

ERICA RUTH NEUBAUER
Muerte en El Cairo
Traducción de: Laura
Manero Jiménez
Egipto, 1926
A la hora de escoger un destino exótico para viajar, es recomendable elegir uno donde el aire no intente matarte. Me aseguraría de recordarlo para la próxima vez.
—Jane, tienes un aspecto horrible con este calor. Prácticamente estás chorreando. —La tía Millie frunció los labios, pero una sonrisilla petulante se le escapó por las comisuras de la boca.
Ella estaba fresca como una rosa, sin un brillo de sudor siquiera.
Suspiré hondo.
—No había imaginado que en esta época del año haría tanto calor todavía.
Contemplé las largas y anchas palas de los ventiladores que giraban perezosos en el techo y pensé que los habían colocado ahí más como decoración que por ser una forma eficaz de mover el pesado aire.
Millie resopló y siguió observando el bar con su whisky soda bien sujeto en la mano, el pintalabios algo corrido y un cerco del mismo color ciruela en el borde del vaso. El primer punto del orden del día de mi tía tras nuestra reciente llegada al hotel Mena House había sido tomar una copa, cualquier copa, con tal de que su calidad fuese un ápice superior a la del garrafón de bañera que solíamos encontrar en Estados Unidos.
La ley seca era la archienemiga de Millie.
En cuanto vi que estaba satisfecha, me excusé y fui a buscar una copa para mí. Me abrí camino entre el escaso gentío del bar y me apoyé en la barra de madera bien lustrada. Resultaba agradable estar de pie después de tantas horas de viaje, así que me estiré con disimulo mientras esperaba mi gin Rickey.
Al cabo de un momento, el joven camarero reapareció con la bebida y la dejó junto a mi codo. Esperaba que la lima fría y las refrescantes burbujas hicieran desaparecer de mi boca el arenoso poso del viaje, porque mi tía apenas había dejado que nos instaláramos cada una en su habitación antes de arrastrarme al bar a toda prisa.
Ni siquiera había tenido tiempo de atisbar las grandes pirámides que sabía que se encontraban a poquísima distancia del hotel.
Ya que estaba en el bar, me dediqué a observar a los demás viajeros mientras me obligaba a no vaciar mi vaso de un solo trago. Estaba más sedienta de lo que había creído.
—La señora Wunderly, supongo. —El agradable y grave rumor de esa voz interrumpió mi contemplación de la escena que me rodeaba y me supuso un considerable sobresalto.
Al volverme, me encontré mirando de frente al fornido propietario de ese acento británico de alta sociedad que acababa de dirigirse a mí. Cuando mis ojos color avellana se encontraron con los suyos, chocolate oscuro, sentí como si una corriente eléctrica subiera por mi columna. Me apresuré a extinguirla. Con contundencia. No estaba allí para conocer a hombres guapos.
Tenía tal estatura que casi se cernía sobre mí, y eso que yo no era una mujer bajita ni mucho menos. Lo examiné con una ceja levantada y me pregunté cómo habría averiguado mi nombre, si todavía no nos habían presentado. Tal vez sus dedos poseyeran alguna clase de magia. Otro hormigueo me recorrió la espalda.
—Caray, ha sacado mi nombre de la chistera. ¿Realizará algún truco más esta noche? ¿Encontrará una moneda tras mi oreja, quizá? No me vendría mal para pagar la copa, sinceramente.
Curvó hacia arriba un extremo de la boca.
—Su tía la ha mencionado hace un momento, cuando se me ha presentado.
—Qué rapidez... —mascullé, y maldije por mi falta de atención.
No me sorprendía en absoluto que Millie se hubiera acercado a olisquearlo y luego me lo hubiera enviado a mí, sobre todo al darse cuenta de que no llevaba alianza. Me maldije por haber detectado yo también ese detalle. Solo me maravillaba que lo hubiera conseguido tan deprisa.
—Me temo que no dispongo de ningún truco más.
—Vaya, qué decepción.
—Lo único que puedo ofrecerle para compensar su desilusión es otra copa.
—Supongo que tendré que conformarme con eso.
Una amplia sonrisa le iluminó el rostro, que ya era apuesto sin ella, y, mientras se volvía y llamaba al camarero por señas, me di un codazo mental y me solté un severo sermón sobre los peligros de los hombres. Pidió otro gin Rickey para mí y un vaso de agua para él.
Esta vez, cuando llegó mi copa, la habían servido con generosidad. Demasiado. Tendría que tomármelo con calma o acabaría beoda y desmayada bajo una mesa.
—¿Usted no bebe?
Miré su vaso de agua, por el que unas gotitas de condensación se deslizaban hacia la barra desde el lugar en que sus dedos finos tocaban el vaso.
