

Gerard O’Connell y Elisabetta Piqué el último cónclave
Traducción de Ricardo García Herrero
A
Edwin, Juan Pablo y Carolina.
introducción 11
primera parte adiós al papa francisco
1. El shock. Lunes, 21 de abril 15
2. Se rompe la coraza. Martes, 22 de abril 31
3. Empieza la despedida. Miércoles, 23 de abril 43
4. Un cañón suelto. Jueves, 24 de abril 55
5. El regreso del cartonero. Viernes, 25 de abril 65
6. El papamóvil del adiós. Sábado, 26 de abril 75
segunda parte la búsqueda de un nuevo papa
7. Nuevo sitio de peregrinación. Domingo, 27 de abril 89
8. Habemus fecha. Lunes, 28 de abril 103
9. No es el favorito. Martes, 29 de abril 115
10. Traición. Miércoles, 30 de abril 131
11. Extenuante Día del Trabajador. Jueves, 1 de mayo 143
12. Interferencias externas. Viernes, 2 de mayo 157
13. Contraataque. Sábado, 3 de mayo 177
14. Un día anormal. Domingo, 4 de mayo 189
15. Bajo los radares. Lunes, 5 de mayo 199
16. Ansiedad total. Martes, 6 de mayo 215 tercera parte el cónclave
17. La hora de la verdad. Miércoles, 7 de mayo 233
18. Fumata blanca. Jueves, 8 de mayo 259 cuarta parte un papa misionero
19. El día después. Viernes, 9 de mayo 289
20. Aceptando un yugo. Sábado, 10 de mayo 309
21. ¡Nunca más la guerra! Domingo, 11 de mayo 325
22. Audiencia con los medios. Lunes, 12 de mayo 341
23. @pontifex vuelve. Martes, 13 de mayo 353
24. La paz, una prioridad. Miércoles, 14 de mayo 365
25. Un pasado desconocido. Jueves, 15 de mayo 373
26. Descendiente de migrantes. Viernes, 16 de mayo 385
27. Un estilo distinto. Sábado, 17 de mayo 397
28. Amor y unidad. Domingo, 18 de mayo 409
Siempre supimos que iba a llegar ese momento. Aunque el papa Francisco siempre tenía energía y se mostraba con fuerza pese a la edad y a los achaques que avanzaban, era inexorable. Como él mismo dijo una vez, en una de las decenas de entrevistas que concedió, no era Superman. Y Dios lo llamó en la mañana del 21 de abril de 2025.
En este libro, en forma de diario, contamos el impacto de la muerte del primer Papa latinoamericano y jesuita, no solo a nivel global —entre los mil cuatrocientos millones de católicos del mundo y los cardenales que debían elegir a su sucesor—, sino también en el plano personal, ya que tuvimos el extraordinario privilegio de ser sus amigos durante más de veinticuatro años.
Desde aquel día del shock narramos su apoteósica despedida y vamos reconstruyendo, en medio del vértigo propio de los grandes eventos que cubrimos los periodistas, cómo se fue gestando la elección de León XIV, inesperada para casi todo el mundo. Y para nosotros, la última sorpresa de Francisco. El cónclave de 2025 —un megaevento religioso y espiritual, pero también político— se desarrolló con todos los
Introducción
rasgos de intriga e intensidad propios de las elecciones papales, tanto reales como ficticias. Sintiéndonos de repente parte de un rompecabezas, describimos cómo algunas facciones —los rigoristas, los diplomáticos, los intereses italianos y una combinación de todos ellos— introdujeron maniobras para desafiar la dura aritmética, solo para terminar socavando su propia causa.
Aunque fue una elección cum clave —secreta—, gracias a diversas fuentes pudimos reconstruir cómo se desarrollaron las Congregaciones Generales, las reuniones preparatorias al encierro en la Capilla Sixtina. Y qué sucedió allí dentro, donde en menos de veinticuatro horas, el 8 de mayo, fue electo León XIV: el primer Papa nacido en Estados Unidos pero peruano por adopción, el primer Papa «de los dos mundos», el primer Papa agustino y el primer Papa misionero.
