Skip to main content

27785c

Page 1


Carlo Collodi

Carlo Collodi

Ilustraciones de Alberto Gamón

Traducción de Antonio Colinas

Prólogo de Jesús Marchamalo

Título original: Le avventure di Pinocchio

© De la traducción: Antonio Colinas

Cedida por Ediciones Siruela, S.A.

© De las ilustraciones: Alberto Gamón

© Del prólogo: Jesús Marchamalo

© De esta edición: Nórdica Libros S. L.

C/ Doctor Blanco Soler, 26

C. P. 28044, Madrid

Tlf.: (+34) 917 055 057 info@nordicalibros.com

Primera edición: noviembre de 2024

ISBN: 978-84-10200-64-7

Depósito Legal: M-23734-2024

IBIC: FC

Thema: FBC

Impreso en España / Printed in Spain

Gracel Asociados

Alcobendas (Madrid)

Diseño de colección: Diego Moreno

Maquetación: Victoria Parra

Corrección ortotipográfica: Victoria Parra y Ana Patrón

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Prólogo de Jesús Marchamalo

Es curioso, porque nunca me acuerdo de Las aventuras de Pinocho cuando me preguntan por mis lecturas favoritas de infancia y adolescencia. Aquellos libros que leíamos, muchas veces enfermos, con anginas o tos, en esquijama.

Siempre se me vienen a la cabeza, como una retahíla, casi de memorieta, los mismos títulos: La isla del tesoro, Ivanhoe, Los tres mosqueteros (hubo una larga temporada, de niño, en que soñaba con ser francés y mosquetero) o Robinson Crusoe. Y suelo olvidarme de otros tres libros cuya lectura me resultó conmocionante: Las aventuras de Gulliver, El conde de Montecristo y Pinocho que, junto a Veinte mil leguas de viaje submarino, fueron, yo creo, algunos de mis libros esenciales de formación literaria. Y pienso en que aquella conmoción lectora no tuvo tanto que ver con los libros en sí, con las historias, como con el carácter y la personalidad de los protagonistas, esas vidas vicarias en las que nos sentimos de algún modo reflejados: la de Lemuel Gulliver, que se ve de repente, inesperadamente, convertido en gigante; la de Edmundo Dantés, quien, traicionado por sus amigos, justifica su vida en la venganza; la soledad violenta y exquisita pero también atribulada del enigmático Capitán Nemo… Sin embargo, nunca quisimos ser Pinocho, ese muñeco de madera impertinente, faltón y fastidioso —«Nunca comeré una fruta que no

esté pelada, no puedo soportar las pieles»—, de quien nos viene de inmediato a la cabeza la imagen de su nariz que se extendía vigorosa cuando mentía. Reconozco (seguro que ha prescrito) que a veces, de pequeños, nos tocábamos la punta de la nariz tras una mentirijilla, para comprobar aliviados que el prodigio solo ocurría en el libro y que a nosotros no nos afectaba.

La otra imagen que guardo de Pinocho es la de ese episodio en el que se ve convertido en borriquillo —le crecen las orejas, sus pies se transforman en pezuñas, su voz en un áspero rebuzno— tras dedicarse a la holganza junto a un grupo de chicos descarriados en aquella tierra de jauja donde dedican su tiempo nada más que a jugar, a comer y a la vida licenciosa. Porque hay en esta historia de Collodi una voluntad innegable de educación moral, de moralina incluso, que trata de convencer a los lectores de que los niños buenos, obedientes, trabajadores, los que se esfuerzan en sus estudios, amantes de sus progenitores, son felices, mientras que a los perezosos, inconstantes, tarambanas y ociosos les acecha, inexorable, la desgracia. Llama la atención cómo los libros se transforman y crecen de forma autónoma y ajena al tiempo, y cómo una lectura adulta desvela en las historias infantiles matices en los que no habíamos reparado. Por ejemplo, la candidez con la que Pinocho se deja embaucar por pillastres de la peor de las calañas. Tanto que hay ocasiones en las que, como en los espectáculos de títeres, dan ganas de advertirle a voz en grito:

—«Diles que no, Pinocho, ¡no ves que solo quieren engañarte!».

