
Lo único que se veía desde la ventana era una confusa zona gris. Se daba por hecho que al fondo del jardín gris, donde no parecía crecer nada más que una planta poco común de hojas duras, se encontraba el inmenso lago gris, tendido como un analgésico hacia la otra orilla, invisible, y más allá de esta otra orilla, únicamente en la imaginación a pesar de que el folleto así lo confirmaba, el pico del Dent d’Oche, donde quizá ya estuviera cayendo la nieve, ligera y silenciosa. Porque estábamos a finales de septiembre, fuera de temporada; los turistas se habían ido, los precios eran más bajos y había pocos incentivos para visitar esta pequeña ciudad a la orilla del agua cuyos habitantes, poco comunicativos de entrada, tendían a volverse taciturnos cuando un nubarrón se instalaba allí varios días seguidos para esfumarse después sin previo aviso, revelando un paisaje nuevo, lleno de colores y de actividad: embarcaciones que navegaban por el lago, pasajeros en el embarcadero, un mercado al aire libre, el perfil demacrado de los restos de un castillo del siglo xiii , unas costuras blancas en las montañas lejanas y un telón de fondo de manzanos, rebosan-
tes de frutos, que trepaban por las alegres laderas del sur lanzando destellos cargados de un significado emblemático. Porque esta era una región de abundancia cosechada con mesura, una región que había sabido dominar los accidentes humanos, en la que solo el clima quedaba tristemente fuera de control.
Edith Hope, escritora de ficción romántica bajo un seudónimo con más garra, estaba delante de la ventana, como si con un arranque de buena voluntad pudiera perforar la misteriosa opacidad que se le ofrecía, cuando lo que le habían prometido era una alegría tonificante, un ambiente despojado de ilusiones, un conjunto de circunstancias totalmente razonables, por no decir pragmáticas —hotel tranquilo, excelente cocina, largos paseos, falta de estímulos, escaso trasnoche—, que le permitirían recuperar su personalidad seria y trabajadora y olvidar el desafortunado tropiezo que la había traído a este breve exilio, a este rincón al parecer desierto en esta época del año de progresivo oscurecimiento, cuando debería estar en su casa… Pero era su casa, o mejor dicho, la idea de «hogar» lo que de repente se había vuelto hostil, y, muy asustada por lo que le estaba pasando, cuando sus amigas le aconsejaron que se tomara un descanso aceptó dejarse acompañar al aeropuerto por su amiga y vecina Penelope Milne, que, muy callada, estaba dispuesta a perdonarla únicamente con la condición de que desapareciera un tiempo razonable y volviera más vieja, más sabia y pidiendo disculpas como Dios manda. Porque no van a permitirme este tropiezo como si fuera una niña ingenua, pensó. ¿Por qué iba a ser así? Soy una mujer seria que debería tener más conocimiento, y mis amigas me juzgan porque ya no estoy en edad de ser
indiscreta; varias personas han señalado mi parecido físico con Virginia Woolf; vivo de mi trabajo, pago mis impuestos, soy una buena cocinera de platos sencillos y entrego mis manuscritos mucho antes del plazo acordado; firmo todo lo que me pongan delante; nunca llamo por teléfono a mi editor y no reivindico mi particular manera de escribir, aunque sé que funciona muy bien. He ido creando esta personalidad bastante sosa y confiada a lo largo de un tiempo considerable, y aunque sin duda he aburrido a otros, a mí no se me ha permitido aburrirme. Me tenían por una persona discreta y quienes creían conocerme coincidían en que me convenía seguir así. Y seguro que, tras una reparadora estancia en esta soledad gris (y veo que las hojas de esa planta están muy quietas) me permitirán regresar, reanudar mi apacible existencia y volver a lo que era antes de hacer lo que hice, terrible al parecer, aunque, francamente, una vez hecho no lo pensé una sola vez más. Pero ahora lo pienso. Sí.
