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Polina Panassenko

LENGUA VIVA

Traducción de Íñigo Jáuregui

Nørdicalibros

Título original: Tenir sa langue

© Editions de l'Olivier, 2022

© De la traducción: Íñigo Jáuregui

© De esta edición: Nórdica Libros S. L.

C/ Doctor Blanco Soler, 26 · 28044 Madrid

Tlf: (+34) 91 705 50 57 · info@nordicalibros.com

Primera edición: septiembre de 2025

ISBN: 979-13-87922-03-0 Depósito Legal: M-16430-2025

IBIC: FA

Thema: FBA

Impreso en España / Printed in Spain Imprenta Kadmos (Salamanca)

Diseño: Filo Estudio y Nacho Caballero

Maquetación: Diego Moreno Corrección ortotipográfica: Victoria Parra y Ana Patrón

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

A mi madre

Mi audiencia tiene lugar en el tribunal de Bobigny. Me han convocado a las nueve. Nunca he ido allí, así que salgo con tiempo. Al bajar al metro, escribo en la barra de búsqueda del móvil: ¿Cómo hablar a un juez? Después de tres estaciones, me pregunto si de verdad tendré que empezar cada frase con un su señoría, señor presidente o señora jueza. Me pregunto si en el tribunal hacen como algunos padres. Si les respondes simplemente sí, ellos dicen ¿sí, qué? A menos que digas sí, señora jueza, te ignoran. Al llegar al tribunal, espero a mi abogada delante de la sala de audiencias. Pequeños grupos de gente ansiosa se aglutinan a uno y otro lado de la puerta. Una mujer se pregunta en voz alta por qué algunos abogados llevan la corbata rematada en piel y otros no. Tiene una ansiedad de tipo parlanchín. Veo a mi abogada que atraviesa la puerta giratoria y apresura el paso. En el control de seguridad abre el bolso y saca una gran bola de tela negra que aprieta bajo el brazo. Al verme, me dice Ah, está aquí. Mientras se pone la toga encima de su ropa de calle, anuncian el orden de las audiencias. La mía ocupa el cuarto lugar en un total de dieciséis.

Llaman a Pauline Panassenko. Sala 2, hay tres mujeres sentadas en el estrado. Dos juntas y una un poco separada. No sé quién es quién. Procuradora, magistrada, secretaria judicial, dice mi abogada, y acto seguido comienza: Mi cliente ha solicitado recuperar su nombre de nacimiento

en lugar de su equivalente francés. Esto le ha sido negado. Sin embargo, ella ha demostrado que utilizaba su nombre de nacimiento en el marco familiar, de amistades, administrativo y profesional, y esto desde hace varios años. Quiere simplemente que su nombre de nacimiento vuelva a figurar en sus documentos identificativos franceses. La solicitud ha sido rechazada por considerarse «carente de fundamento». Debe de tratarse de un error…

Alega, pero alega para nada. La procuradora la escucha como a un aviso legal. Mi abogada se equivoca en el postulado básico. Ella piensa que la procuradora ha rechazado mi solicitud debido a una confusión administrativa. Una casilla que yo habría rellenado o marcado incorrectamente, una inversión. Pero no. En absoluto. No hay vicio de forma. La procuradora la ha rechazado porque no ve por qué una niña cuyo nombre ha sido adaptado al francés puede querer recuperar su nombre de nacimiento una vez se ha convertido en adulta. No entiende por qué alguien querría llevar el nombre que ha recibido de sus padres en lugar del otorgado por la República. No ve ningún fundamento en que en mis documentos identificativos, figure Polina en lugar de Pauline. Dice Pero, abogada, su cliente ahora es francesa. Luego se dirige a mí: Si en todos sus documentos figura Polina, bueno, pues puede cambiarlos y poner Pauline. Lo sabe bien, señora, lo sabe muy bien. Sabe bien que si su nombre ha sido adaptado al francés, es para facilitar su integración en la sociedad francesa. Por supuesto que lo sé. Lo pone en tramites.interior. gob: «Con el fin de facilitar su integración, puede solicitar la adaptación al francés de su apellido y/o nombres de pila». Incluso vienen ejemplos:

Ahmed se convierte en Alain.

