
Los Aerolitos de impedimenta
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Los Aerolitos de impedimenta
Traducción del inglés a cargo de Mercedes Cebrián
Introducción de Kiko Amat
Los Aerolitos de impedimenta
Nada más llegar al reformatorio me destinaron a corredor de fondo. Supongo que pensaron que estaba hecho para eso porque era alto y flaco para mi edad (y lo sigo siendo) y de todas formas, a mí me daba un poco igual, a decir verdad, porque correr siempre había sido algo importante para nuestra familia, especialmente correr huyendo de la policía. Siempre he sido un buen corredor, veloz y de zancada larga; el único problema era que aunque el día del trabajito en la panadería corrí lo más rápido que pude, y puedo afirmar que logré una muy buena marca a pesar de todo, no por ello evité que me pescaran los polis tras todo aquello. Os sonará un poco raro eso de que haya corredores de fondo de campo a través en el reformatorio; pensaréis que lo primero que un corredor de este tipo haría cuando lo dejasen suelto por los prados y bosques sería huir del lugar tan lejos como pueda llevarle la barriga llena de la bazofia del reformatorio, pero os equivocáis, y os diré por qué. Lo
primero es que esos hijos de puta que nos mandan no son tan bobos como parecen la mayor parte del tiempo, y lo segundo es que yo tampoco soy tan bobo como parecería si tratase de escaparme por ahí aprovechando la competición, porque fugarse para que luego te pillen no es más que una pérdida de tiempo, y yo no tengo ganas de perderlo. Es la astucia lo que cuenta en esta vida, e incluso la propia astucia has de usarla del modo más disimulado que puedas; os lo digo sin rodeos: ellos son astutos y yo soy astuto. Solo con que «ellos» y «nosotros» tuviésemos las mismas ideas seríamos como uña y carne, pero ellos no están de acuerdo con nosotros ni nosotros lo estamos con ellos, y así es la cosa y así seguirá siendo siempre. Lo único cierto de todo esto es que todos somos astutos, de ahí que no nos podamos ni ver. Así es que ellos saben que no trataré de huir de sus garras: se sientan ahí como arañas en ese caserón en ruinas, posados sobre el tejado igual que unas grajillas presuntuosas, oteando los caminos y prados como generales alemanes desde la torreta de sus tanques. E incluso cuando mi trote me lleva tras un bosque y ya no pueden verme, saben que mi pelo a cepillo acabará asomando por encima del seto en una hora y que daré parte al tipo de la verja. Porque cuando en una cruda mañana helada de invierno me levanto a las cinco y me pongo en pie sobre el frío suelo de piedra con la tripa tiritándome, y a todos los demás todavía les queda otra hora para seguir dormitando antes de que suene la campana y bajo sigilosamente las escaleras atravesando todos los pasillos hasta el gran portón de salida agarrando mi tarjeta de corredor con la mano hecha un puño, me siento como el primer y último hombre sobre la tierra, ambas cosas a la
vez, si podéis entender lo que estoy tratando de decir. Me siento como el primer hombre porque voy casi en cueros y me mandan a los campos helados en camiseta y pantalón corto —cuando incluso el primer pobre indeseable al que dejaron sobre la faz de la tierra en pleno invierno sabía cómo fabricarse un traje con hojas, o cómo despellejar un pterodáctilo para usarlo de abrigo. Pero aquí estoy yo, tieso de frío, sin nada que me caliente salvo un par de horas de carrera de fondo antes del desayuno, ni siquiera una rebanada de pan con matarratas. Me están entrenando de lo lindo para el gran día del deporte, cuando vienen todos esos mocosos cara de cerdo de los duques y las damas —esos que no saben sumar dos más dos y que se volverían tarumbas si no tuviesen una partida de esclavos a su entera disposición—, y nos sueltan discursos sobre el deporte: que es lo que nos hará llevar una vida honrada y mantener las yemas de esos deditos inquietos lejos de los picaportes y de las cerraduras de las tiendas, y de las horquillas que abren los contadores del gas. Y nos dan un trozo de cinta azul y una copa como premio después de acabar hechos polvo de tanto correr o saltar como caballos de carreras, solo que a nosotros no nos cuidan tan bien como a los dichosos caballos de carreras.