Dio la espalda al espacio anodino que se extendía al otro lado de la ventana para fijarse en la habitación, del color de la ternera demasiado hecha: cortinas y alfombra de color ternera, cama alta y estrecha con colcha de color ternera, mesa pequeña y austera con una silla correcta metida debajo, un armario cicatero y estrecho y, muy por encima de su cabeza, un pequeño candelabro de bronce que, lo supo nada más verlo, la sacaría de quicio parpadeando con sus ocho bombillas flojas. Los tiesos visillos de encaje blanco que protegían aún más la habitación de la escasa luz natural podían retirarse para salir a un pequeño balcón donde había una mesa y una silla de metal verde. Podré escribir ahí cuando haga buen tiempo, pensó, y se acercó a su bolso para sacar dos car-
petas grandes, en una de las cuales guardaba el primer capítulo de A la luz de la luna viajera, en el que pensaba trabajar tranquilamente durante este curioso paréntesis en su vida. Pero sus manos fueron solas a la otra carpeta y, al abrirla, se acercó instintivamente a la mesa y se sentó enseguida en la incómoda silla, destapó la pluma y se olvidó de dónde estaba.
«Mi querido David», escribió:
«He tenido una llegada fría. Penelope me llevó al aeropuerto, muy seria, muy deprisa, sin apartar la vista de la carretera, como un guardia que traslada a una presa desde el muelle a una cárcel de máxima seguridad. Yo estaba dispuesta a hablar —no todos los días viajo en avión y las pastillas que me ha recetado el médico me hicieron el efecto de ponerme muy locuaz—, pero mi intervención no parecía precisamente bienvenida. De todos modos, se ablandó un poco cuando llegamos a Heathrow: me buscó un carrito para el equipaje, me indicó dónde podía tomar un café y luego se marchó enseguida, y me quedé fatal, no triste, sino aturdida y bastante animada, y sin nadie con quien hablar. Me tomé un café, me di un paseo e intenté asimilar todos los detalles, tal como la gente cree que hacen los escritores (menos tú, cariño, que nunca te paras a pensar en eso) y de pronto me vi en el espejo del aseo, con una pinta correctísima, y pensé: ¡No debería estar aquí! ¡Estoy fuera de lugar! Multitudes, niños llorando, todo el mundo con ganas de estar en otra parte, y yo mirando a aquella mujer de aspecto apacible, algo huesuda, con una chaqueta de punto larga, distante, inofensiva, los ojos bastante bonitos, las manos y los pies muy grandes, el cuello sumiso, sin querer ir a ningún sitio; pero he dado mi palabra de pasar un mes fue-
ra, hasta que todo el mundo decida que vuelvo a ser la de siempre. Por unos momentos me entró el pánico, porque ahora soy yo, y entonces también lo era, aunque esto no se quisiera reconocer. No me ahogo, pero sí me asusto.
»El caso es que lo superé, aunque no fue fácil, y me junté con la gente más fiable que veía, sabiendo, sin necesidad de preguntar, que iban a Suiza, y enseguida subí al avión, y un hombre encantador se sentó a mi lado y me contó que iba a un congreso a Ginebra. Deduje que era médico; de hecho, decidí que era especialista en enfermedades tropicales, porque me contó que trabajaba principalmente en Sierra Leona, pero resultó que se dedicaba a algo relacionado con el tungsteno. Para que luego digan de la famosa imaginación de una novelista. De todos modos me animé un poco, y me habló de su mujer y de sus hijas, a las que iba a volver a ver en dos días para pasar el fin de semana en casa antes de regresar a Sierra Leona. Y en poquísimo estábamos allí (me doy cuenta de que digo “allí” en vez de “aquí”) y enseguida tendré que deshacer el equipaje, lavarme y arreglarme el pelo y bajar a ver si puedo tomar una taza de té.
»El hotel parece desierto. Solo he visto a una mujer muy mayor al entrar, muy bajita, con cara de bulldog y las piernas tan arqueadas que daba la sensación de balancearse al caminar, pero tan seria y decidida que me he quitado de en medio por instinto. Llevaba un bastón y uno de esos velos de redecilla en la cabeza, con muchos lacitos de terciopelo azul. He decidido que es belga y viuda de un repostero, pero el chico que me llevaba el equipaje la ha saludado con mucho boato, una inclinación y un murmullo de: “Señora condesa”, mientras ella pasaba balanceándose. Para que luego digan de la famosa imagi-
nación de una novelista… El caso es que me han traído a esta habitación tan deprisa (casi me han obligado a entrar en ella) que no he podido fijarme en nada más. Parece tranquila, bien caldeada, bastante espaciosa. Creo que del tiempo se podría decir que es tranquilo.
