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IMPEDIMENTA

STANISŁAW

LEM

EL REGRESO

TIEMPO NO PERDIDO, 3

Traducción del polaco a cargo de Abel Murcia y Katarzyna Mołoniewicz

IMPEDIMENTA

EL DELEGADO DEL MINISTRO

Wieleniecki llevaba tres horas en Varsovia. Por una zanja entre barreras de ladrillo y escombros avanzaba un incesante río de gente que se hinchaba en los lugares más estrechos como una oruga sucia y peluda. Aquí y allá se abrían las bocas de las alcantarillas con sus tapas levantadas, rodeadas de sacos de arena y pilas de adoquines. Al adentrarse desde el barrio de Praga en el puente de pontones, acompañaron su paso las explosiones de granadas con las que los soldados aturdían a los peces bajo el tramo derruido del puente Poniatowski. Sucedía lo mismo más adelante, en la propia ciudad, donde pausados estruendos sacudían de vez en cuando el aire, la tierra temblaba y de las ruinas vecinas manaban arroyos de cascotes. Los zapadores estaban demoliendo con explosivos los muros en peligro de derrumbe.

Wieleniecki caminaba entre gentes vestidas de forma extraña que cargaban mochilas y fardos llenos hasta los topes; al igual que ellos, aflojaba el paso circundando cráteres, esquivaba fragmentos de muros y columnas derribadas de sus zócalos, y atajaba por estrechísimos senderos que subían a promontorios de ladrillos, moviéndose con una destreza cada vez mayor por un terreno

desigual, lleno de tocones y socavones entre paredes desgarradas, verticales, sin casas.

Si alguien le hubiera preguntado adónde iba, no habría contestado; es más, tan sorprendente era lo que había emprendido que incluso él se ocultaba a sí mismo el objetivo de aquella expedición. No tenía casa ni piso ni ninguna otra cosa; todo su patrimonio era la ropa que llevaba, una hogaza de pan y unas camisas envueltas en una toalla dentro de una pequeña maleta. En la maleta había también un libro, La comicidad, de Bystroń, que le había pedido prestado a un amigo antes del Levantamiento de Varsovia: lo había llevado consigo los dos días que pasó en Podkowa Leśna y después había cargado con él de un alojamiento a otro durante casi seis meses. En varias ocasiones pensó en dejar aquella irrelevante antología de chistes en casa de la gente que le había prestado un refugio ocasional, pero por alguna razón no fue capaz de hacerlo. Aquel tomo gordo y pesado que nunca abrió empezó a adquirir un significado especial para él. Veía el halo de los incendios en el cielo, masas de refugiados, oía lo que decían, sabía que Varsovia había sido destruida y seguía llevando el libro en un maletín renegrido por el tiempo. Wieleniecki había pasado por numerosas peripecias. Una vez se despertó en medio de la noche y tuvo que salir huyendo de los alemanes que «andaban a la caza» de varsovianos. Quiso desprenderse en un descampado del peso que llevaba en el maletín, llegó incluso a abrirlo, pero, tras sujetar el libro en la mano, volvió a guardarlo. ¿De verdad creía que se lo devolvería a su amigo cuando regresara a la ciudad? ¿No sería que el propio libro se había convertido en un seguro de vida para su dueño, del que Wieleniecki sabía que estuvo hasta el final en la Ciudad Vieja? ¿Y si lo seguía conservando como manifestación de una irracional rebeldía, como reto ridículo por su inutilidad, como respuesta a las palabras que le había oído decir a un «post» alemán? Warschau wird glatt rasiert…1

1. En alemán en el original: «Varsovia será afeitada al ras». (Todas las notas son de los traductores.)

Wieleniecki habría desechado todas esas posibles explicaciones y, sin embargo, había seguido cargando con aquel fastidioso tomo encuadernado en tela hasta ese momento: ahora se encontraba sobre el arrasado empedrado de Varsovia y caminaba por la calle Piwna, donde, en el número 6, su amigo había vivido hasta el Levantamiento.

