un kilo de sílex. En nuestra versión del gráfico, incorporamos en la parte inferior la progresión hipotética desde el momento en que aún no existía talla de filo regular —instrumentos premachacadores o pre-choppers, entre 3,2 y 2,6 millones de años—, hasta el surgimiento, hace 2,6 millones de años, de los primeros instrumentos de filo cortante. Estos primeros choppers fueron obtenidos mediante una sucesión rápida y optimizada de pocos golpes (entre 2 y 12), cuidadosamente alineados a lo largo de un eje de percusión. Este patrón de golpes breves, precisos y coordinados representa un salto cognitivo significativo. Se trata de un acto de abstracción que nuestros parientes primates, como los chimpancés, no pueden reproducir de forma natural, incluso después de haber sido entrenados. Este hito mar-
4 Leroi-Gourhan, A., Le geste et la parole, Bibliothèque Albin Michel Sciences, 1964.
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ca el inicio de la senda evolutiva que nos llevaría, gradualmente, hacia la humanización del planeta. Metros lineales de filo por kilo de sílex vs. n.º de instrumentos según Leroi-Gourhan
160
y= 1,9252e0,1724×
140
R2= 0,9282
120 100 80 60 40 20 0 20
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5
0
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Figura 3 Curva de Leroi-Gourhan (1964) y Carbonell y Parra (2024) modificada: en ordenadas, metros lineales de filo obtenidos a partir de un kilo de sílex; en abscisas, número de tipos de instrumentos líticos diferentes que varían según el tiempo adjudicado por consenso a los diferentes modos de talla (modo 1: 5-8 tipos líticos producidos por percusión, modo 2: 10-12 tipos, modo 3: 13-15, modo 4: 20-25, modo 5: > 100 tipos de objetos líticos y en madera, hueso, arcilla cocida, etc.). El origen de la curva lo situamos entre 3,2 y 2,3 Ma, hipotetizando el camino que recorre la elaboración desde «ningún tipo de instrumento» hasta los 5 a 8 tipos que caracterizarán el denominado modo 1 de talla lítica, datado hacia −2,6 Ma.
El uso de los modos líticos como sistema de clasificación en arqueología prehistórica cuenta con un amplio consenso y sigue vigente incluso en estudios recientes de la bibliografía especializada. En la tabla se muestran las relaciones entre el número de tipos de instrumentos asociados a cada modo lítico —del 1 al 5—,
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abarcando desde el Paleolítico inferior hasta el Neolítico africano-eurasiático, junto con sus intervalos temporales aproximados. Tabla modificada a partir de la curva publicada por Leroi-Gourhan (1964) Tipos industria lítica
Cronología millones de años
Modo 1
8
2,6 < modo1 < 0,9 Ma
Modo 2
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0,9 < modo2 < 0,3 Ma (¿en África 0,6?)
Modo 3
15
0,3 (¿0,6?) < modo3 < 0,09 ¿Ma?
Modo 4
>25
0,09 < m4 < 0,010 Ma
Modo 5
>50
0,010 < m5 < 0,009 Ma Incluye tipos de instrumentos líticos, vegetales y óseos
Así pues, el aumento a lo largo de millones de años muestra un incremento tecnosocial exponencial en la capacidad de producir metros de corte lineal a partir de un kilo de sílex. ¿Cómo se explica este aumento exponencial?
