Capítulo 1 Una biografía novelesca
Pensemos en Marilyn, que encarnaba el idilio de todo hombre con América; Marilyn Monroe, que era rubia y hermosa, y tenía un dulce hilo de voz y toda la limpidez de los límpidos jardines de las casas americanas. Ella fue nuestro ángel, el dulce ángel del sexo, y el azúcar del sexo brotaba de ella como la resonancia sonora de las más finas vetas de un violín. En los cinco continentes, los varones más versados en amores la codiciaban, y por ella palpitaban también las típicas pústulas del adolescente que acaba de encontrar su primer empleo en una gasolinera, ya que Marilyn era la liberación, un auténtico Stradivarius del sexo, tan deslumbrante, indulgente, cómica, complaciente y tierna que hasta el músico más mediocre compensaba su falta de arte con la magia evanescente de su violín. «El amor divino siempre ha satisfecho y siempre satisfará todas las necesidades humanas»: este era el sentimiento, aprendido en las obras de Mary Baker Eddy, que Marilyn pretendía transmitir cuando decía «mis oraciones siempre están contigo» (al hombre que pudo haber sido su primer amante ilícito), y si cambiamos amor por sexo, descubriremos qué es lo que se escondía bajo esa promesa. «El sexo de Marilyn Monroe —anunciaba la sonrisa de esa joven estrella— satisfará todas las necesidades humanas». Daba la sensación de que, si le hacías el amor, sería más fácil conquistar las
mieles de la gloria y la firme promesa de otras mieles futuras, acceder a un cielo de ternura donde tu carne sería restaurada. A cambio, ella no pedía nada. Marilyn no entrañaba un pacto oscuro como el de esas apasionadas morenas abisales que hablan de sangre, votos de por vida y furias vengativas en caso de infidelidad a los pozos de la pasión. No: Marilyn insinuaba que con otras el sexo puede ser difícil y peligroso, pero que con ella era como lamer un helado. Si tu gusto combinaba con el suyo, qué delicia, qué dulce entonces ese tierno sueño de la carne compartida.
En los inicios de su carrera, en la época de La jungla de asfalto, cuando la inmanencia sexual de su rostro irrumpía en la pantalla como un dulce melocotón a punto de estallar ante nuestros ojos, parecía un nuevo amor que esperase entre las sábanas bajo el aire fresco e inesperadamente claro de una de esas mañanas sensuales que son tan infrecuentes, como si acabara de salir completamente vestida de una bombonera de San Valentín, tan deseable que en ella se hacía realidad cada una de las letras de esa palabra que tanto agrada a los publicistas, curvilínea, tan curvilínea y, sin embargo, tan carente de amenaza que las yemas de nuestros dedos se trocaban en diez felices merodeadores. Para ella, sí, el sexo era como un helado. «Tómame —decía su sonrisa—. Soy fácil. Soy feliz. Soy un ángel del sexo, ¿qué te juegas?». Qué conmoción para la vida onírica del país que aquel ángel muriera de sobredosis. Nadie supo decir si se trató de un suicidio calculado con barbitúricos, de un suicidio accidental por haber perdido la cuenta de los barbitúricos ingeridos o de algo aún más siniestro. Su muerte quedó envuelta en la ambigüedad, a diferencia de la de Hemingway, que fue un estallido de horror, y de las muertes y los desastres espirituales que en la década de los sesenta se abatieron uno tras otro sobre los reyes y reinas de América: Jack Kennedy, Bobby y Martin Luther King eran asesinados, Jackie Kennedy se casaba con Aristóteles Onassis, y Teddy Kennedy se precipitaba por un puente en Chappa-
quiddick, de suerte que la década que había comenzado con Hemingway como monarca de las artes americanas concluyó con Andy Warhol como regente, y el fantasma de la muerte de Marilyn añadió un toque de lavanda al espectacular designio americano de los sesenta, que, visto en retrospectiva, parece que sirvió únicamente para poner a Richard Nixon a las puertas del poder imperial. «El romance es una apuesta sin sentido», decía la conmoción de aquella descarga eléctrica, y así empezó esa larga década de los sesenta, que acabó con la televisión alojada como un gusano en las vísceras estéticas del narcotizado vientre americano.
