

Ángeles Caballero
A Tomás, por todo lo que trajo consigo.
«Me lo dedico a mí misma por ser tan trabajadora».
,r-.l& /!rberó tras recoger su premio Ondas
«Cuando huye la suerte, ¿sabes lo que hay que hacer? Sigue nadando».
D!r( en Buscando a Nemo
«¿Cómo voy a ser machista, si tengo mujer e hijas?».
Un m!ntón de imbé)ile-
Orfid&l 1:
Lanzallamas en el bolso 1;
«Hoy es todo tristeza, hoy es invierno total» ;: «No te pongas soviética» 8; /&b&ller! 11;
«Yo soy una persona que quiere a todo el mundo, soy muy humana» 117
Doña Ana 1;1
Aspirante a Lina Morgan 171 /him?ún AB: CDr&de)imient!- AB;
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Hay días en los que protestar no es su ciente. Hay días en los que la ira y el rencor manejan los músculos de tu cuerpo y solo quieres que todo arda. Hay días, muchos días, en los que solo vale salir a la calle con un buen lanzallamas en el bolso.
SEMANAS ANTES DE CUMPLIR LOS 49, en redes sociales me desearon una violación grupal. El mensaje me pilló en la cocina, mientras calentaba unas alubias verdinas con calamares. Me dio miedo, me dio pena. Se abrió la espita del humor negro, del sarcasmo. ¿Quién querría este cuerpo añoso y sedentario?, me dije. Lo descarté por frívolo y agarré el teléfono. Llamé a mi marido y se lo conté muy rápido. «¿Y qué vas a hacer?», me dijo. «Pues nada», añadió, y me conOrmó que venía a comer. Me puse a pensar en lo que hago, en lo que digo y en lo que escribo. Me hice pequeña y grande a la vez, como una especie de Alicia en el país de X, antes Twitter. Recordé aquella vez en la que un compañero me dijo que soy la corresponsal de la vida diaria. Recordé ese lunes en el que Manuel Jabois me abrazó y me dijo: «Eso te pasa porque lo que dices importa». Y me dije a mí misma: no es verdad. Solo soy una señora con carro de la compra que escribe.
SIENTO, DESDE HACE TIEMPO, UNA PROFUNDA DECEPCIÓN hacia los hombres. No todos, claro. Pero son muchos, diría que muchísimos, los que me producen cierto rechazo. Desconozco si esta aOrmación responde a algo coyuntural o una parte de mí pensará eso hasta el On de mis días. Estoy en un momento de la vida en el que esos hombres (tal y como los concebimos muchas mujeres de mi generación) me abruman, me agobian, me intimidan. En el poder están reunidos algunos de los peores ejemplares de la especie: ególatras, narcisistas, incapaces de pensar en el otro. En las redes sociales pasa algo parecido. Señores amargados, que no ceden ni un milímetro su posición de privilegio por el mero hecho de poseer el cromosoma Y. Son tan poco originales que solo les queda el insulto y siempre, siempre, el mundo como un lugar donde vencer batiéndose en duelo. Qué pequeño es ese mundo, qué pequeños son ellos.
Hace unos años, el diario The Guardian analizó unos setenta millones de comentarios de los lectores a los artículos publicados en su web durante una década. Sacó conclusiones que a estas alturas sorprenden a casi nadie, como que, de las diez personas más insultadas del periódico, ocho eran mujeres y los otros dos eran hombres negros. La información me la proporcionó una brillantísima mujer a la que entrevisté, lingüista computacional, que se dedica a analizar el lenguaje de los bulos y la desinformación. Se enteró de la publicación de nuestra conversación porque uno de los estimados lectores consideró oportuno decirle a través de redes sociales que tenía «cara de estreñida».
