

GARETH BROWN
El LIBRO PUERTAS de las
Traducción de: Ana Isabel Sánchez Díez
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MAEVA apuesta para frenar la crisis climática y desea contribuir al esfuerzo colectivo y permanente de proteger y preservar el medio ambiente y nuestros bosques con el compromiso de producir nuestros libros con materiales sostenibles.
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Título original: The Book of Doors
© Gareth Brown, 2023
© de la traducción: Ana Isabel Sánchez Díez, 2024
© MAEVA EDICIONES, 2024
Benito Castro, 6 28028 MADRID www.maeva.es
La traducción de esta novela ha sido posible gracias a la ayuda de Publishing Scotland Translation Fund
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ISBN: 978-84-10260-29-0
Depósito legal: M-14872-2024
Diseño de cubierta: © Beci Kelly/TW sobre fondo de iStock
Fotografía del autor: © privado
Preimpresión: MT Color & Diseño, S. L.
Impreso por: Huertas S. A.
Impreso en España / Printed in Spain
Dedicado a mi esposa, May, por todos los recuerdos creados y las aventuras aún por venir. (NMINOO! VWDDR!)
Primera parte PUERTAS


El generoso regalo
del señor Webber
En Kellner Books, en el Upper East Side de Nueva York, pocos minutos antes de su muerte, John Webber estaba leyendo El conde de Montecristo. Se encontraba sentado a su mesa de siempre, en el centro de la librería, con el abrigo bien doblado sobre el respaldo de la silla y la novela apoyada en la mesa que tenía delante. Se detuvo un momento para beber un sorbo de café, cerró el libro y colocó un suave marcapáginas de cuero en el lugar correspondiente.
—¿Cómo está, señor Webber? —preguntó Cassie mientras se movía por la tienda con una pila de libros bajo el brazo.
Era tarde y el señor Webber era el único cliente.
—Viejo, cansado y cayéndome a pedazos —respondió como hacía cada vez que la joven le preguntaba cómo le iba—. Pero, por lo demás, no puedo quejarme.
El señor Webber era una cara habitual en la librería y uno de los clientes con los que Cassie siempre intentaba hablar. Era un caballero de voz suave que vestía impecable con lo que parecían ser prendas caras. La edad se le notaba en las arrugas de las manos y el cuello, pero no en la piel tersa de la cara ni en la abundante cabellera blanca. Cassie sabía que se sentía solo, pero el anciano lo llevaba con elegancia, sin imponerle su soledad a los demás.
—Estoy leyendo El conde de Montecristo —le confió mientras señalaba el libro con la cabeza. El marcapáginas apuntaba a Cassie como la lengua de una serpiente—. Ya lo había leído, pero,
cuanto más envejezco, más me reconforta releer mis libros favoritos. Es como pasar el rato con amigos de toda la vida. —Dejó escapar una áspera carcajada de autodesprecio para indicarle que sabía que estaba diciendo una tontería—. ¿Lo has leído?
—Sí —respondió Cassie, que tuvo que recolocarse la pila de libros bajo el brazo—. Lo leí cuando tenía diez años, creo.
Recordó los largos días lluviosos de un fin de semana de otoño en el que El conde de Montecristo , como muchos otros libros, la había transportado a otro lugar.
—Yo no recuerdo haber tenido diez años —murmuró el señor Webber con una sonrisa—. Creo que nací ya adulto y con traje.
¿Qué te pareció cuando lo leíste?
—Es un clásico, por supuesto —contestó ella—. Pero el trozo del medio, toda la parte de Roma, se me hizo demasiado larga. Yo lo que quería era llegar al final, a la venganza.
El señor Webber asintió.
—Es cierto que la revancha se hace esperar.
—Mmm —convino Cassie.
El momento se dilató, el silencio se llenó con la suave música de jazz que sonaba por los altavoces de la pared.
—¿Has estado alguna vez en Roma? —preguntó el señor Webber, que se frotó las manos como si las tuviera frías.
