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2ª DE MIS DESEOS 2ª DE MIS DESEOS

GRÉGOIRE DELACOURT

2ª DE MIS DESEOS

DESEOS

Traducción:

—Lo mío son los bolsos. Todos los bolsos. Capazo, cartera, sobre, bolsa cubo, mini, doctor bag, tote bag, bolso bowling. Me flipan. Dicho esto, tampoco es para flipar tanto. No vean la de gente que colecciona lechuzas. Uhú, uhú. Bichos que ululan. O cajas de camembert. O yunques. No, en serio, yunques, ¿se dan cuenta? Y, además, mi psicóloga me ha dicho que ser bolsófila, como llaman a las coleccionistas de bolsos como yo, no es una enfermedad, sino una pasión. Total, que aquella mañana, me apetecía un Birkin. De avestruz. Color mandarina. Y ¡zas!, tren de alta velocidad, en primera, asiento XL, una puede permitírselo, las cosas como son. En menos de cincuenta minutos me planto en París. Taxi reservado, qué se pensaban. Mi nombre escrito en un pequeño cartel, yo encantada. En el interior olía a mar. El taxista me lleva directamente a Hermès, calle Faubourg-Saint-Honoré, la dirección histórica, mucho más elegante, eso sin mencionar que en Arras no hay una sola tienda de Hermès, como si Arras fuera un poblado africano. Una vez allí, ¿sabéis lo que me dice la vendedora? Al principio no dice nada. Se limita a sonreír. No con una sonrisa amable, no, sino con una especie de mueca. Me mira, me

calibra incluso, y noto una pizca de desprecio. Una pizquita, pero una pizca, al fin y al cabo. La verdad es que yo no me parecía mucho al resto de clientas. Cuando eres de provincias, eso se ve, se nota, desprendes un tufillo.

»La vendedora me dice que son cuatro años de espera. ¡Cuatro años de espera para un Birkin de avestruz! Pero si un ser humano se gesta en nueve meses, le digo, aunque, viendo la manera con que me estaba calibrando, le dejo claro que tengo dinero, que eso no es un problema. Le ofrezco el doble. Tome. Treinta mil euros. La mujer levanta las cejas, con discreción, pero es evidente que quiere que la vea levantar las cejas, que sienta que la agobio. El avestruz para hacer su bolso, señora, me responde finalmente, como si yo fuera subnormal profunda y me hubiera agarrado una buena cogorza, no ha nacido todavía. Y lo que le queda. Poseemos una granja de avestruces en Sudáfrica y los huevos ya están reservados de aquí a tres años. De modo que, si desea apuntarse, tendrá que esperar ese tiempo a que pongan el huevecito para su bolso. Súmele a eso un año más, el tiempo necesario para que su animal alcance el tamaño adulto. Pero, si me llevo el modelo más pequeño, ¿también hay que esperar a que se haga adulto? El modelo más pequeño, señora, al que llamamos B25, B de Birkin y 25 por la talla, es precisamente el más raro. Ah. Y con el tiempo que cuesta fabricar su Birkin, continúa, y ahí es cuando sentí de verdad una punzada de desagrado, no lo tendrá hasta dentro de cuatro años y medio. Entonces, ¿le tomamos el pedido, señora? ¿Y cien mil euros no hacen que el avestruz ponga el huevo más deprisa?, pregunto. No, señora. No más que doscientos o trescientos mil euros. Está

usted en Hermès, no en el todo a cien. Me llevé una decepción. De las gordas, para ser sincera. Después de aquello decidí ir a Dollayau para levantarme la moral, seiscientos metros a pie, llamé a un Uber, porque una puede permitírselo, las cosas como son. Una vez allí, me di el gustazo de tomarme dos Tonka, un postre muy fino, de caramelo, chocolate y avellana. Pero no me ayudó a pasar las penas, uy, no. En el tren de vuelta tuve reflujos y todo, muy molesto.

—Aplausos para Brigitte —la interrumpe de pronto el moderador, un tipo encantador; sobre todo paciente, porque Brigitte muy amiga de la brevedad no es—. Y un momento de reflexión —añade después de los aplausos—. ¿Qué nos dice su testimonio? ¿Alguien? ¿Georges? ¿Se anima usted?

Georges levanta la cabeza. Muy despacio. Es tímido. Cinco aciertos y dos estrellas, hace cinco años, un 13 de noviembre. Se le vino encima un edificio entero. Un pequeño Hiroshima bajo el cráneo. Ciento sesenta y nueve millones ochocientos treinta y siete mil euros y pico. Divorcio al mes siguiente. Su mitad se largó con la mitad. Cinco años de depresión. Un intento de suicidio. Desde entonces, se quedó acartonado, la cara arrugada como una pasa.

Georges carraspea.

—Mmm, que el dinero no compra ni la paciencia ni cualquier deseo. Mmm... Eso.

—Gracias, Georges. Muy enriquecedor. —Aplausos—. ¿Alguien más? ¿Raoul?