Así que aquí estoy, plantado en la entrada en camiseta y pantalón corto, sin una miga reseca de pan siquiera calentándome la barriga, mirando absorto las flores cubiertas de escarcha que crecen fuera. Supongo que pensaréis que esa imagen bastaría para hacerme llorar. Pues de eso nada. Solo porque me sienta como el primer fulano que pisó la tierra no me voy a poner a berrear. Me hace sentir mil veces mejor que cuando estoy enjaulado en ese dormitorio con otros
trescientos infelices como yo. No, cuando no lo llevo tan bien es solo algunas veces en las que estoy ahí fuera considerándome el último hombre sobre la tierra. Me tengo por el último hombre sobre la tierra porque pienso que esos otros trescientos gandules que dejo ahí atrás están ya fiambres. Duermen tan a pierna suelta que me creo que todas esas cabezas andrajosas la han palmado durante la noche y que solamente quedo yo, y cuando miro los arbustos y estanques helados tengo la sensación de que va a hacer más y más frío hasta que todo lo que veo, incluidos mis propios brazos enrojecidos, se cubra de mil kilómetros de hielo; todo a mi alrededor, toda la tierra, hasta el cielo, incluido cualquier pedacito de tierra firme y de mar. Así que intento apartar de mí esa sensación y actuar como si fuese el primer hombre sobre la tierra. Y eso me hace sentir bien, así que en cuanto entro en calor lo bastante como para que esta sensación me invada, cruzo de un brinco el umbral de la puerta y allá que me lanzo a trotar.
Estoy en Essex. Se supone que es un buen reformatorio, al menos eso es lo que me dijo el director cuando llegué aquí desde Nottingham. «Queremos confiar en ti durante tu estancia en esta institución», dijo, alisando su periódico con esas blanquísimas manos de no haber dado un palo al agua en su vida, mientras yo leía las grandes palabras que veía del revés: Daily Telegraph. «Si juegas limpio con nosotros, jugaremos limpio contigo.» (Os juro que uno pensaría que la cosa se trataba de un largo partido de tenis.) «Queremos que se trabaje duro y con honradez, y fomentamos el atletismo de nivel», dijo también. «Y si nos das ambas cosas, ten por seguro que te trataremos bien y te devolve-
remos al mundo hecho un hombre honrado.» Bueno, creí que me moría de la risa, sobre todo cuando justo después de esto escuché los ladridos del sargento mayor llamándome la atención a mí y a otros dos y poniéndonos a desfilar como si fuésemos granaderos. Y cuando el director siguió diciendo lo mucho que «queremos» que hagas esto, y lo que «deseamos» que hagas lo de más allá, yo seguí buscando con la mirada a los otros tipejos, preguntándome cuántos habría por allí. Por supuesto, me constaba que había miles, pero hasta donde yo podía ver, solamente había uno en la sala. Hay miles de ellos por todo este infecto país: en las tiendas, en las oficinas, en las estaciones de tren, en los coches, en las casas, en los pubs… Tipos cumplidores de la ley como vosotros, como ellos, todos atentos y vigilando a los proscritos como yo, y esperando para llamar a los polis tan pronto como vean que damos un paso en falso. Y esto seguirá así, como lo estáis oyendo, porque yo no he terminado de dar pasos en falso todavía, y me atrevería a decir que no terminaré hasta el día en que la palme. Si los tipos legales confían en lograr que deje de darlos, entonces están perdiendo el tiempo. También podrían ponerme contra el paredón y disparar con una docena de rifles: solo así nos pondrían firmes a mí y a otros tantos millones de tipos como yo. Porque desde que llegué aquí, he estado pensando mucho. Pueden espiarnos todo el día para ver si nos la estamos meneando o si hacemos bien nuestro trabajo y le damos al «atletismo» pero no pueden hacer una radiografía de nuestras entrañas y adivinar lo que andamos pensando en lo más íntimo. Llevo tiempo preguntándome todo tipo de cosas, y pensando sobre la vida que he llevado hasta ahora. Me gusta
hacerlo. Es muy entretenido: ayuda a que el tiempo pase y a que el reformatorio no parezca ni la mitad de malo de lo que los chicos de nuestra calle afirmaban que era. Y la tontería esta de las carreras de fondo es lo mejor de todo, porque me ayuda a pensar tan bien que aprendo cosas incluso mejor que cuando estoy en la piltra por la noche. Y además, con eso de pensar tanto mientras corro, resulta que me he ido convirtiendo en uno de los mejores corredores del reformatorio. No conozco a nadie que haga el circuito de seis kilómetros más rápido que yo.