El libro recorre también sus primeros días como el 267.º sucesor de Pedro —hasta su asunción, el 18 de mayo—, que ofrecen las primeras pistas de un pontificado con estilo propio, distinto al de su predecesor en las formas, aunque no en la sustancia.
Escribimos este libro a cuatro manos, lo cual fue un desafío inmenso, sobre todo por ser pareja en la vida real. Pero lo superamos, como podrán ver en las siguientes páginas…
primera parte
adiós al papa francisco
El shock
Lunes, 21 de abril
Gerry me despierta a las 9.48. «¡Betta, el Papa, que murió el Papa!». Eso lo cambia todo, cambia nuestra vida, cambia la historia. Estoy semiparalizada, pero no sorprendida. Ayer, Domingo de Pascua, estaba con Gerry y lo vimos tan mal que nos quedamos preocupadísimos. Cuando hizo la última salida en el papamóvil, nosotros estábamos ahí, en la plaza. Cuando pasó frente a la Sala Stampa, al principio de la Via della Conciliazione, me subí a un macetero y le grité «¡padre Jorge!», como solía llamarlo. Gerry también intentó llamar su atención agitando los brazos, saludando. Pero, a diferencia de los cientos de veces que, en medio de multitudes y en sus viajes por todo el mundo, él, que siempre se conectaba visualmente con la gente, nos veía y nos saludaba, contento de vernos, esta vez no respondió. Acompañado por su secretario personal Juan Cruz Villalón, que en sus últimos meses de enfermedad lo cuidó con una ternura que me impactó, el padre Jorge estaba ido, en otra dimensión, mirando solo hacia delante. Volvimos a la Sala Stampa angustiados, y yo con ganas de echarme a llorar. Ya no era él. «Quizá se estaba despidiendo», comentó en-
seguida Gerry, quien siempre logra captar antes que nadie lo esencial.
Por eso, esa noche del Domingo de Pascua, que pasamos en casa junto a amigos, comiendo el tradicional abbacchio al horno, no fue una cena alegre. Todos, incluso nuestra amiga Eva Fernández, de la cadena de radio española la COPE, estábamos muy preocupados. Habíamos visto muy mal a Francisco. Gerry y yo nos fuimos a dormir con eso en mente. Es más, casi no pudimos pegar ojo en toda la noche, pensando en que no podríamos viajar el martes 22 por la noche, como teníamos previsto, a Buenos Aires, para ir al casamiento de Isabella, mi sobrina, hija de mi hermano Enrico, que tendría lugar el 3 de mayo. ¿Cómo podíamos irnos con el papa Francisco en tan mal estado?
Por eso, cuando Gerry me despierta abruptamente con la noticia menos deseada, aunque me quedo semiparalizada, en shock, en verdad no estoy sorprendida. Lo habíamos presentido. Gerry estaba hablando por teléfono con nuestro amigo Chris Lamb, vaticanista de la CNN, que iba en un taxi de camino al aeropuerto para regresar a Londres, donde vive, después de la Pascua. En el trascurso de esa conversación, la Sala de Prensa de la Santa Sede envió, a las 9.45, un mensaje críptico por Telegram a los periodistas acreditados.
«En breve comenzará una transmisión en directo desde la capilla de Casa Santa Marta. Será posible seguirla en los canales Vatican News y Vatican Media», avisaba.
En esa transmisión —que comenzaron a oír juntos—, el cardenal estadounidense Kevin Farrell, el camarlengo, es decir, la persona que pasa a ser el máximo responsable de la Santa Sede cuando muere o renuncia un Papa, a las 9.47
daba la noticia: «Con profundo dolor tengo que anunciar la muerte de nuestro Santo Padre Francisco. A las 7.35 de esta mañana el obispo de Roma, Francisco, ha regresado a la casa del Padre».
