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Maja Haderlap

MUJERES EN LA NOCHE

traducción de josé aníbal campos

EDITORIAL PERIFÉRICA

primera parte

Mira vaciló antes de sacar la maleta del trastero. Con la taza de café en la mano, se asomó a la ventana y miró con ojos casi desafiantes hacia el patio interior de su piso en Viena, algo con lo que esperaba ganar un poco más de tiempo, un tiempo en el que nada sucediera, en el que no tuviera que decidir nada.

En el dormitorio, arrojó la maleta sobre la cama, la abrió por la mitad y empezó a repartir las prendas, que ya tenía preparadas, en los distintos compartimentos. Había guardado la ropa interior, las medias y los calcetines en unas bolsas de tela, pues así no estarían desordenadas entre las demás cosas. Con el paso de los años, había desarrollado su propia técnica para hacer el equipaje que consistía en colocar sus pertenencias siguiendo un orden muy bien pensado. En esta ocasión no tuvo que darle muchas vueltas: sólo llevaría consigo ropa cómoda de andar por casa, nada de zapatos bonitos ni vestidos elegantes de color negro, esas cosas que tan poco le gustaban a madre. La noche anterior había guardado el portátil en la mochila, junto con algunos libros que deseaba consultar. Puesto que en una ocasión había sufrido un ataque de pánico en París por haberse olvidado de guardar la medicación en la maleta, se aseguraba siempre de que las pastillas y los glóbulos homeopáticos estuvieran al alcance de la mano en los bolsillos laterales del equipaje.

Martin, que había desayunado antes que ella, metió los platos en el lavavajillas. Antes de salir del piso, le dio un beso en la frente. «Pásalo bien –le dijo– y conduce con cuidado.» «A qué viene eso», pensó Mira, pero Martin probablemente creyó que debía decirle algo alentador. A Mira le molestó que ese gesto la molestara.

La puerta del garaje se abrió con estrépito, algunos transeúntes pasaban apresurados, el sol brillaba. Al menos el tiempo estaba de su parte. Mira se alegró de no tener que salir a la calle bajo la lluvia y le asombró la naturalidad con la que se subió al coche, en el aparcamiento subterráneo del edificio, y partió.

Los atascos de primera hora de la mañana se habían disipado, así que llegó sin demora a las afueras de la ciudad y tomó la autopista del sur. Los camiones se concentraban en el carril derecho. Mira pisó el acelerador para alejarse de ellos, pero solamente lo consiguió durante unos minutos. Recordó entonces la voz de Stanko al teléfono, extrañamente apagada, como si le costara esfuerzo dominarse. Mira ya estaba preparada para oír reproches por todas sus faltas, las justificadas y las injustificadas, pero, por lo visto, en una llamada tan breve, Stanko no encontró la manera de soltar todo lo que se había acumulado en su interior. «Tendrás que ocuparte tú de madre», le dijo él. Cada vez que pensaba en esa escalera del sótano, por la que podría caerse… «Lo sé», contestó Mira. «En fin, ¿cuándo vienes?» «Dentro de dos días.» Stanko colgó.

Hacía tiempo que a Mira le resultaba pesado emprender un viaje. La ligereza con la que en otro tiempo solía hacer las maletas se había convertido en algo molesto y paralizante. Atrás quedaba la época en la que en el último momento metía cuatro trapos en un maletín y se marchaba

con Martin al campo, a los montes de Rax o a alguna capital europea. Últimamente, procuraba dejar todas sus cosas recogidas y en orden, no fuera a ser que le ocurriera algo. No sabía de dónde le venía ese impulso, pero tampoco quiso darle más vueltas. Antes de marcharse, ordenaba su escritorio, apilaba sus documentos de trabajo y dejaba la carpeta con los papeles y las pólizas del seguro en un lugar bien visible de la estantería.

Las frecuentes visitas al sur, a la región de la que era originaria, la agotaban más de lo que estaba dispuesta a admitir. Aunque llevaba décadas viajando allí y estaba acostumbrada, la agobiaban esos cambios entre el mundo urbano y el universo del pueblo. De cara a los demás, no consideraba que esas escapadas fueran propiamente viajes. Eran, en cierto modo, expediciones a su tierra natal, un viaje a las entrañas de su infancia, desplazamientos que a Mira le costaban más esfuerzo que las largas estancias en el extranjero o las caminatas de varios días cargando pesadas mochilas. Ni siquiera podía afirmar que viajara a una región extraña cuando iba de visita a casa: nadie se lo creería. Solía persuadirse de que, al hacer la maleta, estaba obligada a renunciar a una parte de su existencia urbana. Nadie se lo exigía de forma explícita, pero con ello cedía a la difusa sensación que se lo sugería. Mientras iba amontonando la ropa de andar por casa a un lado de la cama, en el otro, se despojaba de una parte de sí misma, de sus prisas diarias por llegar a la biblioteca, de sus conversaciones y discusiones, de sus caprichos y excusas cuando salía de compras, del cansancio vespertino, de la sensación de no haberlo conseguido aún. Las dos mitades llenas de la maleta la conminaban a ponerse en marcha. Antes de cerrar la puerta de su casa, Mira guardó su existencia vienesa en el armario, un acto que le parecía sensato.