La paradoja de Magri La palinóloga italiana Donatella Magri, de la Universidad La Sapienza de Roma, publicó en 1989 una obser-
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vación sumamente significativa: es bien sabido que, en la naturaleza, las poblaciones crecen exponencialmente durante periodos breves. Sin embargo, estos crecimientos exponenciales de corta duración (< 100 años) suelen darse únicamente en condiciones bioclimáticas óptimas y, por lo general, son los factores de densidad máxima y la depredación poblacional los que acaban limitando tal crecimiento. Esto ocurre siempre que no existan restricciones ambientales, que en el caso de las plantas suelen estar relacionadas con la disponibilidad de agua, las condiciones del suelo o la variación interanual de las temperaturas. Magri resume así los aspectos fundamentales de su observación: El crecimiento exponencial prolongado se observa y se cuantifica no solo en árboles, sino también en arbustos, hierbas, plantas acuáticas y pteridófitas. El tiempo de duplicación de las poblaciones, que generalmente supera los mil años, sobrepasa no solo la edad de madurez reproductiva de las plantas, sino incluso el intervalo total de vida de distintos taxones —grupos o categorías— vegetales. El intervalo de duplicación de los individuos vegetales varía desde unos pocos hasta varios miles de años, afectando tanto a árboles como a plantas herbáceas. «En las plantas, el proceso que explica el crecimiento exponencial prolongado viene regulado por la multiplicación progresiva de los fertilizadores, a su vez controlados por la vegetación y por el crecimiento poblacional, el cual depende de las dimensiones que alcanza la población a lo largo del tiempo. Este crecimiento poblacional expo-
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nencial se prolonga mucho más allá del tiempo de vida individual de las plantas». En nuestras propias mediciones tecnosociales, analizando los materiales mencionados anteriormente, hemos identificado un fenómeno análogo al descrito por Magri: a lo largo de 2,6 millones de años se observa un patrón de crecimiento exponencial muy lento en el desarrollo tecnológico y tecnosocial, que comienza a acelerarse con la revolución agraria, hace unos 10.000 años, y experimenta una aceleración abrupta hace apenas 300 años. La diferencia fundamental entre el crecimiento exponencial de la vegetación y el de la humanidad radica en que los cambios climáticos afectan a las poblaciones vegetales reduciéndolas drásticamente, limitando su expansión e incluso provocando que diversas especies desaparezcan por completo del registro fósil en determinados territorios, sin volver jamás a ocupar esos espacios perdidos. Esto ocurre, con toda probabilidad, debido a las variaciones climáticas entre los periodos glaciares e interglaciares. Sin embargo, algo muy distinto sucede con la evolución tecnosocial y cultural de la humanidad. A pesar de los profundos cambios climáticos que han acompañado a nuestra especie desde sus inicios, no se observan retrocesos tecnosocioculturales en el desarrollo del kit tecnológico tras la salida de África hace unos 1,8 millones de años. Por el contrario, la humanidad se expande de manera tecnosocial, tanto en el tiempo como en el espacio, hasta el punto de que ningún con-
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tinente previamente colonizado ha quedado despoblado como consecuencia de los cambios climáticos naturales. Esta capacidad de adaptación tecnosociocultural generó las condiciones para la emergencia de formas de vida inéditas en la superficie terrestre: agrupaciones humanas reducidas en tamaño, pero operativamente interconectadas, surgen en gran parte de la franja oriental del continente africano (véase la figura de biomas). En este contexto, se inventan y perfeccionan instrumentos que complementan la energía corporal humana y permiten extraer pulpa de los huesos largos de presas carroñeadas o cazadas (véase el capítulo 3). Estas herramientas posibilitan el corte preciso de carne, huesos y vegetales —incluidos tubérculos, ramas, frutos, flores y hojas—, lo que marca un cambio significativo en los modos de subsistencia. Estos protocolos de trabajo, repetidos durante miles y cientos de miles de años, ajustaron progresivamente el tamaño del núcleo lítico al de la mano humana (véase el capítulo 4), optimizando así el instrumental y alejándonos cada vez más de las restricciones impuestas por los ciclos climáticos glaciares e interglaciares. La primera consecuencia observable de los cambios climáticos continentales fue la modificación de las estructuras y densidades del paisaje vegetal en el África oriental, lo que a su vez alteró la composición y densidad de las faunas de vertebrados e invertebrados que habitaban esos biomas. Este cambio de paisaje impulsó una adaptación clave: los grupos de homininos que comenzaron a despla-
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zarse fuera del bosque tropical denso redujeron su tamaño poblacional, se especializaron en la obtención de alimentos y perfeccionaron sus protocolos alimentarios gracias a instrumentos líticos de fabricación rápida, sencilla y altamente eficiente. De este modo, la reducción en el número de individuos dentro de estos grupos, combinada con el uso sistemático de herramientas líticas optimizadas, desencadenó un salto significativo en la capacidad de obtener alimentos. Este cambio permitió un acceso regular y consistente a proteínas de mayor calidad y cantidad, un factor que puede medirse en el registro arqueológico y paleontológico mediante el incremento del volumen cerebral. A este periodo lo hemos denominado «el momento alfa tecnosocial», correspondiente a un intervalo de aproximadamente 800.000 años, entre 3,3 y 2,6 millones de años atrás, en el que los cambios climáticos pliocuaternarios evolucionaron hacia condiciones glaciares.
