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La venganza del niño interior

Reconcíliate con

las emociones

de tu infancia para entender y transformar tu presente

Manuel Cuesta Duarte

Prólogo de Jaume Cardona

Primera edición en esta colección: septiembre de 2025

© Manuel Cuesta Duarte, 2025

© del prólogo, Jaume Cardona, 2025 © de la presente edición: Plataforma Editorial, 2025

Plataforma Editorial c/ Muntaner, 269, entlo. 1.ª – 08021 Barcelona Tel.: (+34) 93 494 79 99 www.plataformaeditorial.com info@plataformaeditorial.com

Depósito legal: B 15900-2025 ISBN: 979-13-87813-03-1

IBIC: JM

Printed in Spain – Impreso en España

Diseño de cubierta: Amanda Mijangos

Realización de cubierta: Grafime, S.L.

Fotocomposición: gama, sl

El papel que se ha utilizado para imprimir este libro proviene de explotaciones forestales controladas, donde se respetan los valores ecológicos y sociales, y el desarrollo sostenible del bosque.

Impresión: Romanyà Valls Capellades (Barcelona)

Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).

A Jaume, a Cherif, a Carmen, a todos los pacientes que han aportado su testimonio. Y, sobretodo, a Sara.

Prólogo, de Jaume Cardona

Introducción

1. Infancia

2. Rabia

3. Venganza

4. Resolución

5. Orígenes

Algunas notas finales

Los diferentes enfoques psicológicos sobre la venganza

Bibliografía

Prólogo

El libro que Manuel nos trae reúne dos virtudes: profundidad y sencillez. Profundidad, por el tema sobre el cual reflexiona, partiendo de su larga experiencia trabajando con grupos terapéuticos, así como de una afinada escucha en la consulta con sus pacientes. Sencillez, por el uso que hace del lenguaje: directo, claro y accesible, permitiendo que la dificultad que, en ocasiones, plantea la profundidad, se haga accesible a través de un lenguaje que permite que sus planteamientos lleguen a lectores no solo especializados, sino también a todos aquellos interesados en comprender la complejidad del mundo psíquico. Manuel escribe sobre uno de esos temas que, por esa complejidad, y por el juicio moral del que suele ir acompañado, no es fácil de abordar, no siquiera dentro de la propia psicología. Su aportación, en este sentido, nos abre a una reflexión que nos permite contemplar esa acción que busca reparar el daño con más daño, desde unas dimensiones que nos la muestran con una amplitud que recoge sutilidades que comúnmente no son contempladas.

La venganza del niño interior

Más allá de la idea recogida en la antigua ley del talión: «Ojo por ojo, diente por diente» (una forma arcaica de lo que luego en los Estados ha sido la institucionalización de la venganza, como también se hace con la violencia), y que establece la reparación de un daño cometido por otro infligido de manera proporcional al que lo cometió, Manuel nos plantea una reflexión sobre los orígenes de la venganza, en lo que él llama «la venganza primigenia», y también en lo que podemos considerar su enquistamiento en el mundo psíquico: «la venganza inconsciente». Son estas dos consideraciones que nos aporta con su trabajo las que se apartan de la común idea con la que se relaciona la venganza, generalmente entendida como una acción realizada con consciencia, de ahí la idea también popular de que «la venganza es un plato que se sirve frío».

En este sentido, muy distinta es la venganza primigenia que Manuel nos plantea y que se remonta a la infancia. Íntimamente relacionada con el resentimiento, esta venganza no solo implica infligir un daño, sino, a través de este, reparar el sentimiento de traición que el niño siente por una alianza rota, una alianza en principio caracterizada por el amor y la protección, y que, como diría John Bowlby, define el apego seguro. En este sentido, la venganza primigenia, observable en algunas actitudes y acciones durante la infancia, no intenta reparar un daño con otro daño, sino que busca, a través de ese daño, restablecer esa alianza que percibe y siente como rota, como, en otro orden, también indicó el psicoanalista Luis Kancyper en sus trabajos sobre el resentimiento.

Y es la irresolución de esa venganza primordial que pretende reparar esa alianza, enquistada en el inconsciente, lo que continúa dirigiendo la vida de ciertas personas sin que se percaten de ello. Una venganza inconsciente que, no obstante, determina su vida ofreciéndola como un sacrificio, haciendo de sí mismo la primera víctima de esa venganza. Nunca mejor dicho, nos recuerda aquella frase atribuida a Jung que dice: «Hasta que no te hagas  consciente de lo que llevas en tu inconsciente, este último dirigirá tu vida y tú le llamarás destino».

Todos estos conceptos, y muchos más, en especial el tratamiento de la rabia que también nos muestra, desfilan por las páginas que Manuel ha escrito, dotándolos de la profundidad que solo la experiencia y la reflexión propia de los espíritus inquietos pueden aportar, y alcanzada con un trabajo honesto y comprometido. Y todo ello, como decía, con un lenguaje claro, sencillo y directo que los acerca a todo aquel que quiera oír, cuestionarse y aprender.