»Pienso en ti sin parar. Intento adivinar dónde estás, pero me cuesta mucho, por el cambio de hora, aunque sea mínimo, y el efecto de las pastillas, y todos estos cipreses tristes. Por así decir. Pero mañana es viernes, y cuando empiece a oscurecer podré imaginarte subiendo al coche para ir a la casa de campo. Y luego, por supuesto, el fin de semana, en el que procuro no pensar. No te imaginas…»
Aquí dejó la pluma para masajearse los ojos un momento, con los codos apoyados en la mesa y la cabeza entre las manos. Luego, parpadeando, volvió a cogerla y continuó la carta.
«Es absurdo que te diga que te cuides, porque tú nunca piensas en las muchas pequeñas precauciones que toman los demás, y además no puedo hacer nada para obligarte. Vida mía, como mi padre llamaba a mi madre, te echo muchísimo de menos.»
Siguió unos minutos sentada a la mesa y luego, con un suspiro hondo, le puso el capuchón a la pluma. Un té, pensó. Necesito un té. Y después un paseo, un paseo muy largo por la orilla del lago, y después un baño, y ponerme el vestido azul, y a esa hora ya estaré en condiciones de hacer mi aparición, siempre difícil, en el comedor. Luego habrá que sortear todo el asunto de la comida, que llevará un buen rato, y después me sentaré a charlar con alguien, da lo mismo con quién, incluso con la señora de cara de bulldog. Y como tengo que acostarme
temprano, tampoco será para tanto. La verdad es que ya estoy muy cansada. Bostezó hasta que se le llenaron los ojos de lágrimas y entonces se levantó.
Tardó unos minutos en deshacer el equipaje. Supersticiosamente, dejó la mayor parte de la ropa en la maleta, para estar segura de que podía salir corriendo llegado el caso, aunque sabía que todo lo que dejara dentro se arrugaría sin remedio. Eso ya no tenía importancia. Llevó al cuarto de baño el cepillo del pelo y la bata. Se miró en el espejo a ver qué pinta tenía y no notó nada distinto, y luego cogió el bolso y la llave y salió a un pasillo vibrante de ausencia. Una luz pálida entraba por un ventanal al otro lado del rellano. Las paredes parecía que guardaban, como un relicario, un recuerdo lejano de comidas sustanciosas. No había nadie por allí, aunque algo más lejos, al otro lado de una puerta, oyó el sonido suave de una radio.
El Hotel du Lac (Famille Huber) era un edificio respetable y señorial, un establecimiento tradicional y de buen nombre, acostumbrado a recibir a los prudentes, los adinerados, los retirados, los discretos, los respetados clientes de una época anterior del turismo. Se había esforzado muy poco en prepararse para la clientela de paso, que siempre había despreciado. El mobiliario, aunque austero, era de excelente calidad; el ajuar, de lino impoluto; el servicio, impecable. Su fama entre los profesionales bien informados atraía a aprendices de buen carácter con verdadero interés en el negocio de la hostelería, pero esta era la única concesión que hacía al reconocimiento de sus propios recursos. Para los huéspedes, el hotel manifestaba un orgullo perverso en su misma falta de encantos, de tal modo que cualquier visitante
en busca de una habitación agradable se quedaría desconcertado y disuadido por la estrechez de la terraza, el mudo silencio del vestíbulo, la ausencia de música ambiental, de teléfonos públicos, de publicidad de excursiones guiadas y de carteles que anunciaban las distracciones de la ciudad. No había sauna, ni peluquería, y por supuesto no había vitrinas con artículos de joyería; el bar era pequeño y oscuro, y su austeridad no invitaba a quedarse mucho rato. Parecía insinuar que prolongar la bebida, ya fuera por negocios o por indulgencia personal, no era comme il faut, y, en caso de estricta necesidad, había que beber o bien en la intimidad de la propia suite o en establecimientos más populares, donde estas inclinaciones no eran desconocidas. Las camareras rara vez se dejaban ver pasadas las diez de la mañana, pues para entonces todos los ruidos domésticos tenían que haber terminado; no se oía una aspiradora ni se veían carritos con ropa sucia después de esa hora. Un discreto rumor anunciaba su reaparición para hacer las camas y ordenar las habitaciones cuando los huéspedes se cambiaban para bajar a cenar. La única publicidad sin la que el hotel no podía vivir eran las recomendaciones personales de clientes de larga tradición.