—He pasado un largo día al sol —contestó—. Ceñirme al agua me parece una apuesta más segura.
—Ya veo. —Me detuve y lo observé unos instantes—. ¿Y en qué ramo trabaja usted, señor...? —De pronto reparé en que no se había presentado.
—Redvers. Llámeme Redvers.
Me ofreció una sonrisa pícara al ver que mis dos cejas salían disparadas hacia arriba. ¿Era eso un nombre de pila? ¿Un apellido? Todo apuntaba a que no iba a recibir aclaración alguna al respecto.
—¿Y a qué se dedica..., señor Redvers?
—Trabajo en la banca.
Me avergüenza decir que solté una carcajada. El hombre pareció algo alarmado, como si de repente se hubiera cruzado con un familiar desequilibrado en público. Más de una cabeza se giró hacia nosotros.
—Disculpe. —Recuperé la compostura y me di otro codazo imaginario por mi falta de modales—. Es que tiene un aspecto demasiado peligroso para ser banquero.
Era cierto. Su traje de hilo bueno se ajustaba como un guante a su atlética figura. Pese a no ser experta, incluso yo me daba cuenta de que era una confección cara y hecha a medida. Llevaba el pelo engominado, tal como se estilaba, pero domeñar sus gruesas ondas oscuras debía de suponerle mucho trabajo. Todo en él irradiaba energía y movimiento. Y la sonrisa voraz que me dedicaba en esos momentos, junto con la chispeante inteligencia que se adivinaba en sus ojos marrones, casi negros, en absoluto hacía pensar en él como en alguien que trabajara contando dinero, atrapado tras un mostrador.
Continuamos charlando con cordialidad hasta que una breve pausa en la conversación me decidió a ofrecerle una salida digna.
—Bueno, señor Redvers, si tiene otras obligaciones esta noche, lo entenderé perfectamente. Sé que mi tía puede ser muy persuasiva, pero detestaría retenerlo a la fuerza.
Fue entonces su turno para observarme.
—Reconozco que me he presentado a sugerencia de su tía, pero estoy muy a gusto donde me encuentro.
Me encogí de hombros. Aun sabiendo que era mala idea, reparé en que disfrutaba de su compañía, así que no me importó demasiado prolongar la situación. Sin embargo, tampoco quería que se llevara una impresión equivocada. Si bien había pasado ya lo que la sociedad consideraba la flor de la vida, desde que estaba viuda me había dedicado a rehusar una buena cantidad de proposiciones de matrimonio, y no todos los hombres encajaban el rechazo con elegancia. Yo no buscaba nada más allá de una agradable conversación.
O eso me repetía una y otra vez.
El señor Redvers, no obstante, poseía un afilado sentido del humor, algo que yo echaba amargamente de menos en mi vida. Los círculos en los que se movía Millie resultaban bastante estirados, por expresarlo de una forma educada. La familia de mi padre era sin duda de clase media alta, pero con el matrimonio de Millie en la alta sociedad, y luego el mío a la tierna edad de veinte años, me había sido imposible evitar que me arrastrara a las altas esferas con ella. Solo con pensar en esos ambientes tan encopetados, se me cerraban los ojos de aburrimiento.
La mirada de Redvers advirtió algo a mi espalda y, de pronto, pareció deshacerse en disculpas.
—Me temo que voy a tener que excusarme un momento. Regresaré dentro de nada.
Me extrañó, pero lo dejé marchar con gentileza mientras me preguntaba qué, o quién, podía haber provocado su marcha repentina cuando acababa de anunciar que pensaba quedarse conmigo.
Reanudé mi examen de la sala.
Unos instantes después sentí una presencia tras de mí y, al volverme, me encontré a un hombre con mostacho apoyado en un bastón de madera. Mientras recolocaba las anchas manos
en la empuñadura, pude atisbar una cabeza de león, hecha de latón, que descansaba en lo alto de la caoba oscura. Parecía tan fiero como importante.
—Buenas tardes, querida. —El caballero me sonrió con educación—. ¿Quiere otra copa y no le hacen caso?
Le sonreí, tranquilizada al instante por su tono.
—Estoy bien servida por el momento, y el camarero ha sido muy amable.
—Excelente. —Estableció contacto visual con el joven—. Un jerez, tenga la bondad. —Se volvió de nuevo hacia mí y me ofreció la mano—. Coronel Justice Stainton, a su servicio.
Sus entrecortadas vocales británicas y su porte recto habrían delatado un pasado militar aun sin ese título.
—Jane Wunderly.