Así que tan pronto como me viene a la cabeza que soy el primer hombre que trajeron al mundo, cada mañana temprano, cuando ni siquiera los pájaros tienen agallas para echarse a trinar, nada más dar esa primera zancada en dirección al páramo helado me pongo a pensar, y comprendo que eso es lo que más me gusta del mundo. Doy mis vueltas como soñando, doblo las curvas de los caminos y los senderos sin darme apenas cuenta, salto por los arroyos sin reparar en ellos, y grito buenos días al tipo madrugador que ordeña las vacas sin verlo siquiera. Es un lujo ser un corredor de fondo, ahí fuera, solo en el mundo, sin un alma que te ponga de mal humor o te diga qué tienes que hacer, o que hay una tienda en la que entrar a robar un poco más atrás, en la siguiente calle. A veces pienso que nunca soy tan libre como durante ese par de horas en las que troto por el sendero fuera de las verjas y doy vueltas alrededor de ese roble pelado y barrigón que hay al final. A mi alrededor todo está muerto, pero para bien, porque está muerto antes de cobrar vida siquiera, no muerto tras haber estado vivo. Así es como lo veo yo. Eso sí, casi todas las veces empiezo tieso de frío. No noto
las manos ni los pies ni mis miembros en absoluto; es como si fuese un fantasma que no supiera que el suelo está bajo sus pies de no ser porque lo atisba de vez en cuando a través de la niebla. Pero aunque haya gente que seguro que escribiría una carta a su mamaíta para contarle que le dan calambres cada vez que sale a correr, yo jamás diría nada así, porque sé que en cuanto lleve corriendo media hora habré entrado en calor, y que para cuando llegue a la carretera principal y gire hacia el sendero de los trigales, junto a la parada del autobús, estaré tan caliente como una estufa salamandra y tan feliz como un perro con una lata en el rabo.
