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DONDE MUERE LA LUZ

Traducción: Carmen Montes Cano

A mi querida amiga, la maravillosa Lilian Andersson Tjäder. Gracias por cuarenta años de amistad.

«Existe un placer estético que implica a todo nuestro sistema nervioso. Incluso las fibras musculares parecen ser partícipes de un modo inconcreto. En esos instantes, el entorno se desdibuja en una curva tan cerrada que apenas existe, solo el objeto o el suceso que ha provocado nuestra experimentación de la belleza es real. Es una embriaguez insólita que nos aleja de otros intereses, una sensación de felicidad que a ratos percibimos como dolorosa.»

«Sobre el coleccionista», de David Westman, en la revista Porslin, nº 1-2, 1951, publicada por Fábricas de Porcelana Gustavsberg

S UE CIA

Uppsala

Lickershamn

Brissund

Visby

Högklint

Tofta

Västergarn

Klintehamn

Lilla Karlsö

Stora Karlsö

Hemse

Havdhem

Grötlingbo

Burgsvik

Sundre

Hoburg

GOTLAND

Hallshuk

Kappelshamn

Lärbro

Martebo

Tingstäde

Slite

Roma

Torsburg

Fårösund

Valleviken

Gotska Sandön

Fårö

Fårö

Holm

När

Ronehamn

Gansviken

Hamra

Holmhällar

Estrecho de Fårö

Gotland

Östergar ns holme

Katthammarsvik

Ljugarn

Tiempo atrás

Llevaría despierto un par de horas desde que los mayores se fueron a la cama por fin. A la interminable cena celebrada en uno de los salones del palacio, siguió el café en la terraza con vistas al lago. Y entonces, justo cuando él empezaba a confiar en que todos se retirasen, al anfitrión se le ocurrió la idea de que era una ocasión inmejorable para retar a sus invitados a una ronda de tiro al plato en el jardín. Solo faltaba una semana para el solsticio de verano y las noches eran tan claras como los días. Sus padres y sus amigos habían estado bebiendo y haciendo el tonto, así que no le habría extrañado que alguno se hubiera pegado un tiro en el pie. Por lo que pudiera pasar, él se escabulló hasta el embarcadero después de la cena y dedicó el resto de la noche a tirar piedras al agua.

Quería estar solo. Se le había ocurrido una idea y estaba haciendo planes para llevarla a cabo. Mañana volverían a casa, y entonces sería demasiado tarde. Solo se le presentaría aquella oportunidad.

Con los ojos resecos, contempló la negrura de la enorme habitación decorada con papel pintado de seda y cuyos techos eran tan altos que casi parecía que estuviese fuera de la casa. La historia del castillo se remontaba a la era vikinga, pero había ardido en varias ocasiones, la última, durante las guerras contra los daneses, y el edificio actual databa de finales del siglo xvii. Era como encontrarse en el foco mismo de la historia de Suecia.

Pesados cortinajes de terciopelo colgaban de las ventanas e impedían que entrara la clara luz que anunciaba la llegada del verano. Empezó a respirar rápido, como si hubiera estado corriendo. Era ahora o nunca.

Encendió la luz de la mesita de noche y miró el despertador. Las tres y cuarto. Comenzaba la hora del lobo. Le costaba creer que hubiera alguien despierto. Cuando los invitados se desplomaron por fin en sus camas estaban tan ebrios que no le cabía la menor duda de que ya estarían durmiendo como troncos.

Muy despacio, se incorporó en la cama, puso con cuidado los pies en el fresco suelo de mármol y se dirigió al cuarto de baño a hacer pis. Durante unos minutos, examinó en el espejo su imagen, el pelo, que le caía rizado sobre los hombros. Los últimos meses había crecido mucho, se había convertido en un chico alto y delgado. Se había dejado el pelo largo, para disgusto de sus padres, por no hablar de la cara que ponía su padre cuando lo veía llegar a casa con un símbolo de la paz y un pañuelo palestino. Claro, que a él le daba igual lo que pensaran. Tenía intención de hacer lo que le viniera en gana y nadie tenía por qué meterse.

