

alejandro en el fin del mundo
Título original: Alexander at the End of the World
© del texto: Rachel Kousser, 2024
© de la traducción: Ricardo García Herrero, 2025
© de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L.
Primera edición: octubre de 2025
ISBN: 978-84-10313-96-5
Depósito legal: B 15788-2025
Diseño de cubierta: Anna Juvé
Maquetación: El Taller del Llibre
Impresión y encuadernación: CPI Black Print
Impreso en Sant Andreu de la Barca
Este libro está hecho con papel proveniente de Suecia, el país con la legislación más avanzada del mundo en materia de gestión forestal. Es un papel con certificación ecológica, rastreable y de pasta mecánica. Si te interesa la ecología, visita arpaeditores.com/pages/sostenibilidad para saber más.
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Rachel Kousser alejandro en el fin del mundo
Traducción de Ricardo García Herrero
Este libro está dedicado a Ilyon Woo.
1. una ciudad en llamas
2. la caza del gran rey
3. viejas amistades, nuevas vestiduras
4. amantes y conspiradores
5. un duelo épico
6. a través del hindu kush
7. combatiendo a la hidra
8. asesinato en la fiesta
9. tres banquetes y una conspiración
10. tras las huellas de los dioses
11. cómo luchar contra un elefante
12. un monzón y un motín
13. el fin del mundo
14. el país de los comedores de peces
OCÉANO
U R O P A E S C I TIA
MarNegro
Tebas
Siracusa
Cartago

Mar Caspio
Mileto
Atenas
Mediterráneo
Menfis
Mapa del mundo tal como lo imaginaron los griegos de la época de Alejandro
Babilonia
Susa
prólogo
el dilema de alejandro
Seguían los perseguidores el rastro de su presa aquel verano tórrido del año 330 a. C., cruzando los escarpados pasos de montaña del noreste iraní.1 Tan rápido avanzaban que iban dejando tras de sí un paisaje salpicado de cuerpos, ya fueran hombres exhaustos o caballos moribundos.2 Pero finalmente, Alejandro, aquel joven, ambicioso y —nadie lo hubiera anticipado— triunfal soberano del naciente reino de Macedonia, terminó por llegar hasta su adversario, Darío III, gran rey de Persia.
El argéada llevaba los cuatro años anteriores combatiéndolo a lo largo y ancho de los territorios que conformaban el enorme y próspero imperio de su rival. A sus veintidós años, y aunque con un ejército muy inferior 3 al del gobernante persa, se había atrevido a desafiar a quien era un experimentado héroe militar y líder de la potencia hegemónica de su tiempo.4 Para cuando dio alcance al aqueménida, ya lo había derrotado antes en dos grandes batallas, aceptado el vasallaje de sus súbditos más importantes, vaciado de riquezas sus arcas y tomada la familia real como rehén. Un Alejandro ya legendario había recorrido miles de kilómetros desde su tierra natal en la península de los Balcanes a través
de Europa, Asia y África, un viaje emocionante pero agotador que lo había llevado más lejos, siempre más lejos, de ningún otro punto alcanzado antes por un ejército macedonio.
Alejandro ya casi podía entrever, llegados a aquel verano de 330 a. C., la batalla postrera que acabaría con el gran rey. Sin embargo, llegó demasiado tarde para encontrarse cara a cara con Darío. En su lugar, sobre un carro abandonado5 y cubierto por mugrientas pieles de animales, se encontró a su rival atado con cadenas doradas y muerto a puñaladas por sus asesinos.6 Generoso en la victoria, el macedonio cubrió el cadáver mutilado y dispuso sus exequias.7 Acababa de convertirse en rey del imperio más poderoso que hubiera conocido el mundo antiguo.
