

MUERTE EN ESCENA
UN CASO DEL DOCTOR BASIL WILLING
TRADUCCIÓN DE RAQUEL GARCÍA ROJAS

Sensibles a las Letras, 116
Título original: Cue for Murder
Primera edición en Hoja de Lata: febrero del 2026
© The Estate of Helen McCloy, 1942
© de la traducción: Raquel García Rojas, 2025
© de la ilustración de la portada: Juan Gregorio Hauciartz, 2025 © de la presente edición: Hoja de Lata Editorial S. L., 2026
Hoja de Lata Editorial S. L. Camino del Lucero, 15, bajo izquierda, 33212 Xixón, Asturies [España] info@hojadelata.net / www.hojadelata.net
Diseño de la colección: Trabayadores Culturales Glayíu/Iván Cuervo Berango Corrección de pruebas: Tania Galán Álvarez
ISBN: 979-13-87554-25-5
Depósito legal: AS 00292-2026
Impreso y encuadernado en Imprenta Mundo, Cambre, A Coruña [España]
La traducción de este libro se rige por el contrato tipo propuesto por ace Traductores.
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1. Prólogo 17
2. Personajes de la obra 23
3. Entra el asesino 39
4. Ad Lib. 75
5. Galán joven 113
6. Primera dama 135
7. Papel de carácter 161
8. Entra el rumor, todo pintado de lenguas 171
9. Aparte 201
10. Ensayo 215
11. Entre bastidores 239
12. Bis 251
13. Alarmas e incursiones 275
14. Scène-à-faire 285
Personajes relevantes en esta historia…
Wanda Morley
… una actriz (o tal vez solo una mujer fascinante) de cabello oscuro, labios finos, sin caderas ni pecho, que desafía los estándares de belleza de Hollywood; también es una persona con tendencia crónica al autoengaño y alérgica a la verdad.
Pauline
… diseñadora de vestuario escénico y amiga del doctor Basil Willing, procedente de una familia acomodada, cordial y generosa de Baltimore; de tez clara y rasgos delicados, últimamente se la ve pálida y un poco anémica.
Margaret Ingelow
… también conocida como Margot (cuando está delante) y la Urraca (a sus espaldas), vive en Filadelfia, pero tiene un piso en Nueva York; está casada (aunque al parecer se han separado) con John Ingelow (heredero de una empresa de ingeniería) y es hija de un cirujano de Washington; además, es una buena amazona.
Rodney Tait
… un hombre de piernas largas y aspecto ágil, mirada intensa y fosas nasales dilatadas; un actor que solo sabe interpretarse a sí mismo: el joven apuesto y elegante sin la más mínima preocupación.
Leonard Martin
… un consumado actor de frente alta y estrecha, nariz colgante, ojos apagados y una delgadez extrema cercana a la demacración; bajo esa apariencia, este original artista tiene una actitud apacible, casi de disculpa.
Derek Adeane
… nacido como Daniel Adelaar, es un dramaturgo de cabeza aerodinámica en forma de bala, demasiado pequeña para su cuello carnoso, sus muñecas gruesas y sus musculosos antebrazos; se aburre cada vez que la conversación se aleja de temas tan interesantes como él mismo, su carrera o su obra.
Seymour Hutchins
… un actor versátil que habría triunfado en casi cualquier profesión; de ojos oscuros e inteligencia brillante, en su día solía hacer papeles protagonistas.
Sam Milhau
… un productor de Broadway encarnado en un hombrecillo moreno y regordete al que parece que han enguatado y barnizado.
Doctor Basil Willing
… un psiquiatra adscrito a la oficina del fiscal que, como la mayoría de los psiquiatras modernos, cree que ningún ser humano hace nada sin un motivo, consciente o inconsciente.
Subinspector jefe Foyle
… un hombre menudo, compacto y resistente que a veces puede ser despiadado; tiene un sano respeto por la prensa.
Objetos relevantes en esta historia…
Un CANARIO.
Una MOSCA común.
Un viejo BISTURÍ.
Un LIBRETO mecanografiado.


1. Prólogo
ELmisterio del asesinato en el Royalty Theatre se resolvió gracias a una mosca común y un canario.
La mosca hizo patentes las pruebas químicas que tanto impresionaron al jurado durante el juicio, pero el canario proporcionó una pista de carácter psicológico sobre la identidad del asesino antes de que se cometiera el crimen. Basil Willing sigue contrariado por la idea de que podría haberse evitado si hubiera descifrado antes el enigma del canario.
