
nueva York, 1883
Los viajeros descendieron de los trenes recién llegados a los andenes como se escurre el agua hacia las alcantarillas, titubeantes y perezosos. Se oía el eco de sus voces en la estación, que se fundían con el resoplido del vapor y el quejido del metal. La luz del día lidiaba con las manchas de hollín y los remolinos de nieve para atravesar el techo de cristal. Sin embargo, Una prefería la sombra. Observaba a los viajeros desde detrás de uno de los grandes soportes ornamentales que aguantaban el techo. Observaba y esperaba.
Los primeros en aparecer siempre eran los hombres de negocios: banqueros, especuladores, petroleros, dueños de fábricas. Caminaban a zancadas por el andén como si fuera su vestíbulo privado, alterados pero impávidos ante el fastidioso gentío. El tiempo era dinero para esos hombres, y sus prisas y soberbia los convertía en blancos fáciles si estaba dispuesta a padecer sus ropas con exceso de perfume y sus aires de superioridad. No era el caso de Una ese día.
Pisándoles los talones iban los de la clase económica. Mujeres de aspecto demacrado con niños estupefactos aferrados a sus faldas. Debutantes pretenciosas y sus asfixiados maleteros. Viajantes con estuches forrados de piel repletos de mercancías. Gentes del campo que carreteaban gallinas y guiaban cabras que balaban. Muchos cargaban con poco más que lo que habían
podido meter a presión en el macuto. Una muda. Una rebanada de pan a medio comer. Una Biblia desgastada con el nombre y dirección de un pariente lejano metido dentro. Nada que mereciera su tiempo.
Entonces apareció él, el hombre que estaba esperando. Bien vestido, pero sin resultar vanidoso. De tez rubicunda, juvenil. Sin duda, era un hombre del Medio Oeste. Tal vez de Indiana. Ohio. Illinois. Daba igual de dónde exactamente, estaba claro que no era neoyorquino. A juzgar por la manera de buscar con los ojos bien abiertos un indicador o letrero que lo orientara entre la muchedumbre, era nuevo del todo en la ciudad.
Una comprobó que llevara el sombrero bien sujeto y se mordió los labios para sacarles el color. Abrió el pasador de la bolsa de viaje y agarró con fuerza las asas para mantenerla cerrada. El hombre avanzó como pudo y se tambaleó por el andén hasta que posó la mirada en el letrero que sobresalía y dirigía a los pasajeros a las salidas que daban a la calle Cuarenta y Dos. Enderezó los hombros y aceleró el paso. Se encaminó hacia él entre la multitud. Cuando volvió a apartar la vista, esta vez hacia un gran reloj colgado en lo alto de la torre central en el extremo del andén, Una se plantó delante de él. El hombre tropezó con ella, que profirió un leve grito y dejó caer el maletín de viaje, con lo que el contenido se desparramó a sus pies.
—Oh, le ruego que me disculpe, señorita —dijo el hombre.
—Ha sido culpa mía, señor. No sabía por dónde iba.
—Ya somos dos. Nunca he estado en una estación tan grande.
Ella se arrodilló para recoger sus pertenencias esparcidas y le lanzó una tímida sonrisa cuando él se agachó a su lado. Un discreto aroma a tabaco impregnaba su elegante abrigo Chesterfield.
—La estación más grande del mundo —dijo ella—. Por lo menos eso me han contado.
El hombre le dio una capota con cintas y un mantón de lana, que ella dobló con cuidado y metió en la bolsa.
—No se moleste.
—Es lo mínimo que puedo hacer. —Le dio otra prenda, se quedó inmóvil, y el cuello y las orejas se le sonrojaron tanto como las mejillas. Una le arrancó de las manos la camisola de seda, y el suave tejido y el dobladillo de encaje rozaron las puntas de los dedos enguantados del hombre mientras ella la metía a toda prisa en la bolsa. Bajó la barbilla en un gesto cohibido y escondió la cara bajo la visera ancha y el plumaje alicaído del sombrero.