La joven sabía que había sido pianista y compositor antes de jubilarse; tenía unos dedos largos y delicados, de los que bailan con facilidad sobre un teclado.
—Sí, he estado en Roma —respondió—. No la recuerdo mucho. Había pasado una semana en la capital italiana hacía años, durante un viaje por toda Europa, y la recordaba muy bien, pero quería dejar hablar al señor Webber. Era un hombre lleno de historias de una vida bien vivida; un hombre con más historias que personas a las que contárselas.
—Me encantaba Roma —dijo el anciano al mismo tiempo que se recostaba en la silla—. De todos los lugares a los que viajaba, y viajaba mucho, esa ciudad era uno de mis favoritos. Salías a pasear y te imaginabas cómo era hace quinientos años.
—Vaya —murmuró Cassie mientras contemplaba cómo la atención del anciano se desviaba hacia sus recuerdos.
Allí parecía feliz.
—Verás, me alojaba en un hotelito cerca de la Fontana de Trevi —dijo, repentinamente embargado por un recuerdo—, y todas las mañanas me llevaban el café a la cama, lo quisiera o no. A las siete en punto. Un golpeteo rápido en la puerta y la anciana que regentaba el establecimiento entraba, lo dejaba con brusquedad sobre la mesilla y volvía a marcharse. La primera mañana, estaba desnudo en medio de la habitación pensando en qué ponerme cuando ella irrumpió con el café en la mano. Me miró de arriba abajo, sin sentirse en absoluto impresionada por lo que vio, y volvió a salir. —Se rio de su propio recuerdo—. Me vio en toda mi... «extensión».
—Uf, madre mía —dijo Cassie, que se echó a reír con él.
El hombre la estudió mientras lo hacía y llegó a una conclusión:
—Ya te lo había contado, ¿no?
—No —mintió ella—. No creo.
—Me consientes demasiado, Cassie. Me he convertido en uno de esos viejos que aburren a los jóvenes con sus historias.
—Una buena historia es igual de buena la segunda vez —sentenció ella.
El señor Webber negó con la cabeza, como si estuviera molesto consigo mismo.
—¿Sigue viajando, señor Webber? —preguntó ella para alejarlo de su enfado.
—Qué va, ahora ya nunca voy a ninguna parte —dijo—. Estoy demasiado viejo, demasiado débil. Dudo que sobreviviera a un vuelo largo.
Entrelazó los dedos, se apoyó las manos sobre el vientre y se quedó mirando la mesa, perdido en aquel pensamiento.
—Eso ha sido un poco macabro —señaló Cassie.
—Realista —contestó él con una sonrisa. Después, la miró con seriedad—. Es importante ser realista. La vida es como un tren que va cada vez más rápido y, cuanto antes te des cuenta, mejor. Yo voy como un rayo hacia la última parada; eso lo sé. Pero he vivido mi vida y no tengo quejas. Sin embargo, los jóvenes como tú, Cassie, tenéis que salir y ver el mundo mientras podáis. Hay mucho
que ver fuera de estas cuatro paredes. No dejes que el mundo pase de largo ante ti.
—He visto muchas cosas, señor Webber, no se preocupe por eso —dijo Cassie, incómoda ahora que la conversación se había centrado en ella. Señaló con la cabeza los libros que seguía cargando—. Deje que vaya a llevarlos a la parte de atrás antes de que se me caiga el brazo.
Pasó junto a la barra de la cafetería —ya cerrada hasta el día siguiente— y se adentró en la trastienda, una cueva sin ventanas llena de cajas y de taquillas para el personal. Dejó los libros sobre el desordenado escritorio para que la señora K se ocupara de ellos al día siguiente, cuando abriera.
—Cassie, no pretendía decirte cómo debes vivir tu vida —le dijo el señor Webber con expresión grave cuando reapareció—. Espero no haberte ofendido.
—¿Ofenderme? —preguntó la joven, desconcertada—. No sea tonto. No le he dado la menor importancia.
