ANTÓN CHÉJOV
EL REINO DE LAS MUJERES
Traducción del ruso de Marta Rebón
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Traducción del ruso de Marta Rebón
Ahí estaba el abultado paquete lleno de billetes. Procedía del gerente de la explotación forestal.
Le escribía que le mandaba mil quinientos rublos obtenidos por vía judicial, ganados en segunda instancia. A Anna Akímovna no le gustaban las palabras «por vía judicial» o «en segunda instancia», e incluso la asustaban. Sabía que no era posible prescindir de la ley, pero, por alguna razón, cada vez que el director de la fábrica, Nazárich, o el gerente de sus bosques, enzarzados a menudo en demandas, ganaban un caso para ella, la invadía el miedo, y era como si le diera vergüenza. Y también esta vez sintió miedo y desazón, y le entraron ganas de poner esos mil quinientos rublos más lejos, para no verlos. Pensaba con tristeza que las mujeres de su edad —tenía veintiséis años— ahora estarían ocupadas en las tareas domésticas, se cansarían y dormirían pro
fundamente, y, al día siguiente por la mañana, se despertarían de buen humor; muchas de ellas se habían casado hacía tiempo y tenían hijos. Solo ella, quién sabe por qué, se veía obligada, como una vieja, a ocuparse de esas cartas, hacer anotaciones en ellas, escribir respuestas, y luego pasarse toda la tarde hasta la medianoche sin hacer nada, y esperar a que le viniera el sueño, y a la mañana siguiente, durante todo el día, la felicitarían y le pedirían ayuda, y, al cabo de dos días, en la fábrica, se montaría sin falta un escándalo: golpearían a alguien o alguno moriría por haber bebido demasiado vodka, y a ella, por alguna razón, le remordería la conciencia, y, después de las fiestas, Nazárich despediría a unas veinte personas por haberse ausentado del trabajo, y esos veinte se agolparían con la cabeza descubierta junto a su entrada, y a ella le daría vergüenza salir a verlos, y los echarían como a perros. Y todos sus conocidos dirían a sus espaldas, y le escribirían en cartas anónimas, que ella era una millonaria, una explotadora, que devoraba la vida de los demás y chupaba la sangre a sus obreros. A un lado, había una carpeta con cartas leídas y ya apartadas. Eran cartas de solicitantes. Los había 8 Antón Chéjov
9 EL REINO DE LAS MUJERES
hambrientos, borrachos, padres de familia numerosa, enfermos, abatidos y despreciados… Anna Akímovna ya había anotado en cada carta a quién se le darían tres rublos, a quién cinco. Esas cartas se enviarían ese mismo día a la oficina y al día siguiente se procedería al pago de los subsidios o, como dicen los contables, se daría de comer a las fieras.
Se repartirían cuatrocientos setenta rublos también en pequeñas cantidades: intereses de un capital legado por el difunto Akim Ivánich a los pobres y a los necesitados. Se formaría una aglomeración espantosa. Desde la entrada hasta la puerta de la oficina se extendería una larga fila de desconocidos con caras brutales, en harapos, ateridos de frío, hambrientos y borrachos, que se acordarían con voces roncas de la madrecita benefactora Anna Akímovna y de sus progenitores. Los de atrás empujarían a los de delante, y los de delante los cubrirían de improperios. El contable, que se hartaría del ruido, los insultos y los lamentos, se levantaría y abofetearía a alguno, para satisfacción general. Y su propia gente, los trabajadores, que para las fiestas no habrían recibido nada más que su salario y ya se habrían gastado
hasta el último kopek, se pararían en mitad del patio, unos y otros riendo y mirando, algunos con envidia, otros con ironía.
«Los comerciantes, y especialmente sus mujeres, aman más a los pobres que a sus propios trabajadores —pensó Anna Akímovna—. Eso siempre ha sido así».
Su mirada se posó sobre el paquete de billetes. «Estaría bien repartir mañana este dinero innecesario y repugnante entre los trabajadores, pero no conviene darles nada gratis, porque volverían a pedir. Pero ¿qué significan estos mil quinientos rublos, si en la fábrica hay unos mil ochocientos trabajadores, sin contar a sus mujeres e hijos? Quizás fuese mejor elegir entre uno de los solicitantes que escribieron esas cartas, a algún miserable que haya perdido hace tiempo la esperanza de una vida mejor, y darle a él la suma entera. Al pobre hombre ese dinero lo aturdiría como un trueno, y es posible que por primera vez en la vida se sintiera feliz». Esta idea le pareció original y divertida a Anna Akímovna y la entretuvo. Extrajo al azar una carta de la carpeta y la leyó. Pertenecía a cierto secretario provincial, de nombre Chálikov, desempleado desde hacía tiempo y enfer
mo, que vivía en la casa de Guschin; su mujer padecía tisis y tenía cinco hijas pequeñas. Anna Akí
movna conocía muy bien la casa de cuatro plantas de Guschin donde vivía Chálikov. ¡Ah, era siniestra, putrefacta e insalubre!
«Pues se lo daremos al tal Chálikov —decidió—.
No se lo enviaré, será mejor que se lo lleve yo misma en persona para no dar que hablar más de la cuenta.
Sí —pensaba mientras se metía en el bolsillo los mil quinientos rublos—. Iré a verlos y quizás encuentre algún lugar donde colocar a las niñas».
Se sintió feliz y tocó la campanilla para mandar que le prepararan los caballos.
Cuando se sentó en el trineo eran las seis de la tarde pasadas. Las ventanas de todos los bloques de edificios estaban vivamente iluminadas y, por eso, en el enorme patio la oscuridad parecía más profunda. Junto a las puertas y en el otro extremo del patio, cerca de los almacenes y de los barracones de los obreros, brillaban las farolas eléctricas.
Aquellos oscuros y lúgubres edificios, almacenes y barracones donde vivían los trabajadores no eran del agrado de Anna Akímovna y le daban miedo. En
el edificio principal solo había estado una vez después de la muerte de su padre. Los altos techos con vigas de hierro, la multitud de ruedas enormes que giraban a toda velocidad, de correas de transmisión y palancas, el silbido estridente, el chillido del acero, el tintineo de las vagonetas, el jadeo del vapor, las caras pálidas, amoratadas o negras por el polvo del carbón, las camisas empapadas de sudor, el brillo del acero, del cobre y la lumbre, el olor a aceite y carbón, y la corriente de aire, algunas veces muy caliente, otras veces frío, le causaban la impresión de estar en el infierno. Le parecía que las ruedas, las palancas y los sibilantes cilindros al rojo vivo trataban de desprenderse de sus ataduras para destruir a los hombres, y los hombres, con semblantes preocupados, sin oírse unos a otros, corrían y se ajetreaban en torno a las máquinas, esforzándose en detener su espantoso movimiento.
Fragmento de El reino de las mujeres, de Antón Chéjov, traducción del ruso de Marta Rebón, col. Pequeños placeres, Ediciones Invisibles, mayo de 2019.