Lo que ofrecía era una especie de refugio apacible, una garantía de intimidad, así como la protección y discreción asociadas con lo intachable. Como esta última cualidad resultaba menos que atractiva para un número de personas increíble, el Hotel du Lac estaba normalmente medio vacío y, en esta época del año, al final de la temporada, se resignaba a prestar servicio a un puñado de huéspedes antes de cerrar sus puertas para el invierno. A las pocas personas que aún quedaban del modesto nú-
mero de huéspedes que habían pasado allí sus decorosas vacaciones en los meses de verano se las trataba con la misma cortesía y deferencia que a los valiosos clientes de larga tradición, algo que en algunos casos también eran. Naturalmente, la intención no era ofrecerles distracción. Se atendían sus necesidades y se examinaban sus credenciales con idéntico celo. Se daba por sentado que sabrían estar a la altura del hotel, como el hotel sabría estar a su altura. Y, si surgía algún problema, se trataba con discreción. Por este motivo el hotel se consideraba poco susceptible de recibir mala prensa, era un establecimiento que garantizaba una estancia reparadora a quienes habían sido maltratados por la vida o simplemente estaban cansados. Su nombre y ubicación figuraban en los ficheros de tarjetas de visita de la gente que se dedica a saber este tipo de cosas. Ciertos médicos lo conocían, muchos abogados lo conocían, agentes de bolsa y de banca lo conocían. Las agencias de viajes no lo conocían o se habían olvidado de él. Y corría la voz.
Por supuesto, era un hotel excelente. Y su situación a la orilla del lago era agradable. El ambiente no es que fuera estupendo, pero sí comparable al de otros establecimientos similares. Los servicios de la pequeña ciudad no eran muchos, pero se podía alquilar un coche y hacer excursiones, y los paseos eran agradables, aunque no emocionantes. El paisaje, las vistas, la montaña curiosamente llamaban poco la atención, como si fueran acuarelas de una época anterior. Mientras los jóvenes de todos los países se lanzaban al sol y las playas, abarrotaban las carreteras y los aeropuertos, el Hotel du Lac se enorgullecía en silencio, a veces muy en silencio, de su aislamiento del rebaño, sabiendo que ocupaba un lugar en el recuer-
do de sus viejos amigos, sabiendo también que jamás rechazaría una solicitud razonable de un nuevo cliente siempre que este tuviera las referencias implícitas que exigía un hotel de esta categoría y la solicitud viniera de alguien que ya figurara en los archivos de la familia Huber, que en su mayoría databan de principios de siglo.
Cuando bajaba por la escalera amplia y de peldaños bajos, Edith oyó el eco de una risa educada que venía de una especie de salón, donde supuso que estarían sirviendo el té, y luego, al acercarse como atraída por este sonido, le llegó un súbito ladrido furioso, agudo, irritado, un mal presagio para la paz futura. Al pie de la escalera, agazapado, había un perro muy pequeño temblando de angustia, con los ojos escondidos por el pelo. Como nadie venía a ver qué pasaba, el perro volvió a ladrar a todo volumen aunque a modo de experimento, como un bebé. Un gemido largo, como si lo estuvieran sometiendo a una tortura inimaginable, suscitó gritos de «¡Kiki! ¡Kiki! ¡Perro malo!», y una mujer alta y extraordinariamente delgada, con la cabeza alargada y temblorosa como un somormujo, salió corriendo del bar, se lanzó a los pies de la escalera, cogió al perro en brazos, lo cubrió de besos y, de nuevo, con el mismo movimiento de reptil invertebrado, se lo llevó a la cara como si fuera un almohadón y volvió al bar. Un charco en el último escalón suscitó un fugaz cerrar de ojos y un rápido chasquido de los dedos por parte del director. Mientras un mozo con chaqueta blanca pasaba una bayeta, impasible, como si esto ocurriera con mucha frecuencia, el director del Hotel du Lac (Famille Huber) le manifestó a Edith Hope su pesar porque el incidente hubiera estropeado su llegada, al tiempo que se desentendía del mal
comportamiento de los animales y, cosa más importante, de quienes no sabían hacerse cargo de ellos. A estos últimos les ofrecería alojamiento, claro está, pero alojamiento sin complicidad.