—Bueno, a lo que me refiero en verdad es a que, por favor, no le digas a la señora Kellner que se me ha ocurrido sugerirte que las abandones a ella y a su librería.
—Le prohibiría la entrada de por vida —dijo Cassie con una gran sonrisa—. Pero no se preocupe, no diré nada. Y tampoco pienso irme a ningún sitio en un futuro próximo.
Mientras recogía las tazas y los platos de las mesas, la joven echó un vistazo en torno a la tienda, el lugar en el que trabajaba desde que había llegado a Nueva York seis años atrás. Era todo lo que una librería debería ser: tenía estanterías y mesas cargadas de libros, música suave sonando siempre de fondo y luces colgando de cables desde los techos altos para crear puntos de luminosidad y de penumbra acogedora. Había sillas cómodas en los rincones y entre las estanterías, y obras de arte inconexas en las paredes. Hacía diez años que no renovaban la pintura, y las estanterías debían de haberlas comprado en la década de 1960, pero no daba la sensación de ser un lugar venido a menos, sino, más bien, gratamente desaliñado. Era un lugar cómodo, el tipo de tienda que te resulta familiar la primera vez que entras por la puerta.
Señaló con la cabeza la taza de café del señor Webber.
—¿Quiere que se la rellene por última vez antes de cerrar?
—He tomado más que de sobra —dijo el anciano al mismo tiempo que negaba con la cabeza—. Voy a pasarme toda la noche subiendo y bajando como un ascensor para ir a mear. —Cassie hizo una mueca, medio divertida, medio asqueada—. Te ofrezco una ventana a la vida de una persona mayor —dijo el hombre sin el menor rubor—. Es un placer constante. Bueno, dame unos minutos para coger fuerzas y luego dejaré de incordiarte.
—Tómese todo el tiempo que quiera —dijo ella—. Es agradable tener compañía al final del día.
—Sí —concedió el señor Webber, que clavó la mirada en la mesa y apoyó la mano en la cubierta del libro—. Sí, lo es.
Levantó la vista y le sonrió con cierta timidez. Cassie le dio una palmadita en el hombro al pasar a su lado. En la parte delantera de la tienda, el gran escaparate derramaba una luz suave hacia la noche, como una chimenea en la oscura habitación de la ciudad, y, al encaramarse a su taburete, la joven vio que estaba empezando a nevar, que los copos caían formando espirales como motas de polvo en la bruma de luz.
—Precioso —murmuró encantada.
Contempló la nieve durante un rato, notó que se hacía cada vez más espesa y que los edificios del otro lado de la calle se convertían en un crucigrama de ventanas iluminadas y oscuras. Los peatones se ponían la capucha y agachaban la cabeza para protegerse de la embestida, y los comensales del minúsculo bar de sushi que había justo enfrente de Kellner Books observaban la ventisca con unos palillos en la mano y cara de preocupación.
—El mejor lugar para disfrutar de una noche de tormenta es una habitación calentita con un libro en el regazo —se dijo Cassie. Sonrió con tristeza porque aquellas palabras se las había dicho una vez una persona a la que echaba de menos.
Le echó un vistazo al reloj de la pared y vio que era hora de cerrar. El señor Webber estaba sentado a su mesa con la cabeza inclinada hacia un lado en un ángulo extraño, como un hombre al que le pareciera haber oído que alguien lo llamaba por su nombre. Cassie frunció el ceño y una punzada de inquietud le provocó un hormigueo en lo más profundo de las entrañas.
—¿Señor Webber? —preguntó mientras se levantaba del taburete.
Cruzó la librería a toda prisa, la ligera música de jazz que sonaba de fondo rechinaba contra su repentina incomodidad. Cuando le puso una mano en el hombro al anciano, este no reaccionó. Tenía una expresión inalterable en la cara, los ojos abiertos e inertes, los labios ligeramente separados.
—¿Señor Webber? —insistió, aunque sabía que era inútil.