Había vencido. Contra todo pronóstico y de manera concluyente. ¿Qué haría entonces? Sus soldados habían dado vivas y derramado lágrimas8 de júbilo ante la noticia de la muerte del enemigo. Para ellos, esto solo podía significar que su rey los iba a conducir de vuelta a la patria. Los biógrafos antiguos y no pocos especialistas modernos concluyen que debería haberlo hecho. Y sin embargo, él tomó una decisión distinta: desdeñando un regreso triunfal a Macedonia, decidió seguir camino hacia el oriente. Quería llegar a los confines de la tierra, contemplar aquel Océano9 que —creía él— los rodeaba. Ambicionaba conquistar el mundo conocido.
Con esta elección, al perseguir sus ensoñaciones de conquista universal, Alejandro iniciaba lo que acabaría siendo, por espacio de siete años, una odisea peligrosa, fascinante, transcendental y, por momentos, desastrosa. Su periplo lo llevaría mucho más allá de las fronteras del mundo clásico, que tras él quedarían alteradas de manera irreversible. En aquellas nuevas geografías, desde la árida estepa centroasiática hasta los fértiles valles fluviales de Pakistán, encontraría guerreros escitas de vida nómada y desnudos anacoretas indios, afrontaría batallas enormes y conspiraciones peque-
ñas aunque peligrosas, perdería un ejército y encontraría un nuevo hogar. A su muerte en Babilonia a los treinta y dos años, el macedonio había logrado el mayor imperio de la historia creado en vida, solo superado por el de Gengis Kan.10
La elección que Alejandro estaba haciendo en estos momentos engendraría unas repercusiones históricas de ámbito planetario tan destructivas como transformadoras, que siguen resonando hasta nuestros días.
Aquella decisión de encarar el oriente ha desconcertado y exasperado a sus biógrafos,11 al igual que muchas otras decisiones tomadas en sus últimos años. Una y otra vez, Alejandro tuvo la oportunidad de dar marcha atrás, de tomar el camino fácil y volver a casa. Nunca lo quiso. Para algunos, se trata de la actitud propia de un megalómano desquiciado; para otros, de un visionario. La verdad resulta un poco más compleja.
Durante su trabajosa marcha hacia el este, el rey macedonio dejó de ser el conquistador joven e invencible que la leyenda popular quería para convertirse en un hombre pragmático, oportunista y maduro, a menudo escasamente ortodoxo y por momentos bien poco heroico. Durante aquellos sus últimos años conoció la derrota tanto como la victoria: se enfrentó a una guerra de guerrillas aparentemente intratable y a dos grandes revueltas del ejército; se casó (tres veces, pues los reyes macedonios eran polígamos); sobrevivió, a duras penas, a un flechazo que le fue directo al cuello, a varios intentos de asesinato y a otra herida más, esta muy profunda, en el pecho; y enterró a su amigo más cercano. A los ojos de numerosos observadores (y quizá también a los suyos), esos últimos años fueron de derrotas, y sus naufragios, como sus victorias, resultaron inmensos. Los historiadores pasan de puntillas por aquellos años12 o destacan apenas algunos incidentes escabrosos.13 Pero hay mucho más que contar.
Los últimos tiempos del conquistador no fueron solamente el sórdido epílogo de una carrera antaño impresionante; de hecho, gracias a ellos Alejandro fue Magno . Es cierto que experimentó fracasos. Enormes y reiterados. Pero no es menos cierto que respondió ante ellos con valentía, resiliencia y la flexibilidad de una mente abierta extremadamente poco común en su época o en cualquier otra. Aprendió, sin prisa pero sin pausa que, aun teniendo el mejor ejército del mundo, los generales más brillantes y un presupuesto militar sin igual, no podía resolver sus problemas solo con la fuerza. Bien al contrario, tuvo que llegar a compromisos, e integrarlos y vivir con soluciones imperfectas, de modo que en el imperio por él creado los conquistados fueran parte activa igual que los conquistadores. En esencia, Alejandro solo se hizo grande en esos años postreros escasamente valorados, justo cuando su dominio sufrió los mayores contratiempos.