Ahora estaba a punto de hacer algo de lo más prohibido, casi delictivo, pero no le quedaba más remedio, llevaba tiempo convencido de ello, de que había llegado el momento. Era como si tuviera por delante algo decisivo, algo grande, algo inconmensurable. Aquello le recordó los ritos de iniciación de los pueblos primitivos que había estudiado en el instituto. Le resultaba atractiva la idea, era muy apropiada para lo que se disponía a hacer. Estaba a punto de dejar atrás la infancia para acceder a la vida adulta. No sabía por qué, le parecía solemne.

Se puso los nuevos vaqueros acampanados y la camisa vaquera favorita de la marca Gul&Blå, y salió con sigilo de la habitación. El pasillo estaba silencioso y vacío, las altas ventanas se alineaban una tras otra y daban a un jardín exuberante, donde

los pajarillos cantaban a pleno pulmón. Siguió por los pasillos del palacio en dirección al dormitorio de los anfitriones. Se detuvo delante de la imponente puerta de madera y aguzó el oído. Reinaba un silencio absoluto. Dudó unos instantes, luego respiró hondo y bajó el picaporte.

La puerta se fue abriendo poco a poco con un crujido de protesta. Él cerró los ojos con fuerza hasta que cesó el sonido. Luego los volvió a abrir y contempló el dormitorio más grande que había visto en la vida. En el centro se alzaba una cama enorme con dosel y, en la penumbra, adivinó el cuerpo de dos personas bajo el edredón. Las cortinas estaban corridas, pero por la abertura se filtraba pese a todo un poco de luz nocturna. Tragó saliva y entró sin hacer ruido.

Cuando los ojos se le hicieron a la penumbra, paseó la mirada por el dormitorio. Una de las paredes estaba cubierta de armarios con espejos, en el lado del marido había un sillón de piel y una lámpara de pie junto a la mesita de noche. En el lado de su mujer había un tocador antiguo con un espejo ovalado y el marco de pan de oro.

El hombre y la mujer estaban dándose la espalda y parecían dormidos. Él escuchó su respiración unos instantes. Luego avanzó tan sigiloso como pudo hacia el lado de la señora del palacio, con la vista clavada en el largo cuello blanco. Estaba acostada de lado, con las dos manos debajo de la cara, el largo cabello castaño como flotando sobre el almohadón. Un pie asomaba por debajo del edredón, y él adivinó sus uñas pintadas de rojo, perfectas, como toda ella. De repente se encontraba solo a unos centímetros de su cuerpo. Apenas se atrevía a respirar.

Al final, se inclinó hacia delante, palmo a palmo, hasta que pudo sentir su aliento. Tenía el cuello desnudo. Era el momento. Era el momento justo. No pensaba perder ni un segundo. Muy despacio, levantó el brazo.

Los jirones grisáceos de las brumas de noviembre se deslizaban despacio sobre los campos y los prados costeros de Storsudret. Allí, en el extremo sur de la isla, el paisaje era llano y solitario, salpicado de enebros, de largos y sinuosos cercados de piedra y de silenciosas casas de caliza situadas a una distancia prudencial unas de otras. A lo largo de la costa se extendían las playas, algunas de arena fina y clara, otras de piedra, salpicadas de raukar, los característicos monolitos de piedra, y de acantilados, y con unas vistas imponentes al mar.

Todo se encontraba envuelto en un singular silencio. Un rebaño de ovejas gotlandesas de bellos cuernos torneados y pelo rizado del típico color gris pastaban en los prados. Ni un solo ser humano, ni un solo coche se veían por la carretera que atravesaba el municipio. La torre de la iglesia de Hamra podía intuirse entre la bruma blanquecina.

Con cierta dificultad, Markus y Elias abrieron la cancela de madera que daba a la calle. Era temprano por la mañana y los dos chicos de doce años estaban deseando emprender su excursión dominical. Markus le había prometido a su compañero de clase que le mostraría los raukar de Holmhällar. Tal vez pudieran continuar hasta el monolito llamado Hoburgsgubben, «el viejo de Hoburg», una de las atracciones turísticas más célebres de la isla, si llegaban antes de que cayera la noche. En esta época del

año, los días eran cortos, y sobre las cuatro de la tarde ya empezaba a ponerse el sol.