Y hay veces que es tan obvio el ardid, tan evidente, que es difícil no dejarse llevar por la certeza de que ese muñeco de madera, víctima de todo tipo de farsantes, merece las desgracias que le ocurren porque, lejos de evitarlas, llevado por promesas y melindres, él mismo las provoca: «Cuántas desgracias me han acaecido»,

dice el propio Pinocho, arrepentido. «¡Y bien merecidas las tengo! Porque soy un muñeco testarudo y quisquilloso». Otro aspecto que me ha llamado la atención en esta nueva lectura del clásico de Collodi es, en estos tiempos donde todo es delicado, inofensivo, suave, el retrato inclemente de la crueldad humana que se respira en muchas de las páginas: adultos que se aprovechan de los niños, palizas, violencia desatada, amputaciones… Estremece el capítulo en el que Pinocho es ahorcado y pasa horas allí, agonizando como un despojo trágico, su cuerpo de madera suspendido de una frondosa encina, hasta que exhala un último suspiro. Y los diálogos, un poco surrealistas, sabrosos, chispeantes, que pespuntean incluso los momentos más trágicos: «Cuando el muerto llora es señal de que está en vías de curarse», afirma uno de los médicos, un cuervo, que lo atiende tras el ahorcamiento, porque, como en las mejores fábulas, decenas de animales —halcones, perros, grillos, lechuzas y garduñas, zorros y gatos, liebres, monos y papagayos— acompañan a Pinocho en sus aventuras intentando, la mayor parte de las veces, apartarle de sus buenos propósitos.

Sorprenderán probablemente a los lectores las entradillas de los capítulos, resultado de las entregas como folletín de la historia, publicada originariamente en un periódico para niños, Giornale per i Bambini, y en las que se anticipan los principales hechos que se narran, para crear la debida expectación. Falta hablar de la traducción de Antonio Colinas, ya convertida en canónica, y de las ilustraciones, prodigiosas, de Alberto Gamón, que aportan una mirada nueva y sugerente —y no es fácil— a un personaje convertido en un clásico infantil, con ese teatrillo que, a modo de retablo, muestra las vicisitudes de un muñeco víctima, y es lo que Collodi denuncia, de la falta de educación, el hambre y la violencia.

Por lo demás, todo acaba bien y una refulgente hada madrina de cabellos turquesa vela por el muñeco, al que salva una y mil ve-

ces de su mala cabeza de madera, y a quien premia finamente con el regalo de convertirlo en niño, y no en uno cualquiera, sino en un muchacho de bien y de provecho, como exigen los cánones al uso. Y así fueron felices, ya se sabe, y comieron perdices, que es la aspiración secreta de los personajes de los cuentos.

Jesús Marchamalo Madrid, 2024

Capítulo 1

De cómo acaeció que el maese carpintero Cereza encontró un trozo de madera que lloraba y reía como un niño

Había una vez…

—¡Un rey! —dirán en seguida mis pequeños lectores.

No, muchachos, os habéis equivocado. Había una vez un trozo de madera.

No se trataba de una madera lujosa, sino de un simple trozo de madera del montón, de esas que en invierno se echan en las estufas y en las chimeneas para encender el fuego y para caldear las habitaciones.

No sé cómo acaeció, pero el hecho es que un buen día ese trozo de madera fue a parar al taller de un viejo carpintero que tenía por nombre maese Antonio, aunque todos le llamaban maese Cereza a causa de la punta de su nariz, que siempre se hallaba lustrosa y amoratada como una cereza madura.

Apenas vio maese Cereza aquel trozo de madera, se puso muy alegre y, frotándose las manos de puro contento, refunfuñó a media voz:

—Esta madera ha llegado en el momento oportuno y quiero hacer uso de ella para construir la pata de una mesita.

Dicho y hecho. Tomó en seguida su afilada hacha para comenzar a descortezarla y a rebajarla; pero cuando estuvo a punto de darle el primer hachazo, se quedó con el brazo suspendido en el aire, porque sintió una vocecilla extremadamente sutil, que dijo a modo de ruego:

—¡No me pegues tan fuerte!

¡Figuraos cómo se quedó el bueno y viejo maese Cereza!

¡Sus extraviados ojos dieron vuelta a la habitación para ver de dónde podía haber salido aquella vocecilla, y no vio a nadie! ¡Miró bajo el banco, y nada; miró dentro de un armario que siempre estaba cerrado, y nada; miró en el canasto de las virutas de serrín, y nada; abrió asimismo la puerta del taller para echar una ojeada a la calle, y nada! ¿Y entonces…?