Hace ya tiempo que conozco a Manuel y que compartimos y colaboramos en distintos aspectos de nuestro trabajo terapéutico. Para quienes lo conocemos, leer su libro es como escucharle a él. Así, por tanto, a todos quienes lo leáis es como si también empezarais a conocerle un poco.

Que tengáis una buena lectura...

Jaume Cardona Terapeuta de orientación Barcelona, 20 de mayo de 2025

Introducción

Ser tímido, vivir infeliz, estudiar tres carreras, evitar casarte u olvidarte sistemáticamente del cumpleaños de tu padre, todas estas cuestiones pueden ser actos de venganza. Más que actos, puede que sean vidas enteras condicionadas por una venganza que es universal, inconsciente y que actúa desde la infancia. Una venganza que opera en la sombra, sin que apenas nos demos cuenta.

No te preocupes, lo voy a explicar con calma. Y lo voy a hacer para que este libro no sea solo para psicólogos o terapeutas, sino para cualquiera a quien apetezca profundizar en un viaje que comienza en la infancia. Las notas al pie ampliarán algunos datos, para que quien quiera profundizar pueda hacerlo, pero sin perder de vista un relato construido para que sea ameno, cercano y fundamentado. Aquí aparecerán entrevistas a Lina Morgan, las míticas declaraciones de El Fary, dos niñas participantes de MasterChef Junior o una crítica y posible final alternativo de El rey león en el que Scar acaba como asistente de un grupo de terapia.

La venganza del niño interior

Este libro aporta conceptos y reflexiones novedosas: venganza primigenia, resentimiento primigenio, una revisión del sadismo, el mito del centauro y un primer acercamiento al que he llamado efecto de padres únicos.

No se trata de sentar cátedra, sino de abrir espacio a la reflexión. Dejar esto escrito para debatirlo. Lo que aporto es simplemente fruto de mis años de terapia, experiencia, formación, estudio y observación. No es fácil adentrarse en territorios nuevos en los que hay poco o nada escrito. Mi interés es, ante todo, horizontalizar la propuesta y ponerla en revisión. Me interesa especialmente profundizar en el concepto de la venganza primigenia y su impacto en nuestras vidas y, para los terapeutas, en cómo conocer esto puede influir en nuestra mirada en terapia.

Porque eso que entendemos por venganza es una mirada parcial, un sesgo, una simplificación, de lo que realmente es. La venganza es algo más amplio, bastante más, que lo que creemos. Más que un acto, hay una historia anidada y desconocida.

Al igual que la sexualidad se entiende generalmente de forma muy reducida, y frecuentemente se confunde con genitalidad —cuando en realidad es un mundo inmenso de posibilidades derivado de un universo aún mayor: el placer—, la venganza, tal como se entiende, es también algo más íntimo y complejo que un simple deseo de devolver un daño o una búsqueda de retomar un equilibrio.

Por delante se nos presenta el reto de revisar y cuestionar algunos conceptos que tenemos muy asumidos. Además de

las aportaciones que he mencionado antes, vamos a poner en común lo que es la rabia (que también es una desconocida) y las diferencias entre agresividad, abuso y violencia. También abordaremos las culpas, el adultocentrismo, la influencia del patriarcado y unos cuantos temas más. Revisaremos juntos, incluso, lo que son las emociones y qué sentido y función tiene cada una de ellas porque, aunque parezca evidente, no sabemos qué son, ni su función, ni cómo atenderlas.

La venganza nunca había sido motivo de interés para mí hasta llevar varios años en terapia, cuando empezó a llamar mi atención estudiando el eneagrama, una teoría sobre el comportamiento humano que, lamentablemente, en muchos casos, se ha usado de manera superficial y poco rigurosa.

Mi intención es ofrecer una brújula que aparece al abordar la comprensión de lo que subyace en el comportamiento humano. Claudio Naranjo, conocido psiquiatra, gestaltista y escritor chileno, es uno de los principales autores y estudiosos sobre el eneagrama, y sitúa a la venganza como la motivación inconsciente que lleva a algunas personas a relacionarse con el mundo como si se les debiera algo, tomando de este lo que creen que les pertenece por derecho, sin importar leyes, ni límites, ni el otro.

Jesús Gil, por ejemplo, encaja bien en esa descripción. Mi estructura de carácter es la misma que la del exalcalde de Marbella, solo que con otro tono. A mí no me gusta ni el oro ni la ostentación, soy más seco, más serio, pero la base es la misma, y yo, sin saberlo, me vengaba constantemente. La

La venganza del niño interior

primera vez que robé algo, conscientemente de que lo estaba haciendo, fue con catorce años en una excursión escolar. Los compañeros reaccionaron sorprendidos: «¡Mira lo que ha hecho!», exclamaba un chaval, señalándome. Para mí, no tenía ninguna emoción particular, había cogido algo de la tienda porque tenía hambre. Punto. Si no hubiese sido por la reacción de los otros, no me habría parado a revisar lo que había hecho ni tendría ese recuerdo. Tampoco me importó. Robar no tiene por qué ser siempre vengativo, pero, para mí, en ese momento, sí lo era. Como había sufrido tanto, no podía confiar en nadie, y el mundo era una inmensa despensa de la que tomar lo que quisiera. El resto de las personas caminaban por ahí sin saber que todo eso me pertenecía. Como había recibido tanto daño, el mundo podía no ser suficiente para saciarme y compensar todo lo vivido. Sin embargo, esto que relato en absoluto era algo consciente.