¡Bajo qué luz deja eso al último ángel del cine! Lo suyo nunca fue la televisión. Prefería el teatro y esos cientos de cuerpos en la penumbra, esas luces que pululaban por la pantalla cuando la luminosa vida de su rostro alcanzaba los tres metros de altura. Es posible que supiera mejor que nadie que ella era el último mito que prosperaría en la larga noche del sueño americano: a fin de cuentas, había nacido el mismo año que murió Valentino, y las huellas de este a la entrada del Teatro Chino Grauman eran las únicas que se ajustaban a sus pies. Ella fue una de las últimas aristócratas del cine, y tal vez no habría querido verse escrutada y digerida dentro de las domésticas y reducidas dimensiones del salón del hogar americano. No, su lugar estaba en la iglesia oculta del cine y en los últimos aquelarres de Hollywood. Puede que su voz fuera tan modesta y su carne tan suave como la de cualquier otra muchacha con la que uno se cruza por la calle, pero en la pantalla era más grande que la vida. Ya a principios de los cincuenta, en tiempos de Eisenhower, Marilyn prometía la llegada de un día en que el sexo sería fácil y dulce, forraje democrático al alcance de cualquiera. Su estómago, libre de la opresión de fajas o vestidos, sobresalía con toda la forma de un vientre femenino, espantosamente inelegante, revelación de un útero que salivaba su semilla —ese vientre que nunca llegaría a concebir—, y sus pechos eran como brotes y retoños de carne que germinaban
ante el rostro ávido y sudoroso de tantos espectadores. Era una cornucopia. Despertaba sueños de miel en el cuerno de la abundancia.
Y sin embargo, era más que eso. Era una presencia. Era ambigua. Era el ángel del sexo, pero su ángel residía en el distanciamiento. Porque entre ella y lo que ofrecía había una separación. Como escribió Diana Trilling:
Nadie sino Marilyn Monroe era capaz de sugerir semejante pureza del placer sexual. La osadía con la que podía exhibirse sin caer nunca en lo vulgar, su extravagancia y su jactancia sexual, que a la vez respiraban un aire de misterio y aun de reticencia; su voz, que transmitía esos matices tan maduros de excitación erótica sin dejar de ser, al tiempo, la voz de una tímida criatura: todas estas complejidades formaban parte integral de su don. Y describían a una joven atrapada en una tierra de nunca jamás de la inocencia.
¿O quizá es que detrás de ese don se esconde el tierno y melancólico indicio de otro estado anímico? Pues también parece decir: «Cuando una presencia absurda es perfecta, tiene que haberla creado algún pequeño dios». En sus mejores momentos, el eco de esta pequeña y perfecta creación llegaba hasta el horizonte de nuestra mente. La oíamos hablar con esa vocecita tintineante, tan similar a una campanilla, y así resonó cuando quedó tendida sin vida sobre esa década de los sesenta que ella misma había contribuido a crear; sobre sus promesas, sus emociones, sus fantasmas y su núcleo de tragedia.