A la altura del paso de Wechsel, puso un cd de John Coltrane en el reproductor. El toque apagado del saxofonista alivió su tensión. Reaccionaba de buen grado a su música, como se reacciona ante una persona que, con gesto elegante, te quita de la mano el equipaje para llevártelo.

La llamada de Stanko no la había sorprendido. Había estado esperando en silencio el instante en que sería preciso tomar una decisión, ya que su madre se debilitaba con el paso de los meses. Además, Stanko la había informado que su primo Franz, el heredero de la casita, tenía planes para el inmueble, de modo que sería necesario, dijo, encontrarle a madre otro alojamiento. Mientras le fue posible, Mira había intentado posponer el momento de la despedida, ya que así también podría seguir viajando a casa con sus antiguas y oscuras expectativas, necesidades, por lo demás, poco apropiadas para una persona que ya peinaba canas. En su interior, sentía lástima de sí misma, como si todavía fuera una adolescente, a pesar de comprender que había llegado el momento de asumir mayores responsabilidades en relación con su madre.

El tráfico se había aligerado, y Mira conducía con rapidez, pero sin prisa. En todos los años que llevaba viajando a través del paso de Wechsel, sus bosques se habían convertido en un bucle repetitivo, algo familiar y monótono. En ocasiones contaba los puentes y los radares, o ponía la música tan alta que le parecía estar flotando a la deriva en una corriente de sonido, en lugar de conduciendo por una autopista. Se había propuesto quedarse quince días en Jaundorf. No quería presionar a madre para que tomara una decisión. De ningún modo quería presionarla, pero sí tal vez hacerla reflexionar sobre un posible cambio. ¿Cómo explicarle a una persona mayor que tendría que mudarse en un futuro

próximo, de hecho, muy pronto? Era como querer encerrarla en una habitación para que muriera, la última parada de un largo viaje.

«No puedo hacerle eso a madre», pensó Mira. Hablaría de nuevo con Franz, a pesar de que con él nunca pudo hablar abiertamente de ese tema, ni siquiera con Stanko. Su primo y su hermano se andaban siempre con rodeos y, cuando no se les ocurría otra cosa, le preguntaban si no había pensado nunca en volver al sur para estar cerca de su anciana madre. Como si su vida en la ciudad fuera una existencia hasta nuevo aviso, un préstamo, por decirlo así. A ojos de sus familiares, Mira era una mujer de ciudad. Una urbanita, decían, lo que equivalía a una persona desarraigada, con pretensiones de ser algo mejor, aunque, en el fondo, no fuera más que una desertora.

Después de más de tres décadas en Viena, Mira se sentía tan a gusto en el ajetreo de la ciudad como en un solitario camino de tierra. Lo único que revelaba que era oriunda del campo era su costumbre de definirse como una mujer de ciudad. Ningún urbanita que se preciara tenía la necesidad que sentía Mira de afirmar que era una persona de ciudad, esa imperiosa necesidad de distanciarse de Jaundorf.

El pueblo, en cambio, nunca la soltaba, se aferraba a ella con empeño. Mira había confiado en que, con el tiempo, la distancia entre ambos se hiciera mayor, pero aquel pueblo era terco. Fingía tener memoria, o incluso conciencia. Anni, su madre, era su viva encarnación, su vociferante portavoz. El pueblo se veía impelido a reafirmarse una y otra vez ante ella, la mujer de la ciudad. Se rebelaba contra los aires de superioridad de quien se había marchado.

–Nosotros, aquí, tenemos algo que decir –decía Anni–. No somos tan tontos como crees. También tenemos nuestras ideas sobre lo humano y lo divino, aunque sabemos que el

pueblo no da para mucho. ¿Qué tiene de bonito marcharse? Cualquiera puede marcharse. Lo difícil es quedarse, aunque la mayoría de los vecinos hayan tomado las de Villadiego. A medida que el pueblo iba envejeciendo, Mira se creía en la obligación de ser más indulgente. En su fuero interno luchaba por ser condescendiente, se permitía incluso, para ello, priorizar una imagen embellecida de la real. Confundía los nombres de las granjas y las direcciones, y veía edificios y establos donde en realidad nunca los hubo. Algunas aldeas y pueblitos de los alrededores la transportaban a otra parte. En cambio, los lugares lejanos la transportaban a la vecindad del pueblo. De vez en cuando, su pueblo imaginario se salía de sus límites, crecía escandalosamente o se derrumbaba. Antes de que todo se desmadrara, telefoneaba a Anni y le preguntaba largamente cómo iban sus habitantes. Le prometía volver cuanto antes, durante las vacaciones, muy pronto.