Qué interesante, pensó Edith. Esa mujer era inglesa. Y qué figura tan formidable. Probablemente bailarina. Y se prometió pensar en esto más tarde.
El salón era más agradable de lo que esperaba después de haber visto su habitación, con una alfombra de un azul intenso, muchas mesas redondas de cristal, cómodas butacas clásicas y un pequeño piano de pared donde un hombre mayor con pajarita interpretaba una selección de suaves piezas de musicales de posguerra. Con el té en el estómago y un trozo de una tarta de cereza excelente, Edith se armó de valor para echar un vistazo alrededor. El salón estaba poco concurrido; supuso que la mayoría de la gente volvía al hotel solo para cenar. La señora con cara de bulldog estaba comiendo, seria, con las piernas muy separadas, sin fijarse en las migas que le caían en el regazo. Dos hombres tenebrosos cuchicheaban en un rincón apartado. Una pareja canosa, marido y mujer o hermano y hermana, comprobaban sus billetes de avión, y el hombre, que de ninguna manera había terminado el té, salía periódicamente por orden de la mujer a comprobar si el coche había llegado. Aunque alegre y luminoso, el rasgo más notable del salón era su ambiente de calma sepulcral. Edith, reconociendo el destino al que la habían consignado, suspiró, pero también quiso recordar que tenía una oportunidad espléndida para acabar A la luz de la luna viajera, aun cuando no la hubiera buscado ella. Cuando volvió a levantar la vista de su libro —del que no había asimilado una sola palabra— descubrió una
nota de glamur inesperada en el personaje de una señora de edad indeterminada, con un pelo rubio ceniza espléndido, las uñas rojas y un precioso (además de caro) vestido de seda estampada, que marcaba el compás de la música con la mano y esbozaba una sonrisa plácida en su bonita cara, mientras la camarera, claramente atraída por tan positiva presencia, merodeaba alrededor de su mesa y le ofrecía más tarta, más té. La mujer dedicó a ambas cosas una sonrisa cálida, y otra aún más cálida al viejo pianista que, después de levantarse y guardar sus partituras, se acercó a ella y le murmuró algo que la hizo reír; luego le besó la mano y se marchó, irguiendo la espalda estrecha como muestra de satisfacción por los elogios recibidos. Acomodándose de nuevo en el asiento, con la taza y el platito en la barbilla, la señora se tomó el té con delicadeza, incluso con la sensación de estar haciendo una representación favorable, y en efecto, ofrecía un espectáculo delicioso, libre de la angustia que asalta a algunas personas en lugares extraños, y a todas luces cómoda en el ambiente del hotel, aun cuando estuviera vacío en tres cuartas partes.
Edith observó a la mujer como en estado de hipnosis, lamentando haberse perdido un solo instante de este espectáculo. Las sortijas de la mano con que se llevó a los labios un delicado pañuelo de encaje centellearon. Cuando le retiraron la bandeja, Edith esperó con curiosidad a ver qué hacía la señora en este intervalo entre el té y la cena, tan deprimente para quien se aloja en un hotel sin compañía o por motivos ajenos a su voluntad. Pero esta señora, naturalmente, no estaba sola.
—Ya estoy aquí —canturreó una voz joven, y en el salón entró una chica con unos pantalones blancos muy
ceñidos (demasiado ceñidos, pensó Edith) que le marcaban el trasero con forma de ciruela claudia.