Dado que fue también una estrella de cine dotada de la más obstinada reserva y la más exuberante franqueza, de la más contradictoria arrogancia y la más avasalladora inferioridad; una gran populista de los filósofos —amaba al hombre trabajador— y la más tiránica de las compañeras; una reina castradora dispuesta a llorar por un pececillo moribundo; una amante de los
libros que no leía y una artista orgullosa y sin mácula que, cuando la presión lo requería, abrazaba la publicidad en menos que una prostituta se abalanza sobre un fajo de billetes; una hembra rebosante de ingenio y de energía sensible capaz de pasarse días enteros como un perezoso en un coma de humor turbio; una chiquilla y a la vez una actriz capaz de desatar un tumulto dejando caer un guante en un estreno; una fuente de encanto y un plomo insoportable; un ciclón de belleza ambulante cuando se vestía para lucirse y, en sus peores momentos, un despojo gris y desaliñado —¡que además olía mal!—; una gigante y una pigmea emocional; una amante de la vida y una cobarde hiena de la muerte empapada de estupefacientes químicos; un horno sexual cuyo fuego al parecer casi nunca se encendía —dormía con el sujetador puesto—, sin duda fue más y a la vez menos que nuestra bruja de platino. En su ambición, tan fáustica, y en su ignorancia de las dimensiones de la cultura, en su liberación y sus tiránicos deseos, sus nobles anhelos democráticos íntimamente contradichos por la creciente charca de su narcisismo (en la que todos sus amigos y esclavos debían bañarse), podemos ver el espejo amplificado de nosotros mismos, de nuestra generación exagerada y hoy poco menos que vencida. Ella, sí, salió a explorar los años cincuenta y a su muerte nos dejó un mensaje: «Cariño, ve a por todas». Ella es ahora el fantasma de los sesenta. El dolor por su pérdida se refleja en este pasaje que su amigo Norman Rosten escribiría en Marilyn: Un relato inédito:
Estaba orgullosa de cómo fregaba los platos y levantaba los vasos para inspeccionarlos. Jugaba al bádminton con gran talento, golpeando ocasionalmente a alguien en la cabeza (sin hacerle daño). Se limitaba a ser ella misma, y ella era alegre, ruidosa, risueña, tierna. Siete veranos antes de su muerte [...]. Le gustaba su cuarto de invitados; decía: «Que no entre luz, pero déjame aire». Dormía hasta tarde, se preparaba el desayuno y salía a pasear por el bosque con su gato como única compañía.
Marilyn amaba a los animales; la atraían todos los seres vivos. Podía gastarse cientos de dólares intentando salvar un árbol dañado por una tormenta y llorar si se moría. Acogía a los pájaros, ponía casitas en los árboles y comida para las numerosas especies que visitaban su jardín, y se preocupaba por ellos cuando hacía mal tiempo. Se preocupaba también por los perros y los gatos. Una vez tuvo un perro que era de naturaleza contemplativa, pero ella estaba convencida de que estaba deprimido. Hacía todo lo posible para que jugara, y entonces el animal se deprimía aún más; en las raras ocasiones en que hacía una pirueta, Marilyn lo abrazaba y lo cubría de besos, delirante de alegría.
Son palabras escritas con amor. En el libro de Rosten encontramos sin duda el retrato más tierno de cuantos tenemos de Monroe, pero quienes desconfíen de tanta belleza y ternura pueden encontrar otro tipo de anécdotas en la biografía de Maurice Zolotow:
Una noche, parte del reparto —aunque no Monroe— se hallaba revisando el copión de la secuencia del yate. [...] [Tony Curtis] representa al hijo de un hombre muy rico que padece de frigidez. Las chicas no consiguen excitarlo. Monroe decide librarle del mal que lo aqueja besándolo y haciéndole el amor. A partir del quinto beso, el tratamiento da excelentes resultados.
En la oscuridad, alguien le dijo a Curtis: «Parece que has disfrutado mucho besando a Marilyn». Y él contestó en voz alta: «Es como besar a Hitler».
Cuando se encendieron las luces, Paula Strasberg estaba llorando. «¿Cómo has podido decir una cosa semejante, Tony?», dijo. «Trabaja con ella, Paula —contestó Curtis—, y verás lo que se siente».
Durante la mayor parte del rodaje, Monroe estuvo leyendo los Derechos del hombre de Paine. Un día, el segundo ayudante del
director, Hal Polaire, se dirigió al camerino de Marilyn, llamó a la puerta y dijo: «La estamos esperando, señorita Monroe».