Es una buena vida la que llevo, me digo a mí mismo, siempre que no te rindas ante la poli, los gerifaltes del reformatorio y todos esos tipos legales con cara de hijo de puta. Trot-trot-trot, puf-puf-puf, slap-slap-slap, así resuenan mis pies sobre la tierra dura. Fris-fris-fris, cuando los brazos y costados se rozan con las ramas desnudas de un arbusto. Porque ahora tengo diecisiete años y cuando me dejen salir de aquí —eso si no me escapo antes y veo que las cosas ocurren de otra manera— seguro que intentarán que me enrole en el ejército, y ¿qué diferencia hay entre el ejército y el lugar en el que estoy ahora? A mí no me engañan, los muy bandidos. He visto los barracones cerca de donde vivo, y si no fuera porque siempre hay soldados con rifles haciendo la guardia, apenas se notaría la diferencia entre el cuartel y el lugar en el que estoy ahora. Y aunque los soldados salgan alguna vez entre semana a tomarse una pinta, ¿eso qué narices importa? ¿No salgo yo tres mañanas cada semana a correr por el campo? Eso es cincuenta veces mejor que empinar el codo, me apuesto lo que quieran. Cuando me dijeron por primera vez que
iba a correr sin un guardia pedaleando detrás de mí en una bici no me lo podía creer, pero me contaron que me encontraba en un lugar moderno y progresista, aunque a mí no me engañan porque sé que no es más que un reformatorio como todos, si me atengo a las historias que he escuchado; la única diferencia es que aquí me dejan triscar por ahí de vez en cuando. Porque un reformatorio es un reformatorio, da igual cómo lo pinten; pero, en cualquier caso, al principio no me parecía nada bien que me obligasen a levantarme tan temprano y me enviasen a correr ocho kilómetros con el estómago vacío, hasta que me convencieron de que no lo considerase algo tan malo —cosa que yo siempre supe— y me trataron como a un buen deportista y me dieron palmaditas en la espalda cuando dije que lo haría de mil amores y que intentaría ganar para ellos la copa del Premio Banda Azul de reformatorios (para toda Inglaterra) para carreras campo a través. Y ahora el director habla conmigo cuando viene a hacer sus rondas, casi como hablaría con su caballo de carreras ganador, si tuviese uno.
—¿Todo bien, Smith? —pregunta.
—Sí, señor —le respondo.
Le da tironcitos a su bigote gris:
—¿Cómo va lo de la carrera?
—Me he propuesto correr por los prados después de comer solo para entrenarme, señor —le comento.
Al imbécil barrigón ojos de huevo le encanta oír eso.
—Buen trabajo, buen trabajo. Sé que conseguirás esa copa para nosotros —dice.
Y yo juro para mis adentros: «Sí, por tus cojones la voy a conseguir».
No, no les conseguiré esa copa, por más que el estúpido cretino que se retuerce el bigote tenga puestas todas sus esperanzas en mí. Porque ¿qué significa esa esperanza estúpida?, me pregunto. Trot-trot-trot, slap-slap-slap, sobre el arroyo y bosque adentro, donde es casi de noche y todas las puñeteras ramitas escarchadas se me clavan en las pantorrillas. Me importa un bledo ganar ese trofeo, solo le importa a él. Le resulta tan importante como lo sería para mí si cogiese el boletín de las carreras de caballos y apostase por un jamelgo que ni siquiera conociese, que no hubiera visto nunca y ni puñeteras ganas que tendría de hacerlo. Esto es lo que significa para él que yo gane. Pero yo voy a perder esa carrera porque yo no soy un caballo, y se lo haré saber cuando esté a punto de largarme —eso si no me las piro incluso antes de la carrera—. Como hay Dios que lo pienso hacer. Soy un ser humano y tengo pensamientos y secretos y una maldita vida interior que él ni siquiera sabe que está ahí, y nunca lo sabrá porque es un estúpido. Supongo que esto os hará reír por lo bajinis, que yo diga que el director es un estúpido hijoputa, cuando apenas sé escribir y él, al revés, lee y escribe y suma como un puñetero catedrático. Pero lo que digo es la pura verdad. Él es un estúpido y yo no lo soy; porque yo soy capaz de ver dentro del alma de la gente de su clase, y él no ve una mierda en los de la mía. Ambos somos astutos, eso lo admito, pero yo lo soy más. Y al final acabaré ganando aunque me muera en el talego a los ochenta y dos tacos, porque le sacaré más diversión y chispa a mi vida que él a la suya. Lo juro. Se habrá leído miles de libros de cabo a rabo, me imagino, y por lo que sé, incluso habrá escrito unos cuantos él solito, pero estoy segurísimo, tan seguro como
