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Judith Febrer

Para entrar a morir

Para entrar a morir, de Judith Febrer

Primera edición: noviembre de 2025

© del texto: Judith Febrer, 2025

© de esta edición: Elastic Books, 2025

Perú, 186 – 08020 Barcelona

https://elastic-books.com

Directora editorial: Pema Maymó

Editora: Anna López

Ilustración de la cubierta: Elsa Suárez

Diseño de la cubierta: Laia Serch

Maquetación: Endoradisseny

Corrección: Marcos Poquet, Elisabeth Torres

Producción: Neus Duran

Impresión: Romanyà Valls

THEMA: YFM, YFQ, YXHL

ISBN: 978-84-19478-92-4

Depósito legal: B 17135-2025

Todos los derechos reservados al titular del copyright.

A los agentes inmobiliarios, franquiciados y asesores varios con los que me crucé durante el proceso de buscar piso: si esta novela cae en vuestras manos, diré que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

PRIMERA PARTE GRAN OPORTUNIDAD

Se vende casa con mucho potencial, perfecta para personalizar según gustos y necesidades.

Ubicada a pocos minutos del centro, rodeada de zonas verdes y bien comunicada.

Fecha de publicación: 6 de marzo de 2023

CAPÍTULO 1

La americana borgoña me va pequeña. Además, odio el color: desde que Ofelia se convirtiera en asesora de imagen y me obligara a tirar la mitad de mi armario, no puedo soportarlo. «Eres primavera brillante», me había dicho. Pero yo no me siento primaveral, ni mucho menos brillante. No delante del antiguo caserón que, por vigesimosegunda vez en lo que llevamos de mes, me toca vender como si de la Casa de Ensueño se tratara.

Pero la Monster House no es ninguna maravilla: es el túnel del terror, el tren de la bruja, el lugar donde viven las pesadillas. Y si no la consigo vender, mis días en Tecnohabitat habrán llegado a su fin.

—¿Marlena?

Alzo la vista y reconozco enseguida a la mujer morena: Beatriz Escudero Montalbán. Me saluda con una sonrisa perfecta, la misma de la que presume en su foto de perfil.

—Lena, sí —contesto, estrechándole la mano—. Vosotras debéis de ser Bea y Patricia, ¿verdad?

Ambas asienten, visiblemente emocionadas. «Pobres», pienso. Me cuentan que llevan poco más de una semana buscando piso. Que no tenían pensado comprar algo tan grande, pero el anuncio las animó a concertar una visita. Que la casa está algo por encima de su presupuesto, pero

esperan conseguir una rebaja en el precio. Si por mí fuera, se la regalaba.

Saco un enorme manojo de llaves e intento encontrar la buena. Mientras tanto, repaso los pros del inmueble: techos altos, seis habitaciones, posibilidades infinitas. No me detengo en los contras, que podrían llevarme toda la mañana.

—Como iréis viendo, se trata de una casa con mucho potencial, perfecta para dejar a vuestro gusto —les explico mientras pruebo distintas llaves—. Ahora mismo puede parecer algo... anticuada, pero en cuanto le deis un lavado de cara, será la casa de vuestros sueños. —Giro el pomo y abro la puerta, ayudándome de todo mi peso—. Bienvenidas a vuestro nuevo hogar.

Al chirrido le sigue el más absoluto silencio: la puerta da directamente al salón, un espacio tan grande como aterrador. Más de una treintena de retratos cuelgan de las paredes, cubiertas de papel pintado hecho jirones. Y, ahí donde el papel verde a medio arrancar deja ver la pared original, asoma moho de un color nada salubre. En medio de la estancia hay un sofá mugriento, y no tiene pinta de que Papá Noel vaya a deslizarse por la chimenea estas Navidades. Por no hablar de la alfombra: el caldo de cultivo perfecto para originar la próxima pandemia mundial. Doy un paso al frente y el suelo de madera cruje con ganas.

—Ha estado un tiempo vacía —me disculpo—. Le falta un poco de cariño.

«O un exorcismo», añado para mis adentros. Cruzo el gran salón a medida que esquivo restos de escombros. Miro hacia el techo: ha saltado prácticamente toda la pintura y una gran mancha de humedad amenaza con de-

vorar todo a su paso. En el centro, una araña de cristal oscila perezosa, como si hubiera perdido las ganas de alumbrar. Bea y Patricia me siguen como corderos asustados.

La cocina brilla por su ausencia. Todos los muebles han sido arrancados sin piedad, y solo queda una nevera sin puerta y un hornillo de gas abandonado en un rincón. Los azulejos amarillos gritan pertenecer al siglo xix por todas partes.

—Como os decía, es ideal para amantes de las reformas —prosigo con tono animado. Apoyo la mano en la pared y rezo para que no caiga ninguna baldosa. Ya me ha pasado antes—. Podéis construir la cocina de vuestros sueños desde cero, lo cual es una gran ventaja.

Subimos a la segunda planta, donde se encuentran las habitaciones. Seis en total, a cuál más pequeña y esperpéntica. Por no hablar de los crucifijos: uno (o incluso dos) por habitación. La combinación perfecta.

—¿Y qué hay arriba? —pregunta Patricia, que asoma la cabeza por el hueco de la escalera.