Esto que describo es parte de la estructura de creencias que se había ido creando en mí tras cada paliza, cada decepción, tras sentirme cada vez más solo y que, si tenía que sobrevivir, solo podía contar conmigo mismo. Es lo que un niño va aprendiendo. Cada uno con sus matices, con su mito particular, con su sistema de creencias que le llevan a protegerse de lo que sea que esté viviendo, como veremos. Durante mi paso como participante por el proceso Hoffman (un trabajo intensivo residencial en el que se abordan algunos aspectos de las relaciones con nuestros padres en la infancia y cómo influyen en las relaciones que construimos como adultos, con nosotros mismos y con el otro), nos pro-

pusieron una breve visualización para ayudarnos a responder a una pregunta: ¿cómo me vengo en mi vida? Este fue uno de los momentos que cambió mi forma de entender no solo la venganza, sino mi infancia y, más adelante, mi vida. Durante el ejercicio teníamos los ojos cerrados, y ante esa pregunta mi inconsciente arrojó una imagen simbólica que la respondía: se abría ante mí un pasillo interminable, este pasillo estaba en movimiento, se iba desenroscando como una serpiente, las paredes estaban repletas de cuadros colgados, todos del mismo tamaño. Cada cuadro era una escena de mi vida. Había infinitos cuadros, infinitas escenas, que retrocedían hasta mis cinco o seis años. La escena me impactó y conmovió. Comprendí que la venganza no había sido solo unos momentos puntuales, sino que era algo que había guiado toda mi vida, cada decisión, cada relación... desde que era un niño. Cada uno de los cuadros eran escenas en las que, de un modo u otro, me había vengado de mis padres, amigos, parejas, de la vida y de mí mismo. No eran diferentes venganzas, era una única venganza, la misma desde mi infancia.

En ese momento, este descubrimiento lo consideré algo particular de mi estructura de carácter. Creía entonces que si, como acababa de ver, la venganza era la base de mi guion de vida, esto tenía relación con mi tipo de personalidad. No creía que fuera una cuestión universal.

Unos años más tarde el director del Instituto Hoffman en España, Luisfer Cámara, me abrió las puertas para formarme como docente. Durante el proceso de formación y

La venganza del niño interior

luego como profesor, pude ver e impartir ese mismo proceso que tanto me había impactado en múltiples ocasiones, y me sorprendió ver en centenares de participantes (del propio proceso Hoffman, pero también en pacientes y grupos de formación) algunos aspectos relevantes:

• El desconocimiento, el pudor y la censura sobre lo que realmente es la venganza.

• La entremezcla de conceptos: venganza, justicia, culpa, resentimiento, impotencia. Pero también la confusión entre rabia, agresividad, violencia, abuso...

• La enorme implicación que tiene en nuestras vidas, sea cual sea nuestro carácter: la venganza es un modelo de conducta inconsciente de amplio espectro y que afecta a las cuestiones más importantes de nuestra vida. Muchos participantes reconocían en ese momento que habían jurado no casarse jamás como una forma de vengarse de sus padres, o de no tener hijos, o de aceptar la carga de una empresa familiar, pero asegurarse de que sus padres los verían siempre depresivos sin importar sus éxitos. En ningún caso, además, había conciencia alguna de sus decisiones ni de la venganza que las motivaba.

Lo que creía que era una cuestión particular de mi carácter en realidad se trataba de algo tan común como desconocido para todos. Me interesé entonces no solo en descubrir qué es la venganza, sino en colocarla en un lugar visible. Para ello, es necesario definirla y sacarla de las profundidades.

Introducción

Fue la intuición de Robert (Bob) Hoffman la que colocó la venganza dentro del proceso Hoffman como un elemento importante que iba a impedir abrazar el amor y la liberación del alumno, por más profundo que trabajara su compasión hacia las figuras parentales y hacia sí mismo, y la importancia de abordar esta cuestión. Pero, tras decenas de procesos, me pareció que, aun así, debía tener una mayor presencia, y así se lo indiqué a Luisfer Cámara.

Posteriormente, hablando con Katrin Reuter, psicooncóloga y directora del proceso Hoffman en Francia, fue ella quien, escuchándome hablar sobre este tema, me sugirió que profundizase en el trabajo sobre la venganza y que lo hiciera el centro de lo que inicialmente sería mi tesina para la AETG (Asociación Española de Terapia Gestalt) y que se ha convertido en mi primer libro.