—Yo… eh… —Él se tambaleó en cuclillas y el abrigo Chesterfield barrió el suelo sucio.
Recogió la última prenda y la metió en la maleta.
—Gracias —dijo ella, la cerró y se puso en pie.
El hombre también se levantó.
—Acepte de nuevo mis disculpas, señorita. —Se sacudió el polvo del abrigo y volvió a mirar el reloj—. ¿Me permite acompañarla a un carruaje?
Se atrevió a echar otro vistazo a su rostro amplio y sincero. Le dedicó otra sonrisa tímida.
—Es usted muy amable, pero me voy, no acabo de llegar.
—Ah.
—Sí, señor. Vuelvo a casa, a Maine. Solo había venido a hacer una breve visita de consuelo a una amiga enferma.
—Entiendo —contestó él con un evidente matiz de decepción en el tono.
—Gracias otra vez. —Hizo una reverencia y se dirigió a los trenes a punto de partir.
En el extremo de la cochera, cruzó las vías y se adentró en la abarrotada sala de espera. Tras refugiarse en el rincón, inspeccionó la estancia. Había un policía al fondo, asediado por un anciano que blandía un horario de trenes. Una sonrió satisfecha y
abrió la maleta. Envuelta en el mantón estaba la cigarrera del hombre del Medio Oeste. Era de plata pura, a juzgar por el aspecto, con filigranas decorativas grabadas en forma de volutas. En el dorso se leían las iniciales del hombre: JWC, pero era fácil borrarlas quemándolas. Si es que Marm Blei no quería fundirla.
Echó otro vistazo al poli y sacó la cigarrera de la maleta para meterla en un bolsillo oculto entre los amplios pliegues de la falda. Había sido pan comido hacerse con el estuche mientras el hombre se preocupaba por la ropa esparcida. Prácticamente se le cayó del abrigo al agacharse para ayudarla. Indagar en los bolsillos interiores era más arriesgado, pero ese camisón con encaje siempre servía de trampa. Mientras él trastabillaba cohibido, ella había metido la mano y le había sacado unos cuantos billetes de la cartera y dos dólares de plata.
Una cerró la maleta y salió de la sala de espera a la avenida Vanderbilt. La menguante luz solar servía de poco para calentar el aire de enero. Cuatro compañías ferroviarias distintas administraban líneas en la terminal Grand Central, cada una con sala de equipaje y zona de espera propias. Con un alijo de billetes de tren falsos ocultos en la manga del abrigo, no tenía problema para pasar de una sala a otra y salir y entrar de la estación.
Todos los días paraban más de cien trenes en la terminal que escupían incautos a la ciudad. Con un poco de inteligencia, era dinero fácil. Ella nunca duraba mucho en un sitio. Jamás volvía a la misma sala de espera más de una vez al día. Nunca sisaba más de lo que podía esconder con facilidad. Una buena ladrona tenía sus normas y las respetaba.
El hombre del Medio Oeste, el señor JWC, llevaba un reloj con cadena de plata y guardaba por lo menos diez billetes más en la cartera que ella había dejado, no por bondad. Cuanto más afanara, más probabilidades había de que la víctima se diera cuenta antes de salir de la estación. No siempre llegaba a casa
con el botín más abultado, pero tampoco la pillaban. Por lo menos, no siempre. El dinero de la fianza iba sumando, y sabía que Marm Blei llevaba la cuenta.
Le rugió el estómago vacío. En el sótano de la terminal había un restaurante para señoritas, pero rara vez comía cuando estaba trabajando. Necesitaba estar preparada para salir corriendo sin previo aviso, y el estómago lleno de jamón y col o guiso de ostras le restaría velocidad. Sin embargo, en el sótano había buenas presas (hombres acicalados y recién afeitados que salían pavoneándose de la barbería, señoritas que corrían presurosas al baño, ferroviarios que salían a trompicones de la cantina), así que decidió hacer un poco más de prospección antes de ir a casa.