Sacaron las bicicletas de la amplia zona ajardinada llena de rosales y de manzanos que rodeaba la casa. En la mochila llevaban unos bollos de canela que habían sacado del congelador y un termo con chocolate caliente. Markus estaba deseando mostrarle a su amigo los imponentes raukar, se sentía orgulloso. Holmhällar era uno de sus lugares preferidos, y ya se imaginaba lo chulo que le iba a parecer a Elias.

La antigua granja de piedra caliza, tan imponente y que con tanto esmero habían renovado, pertenecía a la familia de Markus. Habían llegado hacía un par de días con sus padres y con Miranda, su hermana mayor, para pasar en la isla las vacaciones de otoño. En realidad, Miranda debería haberse quedado con ellos la noche del sábado, porque los padres iban a cenar con unos amigos en Furillen, donde pasarían la noche, y no tenían pensado volver hasta el domingo a la hora de la cena. Pero Miranda también quería irse de fiesta a Hemse para celebrar Halloween, y les ofreció a los chicos unas pizzas, helado y refrescos a cambio de que no dijeran una palabra a sus padres.

Tanto Markus como Elias aceptaron el trato de mil amores, no les importaba dormir solos en la casa. Miranda tomaría el autobús de Hemse el domingo a lo largo del día, y procuraría llegar antes de que volvieran sus padres. Por la mañana llamó a su hermano para cerciorarse de que todo estaba en orden.

—Le he dicho a Miranda que estaremos en casa sobre las cuatro —dijo Markus mientras cerraba la verja—. Así tendremos tiempo de ponernos de acuerdo en lo que vamos a decir antes de que lleguen mis padres.

—Vale —dijo Elias—. Perfecto.

Se subieron en las bicicletas y se alejaron pedaleando por la carretera asfaltada en dirección a Holmhällar. Aquello era emocionante y entrañaba su punto de peligro. En realidad, no tenían

permiso para ir solos tan lejos, pero la única que sabía hasta dónde pensaban llegar era Miranda. Además, estarían en casa mucho antes de que nadie se diera cuenta. Podían hacer lo que quisieran. Tenían por delante un día de aventuras.

Markus se puso de pie en los pedales y empezó a cobrar velocidad.

—¡Te echo una carrera hasta la próxima granja! —le gritó a Elias cuando pasó zumbando a su lado.

Estaban los dos solos, nadie sabía lo que les esperaba.

Nadie en el mundo.

Knutas se estiró en la cama aún tibia, era domingo por la mañana y Karin y él se quedaron remoloneando un poco más de lo habitual. Observó la luz matutina que, a través de las cortinas de alegres colores, se filtraba vacilante y dudosa, como solía ocurrir en noviembre cuando la oscuridad se extendía sobre la isla como un manto sombrío. Resultaba raro ver aquellas cortinas nuevas. Karin había elegido la tela, con un estampado de pajarillos posados en unos cerezos sobre un fondo rojo. Quizá no fuera ese el estampado que él habría elegido… Justo después de mudarse con él unas semanas atrás, Karin empezó a poner su sello en la casa de la calle Bokströmsgatan, en Visby, donde él llevaba viviendo cerca de treinta años. La mayor parte del tiempo, con su exmujer Line y los dos hijos de ambos, Petra y Nils, que ya eran adultos y se habían independizado. Line vivía en Dinamarca con su nuevo marido.

Oyó la respiración de Karin, los leves suspiros del sueño superficial. No tardaría en despertarse. Knutas se tumbó de lado para observarla. Alargó la mano y, con las yemas de los dedos, le acarició despacio el hombro desnudo y jugueteó con su cabello castaño antes de continuar bajando por el brazo. Karin dejó escapar un leve suspiro. Knutas le puso la mano en la barriga y tuvo la impresión de que notaba cierta redondez, aunque aún era muy pronto. Una vida que había empezado a crecer en su cuerpo, a pesar de que ya tenía cincuenta años. Era un milagro.