Una vez uno de esos «tipos educados» de internet me llamó «Charo» y alguna cosa más que no me da la gana reproducir, no vaya a ser que se sienta señalado y por tanto importante en mi vida. Me enfureció de tal manera que busqué quién era. La criatura y yo habíamos estudiado en la misma universidad privada y los mismos años, aunque distintas carreras. Me hizo gracia que pensara que soy una señora de vida triste rodeada de gatos cuando soy bastante simpática, con más querencia a los perros y tenemos la misma edad.
Qué culpa tendré yo que el dinero que invirtieron sus padres en la universidad haya sido peor amortizado que el mío.
NO ME GUSTAN LAS TERRAZAS. En invierno no me bastan las estufas eléctricas ni las mantas, y en verano es aún peor. Los muslos, con ropa o sin ella, se me pegan a la silla, la gente habla en voz muy alta y por tanto soy incapaz de estar pendiente de las conversaciones que me atañen. No quiero que el viento me despeine y, sobre todo, no me gusta tomar el sol.
«En verano estarás más favorecida», me dicen cuando la palidez de mi rostro se diluye con el tono de la ropa que me estoy probando. No saben que en verano esa cara será la misma, no saben que esa no es la mejor manera de convencerme para comprar esa camisa, no saben el mal humor que me genera el termómetro cuando alcanza los treinta grados, la hipotensión que me devora, el sudor dando al traste con la hidratante y el maquillaje. Dejadme con esta cara de enferma, pero sin manchas, con la que convivo desde hace tantos años. Si me quieres, no me lleves.
QUIERO CONTAR MUCHAS COSAS y no sé por dónde empezar. Estoy sentada en la primera Ola del teatro Federico García Lorca de Getafe. Un par de asientos a mi izquierda está sentado Peridis. Conozco su trabajo como dibujante en El País, poco más. Cuando suba al escenario y pronuncie su discurso, me dará vergüenza que este señor haya pasado tan desapercibido por mi vida hasta este mismo momento.
José María Pérez González, su verdadero nombre, es también arquitecto. Y es el hacedor del teatro en el que estoy sentada, que hace décadas fue la fábrica de harina de esta ciudad, a trece kilómetros de Madrid, que me ha criado y educado. También es el cerebro de parte del Getafe que me he pateado, de las escuelas taller del municipio donde se le daba oportunidades laborales a todos aquellos a los que «el sistema» prefería dejar de lado, de algunos barrios para cuyo diseño se contó con las necesidades y las opiniones de sus vecinos.
En su discurso, se emocionará recordando aquellos años en los que se abrieron las puertas y se dijo «¡adelante!» a tanta gente. Para ello, citará a alguien que hizo justo todo lo contrario, ese Donald Trump en el programa The Apprentice, donde se hizo aún más famoso de lo que era por la frase: «Estás despedido». Peridis se emociona y nos emocionamos el resto del público que abarrotamos el teatro. Mis lágrimas también nacen de la rabia conmigo misma, por no haber sabido nada de todo esto. He vivido durante veintiocho años a escasos metros del lugar donde tengo plantado
el trasero, he vivido justo enfrente de una de esas escuelas taller. Nadie me lo ha contado, aunque tampoco yo he preguntado.
Vivo ahora en un mundo donde reina aquello de «haberte esforzado», el sálvese quien pueda. Vivo ahora en un cuerpo cuyo sistema inmunitario se retuerce con estos temas. No me gusta lo que veo, la escuela de Trump en la que tanto tienes, tanto vales. No sé a quién se le ocurrió esa tontería de que con el paso del tiempo uno se vuelve cada vez más conservador. A este cuerpo de casi cincuenta años le tira cada vez más el monte. Cada día, más cerca de la revolución.