Todo empezó con el canario. Aunque las aves no tienen la fortuna de contar con asesores de relaciones públicas, esta consiguió aparecer en primera plana del Times una mañana de primavera cuando un agotado compaginador cogió al azar una nota de relleno del archivo de galeradas para tapar un hueco al final de la tercera columna.
UN LADRÓN LIBERA A UN PÁJARO
Nueva York, 28 de abril
La policía está desconcertada por el extraño comportamiento de un ladrón que irrumpió en el taller de afilado de cuchillos de Marcus Lazarus, junto a la 44 Oeste, poco antes del amanecer de ayer. No robaron nada, pero el intruso abrió la
jaula del canario de Lazarus y dejó libre al pájaro. El taller es poco más que una caseta en un callejón que da a la entrada de artistas del Royalty Theatre.
El 28 de abril, a las once de la mañana, el doctor Basil Willing desplegó un ejemplar del Times mientras desayunaba en un avión que iba de Washington a Nueva York. Leyó los titulares sobre la guerra con la sensación de insignificancia individual que debe de tener una hormiga durante un terremoto. Fue un alivio encontrarse con una noticia tan humana como «UN LADRÓN LIBERA A UN PÁJARO». Eso era un comportamiento delictivo a una escala concebible, de una agradable trivialidad después del asesinato de pueblos enteros, el robo de continentes y la perversión de culturas. Aquel pequeño rompecabezas estimuló su imaginación tanto como un problema de ajedrez o de matemáticas.
¿Por qué arriesgarse a afrontar las severas penas por robo entrando a la fuerza en un taller para no robar nada? ¿Por qué prolongar el riesgo entreteniéndose en el local para liberar a un canario de su jaula? ¿Era ese errático ladrón un sentimental que irrumpió en la tienda únicamente para liberar al pájaro de esa jaula porque era estrecha, oscura o estaba sucia?
Una llamada de teléfono a la Sociedad Americana para la Prevención de la Crueldad hacia los Animales habría sido algo mucho menos arriesgado y con efectos más duraderos. No obstante, si liberar al pájaro fue una ocurrencia del momento, ¿qué clase de ladrón se distraería de la seria tarea de robar por un impulso tan frívolo?
Entonces Basil creía que su conocimiento sobre aquel «delito» se limitaría a los escasos datos que contenía la noticia. La elaboración de una hipótesis plausible dentro de unos parámetros tan estrechos era un ejercicio mental tan teórico y, por lo tanto, tan estimulante como la composición de un soneto.
Sin embargo, cuanto más jugaba con esos pocos datos, más claro veía que ninguna hipótesis que pudiera idear los abarcaba todos de forma adecuada. Si se tratara de un anagrama, faltarían letras. Las letras que tenía solo formaban palabras sin sentido y sílabas sueltas, ininteligibles y sugerentes como un mensaje en un código desconocido.
Esa misma tarde, Basil se pasó por la Jefatura de Policía para hablar de un caso de sabotaje con el subinspector jefe Foyle.
¡Vaya, vaya! Por una vez, el astuto y escéptico semblante del inspector se veía despreocupado, relajado y amistoso . ¡Creía que te habían dejado abandonado en Washington para siempre!
De momento estoy trabajando con la oficina del FBI en Nueva York.
¿Como psiquiatra o como investigador?
Un poco de ambas cosas. Algo parecido a lo que solía hacer para la Fiscalía. Si no fuera por ti, ahora iría de uniforme.
¿Y yo qué tengo que ver con eso?
Tú me diste la primera oportunidad de aplicar la psicología para atrapar delincuentes. Ahora se supone que la aplico para atrapar espías y saboteadores. Pero debería estar en alguna unidad médica. Tengo menos de cuarenta y cuatro años, no tengo esposa ni hijos y estoy en el Cuerpo Médico de Reserva desde la última guerra. Pasé directamente de la Johns Hopkins a un hospital de campaña y fue por los casos de neurosis de guerra por lo que empecé a interesarme en la psiquiatría.