Regresó al interior de la estación atravesando la sala de espera de otra compañía. De camino a la escalera que llevaba al sótano avistó a un niño pequeño ataviado con unos pantalones raídos, un abrigo parcheado y una gorra mugrienta. Puso cara de desesperación al ver que se acercaba con sigilo a un hombre bien vestido con un reluciente sombrero de copa. «No lo hagas, no seas torpe», pensó. El chico echó un vistazo rápido a la sala y luego estiró el brazo hacia el abrigo del caballero. Una se quedó en lo alto de la escalera, aunque la sala estuviera a punto de convertirse en un hervidero de policías. «No lo hagas.»
Ella también había sido así de joven. Igual de boba. No había acabado encerrada a cal y canto en el reformatorio del Refugio de milagro.
El muchacho consiguió deslizar la mano sucia en el bolsillo de su víctima. Sacudió la cabeza. «Será mentecato.» Pasado un instante reapareció la mano del chico, que agarraba un reloj de oro. Probablemente valía cien dólares, pero no iba a sacarle más de veinte a un perista, menos si trabajaba para un jefe. Aun así, debía reconocerle que había logrado sacarlo sin que el hombre se percatara. Tal vez no fuera tan inútil.
Empezó a escabullirse, y ella se volvió hacia el hueco de la escalera. Solo había dado unos pasos cuando una voz grave rugió:
—¡Al ladrón!
Se le tensaron todos los músculos del cuerpo. Sintió un hormigueo en los pies, dispuesta a salir disparada. Miró por encima del hombro y vio que el hombre bien vestido había agarrado al chico de la muñeca, y que el reluciente reloj de oro le colgaba de la mano por la cadena.
El chico acababa de ganarse un puesto en el Refugio. Por muy escuálido que estuviera, seguro que habría preferido morir congelado que acabar ahí. Una subió los peldaños y se abrió paso a empujones hacia el chiquillo entre el creciente rebaño de espectadores antes de que el sentido común la parara. Se metió la bolsa de viaje bajo el brazo y levantó las manos con grandes aspavientos.
—¡Ahí estás, Willie! Tu mamá está muerta de preocupación por ti. —Se volvió hacia el hombre—. No le estará molestando este chico, ¿verdad?
El hombre entornó los ojos.
—Este chico es un ladrón. Ha intentado robarme el reloj de bolsillo.
Ella se agarró el pecho: era un gesto un poco dramático, pero necesitaba seguir acaparando la atención del hombre.
—¿Qué? Willie, ¿es verdad?
—Yo… eh… —El niño desvió la mirada a la mano del hombre, que aún le agarraba con fuerza la muñeca, y la confusión de su rostro se desvaneció—. Lo siento, tía Mae, ya sabes cómo es mamá cuando está bebida. Hace tres días que no como.
Una reprimió una mueca. La enfermedad era una carta mucho mejor que la borrachera, pero era evidente que el chico estaba muy verde.
—Eso no es excusa. Sabes que podrías haber venido a pedirme comida. Dale su reloj a este señor tan elegante ahora mismo y discúlpate.
El hombre aflojó poco a poco los dedos alrededor de la muñeca del chico. Seguía rojo, con las marcas de la rabia en la piel. Una intuyó por la mirada salvaje y asustadiza del mocoso que podría echar a correr y dejarla colgada con su robo. Lo agarró por la parte trasera del andrajoso abrigo y lo zarandeó con suavidad.
—Dáselo ahora mismo, ¿me oyes?
—Sí —masculló el chico tras fulminarla con la mirada.
Dejó caer el reloj en la palma de la mano del hombre que esperaba y lo observó con anhelo cuando se lo guardó en el bolsillo del abrigo.
—¿Y las disculpas? —insistió ella.
—Lo siento, señor. No lo volveré a hacer nunca más.