Cada vez que estaba deprimida, Mira recurría a un juego pendular entre el campo y la ciudad, un juego gracias al cual, en cuanto surgía algún conflicto en la biblioteca, podía retirarse a su pueblo imaginario, lo que la ayudaba a alejarse de pensamiento del puesto de trabajo, lo suficiente como para que las pugnas la afectaran sólo de manera tangencial. «No sabéis de dónde vengo ni las experiencias por las que he pasado», se decía, como si el haber visto la luz del mundo en un pueblo la hubiera provisto de una verdad mucho más profunda, de una mayor lucidez. Algo absurdo, por supuesto, pero la idea de que pudiera ser así la complacía. El pueblo reclamaba su lugar. Insistía en interponerse en los recuerdos de Mira; de pronto se agrandaba o encogía, brillaba o se oscurecía. Formaba parte de su rostro: envejecía con ella. En ocasiones le parecía tan lejano como un cuerpo celeste, pero, aun así, no la dejaba dormir por las noches.

Con los brazos extendidos, Mira se apoyó en el respaldo. El tramo de la autopista del sur que estaba recorriendo se prolongaba. Las grandes extensiones de bosque estaban salpicadas aquí y allá por campos desnudos y ondulados donde más adelante crecerían el maíz o la colza. La pálida luz del sol conseguía resaltar la silueta del paisaje, pero el velo de fino polvo que recubría la autopista volvía a suavizarla.

«Hora de cambiar el cd », pensó Mira, y sacó de la guantera otro álbum de jazz que hacía tiempo que no escuchaba. Le gustaban esas melodías de soul, elegíacas y lentas, que la relajaban y la sumían en un estado de ánimo melancólico. Raras veces ocurría que un fragmento de texto en una novela o siquiera un poema desataran en ella sentimientos tan intensos como era capaz de hacerlo la música. Por eso Mira la consideraba un lenguaje real, muy superior a todas las palabras. A veces tarareaba las canciones con voz insegura o repetía algún estribillo aislado, a pesar de que, al menos en parte, le resultara incomprensible.

Nina Simone cantaba «Beautiful Land» como si la vida fuera un juego de niños aderezado con nostalgia y transitoriedad. En algún momento la música dejó de sonar. En la pequeña pantalla apareció una línea discontinua.

Mira estaba cansada, así que condujo hasta un área de servicio para tomarse un café. Había recorrido la mayor parte del camino. En el restaurante, con su decoración muy poco atractiva, tomó asiento en un rincón poco iluminado. Las lenguas de los viajeros se mezclaban con las canciones de moda de los altavoces y creaban un pegajoso flujo de sonidos. Mira hojeó con desgana el menú ilustrado y pidió un Apfelstrudel para acompañar el café. Tras un breve descanso, continuó el viaje.

En cuanto cruzó el Packsattel, Mira vio aproximarse su pueblo natal, Jaundorf. Surgía de sus pensamientos, y al

principio le pareció una imagen dulce y familiar. Por un momento creyó que esa imagen podía venderse como souvenir en la estación de servicio. Sin embargo, con cada kilómetro recorrido, las asperezas de aquella localidad agrícola se hacían más patentes. Crecían en altura o se expandían. Retornaba incluso el recuerdo de los efluvios que despedían los pozos de purín abandonados o el olor de los tablones de madera mojados y ligeramente enmohecidos. Para su asombro, Mira aún conservaba en la nariz el olor de la paja seca y los especiados aromas del heno, aunque las balas ensiladas, con sus vapores húmedos y agrios, hacía tiempo que habían sustituido al olor del heno.

En el sur resplandecía la cordillera de los Karavanke. Al parecer había llovido durante la noche, porque sus claros picos mostraban un reborde gris. La imponente cordillera se presentaba siempre a una luz diferente, a veces con un contorno abrupto, otras veces suave y anchurosa, un conglomerado de sombras que crecía desde la llanura. Mira pensó que las montañas, sinónimo de permanencia, eran en realidad cambiantes, como si tuvieran un mecanismo especial que las moldeaba desde dentro.

Viniendo del noroeste, el cielo lucía siempre un matiz más brillante en cuanto se dejaban atrás los últimos túneles. La luz diurna era más suave, cubierta de un tinte blanquecino y azul claro. «Tal vez sean los claros reflejos de la piedra caliza», pensaba mientras observaba el horizonte. En su mente, se veía memorizando los nombres de los picos y las crestas, un hábito que no sabía si era suyo o de Martin.

Cerca de Völkermarkt, Mira abandonó la autovía, cruzó el Drava y puso rumbo a Jaundorf, hacia el conjunto de cumbres boscosas que cerraban la llanura del valle del Jaun por su vertiente meridional.

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