que estoy aquí sentado, de que lo que estoy garabateando yo ahora vale mil veces más que lo que él llegará a garabatear nunca. Me da igual lo que digan, pero esa es la pura verdad y nadie puede negarla. Cuando habla conmigo y yo le miro a su jeta de militroncho sé que estoy vivo y que él hace tiempo que está muerto. Muerto y requetemuerto. Si se le ocurriese salir y correr nueve metros se caería redondo. Y si entrase nueve metros en lo que ando pensando también se caería redondo, pero de la sorpresa. Por ahora son los tipos muertos como él quienes dominan a los que son como yo, y no puedo estar más seguro de que siempre será así, pero a pesar de todo, juro por Cristo bendito que prefiero ser como soy —toda la vida huyendo y entrando a robar en las tiendas una cajetilla de tabaco o un tarro de mermelada— que ser como él, acostumbrado a dominar y sin saber que está muerto de los pies a la cabeza. Puede que cuanto más te guste dominar a la gente más muerto estés. Y prometo que para decir esta última frase me han hecho falta unos cuantos cientos de kilómetros de campo a través. Al principio, decir algo así me habría resultado tan difícil como echar mano al bolsillo de atrás del pantalón y sacar de allí un billete de un millón de libras. Pero es verdad, ya sabéis, y ahora que lo pienso de nuevo, siempre ha sido así y siempre lo será, y cada vez que veo al director abrir esa puerta y decir «Buenos días, muchachos», más seguro estoy de ello.
Mientras corro y vislumbro mi aliento humeante alzarse en el aire como si tuviese diez puros clavados en partes estratégicas de mi cuerpo, pienso cada vez más en el sermoncito que me soltó el director cuando llegué al reformatorio. Honradez. Sé honrado, me dijo. Una mañana en que me
acordé del discursito, me reí tanto que hice diez minutos más de mi marca habitual porque me tuve que detener para que no me mataran las punzadas que me habían empezado a dar en el costado. Al volver, el director estaba tan preocupado por mi tardanza que me mandó al médico para que me hiciesen una radiografía y me revisasen el corazón. Sé honrado, me dijo. Es como decir: sé un puñetero muerto, como yo, y así dejarás de sufrir por tener que dejar esa casucha tuya barriobajera para ir al reformatorio o peor, a la cárcel. Sé honrado y colócate en un trabajito cómodo donde te puedas agenciar seis libras por semana. Bueno, incluso con estas carreras de fondo todavía no he llegado a aclararme del todo acerca de qué quiere decir exactamente con eso, aunque estoy a punto de hacerlo y no me gusta lo que significa. Porque, tras darle tantas vueltas, me he dado cuenta de que resulta ser algo que no vale para mí, teniendo en cuenta dónde nací y dónde me crie. Porque otra cosa que la gente como el director nunca comprenderá es que yo soy honrado, vaya que lo soy, nunca he sido otra cosa sino honrado, y siempre lo seré. Sonará raro pero es verdad; yo sé lo que implica ser honrado para mí, mientras que él solamente ve lo que tiene delante de las narices. Creo que mi honradez es del único tipo que hay válido en esta vida, aunque estoy seguro de que él opinará lo mismo de la suya. Es por eso que esta sucia casona solariega, rodeada de tapias por los cuatro costados en medio de la nada, se ha venido empleando para enjaular a tipos como yo. Y si yo tuviese el control de las cosas ni siquiera me molestaría en construir un lugar como este para encerrar a todos los polis, directores, putas de lujo, chupatintas, oficiales del
ejército y parlamentarios que pueblan este puñetero país; no, los pondría directamente ante un paredón y les daría su merecido, como ellos llevan siglos haciendo con nosotros, a ver si llegan a saber lo que significa ser honrado de verdad, cosa que no saben y que nunca sabrán. ¡Ayúdame, Dios Todopoderoso!