—Buen chico. —Una siguió agarrando el abrigo del chiquillo y se volvió hacia el hombre con una sonrisa apocada—. Le ruego que me disculpe, señor. Su mamá es una buena mujer, solo está de duelo por la pérdida de su marido, nada más. Seguro que lo entiende, al ser un caballero de buen corazón. No le robaremos más tiempo. —Le dio otro meneo—. Pero descuide, que se va a llevar una buena tunda antes de cenar.
El hombre no suavizó la expresión. Se frotó la manga del abrigo como si la mera cercanía de aquel par de miserables la hubiera mancillado.
—Espero que se ocupe de que así sea.
Ella hizo una reverencia veloz y sacó al chico a rastras de la sala de espera, agarrándolo por la parte trasera del abrigo. Cuando llegaron a la calle, el muchacho se revolvió para zafarse, pero ella lo sujetó y lo llevó detrás de una de las columnas de acero que soportaban las vías elevadas cercanas.
—¿A qué juegas, niño? —dijo—. ¿Buscas un billete en primera clase a la isla de Randall?
—¿Y a ti qué te importa?
Ella soltó el abrigo.
—No me importa, pero un granuja como tú que no distingue la cabeza del trasero va a hacer que todos los posibles objetivos de ahí dentro se pongan nerviosos, comprueben si llevan el reloj y la cartera y miren alrededor con suspicacia. Por no hablar de los polis. Hacen que para mí y cualquier otro pescador que haya por aquí el trabajo sea el doble de difícil.
—Podría haber escapado.
—Ese hombre te tenía sujeto como si te hubiera atornillado. ¿Crees que se van a andar con remilgos en la cárcel de Tombs porque eres un niño? El juez te comerá para desayunar y escupirá tus huesos en el patio. Les importa un pimiento la gente como tú y como yo.
El chico se limitó a encogerse de hombros. Era un patán cabeza hueca.
—¿Tus padres saben que estás aquí hurgando en los bolsillos de hombres elegantes?
—No tengo padres.
—Entonces será mejor que muevas ese trasero flacucho que tienes hasta la misión de Five Points. Ahí te darán de comer. También te enseñarán las letras.
—Y me enviarán al oeste con el resto de huérfanos.
—Mejor que una vida en la cruz. —Las palabras de Una toparon de nuevo con un gesto de indiferencia. Se agachó. El niño tenía las mejillas agrietadas y con manchas de barro, y la nariz en carne viva y goteando—. Por lo menos tienes que ser listo. Es más fácil pescar en el ferrocarril elevado. —Señaló con la cabeza las vías que tenían encima—. También hay menos polis. Y tienes que empezar poco a poco: las monedas que lleve un hombre en el bolsillo o unos cuantos billetes del bolso de una señora. Si te lo llevas todo, lo van a notar. Hace que sea más difícil escapar. Uno de esos fanfarrones se da cuenta de que le falta el reloj y vas listo. Mejor espera a que se
haya instalado en algún sitio y tenga la nariz metida en un periódico o en un vaso de ginebra antes de ir a por un premio como ese.
Sacó un pañuelo, escupió en él y se lo pasó por las mejillas.
—Límpiate un poco. El mejor ladrón es el que no lo parece.
Cuando estuvo un poco presentable, buscó una moneda de diez centavos en el bolsillo.
—Ten. Cómprate algo de cenar. Y piensa lo de la misión.
En cuanto le puso la moneda en la mano, notó que le metía la otra en el bolsillo del abrigo.
—Muy bien. Siempre es más fácil hurgar en el bolsillo de alguien cuando está distraído. Pero no soy tan tonta, no guardo nada de valor donde granujas como tú puedan echar mano.
Él esbozó una sonrisa avergonzada y retiró la mano.
—Además, tienes que ser más rápido. Meter la mano con un gesto más suave. Quizá podrías asociarte con algunos de los chicos que trabajan en los tranvías de caballos. Podrían enseñarte un par de cosas.
—¿Tú tienes un socio?
