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UNA BELLEZA INSOPORTABLE

Everett Ruess

UNA BELLEZA INSOPORTABLE

LAS CARTAS DE EVERETT RUESS

traducción e introducción de munir hachemi

EDITORIAL PERIFÉRICA

28 de junio

Queridos madre y padre:

Anoche llegué sano y salvo a Morro Bay. Hice autoestop y acabé compartiendo el viaje con nueve personas, entre las que se contaban la mujer de un marinero, un boticario, un viajante y un friegaplatos. Dormí en un hueco entre las dunas tras hacer un fuego justo antes de que se pusiera el sol. Me di cuenta de que quitamos tantas cosas del petate que casi no tengo para comer. Por la mañana las mantas estaban empapadas por la niebla y el rocío. Volví a San Luis Obispo con un empleado del boticario, así que os escribo desde una de sus tiendas. Me dispongo a salir hacia Carmel. Con cariño,

everett

30 de junio

Carmel

Querida madre:

Ayer fue un día feliz. Estuve vagando por la playa y, mar adentro, me senté en una roca con forma de trono. Me quedé ahí hasta que llegó una gran ola y me echó.

Dediqué la tarde a pasear por el pueblo hasta conocérmelo al dedillo. Caminé un kilómetro y medio hasta llegar a San Carlos Mission y al río Carmel. Luego regresé al pueblo, fui al estudio de Edward Weston y nos hicimos amigos. Un hombre que me recogió en su coche cerca de Morro Bay me había hablado de él. Me pasé un buen rato mirando sus fotos. Es un hombre de mentalidad muy abierta.

Con cariño,

everett

p . d . : Anoche dormí en un pinar. Escribid a la estafeta central de Carmel.

1 de julio

Querido padre:

Ayer descubrí dando un paseo que estaba en el Seventeen-Mile Drive, así que decidí recorrerlo. Hice unos treinta kilómetros parando de vez en cuando en lugares pintorescos para hacer unos bocetos. A las dos estaba tan oscuro y nublado que pensaba que eran las cinco. Vagué un rato por las dunas y vi seis ciervos, dos ciervas y cuatro cervatillos que avanzaban en una rara procesión. Eran bastante dóciles.

También vi dos enormes ardillas grises. Fui siguiendo los caminos que me encontraba un poco al azar y vi una parte interesante de esta tierra.

El señor Weston me invitó a cenar y me presentó a sus hijos, dos chicos muy amables. Dormí en su cochera, que está vacía. Esta mañana se la he barrido y recogido un poco.

Con cariño,

everett

2 de julio

Querido Waldo:

Ayer me lo pasé muy bien con Neil y Cole, los hijos del señor Weston. Son menores que yo. Tienen dos hermanos ya casados. El señor Weston tiene una casa en Los Ángeles; otra, en el cañón de Topanga, y aquí alquila tres, todas en la misma parcela. Una la usa de estudio, en otra duermen Neil y Cole y la otra hace las veces de cocina y dormitorio. Hay una chica, Sonia, que se encarga de las tareas del hogar. Ayer por la tarde fui con Cole al río Carmel. Fuimos en su bici. Allí nos encontramos con Neil y un chico gordo, Sam, que había alcanzado el límite de truchas que está permitido pescar al día. Hice tortitas y comimos beicon y trucha. Después nos bañamos en el río, que es ancho en la desembocadura, donde vierte sus aguas en el océano.

Con cariño,

everett

4 de julio

Querida madre:

Ayer llamé a Harry y quedamos en Point Lobos para pintar. Hicimos una acuarela del mar cada uno y luego nos fuimos a pasear por las rocas dejando las cosas ahí. Encontramos tres estrellas de mar y una anémona enorme. Entonces pasamos un rato mirando los leones marinos y escuchando el sonido que hacen. También tiramos piedras a las rocas que quedaban debajo de nosotros.

Después hicimos un dibujo. Vimos una cría de culebra rayada de unos diez centímetros, tenía la cola azul brillante. Luego nos encaminamos de vuelta a casa. A mí me llevó una señora de la familia de los propietarios de Point Lobos.

Por la tarde cené con los Weston y después nos sentamos junto al fuego y el señor Weston nos leyó Moby Dick en voz alta. Cuando Cole se durmió nos fuimos todos a la cama.

Hoy voy a salir otra vez a pintar con Harry.