LA CREACIÓN DEL SUPERINSTRUMENTO COMUNICACIONAL Como mencionamos anteriormente, durante este periodo de transición cronológica plio-cuaternaria, las bandas de homininos desarrollan una adaptación organizacional al entorno, modificado por los cambios bioclimáticos, que resulta decisiva para la emergencia de lo que denominamos epikoiné (protohabla), surgida hace
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aproximadamente 3,3 millones de años, y que evolucionará, hacia 1,8 millones de años atrás, en la koiné (habla). La primera adaptación necesaria para sobrevivir fue de carácter etológico: la reducción drástica del tamaño de las bandas de primates, que pasaron de grupos de más de un centenar de individuos a agrupaciones mucho más pequeñas, compuestas solo por unas pocas decenas de miembros. Este cambio estratégico fue esencial para la supervivencia en entornos de recursos abiertos, donde se carecía de la protección del dosel arbóreo y era necesario desplazarse en grupos compactos para defenderse de los depredadores de la sabana. Estas condiciones crearon un entorno propicio para el desarrollo de dos acciones fundamentales que, con el tiempo, mejorarían la eficiencia de la vida comunitaria y el intercambio de información operativa dentro del grupo. Una de ellas fue el perfeccionamiento de la capacidad de comunicación sonora mediante la emisión de sonidos articulados. En la década de los ochenta, Colin Renfrew propuso, durante su lección inaugural en Cambridge, que, basándose en los estudios de Jean Piaget y en el análisis de los instrumentos prehistóricos entonces conocidos, era posible sostener la hipótesis de que el Homo habilis ya poseía habilidades lingüísticas, lo que nosotros denominamos «protohabla» o epikoiné. En el capítulo 3 de este libro, el lector encontrará una revisión actualizada del estado de la investigación sobre estas capacidades de fonación y audición, sólidamente documentadas en los
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yacimientos de Atapuerca, con cronologías cercanas al medio millón de años. Para que las capacidades auditivas de hace unos 400.000 años, ya muy próximas a las de la humanidad actual, pudieran desarrollarse, la fonación articulada debió iniciarse cientos de miles de años antes. Nuestra hipótesis plantea que las primeras fonaciones articuladas —la epikoiné— transmitían códigos elementales y no imitativos, consistentes en protocolos básicos de comunicación. Entre 3,3 y 1,8 millones de años atrás, tras aproximadamente 1,5 millones de años de ensayo y error, esta capacidad de comunicación habría dado lugar a la producción seriada y eficiente de herramientas de piedra cortantes, fabricadas en secuencias rápidas y regulares mediante machacadores unifaciales. Con la fabricación seriada de estos instrumentos unifaciales, la transmisión vertical y horizontal del conocimiento —en el tiempo y el espacio— quedó asegurada gracias a los primeros códigos operativos de fonación articulada. Estos códigos permitían explicar, de manera progresiva, a las nuevas generaciones las variables de los protocolos técnicos y operativos. En otras palabras, estamos ante la aparición, en África, de un instrumento de comunicación inmaterial: una voz primitiva capaz de transmitir secuencias de instrucciones básicas para la fabricación de herramientas y para su uso en el procesamiento de presas carroñeadas o cazadas, así como de recursos vegetales. Este intervalo marca lo que denominamos el «punto alfa» o «momento alfa» de la evolución humana en África.