
Hay noches en las que Héctor me llama a su cama, preocupado porque dice cuando renazca, lo hará en otra familia. En casa le decimos que la muerte no es el final, que la vida no es una flecha, una línea que acaba en punta. Le decimos que él es parte del universo y que nunca dejará de serlo.
Le viene, como él dice, la muerte, por la noche, cuando está cansado. Le dejamos en su cama y, al rato, llama. Piensa en su desaparición, en su nada, en su inexistencia.
Vida y muerte de la mano. Día tras día, en todo momento, desde los cuatro años, puede que cinco. Antes, estupor sin asombro. Después, la gran sombra.
«Me ha entrado la muerte», dice. «Y, no sé qué pasa, pero hoy no se me va.»
El modelo occidental —mecanicista, cartesiano y lineal— está agotado. El determinismo duele, por ajeno y extraño. Fracasa, en particular, ante nuestra carencia fundamental: la muerte.
Existen, sin embargo, modelos que armonizan con la vida, que apuntan a una realidad que va más allá de lo visible.
Desde ahí, asumiendo que el conocimiento solo llega tras una inevitable y dolorosa bajada al Hades, y contando con que, en el descenso, una mirada al espacio infinito lo puede poner todo aunque sea por un instante en perspectiva, es desde donde podemos saber que a un infinito como la muerte solo se le puede interpelar con otro infinito (el mayor y más grande: el amor).
Las siguientes páginas son el relato de una búsqueda. Solo al dejar de pedirle a la ciencia lo que no me podía dar, empecé a encontrar preguntas cuyas respuestas merecía la pena discutir. Puede que te interesen. Puede que mis consuelos sean los tuyos.
—Héctor la dobla como Beckham.
Estás harto de oírlo. En el cole. En el equipo de fútbol. Héctor la dobla como Beckham. Ya nos hemos acostumbrado. A que doblas el balón. Ocurre desde que lo dijo Marlowe, tu compañero de clase. Desde entonces, tanto los padres como los niños hemos asumido esa característica de los balones de la zona. Su capacidad de doblaje. De plegado, más bien. Hay un lugar entre los trigales del norte de Madrid en el que los balones se doblan. Se pliegan.
El padre de Marlowe nació en Hounslow, el barrio donde transcurre la película de Gurinder Chadha. No sé cómo llegó a los trigales. El hecho es que la película se titula Bent It Like Beckham, algo que Marlowe, con buen y propio criterio, ha transformado en Dóblala como Beckham. Su padre le pone la película para que tenga una idea del barrio en el que creció. Pero tu Marlowe no quiere verla: no sale Beckham. Vuestro profesor de inglés, entretanto, intenta explicaros que, en la película, si algo se dobla, no es desde luego el balón, sino, si acaso, su trayectoria, el vuelo de la pelota es lo que se comba.
Pero Marlowe ha ganado, y por goleada. Para vuestra clase, la de cinco años, vuestro equipo de fútbol, prebenjamín, vuestros entrenadores, los de todo el club, y los padres que por ahí orbitamos, el balón, si va con efecto, es que va doblado.
Poco más de un metro y veinte levantas del suelo. Tomas carrerilla y le pegas fuerte con la parte frontal e interior del pie. Y la pelota vuela curva, aquello que debería ir recto, no lo hace. Es extraño. Es algo absurdo. Mágico. No se entiende, pero sucede. El balón, que iba fuera, entra en la portería. Golazo.
Héctor, fíjate cómo vuela el balón. Cómo se curva. Ese tiro explica bien la vida. Es un agente secreto de la realidad, que se ha colado en el mundo que imaginamos.
Me pasó seguramente cuando era un poco mayor que tú, tendría yo ocho o nueve años. Recuerdo estar por la noche en la cama pensando en el cielo. En el Espacio. Infinito. Volaba hasta el final del universo que me había imaginado —me llevaba mi tiempo— y luego me decía que aún había más. Así que seguía viajando hasta lo recién imaginado y de nuevo me decía que aún había más. Y así otro par de veces. Hasta que en alguna de esas sentía pánico por el desdoble eterno de lo que no me cabía en la cabeza y entonces me decía que no podía ser y me conseguía otro universo que esta vez, claro, era finito. Lo que resultaba ser, la mayoría de las veces, peor, ya que si bien podía volar sin problemas hasta la frontera de lo que me acababa de imaginar —pocos como yo buscando infinitos—, una vez allí me invadía otra vez el pánico al intentar imaginarme aquella frontera: ¿era una membrana?, ¿había una cortina? Y, sobre todo, ¿qué había después? Sí, ya lo sabía: nada. ¿Nada?, pero ¿cómo que nada? Porque la nada es nada. Después de la membrana no podía haber nada más. Pero es que cómo que nada. Nada implica obviamente que tampoco pue-
de haber vacío. Porque el vacío es algo. Es espacio, sin ocupante alguno. Pero esto es otra cosa. Qué es eso de nada, cómo que nada.