Así que su trayectoria no es, como tantas otras, la de un líder carismático que transforma el curso de los imperios y de la historia. Aquí se trata más bien de cómo el imperio lo cambió a él. Porque al enfrentarse a sublevaciones externas, conspiraciones internas, protestas y un entorno natural tan feroz como implacable, aprendió a pensar, a luchar y a amar de manera diferente. En ese crisol forjó su legado: un mundo helenístico integrado e interconectado de manera global.
El de Alejandro no fue el primer imperio universal del mundo antiguo, pero sí, con mucho, el más ambicioso e integrado en los años anteriores a la dominación romana. Fue una creación inesperada, quizá incluso para el propio gran conquistador. Formada a partir de la amalgama del Imperio persa con las ambiciosas (pero siempre en disputa) ciudades-Estado griegas y el reino de Macedonia (su tierra natal), pocos habrían predicho que fuera a ser este último quien estuviera al mando.
En los años que precedieron a las conquistas alejandrinas, Persia era un dominio inmenso, poderoso y por momentos vulnerable.14 Bajo sus primeros reyes se había expandido rápidamente desde su centro, en el actual Irán, hacia el oriente hasta Pakistán, hacia el occidente hasta Turquía y por el sur hasta Egipto. Para la época de Alejandro, los reyes persas habían gobernado aquel enorme territorio con diplomacia y una eficacia impresionante por espacio de casi tres siglos. Eran capaces de reclutar un ejército de cien mil hombres 15 con una sola orden real y enviar una carta desde la frontera occidental hasta el corazón del territorio en doce días (los viajeros normales tardaban tres meses).16 Y a pesar del extraordinario poder de los gobernantes aqueménidas, resulta sorprendente las pocas revueltas que hubieron de afrontar, y aún menos desafíos a su dominio. En el siglo iv a. C., sin embargo, sufrieron luchas intestinas por el poder17 —debido a su costumbre de mantener un gran harén, siempre había demasiados hermanastros compitiendo por el trono—, así como amenazas externas ocasionales. La mayor de ellas procedía de Grecia.
En tiempos de Alejandro, las ciudades-Estado griegas mantenían una relación con Persia tan larga como difícil. A principios del siglo v llevaban ya provocadas —primero— y rechazadas —después— dos invasiones persas. Fueron para los griegos luchas existenciales que cimentaron su identidad cultural18 como Estados independientes, duros y amantes de la libertad, lo contrario de los corruptos y ostentosos habitantes de un imperio despótico. Claro que, desde el punto de vista persa, aquellas contiendas tenían un aspecto muy distinto, escaramuzas menores en las remotas marcas occidentales.19 Para unos y para otros, aquellos conflictos fueron seguidos de un siglo y medio de relativa paz, complicada por la tendencia de los griegos a alistarse como mercenarios en las luchas de poder persas20 —con frecuencia en ambos ban-
dos— y de los soberanos de ese imperio a utilizar su abundante oro21 para debilitar las ciudades-Estado griegas dominantes y en cambio empoderar a sus enemigos. Dado que las polis griegas no constituían una nación unificada, sino numerosas ciudades pequeñas y enfrentadas, los persas tuvieron frecuentes oportunidades de hacerlo. Aun así, los griegos eran soldados formidables: siempre existía el peligro de que dejaran de lado sus rencillas el tiempo suficiente para amenazar a Persia. Resulta una ironía de la historia que lo hicieran solo después de haber perdido su independencia en favor de Macedonia.