Revisando antiguas lecturas, recuperé un párrafo que Naranjo, quien también había trabajado estrechamente con Hoffman, escribió al comienzo de su obra más significativa, Carácter y neurosis (1993), y que apunta a ese lugar de investigación. Él decía que la venganza en concreto no es algo particular de un tipo de carácter (aunque se dé más explícitamente en uno que en otros), sino que está en la base de la formación de la personalidad de cualquiera. Lo dice así:

En el proceso psicoterapéutico, a veces es posible recuperar el recuerdo de un momento en la vida en que se tomó la decisión de vengarse, de no volver a amar, de arreglárselas solo y nunca confiar, etc. Cuando esto es posible, todavía podemos

La venganza del niño interior

hacer explícitas muchas consideraciones que una persona ha estado tomando como verdades desde entonces y que pueden ser cuestionadas, consideraciones de un niño en el dolor y el pánico que es necesario revisar.

Recuerdo el día en que juré vengarme. Lo recuerdo. Fue tras años de terapia, porque generalmente permanece en el olvido. Sé que tenía cinco o seis años. No es algo que uno lo diga en voz alta, es una sensación interna que se va gestando con el tiempo. De la que somos muy inconscientes. Cada uno lo hace de manera particular, cada uno hizo su juramento, su forma de vengarse, en la infancia. Y lo que hacemos como adultos no es más que el reflejo de aquella venganza original. Pero esa venganza es más que devolver el daño; tiene una forma concreta porque busca algo concreto. Hay mucho más de lo que parece en la venganza original, en la venganza primigenia.

Se trata de mirar aquello que es común a todos, y la venganza lo es. Sin embargo, no hay apenas nada escrito. ¿Cómo es eso posible? Se relega como algo particular y puntual. Frecuentemente se asume, tanto a nivel popular como en el formativo, que es algo consciente y premeditado, con una intención calculada y estratégica; pero la venganza más habitual y dañina tiene sus raíces en la infancia, y opera sin ser reconocida por quien la comete. Queda, además, asimilada en muchas ocasiones como un rasgo propio de la personalidad, un aspecto identitario del sujeto: desde la timidez hasta la decisión de no tener hijos; desde el trabajo al que

uno se dedica hasta la gestión del dinero; desde el partido al que uno vota hasta la pareja que escoge. Todo esto puede ser venganza. Una venganza tan incorporada y asumida que pasa desapercibida, que sigue actuando desde la pubertad, sin ser cuestionada.

La venganza es un elefante en la habitación. Uno de varios. Pero ¿cómo es que se habla poco (o nada) de ello? ¿Por qué no ha aparecido ni una mención en todo el proceso de formación? ¿Qué características tiene? ¿Cuál es su génesis? Y, tanto o más importante, ¿cómo resolvemos la venganza? Seguramente, en la propia venganza está la respuesta a alguna de estas preguntas.

Sobre la venganza, la mayoría de las personas dirán que es una necesidad legítima de «ajustar cuentas» o que «donde las dan las toman». Para la mayoría, se trata de devolver el daño para restaurar el honor, el equilibrio, a través de conseguir que quien ha hecho el daño pague por sus actos. Proviene del latín  vindicare , que significa ‘reclamar un derecho’. Uno se ve a sí mismo como víctima, y desde esa perspectiva se toma el derecho de actuar la venganza como legítima defensa. Quien se venga no suele sentir culpa en absoluto por lo que está haciendo (hablaremos de las culpas más adelante). Uno se cree con un derecho legítimo, aunque lo que haga sea exagerado, desmedido. Y suele ser así que la venganza se pasa de la raya. Principalmente, porque uno la está usando para no tocar el dolor de lo que ha sucedido. Y cuando no hay dolor no hay empatía, y sin empatía no se puede regular lo que hacemos, ni a uno ni al otro.

La venganza del niño interior

En nuestra cultura, además, venganza es sinónimo de justicia, cosa que le sigue dando aires de legitimidad. Es interesante que justicia no sea sinónimo de venganza, y veremos por qué no lo es en absoluto. En cualquier caso, la venganza no está bien vista. En la encuesta anónima que hice a más de doscientas personas (hombres y mujeres de entre treinta y cinco y sesenta años), ninguna aceptaba con comodidad haberse vengado, aunque internamente sí se sentían muy satisfechas cuando lo habían hecho.

Se dice que es un acto planificado y estratégico, de ahí la expresión de que «la venganza se sirve en plato frío». La venganza no suele ser explícita ni algo que se haga por encima de la mesa, sino por debajo. Se entiende que no es algo que se haga en caliente, porque se busca que el impacto sea una sorpresa, algo inesperado para quien lo recibe. Con ello se asegura ese daño extra que aparece de lo inesperado, cuando las defensas están bajas. Podrás recordar más de dos o tres momentos en los que quedaste sorprendido por golpes bajos de amistades, familiares o compañeros que llegaron cuando menos te lo esperabas. Y muchos lectores recordarán también no solo haberlos recibido, sino también haberlo hecho en más de una ocasión.

Pero la venganza más dañina, la que puede marcar el guion de vida de una persona, como decía al inicio, no es esta venganza consciente y más o menos elaborada. Sino que hay otra venganza que es universal, que se forja en la infancia, y que opera sin que seamos conscientes. Esa venganza es la que he llamado venganza primigenia.

