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Obra ganadora del Premio Hortensia Roig 2025

IV Edición

Ana Ortiz Ilustraciones de Viv Campbell

Primera edición en esta colección: octubre de 2025

© Ana Ortiz Oña, 2025

Ilustraciones de Viv Campbell Sanjurjo

© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2025

Plataforma Editorial

c/ Muntaner, 269, entlo. 1.ª – 08021 Barcelona Tel.: (+34) 93 494 79 99 www.plataformaeditorial.com info@plataformaeditorial.com

Depósito legal: B 15139-2025

ISBN: 979-13-87813-39-0

IBIC: YF

Printed in Spain – Impreso en España

Fotocomposición: Grafime

El papel que se ha utilizado para imprimir este libro proviene de explotaciones forestales controladas, donde se respetan los valores ecológicos y sociales, y el desarrollo sostenible del bosque.

Impresión: Sagrafic

Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).

A Miguel e Isabel, mis raíces. A Marta, mi flor favorita.

1. PAPÁ NOEL TAMBIÉN TRABAJA EN SAN VALENTÍN

¡Es hoy, es hoy, ES HOY! Me levanto de la cama de un salto y me pongo corriendo la ropa para ir al colegio. Hoy es el mejor día del año, del universo, y, probablemente, hoy sea el día más feliz de mis diez años de vida. ¡Hoy es 14 de febrero, el día de San Valentín!

Si preguntas a otros niños y niñas cuál es su día favorito del año, seguramente la mayoría te responda que su cumpleaños, Navidad, la noche de los Reyes Magos o incluso algunos te dirán que Halloween (vaya raritos, no me fío de ese tipo de personas). En mi familia, sin embargo, el día de San Valentín es el día más celebrado, cuando más regalos recibimos y cuando más decoramos nuestra casa.

La realidad es que mi familia está obsesionada con el amor. Y lo digo en serio. MUY EN SERIO. Mi madre trabaja en una fábrica de peluches amorosos gigantes; esos osos enormes y monísimos que la gente regala junto con ramos de flores. Y el de los ramos de flores es mi padre. Cuando era joven, cumplió su sueño y montó su propia floristería. La gente no lo sabe, pero todas las flores tienen un significado y, por suerte para el mundo, papá se sabe el significado de todas y cada una de ellas. Puede crear un ramo de flores que signifique «Siento haberme comido tu tarrina de helado de chocolate, pero es que estaba deliciosa» o «Tus pedos huelen fatal, pero, aun así, te quiero». Cuando cumplí ocho años, me regaló un ramo de flores azules que significaba «Sé que fuiste tú quien rompió el jarrón de la abuela y no tus hermanas».

Mis hermanas, Rosa y Jazmín, son gemelas, tienen dieciséis años y aseguran que quieren estudiar cine para dirigir películas románticas. Las dos tienen nombres de flores, por supuesto. Y, por supuestísimo, yo también tengo nombre de flor. Me llamo Margarita. Y mi apellido es Rocaflor. Esa soy yo, Margarita Rocaflor. A veces sospecho que mis padres nos pusieron nombres de flores solo para reírse de sus pobres hijas.

Cuando llego a la cocina, papá ya ha preparado el desayuno tradicional de San Valentín: tortitas con forma

de corazón y tres bolas de helado de chocolate (aunque sea invierno y haga frío). Están DELICIOSAS.

—¡Margarita, hija, respira mientras comes! Para un día que no te levantas tarde, no sé por qué tienes tanta prisa —protesta mamá mientras me pone sobre la mesa una taza de leche decorada con corazoncitos de purpurina.

—Pero ¡mira a papá, ya se ha comido su tortita y ni siquiera han pasado quince segundos! —me quejo con razón, y baño el último trozo de tortita en un buen pegote de helado de chocolate. ¿Puede existir algo más rico que el helado?

—Es que soy el Papá Noel de San Valentín —se excusa mi padre con una sonrisita orgullosa—. De hecho, tengo el trineo y los renos esperando en la puerta, así que me voy yendo, que el deber me llama.

El día de San Valentín es cuando mi padre tiene más trabajo en la floristería. Miles de pedidos, miles de tarjetitas, millones de ramos de rosas rojas. Así que sí, se convierte en «el Papá Noel de San Valentín», y le encanta.

Mi madre me mira con el ceño fruncido cuando me bebo mi taza de leche de una vez y me levanto corriendo de la mesa. Es sospechoso que yo, Margarita Rocaflor, fan número uno de la almohada, me haya levantado tan temprano y esté comiendo tan rápido.

