

Francesco Pecoraro
LO ÚNICO QUE IMPORTA ES EL VERANO
traducción de carmen torres garcía
EDITORIAL PERIFÉRICA
Para Antonio
Por norma general, la vida en este planeta subsiste en el pequeño intervalo de temperatura en el que el agua se encuentra en estado líquido, entre la ebullición y el congelamiento. Sin embargo, para el ser humano, el margen de supervivencia es más estrecho, de unos cincuenta grados centígrados sobre cero y unos treinta bajo cero, o quizá menos, seguramente menos, mientras que el confort, es decir, el bienestar, sólo se da entre los quince y los veinticinco grados. Por debajo de los quince, pasamos frío; por encima de los veinticinco, tenemos calor. En cuanto a la humedad, es preferible que el porcentaje sea de entre el 45 % y el 75 %. ¿Y por qué esto es así? Pues no se sabe.
Lo que sí se sabe es que, por estos lares, cuando, en julio, llega el anticiclón de las Azores, los católicos mediterráneos nos vemos envueltos en una especie de burbuja de altas presiones, una inmensa bolsa de aire caliente e inamovible que nos aísla de las corrientes septentrionales, esas que arrastran las nubes a toda velocidad por los cielos del norte, allá donde Europa es distinta, verde y moral, sigue llena de ciervos y de protestantes, y está salpicada de crucificados del siglo xvi , ulcerados y sufrientes hasta el límite de la concepción real del dolor que nosotros negamos tan ricamente. Es por eso por lo que, aprisionados en nuestras trampas climático-culturales y en un intento de defendernos
de esa manta de calor, no nos queda otra que exponernos a los débiles aires vespertinos, encerrarnos en lugares climatizados o, mejor aún, buscar el mar, dirigirnos al mar, quedarnos el máximo tiempo posible metidos en remojo y al alcance de la brisa de la orilla, a la espera de que la bolsa de las altas presiones explote y se lleve consigo el verano. En efecto, de eso es de lo que estamos hablando, del verano, o sea, de esa estación que para nosotros define nuestra identidad, la única por la que los catomediterráneos consideran que merece la pena vivir, aunque sea sufriendo, con un sufrimiento que, sin embargo, también es placer. Placer por el calor, el sudor, las bermudas y las chanclas, el agotamiento y las siestas meridianas, las tardes largas, en la calle, sentados en mesas de bares y restaurantes, en plazas y plazoletas que en esta estación se nos antojan acogedoras, íntimas y habitables, con sus tiendas cerradas, sus voces y las carcajadas de sus mujeres.
Hoy hemos llegado casi al límite térmico superior, si bien, gracias a los complicados mecanismos de termorregulación de los que estamos dotados, casi todos hemos logrado sobrevivir también a esta jornada. No obstante, como suele pasar, hay quien no lo ha conseguido: algunos ancianos, faltos de aire acondicionado o incapaces de encenderlo y de regularlo, han entrado en hipertermia y han muerto.
A primera hora de la tarde habremos rondado los treinta y cinco grados. Humedad en torno al 70 %. Un infierno. Los aires acondicionados de las tiendas que dan a la calle llevan todo el día derramando riachuelos de condensación en las aceras de esta gran ciudad, antigua y periférica, y esos charquitos ya empiezan a mostrar unos bordes de algas muy verdes y como alienígenas que no tienen buena pinta. Se trata de agua destilada procedente de los cuerpos
humanos presentes en los locales climatizados, agua que, tras beberla, han sudado y transpirado, que se ha evaporado en el aire, que luego ha sido capturada y transformada de nuevo en su forma líquida y pura, y que ha terminado vertida en el asfalto, donde vuelve a contaminarse y a tornarse verde. Eso es lo que pienso de esa agua.
Hoy, 20 de julio del año 2001 de nuestra era, fecha nefasta y perdida ya en el tiempo, si bien, después de tantos años, sigue operativa en el plano histórico, como todo lo que ocurre o se hace que ocurra; como decía, hoy hace mucho calor en la Península, tanto en Génova como en Roma. Hace un mes que se instauró el Gobierno de Berlusconi II, que, pese a todo, está resultando el más largo de la historia de la República y el que más ha influido en la mentalidad y en el futuro del País.