Llevaba casi dieciocho meses en el reformatorio cuando un día empecé a pensar en serio en escaparme. Poco puedo contaros acerca de cómo era todo allí, porque no le tenía cogido el tranquillo a describir edificios o a contar cuántas sillas cochambrosas o ventanas desentablilladas conforman una habitación, ni a nada que se le pareciese. Tampoco puedo quejarme mucho porque, a decir verdad, no sufrí en absoluto en el reformatorio. Respondería lo mismo que un colega mío cuando le preguntaron si odiaba con ganas estar en el ejército. «No lo odiaba», dijo. «Me daban de comer, me proporcionaron un traje y algo de pasta, lo cual era infinitamente mejor que lo que tenía antes, a menos que me hubiese matado a trabajar para obtenerlo, y la mayor parte del tiempo ni siquiera me dejaban hacer mi curro: me mandaban a la oficina de empleo dos veces por semana.» Bien, a eso más o menos es a lo que me refiero. El reformatorio no me hizo mal en ese sentido, así que al no tener quejas no hay motivo para que describa lo que nos daban para comer, el aspecto de los dormitorios colectivos o cómo nos trataban. Pero en otro sentido el reformatorio sí que me fastidia. No, no es que me haga ponerme a la defensiva, porque siempre estuve a la defensiva, prácticamente desde el día en que nací. Lo que hace es mostrarme con qué han estado tratando de asustarme. Tienen otros medios también: la cárcel y, si las
cosas se ponen feas de verdad, la soga. Es como si echase a correr para atizarle a alguien y arrebatarle el abrigo y, de repente, me tuviera que detener porque el otro sacase una navaja y la levantase para degollarme como a un marrano a la que me acercara más de la cuenta. Esa navaja es el reformatorio, el trullo, la maroma. Pero una vez que has visto la navaja aprendes algo de combate cuerpo a cuerpo. Has de hacerlo, porque tú jamás tendrás en tus propias manos esa clase de navaja que ellos usan contra ti; por lo demás, ese combate cuerpo a cuerpo no es gran cosa. Pero es lo que hay, y sigues corriendo hacia ese tipo, con o sin cuchillo, confiando en poder agarrarlo de la muñeca con una mano y del codo con la otra, todo al mismo tiempo, y empujarlo hacia atrás para que la navaja se le caiga al suelo.
Ya veis, mandándome al reformatorio me han mostrado la navaja, y de ahora en adelante sé algo que no sabía antes: que ellos y yo estamos en guerra. En guerra perpetua. Siempre lo supe, naturalmente, porque también estuve en algún que otro centro de menores y los chicos de allí solían contarme un montón de cosas acerca de sus hermanos que estaban en el reformatorio; pero entonces la cosa era solo en plan «mírame y no me toques», éramos gatitos, llevábamos guantes de boxeo, solo nos estábamos divirtiendo. Pero ahora que me han enseñado la navaja, y decida o no volver a clavarla a lo largo de mi vida, sé quiénes son mis enemigos y sé lo que es la guerra. Por mí pueden tirar todas las bombas atómicas que quieran porque lo único que me importa es que a eso nunca lo llamaré guerra ni llevaré uniforme militar: mi guerra, que ellos toman por un juego de niños, es otra muy distinta. Lo que ellos consideran guerra es en realidad
un suicidio, y a todos los que matan cuando van a la guerra los deberían meter en el trullo por tentativa de suicidio, pues esa es la idea que está en las mentes de aquellos tipos cuando se apresuran a alistarse o se dejan reclutar. Lo sé porque he pensado lo bien que estaría a veces pegarme un tiro, y el modo más fácil de hacerlo, se me ocurría, era esperar que llegase una gran guerra para poder alistarme y que me matasen. Pero se me pasó al comprender que yo ya estaba en mi propia guerra, que había nacido en medio de una, que había crecido oyendo el sonido de los «viejos soldados» que habían combatido muy duro en la cárcel de Dartmoor, que casi acabaron muertos en la de Lincoln, atrapados en tierra de nadie en el reformatorio… Eso sonaba más fuerte que cualquier