Ella respondió con un simple y categórico «¡Vete a tomar por culo!». ¿Intuía acaso cuál sería el dictamen de una futura generación de mujeres sobre los derechos de los hombres? Incluso alguien tan consumadamente ingenioso como Billy Wilder la describiría como la mujer más malvada de Hollywood, una observación totalmente desprovista de humor formulada durante una entrevista concedida cuatro años después de la muerte de la actriz, como si hasta el hecho de recordarla a través de ese vacío lo irritara hasta el extremo de hacerle perder la agudeza. Y sin embargo, durante el rodaje de El multimillonario, Marilyn escribió en el cuaderno de su camerino: «¿A qué tengo miedo? ¿Por qué tengo tanto miedo? ¿Creo que no sé actuar? Sé que sí, pero tengo miedo. Tengo miedo pero no debería, no debo tenerlo». Escribe con miedo y temblor. Con pavor. Un miedo en el que debía de presentir, cuando menos, la muerte de su alma. ¿Es posible, pues, comprenderla sin hacernos antes una idea de qué es el alma? A lo mejor habría que inventar literalmente la idea de alma para poder acercarse a Marilyn. «¿De qué tengo miedo?».
Quizá sea justo citar a otra mujer cuya vida terminó en suicidio: «Una biografía se considera completa si da cuenta solamente de seis o siete yos, mientras que una persona podría tener hasta mil». Son palabras de Virginia Woolf. A la luz de esto, los materiales de cualquier biógrafo ponen en duda sus credenciales.
Pero ¿por qué no suponer que Marilyn Monroe problematiza el concepto de biografía en sí? La pregunta es si es posible comprender a una persona a través de los datos referentes a su vida, pero esto no tiene en cuenta siquiera el abominable magnetismo
de los datos, que siempre atraen a datos del polo opuesto. Raro es encontrar en la vida de alguien una prueba que no se vea refutada al punto por otros testimonios. A la hora de abordar una carrera como la de Monroe, en la que nadie puede estar seguro de si la actriz interpretaba un viejo papel, si experimentaba con uno nuevo o incluso si lo que hacía era manifestar ni más ni menos su verdadero yo (a cuyo descubrimiento consagró la vida entera), el establecimiento de los hechos se disuelve en otro enigma más profundo: ¿cómo percibe la realidad un actor de auténtico talento? Dado que el peso psicológico de un papel tiene más presencia existencial que la vida cotidiana (y, de hecho, el papel suscita reacciones reales en todos los que lo ven), la zona de penumbra entre la realidad y la fantasía predomina más por fuerza en un gran actor que en el resto de la gente. Por tanto, aun cuando algunos de los datos relativos a la vida de Monroe sean verificables, o al revés, aun cuando nos percatamos del triste hecho de que Monroe, al rememorar su pasado en un momento dado, no es veraz —¡por decirlo suavemente!—, es poco lo que podemos determinar. Porque el actor vive con la mentira como si fuera la verdad. Una verdad falsa puede contener más realidad que la verdad alterada.
Puesto que esta es una manera bastante precaria de fijar la historia, la siguiente pregunta es si una vida como la suya puede ser refractaria a las herramientas del biógrafo. Sin duda, las dos monografías sobre ella ya publicadas ponen de manifiesto las limitaciones de los métodos al uso. La primera, Marilyn Monroe, de Maurice Zolotow, escrita cuando la actriz todavía vivía, abunda en interesantes observaciones psicoanalíticas al estilo de las que uno puede oír en un café de Nueva York cuando dos personas inteligentes analizan a una tercera, pero gran parte de la conversación está plagada de anécdotas traídas por los pelos. Y es que su autor es un cronista que incluye entre sus fuentes el trabajo de otros cronistas y, por consiguiente, embellece los datos de su libro a base de «datoides» (sumémonos a las hambrientas filas de
los aficionados a acuñar vocablos), es decir, datos que no existían antes de aparecer en tal revista o tal periódico, creaciones que no son tanto mentiras como productos concebidos para manipular las emociones de la Mayoría Silenciosa. (Es posible, por ejemplo, que Richard Nixon no profiriera más que datoides durante toda su vida pública.)