El acercamiento a la idea de lo que podía haber tras la membrana me hacía sentirme un punto diminuto entre las sábanas, una mota bajo la manta. Porque la nada tampoco te cabe en la cabeza. Ni el infinito ni la nada. Solo las cosas finitas, con una determinada envolvente, se pueden concebir.
Y con esto, muchas noches. No todas, claro. Imagina estar siempre así. Infinito o nada. Horror y fascinación. De la mano e inseparables. Dos caras de la misma moneda, cayendo cada noche de ambos lados.
Me duró la preocupación, de modo que mientras los otros miraban al ras, yo seguí mirando al cielo. Qué habrá allí, qué habrá allá. En esas me atropelló la adolescencia, un día puse la tele y apareció Carl Sagan, un tipo con jersey de cuello alto y chaqueta de pana marrón, y me enamoré. Me contó cómo era la gestación de una supernova, hasta dónde podría llegar la sonda Voyager en su viaje interestelar, y lo que parecía que éramos nosotros, todos: un pequeño punto azul pálido en la inmensidad del universo.
Me pareció que él había sentido lo que yo, pero que ahora tenía todas las respuestas.
Así que quise saberlo todo. Empecé con la biografía de Kepler, tendría yo catorce o quince años. Un libro que aún anda por casa de los abuelos. La siguiente fue la de Tycho Brahe, el astrónomo colega de Kepler que murió —dicen— por una infección de orina, al aguantarse el pis en una cena con la realeza en Praga (qué final). Al poco llegué a la universidad y empecé ingeniería aeroespacial. Curso por año, claro. Y veranos libres, cómo no. Para poder trabajar en el departamento de vehículos aeroespaciales de la universidad, en el primer microsatélite universitario español. Y después enseguida un experimento en el primer minisatélite español, un puente líquido para volar en microgravedad, la abuela en casa haciendo la cena y yo me subía el experimento a casa y se lo enseñaba antes de llevarlo al día siguiente al laboratorio donde le harían las últimas pruebas previas al vuelo. También hubo que acabar haciendo el proyecto de fin de carrera en la mejor escuela aeroespacial de Francia —y quizás de Europa. Y luego, al volver como personal investigador a la universidad, saber cómo funcionaba la vibroacústica, la aerodinámica hipersónica y la turbulencia mul-
tiescala. Y, por qué no dar después el salto a la Agencia Espacial Europea. Y, por supuesto, intentar ser astronauta, claro que sí. Fallé en las tres ocasiones en que lo intenté. La primera, por joven. La tercera, por viejo. La segunda, por pasar rondas pero no las suficientes. Piensa que podrías haber nacido cerca de la ciudad de las estrellas, el centro de entrenamiento para cosmonautas rusos, a dos pasos de Moscú, donde los europeos solían entrenar para los vuelos que se hacían con las naves rusas.
Lo que había que hacer, lo fui haciendo. Había que saber y hacerlo todo en torno a la universidad, la ciencia y la tecnología. Había que ir pasando las pantallas de la religión de moda de los últimos trescientos años.
Dentro de ese todo, yo quería hablarte de la concepción del universo. De su entendimiento. Porque las cosmologías estudian el cosmos, sí, lo estudian todo. Aunque en verdad lo que interesa no es tanto una cosmología en particular (la de ahora o cualquier otra): lo que interesa es conocer su evolución. Sentir, sobre todo, cómo ha cambiado la manera de pensar lo que te rodea.
Porque es muy distinto pensar que una piedra cae por la acción de la ley de la gravitación universal, a pensar que un anima mundi, un alma común y global, tiende a estar consigo misma, y que esa es la razón por la que piedra y Tierra quieren estar una junto a la otra.
Presta atención a tu entorno porque tu mirada va a ver lo que quiera ver tu cosmología. Que es la nuestra, la del pensamiento occidental. Una cantidad ingente de pensamientos, construcciones, ficciones, que, quieras o no, van a construirte por dentro y por fuera, y que llevarás
tan pegadas a la piel que dudarás si son tu piel misma. Unas ficciones a las que, muy probablemente, en una gran cantidad de ocasiones, llamarás realidad.
De momento, quizá te ayude pensar que tu cosmología son unas gafas a través de las cuales sentirás el universo. Porque nunca podrás mirar directamente lo que sucede. Siempre llevarás unas gafas. Y no hay problema alguno en llevarlas. Pero no te olvides de que las llevas puestas y, si puedes, sé consciente de que hay distintos modelos, ópticas y tamaños. Para disfrutar de tu mirada cuando te haga sentir bien, pero también para rechazarla cuando te haga sentir mal. Porque, en no pocas ocasiones, el bien y el mal dependerán de tu mirada: de tus gafas. Siente y luego decide.
Todo cambia, Héctor. Nada es inamovible. Aunque en realidad todo cambia para poder seguir siendo lo mismo.