Tranquilo, Doc dijo lacónico Foyle . Te llamarán enseguida si te necesitan. Pensarán que alguien que habla alemán como un nativo y lee las mentes más retorcidas como si fueran un libro abierto es más útil haciendo lo que haces ahora. El otro día me pasó algo curioso. Iba andando por Whitehall
Street, a buen paso, como hago siempre cuando voy pensando, y un sargento de reclutamiento me ve y se acerca corriendo con una gran sonrisa. Entonces, de repente, se para y la sonrisa se le apaga como una bombilla, reniega con la cabeza y se da la vuelta. A primera vista, pensaría que podía servirle porque aún estoy flaco y fuerte y me muevo rápido, pero cuando se acercó lo suficiente para verme el pelo gris y las arrugas en la cara, dejé de interesarle. Supongo que debería haberme alegrado, en cierto modo, pero no fue así. Me sentí como la primera vez que un camionero me llamó «abuelo» en lugar de «amigo».
Hablar sobre la guerra hizo que Basil se acordara del periódico de esa mañana y eso, a su vez, le hizo acordarse del canario.
Sí, ha sido algo curioso admitió Foyle . Esta mañana me ha llegado el informe de la comisaría. Creí que sería un truco publicitario.
¿De quién?
Wanda Morley. Su nuevo espectáculo se estrena en breve en el Royalty y el taller del afilador está justo al lado. Pero su agente de prensa jura que no sabe nada al respecto y su nombre no se menciona en relación con el suceso. Si hubiera algún tipo de conexión, a estas alturas ya se sabría.
¿Había algo de valor en el taller?
Foyle se rio.
¡Tendrías que verlo! No hay más que una muela de afilar y un montón de cuchillos y tijeras viejos y oxidados.
¿Tiene Lazarus algún enemigo que pudiera hacer algo así solo para molestarlo?
Él dice que no. Si alguien quisiera molestarlo, ¿no habrían robado algo? ¿O herido al pájaro? Estaba perfectamente, fuera de la jaula y volando por la estancia cuando Lazarus llegó a trabajar ayer por la mañana. Entonces se dio cuenta de que la puerta de la jaula estaba abierta y el pestillo de la
ventana roto. Eran los únicos indicios de que alguien había estado allí.
Pero ¿por qué? insistió Basil.
Ese rompecabezas es cosa tuya, Doc. Mi trabajo es atrapar a los que hacen el mal, ¡no preocuparme de por qué lo hacen! Tal vez tú puedas decirme por qué siempre se acercan al fuego cuando les decimos que se mantengan alejados. El inspector sopesó sus siguientes palabras . Ojalá no hubiera sido el taller de un afilador.
El interés de Basil se avivó como si alguien le hubiera dado una de las vocales que faltaban en su anagrama.
¿Así que es eso?
Eso parece. Nos hemos asegurado de que no han robado nada. Y eso solo puede significar una cosa: alguien quería afilar un cuchillo… sin testigos.
¿Un asesinato?
Exacto. Y premeditado. Pero no podemos hacer nada al respecto. No hay huellas dactilares. No hay pistas…
Fuera, en Centre Street, el viento del este atravesó el abrigo de primavera de Basil con una ráfaga repentina y cortante. Alguien quería afilar un cuchillo… Vio en su mente una figura oscura y sin rostro, bajo la luz gris y onírica que precede al amanecer, deslizando un pulgar húmedo por esa hoja afilada en secreto hasta convertirla en un acerado filo. La piedra de afilar emitiría un profundo zumbido y habría una lluvia de chispas de un azul gélido, pero no era probable que nadie viera ni oyera nada a esas horas en una caseta perdida en un oscuro callejón en mitad del barrio de los teatros. ¿Por qué tanta cautela, a menos que el propósito fuera el asesinato en su forma más inhumana, con la premeditación de un cirujano y la desalmada sangría de un carnicero? Eso tenía sentido desde la lógica policial, pero…
Con un clic casi audible, los datos nuevos y los antiguos se yuxtapusieron. El anagrama se había vuelto menos inteligible que nunca. Si se trataba de un asesinato inhumano, ¿por qué liberar al canario?
Como la mayoría de los psiquiatras modernos, Basil Willing creía que ningún ser humano hace nada sin un motivo, consciente o inconsciente. El acto inmotivado era un mito, como el unicornio o la serpiente marina. Incluso los deslices y los errores tenían su origen en las necesidades de la naturaleza emocional. Había utilizado su conocimiento de ese hecho para resolver su primer caso de asesinato. Pero ¿cuál era el motivo en esta ocasión? ¿Qué sentimiento había impulsado la mano que abrió la puerta de la jaula del canario ayer por la mañana?
Por muy lastimosa que pueda resultar una criatura alada en una jaula, un asesino que planea usar un cuchillo contra un ser humano no parece susceptible de sentir lástima…