El libro de Zolotow, por tanto, es de los que hacen que otros biógrafos se pongan melancólicos. Si sus mejores anécdotas fueran ciertas, ¡qué maravilloso sería poder utilizarlas también uno mismo! El problema es que no son del todo fiables. Algunas proceden de la propia Marilyn, es decir, se narran tal y como Marilyn se las refirió a Ben Hecht con vistas a esa prodigiosa colección de datoides que se imprimió en los suplementos dominicales en 1954. Hecht nunca fue un escritor que prefiriese la verdad a una mixtificación si esta podía infundir brío a su prosa, y Marilyn llevaba años puliendo sus fabulaciones. Ningún otro equipo de autores ha contribuido más que Marilyn ben Hecht a la bruma literaria que envuelve la leyenda.
El otro libro, Norma Jean, de Fred Lawrence Guiles, parece más veraz y sin duda es más escrupuloso, tan cercano a su protagonista como el libro de Carlos Baker sobre Hemingway, una obra basada en fuentes y en una cronología minuciosa, la amorosa labor de un reportero, ya que en periodismo contrastar es sinónimo de amor. Se trata, por consiguiente, de una biografía muy valiosa a efectos de verificar los acontecimientos de la vida de Marilyn. Sin embargo, el misterio de su personalidad permanece. Los hechos cobran vida, pero Marilyn se le resiste. Así pues, en última instancia, la virtud de Norma Jean reside en que algún día pueda edificarse sobre sus cimientos una gran biografía que quizá tendrá que vérselas con la idea de que las personas excepcionales (a menudo las más patriotas, artísticas, heroicas o prodigiosas) tienen una tendencia a vivir con el opuesto de sí mismas que, cuando fracasa, solo cabe calificar de esquizofrénica. Esta es una teoría que se desarrolló estudiando a los
astronautas, pero parece adecuarse también a Marilyn, lo que la hace muy interesante, pues ¿qué tienen en común una estrella de cine como Monroe y un astronauta? Habría que hablar de trascendencia. Pero la trascendencia es justamente el enigma al que se enfrentan todos los psicohistoriadores, ya que constituye un hábito a la par que un milagro, pero un hábito místico, que no se pliega a la razón: presupone que algo en la forma de las cosas respeta a cualquier humano que fuerce una solución imposible a partir del caos, como si el caos mismo se compadeciera de su esfuerzo. Según la lógica de la trascendencia, es precisamente el esquema secreto de las cosas lo que permite que un hombre pueda escribir sobre una mujer bonita o que una mujer lo haga sobre un gran novelista: ¡eso sí que sería trascendente! Ahora el nuevo candidato a biógrafo compra una botella de Chanel n.º 5 —es bien sabido que Monroe la usaba— y cree que es la definición operativa de un perfume barato. Sin embargo, nunca sabrá realmente cómo olía sobre su piel. El hecho de no haberla conocido se convierte —es bien consciente de ello— en un lastre recurrente en su escritura, equiparable, por así decir, a no haber sido un enamorado solitario en París cuando era joven. Por muchas cosas que descubra sobre ella, jamás podrá gozar del simple pero inestimable conocimiento de saber que ella le gustaba un poco, o que no le gustaba, y así tener la sensación de que ambos trabajan por o en contra de un mismo dios.