Unas semanas atrás, cuando Karin le habló de su embarazo, no supo cómo reaccionar. Primero se quedó pasmado, perplejo, mudo ante la sorpresa. Luego fue sintiendo ya miedo, ya alegría.

Era difícil no dejar volar la imaginación, si decidían tener el niño… ¿A quién se parecería? ¿Y si heredaba ese hueco tan encantador que Karin tenía entre las paletas, y que también había heredado su hija Hanna?

Al mismo tiempo, en su fuero interno reinaban las dudas. Dentro de un año, él cumpliría sesenta y cinco. Había soñado con envejecer tranquilo en compañía de Karin, vivir sin sobresaltos y dedicarse a disfrutar el uno del otro. Su intención era esperar aún unos años antes de jubilarse, pero sí tenía pensado reducir la jornada. Karin era catorce años más joven que él y podía asumir la jefatura de la Policía Judicial. Contar con él como contrapunto en las investigaciones. Eso le parecía perfecto.

Aunque amaba su trabajo, empezaba a sentir cierto cansancio. Siempre estaba deseando ir a disfrutar de la casa de campo de Lickershamn, arreglarla un poco, ir a la península a ver a sus hijos… Gracias a Karin, podría mantener un pie en la vida laboral. Estaba satisfecho con su plan, aunque aún no lo había comentado con ella.

La besó en el hombro con dulzura, disfrutando de estar así, de sentir su piel cálida. Madre mía… Si decidían tener el niño, él tendría que quedarse en casa con la criatura, eso seguro. Se horrorizaba solo de pensar en pañales llenos de caca, en resfriados y mocos, en la adaptación a la guardería y el seguimiento de las tareas escolares durante los próximos veinte años. Había soñado con levantarse tarde por las mañanas, disfrutar de una buena cena con los amigos, pasar algún fin de semana en Estocolmo y, por supuesto, también en algunas de las grandes ciudades de Europa, quizá hacer un crucero por el Caribe… Y con unas responsabilidades que no iban más allá de procurar cortar el césped en la casa de campo.

Si al final optaban por seguir adelante con el embarazo, les aguardaba una existencia bien distinta. Justo cuando se acercara a los ochenta, empezaría a tener que afrontar los problemas de la adolescencia y la pubertad. Cuando la criatura cumpliera dieciocho años, él tendría ochenta y tres. La sola idea le resultaba grotesca. Durante toda la infancia y la adolescencia del pobre niño, todo el mundo pensaría que él era el abuelo en lugar del padre.

Knutas sintió tal estrés ante la sola idea que empezó a dolerle la cabeza. En ese momento, Karin se volvió hacia él y abrió sus ojos castaño pimienta.

—Buenos días, cariño. ¿Sabes lo que he soñado?

—No —respondió él, le acarició la mejilla y trató de deshacerse del malestar.

—Que estábamos los dos en la cama con un bebé.

—Anda —dijo Knutas tragando saliva.

Karin le sonrió. Él se esforzó por corresponderle. Al mismo tiempo, tenía la sensación de que estaba a punto de caer en un abismo negro e infinito.

Hacía un día bastante gris, aunque cálido para aquella época del año, y apenas soplaba el viento. La zona de los monolitos se encontraba a unos cinco kilómetros de Hamra, con lo que no se tardaba mucho en ir en bicicleta. Los chicos pedaleaban por un paisaje llano y silencioso enmarcado por muros bajos de piedra que discurrían por campos y praderas, y salpicado de algún que otro molino de viento y rebaños de ovejas negras que pastaban apacibles. Todo el tiempo sentían cerca el mar y, antes de desviarse hacia el área de los raukar, dejaron atrás el pequeño puerto de Vändburg.

En Holmhällar el viento soplaba mucho más, y la espuma blanca coronaba las olas. Cuando llegaron pedaleando por el camino de grava que descendía a la playa, vieron que se alzaban ante ellos monolitos de distintas formas y tamaños. Era un paisaje árido y desierto. Un trecho mar adentro se divisaba el islote plano de Heligholmen, habitado por aves, con su faro solitario.