Ella ya sabía qué aspecto tenía la muerte. La primera vez que la había visto, hacía muchos años, le había arrebatado al hombre que la había criado y a la única familia que había conocido. Ahora la muerte había vuelto, y esta vez se había llevado a un buen hombre al que Cassie apenas conocía mientras ella estaba distraída con la nieve.
—Ay, señor Webber —dijo, y la tristeza se desbordó en su interior. Primero llegaron los técnicos de emergencias sanitarias, que entraron en la tienda montando un buen escándalo y sacudiéndose la nieve de la ropa y del pelo. Sus movimientos eran enérgicos, como si hubiera alguna posibilidad de salvar al señor Webber, pero, en cuanto lo vieron, todo su ímpetu se desvaneció.
—Se ha ido —le dijo uno de ellos, y los tres se quedaron de pie envueltos en un silencio incómodo, como extraños en una fiesta.
El señor Webber observaba la nada del segundo plano con los ojos vidriosos.
Entonces llegó la policía, un hombre joven y otro mayor, y ambos le hicieron preguntas mientras los técnicos de emergencias levantaban al anciano de la silla y lo sujetaban a una camilla.
—Viene por las tardes a última hora, dos o tres veces a la semana —les explicó—. Justo antes de que la cafetería deje de servir. Se toma algo y se sienta ahí a leer un libro hasta que cierro la tienda.
El policía joven parecía aburrido, permanecía de pie con las manos apoyadas en las caderas mientras observaba a los sanitarios trabajar.
—Debe de estar solo —dijo.
—Le gustan los libros —añadió Cassie, y el policía la miró—. A veces hablamos de los libros que hemos leído, de los que él se está leyendo.
Las palabras aún seguían escapándosele de los labios cuando se dio cuenta de que estaba hablando de más. Se cruzó de brazos para contenerse. La policía tenía algo que hacía que se sintiera cohibida, tan consciente de todo lo que hacía que le resultaba insoportable.
—Vale —dijo el policía, que la miraba con una indiferencia profesional.
—Supongo que le gustaba hablar con usted, señora —dijo el agente de más edad, y Cassie pensó que intentaba ser amable.
El agente estaba revisando el contenido de la cartera del señor Webber en busca de una dirección o de algún allegado. A Cassie le pareció obsceno, como rebuscar en el cajón de la ropa interior de alguien.
—No hay nada como una mujer guapa para darle a un viejo algo que esperar con ilusión —comentó el policía más joven con una sonrisa maliciosa asomándole a las comisuras de los labios.
El otro hombre negó con la cabeza en señal de desaprobación sin apartar la vista de la cartera del fallecido.
—No había nada de eso —le espetó Cassie en tono cortante a causa de la irritación—. Solo era un buen hombre. No lo convierta en algo que no era.
El agente joven hizo un gesto que pretendía ser una disculpa, pero no intentó disimular la mirada malintencionada que le lanzó a su colega después. Se acercó a la puerta para abrírsela a los técnicos de emergencias.
—Aquí lo tenemos —dijo el policía mayor al sacar el permiso de conducir del señor Webber—. Apartamento cuatro del trescientos de la calle 94 Este. Buen barrio. —Devolvió el documento a la cartera y la cerró—. Le avisaremos si necesitamos más información —dijo dirigiéndose a Cassie—, pero llámenos si se le ocurre algo.
Le entregó una tarjeta de visita del Departamento de Policía de Nueva York con un número de teléfono.
—¿Algo como qué? —quiso saber Cassie.
El policía se encogió de hombros con pereza.
—Cualquier cosa que necesitemos saber.
Ella asintió como si fuera una buena respuesta, aunque no lo era.
—¿Y qué pasa con su familia?
—Ya nos ocupamos nosotros —respondió el agente mayor.
—Si es que tiene —añadió el más joven, que se había quedado esperando junto a la puerta.
Quería marcharse, a Cassie le resultó obvio; el agente se estaba aburriendo y lo odió por ello. El señor Webber se merecía algo mejor. Todo el mundo se merecía algo mejor.
—¿Estará bien, señorita? —le preguntó el policía de más edad.