—Comprendo —dijo luego riendo y rascándose la peluca—, se ve que yo mismo he imaginado esa curiosa vocecilla. Pongámonos de nuevo a trabajar.

Y cogiendo otra vez el hacha, dio un golpe imponente al trozo de madera.

—¡Ay! ¡Me has hecho daño! —gritó quejándose la misma vocecilla.

Esta vez maese Cereza se quedó estupefacto. Los ojos se le salían de las órbitas por el miedo, la boca se le abría de par en par, y la lengua le colgaba hasta el mentón, como en el mascarón de una fuente.

Apenas recuperó el uso de la palabra, comenzó a decir temblando y balbuciendo de miedo:

—Pero ¿de dónde habrá salido esta vocecita que ha dicho «ay»?

Y, sin embargo, aquí no se ve un alma. ¿Habrá sido casualmente este trozo de madera el que ha aprendido a llorar y a quejarse como un niño? Yo no lo puedo creer. Aquí está la madera; se trata de un trozo de madera para quemar, como las demás, y habrá que echarlo al fuego, ya que debo poner a hervir una olla con habichuelas. ¿O quizás…? ¿Se habrá escondido alguien en su interior? Si hay alguien escondido, tanto peor para él. ¡Ahora lo arreglo yo!

Y diciendo esto, cogió con las dos manos aquel pobre trozo de madera y empezó a golpearlo sin piedad contra las paredes de la habitación.

Luego se puso a escuchar con el fin de oír si había alguna vocecilla que se quejara. Esperó dos minutos, y nada; cinco minutos, y nada; diez minutos, y nada.

—Ya comprendo —dijo entonces esforzándose en reír y enmarañando su peluca—, se ve que aquella vocecita que ha dicho «ay» me la he imaginado yo. Volvamos al trabajo.

Y como se le había metido dentro un gran miedo, intentó ponerse a canturrear para darse un poco de valor.

Mientras tanto, dejando a un lado el hacha, tomó la garlopa para cepillar y pulir el trozo de madera; pero, mientras lo cepillaba de arriba abajo, oyó la vocecita de siempre que le dijo, riendo:

—¡Para ya! ¡Me estás haciendo cosquillas en el cuerpo!

Esta vez el pobre maese Cereza se derrumbó como fulminado. Cuando volvió a abrir los ojos, se encontró sentado en el suelo.

Su rostro parecía transfigurado e incluso la punta de la nariz, que siempre tenía amoratada, se le había vuelto azulada por el gran miedo.

Capítulo 2

Maese Cereza regala el trozo de madera a su amigo

Geppetto, el cual lo toma para fabricarse un muñeco, maravilloso, que sepa bailar, practicar esgrima y dar saltos mortales

En aquel momento llamaron a la puerta.

—Adelante —dijo el carpintero, falto de fuerzas para ponerse en pie. Entró entonces en el taller un avispado viejecillo que tenía por nombre Geppetto; pero los muchachos de la vecindad, cuando lo querían poner hecho una furia, le llamaban con el sobrenombre de Polentina, a causa de su peluca amarilla, que se asemejaba muchísimo a la panocha del maíz.

Geppetto era muy irascible. ¡Ay del que osara llamarlo Polentina! En seguida se convertía en una fiera y no había forma de contenerlo.

—Buenos días, maese Antonio —dijo Geppetto—. ¿Qué es lo que hacéis por el suelo?

—Enseño el ábaco a las hormigas.

—¡Buen provecho os haga!

—¿Qué os ha traído hasta aquí, compadre Geppetto?

—Las piernas. Sabed, maese Antonio, que he venido a pediros un favor.

—Aquí estoy, dispuesto a serviros —dijo el carpintero incorporándose sobre sus rodillas.

—Esta mañana me he levantado con una idea.

—Oigámosla.

—He pensado hacer por mi cuenta un hermoso muñeco de madera; pero un muñeco maravilloso, que sepa bailar, practicar esgrima y dar saltos mortales. Con este muñeco quiero recorrer el mundo a fin de procurarme un trozo de pan y un vaso de vino. ¿Qué os parece?

—¡Bravo, Polentina! —gritó la habitual vocecita, que no se comprendía de dónde salía.

Sintiéndose llamar Polentina, compadre Geppetto enrojeció de cólera como un pimiento y, volviéndose hacia el carpintero, le dijo enfurecido:

—¿Por qué me ofendéis?