Ni bien Gerry escuchó la voz de Farrell, vino corriendo a despertarme. Me sacó literalmente de la cama. Mando un mail al diario y llamó inmediatamente a Inés Capdevila, una de mis jefas y gran amiga del diario argentino La Nación , del que soy corresponsal desde hace más de veinticinco años. «¡Murió el Papa!». Ella tampoco lo puede creer. Justo se encuentra en Polonia por un viaje y lanza la alarma en Buenos Aires, donde hay cinco horas menos, y está todo preparado: solo falta apretar un botón para que salgan mi necrológica1 y decenas de notas más, todas preparadas desde hace meses y, sobre todo, desde la noche del 22 de febrero, cuando el papa Francisco, internado en el Hospital Universitario Gemelli desde el 14 de febrero, por primera vez estuvo al borde de la muerte debido a una crisis respiratoria aguda, además de necesitar una transfusión de sangre debido a una insuficiencia renal.
Gerry llama de inmediato a dos de los principales editores de la revista America, de la que es corresponsal en el Vaticano, pero no logra comunicarse con ellos porque todavía es de noche en Nueva York. Solo Ashley McKinless, la editora ejecutiva, responde y se queda atónita ante la noticia. Le pide que alerte a los demás editores de la revista y le envía una breve nota anunciando la muerte del Papa, que ella publica rápidamente junto con el obituario2 que Gerry había actualizado cuando el Papa fue internado el 14 de febrero. Unas horas después, Sam Sawyer S. J., editor jefe de America , lo llama para confirmarle que enviarán a siete miembros de su equipo para ayudar a cubrir la transición papal. Le dice que llegarán a Roma el viernes 25 de abril.
Gerry también llama a cardenales de tres continentes con quienes ha entablado amistad para comunicarles la triste noticia; a algunos los despierta.
Intenta contactar, además, con los productores de CTV Canadá, con quienes tiene un contrato para la «transición papal», como sucedió en 2005, cuando murió Juan Pablo II y en 2013, cuando renunció Benedicto XVI. No puede contactar con nadie: es medianoche en Toronto. Más tarde le dicen que enviarán a una reportera —Geneviève Beauchemin, jefa de la oficina de Quebec para CTV National News, con quien trabajó cuando Francisco viajó a Quebec el 29 de julio de 2022 durante su visita a Canadá— y a un camarógrafo. Pero llegarán después, así que le piden estar disponible para hacer salidas en vivo y entrevistas en cualquier momento.
Juan Pablo y Carolina, nuestros hijos de diecinueve y diecisiete años, están durmiendo. En Italia es el tradicional día festivo de la Pasquetta, el Lunes del Ángel (o Lunes de Pascua) posterior al Domingo de Resurrección, una jornada que los jóvenes suelen aprovechar para ir de pícnic a los parques. Gerry despierta primero a Juampy y después a Caro. «Murió el Papa. Ustedes tuvieron la gran suerte de conocer a un gran hombre», les dice, destruido. Para ellos, el papa Francisco también fue siempre «el padre Jorge», un cura abierto, cercano, siempre presente, que solía venir a comer a casa cuando viajaba a Roma, a quien, en tiempos no sospechosos, como nos habíamos caído bien y teníamos buena onda, Gerry y yo le habíamos pedido que bautizara a nuestros hijos, ambos nacidos en Buenos Aires. Él enseguida nos dijo que sí, que encantado. A demanda de Gerry, los bautismos fueron en la iglesia de San Ignacio de Buenos Aires, la iglesia más antigua de la ciudad, una copia de la iglesia del Gesú de los jesuitas en Roma. El padre Jorge bau-
tizó primero a Juan Pablo, en 2005, y después a Carolina, en 2007. A cada uno le regaló una medallita con la Virgen de Luján, grabada con la fecha del bautismo y sus iniciales «JMB». En los últimos tiempos, a los chicos los llamaba «los okupas», riendo, porque le habíamos contado que participaban activamente en las ocupaciones de su instituto, el Liceo Classico Visconti, el más antiguo de Roma. Con esa apertura y juventud mental de siempre, pese a sus ochenta y ocho años, en vez de escandalizarse, el padre Jorge aprobaba: «Si no ocupan el colegio y protestan ahora, ¿cuándo?», comentaba. Y a mí me llamaba la mamá «de los revolucionarios».