—No, yo no confío…
Un alboroto junto a la entrada de la estación la distrajo. Se puso en pie y echó un vistazo a la verja de hierro. El hombre al que el chico había intentado robar estaba hablando fuera a voz en grito con dos polis. Una frunció el entrecejo. Parecía molesto pero apaciguado cuando lo dejaron. Se volvió hacia el niño, lo atrajo hacia sí de un tirón y revolvió en los bolsillos hasta que encontró el reloj del hombre.
—Caradura malnacido, por esto puede que acabemos los dos encerrados.
Dejó el reloj en el bolsillo del niño (mejor que se lo encontraran a él que a ella), pero recuperó su moneda.
—Yo voy al norte, a la Cuarta; tú, al este, a la Cuarenta y dos. No corras, llamarás la atención. Y si te vuelvo a pillar en la estación, te entregaré yo a los polis.
Apenas había pronunciado esas palabras cuando el niño echó a correr. Y no hacia la calle Cuarenta y Dos, sino hacia arriba, a la Cuarta Avenida, donde pretendía ir ella. ¡Desgraciado! Se colocó las asas de la bolsa en el recodo del brazo, enderezó los hombros y atravesó la entrada. Dos mujeres con sombreros y manguitos de piel pasaron por su lado paseando. Una caminó a su altura y se adaptó a su ritmo. Por detrás, el alboroto en la entrada de la estación se intensificó. Un grito. Un pitido. Seguramente los polis habían visto al niño correr, habían sumados dos más dos y se habían lanzado a perseguirlo. No miró atrás. Se arrimó más a las mujeres, aunque una de ellas entornara los ojos en una mueca de desdén. Su ropa, por muy pulcra y respetable que fuera, palidecía al lado de la finura de esas mujeres. Sin embargo, de lejos costaba distinguir el astracán del pelo de caballo, los fragmentos de seda auténtica de la de imitación, sobre todo si tenías el cerebro de mosquito de un poli. Vista por detrás a veinte pasos de distancia, parecía igual que cualquier otra joven señorita que hubiera salido a dar un paseo con sus amigas. O eso esperaba. Regla número cinco: aparenta que eres de los suyos.
Unas botas de suela gruesa daban golpes secos en los adoquines. Era uno de los polis. Caminaba deprisa, pero sin correr. Se acercó más a las mujeres.
—Vaya, su manguito es precioso —le dijo a la mujer que tenía al lado, luciendo una sonrisa agradable—. Marta cibelina, ¿verdad?
La mujer parecía sorprendida.
—Ah, sí. Mi padre la trajo del continente.
—De Rusia, imagino. Me han dicho que la mejor marta cibelina viene de allí. Queda perfecta con su sombrero.
—Sí, iban a juego.
—En Stewart and Company hay un bolsito con cintas de marta cibelina que sería un complemento precioso para el
conjunto. —Ella lo sabía porque la semana anterior habían cambiado uno de esos bolsos en la tienda de Marm Blei. El ladrón dijo que se vendía por treinta dólares en Ladies' Mile. Le dieron siete por él y lo vendieron por doce después de que Una quitara a conciencia la etiqueta de A. T. Stewart que llevaba cosida. El ruido de las botas se fue acercando. No le hizo falta darse la vuelta para saber que era un poli. Debían de haberse dividido para buscar al chico cuando se les escapó. A menos que el hombre bien vestido la hubiera reconocido y señalado entre el gentío. El poli pasó por su lado a zancadas sin mirarla. Una suspiró aliviada. Se separó de las mujeres y giró por la Segunda Avenida. Por mucho que la tentara volver a la estación para birlar algo más, sabía que era demasiado peligroso. «Niño estúpido.» Casi deseó que el poli lo atrapara por todos los problemas que le había causado. «¡Y pensar que he estado a punto de darle una moneda!»
No había recorrido ni una manzana cuando una voz gimoteó por detrás.
—¡Esa es! ¡Es la ladrona!
Esta vez, se dio la vuelta lo justo para ver a un poli con pinta de matón que se abalanzaba sobre ella. Echó a correr.