Todo en aquel hombre rezumaba cansancio, pero, aun así, estaba haciendo su trabajo, y bastante mejor que su compañero.
—Sí —contestó ella, que frunció el ceño a causa del enfado—. Por supuesto.
El hombre se la quedó mirando un instante.
—Eh, a veces la gente muere sin más —dijo en un esfuerzo por dedicarle unas palabras consoladoras—. Es lo que hay.
Cassie asintió. Ya lo sabía. A veces la gente moría sin más.
La joven se quedó de pie en la parte delantera de la tienda y los vio alejarse, primero la ambulancia y después el coche de policía. Su propio reflejo era un fantasma en el escaparate: una chica alta y desmañada, vestida con ropa de segunda mano —un viejo jersey de lana con cuello de barco y unos vaqueros azules raídos a la altura de las rodillas—.
—Adiós, señor Webber —se despidió mientras se subía distraídamente las mangas del jersey hasta los codos.
Se dijo que no debía estar triste: el señor Webber era mayor y, por lo que parecía, había tenido una muerte pacífica y rápida en un lugar que le proporcionaba felicidad. Pero su tristeza era obstinada, una nota grave y constante que le retumbaba en el fondo de los pensamientos.
Cogió el teléfono y llamó a casa de la señora Kellner.
—¿Muerto? —repitió la mujer cuando le contó lo que había sucedido.
La palabra fue como la bala de una pistola, un estallido breve y agudo.
Cassie esperó y oyó un suspiro largo y cansado.
—Pobre señor Webber —dijo la señora Kellner, y su empleada notó que negaba con la cabeza—. Pero hay formas peores de irse. Seguro que él también opinaría lo mismo. ¿Cómo estás, Cassie?
La pregunta la sorprendió, como le ocurría siempre que alguien se interesaba por cómo le iba.
—Bueno, estoy bien —mintió para restarle importancia al tema—. Solo un poco impactada, supongo.
—Ya, bueno. A todos nos llega la hora y el señor Webber era bastante mayor. Es triste, pero no hay razón para deprimirse, ¿me oyes?
—Sí, señora —contestó Cassie, que agradecía el consejo amable y vigoroso de la señora Kellner.
—Ahora cierra y vete a casa. Hay una buena ventisca ahí fuera y no quiero que te cojas una hipotermia. Es una orden, no una petición.
Cassie le dio las buenas noches a su jefa y se puso a recoger mientras se preguntaba hasta qué punto habrían conocido los dueños de la librería al señor Webber. Daba la sensación de que estaban familiarizados con la mayoría de la gente que acudía con regularidad. Aunque el señor Kellner ya no conocía mucho a nadie, puesto que la demencia le había robado los recuerdos hacía unos años. La mente de Cassie se distrajo tratando de acordarse de la última vez que el hombre se había pasado por la tienda. Estaba convencida de que hacía años. Ahora la señora Kellner apenas hablaba de su marido.
Cuando Cassie barrió el suelo alrededor de las mesas de café, en torno al asiento del señor Webber, vio que su ejemplar de El conde de Montecristo seguía sobre la mesa, junto a la taza de café medio vacía. Encontrar el libro fue como recibir un puñetazo en el estómago, como si se hubieran llevado al señor Webber sin su posesión más preciada. Entonces vio otro libro a su lado, uno más pequeño y con la cubierta de cuero marrón, descolorida y
agrietada como la pintura deteriorada de una puerta. Cassie no se había fijado antes en él, ni cuando el señor Webber había llegado ni durante todo el jaleo con los sanitarios y la policía. ¿Se le habría pasado por alto?
Se apoyó la escoba contra el hombro y cogió el libro. Le pareció extrañamente ligero, como si fuera más insustancial de lo que debería. El lomo de cuero crujió de una forma agradable al abrirlo. Las páginas eran gruesas y ásperas, y estaban cubiertas de lo que parecía un texto garabateado con tinta oscura, pero en un idioma y con una letra que Cassie no reconocía. Mientras lo hojeaba, vio que también había bocetos de imágenes y dibujos, algunos esparcidos alrededor del texto, otros ocupando páginas enteras. Parecía una especie de diario, un lugar en el que alguien había recopilado sus pensamientos a lo largo de muchos años, pero de un modo caótico. El texto no discurría en una sola dirección, sino que iba hacia arriba y hacia abajo, atravesaba las imágenes y se enroscaba a su alrededor.