Y si los griegos siempre se habían concebido a sí mismos como opuestos a Persia, por lo que respecta a Macedonia la atención prestada había sido escasa y no exenta de desdén. El padre de Alejandro, Filipo II, fue el caudillo militar más eficaz de su época, capaz de duplicar el tamaño de sus territorios22 durante los veintitrés años que duró su reinado. Aun así, el orador ateniense Demóstenes se burlaba de él diciendo que «ni siquiera era un bárbaro de un lugar del que se pudiera hablar bien, sino una peste de Macedonia, donde todavía no era posible comprar un buen esclavo»,23 un insulto gravísimo a ojos griegos. Con todo, a medida que Filipo acrecentaba su poder, empezó a atraerse la atención de los otros helenos y la mirada suspicaz de los persas. Lo hizo creando el ejército más potente 24 del mundo antiguo (una combinación de una infantería numerosa y fuertemente armada con una caballería más pequeña, pero muy bien entrenada), que desplegó de manera selectiva, en combinación con la diplomacia y el engaño, contra sus oponentes griegos. Una vez que Filipo hubo aniquilado definitivamente a sus últimos adversarios griegos en la batalla de Queronea (338 a. C.), dirigió su mirada hacia Persia. Envió una avanzadilla de diez mil soldados25 al mando de su general Parmenión a través del Helesponto —la delgada franja de mar que separa Euro-
pa de Asia en la frontera occidental del Imperio persa—, pero fue asesinado antes de que pudiera reunirse con ellos. Dejó su ejército y sus sueños de conquista en manos de Alejandro, de veinte años de edad.
El legado de Filipo resultaba una carga desmesurada en las espaldas de un muchacho apenas salido de la adolescencia, pero Alejandro estaba listo para asumirlo. De baja estatura pero complexión fuerte, con grandes ojos castaños26 y un pelo largo hasta la barbilla y coquetamente revuelto, era decidido, atrevido en el plano físico y acostumbrado a mandar. Se había criado en el ambiente tenso y combativo de la corte de su padre, con sus constantes luchas por el poder entre los distintos oficiales de alto rango y las ambiciosas esposas reales (Filipo llegó a tener siete).27 Allí fue educado desde una edad temprana en el liderazgo y la intriga. También aprendió filosofía de Aristóteles28 y estrategia militar de su padre, un magnífico general. La formación recibida se hizo patente desde los primeros años de su reinado, cuando tuvo que enfrentarse con determinación y eficacia a las amenazas cercanas.29 Los griegos fueron los primeros, aunque no los últimos, en pagar un alto precio por subestimar al joven monarca. Alejandro invadió entonces Persia en 334 a. C.: en una serie de campañas extraordinariamente rápidas y brillantemente ejecutadas30 por todo Oriente Próximo, logró subyugar la mitad occidental del Imperio persa en poco más de tres años.
Para cuando Alejandro alcanzó a Darío en las tierras que hoy son el noreste iraní, ya había cumplido los sueños de su padre y muchos más. En aquel punto podría haberse detenido, para dedicarse a gobernar las inmensas posesiones que ahora eran suyas desde el trono del gran rey en Persépolis, o bien optar por un regreso a Macedonia con un botín descomunal. En cambio, siguió hacia el este. Si hubiera sabido lo que le esperaba, incluso Alejandro habría vacilado.
Atrás quedaban sus primeras, cómodas victorias: durante los siguientes años en Asia Central y el subcontinente indio habría de enfrentarse a retos notablemente más dificultosos planteados por sus nuevos enemigos, por el terreno inhóspito donde se desarrollarían las luchas y, aún más peligroso, por el comportamiento en ocasiones desleal de sus propios hombres.
Pero además, Alejandro se enfrentó igualmente a los retos que planteaban unos éxitos tempranos, rápidos y sin precedentes. Había conquistado un territorio que se extendía por tres continentes y unido bajo un solo liderazgo lo que hoy son las naciones-Estado de Grecia, Albania, Turquía, Armenia, Siria, Líbano, Israel, Palestina, Jordania, Irak, Irán, Turkmenistán, Afganistán, Uzbekistán, Tayikistán, Pakistán y Egipto. No disponía ni del ejército ni de la estructura administrativa31 necesarios para controlar con eficacia semejante extensión, descomunal y heterogénea, y cuanto más agrandaba su imperio, más evidentes se hacían esas carencias de personal. Por añadidura, los habitantes mayoritarios en el imperio alejandrino no eran fácilmente compatibles: persas, griegos y macedonios profesaban religiones dispares, se regían por sistemas políticos radicalmente opuestos y llevaban siglos enfrentados.