—¿Te pasa algo, Margarita? Estás muy rara —pregunta mamá mientras me evalúa como si fuera un extraterrestre.

—No me pasa nada de nada —respondo mientras me levanto rapidísimo de la mesa—. Te quiero infinito, mamá.

Le doy un beso en la mejilla y voy corriendo a encerrarme en mi cuarto.

Por supuesto que me pasa algo. Me pasa algo magnífico, algo maravilloso, algo increíble. ME PASA QUE

ESTOY ENAMORADA . Bueno, enamoradísima. Más que esas parejas que comparten helado. Y eso que antes me daba un asco terrible imaginar otra lengua chuperreteando mi helado favorito. Pero, lo dicho, eso era antes, cuando no conocía a Mateo Vega.

Mateo Vega es el mejor bailarín de ballet de la ciudad. Baila tan bien que merece ser famoso, tener guardaespaldas y una limusina. Su pelo es negrísimo; me recuerda al carbón que me trajeron los Reyes el año que rompí el jarrón favorito de la abuela (sí, eché la culpa a mis hermanas). Pero lo que más me gusta de él son sus ojos verdes. Ay, sus ojos… ¡Son igualitos al color del helado de menta! Y, para colmo, Mateo Vega ESTÁ EN MI CLASE, en la clase de 4º B del colegio Eureka. ¿No es eso una señal del destino?

El caso es que hoy es un día superimportante en mi

vida. Más que el día en que decidí que, en vez de tirarme por el tobogán, podía saltar desde arriba y caer directamente al suelo (estuve un mes con la pierna escayolada).

Incluso más que el día en que probé el helado de chocolate por primera vez. HOY ME VOY A DECLARAR A MATEO. Y, por supuesto, tengo un plan para hacerlo y que sea perfecto.

En mi colegio, en San Valentín, podemos regalar flores a cualquier compañero. En teoría, son regalos anónimos, así que no sabes quién es tu admirador secreto, pero casi todo el mundo acompaña la flor con una notita en la que da alguna pista. ¿Acaso hay algo más romántico que regalar flores? ¿Acaso hay alguien mejor para regalar flores que Margarita Rocaflor, hija del «Papá Noel de San Valentín»?

Durante esta semana, he realizado unas cuantas misiones secretas en la floristería de mi padre. Mi casa está literalmente encima, así que tampoco ha sido un trabajo muy complicado (aunque se comunican por un pasadizo oscuro que da un poco de mal rollo). Al final, la flor elegida ha sido un clavel de color verde. Sí, VERDE, del color exacto de los ojos de Mateo. Lo he envuelto en un papel especial y lo he metido en una cajita dorada. En su interior, he dejado una nota escrita a mano en la que puede leerse:

Para Mateo, tus ojos son tan bonitos como este clavel. De una chica con nombre floral.

En las pelis hacen cosas parecidas y siempre funcionan. Lo que no entiendo es por qué son los chicos los únicos que regalan flores en las películas. Qué extraño. Lo importante es que Mateo se va a morir de amor en cuanto abra mi regalo de San Valentín.

A hurtadillas, salgo de mi cuarto, aprovecho que mamá está entretenida con la tele y gateo hasta llegar al pasadizo oscuro que comunica mi casa con la floristería. Si viviera en una película, al final del pasadizo me esperaría un sótano tenebroso, pero, en su lugar, llego al sitio más colorido del mundo: la floristería Rocaflor. Los que dicen que el final del arcoíris no existe no conocen la floristería de papá. Hay flores por todas partes, de todos los tamaños, todos los colores y todas las formas. Huele a algodón de azúcar y, si pillas a mi padre de buen humor, puedes probar una cucharada de miel de flores (que está tan rica como el helado de chocolate).

Cuando entro, mi padre está como loco; con una mano habla por teléfono, con la otra está retocando un ramo de azucenas y con el pie arrastra una caja con materiales para envolver. Está tan ocupado que ni siquiera repara en mi presencia, así que, silenciosamente, cojo

la cajita dorada que anoche dejé en una esquina y me la guardo en la mochila.

Mi plan va sobre ruedas. Nada puede ir mal. Hoy es San Valentín, el día más romántico del año. Seguro que todo sale perfecto, ¿no?

Mateo se va a morir de amor en cuanto abra mi regalo de San Valentín.

1.

6.

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