—Ya estás aquí, cariño —dijo la señora, que era, que tenía que ser, su madre—. Justo acabo de terminar. ¿Has merendado?
—No, pero da igual —contestó la hija, que era, según vio Edith, una versión de su madre mucho más pálida, o mejor dicho el mismo modelo que su madre pero sin alcanzar su acabado perfecto.
—Pero, cariño, ¡tienes que merendar! ¡Estarás exhausta! Toca la campanilla. Te prepararán un poco más.
Al acercarse una de las camareras, madre e hija se volvieron hacia ella con una sonrisa irresistible, suplicaron por favor un té, pero con la plena certeza de que se lo traerían, y se enfrascaron de inmediato en una absorbente conversación de la que Edith solo acertaba a oír palabras sueltas, además de las alegres y congratulatorias carcajadas que se les escapaban a las dos alguna que otra vez. Cuando llegó la segunda bandeja, se volvieron hacia la camarera, sonrieron, le dieron las gracias muy efusivamente y reanudaron su diálogo mientras la camarera esperaba un momento, como si pudiera prolongar su participación en el rito, hasta que la señora vestida de seda la despidió con un «Nada más. Gracias» y se acomodó para contemplar a su hija.
La hija tendría unos veinticinco años, pensó Edith, y estaba soltera, pero eso no la preocupaba. Se imaginó a la madre diciendo, con su elegante sonrisa: «No tiene prisa. Está muy bien así». Y la hija se pondría colorada y se abstendría de responder, dando pábulo a la especulación lasciva de los caballeros maduros que, Edith estaba segura, prestaban a la madre sus atenciones relativa-
mente asiduas. Tengo que acabar con esto, pensó. Dejar de inventarme sus vidas. Está claro que les va de maravilla sin mí. Y lamentó profundamente no tener una madre como aquella, tan simpática, tan elegante y extrovertida, tan empeñada en que su hija merendara, a pesar de que eran casi las seis. Lamentó profundamente también no tener una hija tan confiada, tan cómoda con lo que se le ofrecía… Y eran inglesas, aunque no de un ambiente que a Edith le resultara familiar, y pudientes, y se estaban divirtiendo. Daba la sensación de que siempre se divertían. Al final decidieron moverse y, cuando la madre intentó incorporarse de la silla dos veces y la hija se acercó solícitamente, como si supiera el momento exacto en el que intervenir, Edith vio con cierta sorpresa que la mujer estaba bastante oxidada y que la deslumbrante impresión de madurez atractiva y juvenil, tan llamativa de lejos, se esfumaba al levantarse. Reconsideró la edad de la una y de la otra, que había calculado en cincuenta y muchos y veintitantos, y la situó en sesenta y muchos y treinta y pocos. De todos modos, las dos tenían un aspecto excelente. Y Edith se alegró mucho, en secreto, cuando la madre, frente a quien estaba sentada, aunque a cierta distancia, se volvió para dedicarle una leve sonrisa de reconocimiento antes de salir del salón.
Lo único que podía hacer después era dar un paseo.