El argéada consiguió superar estos desafíos, pero su triunfo no fue sencillo ni fácil. Por el contrario, fue un proceso lento y titubeante de estancamiento, prueba, error y nueva prueba, a medida que se iba abriendo camino trabajosamente hacia el imperio mundial integrado que acabaría por crear. La historia de cómo lo logró, fascinante por derecho propio, es la saga de un hombre que ha de enfrentarse a un mundo bastante más complejo que el que lo vio nacer. Y sus ecos nos interpelan todavía, pues Alejandro tuvo que dar respuesta a no pocas preguntas: ¿cómo transformar el éxito militar en un gobierno eficaz y estable? ¿Cómo integrar a los nue-
vos pueblos en el Estado sin alienar a quienes eran ya habitantes de larga data? ¿Y cómo mitigar —para los conquistados, para el ejército y para quienes quedaban en los frentes interiores— los horribles costes de la guerra? Durante sus últimos años, Alejandro se encontró una y otra vez con estos desafíos e intentó resolverlos. Y fracasó y de nuevo intentó hallarles solución, una historia si cabe más relevante teniendo en cuenta su contexto histórico: el primer imperio europeo en Oriente Próximo.
La historia de Alejandro Magno se ha venido contando tradicionalmente a partir de los relatos de autores clásicos, y estos eran, en su mayoría, personas influyentes que escribían sobre el gobernante más famoso de la Antigüedad para aristócratas grecorromanos como ellos mismos.32 Por el contrario, son escasos los persas que dejaron constancia de sus impresiones sobre el imperio alejandrino, y sus relatos se han conservado apenas fragmentariamente o incluso se perdieron del todo. Pero además, los textos clásicos presentan limitaciones. Dejando aparte las diatribas de oradores33 como Demóstenes y de un puñado de inscripciones en sereno lenguaje administrativo originarias del siglo iv, nuestras fuentes literarias griegas y romanas datan de finales del siglo i a. C. como muy temprano, es decir, unos trescientos años después de la muerte del conquistador. Esos escritos grecorromanos citan, extraen y revisan tendenciosamente a autores anteriores, particularmente a aquellos de la época del macedonio. Tenían mucho material con el que trabajar, ya que, al igual que numerosos políticos posteriores, el conquistador generó una auténtica industria artesanal de historiadores y memorialistas.34 Algunos de ellos eran famosos, como el amigo cercano y posterior rey de Egipto, Tolomeo I Soter,35 o bien su historiador oficial, Calístenes de Olinto, sobrino de Aristó-
teles.36 Junto a estas figuras históricas de relevancia había muchas otras, menos célebres pero que aportaron detalles útiles en sus áreas de especialización: el almirante de Alejandro;37 su maestro de ceremonias;38 uno de sus arquitectos o ingenieros;39 su timonel;40 incluso su vidente,41 con detalles sobre sueños y adivinaciones. En conjunto, estos numerosos y variados autores permiten escribir sobre Alejandro —a dónde fue, qué hizo e incluso qué dijo— de una forma casi sin parangón en la Antigüedad clásica. Conocemos los detalles de su vida mucho mejor que los de, por ejemplo, Cleopatra o Constantino.