Con cariño,

everett 14 de julio

Querido padre:

Acabo de recibir tu carta del día 16, cheque incluido. Te lo agradezco. Con las xilografías he ganado un dólar hasta la fecha. La semana que viene me publican una. También he cobrado dos dólares haciendo de caddie y cincuenta centavos trabajando de jardinero. Esta noche cortaré algo de leña. Esta mañana he hecho la colada. Iré a Monterrey para gastar menos suela. He intentado ponerme en contacto con la señora Graham, pero no me ha cogido el teléfono. La veré la semana que viene, en cuanto vuelva de Big Sur.

En lo que respecta a la comida, desde que llegué he dado cuenta de cuatro hogazas de pan, tres tarros de crema de cacahuete y unos tres litros de leche. También me he comido varias latas de guisantes y de maíz, y unas cinco cajas de cereales para el desayuno.

Qué bueno lo que me dices de las xilografías de madre y de la portada de la revista de poesía. Si sabes cómo buscarlo, hay dinero en el Arte.

Ayer, Leon Wilson y yo fuimos a pintar a unas rocas cerca de Point Lobos. Nadamos en las heladas aguas del Pacífico y exploramos algunas cuevas recorriendo a nado la península. Algunas eran enormes, de techos altos y abovedados. También había otras que los tenían bajos y, para entrar en ellas a nado, era preciso elegir el momento oportuno. En algunos momentos la subida de una ola hacía que me quedara en el sitio, por mucho que nadara, e inmediatamente después bajaba y me arrastraba más de seis metros. Al salir, estábamos prácticamente entumecidos. Emergimos a la playita en la que habíamos empezado e hice una fogata para secarnos.

Te deseo suerte en lo económico.

Con cariño,

everett

24 de julio

Queridos padre, madre y Waldo:

El domingo pasado fui a casa de Harry y estuvimos pescando, aunque no capturamos nada más que un par de erizos de mar. Leí algunas páginas de un libro que se llama La leyenda de Thyl Ulenspiegel.

El sábado por la noche la señorita Greene me invitó a ver una obra en el teatro Forest; se llamaba Over the Fairy Line y era una pieza para niños bastante buena. A la señorita Greene le habían dado varias entradas, pero su familia no quiso venir.

El lunes emprendí el camino hacia Big Sur. Llevaba un equipaje de unos veintitrés kilos, contando las mantas. Me llevaron desde el puente que cruza el río Carmel hasta

Highlands Inn, a unos seis kilómetros. Desde allí caminé otros tantos hasta que paré un camión de leña que me llevó durante unos quince kilómetros, hasta Glen Deven. Hacía frío y el viento soplaba con fuerza. Es una carretera muy montañosa; en casi ninguna parte hay espacio para que pasen dos coches.

Después de bajarme del vehículo caminé varios kilómetros hasta llegar a un lugar en el que la carretera da un largo rodeo para evitar el cañón. Vi, en la distancia, una marca en la montaña y pensé que sería un sendero. Más abajo había una playa. Decidí que almorzaría allí.

Me deslicé y me resbalé y me tambaleé por la montaña hasta un valle por el que corría un riachuelo. Llegué a la playa y encontré un montón de madera, probablemente de un naufragio. Almorcé sentado bajo el arco de una pequeña cueva; debajo de mí rompían las olas y había muchas algas marrones que bailaban al ritmo del mar retorciéndose como pulpos.

Emprendí el ascenso de la ladera. Tendría una pendiente de unos 110 grados. Si hubiera caminado recto, me habría caído hacia atrás por el peso de mi petate. Fue una subida tortuosa, pero al final llegué adonde quería. Allí descubrí que lo que me había parecido un sendero apenas lo era. Eché a caminar y vi una enorme polilla colibrí, negra con rayas naranjas.

Tras llegar a la carretera, caminé hasta un valle al pie del desnivel del río Little Sur. Descansé un rato y volví a ponerme en marcha por un bosque de secuoyas. Pasé junto a una grúa y varios hombres trabajando. Algunos eran presos.

Serían las cuatro cuando me adentré en la parte más densa del bosque. Allí me recogió un hombre que había vivido en Monterrey e iba a visitar a sus nietos, en Big Sur. Conocía bien la historia de aquella tierra, así que me resultó muy

interesante. Los primeros habitantes de la zona fueron españoles, hace cien años. A un hombre le concedieron un vasto territorio. Enseguida empezaron a llegar más; hoy, sin embargo, casi todos los descendientes han abandonado las granjas y los ranchos, o han muerto.