En la primera página del libro, Cassie vio unas cuantas líneas escritas con la misma caligrafía que las de todas las demás páginas:
Este es el Libro de las puertas.
Si lo sostienes en la mano, una puerta será cualquier puerta.
Debajo de esas líneas, había otro mensaje escrito con una letra distinta. Cassie ahogó un grito cuando vio que se trataba de un mensaje para ella:
Cassie, este libro es para ti, un regalo de agradecimiento por tu amabilidad. Que disfrutes de los lugares a los que te lleve y de los amigos que encuentres allí.
John Webber
Entonces la muchacha frunció el ceño, sorprendida y conmovida por el regalo. Volvió a hojear las páginas y se detuvo cuando llevaba más o menos un tercio del libro, donde se había destinado una única página a dibujar una puerta. Estaba perfilada solo con tinta negra, con la hoja abierta de par en par, pero, al otro
lado de la abertura, Cassie vio lo que parecía ser una habitación en tinieblas, con una ventana en la pared del fondo. Más allá de la ventana, el sol brillaba con fuerza en un cielo azul intenso, los múltiples colores de las flores primaverales ya abiertas destacaban entre la hierba de un tono verde vivo. Todo estaba dibujado en negro excepto la vista desde la ventana; esa parte estaba teñida de espléndidos colores.
Cassie cerró el libro y acarició el cuero agrietado.
¿Tan amable había sido con el señor Webber? ¿Acaso el anciano tenía la intención de regalárselo aquella noche? Quizá se lo hubiera sacado del bolsillo mientras ella estaba distraída con la nieve, justo antes de morir.
Dedicó un instante a sopesar qué hacer, no sabía si debía llamar a la policía y hablarles del libro, de los dos libros. Entonces vio al agente más joven poniendo cara de hastío: «¿Quería regalarle el libro de un loco...?».
—Imbécil —murmuró para sí.
El señor Webber había querido dárselo a ella. Se lo llevaría como recuerdo de aquel buen hombre que tantas veces le había hecho compañía al final de la jornada. Y también se llevaría su ejemplar de El conde de Montecristo; se encargaría de que fuera a parar a un buen hogar.
Poco después, cuando salió de la tienda arrebujada en su viejo abrigo gris, su bufanda burdeos y su gorro de lana con pompón, los bordes afilados del viento la arañaron, pero no se percató, tan distraída como iba pensando en el contenido del extraño ejemplar. Al cabo de apenas unos pasos, se detuvo bajo una farola y lo sacó del bolsillo, ajena por completo a la figura que la observaba desde las sombras de un portal al otro lado de la calle.
Volvió a hojearlo: más texto, líneas que parecían dibujadas al azar, como si las páginas pudieran extraerse del libro y volver a colocarse en otro orden para desvelar algún tipo de diseño imponente y secreto. Justo en el centro, vio que había como mínimo cien puertas dibujadas en hileras ordenadas a lo largo de las dos páginas, cada una de ellas ligeramente distinta a las demás en forma,
tamaño o características, tan variadas como las puertas de cualquier calle. Era extraño pero hermoso, enigmático y atrayente, y Cassie deseaba leer con atención todas las páginas y soñar con quienquiera que hubiese pasado tantas horas garabateando en el libro. Le parecía un tesoro, un misterio en el que ocupar la mente.
Quitó los copos de nieve de las páginas y volvió a guardarse el libro en el bolsillo; luego, reemprendió la marcha por las calles silenciadas por la nieve, camino de la estación de metro situada a tres manzanas de allí, con la cabeza llena de imágenes y de palabras raras garabateadas con tinta negra.
La figura del portal no la siguió.
