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Trece maneras de mirar el cielo José Edelstein

Primera edición en esta colección: septiembre de 2025

© José Edelstein, 2025

© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2025

Plataforma Editorial c/ Muntaner, 269, entlo. 1.ª – 08021 Barcelona Tel.: (+34) 93 494 79 99 www.plataformaeditorial.com info@plataformaeditorial.com

Depósito legal: B 15176-2025

ISBN: 979-13-87813-21-5

IBIC: PDZ

Printed in Spain – Impreso en España

Diseño de cubierta: Isabel González (@muchacha_pinta)

Realización de cubierta: Grafime, S.L.

Fotocomposición: gama, sl

El papel que se ha utilizado para imprimir este libro proviene de explotaciones forestales controladas, donde se respetan los valores ecológicos y sociales, y el desarrollo sostenible del bosque.

Impresión: Romanyà Valls Capellades (Barcelona)

Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).

Y sobre todo mirar con inocencia.

Alejandra Pizarnik

Que el cielo exista, aunque mi lugar sea el infierno.

Jorge Luis Borges

Un breve lapso del tiempo. Del universo, un segundo.

Pablo Milanés

Y

en las trece miradas estabas tú, Nancy

1.

4.

5.

6.

7.

13. Materia y lenguaje

Trece maneras de mirar el cielo

Prefacio

Sobre nuestras cabezas se ofrece el más democrático de los espectáculos: el cielo. Una mirada ingenua, sin embargo, encallaría rápidamente. Se quedaría con el azul del cielo diurno, poblado de nubes y del disco solar, y el negro del nocturno, habitado por la Luna, algunos planetas y, fundamentalmente, las estrellas. Quizás esa mirada concluya que lo más fascinante en el cielo sean la Luna y las nubes, las que mayores cambios tangibles presentan con el correr de las horas o los días. También podría incluir en su lista al Sol rojo del amanecer y del atardecer.

Otras miradas del cielo, acaso más fascinantes, demandarían emplear algo más que los ojos o, cuando menos, hacerlo con un exacerbado amor por el detalle: no quedarse embobado con el trazo grueso y adentrarse en los pormenores de lo que allí acontece. El planeta Mercurio, por ejemplo, transita delante del Sol con una precisa y misteriosa regularidad que puso en jaque a la más exquisita representación del cielo como sofisticado mecanismo de relojería: la gravitación universal de Newton. Fruto de esa mirada, por cier-

Trece maneras de mirar el cielo

to, fue posible la comprensión y anticipación de los eclipses, el discernimiento de los encuentros y desencuentros de Júpiter y Saturno, la predicción de la existencia de Neptuno y el espejismo ilusorio de la de Vulcano.

Mirar el cielo es un imperativo de nuestra especie. No en vano la Tierra es redonda como un ojo y está rodeada por una delgada capa de un material gaseoso, la atmósfera, tanto como el ojo está recubierto por la esclerótica. La Tierra es un ojo desde el que es posible y necesario mirar el cielo. Para comprender, por ejemplo, que nuestro planeta, lejos de ser un privilegiado sitio de mera contemplación de ese espectáculo de luces y sombras, es parte de ese cielo.

El cielo puede ser visitado. Es el resultado de una mirada que decide abandonar la posición pasiva del observador y adentrarse en él. Ya hemos visto suficientes veces la Luna pensamos unas décadas atrás—: llegó el momento de visitarla. Hay un nombre propio asociado con esta visita: Neil Armstrong. En el cielo que él contempló, el mayor espectáculo lo brindaba ciertamente un bellísimo planeta azul. Y en esa mirada, quizás por primera vez, surgió la constatación de aquello que convierte a la Tierra en un hogar confortable, del valor y la fragilidad de la biodiversidad y la urgencia de dedicar todos los esfuerzos a preservarla. Mirando el cielo descubrimos la existencia del helio, comprendimos la escasez del litio, aprendimos a ver a las estrellas como las forjadoras de los elementos más abundantes de la tabla periódica y a agradecerles que, al morir, los espolvoreen por el cosmos permitiendo que hayan llegado a nuestro pla-

neta los ladrillos fundamentales de la vida. Nuestra especie siempre intuyó que la pregunta «¿de dónde venimos?» debía formularse mirando al cielo. Pero no fue hasta hace pocas décadas que entendimos adecuadamente el porqué.