—¿Quién os ofende?

—¡Me habéis llamado Polentina!

—No he sido yo.

—¡No, si ahora resulta que he sido yo! ¡Yo digo que habéis sido vos!

—¡No!

—¡Sí!

—¡No!

—¡Sí!

Y acalorándose cada vez más, pasaron de las palabras a los hechos agarrándose uno al otro, y se arañaron, se mordieron y se despeinaron.

Acabado el combate, maese Antonio se encontró entre las manos con la peluca amarilla de Geppetto y este se dio cuenta de que tenía en la boca la peluca canosa del carpintero.

—¡Devuélveme mi peluca! —gritó maese Antonio.

—¡Y tú devuélveme la mía y hagamos las paces!

Los dos viejecillos, después de haber recogido cada uno su propia peluca, se dieron la mano y juraron seguir siendo buenos amigos durante toda la vida.

—Así pues, compadre Geppetto —dijo el carpintero como muestra de que la paz se había firmado—, ¿cuál es el favor que queréis pedirme?

—Quisiera un poco de madera para fabricar mi muñeco. ¿Me la dais?

Maese Antonio, muy contento, fue en seguida a coger del banco aquel trozo de madera que había sido para él causa de tantos temores.

Pero cuando fue a dárselo a su amigo, el trozo de madera se estremeció y, escapándosele violentamente de las manos, fue a golpear con fuerza en las flacas canillas del pobre Geppetto.

—¡Ah!, ¿es con esta amable cortesía, maese Antonio, con la que vos me regaláis vuestro madero? ¡Casi me habéis dejado cojo!

—¡Os juro que yo no he sido!

—¡Entonces habré sido yo!

—Toda la culpa es de este madero…

—Ya lo sé que es de la madera. ¡Pero habéis sido vos quien la ha arrojado a mis piernas!

—¡Yo no os la he tirado!

—¡Embustero!

Geppetto, no me ofendáis; si no, os llamo Polentina.

—¡Asno!

—¡Polentina!

—¡Bestia de carga!

—¡Polentina!

—¡Feo mono!

—¡Polentina!

Sintiéndose llamar Polentina por tercera vez, Geppetto perdió los estribos, se arrojó sobre el carpintero y se pusieron a darse golpes en abundancia.

Acabada la batalla, maese Antonio se encontró con dos arañazos más sobre la nariz y el otro con dos botones menos en su jubón.

Saldadas de este modo sus cuentas, se estrecharon la mano y juraron continuar siendo buenos amigos durante toda la vida.

Mientras tanto, Geppetto cogió su dócil trozo de madera y, dando las gracias a maese Antonio, se volvió cojeando a casa.

Capítulo 3

Geppetto, de vuelta a casa, comienza a fabricarse en seguida el muñeco y le pone el nombre de Pinocho.

Primeras travesuras del muñeco

La casa de Geppetto era una planta baja y constaba de una sola habitación que recibía la luz a través de una claraboya. El mobiliario no podía ser más sencillo: una silla en mal estado, una cama no muy buena y una mesita desvencijada. En la pared del fondo se veía una chimenea con el fuego encendido; pero el fuego estaba pintado, y al lado del fuego también estaba pintado un puchero que hervía alegremente y desprendía una nube de humo que parecía humo verdadero.

Apenas hubo entrado en casa, Geppetto tomó en seguida las herramientas y se puso a esculpir y a fabricar su muñeco.

«¿Qué nombre le pondré? —se preguntó—. Le voy a llamar Pinocho. Este nombre le traerá suerte. He conocido a una familia entera de Pinochos: Pinocho el padre, Pinocha la madre y Pinochos los chicos, y todos ellos se lo pasaban muy bien. El más rico de ellos pedía limosna».

Cuando hubo encontrado nombre para su muñeco, entonces comenzó a trabajar con ahínco, y en seguida le hizo los cabellos, luego la frente y después los ojos.

Hechos los ojos, figuraos su asombro cuando se dio cuenta de que los ojos se movían y lo miraban fijamente.

Geppetto, viéndose mirar por aquellos dos ojos de madera, casi se lo tomó a mal, y dijo con acento enojado: —Ojazos de madera, ¿por qué me miráis?

Nadie respondió.