—El desván. Pero no os recomiendo subir, es... peligroso. Aunque nada que no se pueda arreglar con amor y paciencia.

Seguimos la visita recorriendo el largo y estrecho pasillo, sin una sola bombilla que lo ilumine. Palpo a oscuras hasta encontrar la puerta del baño, que abro con una bocanada de optimismo. Si la casa tiene una baza, es esta.

—¿Y qué me decís del baño? ¡Es más grande que mi piso! Ya me gustaría a mí tener tanto espacio...

No miento: es, con toda probabilidad, más grande que mi piso. Como es de esperar, ni a Bea ni a Patricia les interesa

lo más mínimo el tamaño de mi casa, pero siempre es bueno poner el espacio en perspectiva.

—Sé que a primera vista puede parecer demasiado grande, pero no hay estancia que unas cuantas plantas no llenen. Unos helechos serían perfectos, necesitan mucha humedad. —«Y en esta casa tenéis de sobra»—. Seguidme, falta lo mejor de todo: el jardín.

Llamarlo jardín es ser generoso. Las malas hierbas crecen en los lugares más insospechados y, entre la maleza, sobresalen siete espeluznantes gnomos. Y, por si esto no fuera suficiente, al fondo se alza la caseta de herramientas más tétrica que he visto en mi vida.

Más que un jardín, parece un cementerio.

—Imagináoslo arreglado, con una barbacoa y un limonero bajo el que leer los sábados por la mañana. El sueño de cualquiera.

—En las fotos parecía… distinto —susurra Bea, desilusionada.

—¿Te refieres a los renders? Esas fotos muestran el después: dan una idea de cómo quedará la casa una vez reformada. A la mayoría de compradores les encanta visualizar el acabado final de antemano. —Su silencio me obliga a justificarme—: Las fotos reales aparecen a partir de la decimocuarta imagen.

Regresamos al salón y me planto a los pies de la escalera mientras ellas acaban de inspeccionar el espacio. Un aire gélido desciende de la planta de arriba, y nada me asegura que Bitelchús no vaya a deslizarse por la barandilla en cualquier momento. Miro la hora en el móvil. Hasta aquí el tour.

—¿Entonces? ¿Qué os parece? —Doy una palmada y

avanzo dos pasos. De repente, mi voz suena dos octavas más aguda de lo habitual—. Yo ya os visualizo aquí, chicas. Tenéis que pensar en la casa como un lienzo en blanco, un espacio idóneo para personalizar a vuestro gusto y formar una fa…

En ese preciso instante, la araña de cristal cae sobre Patricia.

Nunca había querido vender casas. Antes de Tecnohabitat, mi única experiencia en el sector se resumía en ver programas de reformas los domingos de resaca. Pero de ver a dos desconocidos vender casas a hacerlo una misma hay un trecho, y yo acabo de caer en él.

José Manuel Martínez Escoriza y Gerardo Leiva Bazán (más conocidos como el Franquiciado Bueno y el Franquiciado Malo) entran en el despacho en el que me han citado hace escasa media hora. Ambos van, como es de esperar, ataviados con sus americanas color borgoña. Y no solo eso: gozan del pin de la inmunidad, como me gusta llamarlo. Un broche en forma de casita que los distingue como las únicas personas importantes en medio del puñado de becarios y recién graduados que formamos el equipo de Tecnohabitat.

—Buenas tardes, Marlena —me saluda el Franquiciado Bueno—. Tengo una buena noticia: Patricia no presentará cargos. Ni contra ti ni contra nosotros.

«¿Contra mí?», pienso. «Ni que hubiera instalado esa lámpara con mis propias manos».

—De hecho, quiere darte las gracias. Si no llega a ser por

tu rápida actuación… —No termina la frase, pero sé muy bien a qué se refiere: si no llega a ser por mi rápida actuación, a estas horas el cuerpo de Patricia Quintero Cervantes seguiría incrustado en la alfombra. De algo tenía que servir el acroyoga.

—La mala —sigue, por supuesto, el Malo— es que el señor Beltrán no está nada contento.

—Hay que vender esta casa sea como sea, Marlena —insiste el Bueno—. Antes de que…

—¿De que alguien muera? —se me escapa.

—De que el señor Beltrán decida llevársela a la competencia —me corrige él con un deje paternalista. Entrelaza las manos y las coloca sobre la mesa, formando una barrera natural entre nosotros—. Nos ha propuesto reunirse contigo, y creemos que es una idea estupenda. Quizá él tenga una visión distinta a la tuya, un componente emocional del que tirar. No se me ocurre nadie mejor para descubrirnos las virtudes del inmueble.

Abro la boca para protestar. ¿Reunirme con el propietario? ¿Para qué? ¿Para que me cuente la entrañable historia de su familia? Como si los compradores fueran a priorizar una bonita anécdota al moho negro. El Franquiciado Malo levanta la mano, haciéndome callar antes de siquiera empezar a hablar. Por algo es el Malo.

—Ya está decidido, Marlena. El señor Beltrán quiere hablar con la persona a cargo de la venta, y esa eres tú. El jueves a las doce. —Algo en mi mirada debe de parecerle desafiante porque, acto seguido, añade—: Y no olvides que esa americana todavía no te pertenece. No será tuya hasta que no vendas esa casa.

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