Una antigua compañera me cuenta que, cuando era pequeña, acompañó a su abuelo al zapatero. Este le dijo que le había arreglado los zapatos, pero su abuelo no parecía satisfecho, puesto que estaban igual que se los entregó. El zapatero insistió en que había hecho bien el trabajo y el abuelo se fue a regañadientes con los zapatos. En casa se los probó y efectivamente estaban sin reparar. Dejó pasar unos días y volvió junto con su nieta a la tienda. Su abuelo le preguntó si tenía unos cordones nuevos para otros zapatos. Cuando el zapatero entró en la trastienda a buscarlos, dejó sobre el mostrador un lápiz que tenía la costumbre de chupar. Tenía la parte de arriba roída y desgastada. Su abuelo lo cogió, lo limpió con la manga, y se lo pasó por debajo de los calzoncillos, pasándolo por su sudada entrepierna, para luego dejarlo en el mismo lugar. El zapatero volvió con los cordones, pero ellos ya habían salido de la tienda.

El abuelo de mi compañera urdió la estrategia para devolver el daño recibido, la sirvió «en plato frío» y no hizo falta que estuviera presente cuando el otro recibió el daño.

Cuando la niña le dice: «Pero sabrá que has sido tú!», el abuelo responde: «¡Eso espero!». Podemos deducir que le bastaba con saberlo, que estaba convencido de que notaría el gusto rancio y grasiento que había dejado en el lápiz cuando fuera a chuparlo de nuevo y deseaba que se diera cuenta de que había sido él. Porque el vengador necesita que al otro le duela su venganza, no es solamente un acto del vengador, sino que implica la espera de una determinada respuesta. Es algo que se debe dar en relación. Y suele ser que, al ver la

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reacción de dolor del otro, uno siente alivio, satisfacción o incluso placer. A todo esto le dedicaré especial atención más adelante y servirá para redefinir eso que llamamos sadismo.

Un buen amigo me contó otra historia cuando acudió con su padre a un carísimo restaurante después de una larga caminata, sudados y con las botas llenas de polvo. El prejuicio del maître al verlos sudados y polvorientos lo llevó a tratarlos con condescendencia. El padre reaccionó pidiendo el vino más caro de la carta, que costaba más de 800 €. Acto seguido, el camarero cambió su actitud y todo el personal se volcó con ellos agasajándoles con atenciones y sugerencias. El padre se mostró orgulloso de lo que parecía una lección moral. Sin embargo, fue una reacción vengativa e inconsciente. Y es que a los anteriores aspectos de la venganza tenemos que seguir incluyendo algunos más: la venganza no lleva a actuar el deseo genuino, sino que lo invade.

El abuelo de mi compañera no reparó sus zapatos. El padre de mi amigo pidió innecesariamente un vino que no tenía ninguna intención de pedir en un inicio y que, como mucho, benefició a la caja del restaurante, pasándose la noche intentando demostrar algo a los camareros y olvidándose de disfrutar la cena con su hijo. La venganza es una reacción que invade el deseo y la necesidad genuina y lleva a pagar un precio a quien la acomete. Tiene un  efecto búmeran, del cual uno ni siquiera es consciente. Hace daño, seguro, a quien la comete. Al otro, no sabemos.

La venganza no debe leerse en términos épicos solamente; esa épica se da contadas veces. La venganza más común,

como en estos ejemplos, es la cotidiana, la de los aparentemente pequeños actos que forman parte de una venganza inconsciente que se forja en la infancia, de la que no tenemos idea hasta qué punto condiciona nuestros actos e, incluso, el carácter de formas que consideramos normales, y hasta deseables, sin ser conscientes de cómo nos dañan como individuos y como sociedad.

Como terapeuta he podido acompañar más de mil procesos y he tenido el privilegio de observar, atender y elaborar de manera muy íntima con los pacientes esa venganza. He visto cómo aparecía en lo cotidiano, a veces de formas aparentemente inofensivas o normalizadas, para ver que las raíces eran profundas y apuntaban a un gran dolor.

Trabajando con una paciente, ella me expresa el agotamiento que siente en su trabajo. Me muestra un nivel alto de autoexigencia, que reconoce. Le propongo probar cómo sería «simplemente» hacer su tarea, no el doble o el triple (a lo que está acostumbrada y que desde hace un tiempo le provoca insomnio, estrés y ansiedad). Es una mujer extremadamente eficiente que, en cada trabajo, ha destacado por su capacidad, tanto de producción como de mejorar dinámicas de equipo, gestión, etc.

El exceso es parte de su norma. Las horas extra, hacer el trabajo de dos empleadas, sugerir constantes mejoras a sus jefes, es algo que ha normalizado. Y no ha sido hasta después de varios años de proceso que empieza a percatarse de su propio cansancio, del esfuerzo, del extra que supone. Es algo que había podido ver «de cabeza», pero no lo sentía ni

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veía el problema realmente. Aunque estuviera cansada, aunque se notase estresada, aunque le costase dormir. Todo era aceptable.