—¡Qué chulo! —exclamó Elias bajándose de la bicicleta.

Dejó la mochila y echó a correr hacia los grandes pedruscos que se alzaban hacia el cielo.

—¿A que sí? —respondió Markus siguiéndolo a buen paso.

Los dos chicos se pusieron a trepar por las figuras rocosas, algunas de hasta cinco metros de altura, mientras exploraban pequeñas cuevas y oquedades, escalaban a las rocas más altas y arrojaban piedras al agua tratando de llegar lo más lejos posible.

Luego bajaron corriendo a la orilla y estuvieron un rato lanzando piedras y haciendo el salto de la rana.

—¿Qué es eso? —preguntó Elias mientras señalaba un grupo de casas de piedra que había junto a la playa.

—El pueblo pesquero de Holm, hay montones de ellos en las playas que rodean la isla —dijo Markus—. La mayoría de las cabañas son de madera, pero esas las construyeron en piedra, ya lo ves, y tienen el tejado de lascas, que son como discos de piedra puestos unos sobre otros. —Se hacía un poco el importante mientras se lo explicaba, fue su padre quien le habló de los tejados de lascas, tan característicos de Gotland.

—¿Vive alguien ahí? —preguntó Elias.

—Ahí no, aunque es bastante normal que la gente use las cabañas como viviendas de verano —respondió Markus—. Pero seguro que esas solo las utilizan para guardar aparejos de pesca, redes y demás.

Después de haber pasado un buen rato corriendo de aquí para allá entre los raukar, los chicos decidieron ir en bici hacia el sur, en dirección al monolito de Hoburgsgubben.

Cuando ya se acercaban, empezaron a rugirles las tripas. Tomaron un sendero de grava. Ante ellos, el mar se extendía inmenso. Al final había un viejo caserón de caliza bastante aislado y un cobertizo con el típico tejado gotlandés rematado en punta. Parecía abandonado, así que se sentaron en el muro que rodeaba la vivienda y la extensa parcela. Sacaron la bolsa de bollos de canela. No se habían molestado en llevarse los bocadillos que Miranda les había dejado para la excursión.

Los chicos hincaron el diente al dulce mientras contemplaban el mar. Eran unos bollos bien grandes, sabían a recién hechos, estaban cargados de canela por dentro y cubiertos de perlas de azúcar. Iban de maravilla con el chocolate caliente.

Después de comerse los bollos, echaron una ojeada curiosa a su alrededor. El cobertizo de techo alto y ventanucos minúsculos

en la rugosa fachada tenía un aspecto de lo más emocionante. Se bajaron del muro de un salto y trataron de ver el interior a través de las ventanas polvorientas, pero no se distinguía nada. De pronto, Elias lo llamó.

—¡Eh, mira! —dijo al tiempo que recogía de la grava un viejo tirachinas.

—¿Tenemos algo que lanzar? —preguntó Markus.

—Claro, en el suelo hay un montón de chinas —dijo con una piedra mediana en la mano.

—Podemos apuntar ahí.

Markus señaló un letrero que colgaba encima de la puerta del cobertizo.

Era un letrero antiguo de latón donde se leía phoenix en letras rojas sobre un fondo amarillo anaranjado. Representaba a una joven sonriente y ligera de ropa, y unas cuantas cajas de madera apiladas unas encima de otras. En la caja de arriba había una máquina de coser. Un perrito apoyaba las patas delanteras en la caja y olisqueaba el artilugio.

—Vale, yo le voy a dar a la cabeza de la chica —dijo Markus, se colocó a unos metros y tensó el tirachinas.

La piedra salió disparada, pero erró el objetivo.

—Me toca —dijo Elias.

Apuntó al hocico del perro.

Para sorpresa de los dos chicos, dio justo en el blanco.

—¡Le has dado, qué pasada! —exclamó Markus.

—Vamos, intenta superar eso si puedes —respondió Elias, riendo triunfal—. Mira, ahí vienen unos en bicicleta.