Mi teléfono estalla por los cientos de mensajes de WhatsApp. Después de las decenas de fake news a raíz de las últimas semanas que el papa Francisco pasó internado y luego convaleciente, todos quieren saber si es verdad que el Papa ha muerto. «Dice EFE que el Papa ha muerto, ¿es verdad?», me preguntan desde España mis amigos, la monja sor Lucía Caram y Juan Carlos Cruz. Sí, contestamos Gerry y yo. De hecho, nuestra amiga Cristina Cabrejas fue la que hizo el scoop de la muerte de Francisco y estoy feliz por ella, porque les ganó por la mano a todas las demás agencias internacionales. Cristina es la vaticanista de la agencia española EFE, una mujer excepcional que acaba de perder demasiado pronto a su fantástico marido, el excelente fotógrafo Antonello Nusca, por un cáncer fulminante. Antonello siempre trabajaba con Gerry y conmigo en nuestras entrevistas con Francisco.
También nuestra amiga Annalisa Bilotta, doctora del hospital internacional Salvator Mundi de Roma —que tanto nos ayudó en las últimas semanas a interpretar los escue-
tos partes médicos que difundía el Vaticano sobre Francisco—, nos manda un WhatsApp para preguntar si es verdad que ha muerto el Papa. Sí. «Sucedió como lo predije: podría suceder en cualquier momento y así fue», comenta, siempre muy profesional.
Mi teléfono estalla también porque tengo centenares de peticiones de entrevistas. Pero hace más de un mes firmé un contrato de exclusividad con CNN como contributor y analista, salvo con LN+, el canal de televisión del diario La Nación. Es lógico, todos quieren hablar con la periodista argentina amiga del Papa, biógrafa de este, que lo conoció desde mucho antes de que fuera nombrado Papa —lo conocí en 2001, ¡hace más de veinticuatro años!— y con quien estuvo en contacto hasta el final.
Me llegan centenares de mensajes de pésame. «Lo siento, Betta, sé que lo querías mucho». «Un abrazo, me imagino cómo te sentís». «Fuerza, Betta, debe ser muy duro para vos». «Comparto contigo la pena por la partida de nuestro querido Francisco». «Te mando un beso grande, Betta, al margen de lo periodístico». «Lamento la pérdida, sé que el Papa significaba mucho para vos».
Ni siquiera cuando se murió mi padre recibí tantos mensajes, pienso.
Arde también el teléfono de Gerry. Recibe mensajes de condolencias y llamadas telefónicas, primero de Edwin, su hijo mayor, que está en Bruselas, y de su hermana Fidelma, en Ladispoli, en las afueras de Roma. Además, tiene un tsunami de solicitudes de entrevistas, no solo de CTV, sino también de varios canales de televisión y radio: la BBC, Al Jazeera, ITV, Channel 4, Sky TV, cadenas de televisión y radio australianas e irlandesas, y varios canales de televisión estadounidenses, demasiadas para poder manejarlo. Afortunadamente, Lisa Manico, la encargada de medios de
America Magazine, ayuda a filtrar todo ese enjambre de peticiones.
En medio de la locura, aún en camisón, mandó unas líneas al diario3 y luego me voy a duchar rápidamente. Una productora de CNN me dijo que fuera a la oficina de Via di Col di Lana. Me preparo y tomo la mochila, cargada con portátil, trípode, palo-selfie, maquillaje y cepillo. Va a ser un día largo.
Tomo un taxi y sigue la catarata de mensajes de WhatsApp. Llego a la Oficina de la CNN, a la que no iba desde el cónclave de 2005, posterior a la muerte de Juan Pablo II, cuando tenía un contrato con la CNN, pero en español esa vez. Es el caos. Nadie sabe ni la hora a la que tengo que salir, ni yo sé quién es la productora que me pidió que fuera. Están los corresponsales «romanos», Ben Wedeman y Barbie Latza Nadeau, que piden disculpas por el descontrol. También llega Elise Allen, la mujer de nuestro amigo John Allen, de Crux , contratada también como contributor , como yo, junto a su hermana, que justo está de visita en Roma. Pero lo mejor es que, en medio de toda esa confusión, también llega Juampy. Está en su primer año de estudios universitarios de PPE (Politics, Philosophy and Economics), habla perfecto italiano, español e inglés, y cuando Chris Lamb nos comentó hace unos meses que estaban buscando a alguien para que hiciera unas prácticas, se lo presentamos… Empezó a trabajar con ellos justo hace una semana. ¡Qué locura, pensar que hace veinte años, durante el cónclave de 2005, estaba embarazada de Juan Pablo!
