Llorenç Villalonga LAS COMADREJAS
Traducción de Juan Carlos Gentile Vitale
EL ESCENARIO
Era aún un niño cuando conocí a las Comadrejas, muertas tiempo después en las circunstancias que explicaré. Vivían en la casa más pobre del Carrer Nou e iban siempre enlutadas.
A causa de unas décimas de fiebre, los médicos habían aconsejado que me enviaran a la montaña. Primero me llevaron a casa de la abuela, que no salía de sus tierras de Sa Coma, entre Bearn y la ladera de S’Alcadena. Entonces yo era muy consentido y ella no me dejaba pasar ni una. Vista la incompatibilidad, al poco decidieron que fuera a vivir con mi nodriza, que me lo consentía todo, desde transgredir el régimen de leche, que me mantenía la fiebre, hasta rechazar los medicamentos que me enfermaban el estómago. Puedo decir que debo la vida a una rebelión, y que estos primeros recuerdos fueron la mayor lección de inmoralidad que he recibido en mi no bien encarrilada vida.
En Bearn pasé los mejores años de la infancia. Sabemos que la Humanidad es desventurada, que la Historia es una retahíla de crímenes, y que Pascal nos considera abandona-
dos en una isla desierta, sin objetivo ni norte… Todo esto puede ser verdad, pero en mi recuerdo Bearn sigue siendo una Arcadia.
Imaginad una aldea de antaño, aún sin el martirio de las radios y las motocicletas, de solo un centenar de casas, pequeñas y tostadas, amparadas por una iglesia antigua, inmutable y nueva, igual que cuando la construyeron. En la plaza, empedrada y guarnecida con siete árboles lozanos, el herrero y el carpintero del pueblo trabajan cuando tienen faena, y cuando no tienen se sientan debajo de los árboles y conversan del tiempo. El herrero, llamado Xim, es un joven formal y afectuoso que a veces me lleva al hombro y me deja montar las bestias que le traen para herrar. Él fue el primero que me despertó el gusto por el ejercicio físico: colgó una cuerda en el corral para que yo la subiera a pulso. Era fuerte, limpio, y tenía muy buenas manos para el oficio. Yo lo admiraba de verdad.
Cerca de la iglesia, un edificio viejo, en otro tiempo posada1 de los señores de Bearn, es hoy convento de monjas. La única taberna se encuentra haciendo esquina con el Carrer Major, que desemboca en el Carrer Nou, especie de cornisa con casas a mano izquierda y abierta a la derecha sobre un
1. Así designan en Mallorca la casa que los terratenientes tienen en el pueblo como parador.
valle de almendros. Al otro lado del valle y casi a la misma altura de la cornisa, ya fuera del pueblo, hay aún algunas casas diseminadas, entre ellas la de S’Estaió, un lugar pequeño, propiedad del amo2 Miquel, casado con madò3 Repelenca, la cual solo sabe cuidar gallinas y tiene, ella misma, mentalidad de gallina. Desde S’Estaió, que es muy alegre, se dominan, pues, las casas del Carrer Nou —nuevo, quizá, en el siglo xvii, cuando empedraron la plaza e hicieron en medio una alberca con reminiscencias barrocas, donde pueden beber juntas hasta siete bestias.
En el Carrer Nou, frente a S’Estaió, está la casa del sen4 Toni. «Trazando una recta entre los dos portales —suele decir él—, no nos desviaríamos ni media cana». Le agrada constatar este hecho porque es muy amigo del amo Miquel. También le gusta que Joanet, hijo del amo, naciera el mismo día que su nieta Margalideta. Total, que las dos criaturas, si Dios quiere, están destinadas a casarse y lo sabe todo el pueblo: hay cosas que no se pueden discutir. El edificio más importante del Carrer Nou es la vicaría, que lógicamente (los bearneses se lo repiten desde hace doscientos años) debería estar en la plaza.
2. Amo, en Mallorca, dueño, propietario.
3. Madò/Madona, en Mallorca, dueña, ama, señora.
4. Sen, en Mallorca, tratamiento que se daba a los menestrales y a los trabajadores del campo de edad madura.
He oído decir que, a finales de siglo, un vicario joven y muy activo intentó negociar la permuta de la posada de los señores de Bearn por la vicaría. Las negociaciones fueron largas y no llegaron a acuerdo, a pesar de la piedad de doña Maria Antònia, una señora muy santurrona. Sotto voce decían que su marido, don Toni, quizá era masón, pero mi abuelo, que era su primo, daba una explicación diferente. Parece que el vicario, lleno de ideas modernas y de inexperiencia, en el primer sermón de la fiesta patronal de San Miguel, que los señores sufragaban desde tiempos antiguos, habló de ellos como una «devota familia», en vez de una «noble familia», como se había hecho siempre. Don Toni de Bearn, que alardeaba de demócrata, se lo tomó aparentemente en broma.