No fue fácil construir la carretera. Los primeros colonos tuvieron que hacerlo a pico y pala y sin instrumentos de topografía. Por agua es casi imposible llegar, de tan rocosa como es la costa. Vi, en el océano, los restos de un barco japonés. Llevaban ahí tres meses.

Por fin llegué a Big Sur y, por lo tanto, a la estafeta. Acampé junto al río, siempre en Big Sur, y me hice de cenar. Cogí una piedra para hacer el fuego, y debajo había una serpiente enorme. Preparé una lata de guisantes, pero, al quitarla del fuego, me quemé los dedos y se me volcó casi entera. Después de eso me arrebujé en sábanas y mantas cuando apareció un hombre con cuatro críos.

Resulta que había acampado en la orilla que no debía; una era semipública, pero la otra era privada. Como ya había montado el campamento, el hombre me dijo que no me preocupara, que pasara ahí la noche. No tardé en ceder al sueño bajo los alisos y los sicomoros.

El martes por la mañana escondí la mochila bajo un roble y caminé hacia el océano. Mientras avanzaba por la playa iba viendo salvavidas aquí y allá, restos del naufragio. Todos estaban rotos o pinchados, pero las gomas no estaban en mal estado.

Nunca había pintado una acuarela en condiciones tan adversas. El viento empujaba la arena, que acababa pegada en mi pintura. Ahí sigue y produce un efecto interesante, pero creo que, cuando se desprenda, se llevará todo el color.

Luego emprendí la subida hacia las montañas a través de unos cañones llenos de unos robles de lo más pintorescos.

Hice algunos bocetos. Había aquí y allá arboledas de secuoyas y sicomoros. También había muchos cardos.

En uno de los momentos en que me detuve a contemplar los robles, un colibrí, un ave minúscula y curiosa, se quedó volando a unos centímetros de mi cara y se posó en una ramita. Pasé la noche acampado sobre la carretera, en una pequeña hondonada.

Llegué a Carmel a mediodía. De allí fui a casa de los Weston y bajé a la playa con Neil y Cole para buscar a su padre, que andaba fotografiando algas. Luego seguimos camino por la costa. Hicimos una piscinita y nos pusimos a recoger estrellas de mar; llegamos a reunir sesenta. Había de todos los tamaños: rojas, marrones, moradas, azules, amarillas y bermellón.

Con cariño, everett

1 de agosto

Queridos padre, madre y Waldo:

Este domingo salgo hacia Yosemite y desde allí iré al lago Mono. Esta semana he ganado catorce dólares, doce de ellos en tres días. Espero no tener que perder más el tiempo con el tema del dinero este verano y poder dedicarme a pintar y a viajar.

Publicaron una de mis xilografías en el Carmelite y hoy voy a tallar otra para que la impriman.

Donde Criley hay multitud de nidos, llenos de polluelos de codorniz. Mientras trabajaba en el pinar, cada pocos minutos veía pasar una sombra a mis pies y oía a la mamá codorniz dar la alarma. Les estaría diciendo a sus crías que

no se movieran hasta que el halcón se hubiera marchado. No tengo ninguna duda de que éste se llevó a varias.

Con cariño,

everett

5 de agosto

Querida familia:

Ayer llegué a Yosemite al atardecer. De primeras, el valle apenas me pareció real.

Se me había olvidado contaros que algún vagabundo debió de encontrar la mochila que dejé en Carmel y se comió medio kilo de crema de cacahuete y media caja de cereales Pep. No tocó nada más.

Encontré un buen lugar para acampar en Camp Seven, preparé el camastro y cené. Desde allí fui a otro campamento; los guardias forestales y algunos campistas estaban ofreciendo un espectáculo. Había bastante público. Cantamos y otros tocaron la armónica. Una chica bailaba al son de la gaita de un escocés que iba anunciando el nombre de las canciones, pero a mí todas me sonaban igual. No hay sonido como el de las gaitas: es de una monotonía mortal. Parecía que fuera a seguir tocando para siempre.

Hubo fuegos artificiales y me volví a mi campamento. Me costó encontrarlo en la oscuridad.

Esta mañana he comprado algunas cosas que necesitaba. Las he conseguido a un buen precio. Hoy no creo que me anime a hacer una caminata; me limitaré a dar un paseo por el valle. ¡Qué alegría estar por fin aquí! Aunque en estas tierras los otoños son secos, hace fresco y se ve mucho verde. Los ciervos son casi tan mansos como los perros.

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