Raoul. Un sorteo de San Valentín. Treinta millones trescientos cuarenta mil doscientos cincuenta y cuatro euros y veintisiete céntimos. Muchas Valentinas desde ese día,

pero en cuanto les regala un diamante —tres quilates como mínimo, le han dicho que por debajo de eso apenas se ve—, se esfuman con la sortija en el dedo. A veces, con alguna cubertería de plata también.

—La arrogancia —aventura Raoul—. El dinero saca la arrogancia que llevamos dentro.

Raoul agacha la cabeza, de pronto muy pálido. Parece ensimismado. Le asalta un recuerdo:

—En mi adolescencia pasaba todos los días por delante de una casa grande, a la salida del pueblo. La encontraba espléndida. Poseía un amplio jardín en la parte delantera, sauces llorones con ramas como caricias, y decían que tenía un pequeño estanque detrás, así como una arboleda. Oía que tocaban el piano desde una ventana del primer piso y con mucha frecuencia me paraba a escucharlo. Era tan hermoso que a veces lloraba. Más tarde supe que eran las Gnossiennes.

—¿Que eran gnocchis? —pregunta Brigitte.

—¡Brigitte! —exclama el moderador—. No interrumpimos a quien tiene la palabra.

Raoul baja la cabeza de nuevo. Un velo oscurece sus ojos. Una melancolía a lo Satie.

—Después de haber ganado todo ese dinero y sobre todo después de haber comprendido lo que representaba, pensé que había llegado la hora de hacer algo por mí. Regresé a aquella casa por primera vez en muchos años. Nada había cambiado. Llamé al timbre. ¡Cómo me latía el corazón! Abrió una niña, y eso no me lo esperaba. Yo no sabía qué decir. La niña gritó: ¡Mamá, es para ti! Tuve la tentación de salir corriendo, pero entonces apareció la madre y

miré sus manos. Tenía unos dedos largos. Un palmo de una octava por lo menos. ¿Sí?, me preguntó. Respiré hondo, como me ha enseñado mi osteópata, y pronuncié la frase que, durante todos estos años, me había repetido cien, mil veces.

En el círculo, todos los participantes contienen el aliento.

—Me gustaría comprar su casa.

Raoul levanta despacio la cabeza. Tiene las mejillas rojas. Se nota que está muy conmovido.

—No la vendería ni aunque me ofreciera veinte millones —me dijo sonriendo. Le respondí que sí, que precisamente tenía veinte millones. Que estaba dispuesto a pagar eso por la casa. La mujer pareció lamentarlo de corazón y no sé si me tomó por un loco o solo por un pobre desgraciado. Me disculpé por las molestias y le di las gracias por las Gnossiennes. Le dije que me habían procurado una infancia feliz.

Sus ojos brillan cuando concluye:

—Esa mujer era mil veces más rica que yo. Que todos nosotros.

Los diez miembros ovacionan a Raoul. El moderador está satisfecho. Un poco más y le choca los cinco.

El grupo era altruista y, aunque cada cual se curaba a su ritmo y aprendía a depositar el dinero en el sitio adecuado y a la distancia adecuada, aún quedaba mucho camino por recorrer. Uno no se recupera de un día para otro de los millones que le caen encima, ponen su vida patas arriba, desbaratan sus planes y a veces revelan las zonas grises de sus allegados, que de golpe y porrazo descubren el extraordinario poder del dinero.

El dinero de los demás, sobre todo. El tuyo.

—¿Y usted, Jocelyne? —pregunta el moderador volviéndose hacia mí—. ¿Cuál es su historia?

Bueno, yo: mi vida habría dado para una novela. Estoy segura de que se habría vendido muy bien*.

Soy una mujer modesta, nacida en Arras hace cincuenta y un años.

Mi madre murió cuando yo tenía diecisiete. Un derrame cerebral fulminante. Cayó en la acera, se desplomó replegándose sobre sí misma como un acordeón. El vestido se le ciñó a la altura de la entrepierna y pasé vergüenza, vergüenza por ella, por mí y por todas las mujeres; ella, siempre tan delicada, tan elegante, tener un final así, un batacazo, un insulto a la belleza. Después, papá y yo aguantamos algunos años los dos solos. Un viejo y su muleta. Aguantamos sin su risa. Sin su falda, que revoloteaba cuando estaba alegre. Sin su mirada penetrante cuando nos bosquejaba al carboncillo y tan dulce cuando nos pintaba a la acuarela. Era una artista. Observaba

* De hecho, según parece, un listillo se apoderó de mi historia para escribir una novela (publicada en 2012) que se tituló La lista de mis deseos, un título que, por cierto, encuentro un poco egocéntrico, pero, en fin. Y si en aquella época no demandé al listillo en cuestión fue por temor a que me reprocharan que quisiera enriquecerme más si cabe. ¡No saben lo chismosa que puede llegar a ser la gente!

el mundo desde un punto de vista diferente al nuestro. Lo primero que veía era la belleza. La ternura de las cosas. El incontrolable deseo de ser diseñadora me viene de ella. Yo soñaba con el Studio Berçot o la escuela Esmond, en París, pero París quedaba lejos y a papá empezaba a «írsele la bola», como decían Danièle y Françoise, mis amigas de la peluquería y centro de estética. Írsele la bola. La expresión les hace mucha gracia a las gemelas porque lleva la palabra «bola», como la bola de la Loto, y ellas estaban enganchadas a la Loto. A mí no me hacía tanta gracia, porque cada seis minutos el contador de la memoria de papá se ponía a cero. Me miraba con ojos de cordero degollado, algunas veces como un crío que acaba de hacer una chiquillada, y me preguntaba:

—¿Quién es usted, señorita?