Los ciclistas se acercaron, resultó que era un grupo de jóvenes franceses que estaba de viaje de estudios y les preguntaron por el camino hacia Hoburgen. Se detuvieron allí unos instantes, antes de continuar.

Markus tensó el tirachinas para disparar otra vez antes de que le tocara el turno a Elias. En ese mismo momento, un gato

bajó saltando del tejado y la piedra le dio en una de las patas traseras. El animal empezó a maullar de un modo desgarrador y aterrizó en el suelo antes de desaparecer cojeando y quejándose por el hueco que había al lado de la puerta del cobertizo.

—Mierda, le he dado al gato —dijo Markus con la desesperación en la voz—. ¿Lo has visto? Iba herido.

—Tenemos que ir a buscarlo.

—¿Y cómo vamos a entrar?

Elias fue corriendo hasta la puerta, tiró del picaporte y comprobó que estaba cerrada con llave, de modo que trató de abrirla de una patada, pero no lo consiguió. Se volvió y escudriñó la parcela en busca de alguna herramienta. Echó a correr hacia la vivienda y desapareció detrás de la esquina.

Markus lo esperaba con el corazón acelerado mientras oía los maullidos del pobre gato desde el interior del cobertizo. Había sido culpa suya, fue él quien disparó. Ojalá no estuviera herido de gravedad, rogaba para sus adentros mientras sentía cómo se le llenaban los ojos de lágrimas. Si consiguieran localizarlo, podrían llevarlo a un veterinario. En ese momento apareció Elias con una palanca.

—La he encontrado en la parte trasera —dijo sin aliento—. Vamos a romper el cristal de la ventana y entramos.

—¿Qué dices? Pero ¡no podemos romper el cristal! —exclamó Markus, horrorizado.

—¿Cómo que no? —preguntó el otro, mirando a su amigo con aire envalentonado antes de dar un fuerte golpe con la palanca. El cristal cayó al suelo con un estruendo. Elias retiró con cuidado los restos del marco de la ventana, fue a buscar un taburete que había delante de la fachada, lo colocó debajo del hueco y se metió dentro. Markus dudó unos segundos antes de seguirlo.

En el interior reinaba la penumbra y el ambiente era frío y húmedo, con cierto olor a tierra y a madera mojada. El cobertizo era grande, con el techo muy alto, y se veían varias herramientas

de jardinería, unas bicicletas, un cortacésped y un montón de maderos apilados contra la pared. Justo detrás se oía maullar al gato, y Elias empujó despacio con el pie la pila de troncos para que el animal herido saliera y así poder atraparlo. En efecto, el gato apareció de pronto. Le sangraba la pata trasera, pero, aunque cojeaba, se escabulló demasiado rápido. Se detuvo delante de una de las paredes del cobertizo y se puso a lamerse la pata herida.

—Vamos a acercarnos despacio —susurró Elias, y echó a andar con todo el sigilo posible.

El gato levantó la vista cuando lo tuvo cerca, bufó sin fuerzas y desapareció detrás de una cesta de mimbre que había en la esquina. Elias se acercó corriendo y apartó la cesta. El rincón estaba vacío. Había unas gotas de sangre, pero nada más.

—Pero ¡qué puñetas! —exclamó el chico—. ¿Dónde se ha metido?

—Ni idea —dijo Markus, que estaba justo detrás de él—. No puede haberse esfumado.

—Espera —respondió su amigo al tiempo que aguzaba el oído con la mano en alto—. ¿No lo oyes?

Al otro lado de la pared del cobertizo se oía un débil lamento, pero el problema era que no se veía la menor abertura por ninguna parte.

Elias se agachó y empezó a tantear la parte inferior de la pared.

—¿Cómo se habrá metido ahí? Tiene que haber una tabla suelta o algo. Un agujero.

Markus fue al otro extremo de la pared, se agachó y empezó a tantear en busca de alguna abertura o de cualquier forma de acceder al otro lado desde ahí.

—Qué raro —dijo. No había ni rastro de nada que indicara siquiera una posibilidad de pasar al otro lado.

—A ver, la casa sigue por ahí —respondió Elias con el ceño fruncido—. No lo entiendo.