De las regularidades del cielo nacieron nuestras primeras nociones de lo que es el tiempo. Y de la observación atenta de un eclipse aprendimos, con enorme sorpresa, que el tiempo y el espacio se curvan como si fueran un tejido material. ¿De qué está hecha, en última instancia, esa urdimbre? ¿Existen átomos y moléculas de la lencería del cosmos? ¿Es ese tejido tan flexible como para permitirnos doblegar a la flecha del tiempo: visitar el futuro o realizar una excursión al pasado? Al mirar el cielo comprendemos que el pasado reside en la lejanía. Se yergue sin complejos frente a nuestros ojos atentos. Y así como la víspera es ese extraño lugar en el que residen los anhelos, el futuro no es más que un incierto territorio por habitar.

El cielo es también un texto. La sucesión de puntos blancos en el lienzo oscuro de la noche son los caracteres de un códice. Un texto en braille. Las notas de una partitura. Los textos más antiguos de la humanidad fueron escritos en el cielo. Los asterismos y las constelaciones que aparecen secuencialmente en el cielo nocturno a lo largo de doce meses, mientras la Tierra recorre su órbita, fueron la forma más primitiva de publicación de un texto cuya lectura pudiera repetirse año tras año. El cielo fue el primer libro.

Y si las estrellas y galaxias son el texto, ¿qué decir del lienzo negro en el que está escrito? ¿Por qué la noche es oscura?

Trece maneras de mirar el cielo

La cuidadosa respuesta a esta pregunta, tan sencilla y ecuménica, nos llevó a concluir que, lejos de ser oscura, hay en la noche un fulgor persistente, invisible a nuestros ojos, en el que están escritos todos los secretos de infancia del universo. Allí están las trazas del Big Bang, sus pormenores, a la espera de una mirada atenta que sepa identificarlos.

La mera contemplación del firmamento nos lleva a concluir que, en sentido literal, el cielo está cayendo sobre nosotros. Pero no como lo temían muchas culturas ancestrales como los pueblos tupí-guaraníes1 o los galos. No habría mirada alguna del cielo si no se desplomaran sobre nosotros ingentes cantidades de fotones. Con el tiempo entendimos que no es solo luz lo que cae sobre nuestras cabezas. También ondas gravitacionales y una lluvia tenue e imperceptible de lo que llamamos rayos cósmicos. Comprenderlo nos brindó la posibilidad única de ensanchar el abanico de nuestra mirada y, por así decirlo, ajustar el foco. Hacerla más incisiva.

El mayor desafío de la mirada es el de lograr la sutil maravilla de ver lo ausente. Lo que debería estar pero falta. Para alcanzar este prodigio es necesario construir una imagen mental, abstracta, respaldada en una red sólida de inferencias y premisas contrastadas. Esta mirada es exclusiva de la ciencia. La construcción de una arquitectura extraordinariamente sofisticada de leyes y preguntas, de hipótesis y conje-

1. Claude Lévi-Strauss, Lo crudo y lo cocido, Fondo de Cultura Económica, 1969.

Prefacio

turas, de indicios y comprobaciones, permite cuando menos dos milagros que, hasta donde sabemos, solo nuestra especie ha sido capaz de realizar: crear universos en nuestra mente —difícil no recordar a Stephen Hawking al escribir estas palabras— y, como consecuencia de ello, ser capaces de ver lo faltante. Como la antimateria, cuya ausencia en los cielos nos desconcierta.

En la mirada del cielo confluyen el pasado y el presente. Si el cielo es el pasado, la mirada es el presente. En el cielo vive la materia. En la mirada habita el lenguaje. ¿De cuántos modos podrían encontrarse? ¿Cuántas maneras hay, en definitiva, de mirar el cielo? Las trece que pueblan las páginas de este libro ofrecen apenas una cota inferior, un mínimo, y la pertinaz sospecha de que no hay una respuesta cierta a este interrogante. O de que son infinitas las posibles miradas.

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