Le di un firme apretón de manos y sus suaves ojos azules se abrieron un tanto al notar mi fuerza. Mi sonrisa se agrandó en respuesta.
El hombre carraspeó un poco.
—¿Qué la ha traído al Mena House, señorita Wunderly?
El tratamiento correcto según las normas de etiqueta habría sido el de «señora», pero no me molesté en corregirlo. Antes habría tragado carbones al rojo vivo que comentar mi condición de viuda con mis amigos, así que menos aún pensaba hacerlo con un perfecto desconocido. También estaba cansada de recibir la compasión que despertaba la pérdida de un marido en la Gran Guerra. Y, desde luego, las que más odiaba eran las preguntas de personas cuya falsa preocupación por mí solo escondía su deseo de hurgar en cualquier drama. El coronel no me dio esa sensación, pero mejor no tentar a la suerte, como solía decirse.
—Estoy viajando con mi tía. —Con la mano libre señalé a Millie, que no me hacía ningún caso pero parecía bastante contenta ahora que volvía a tener un vaso lleno en la mano. «Licor de calidad y un clima cálido», esas habían sido las dos únicas
condiciones de mi tía cuando me propuso que la acompañara en un viaje. Y sufragado por ella, además. También a mí me atraía la idea de disfrutar de un poco de ginebra sin la amenaza de quedarme ciega, pero lo que me tenía entusiasmada era la perspectiva de hacer realidad el sueño de mi vida y ver las pirámides—. ¿Y a usted?
—Quería demostrarle a mi hija, Anna, que en el mundo hay más cosas aparte de las fiestas londinenses y los jóvenes con dinero.
Una sonrisa sardónica curvó las puntas de su mostacho de escobilla al señalar con la cabeza en dirección a la susodicha, que estaba de pie algo más allá, cuidando de su copa mientras observaba a la concurrencia.
Su melenita, de un rubio vulgar, relucía bajo la suave iluminación del bar, aunque con esa cualidad quebradiza que aparece tras demasiadas aplicaciones de agua oxigenada. Tenía una figura aniñada que resultaba perfecta para lucir la moda del momento. Aun desde lejos, pude ver que su vestido azul marino y plagado de pedrería, además de cortísimo, era nada menos que de alta costura.
Tenía que reconocer que, al contemplarla, sentí una pequeña punzada de celos. Mi silueta se adecuaba mucho más a una época que apreciaba las curvas mulliditas —Millie, en más de una ocasión, había comentado que tal vez debería plantearme llevar uno de esos corsés ligeros, para reconducir mis curvas hacia una línea más actual—. La última tendencia de vestidos de cintura baja le sentaba como un tiro a cualquier mujer que no tuviera las hechuras de una piruleta... o no estuviera dispuesta a constreñir su cuerpo hasta adoptar esa forma.
A mí, respirar me gustaba demasiado para intentarlo.
Me volví de nuevo hacia el coronel y correspondí a su sonrisa. —Es encantadora.
Su rostro se iluminó de orgullo.
—Y los jóvenes ricos son la mejor de las alternativas, imagino —añadí.
El hombre soltó una risa socarrona. La charla intrascendente se encaminó entonces hacia nuestro interés compartido por los emplazamientos históricos cercanos y las excavaciones en curso.
—Me encantará ponerla al corriente de lo que sé de la zona. —Al coronel le brillaban los ojos—. Llevamos aquí varias semanas, y yo estuve destinado cerca durante la guerra. ¿Tienen pensado hacer alguna visita pronto? Sería un placer ofrecerles mis servicios a su tía y a usted.
—Había planeado darme un par de días para aclimatarme al calor y, después, salir de visita con un guía local. —Aunque estaba impaciente por ver las pirámides, sabía que las disfrutaría mucho más si antes tenía ocasión de acostumbrarme al clima—. Pero me encantaría aceptar su ofrecimiento. Es usted muy amable.
—Excelente. Planifiquémoslo, pues.
Desvió la mirada más allá de mi hombro, y vi que el párpado del ojo izquierdo le temblaba un poco.
Giré la cabeza y encontré al instante la fuente de su irritación. Anna había localizado a un grupo de tres jóvenes vestidos muy a la moda y con diversos grados de apostura. Sus risitas flotaban por el bar como si fueran frágiles burbujas que estallaron por encima de nosotros mientras los caballeros luchaban por acaparar su atención. Cuando el más alto de los tres se inclinó para encenderle un cigarrillo, vi que Anna le dedicaba una lenta caída de párpados.
—Si me disculpa, señorita Wunderly...
Sonreí al coronel con elegancia, pero él ya se alejaba en dirección a su hija.
Un rumor grave llegó a mi oído casi de inmediato:
—Hola de nuevo.