Entonces, después de los ojos, le hizo la nariz; pero la nariz, una vez terminada, comenzó a crecer; y creció, y creció, y creció convirtiéndose en pocos minutos en una narizota que no acababa nunca.

El pobre Geppetto se esforzaba en recortársela, pero cuanto más la recortaba y achicaba, más larga se volvía aquella impertinente nariz.

Después de la nariz le hizo la boca. No había terminado aún la boca cuando comenzó a reír y a hacerle burlas.

—¡Deja de reír! —dijo Geppetto, resentido; pero fue como hablarle a una pared.

—¡Deja de reír, te repito! —gritó con voz amenazadora.

Entonces la boca cesó de reír, pero sacó la lengua.

Geppetto, a fin de no echar a perder su obra, fingió no darse cuenta de ello y continuó trabajando.

Después de la boca le hizo la barbilla, luego el cuello, los hombros, el vientre, los brazos y las manos. Apenas hubo terminado las manos, Geppetto sintió que le quitaban la peluca de la cabeza. Se dio la vuelta y ¿qué es lo que vio? Vio su peluca amarilla en manos del muñeco.

—¡Pinocho…, devuélveme en seguida la peluca!

Y Pinocho, en vez de devolverle la peluca, se la puso él mismo en la cabeza, quedando bajo ella medio ahogado.

Ante aquella gracia insolente y burlona, Geppetto se puso triste y melancólico como nunca había estado en su vida. Y volviéndose en dirección a Pinocho le dijo:

—¡Granuja de chiquillo! Aún no te he acabado de hacer y ya le estás faltando al respeto a tu padre. ¡Mal está, muchachito mío, mal está!

Y se secó una lágrima.

Quedaban todavía por hacer las piernas y los pies.

Cuando Geppetto acabó de hacerle los pies, sintió cómo le daban una patada en la punta de la nariz.

«¡Me lo tengo merecido! —dijo entonces para sí—. ¡Debí haberlo pensado antes! ¡Pero ya es tarde!».

Luego cogió al muñeco por debajo de los brazos y lo posó en el suelo, sobre el pavimento de la habitación, a fin de hacerlo andar.

Pinocho tenía las piernas entumecidas y no sabía moverse, y Geppetto lo llevaba de la mano para enseñarle a dar un paso después de otro.

Cuando las piernas se le desentumecieron, Pinocho comenzó a caminar por su cuenta y a correr por la habitación hasta que se dirigió hacia la puerta de la casa, saltó a la calle y escapó.

Y el pobre Geppetto se puso a correr detrás de él sin poderlo alcanzar porque aquel pilluelo de Pinocho andaba a saltos como una liebre, y golpeando con sus pies de madera el empedrado de la calle hacía un ruido como veinte pares de zuecos campesinos.

—¡Cogedlo, cogedlo! —gritaba Geppetto.

Pero la gente que iba por la calle, viendo a aquel muñeco de madera que corría como un caballo desbocado, se detenía encantada a mirarlo, y reía y reía como no podéis imaginároslo.

Al final, afortunadamente, apareció un carabiniere, el cual, oyendo aquel estrépito y creyendo que se trataba de un potro que había tirado a su dueño, se plantó valerosamente en medio de la calle con las piernas separadas, resuelto a detenerlo y a impedir que se produjeran mayores desgracias.

Pero Pinocho, cuando se dio cuenta desde lejos de que el carabiniere cerraba toda la calle, trató de escurrirse por sorpresa, por debajo de sus piernas; pero fracasó en su intento.

El carabiniere, sin moverse lo más mínimo, lo agarró limpiamente por la nariz (se trataba de una narizota desproporcionada que parecía hecha aposta para ser atrapada por los carabinieri) y se

lo entregó en las propias manos de Geppetto, el cual, a modo de correctivo, quiso darle en seguida un buen tirón de orejas. Pero figuraos qué cortado se quedó cuando al buscarle las orejas, no logró encontrarlas. ¿Y sabéis por qué? Porque en su afán de construirlo a toda prisa, se había olvidado de hacerlas. Entonces, lo agarró por el cogote y mientras regresaba con él a casa, le dijo mientras movía amenazadoramente la cabeza:

—Vamos a casa. ¡Cuando nos encontremos allí no dudes que ajustaremos cuentas!

Pinocho, al oír este responso, se tiró al suelo y ya no quiso andar. Mientras tanto, los curiosos y los holgazanes empezaban a detenerse allí y a hacer corro a su alrededor.