Si aun así persiste la tentación de emprender semejante labor de psicohistoria, sabe que no puede tomársela en serio. La tarea le llevaría años, y él no es de los que se sumergen en el curioso pozo que representa escribir sobre una extraña cuya carrera la llevó tantas veces a los lugares donde él vivía hacia la misma época. Una de las frustraciones de su vida es no haberla conocido de tú a tú, sobre todo porque algunas personas de su círculo tenían íntima relación con ella. Una vez, en Brooklyn, mucho antes de que nadie hubiera oído hablar de Marilyn Monroe —¡llevaba veinte años viva, pero aún no tenía nombre!—, él vivía en el mis-
mo edificio en el que Arthur Miller estaba escribiendo Muerte de un viajante, justo hacia la época en la que él mismo trabajaba en Los desnudos y los muertos. Ambos autores, que coincidían de vez en cuando en las escaleras o frente al buzón del vestíbulo, conversaban tímidamente mientras buscaban algún tema de política o literatura del que hablar, y, tras despedirse, ambos se iban convencidos de que la modesta personalidad del otro le impediría llegar muy lejos. Años después, cuando Miller se casó con Monroe, el dramaturgo y la estrella de cine se fueron a vivir a una granja de Connecticut, a menos de ocho kilómetros de ese joven autor, que, sin saber aún cuál sería su relación final con Marilyn Monroe, esperaba una llamada para ir a visitarlos, algo que por supuesto nunca ocurrió. El dramaturgo y el novelista nunca han sido íntimos. El novelista tampoco puede, en conciencia, condenar al dramaturgo por eludir el drama. Al fin y al cabo, la ambición secreta del primero era robarle a Marilyn al segundo; en su vanidad, creía que nadie estaba mejor capacitado para sacar lo mejor de ella, presunción compartida seguramente por otros cincuenta millones de hombres: todavía era demasiado inexperto para comprender que la base del arte de Marilyn Monroe consistía en hablarle a cada hombre como si fuera el único al que ella podía aspirar. Solo al cabo de unos cuantos matrimonios (es decir, de unos cuantos fracasos), caerá en la cuenta de que a él no le habría ido mejor que a Miller; es más, probablemente habría salido peor parado todavía. En retrospectiva, habría que admitir que Miller estaba hecho de la resistente estofa de la clase media, lo cual, en términos existenciales, equivale a ser tan resistente como un material sintético.
De modo que no, la suya no será una gran obra sobre Monroe, sino más bien un estudio como este, destinado a desviarse hacia las fronteras de la magia. Para un hombre con inclinaciones cabalísticas, parece una coincidencia clara y grabada en piedra el que las letras de Marilyn Monroe (usando la a dos veces y la o solo una) formen también su nombre, sobrando solo la y,
nimio desajuste, tan incapaz de perturbar los cielos como la más minúscula difracción del corrimiento al rojo.
Por supuesto, ya puestos a jugar a los anagramas, ella era también Marlon Y. Normie, y si recombinamos a placer las letras de el amor, nos sale Marolem Mamroe, de resonancias decididamente latinas (y bastante mejor que Mormam Maeler). Pero dejemos a un lado estos placeres. Es posible que no exista ningún instrumento más apropiado que una novela para captar la cualidad esquiva de la naturaleza de Marilyn. Nadie mejor que un ladrón para atrapar a otro ladrón, y nadie como un artista para captar a otro artista. ¿Acaso la solución puede ser algo menos vanidoso que una novela sobre Marilyn Monroe? ¿Y escrita en forma de biografía? Dado que se basaría en gran parte en otras fuentes, difícilmente podría ser más que un largo artículo biográfico; aun así, no dejaría de ser una especie de novela dispuesta a jugar con las reglas de la biografía.
Nada podría dejarse a la invención, y se aportarían pruebas cuando los datos fueran discutibles. Habría que resaltar las especulaciones. No obstante, él nunca se hará ilusiones de que su historia tenga más veracidad que una ficción, ya que a menudo se lanzará a imaginar el interior de muchas vidas cerradas y silenciosas y, con la sanción de un novelista, indagará en los impulsos inexpresados de algunos de sus personajes reales. Al final, si todo sale bien, planteará una hipótesis literaria sobre una posible Marilyn Monroe que podría haber existido realmente y que habría encajado con la mayoría de los datos disponibles. Si su instinto es certero, los datos sobre ella que en el futuro se descubran no colisionarán con el personaje que ha creado. ¡Una empresa razonable! Satisface su idea fundamental de que, para un hombre de letras, el conocimiento se adquiere mejor por medio de esos imaginativos actos de apropiación aprendidos a fuerza de ejercitar con disciplina las propias habilidades. Pasemos, pues, a la historia de su vida. La magia se logra trabajando.