—Pobre gato —insistió Markus—. ¿Tú crees que le dolerá mucho?

Sentía la preocupación en el estómago. ¿Qué dirían sus padres? ¿Y el dueño del gato? ¿Y si el animal no sobrevivía?

—Ha dejado de maullar —observó Elias—. Puede que esté mejor.

—O puede que esté peor —replicó Markus—. No vamos a dejarlo aquí sin hacer nada. Imagínate que está desangrándose ahí detrás.

De pronto, Elias soltó un grito. Se había apoyado en un gran baúl que estaba encajado en la pared y que parecía imposible de mover.

—Aquí detrás hay algo, parece un picaporte.

Tiró y, de pronto, la pared se abrió con un sonoro crujido. Los chicos se miraron atónitos. ¿Era verdad lo que acababan de ver? La pared se corrió hacia un lado y ante ellos apareció una sala enorme con un aspecto muy distinto al resto del cobertizo. Se encontraba sumida en la penumbra, pero percibieron el sonido sordo de un ventilador, y allí dentro el aire era seco y cálido. El suelo era de hormigón y las paredes se veían bien lisas. Elias encontró un interruptor y lo giró. Cuando se encendió la luz, se quedó sin aliento. Miró a Markus, que observaba la estancia boquiabierto.

Un segundo después, los dos se quedaron de piedra. Fuera oyeron el ruido de un motor que se acercaba y luego un coche que subía por la explanada de grava antes de detenerse. Después, el ruido de la puerta del vehículo al cerrarse y unos pasos rápidos que se acercaban. Los chicos no podían moverse y apenas se atrevían a respirar.

Se miraron. ¿Y si trataban de esconderse? Pero no alcanzaron a tomar ninguna decisión.

En cuanto vio el imponente inmueble de caliza comprendió que su hermano y el amigo de este aún no habían vuelto a casa. Eran algo más de las cuatro de la tarde y ya reinaba la oscuridad, pero en el interior todas las luces estaban apagadas.

Miranda Adler se había tomado su tiempo para volver en bicicleta desde Burgsvik. En realidad, tenía demasiada resaca para hacer ningún esfuerzo físico, pero el autobús de Hemse ya no circulaba en dirección sur a esas alturas del año. Los que vivían en Storsudret tenían que arreglárselas como pudieran sin transporte público. A Miranda le sentó fatal tener que ir en bicicleta, pero al menos no estaba lloviendo, a pesar de que parecía que el cielo fuera a abrirse de par en par en cualquier momento.

Una luz acogedora brillaba procedente de la Taberna Hamra cuando pasó por delante. Los coloridos farolillos competían con las luces de las calabazas que habían colocado a la orilla de la carretera, y el aparcamiento del restaurante estaba lleno de coches. Miranda oía las voces y la música, y veía las velas encendidas en las mesas; todo daba una impresión acogedora y agradable. También en el local recreativo del pueblo había luces y un montón de invitados, pues mucha gente celebraba la fiesta de Todos los Santos en la aldea.

Echó un vistazo a la casa que estaba a oscuras cuando se detuvo delante de la cancela. Las bicicletas de los chicos no estaban allí. Qué raro que no hubieran llegado todavía. Marcó el número de Markus, pero enseguida le saltó el contestador. «En fin, ya llegarán», pensó, y echó una ojeada a la carretera. Aunque ojalá no tardaran mucho.

Dejó la bicicleta y recorrió el sinuoso paseo hasta la puerta de la casa, la abrió con la llave y entró. La gran casa de piedra le resultó desierta y desagradable en la oscuridad, así que empezó por ir encendiendo las luces aquí y allá. Sentía un poco de cargo de conciencia por haberse ido de fiesta en lugar de quedarse en

casa con los chicos, tal como había prometido. Esperaba que no hubieran pasado un mal rato allí solos. Recordaba cómo eran las cosas a esa edad: podía sentirse muy mayor, pero, al mismo tiempo, aún era pequeña.