María toma mi propuesta en serio. Es una forma de experimentar para ver qué sucede. No es un consejo, no es una solución, es una invitación a la exploración: cambio la conducta y estoy atento a ver qué sucede. Como lleva tiempo en proceso, puede percatarse de más aspectos que si lo hubiese hecho en los primeros meses de terapia. Y, sobre todo, puede sostener con más entereza eso que pueda aparecer. Porque nada se hace porque sí. Toda conducta tiene un sentido y una función, aunque no seamos conscientes.

En la siguiente sesión me comenta que, en el momento en que empieza a trabajar un poco menos, a dejar de excederse, empieza a darse cuenta de que, si está bien, no va a poder vengarse. Utiliza esa palabra. ¿Vengarse? ¿Trabajando? ¿Siendo buena empleada? ¿Cómo es eso posible?

Ella dice que se ha dado cuenta de que quiere vengarse de sus padres. Y recuerda en ese momento una escena en su adolescencia: ella quería ser modista, hizo la matrícula para cursar esos estudios, pero la madre no quería eso para ella y llamó al padre (estaban separados en ese momento) para que le ofreciera trabajo en su empresa. Él no quería, pero la madre le insistió y acabó cediendo. El padre llamó a María para pedir si le podía ayudar, con la excusa de que se había quedado sin una empleada y le urgía ocupar ese puesto con alguien de confianza. Él le enseñaría la profesión y, a cambio, ella sentía que, por fin, podría tener la mirada de reco -

nocimiento de un padre frío y distante que tanto anhelaba desde su infancia. Por tanto, ella accede.

El padre nunca le dio ese reconocimiento. Le pagaba menos que al resto de empleados, con un trato duro y hasta cruel, según describe. Aun así, ella se esforzaba cada vez más, aprendió el oficio y fue de lejos la empleada que más dinero generaba para la empresa. Fue un tiempo que describe como angustiante y muy difícil, en el que afirma que pasó por un estado depresivo. Cuatro años después, en una conversación con la madre, al verla cansada y sufriendo, esta le confiesa lo ocurrido. Le explica la manipulación, la llamada al padre y el complot para que ella no estudiara lo que deseaba. María se quedó en shock. Por dentro vivió un profundo sentimiento de traición, y siguió dedicándose en cuerpo y alma a la empresa de su padre. Pero, sin darse cuenta, se asegura que será sufriendo, excediéndose y nunca estando satisfecha.

María no puede acabar nunca de relajarse, se sacrifica en exceso en su trabajo, pero también con sus parejas. Se excede en el dar, en la entrega, en estar pendiente del otro. Pero su esfuerzo no debe obtener fruto, por eso, sin darse cuenta, lo hará donde no vaya a tener reconocimiento, pondrá sus expectativas en quien no pueda valorarlo. Ese exceso es su venganza. María no es consciente de todo eso. Aunque lo sepa, nunca asumirá que tiene capacidad, experiencia y talento para dirigir su propia empresa y vivir bien. O para encontrar un compañero de vida con quien vivir codo con codo. No sabe lo que es pedir, menos aún recibir. No. Seguirá en trabajos donde sienta que no aprecian su potencial, don-

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de no podrá escalar más, donde no cobrará lo que merece. De ese modo podrá decir: ¿veis? Estoy haciendo aquello que queréis para mí, y sufro. Estoy siendo la niña buena que pedíais, y no estoy bien. Jodeos. Porque para cualquier padre y madre (en principio) ver a su hija sufrir es uno de los mayores dolores que pueden sentir. Por eso, dañarse es una forma de dañarles.

Y, cuando se empieza a dar cuenta de eso, llora, se frustra y dice: «Me he dado cuenta de que no quiero dejar que mis padres crean que lo hicieron bien. No me pueden ver bien. Que estoy bien. Yo creía que buscaba una y otra vez la aprobación de mi padre, pero ahora me doy cuenta de algo peor. Ahora que veo que me estoy vengando, ¿qué pasará con todas esas noches, angustiada, de estrés, donde no podía dormir? ¡No habrán servido para nada! Si dejo de vengarme, todo ese dolor y su sufrimiento no habrán tenido ninguna utilidad. Me aterra pensar que todo ese tiempo que he invertido todos esos años ha sido para vengarme. ¿Y ahora qué? ¿Voy a dejar esto sin más? ¡Es como si me quedase desnuda! Me siento completamente desnuda si no hago esto».

María lo ve. Pero pararlo llevará tiempo. Lo que hay enredado detrás de ese comportamiento es la venganza primigenia e inconsciente. Y su origen está en la infancia. Porque no fue la única ni la primera traición que María sufrió de sus padres. Por eso revisar la infancia será parte del viaje.

Propongo una mirada valiente y crítica de ese período de nuestras vidas que hemos simplificado tanto y tan injustamente.

Lo que vive María aquí no es excepcional de ella ni de su familia. Es algo que muchos podrán ir atendiendo y reconociendo a medida que vayamos explorándolo. Porque, como veremos, no hay ninguna conciencia de ello. Y, sobre todo, vamos a necesitar comprender el «para qué». Porque tiene una función. No es que seamos malos, todo lo contrario. Vamos a aprender que lo que encierra ese movimiento es una llamada clara de amor, un intento de recuperar una relación importante para la niña o el niño.