—Veo, señor vicario, que nos ha suprimido la nobleza.
Y antes de que este, abochornado, pudiera abrir la boca, doña Maria Antònia le dedicó una amabilidad equívoca:
—Ha hecho muy bien, don Francesc. Nosotros, de una manera u otra, seremos los mismos.
Según mi abuelo, después de este roce, el vicario, lleno de buena fe, propuso la permuta, destinada, naturalmente, al fracaso. El hecho de no conseguirla lo contrarió mucho, y como don Toni, que había viajado por Francia, pasaba realmente por volteriano, el vicario encontró la manera de que, al morir el señor, no se diera su nombre al Carrer Nou, como había propuesto no sé quién.
«Por cierto —añadía mi abuelo—, que a la caída de la casa de Bearn, cuando todo tuvo que venderse en subasta, las monjas de San Vicente de Paúl ganaban la mano al vicario, que quedó hecho trizas entre los librepensadores y los apostólicos.»
Mi abuelo era un hombre bien educado, que presumía de ser objetivo. Lo parecía, porque no se alteraba por nada, pero resultaría difícil saber qué pensaba realmente del vicario y de don Toni. Yo creo que no los apreciaba demasiado, ni al uno ni al otro. Tampoco le agradaba demasiado la aldea. Murió en Sa Coma, después de más de diez años de no poner los pies allí. La abuela siguió su ejemplo, cosa que, entre estas buenas gentes, la ha cubierto de prestigio.
La nodriza, Tonina, que había quedado viuda, vivía en el Carrer Major con una hija, hermana mía de leche. Era una mujer joven, guapa y bien formada. La casa, bastante buena, con sillas de cuerda y mapas de los cinco continentes, tenía un gran corral con frutales: ciruelos, higueras de moro y muchos granados. Al fondo, en un vallado, criaba gallinas, que convivían pacíficamente con una docena de conejos. Entre el corral y la casa se extendían unos emparrados ufanos. En un rincón se veía una gruta de Lourdes con estalactitas, conchas y plantas de sombra. Detrás de la gruta, había una pileta oculta que se podía llenar de agua y, abriendo un grifo disimulado entre las estalactitas, se producía un ria-
chuelo que entraba por la derecha y, después de un par de curvas, salía por la izquierda. Coloma, la hermana de leche, sabía manipular este dispositivo admirado por todos. Era una niña rubia, que ya entonces prometía ser tan guapa como su madre.
He aquí el pueblo. ¿Qué diremos del paisaje en que se asienta esta aldea de égloga? Hasta Rousseau y Bernardin de Saint-Pierre, el paisaje ha contado poco en la literatura. Los románticos lo inventaron y lo agotaron de repente. El paisaje son árboles, tierras y rocas: objetos inanimados, o casi, iguales hoy que en tiempos de los romanos, descritos ya de una vez para siempre. El dramatismo de una historia no está en el reino vegetal ni en el mineral. Es del hombre, de quien hay que ocuparse. Si he hablado de la iglesia, de la posada de Bearn o del abrevadero barroco de la plaza, es porque detrás de estas cosas está, en carne viva, el hombre que las ha creado. Detrás de las montañas está la mano de Dios —eterna e inmutable— y a nosotros nos corresponde enmudecer.
Lo que yo, antes de los diez años, veía con ojos nuevos, debe de parecer ya viejo a las actuales generaciones turísticas, desfloradoras de virginidades. Las guías y las postales lo han dado a conocer bastante. La naturaleza en Bearn es dulce y armónica como el carácter de sus habitantes. George Sand dijo que los mallorquines éramos casi antropófagos. Precisamente, en Bearn son modelos de cortesía, ecuánimes y sensa-
tos. Las sierras del norte nos defienden de los vientos demasiado fríos que llegan de Europa; el mar refresca de los simunes ardientes que nos envía África. Las arenas y las hormigas del desierto naufragan en el Mediterráneo, zona templada. Los escorpiones del Sahara pierden aquí su veneno. El resto, ya lo sabéis: pinos y olivos milenarios en las vertientes de las montañas, floridos almendros en la llanura, ovejas y rumor de cascabeles por todas partes… Si en estos escenarios se comete de vez en cuando algún crimen medieval o estalla alguna tragedia griega fundamentada en el malentendido y en la injusticia —es decir, en la Fatalidad—, debemos considerarlo —recordadlo— como un accidente excepcional.
Fragmento de Las Comadrejas, de Llorenç Villalonga, traducció de Juan Carlos Gentile Vitale, col. Pequeños Placeres, Ediciones Invisibles, octubre de 2020.