Sea como fuere, todo había ido bien, o eso parecía. Había hablado con Markus por la mañana para darle instrucciones sobre cómo organizar la merienda para la excursión. Él le aseguró que había sido emocionante pasar la noche solos en casa y le dijo que estaban a punto de irse cuando ella llamó. Miranda echó un vistazo al reloj de la cocina. Las cinco menos diez. Ya deberían haber vuelto, fuera era noche cerrada y en los cristales de las ventanas se veía que había empezado a llover. Trató de llamar a su hermano una vez más, sin éxito. Y claro, para qué iba a tener ella el número de Elias.

La recorrió un escalofrío; de pronto, la casa le resultó lúgubre. Tenía resaca, estaba cansada y se sentía sucia. No se había duchado por la mañana, sino que se vistió a toda prisa en casa del chico con el que se había quedado a dormir. Entró en el baño, se desnudó, se metió en la ducha y dejó que el agua caliente la empapara hasta que sintió que había entrado en calor. Después de secarse, se puso un chándal y las zapatillas de piel de oveja, y encendió la chimenea de la cocina. Luego abrió el frigorífico para ir sacando los ingredientes de la cena. Se había ofrecido a preparar unos espaguetis con carne y a tenerlo todo listo sobre las siete.

Miranda puso la tele para sentirse menos sola y empezó a pelar y a picar la cebolla. Ya estaba mejor, al tiempo que la incomodaba que los chicos no hubieran llegado a casa aún. Dichosos críos. ¿Dónde se habrían metido?

Con la carne ya haciéndose en la sartén y la mesa puesta, Miranda empezó a mirar de nuevo por la ventana. La lluvia había arreciado. Sus padres entrarían por la puerta en cualquier momento. No había querido llamarlos para contarles que los

chicos no estaban a fin de no preocuparlos sin necesidad, pero ya empezaba a ser inevitable.

Sintió una oleada de desazón que la quemaba por dentro. ¿Y si habían sufrido un accidente de tráfico y estaban malheridos? La visibilidad en esos momentos debía de ser nula, y seguro que no llevaban reflectantes. Y la zona de los raukar de Holmhällar tampoco era un lugar carente de peligro. Los monolitos podían estar resbaladizos y ser muy traicioneros con la lluvia, y se encontraban a la orilla misma del mar. Si el viento soplaba fuerte y se levantaba el oleaje, podías tener la mala suerte de resbalar y verte arrastrado por el agua. No debería haberlos dejado ir allí solos.

En ese momento se abrió la puerta. Se estremeció ante la fugaz esperanza de oír la voz clara de su hermano.

Se quedó muy quieta, conteniendo la respiración. Al reconocer la voz animosa de su madre se desmoronó.

—¡Hola! ¡Ya estamos aquí!

Se quedó inmóvil mientras oía a sus padres hacer ruido en el vestíbulo antes de aparecer en la puerta de la cocina.

—Hola, cariño —le dijo su madre al tiempo que le daba un abrazo.

Miranda permaneció muy seria y callada.

—¿Qué pasa? —preguntó su padre—. ¿Dónde están Markus y Elias?

—Han estado todo el día fuera con las bicis —respondió Miranda—. Iban a ir a Holmhällar.

—¿A Holmhällar? Pero, Miranda, si sabes que Markus no tiene edad para ir allí solo. ¿Y cómo es que no han vuelto todavía? —dijo la madre con la preocupación en la voz—. Llueve a mares.

—No tengo ni idea —dijo ella—. No consigo contactar con Markus. Lo he llamado un montón de veces y le he enviado mensajes, pero no responde.

—¿A qué hora se fueron con las bicis? —preguntó el padre.

—Pues… no me acuerdo —respondió Miranda mientras rebuscaba desesperada en la memoria. ¿A qué hora se había despertado en casa de aquel chico? ¿Cuándo llamó a Markus?

—Sobre las diez, creo —dijo dudosa, evitando la cara de preocupación de sus padres.

—¡A las diez! —exclamó el padre horrorizado. Miró la hora en el reloj de pulsera—. ¡Si son cerca de la seis y media! Llevan fuera casi diez horas.

La madre se quedó pálida. Cuando abrió la boca, dijo con la voz quebrada:

—Ha tenido que pasar algo.

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