HAY COSAS QUE NO ME GUSTAN NADA DE MI OFICIO. El ego, el darse importancia. Lo imagino implícito en muchas profesiones y en muchos caracteres desde la cuna, pero me estomaga lo solemne, la excesiva autoestima. Los narcisos tardan muy poco en asomar los pétalos; es lo bueno que tienen, que los puedes esquivar fácilmente. Pero una nunca deja de sorprenderse. Tengo un censo de periodistas de este tipo, a algunos de ellos los trato con frecuencia y les tengo cariño. También los tengo silenciados en redes para que ese afecto perdure lo máximo posible. Tampoco son tantos, pero como están en tantas partes, su presencia parece multiplicada.
Desde que escribí mi primer libro, he merodeado (porque no puede decirse que me haya adentrado) por el «mundo» de los escritores. Mientras escribo esto pienso mucho en Marta Sanz y en su obra Los íntimos , donde narra, entre otras muchas cosas, su experiencia como autora sin apellidos compuestos y sin pertenecer a una saga de nada salvo de mujeres listas como ella misma.
Me gusta todo lo que hace y lo que dice Marta. Me hace pensar. Y quiero mucho a Chema, aunque apenas haya intercambiado un puñado de frases con él. Por las camisas que lleva y por lo que dice Marta de él. Hubo un tiempo en el que Tomás y yo fantaseábamos con ser Antonio Muñoz Molina y Elvira Lindo, Leonor Watling y Jorge Drexler, a ráfagas Penélope y Tom y Brad y Angelina porque cuando estos cuatro estuvieron juntos los guapómetros explotaron y somos muy de valorar la belleza física. También quiero que seamos Marta y Che-
ma. Una pareja cómica sin gustos caros que viaje junta a todas partes.
Hace un tiempo me llamaron para participar en una conversación con dos escritores. Preparé la cosa con muchísima ilusión y ese espíritu de empollona insegura que emerge cada media hora. Me compré el best seller de uno, cogí uno de los libros del otro en la biblioteca, busqué entrevistas de ambos, tomé notas, escogí estilismo.
La mañana del mismo día en el que nos subimos al escenario, empecé a detectar las primeras banderas rojas. El tono impositivo de uno, altivo y algo condescendiente, que se materializó por la tarde, cuando nos estaban colocando los micrófonos para salir. Y la propia postura corporal de ese sujeto, al darme la espalda nada más sentarnos en aquellas butacas. Como si el mundo girara en torno a él y a su acompañante, como si yo estuviera presente simplemente porque tocaba, porque alguna mujer tiene que haber ahora en las fotos, no vaya a ser que alguien se queje. Porque yo no quedaba mal ahí, pero que no se me ocurriera pensar que me correspondía una miga de ese plato de alta literatura. Era mi día de suerte, debió de pensar ese señor, poder compartir oxígeno con semejantes titanes.
Aquello acabó, sonaron los aplausos, yo agradecí el hecho de haber sobrevivido y sobre todo de haber sido testigo de aquella concentración de señorío en alta gradación que ahora quiero contar en estas páginas. No contenta con aquello, la providencia tenía para mí otra muestra prodigiosa de superioridad. Justo al despedirnos, mientras a aquellos señores les aguardaban un buen
número de personas para que les Ormaran sus obras, yo opté por salir de aquel teatro cuanto antes. Tuve a bien despedirme de ambos, porque a educada y cortés (también con hipocresía, tan necesaria para la convivencia) me ganan muy pocas personas. Uno me dio las gracias por todo y pareció contento de haberme conocido. El otro solo acertó a decir: «Acércame una silla». Había acabado todo aquello y seguía pensando en mí como Ogurante, como asistente personal, como secretaria de dirección de su abultadísimo ego.
Desde ese mismo momento, bromeo con mis amigos sobre esa anécdota. Hemos incorporado el «acércame una silla» cuando hablamos en clave y nos referimos a alguien con la autoestima del tamaño de la catedral de Burgos. Mi amigo H. ha incorporado a ese autor en la lista de personas de las que algún día nos vengaremos. El rencor como gasolina. El odio más fuerte que el amor. A veces quiero mucho a la villana que llevo dentro.