Cruzó el jardín silencioso, cruzó la verja de hierro, atravesó la transitada carretera y siguió por la orilla del lago con las últimas luces del día gris. El silencio la envolvió al dejar atrás el único cruce de la ciudad, y tuvo la sensación de que podía seguir andando eternamente, sin interrupciones y con sus pensamientos por toda compañía. Esta soledad a la que quienes mejor la conocían
la habían desterrado no era lo que ella esperaba. Y este clima suave, velado, discreto pero poco agradable, ¿sería un acompañamiento adicional al periodo de prueba para quien había cometido la imprudencia de no traer un buen abrigo? El lago estaba completamente quieto; el resplandor de una farola solitaria daba a las lacias hojas de un plátano de sombra un color esmeralda brillante. No tengo ninguna necesidad de quedarme aquí si no quiero, pensó. En realidad nadie me obliga. Pero tengo que intentarlo al menos, aunque solo sea para facilitar las cosas cuando vuelva a casa. El lugar tampoco está vacío del todo. Necesito un descanso. Podría quedarme una semana. Y hay mucho por descubrir para alguien tan inculto como yo, aunque está claro que ninguna de estas personas encajaría en las novelas que escribo. Sin embargo, esa mujer tan alta, tan delgada, tan guapa, con el dichoso perro, y sobre todo esa madre y esa hija tan elegantes parecen estar a sus anchas. ¿Por qué están aquí? Mujeres, mujeres, solo mujeres, ¡con lo que a mí me gusta la conversación de los hombres! ¡Ay, David, David!, pensó. El paseo por la orilla del lago le recordó sobre todo a esos paseos silenciosos que uno da en sueños, en los que lo absurdo y lo inevitable van de la mano. Porque la sensación que tenía en sueños era de desesperación y de una especie de curiosidad fatídica, como si tuviera que seguir ese camino hasta que se le revelara su propósito. Esa tarde, tanto su estado de ánimo como el ambiente del camino parecían prometer un desenlace desfavorable: un impacto, una traición o, como mínimo, un tren perdido, una ocasión importante a la que uno se presenta mal vestido, una comparecencia judicial sin saber de qué se nos acusa. También la luz era como en los sue-
ños, una penumbra difusa que envolvía esta extraña peregrinación; ni de día ni de noche. En el mundo real del paseo tomó conciencia de algunos detalles físicos: un camino de gravilla completamente recto y flanqueado por dos hileras de árboles plantados en la tierra batida, con el lago a un lado, invisible ahora, y en el otro, supuestamente, la ciudad, pero una ciudad tan pequeña y bien ordenada que nunca se oía chirriar unos frenos ni ulular las bocinas, ni voces demasiado altas en una despedida extravagante. Desde el otro lado de los árboles, fuera de la vista, solo llegaba a sus oídos el rumor discreto de una apacible fila de coches que volvían a casa al caer la tarde. Mucho más fuerte era el ruido de sus pasos en la gravilla, tan fuerte que llegaba a ser molesto, y al cabo de un rato decidió seguir por la tierra blanda del camino más cercano al lago. A la luz de alguna farola ocasional continuó el paseo sin interrupciones, como si no hubiera nadie más en aquel espacio silencioso. El frescor apreciable del agua, que ya no se veía, le hacía tiritar con su chaqueta larga de punto. Condenada a caminar por algún tiempo, pensó, y cavilosa pero aquiescente, siguió adelante hasta que le pareció que era hora de permitirse parar. Dio entonces media vuelta y volvió sobre sus pasos.
A la luz del crepúsculo vio el hotel a lo lejos, iluminado, engañosamente festivo. Tengo que esforzarme, decidió, aunque sabía que otra clase de mujer habría dicho con un suspiro frívolo: «Supongo que me toca guardar las apariencias».
En el vestíbulo silencioso, luces fuertes, un murmullo desde la sala de la televisión y olor a carne. Subió a cambiarse.
En recepción, el señor Huber, el mayor de la familia, retirado pero todavía activo, benévolo y solo un poquito entrometido, disfrutaba de su momento favorito del día. Abrió el libro de registro para ver quién se había ido y quién había llegado. El negocio iba muy flojo en esta época del año, como es lógico; un mes antes del cierre invernal el hotel siempre estaba medio vacío. La familia alemana se había ido, según vio; hicieron tanto ruido al salir que los oyó desde su sala de estar, en la quinta planta. La curiosa pareja mayor de las Islas del Canal se había marchado después del té. El congreso de Ginebra quizá trajera algunos huéspedes, alguien que quisiera prolongar la estancia el fin de semana. Por lo demás solo quedaban los habituales: la condesa de Bonneuil, madame Pusey y su hija, la mujer del perro, a quien se negaba a llamar por su nombre a pesar de que su marido aparecía en el Gotha británico y con respecto a quien su yerno había recibido ciertas instrucciones. Una entrada nueva: Hope, Edith Johanna. Un nombre poco común para una inglesa de clase alta. Quizá no fuera del todo inglesa. Quizá no fuera del todo de clase alta. Recomendada, naturalmente. Aunque en este negocio uno nunca sabía.