Esta pregunta me hizo llorar durante mucho tiempo, porque, que tu propio padre no te reconozca, es de una tristeza infinita.

Después pasó el tiempo y me hice más fuerte.

Dejé de llorar.

Sin embargo, por culpa de esta enfermedad que, al menos, tenía el don de hacerle olvidar la muerte de mamá (¿Sabes si tu madre tardará?, me preguntaba cuando tenía hambre, o ¿sabes dónde ha guardado mi camisa blanca?), aplacé mis sueños de diseñadora en la ciudad de la luz y encontré un trabajo en la mercería Pillard, en Arras, para poder quedarme cerca de él.

Me chiflaban los botones, como a Brigitte, de nuestro grupo de GA (Ganadores Anónimos), le chiflan los bolsos, aunque sin llegar a ser fibulanomista, por retomar su pretenciosa bolsofilia. Lo mío eran las hebillas de metal, los botones

de dos agujeros de madera con estampado, los de cuello dorado redondos, los de fantasía y a presión, los ajustadores para cordones. También me encantaban las telas: los crepés, los percales, las popelinas y las cretonas. En esa época soñaba con vestidos de princesa y, por supuesto, con un príncipe azul. Fue Jocelyn*, un buen chico sin caballo blanco ni pelo rubio ni ojos azules, quien me rescató, me hizo dos hijos vivos y una pequeña mortinata, y me partió el corazón al traicionarme y fugarse con los dieciocho millones quinientos cuarenta y siete mil trescientos un euros y veintiocho céntimos que gané al Euromillones; una apuesta de dos euros, una selección aleatoria.

Todo ese dinero hizo que se me fuera la bola de verdad. Durante mucho tiempo escondí el cheque en el fondo de un zapato, porque no sabía si debía cobrarlo o no. Desde luego, Danièle y Françoise me habrían dicho que estaba atontada, que tanto dinero de golpe podría brindarme una vida bonita. Pero a mí mi vida me gustaba tal como era: justa y sencilla. Hermosa. Mi marido me amaba. Sin reservas. Me hacía feliz. Nadine y Román se portaban bien, incluso aunque, no voy a negarlo, a mi hijo le costaba un poco más de la cuenta encontrarse, como dicen los psicólogos.

Las gemelas habrían insistido, ya lo creo: Pero imagina, Jocelyne, imagina. ¿Que imagine qué? Pues todo lo que podrías hacer. Y a mí me daba la risa. Tampoco es que vaya a convertirme en Miss Universo de la noche a la mañana, ni a

* Lo sé. Tenía una probabilidad entre diez millones de dar con un marido que se llamara como yo. Dicho esto, también tenía una probabilidad entre 139 838 160 de ganar al Euromillones, es decir, 0,000000715 %. Y mira tú.

casarme con George Clooney. Uy, no, con ese no, que vive con un cerdo*. Y Miss Universo a lo mejor no, pero puedes acercarte. Una 95C… Todos los hombres se imaginan que tienen las manos grandes. Permitirte una dentadura nueva. Un coach para mantener la línea. Otro para la alimentación. Sí, sí, coaches, susurraba Danièle, con la boquita de piñón, las manos juntas como si estuviera ante el buen Señor; coaches musculosos, jóvenes monísimos que huelen a Brut de Fabergé.

Yo les insistía en que a mí me gustaba mi vida tal como era y ellas se encogían de hombros, desesperadas, y levantaban los ojos al cielo.

—Al menos podrías mimar a tus amigas, en ese caso.

Cuando Jocelyn me robó el dinero y desapareció, mi vida se vino abajo. Y con ella todo aquello en lo que había creído. En particular, la bondad.

Unos años antes había retomado la mercería por mi cuenta y decidí crear un blog: Diezdedosdeoro; escribía sobre el placer del punto de media, el bordado y la costura, y comprendí que ayudaba a las mujeres —algunas se agarraron a los hilos que yo les tendía y no se hundieron—. Así, hebra a hebra, se fue hilvanando, sosteniendo una comunidad importante. Incluso me dedicaron varios artículos en L’Observateur de l’Arrageois y La Voix du Nord.

Al huir, mi marido también mancilló todo esto.

La maldad de los hombres es una mancha sobre papel absorbente que no deja de extenderse.

* Se llama Max y era un cerdo enano vietnamita que pesaba ciento treinta kilos, con el que el actor vivió cerca de dieciocho años. Se dice que, tras su muerte, el hombre quedó desconsolado.

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