Para ello he estructurado el libro en cinco partes: infancia, rabia, venganza, resolución y orígenes.

Empiezo por la infancia, para después profundizar eso que llamamos emociones y que, como la venganza, creemos saber qué son, pero no. Después hago hincapié en la rabia (que no es ira ni enfado) y de ahí entro ya en harina con la venganza para entender mejor lo que es el sadismo.

Vas a aprender cómo resolver todo este asunto, porque es posible salir del embrollo.

Finalmente, he colocado los orígenes al final del libro porque creo que tú, lector, sentirás más ganas de saber de dónde viene todo esto una vez hayas comprendido la trascendencia del asunto. Es una revisión de la mitología, el patriarcado, la ley del talión, diferenciar catolicismo de cristianismo, entender eso de «poner la otra mejilla», que de niño me daba tanta rabia (y que no es un llamado a la sumisión como creía), etc.

Recomendación especial: no te pierdas la revisión que hago de Una rubia muy legal o El rey león, que vale la pena. ¿Serán historias de venganza?

La venganza del niño interior

Las dos venganzas

Voy a diferenciar dos tipos de venganza, aunque ambas se pertenecen: la venganza primigenia y la venganza ordinaria. Una es hija de la otra. A la que todo el mundo más o menos conoce, y que he citado antes en los ejemplos, la vamos a llamar venganza ordinaria. Pero hay otra venganza, que está en el origen, que es realmente desconocida, y que llamo venganza primigenia.

La venganza primigenia es inconsciente, se origina en la infancia y es la consecuencia de un daño profundo que no se puede aceptar y pone en riesgo la supervivencia del infante. La venganza primigenia genera una furia legítima y necesaria, pero que no busca dañar por dañar, sino que ante todo busca el encuentro. Esta es la gran diferencia respecto a lo que se suele entender por venganza.

Para comprender esto debemos zambullirnos en la infancia. Es un cambio de paradigma que espero que el lector tenga la apertura para ir descubriendo juntos que está en juego el amor. La venganza primigenia, la original, la que está en la base, es la emisaria que viene a proteger los lazos más importantes en la infancia.

En el corazón de esta venganza está lo que he llamado resentimiento primigenio . Ambos están asociados y no ocurre lo uno sin lo otro. Lo ampliaré después, pero adelanto que el resentimiento primigenio es esa sensación de que eso que ha pasado no debería haber ocurrido y uno se resiste a aceptarlo, recordándolo una y otra vez, revisando los hechos, di-

ciéndose: «Debería haber hecho esto o esto otro», siempre con la fantasía de que tendría que haber sido diferente a cómo fue.

En el resentimiento uno suele fantasear con tener una máquina del tiempo para corregir o anticiparse al pasado. Implica, de fondo, evitar asumir la realidad. Simplemente porque duele. El resentimiento aparece cuando no aceptamos algo, como una ruptura, un despido o una muerte, y desde ese rechazo no podemos digerir lo ocurrido. No habrá duelo, ni aceptación, pero sí enfado (con el jefe, con el ex, con la vida, con uno mismo o con Dios).

El resentimiento, ese re-sentir una y otra vez la escena, puede mantenerse toda la vida.

Sea como sea, el resentimiento implica no aceptar algo, es una resistencia a aceptar nuestra realidad y salirnos del ideal, de lo esperado, de lo que consideramos justo o merecido.

Pero el resentimiento primigenio no ocurre de adulto, ni pasa por algo que uno simplemente no espera, que nos toca el orgullo y la imagen que tenemos de nosotros mismos, o que puede ser doloroso. De hecho, los niños toleramos sorprendentemente bien el dolor y la muerte, y lo integramos como parte del vivir... El resentimiento primigenio tiene su origen en un suceso que se percibe como algo antinatural o que pone en riesgo la supervivencia. Este resentimiento viene a decir: «Esto no debería haber pasado de ninguna manera, peligra mi situación, y es vital hacer algo». La venganza primigenia es una justa respuesta.

La venganza del niño interior

Si el significado más extendido de la venganza ordinaria es devolver el daño recibido (una especie de búsqueda del statu quo), la venganza primigenia es la búsqueda de recuperar un vínculo esencial que uno siente que está en riesgo. Es la búsqueda del afecto, de la pertenencia, de seguir en una relación que el infante siente imprescindible para su vida. Por eso va a ser necesario acercarnos a la infancia, ese período tan ignorado y lleno de clichés.

La ternura, la sensibilidad, la inocencia, la disponibilidad, la curiosidad del niño no excluye la conciencia de sus propios derechos. Aunque de niños no hayamos leído la carta de derechos de la infancia de la ONU,1 los sentimos en el cuerpo, en las tripas y en el corazón.