Decido irme al Vaticano, donde está la noticia y donde nos encontraremos con Gerry, que ya ha sido bombardeado con decenas de entrevistas que le han solicitado colegas de radios, televisiones, diarios y demás. Tomo otro taxi para
ir hasta allí y el chofer refleja el clima de luto que de repente ha invadido Roma. «Francisco combatió todo lo que había que combatir, lamento que se haya ido», comenta. Me deja cerca de la Via della Conciliazione, donde ya han puesto vallas y han redoblado la presencia policial porque son muchos los que, tras conocer la triste noticia, quieren acercarse para rezar, para estar, para demostrar su dolor por la partida de ese hombre tan cercano llegado desde el fin del mundo.
Lo más impresionante es el tañido de las seis inmensas campanas de la basílica de San Pedro para señalar su muerte. Hago un pequeño vídeo y lo tuiteo. Ha comenzado lo que técnicamente se llama la «sede vacante», ese vacío de poder que se abre en el Vaticano cuando un Papa muere o renuncia. El cardenal camarlengo se vuelve el virtual director técnico de la transición, marcada por las llamadas «congregaciones generales», es decir, las reuniones de cardenales que comenzarán mañana, en las que se decidirán los pasos a seguir y, sobre todo, la fecha del cónclave que deberá elegir al sucesor de Francisco.
Cuando llego a la Sala Stampa, el ambiente es de luto. Muchos colegas vienen a abrazarme. No me quiebro con nadie. A todos les comento que ya el domingo Gerry y yo nos habíamos dado cuenta de que Francisco estaba muy mal. Y, a fin de cuentas, es mejor que se haya ido así, de un día para otro, después de despedirse de forma apoteósica de su gente desde el papamóvil, evitando un final como el de Juan Pablo II, que estuvo mal y evidentemente ausente, manejado por otros, durante varios años.
Como Juan Pablo II, sin embargo, Francisco peleó hasta el final para estar con su gente. Y se fue «a la casa del padre» seguramente en paz, con las botas puestas, como siempre quiso. Después de haberlo dado todo por su grey
en una Semana Santa que representó un verdadero calvario para él.
Según coinciden diversas fuentes, el papa Francisco se había despertado a las 6 de la mañana «razonablemente bien».4 Pero media hora más tarde, tuvo el derrame cerebral que le provocó la muerte 35 minutos después.
Su físico, que había aguantado una agenda frenética en los últimos años, ya no era el mismo. Se encontraba totalmente debilitado después de su cuarta y última internación en el Gemelli, el hospital de los papas, del que había salido el 23 de marzo como otra persona. Aunque con el espíritu indómito que le caracterizaba había levantado el pulgar para indicar que estaba todo bien, no estaba para nada recuperado y quizá intuía que iba a volver a su casa de Santa Marta para intentar recuperarse, sí, pero tal vez también para morir si esa era la voluntad de Dios.
Es verdad que, gracias a su determinación de seguir adelante y a los ejercicios de fisioterapia respiratoria y motriz, en las últimas tres semanas había tenido «leves» mejorías.
De hecho, había retomado algunas actividades de trabajo de forma limitada, pero ya no era el mismo. No estaba bien, como había podido verse en las imágenes de sus últimas salidas de su casa de Santa Marta para estar presente en una Semana Santa en la que lo había dado todo. Estaba más delgado, pero con el rostro hinchado, casi deformado, con el mentón rígido, algo que le impedía sonreír, aunque la cabeza seguía totalmente lúcida.