Unos decían una cosa y otros otra.

—¡Pobre muñeco! —decían unos—. ¡Tiene razón al no querer volver a casa! ¡Quién sabe cómo le pegará ese mal hombre de Geppetto!

Y los otros añadían maliciosamente:

—¡Ese Geppetto parece un hombre de bien, pero es un verdadero tirano con los chiquillos! ¡Si le dejan ese pobre muñeco entre las manos es muy capaz de destrozarlo!

En fin, tanto dijeron e hicieron, que el carabiniere puso en libertad a Pinocho y llevó a la prisión al pobre Geppetto, el cual, no teniendo palabras con que defenderse, lloraba como un niño y, camino de la cárcel, balbuceaba sollozando:

—¡Desgraciado chiquillo! ¡Y pensar que he sufrido tanto para hacer de él un muñeco de bien! ¡Pero tengo yo la culpa! ¡Debí haberlo pensado antes!

Lo que sucedió después es una historia que no se puede creer y os la contaré en los próximos capítulos.

Capítulo 4

La historia de Pinocho con el Grillo Parlante, en la que se ve cómo a los malos muchachos les fastidia que les corrijan quienes saben más que ellos

Os diré, pues, muchachos, que mientras el pobre Geppetto era conducido sin culpa a prisión, aquel granuja de Pinocho, libre ya de las garras del carabiniere, echaba a correr a campo traviesa con tal de volver a casa lo más rápidamente posible. Y en su carrera atropellada, saltaba altísimos peñascos, zarzas y fosos llenos de agua, tal como hubiera podido hacerlo un cabrito o un gazapo perseguido por los cazadores.

Llegado que hubo ante la casa, encontró entornada la puerta de la calle. La empujó, entró y, apenas cerró con el pestillo, se sentó en el suelo soltando un gran suspiro de contento.

Pero aquel contento duró poco porque oyó en la habitación alguien que hacía:

—¡Cri-cri-cri!

—¿Quién es el que me llama? —dijo Pinocho todo atemorizado.

—¡Soy yo!

Pinocho se dio la vuelta y vio un grillo muy grande que subía lentamente por la pared.

—Dime, Grillo, ¿y tú quién eres?

—Yo soy el Grillo Parlante, y vivo en esta habitación desde hace más de cien años.

—Hoy, sin embargo, esta habitación me pertenece —dijo el muñeco—, y si quieres hacerme un favor, lárgate en seguida sin tan siquiera volverte a mirar.

—Yo no me marcharé de aquí —respondió el Grillo— si antes no te he dicho una gran verdad.

—Dímela y date prisa.

—¡Ay de aquellos muchachos que se rebelan contra sus padres y que abandonan caprichosamente la casa paterna! Nunca lograrán nada bueno en este mundo y antes o después tendrán que arrepentirse de ello amargamente.

—Por mí puedes cantar, Grillo mío, cuanto te apetezca; pero yo sé que quiero marcharme de aquí mañana al amanecer, porque, si me quedo, me ocurrirá lo que les ocurre a todos los demás chicos, es decir, me mandarán a la escuela, y por las buenas o por las malas me tocará estudiar. Y yo, para decírtelo en confianza, no tengo el más mínimo deseo de estudiar y me divierto más corriendo detrás de las mariposas y trepando a los árboles para coger los pajaritos de los nidos.

—¡Pobre bobalicón! Pero ¿no sabes que actuando de esta forma llegarás a ser un perfecto estúpido y todos te tomarán el pelo?

—¡Tranquilízate, Grillazo de mal agüero! —gritó Pinocho.

Pero el Grillo, que era paciente y filosófico, en vez de tomarse a mal esta impertinencia, continuó con el mismo tono de voz:

—Y si no te agrada ir a la escuela, ¿por qué no aprendes al menos un oficio, a fin de que puedas ganarte honestamente un trozo de pan?

—¿Quieres que te diga una cosa? —replicó Pinocho, que comenzaba a perder la paciencia—. Entre todos los oficios del mundo hay uno solo que se avenga con mi temperamento.

—¿Y cuál sería este oficio?

—El de comer, beber, dormir, divertirme y llevar de la mañana a la noche vida de vagabundo.

—Para tu gobierno —dijo el Grillo Parlante con su calma habitual— te diré que todos los que practican este oficio acaban siempre en el hospital o en prisión.

Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook