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Las crónicas de la galleta

LIBRO 01

BEN YOKOYAMA

Y DE

LA LA

MATTHEW SWANSON y ROBBI BEHR

Traducción de Miguel Trujillo Fernández

Las crónicas de la galleta #1. Ben Yokoyama y la galleta de la perdición de Matthew Swanson y Robbi Behr

Primera edición: marzo 2025

© del texto: Matthew Swanson, 2021 © de las ilustraciones: Robbi Behr, 2021 © de la traducción: Miguel Trujillo Fernández, 2025 © de esta edición: La Galera, 2025 Perú, 186 – 08020 Barcelona www.lagaleraeditorial.com

Directora Editorial: Pema Maymó

Editora: M. Roser Macià Diseño y Dirección de Arte: Cloé Porqueres

Impresión: Graphy Cems

thema: yfq, yfn, yfb isbn: 978-84-246-7549-3

Depósito legal: B 2089-2025

The Cookie Chronicles. Ben Yokoyama and the Cookie of Doom

This edition published by arrangement with Random House Children’s Books, a division of Penguin Random

Todos los derechos reservados al titular del copyright

Las crónicas de la galleta

LIBRO 01

BEN YOKOYAMA

Y DE

LA LA

CAPÍTULO 1

La comida favorita de Ben Yokoyama era la pasta, sobre todo los fideos. Le gustaban más que la tarta de queso, las torrijas y los kiwis, que eran sus comidas casi favoritas.

Le gustaban los fideos alargados como los espaguetis, los gruesos como el udon y hasta la pasta pequeñita en forma de estrellas.

Le encantaba cualquier comida relacionada con la pasta. Era muy fan de la pasta.

¿Ya sabes qué vas a pedir?

—le preguntó la tía Nora, levantando la mirada de su móvil.

Ben no sabía qué pedir. Nunca había estado en un restaurante chino.

¡Había muchísimas opciones!

Sus padres preferían el restaurante japonés, pero estaban en casa pagando casi tres meses de facturas a la vez.

Nora lo cuidaba esa noche.

¿Tienen fideos?

—preguntó Ben.

Sí, tienen fideos

—dijo Nora, como si su cerebro estuviera en un planeta y su boca en otro—. Mira —añadió, señalando una parte del menú en la que ponía fideos.

La tía Nora tenía unas largas uñas falsas encima de las de verdad. Repicaban contra el móvil como la lluvia sobre un tejado. Ben se preguntó si sería difícil abrir tarros con unas uñas así.

Leyó la lista de platos de fideos.

¡Chow mein!

¡Lo mein! ¡Dandan! ¡Chow fun!

¡Benquería comerse un plato con un nombre gracioso!

En cuanto decidió cuál quería, Ben pensó qué hacer a continuación. Se planteó escribir una quintilla humorística, silbar Claro de luna o hacer un elefante de origami con su salvamanteles.

Pero no había ninguna prisa. Ben solo tenía ocho años; le quedaba toda la vida por delante para hacer esas cosas. Así que, en vez de eso, esperó pacientemente mientras la tía Nora utilizaba su móvil para sacarle una foto al menú.

Cuando llegó el camarero, Ben no recordaba el nombre de los fideos que sonaban divertidos y no los encontraba entre el mar de opciones de la carta.

Dos platos de lo mein

—dijo la tía Nora. Y entonces siguió toqueteando su móvil sin hablar con Ben.

A él no le importaba. En la pantalla que se encontraba encima de su tía había enormes montañas de fideos que nacían en una fábrica de fideos.

Hacía que la espera le resultara difícil.

Cuando llegaron los fideos, Ben se los comió igual que el fuego se come el papel cuando lo tiras a la chimenea. El lo mein no era muy divertido, pero sin duda estaba delicioso.

Nora se comió seis fideos. Ben lo sabía porque los contó. No lo entendía.

—¿Te vas a comer el resto de los fideos? —le preguntó cuando se terminó los suyos. Pero la tía Nora no lo escuchó. Estaba ocupada sacándole una foto a sus uñas.

Ben sentía lástima por los fideos de Nora, abandonados y sin cariño.

Mirad —le dijo a los fideos—.

Yo os haré sentir mejor.

Ben se los comió igual que un oso hormiguero se come las hormigas. Le entristecía no tener un estómago infinito.

El camarero recogió sus platos y les trajo una diminuta bandeja que contenía dos pequeños bultos envueltos en plástico. Parecían raviolis secos, que era otra clase de pasta que le encantaba a Ben.

¿Qué es eso? —preguntó.

Galletas de la suerte

—dijo

Nora—.

Están llenas de sabiduría.

A Ben le gustaba mucho la sabiduría.

Nora partió su galleta en dos, sacó una pequeña tira de papel y la leyó en voz alta.

Es un buen consejo

—dijo Ben.

Pues sí

—respondió Nora, y colocó la tira de papel sobre el platito para sacarle una foto con el móvil.

Ben partió su galleta en dos y se encontró su propia tira de papel dentro.

Esto es lo que decía:

si fuera el último.

Hala —exclamó Ben, y su mente devoró esa sabiduría igual que un agujero negro devora los planetas y las estrellas.

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