«¿Cómo está viviendo esta Pascua?», le había preguntado la periodista italiana Cristiana Caricato, de TV 2000, al salir de la cárcel de Regina Coeli el Jueves Santo (17 de
abril), donde, aunque no pudo hacer el tradicional lavado de pies, había querido estar con un grupo de detenidos para recordarles que Dios lo perdona todo y que no estaban solos.
«Vivo esta Pascua como puedo», contestó con gran esfuerzo y dificultad en el habla el papa Francisco, posiblemente percibiendo ya que Dios comenzaba a llamarlo: empezaba a ser una misión imposible poder comunicar el Evangelio, no solo mediante la palabra, sino sobre todo de forma más concreta, con los actos.
Aunque los médicos le habían prescrito una convalecencia de al menos dos meses y reposo absoluto, Francisco, un poco más obediente en los últimos tiempos, no pudo ni quiso hacerles caso. El Papa de la gente, del pueblo, quiso su final con el pueblo.
Por eso el domingo, después de saludar durante dos minutos al vicepresidente de Estados Unidos, J. D. Vance, en Santa Marta —cuando era ya evidente que no estaba bien, según las imágenes difundidas del encuentro—, hizo un gran esfuerzo final, su último desgaste.
A las 12.02, en medio de un silencio sobrecogedor en la plaza de San Pedro, apareció por última vez, en su silla de ruedas, en ese mismo balcón central desde el que había sorprendido al mundo la tarde del 13 de marzo de 2013. Entonces su cuerpo y, sobre todo, su rostro aparecieron, de nuevo, como el día que salió del Gemelli, como un símbolo del sufrimiento. No había sonrisa, el rostro rígido, la mirada de un hombre, ahora lo sabemos, que estaba haciendo un esfuerzo final titánico. Se veía que no estaba bien, y un reflejo de ello fue que tuvo que leer las que serán recordadas como sus últimas palabras en público: «Queridos hermanos y hermanas, ¡Feliz Pascua!». Francisco, un Papa que habíamos conocido como el mago de la comunicación, había tenido que leer en una hoja ese simple saludo. No es-
taba bien. Pese a eso, después de que un colaborador leyera su mensaje pascual —otro llamamiento a la paz en un mundo enloquecido y en favor de los últimos y descartados—, logró impartir, siempre con enorme dificultad, la bendición Urbi et Orbi, a la ciudad y al mundo. Decidido a despedirse y darlo todo, sorprendió a todos al subirse luego al papamóvil, desafiando las corrientes de aire y dando esa última vuelta marcada, otra vez, por lo que luego todos nos dimos cuenta de que era su despedida final. Las cámaras del Vaticano que filmaban ese último recorrido ante 35.000 personas, que lo vitoreaban con sus celulares en mano, lo enfocaban desde atrás para evitar que se viera ese rostro sufriente. Quienes logramos verlo de frente, intentando mover sus manos, pero sin buscar ningún contacto visual y con el rostro serio, comenzamos a entender que era su despedida. Una despedida que incluyó una parada del papamóvil para bendecir a un niño, sí, dándolo todo hasta el final. «Murió con olor a oveja», resumió un cardenal amigo, jesuita como él.
El vértigo no cede. Desde las cancillerías de todo el mundo llegan mensajes de pésame con unánimes elogios a la figura del papa Francisco.
Es difícil concentrarme y escribir en la Sala Stampa, que es tomada por asalto por centenares de periodistas que empiezan a llegar desde todos los rincones del planeta. Muchos me interrumpen para saludarme, darme un abrazo o pedirme un comentario. Trato de ser gentil con todos. Hace calor. No entiendo por qué no ponen el aire acondicionado.
Le escribo por WhatsApp a mi sobrina Isa, Isabella, para avisarle, con inmenso dolor, que vamos a tener que cancelar el viaje para ir a su casamiento. Le explico que pron-
to tendrán lugar el funeral y el cónclave, que, por supuesto, tenemos que cubrir, que lo sentimos un montón, pero es el destino.
También contacto, en medio de la vorágine, a Ulderico, de la agencia de viajes, para ver cómo hago para cambiar los billetes —comprados en agosto del año pasado por una fortuna— y que, como suele ocurrir porque los de las líneas aéreas son unos ladrones, voy a perder.