Sabía muy bien lo sucedido en la Ciudad Vieja, por lo que se había dirigido hacia allí sin hacerse ilusiones, pero, a fin de cuentas, ¿por qué no habría debido ir? Por algún motivo, era incapaz de imaginar un viaje más importante o más noble para celebrar su regreso a la capital y, a la vez, el digno inicio de una nueva vida.

Lo cierto es que la expedición a la calle Piwna no estaba prevista. Mientras se dirigía a Varsovia, Wieleniecki no se había planteado en ningún momento qué iba a hacer entre los escombros. Probablemente había ido hasta allí por motivos igual de confusos que los de los miles de personas que llegaban de los alrededores. Unos se dirigían a su casa o al lugar en el que en su día había estado su casa; otros querían buscar entre los escombros restos de sus pertenencias, objetos de valor o recuerdos; eran también muchos los que volvían sin ni siquiera esa esperanza. A Wieleniecki no le quedaba nada en Varsovia: la pequeña biblioteca que había dejado en el último año de la ocupación había sido pasto de las llamas y el edificio había ardido por completo. No tenía la menor gana de visitar aquellos escombros «suyos».

Cuando se alejó de la ruta principal, más o menos desescombrada, lo rodeó el vacío. Aquí y allá, en los muros que se erizaban entre los cascotes, se veían pintadas hechas a toda prisa con tiza o piedra caliza, nombres y apellidos medio legibles acompañados de desesperadas exclamaciones y signos de interrogación; a lo lejos vio a un hombre encorvado que hurgaba torpemente con las manos bajo un fragmento de pared como si estuviera buscando algo en aquel lugar. Wieleniecki lo había dejado atrás hacía ya un buen rato, pero a sus oídos seguía llegando el golpeteo de los ladrillos que el otro arrojaba a un lado.

Al llegar a la plaza del Castillo distinguió a lo lejos, entre las jaulas quemadas de los muros, el Vístula gris que discurría allá abajo. Como para recordar que no todo acababa con la muerte de las personas, en las pilas de escombros verdeaba de vez en cuando hierba tierna, y en la cornisa, que se sostenía de milagro, de una fachada partida en dos se movían con el viento unas flores azules brotadas de las semillas que había transportado el aire. Junto a los enormes pedazos de la Columna de Segismundo, entre un montón de escombros de diferentes tonos, Wieleniecki vio una piedra con una forma extraña, puntiaguda, más amarilla que las demás. Al acercarse, reconoció su error: eran los huesos de un pie sostenidos por unos tendones resecos.

El valioso don del pensamiento no es una bendición en cualquier circunstancia. «Un junco endeble y pensante que perece consciente de que lo aniquila una materia ciega»: esa idea del pensador francés que Wieleniecki recordó mientras trepaba a los sucesivos promontorios de escombros le pareció sencillamente estúpida. En ese momento no era sensible a su profundidad lírica. Estaba intentando levantar con el pensamiento un bastión en su interior que cerrara el paso al horror petrificado del paisaje circundante. Así que empezó a analizar, con una agudeza casi desesperada, las razones por las que las ruinas le causaban una impresión tan terrible. Qué puede haber más horroroso en los cadáveres humanos —pensó— que el hecho de que se trata de un cuerpo igual al mío, una boca igual, unos miembros iguales, unos ojos iguales, inservibles, destinados únicamente a ser desechados como si fueran basura. Sí, lo más cruel es precisamente la absurda semejanza de los muertos con los vivos, y ese era el mismo absurdo de aquellas ruinas: muros sin plantas ni viviendas, ventanas atravesadas por las nubes, escaleras que no conducían a ninguna parte, balcones aparentemente protegidos por barandillas que de repente se desbocaban sobre un abismo de seis plantas de altura, y esas esculturas de efebos que con una sonrisa ensimismada en sus rostros de mármol contemplaban sus masacrados torsos…

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