Por muy útiles que nos resulten estos escritores —así como los historiadores de la Antigüedad que se sirvieron de ellos—, presentan ciertos sesgos inherentes.42 Destacan las aventuras militares del rey por encima de su vida personal y sus logros políticos; añaden sensacionalismo —como cualquier tabloide de la actualidad— con la misma preferencia por una buena historia en detrimento de la verdad austera; y, lo que es más importante, contemplan la vida de Alejandro a través de una lente grecorromana, nunca persa.43 A veces resulta posible leer estas fuentes en sentido contrario44 y entrever, por ejemplo, la presencia de sacerdotes babilonios, reyes del Asia meridional o damas de la aristocracia irania. Sin embargo, en su mayor parte, los autores clásicos permanecen resueltamente localistas. Contar la vida de Alejandro sin esos textos no sería posible ni tampoco deseable, pero los descubrimientos recientes nos permiten complementarlos con otras fuentes de enfoque radicalmente distinto. En la actualidad tenemos acceso a tablillas cuneiformes que registran las observaciones de astrónomos babilonios de la época,45 por ejemplo, y a inscripciones en arameo46 —la lengua franca del posterior Imperio persa— procedentes de lo que hoy es Afganistán. Los avances del último medio siglo en los estudios persas47 nos permiten saber mucho más sobre el im-
perio que conquistó Alejandro de lo que conocíamos antes; y un renacimiento similar de los estudios macedonios48 nos ha dado una mejor idea de su procedencia. Y aunque estas reevaluaciones siguen basándose principalmente en textos, también nos ha llegado una enorme cantidad de evidencias procedentes de la arqueología. El rápido y violento paso de Alejandro por África, Oriente Próximo y Asia ha dejado huellas, desde las cenizas de Persépolis,49 la capital que destruyó, hasta las ciudades que fundó en Asia Central50 y los campos de batalla en Pakistán.51 Estos vestigios arqueológicos no siempre se publican de forma exhaustiva ni son fáciles de interpretar, y en consecuencia, han sido desatendidos por la mayoría de los historiadores anteriores, que se sienten más cómodos con los textos literarios que interpretando una pieza de tosca cerámica y unos cimientos ruinosos de edificios poco distinguidos. Para el presente libro, sin embargo, los restos arqueológicos son fundamentales, porque nos ofrecen una perspectiva no disponible en ningún otro lugar. Son vestigios que ayudan a recrear el mundo de Alejandro en toda su plenitud y complejidad, a mostrar lo que los escritores antiguos dejaron en penumbra, omitieron o consideraron irrelevante. Por tanto, da voz a quienes se quedan sin ella cuando la historia solo la escriben los vencedores. El resultado es una nueva perspectiva de la conquista del Imperio persa a manos de Alejandro que integra en su historia la experiencia de los sometidos.
Estudiar a Alejandro implica un análisis del poder. Justamente lo que hacen las pruebas arqueológicas es permitirnos rastrear los efectos del poder no solo en el propio rey macedonio, sino igualmente en aquellos otros sobre quienes se ejercía ese gobierno. 52 Al hacerlo, este libro presta una atención renovada a aquellos considerados a menudo actores secundarios en la historia de los grandes hombres; por ejemplo, las mujeres, o los enemigos, súbditos y soldados del
gobernante macedonio. Y también transmite su influencia: de qué manera el poder que ejercían repercutió en Alejandro. Al relatar la historia del argéada, los historiadores generalmente empiezan por su nacimiento, como hijo de un gobernante asediado en el reino provinciano de Macedonia. Pero la verdadera historia del conquistador arranca más tarde. Comienza en su última época, cuando se le acrisoló el carácter y se transformó como resultado de los fracasos. Cazó leones en Uzbekistán esos años y casi fue asesinado a manos de un guerrero del Asia meridional; celebró unos deslumbrantes esponsales con nueve mil invitados y enterró a su amante en una pira funeraria del tamaño de dos campos de fútbol; viajó hasta Bagram y Samarcanda, pero todavía murió soñando con nuevas conquistas. En sus últimos tiempos, mientras se enfrentaba a los señores afganos de la guerra, a los elefantes indios y a sus propios veteranos levantiscos, Alejandro se convirtió en un individuo mucho más complejo y convincente de lo que había sido como joven rey que triunfaba sin esfuerzo. Y fue también en aquellos tiempos últimos cuando empezó a ejercer un efecto duradero sobre el imperio que había conquistado. Su historia da inicio realmente cuando Alejandro —desafiando a sus consejeros, a su ejército y quizá también al sentido común— decide dejar atrás todo lo conocido y emprender una búsqueda quijotesca del fin del mundo. La epopeya da inicio con una ciudad en llamas.