Mi amiga de toda la vida, Irene Hernández Velasco, excorresponsal de El Mundo y mamá de Manuel, uno de los mejores amigos de Juan Pablo —crecieron juntos y fueron al mismo jardín de infancia cuando nosotras aprendíamos a ser madres, una tarea de la que no teníamos ni idea—, ha llegado a Roma. Está trabajando para el sitio online de El Confidencial y se ha alojado en casa de nuestro amigo común, Ernesto, crítico de cine y amigo de Cristina Taquini, que hoy justo cumple años. Anoche no pude darle a Cristina su regalo porque me lo olvidé en casa. Con Irene cubrimos juntas el cónclave de 2013. Como es más fácil pedir entrevistas juntos, la idea es volver a juntar al dream team, con Gerry por supuesto, el único vaticanista que la vez pasada intuyó que la gran sorpresa iba a ser Jorge Bergoglio.
Escribo para el diario, hago salidas para la CNN y para LN+ hasta entrada la noche, al igual que Gerry con sus medios. Cuando me hacen preguntas personales, sobre cómo estoy viviendo todo el asunto, no me quiebro. Contesto que llevo puesta la coraza, la misma que suelo ponerme en mis coberturas de guerra.
La Santa Sede informa por la noche sobre las causas de la muerte de Jorge Mario Bergoglio, nacido en Buenos Aires
(Argentina) el 17 de diciembre de 1936, residente en la Ciudad del Vaticano. Murió por un ictus cerebral (accidente cerebrovascular, ACV), coma y un colapso cardiocirculatorio irreversible, dice un documento firmado por el profesor Andrea Arcangeli, director de la Dirección de Sanidad e Higiene del Vaticano. El documento certifica también lo deteriorado que estaba su cuerpo: «Era un sujeto ya afectado por varios episodios de insuficiencia respiratoria aguda por neumonía bilateral multimicrobiana, con bronquiectasias múltiples, hipertensión arterial y diabetes tipo II».
La Sala de Prensa también difunde el testamento del papa Francisco,5 que confirma que él sabía desde hacía tiempo, más de dos años, que estaba llegando su fin, para el que se estaba preparando meticulosamente.
En el nombre de la Santísima Trinidad. Amén. Sintiendo que se acerca el ocaso de mi vida terrenal y con viva esperanza en la Vida Eterna, deseo expresar mi voluntad testamentaria únicamente en lo que se refiere al lugar de mi sepultura.
Siempre he confiado mi vida y mi ministerio sacerdotal y episcopal a la Madre de Nuestro Señor, María Santísima. Por eso, pido que mis restos mortales descansen esperando el día de la resurrección en la basílica papal de Santa María la Mayor.
Deseo que mi último viaje terrenal concluya precisamente en este antiquísimo santuario mariano, al que acudía para rezar al comienzo y al final de cada viaje apostólico, para encomendar con confianza mis intenciones a la Madre Inmaculada y darle las gracias por su dócil y maternal cuidado. Pido que mi tumba sea preparada en el nicho de la nave lateral entre la Capilla Paulina (Capilla de la Salus Populi Romani) y la Capilla Sforza de la citada basílica papal, como se indica en el anexo adjunto.
El sepulcro debe estar en la tierra; sencillo, sin decoraciones especiales y con la única inscripción: Franciscus.
Que el Señor dé la merecida recompensa a quienes me han querido y seguirán rezando por mí. El sufrimiento que se ha hecho presente en la última parte de mi vida lo ofrecí al Señor por la paz en el mundo y la fraternidad entre los pueblos.
Santa Marta, 29 de junio de 2022
Según la constitución apostólica Universi Dominci Gregis, 6 sobre la sede vacante y la elección del romano Pontífice, cuando este fallece (o dimite), «el gobierno de la Iglesia queda confiado al Colegio de los Cardenales solamente para el despacho de los asuntos ordinarios o de los inaplazables, y para la preparación de todo lo necesario para la elección del nuevo Pontífice».