Nuestros derechos son algo que de niños conocemos de forma instintiva. En esa etapa de vida, frente a un profundo dolor, se une la constatación intrínseca de que eso no debería haber ocurrido, que ese daño no es natural, no debería formar parte necesaria de la crianza, de la vida. Cuando de niños nos dañan de una forma que atenta contra nuestros derechos, aparece ese resentimiento primigenio, y es algo

1. Desde la perspectiva de los derechos humanos, los derechos de los niños están reconocidos en instrumentos internacionales como la Convención sobre los Derechos del Niño (1989), adoptada por la Asamblea General de las Naciones Unidas. Este tratado establece principios fundamentales, como el derecho a la supervivencia, al desarrollo pleno, a la protección contra abusos y a la participación en decisiones que les afecten. Según este marco, cualquier forma de daño físico, emocional o social vulnera estos derechos y afecta a su desarrollo integral.

necesario, no un capricho. Hay abusos a la infancia que, como sociedad, comprendemos y podemos identificar, por ejemplo, pegarles, gritarles, forzarles a trabajar o a exponerse a situaciones que no les corresponden por su edad, o cualquier acercamiento sexualizado. Pero hay otros que no se consideran como tal, que no se identifican, por ejemplo, ignorarles o aislarles, no darles o condicionar su afecto (físico y emocional) o rechazar el cariño que ofrecen, sobrerresponsabilizarles, privarles de protección, educación o salud en cualquiera de sus formas, no reconocer sus limitaciones y vulnerabilidad, coaccionarles o compararles con un ideal o con el hermano, privarles de explorar su sexualidad y un largo etcétera. Todos estos son atentados a los derechos del infante. Eso no excluye en absoluto los límites y frustrar al niño, que veremos que es esencial en su crianza. Pero estamos lejos de ver cómo dañamos y reconocer el impacto de ese daño.

El niño no lo piensa de forma racional, no es una cuestión moral o que juzgue a sus padres porque es asiduo a las charlas TED sobre la crianza consciente. No. Lo sabe desde el cuerpo, y sabe que ese daño recibido debe atenderse por encima de todo. Insisto, no por un sentimiento de justicia (eso se elabora muchos años después), sino por una amenaza al tejido relacional, que puede percibirse con tanta intensidad como la amenaza sobre el propio cuerpo. El niño sabe que eso es lo que los existencialistas, el cristianismo (que no el catolicismo), el budismo o la física cuántica llevan tiempo repitiendo (y pocos escuchando): no existimos, sino que coexistimos.

La venganza del niño interior

Los vínculos no son solo una necesidad afectiva, sino también biológica, tan importante como el propio moverse.2

Hago un espóiler: en la venganza primigenia lo principal no es devolver un daño, sino recuperar, restablecer, un vínculo esencial. Pero hay algo que aboca ese movimiento al desastre. Como niños, nuestras capacidades para dar a conocer lo que nos sucede son limitadas, precisamente porque somos niños, pero eso no sería un problema si se cumpliese ese refrán de «A buen entendedor, pocas palabras bastan». Me refiero a que como adultos nos enteramos poco de lo que les sucede a los niños. Sabemos tan poco de ellos como de nuestra propia infancia. Es una relación directa.

Y si no somos atendidos, ni entendidos, se activa el plan B: los juramentos. Estos nos van a servir para asegurarnos de que eso tan duro no nos vuelva a pasar. Esa será la deriva que lleve de la venganza primigenia hacia una venganza ordinaria. Lo veremos en el capítulo «Una historia de venganza» y con varios casos clínicos con los que verse reflejado. Estoy proponiendo una forma distinta de entender la venganza y el resentimiento, pero también el abordaje de la infancia y la rabia.

Mientras está operando la venganza no hay conciencia plena del dolor, sin ese contacto no es posible ajustarse con

2. Me refiero al concepto de interdependencia, explorado también por el budismo y la psicología humanista. Tanto las ciencias sociales como las humanidades coinciden en que los vínculos no solo son un componente esencial del desarrollo infantil, sino un derecho humano intrínseco.

uno mismo ni con el otro. Por eso, cuando uno se está vengando, ni siquiera piensa en las consecuencias de sus actos, todo está justificado. Por eso debemos revisar varias cuestiones que hemos normalizado. Una de ellas es la relación con el dolor. Algo tremendamente negado. Veremos que esta negación es cultural y tiene una función secundaria. Pero resulta que ese rechazo del dolor tiene muchas consecuencias, entre ellas, la imposibilidad de ajustarnos en relación con nosotros mismos y el otro. Placer y dolor van de la mano. Sin lo uno no hay lo otro.

En la venganza ordinaria, la persona se coloca por encima del otro (y de lo otro) porque su referencia está en sí mismo, desbordado por un dolor que no está atendiendo. Y es que, mientras se está vengando, puede sentirse con poder y que tiene algo de control de su vida mientras ejecuta esa venganza. Pero en la venganza primigenia el foco no está en el otro, sino en la relación. La venganza ordinaria es una mala copia sobreexpuesta en blanco y negro de la venganza primigenia.

Comprender qué ocurre en la infancia es necesario para entender el alcance de la venganza. Y ya te anticipo que lo que recuerdas de la infancia probablemente no sea lo que ocurrió. Generalmente, nuestra historia está por descubrirse.

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