bomba que pudieran tirar los alemanes. Las guerras del Gobierno no son mis guerras; esas guerras no tienen nada que ver conmigo porque a mí lo único que me preocupará siempre es la guerra que yo mismo estoy librando. Me acuerdo de cuando tenía catorce años y salí al campo con tres de mis primos. Todos ellos eran más o menos de la misma edad, y después todos fueron a parar a distintos reformatorios, y más tarde a distintos regimientos de los que pronto desertaron, y después acabaron en cárceles en las que todavía siguen, hasta donde yo sé. Pero de todos modos, éramos unos críos en aquel entonces, y queríamos salir al campo para variar, para alejarnos durante un verano del alquitrán recalentado y apestoso de las carreteras. Saltamos verjas y atravesamos campos, y birlamos unas cuantas manzanas ácidas por el camino, hasta que divisamos el bosque a un kilómetro más o menos. Arriba ya, en Colliers’ Pad, oímos a otro montón de chicos que hablaban con voz de estudiantes de secundaria
tras un seto. Nos acercamos a ellos sigilosamente y los espiamos a través de las zarzas, y vimos que estaban haciendo un pícnic, en un despliegue verdaderamente encopetado de cestas, termos y servilletas. Debían de ser unos siete, entre chicos y chicas; supongo que sus mamaítas y sus papaítos les habrían dejado pasar la tarde en el campo. Así es que, a través del seto, seguimos reptando sobre la barriga como cocodrilos, y los rodeamos. Entonces nos plantamos de repente en medio de ellos, y empezamos a pisotearles la hoguera, y a darles pescozones en las orejas y a coger a puñados toda la comida que había, y después corrimos riéndonos a carcajadas hacia el bosque atravesando el Huerto de los Cerezos, perseguidos por un tipo que apareció mientras estábamos saqueando el pícnic. Conseguimos librarnos de él sin mayor problema, y por descontado que nos dimos un buen festín, porque estábamos medio muertos de hambre y no veíamos el momento de hincarle el diente a esos sándwiches tan finitos de jamón con lechuga y a esos bizcochos de crema que habíamos afanado.
Pues bien, creo que hasta el día de mi muerte me sentiré igual que esos niñatos imbéciles justo antes de que los atacásemos. Ellos nunca se imaginaron la que se les venía encima, al igual que el director de este reformatorio que nos suelta esas peroratas sobre la honradez y todo ese rollo no tiene ni la más repajolera idea de nada de lo que ocurre, mientras que no pasa un minuto de mi vida sin que yo olvide la alta probabilidad de que una enorme bota aplaste cualquier simpático pícnic que yo tuviera la chifladura y la falta de honradez de organizar para mi propio deleite. Admito que ha habido veces en las que he pensado decirle
al director todo esto que pienso, ponerle sobre aviso, pero cuando lo he tenido delante de mis narices he cambiado súbitamente de opinión. Que lo adivine él solito, o que pase por el mismo calvario que yo hasta averiguarlo. No es que yo tenga el corazón de piedra ni nada (en realidad, cuando he tenido ocasión he ayudado a unos cuantos tipos con algo de pasta, alguna mentirijilla, un pitillo o proporcionándoles techo cuando llovía y ellos estaban en plena huida), pero estoy jodido si corro el riesgo de que me metan en chirona solo por tratar de darle al director un consejito que no se merece. Si se me ablanda el corazón, sé para qué tipo de gente me voy a reservar. Además, cualquier consejo que le diera al director no le haría ningún bien; solamente conseguiría que metiera la pata con mayor antelación que si no le avisara, que supongo que es lo que va a ocurrir al fin y al cabo. Aunque por ahora dejaré que las cosas sigan su curso, que es algo que también he aprendido en este último par de años. (Es una suerte que solo pueda pensar en estas cosas a la misma velocidad a la que consigo escribir con esta punta de lápiz que tengo agarrada con la zarpa. De otro modo ya habría abandonado todo esto hace semanas.)