Enzo a lo mejor prestaría alguna atención a Berlusconi II de no ser por las mil cosas que lo tienen ocupado o distraído. Pocas son esenciales para sus ambiciones y para su subsistencia; muchas son las demás, las que pululan por Internet, que está en fase de rapidísima expansión y que ya es capaz de sustituir casi todo aquello que existe en las tres dimensiones, a lo que confiere una cuarta, la cibernética, la forma de existencia platónica de las cosas, de las personas, de las ideas y de la inmensa cantidad de chorradas que el ser humano es capaz de producir y que se van mezclando a toda velocidad en el ciberespacio hasta regalarnos, después de veinte años, la inextricable dimensión físico-mental del presente. Durante estos años se han ido forjando grandes cosas y han ido muriendo muchas otras, entre ellas la civilización burguesa, que guio la democracia italiana desde la posguerra hasta el final del siglo xx . Dentro de dos meses, el mundo se verá sacudido por algo todavía más grande, de lo que se derivará la segunda guerra de Irak, además de Afganistán,
Irán, Siria, Guantánamo, el ISIS, Londres, Atocha, Charlie Hebdo, Bataclan, y cientos de bombardeos, y miles de misiles, y de atentados, atrocidades, muertos, heridos, degollamientos, decapitaciones y migraciones en masa, en una cadena de conflictos que aún perdura y que resulta difícil no incluir en los libros que se están escribiendo en la actualidad, aunque, de todos modos, muchos se quedan fuera. Entre las últimas cosas que produjo la civilización burguesa del siglo xx hasta el 20 de julio de 2001 está el movimiento antiglobalización. Éste precisa de un estudio en profundidad para entender qué incluye, pero, a primera vista, podemos decir que contiene elementos de análisis del presente reunidos según una base ideológica con cierta coherencia de datos. En julio de 2001, tras la Conferencia Ministerial de Seattle de 1999 y de los enfrentamientos que siguieron, el pensamiento antiglobalización goza de cierto grado de aceptación entre las masas, y no sólo entre las más jóvenes. Como siempre ocurre en estos casos, a los jóvenes les seduce más el carácter cool del movimiento que el hecho de ser más o menos conscientes de los problemas mundiales que acarrea la nueva fase de un capitalismo en perenne reestructuración. En la vida de los jóvenes de los siglos xx y xxi , nada ha sido más importante que la repercusión gregaria de ser cool, o de ser considerado como tal en el círculo político y subcultural de pertenencia. En contraste con la fuerza supranacional del capitalismo –origen, sin embargo, de situaciones fascinantes, como la movilidad mundial, la lengua franca del Imperio y el aumento exponencial de la conectividad–, los antiglobalización son pacifistas, ecologistas y partidarios del desarrollo sostenible (palabra que lleva en uso desde hace años), proponen un consumo responsable y un decrecimiento feliz, son antiprohibicionistas y contrarios a la alta velocidad ferroviaria –cuya
máxima representación en Italia es la línea Turín-Lyon–, pero no al aumento exponencial de los viajes en avión, de cuyo enorme despilfarro de energía no se tendrá conciencia hasta una década después.
Desde el jueves 19 de julio, una gran confluencia de personas, definidas ya de forma general como antiglobalización, se está concentrando en Génova para manifestarse contra el G8, en el que ven lo que en realidad es: un lugar de coordinación de la política internacional y de quienes parten el bacalao; en definitiva, el gran capital económico. No hacen falta pruebas que ratifiquen esta afirmación. Los antiglobalización lo saben. Todo el mundo lo sabe.
Sin embargo, el Gobierno de Berlusconi II necesita demostrar que tiene la situación controlada y que puede erradicar el movimiento desde su origen no tanto porque lo considere peligroso, sino para que quede claro quién está al mando. Para llevar a cabo esta tarea, están el vicepresidente del Consejo de Ministros, Gianfranco Fini, presente esos días en Génova; el ministro del Interior, Giuseppe Pisanu, y carabineros y otras fuerzas del orden, a quienes la sensación de impunidad inducida por el ambiente de derecha neofascista que se respira en los cuarteles, donde los agentes llevan ya varios meses saludándose abiertamente con el brazo alzado y la mano tendida, alienta a actuar. Contar la Historia tal y como la estoy contando tiene el mero objetivo de evocar cierto clima, cierto calentamiento de la sangre, y de poner de relieve la increíble violencia del Estado, cuyos auténticos responsables nunca llegaron a recibir castigo.
Hoy también ha hecho mucho calor en Génova y, mientras el Estado muestra a cientos de miles de manifestantes su cara más tremenda, estúpida y feroz, Enzo está trabajando.