Durante ese mismo período, el jefe provisional del Estado de la Ciudad del Vaticano es el cardenal camarlengo. Según la Constitución que rige la Curia Romana, al fallecer el Papa, todos los jefes de los dicasterios de la Curia Romana, incluido el cardenal secretario de Estado, cesan automáticamente en sus cargos.
Cuando la sede está vacante, los secretarios, incluido el sustituto de la Secretaría de Estado, se encargan del gobierno ordinario de las instituciones curiales, ocupándose únicamente de los asuntos ordinarios.
En el marco de estas normas, el cardenal Giovanni Battista Re, de noventa y un años, decano del Colegio Cardenalicio, envía una carta por correo electrónico a todos los cardenales para informarles del fallecimiento del Papa e invitarlos a la primera reunión de las congregaciones generales, es decir, la asamblea plenaria de todos los cardenales, tanto electores (menores de ochenta años), como no electores (mayores de ochenta años), a las 9 de mañana, el día 22 de abril.
Un día después, el cardenal chino Joseph Zen, de noventa y tres años, arzobispo emérito de Hong Kong, criticará duramente esta decisión. «¿Cómo se supone que los ancianos de las periferias llegaremos a tiempo?» Pero la verdad es que el cardenal Farrell, el camarlengo y quien tiene el poder de decisión, ha cumplido con la Constitución al convocar la primera congregación general lo antes posible: son muchos los asuntos que hay que decidir, incluida la fecha del funeral.
Casi no como durante todo el día. No tengo ni tiempo ni hambre. Avisan que cierran la Sala Stampa a las 22.30, pero quedé en hacer una última conexión a las 22.10. Cuando vuelvo a la Sala de Prensa después de la salida, ya lo han cerrado todo y me desespero porque todas mis cosas, mi mochila, mi portátil, se han quedado dentro. Hay un sintecho sentado en los escalones de la entrada que me aconseja tocar el timbre. Lo hago y por suerte aparece alguien que me abre. Recupero mis cosas. Increíble: ya no están ni la funda del portátil ni el estuche del trípode, y nunca más aparecerán… Pregunto a los uscieri y nadie ha encontrado nada… Por suerte, la billetera está, e intacta. Desde la llegada de Francisco al trono de Pedro, muchos indigentes acampan de noche en el Vaticano, frente a la Sala Stampa y debajo de las columnatas de Bernini. ¿Cambiará algo para ellos ahora que Francisco ha muerto?
Le hago esa misma pregunta a ese sin techo, de barba larga y extranjero, el que me aconsejó tocar el timbre, que reacciona mal. Furioso, me quita el teléfono, mi principal instrumento de trabajo. Atónita, forcejeo con él hasta recuperarlo. Una colega brasileña que justo está ahí y ve la escena me dice que ese señor no está bien, que es mejor que nos vayamos.
Ya es noche oscura, no hay nadie, y el silencio solo se rompe por el graznido de las gaviotas. Vuelvo a pie a casa. Necesito caminar, oxigenarme la cabeza. Al llegar me encuentro a Caro, que ha quedado abandonada todo el día, y a Gerry y a Juampy, que también han vuelto ya.
Agotados, con un gran vacío y muchos recuerdos aún al rojo vivo, cenamos tardísimo, después de medianoche. Juampy prepara un spaghetto aglio olio peperoncino —un clásico muy simple, con aceite de oliva, ajo picado y pimiento rojo picante—, que acompañamos con una necesaria botella de vino blanco. Brindamos por el papa Francisco, como él seguramente hubiera querido: «¡Adelante! ¡No hay que perder el humor!», hubiera dicho…
Nos vamos a dormir, exhaustos. Con la tristeza de que ha acabado una etapa de 12 años y 39 días muy intensos, en los que fuimos testigos privilegiados de la historia, amigos de un Papa revolucionario que siempre nos acompañó y que siempre estuvo presente, hasta el final. Y con la adrenalina de saber que nos esperan días y semanas de enorme trabajo, de mucho vértigo, de emociones fuertes y de suspense: ¿a quién elegirán como su sucesor?