Cuando ya llevo recorrida la mitad de mi carrera matutina, cuando tras un amanecer mordisqueado por el hielo logro ver un flemático rayito de sol suspendido de las ramas desnudas de hayas y sicomoros, y cuando sé que he llegado a la mitad de la carrera porque el atajo empieza a bajar por la escarpada loma cubierta de arbustos y sigue por el sendero encharcado, cuando alrededor de mí no se ve ni un alma ni se oye nada salvo el relincho de un potro picazo en el establo de una granja que no llego a ver, llegan a mi mente los
pensamientos más profundos y alocados. Al director le daría un pasmo si me viera resbalar cuesta abajo por la loma, porque me podría romper el cuello o un tobillo, pero no puedo evitar hacerlo porque es el único riesgo que corro y la única agitación que obtengo, esto de volar a toda pastilla como uno de esos pterodáctilos de la emisión radiofónica de El mundo perdido, loco como un gallo castrado, arañándome hasta la médula y casi abandonándome, aunque no del todo. Ese es el momento más maravilloso porque, mientras voy descendiendo, en mi sesera no hay ningún pensamiento ni una palabra ni una imagen. Estoy vacío, tan vacío como lo estaba antes de nacer, y no me abandono, supongo que porque, haya lo que haya en mi interior más profundo, ese algo no quiere que me muera ni que me haga daño de verdad. Y te vuelves loco si profundizas mucho, ya sabes, porque darle al coco no suele llevar a ninguna parte, aunque profundo es lo que soy cuando rebaso la marca que señala la mitad de camino, porque la carrera de fondo cada mañana me hace pensar que cualquier carrera como esta es una vida entera —una vida minúscula, ya lo sé—, pero una vida al fin y al cabo, tan llena de tristeza y de felicidad y de acontecimientos como esos de los que te rodeas en la realidad. Y me acuerdo de que después de muchas de estas carreras suelo pensar que no hacía falta ser muy avispado para adivinar cómo iba a terminar esta vida mía que ya está en plena marcha. Pero como de costumbre, me equivocaba: acabé atrapado primero por la poli y después, por mi propia cabeza torpe. Nunca había podido confiar en mí mismo para salir volando impunemente de estas trampas, pues tarde o temprano siempre acababan pillándome en falta, a pesar de
que me hubiese escapado de alguna ratonera sin ni siquiera saberlo. Mirando atrás, supongo que esos árboles grandotes se ponían las ramas en el hocico haciéndose un guiño, y ahí estaba yo mientras, bajando como una bala por la ladera sin ver un carajo.
IINo es que me diga: «Si no hubieras hecho aquella trastada no habrías ido a parar al reformatorio». No: lo que trato de meterme en esta cabezota de corredor es que no había derecho a que mi suerte me dejase colgado justo cuando estaba logrando hacer creer a los polis que a fin de cuentas no era de los que hacía trastadas. Era otoño y aquella noche la niebla era tan espesa que lo último que me apetecía era salir a deambular por las calles con mi colega Mike, cuando lo más lógico habría sido quedarnos plantados delante de la tele o empotrados en alguna butaca de terciopelo fino en el cine. Pero yo estaba inquieto tras seis semanas sin dar palo al agua, y bueno, podríais preguntarme por qué llevaba tanto tiempo tumbado a la bartola, cuando yo era de los que sudaba la camiseta en una fresadora como todo hijo de vecino, pero claro, es que mi viejo acababa de morirse de cáncer de garganta y entonces mi vieja había recibido quinientas libras por el seguro y la prestación de la fábrica donde él trabajaba («esto es para aliviar su duelo», le dijeron, o algo parecido).
Ahora creo, y mi madre seguro que pensó lo mismo, que un fajo nuevecito de billetes azules de cinco no hace bien
