

EL REHÉN
Gabriel Mamani Magne
EL REHÉN
EDITORIAL PERIFÉRICA
Todo empieza en un bar, como la mayoría de las historias.
Sé que no estuve allí y que por tanto no pude ver nada. También sé que hablo en primera persona y que la estructura narrativa, etcétera, y que mi narrador no es omnisciente y…, pero no importa. Me lo han contado tantas veces. He pensado tanto en esto que es como si realmente hubiera estado allí:
–La cerveza es sabia –dice el hombre de chompa azul y patillas a lo Sucre. Humo de cigarro. Una mesa. Botellas de Huari. Seco salud. Los Bybys en la rockola y cuatro tipos que juegan a no ser padres.
La libertad es esto. El minibús aparcado, la plata del día cascabeleando en los bolsillos. El bar repleto. El volumen de la música no deja conversar, pero qué importan las palabras si Los Bybys ya han dicho lo que las almas gritan, y ahora Los Korys, y Selena: como la flor, como la flor, con tanto amor. La libertad tiene este soundtrack. Cumbia noventera, nada de este siglo. El amor y el dolor, la vida real pasó hace tiempo. Cuatro hombres, que durante el día son choferes, beben como excusa para cantar, cantan como excusa para recordar, recuerdan porque sólo saben sentir. Sentir = andar = amar = coger. Todo minibús viaja a la cumbia o escapa de ella: de ahí sus tatuajes.
–Este bar es como mi carro –dice un minibusero–: pequeño, asfixiante, meado, lleno de cojudos, cumbiero.
–Salud por eso.
Otra Huari. La quinta de la noche. Alguien habla de la familia. Vida de mier. Pagar el alquiler. Hacer mercado. Salud, che, salud. Viajar con la cumbia. Daniel Agostini, América Pop. Y el patilludo, a quien llamaremos Colque, una vez más:
–La cerveza es sabia.
Dice eso. Insiste en eso porque un vaso, el vaso del hombre que no habla, todavía tiene líquido. «Mirá», dice Colque, «mirá», y apunta con el dedo. Un hilito de baba desciende desde el borde del vaso. En línea recta. Como un caracol. Leeento, afanado en la huella que deja tras de sí. La cerveza es sabia: el hilito, este hilito que para el lector no popular no es más que la saliva de un minibusero cumbiero, tiene un significado. Que estás aburrido, Chuño. «Desanimado estás.» «La cerveza sabe –repite Colque–. La cerveza avisa.» Bir neber lais.
El dueño del vaso es mi padre. El hombre que no habla y luce una gorra del Real Madrid. Si la cumbia es pasión, si la cumbia es llorar mientras se baila, achinar los ojos, hacer pistolitas con las manos, rumbear sentado, el buen dolor, entonces, papá, ¿qué haces aquí? Tu cara es dura. Rígida. Como tu cabello: una brocha intratable que ni doscientos ruleros podrían encrespar. Papá se emociona, pero su rostro no. En sus ojos hay algo, en qué ojos no lo hay. ¿Fuego? Un volcán que una vez quiso hacer erupción, pero que se congeló gracias al hielo de un invierno que nunca tuvo fin. Igual que el Illimani. Papá es un Illimani sin la vaina poética. Frío, grandote, collísima, distante. Papá es la anticumbia. No siempre fue así. Hubo una época en la que sonreía y a veces se permitía alguna cara boba. Hablo de sus tiempos de futbolista. Cuando jugaba
en el pueblo del abuelo y disputaba torneos cuyos premios eran chanchos y reses. Papá era feliz. Olía a mierda. A sudor, a abono, a tripas de vaca, pero era feliz. Su casaca era la ocho. Su equipo, si mal no recuerdo, se llamaba Atlético Brazil (así, con zeta). Yo era muy pequeño, pero todavía conservo en la memoria aquella tarde en la que hizo el gol del título. Era un contragolpe. Papá robó la pelota a mitad de la cancha y se la pasó al siete. Éste esquivó a un defensor y chutó al arco. El portero atajó el tiro, pero produjo un rebote.
Papá corrió diez metros, se infiltró entre dos rivales y empalmó un zurdazo que perforó la esquina de la red. ¡Goool!
Fue la única vez que lo vi bailar. Papá corrió hasta la zona del córner, saludó al público, bailó salsa.
De aquella alegría queda apenas un destello. A veces, mientras lava la ropa e ignora que alguien lo observa, papá se permite un remate, el mismo remate con el que el Atlético Brazil ganó el torneo del 1996. Mi padre, de cuarenta años, patea al aire, aplaude dentro del agua. «Gol –susurra–, gol.» Cuántas veces habrá repetido la misma jugada: en sus sueños, mientras maneja el minibús.
Mi padre. Según la abuela es Robi; según su certificado de nacimiento es Yuri Roberto Yupanqui de Jesús; pero, según el barrio, que al final de cuentas es el verdadero registro civil de toda la
llokallada, su único nombre es Chuño. Esto por mi madre, que se llama Blanca y de hecho es blanca y de ahí su apodo: Tunta. Y si mi mamá es la Tunta y mi papá es moreno, el más negro entre los negros de ese barrio de negros en el que creció, lo más natural es que su apodo sea Chuño. El Chuño Yupanqui.
Antes del minibús, antes del fútbol incluso, papá quería ser presidente. De Bolivia. Del mundo (si es que eso fuera posible). Era de aquellos hombres que ven la mierda y creen que pueden cambiarla. Complejo de Rey Midas de la realidad social. Odiaba las injusticias. De hecho, ahora que lo pienso, creo que las amaba: hablar de este país –puto puto puto–, de su desigualdad, de su racismo, de lo que es nomás, le esplendía la mirada, igual que pasa conmigo cada vez que alguien habla de mapas o libros. A mamá eso le enojaba. –Pancho –le decía–. Quieres cambiar el mundo, pero no eres capaz ni de cambiar la ducha quemada. Y él callaba.
Pasaron los años y llegó el minibús, y las ansias de transformar Bolivia cedieron ante la necesidad de conservar bien el coche. Su revolución, entonces, se redujo a un sticker con la cara del Che adherida debajo de la roseta del SOAT. A veces, cuando escucha alguna cosa que lo indigna en exceso, sus ojos tiemblan. En otras palabras: su
mirada dice algo. Es el silencio más ruidoso del mundo. Un silencio que sólo existe para afuera, pues por dentro es un grito cuyo eco estremece sus órganos, su cabeza, arruga su cara y le produce mechones grises como la tunta.
Igual que ahora. Un cabello, negro como la noche, pierde gradualmente el color mientras Colque dice «Tomá chela» y sus amigotes le palmean la espalda. «Chupá cojudo, alegrate.»
A papá no le cae Colque. A Colque no le cae papá. Chocan desde el día que papá llegó al sindicato, hace diez años ya, y desde entonces su relación ha sido una guerra fría disfrazada de camaradería. Colque es, cómo decirlo, el típico huevón que dice cosas como «Sé hombrecito», «En dictadura se vivía bien». Gordinflón, emputante. Dicen que tira con la hija del presidente del sindicato y que se mete sustancias para correr en los campeonatos. Su guerra con papá es suave. De esas que incluyen indirectas y rumores de que uno es gay o ladrón o indio.
Laura Pausini en la rockola. Colque, inspirado. «La soledad…», canta la italiana. «¿La soledad? –pregunta Colque–. Chuño de mierda, ¿estás así por la soledad?»
Obvio, piensa papá, siempre. Pero no lo dice.
En cambio: «No me jodas». Y: «Pucha, che». Y un suspiro, como un tsunami, agrieta su cara.