Giovanni se convierte en Charles.

Antonia se convierte en Adrienne.

Kouassi se convierte en Paul.

Miro a la procuradora y me pregunto si mi integración en la sociedad francesa puede considerarse exitosa. Miro a la procuradora y me pregunto qué puede importarle que mi nombre le haga girar la lengua con otra vocal.

¿La despelleja? ¿Le provoca un sangrado? ¿O tiene miedo de que me cuele en su lengua de procuradora? El nombre como un caballo de Troya. Y una vez dentro, chas. Una yema de huevo que se derrama. Bum. Una bengala en el ojo. Le da miedo que la fecunde, sí. Le da miedo que meta mi lengua dentro de la suya y de lo que eso causaría. Tiene miedo de sus propios hijos, en realidad. Si nos lamiéramos la lengua sería mucho mejor. Un buen sexódromo de lenguas relajaría a todo el mundo. En mi cabeza, tiene lugar un polvo lingüístico en el banco de la sala de audiencias del tribunal de Bobigny. La procuradora dice Tengo una última pregunta para su cliente, abogada. Mi abogada se aparta y yo avanzo. ¿Cree usted que le conviene tener un nombre ruso en la sociedad francesa?

Pienso en mi padre, en su calma, y en la genética. Yo tengo la misma cabeza que él, exceptuando el bigote, pero no tengo su calma. Admiro la tranquilidad de mi padre. La admiro y no la comprendo. Sus amigos franceses que le explican en la cena que la colectivización es fantástica. Que lo llaman «camarada» enfatizando la r y hablan de unidad de producción. Yo le digo ¿Pero no te molesta? ¿No te dan ganas de decirles Callaos la boca? No, dice mi padre, para nada, son gente maja. No sé cómo lo hace mi padre. Sus

amigos y su fantasma del koljós, no sé cómo hace para soportarlos. Cuando por fin sus amigos se van, le pregunto ¿Pero cómo haces para aguantarlos? Él dice: Tú eres maximalista, hija mía. Hay que ser más tolerante.

Mi padre tiene razón, no soy tolerante. He dejado de ir a casa de una amiga que colgó en su pared la imagen Golpead a los blancos con la cuña roja de Lissitzky. Esa con el triángulo que penetra un círculo blanco. Primero dejé de ir a su casa y luego entendí por qué. Quizá debería habérselo dicho. Debería haberle dicho a mi amiga que mi país ensangrentado colgado en su pared me incomoda. Me incomoda su cartelito de propaganda en el salón. Mi guerra civil como un cuadro decorativo mientras comemos daditos de queso me molesta.

Hace mucho tiempo, ya habíamos hablado de la Revolución de Octubre. Aquello se fue de madre:

No pero espera tú no tienes el monopolio de la Revolución de Octubre es un acontecimiento mundial es de todos espera tú tienes un problema con la Revolución de Octubre no te gusta el Aurora o qué eh chicos no le gusta el Aurora no en realidad eres de derechas vamos dilo que eres de derechas sinceramente no te gusta Lenin no te gusta Trotski tienes un problema con el comunismo ahora es obligatorio lees Le Figaro eh chicos ella lee Le Figaro o bien eres una rusa blanca eres una rusa blanca y no te atreves a decirlo ah pero si es eso eres una Romanov en realidad eh eres una Romanov venga en realidad te llamas Anastasia eres la hija del zar y no te gusta la Revolución porque se llevaron tus joyas eh se llevaron sus joyas y por eso no está contenta no pero no todo ha sido bueno no pero eso no tiene nada que ver nada que ver no hay que perder de vista lo esencial no hay que confundir churras con merinas las moscas y las

albóndigas no tiene nada que ver una gallina no es un pájaro Lenin no es Stalin Stalin no es Trotski buenos días mezcolanzas buenos días buenos días.

La procuradora repite la pregunta. El problema con la rabia, en mi caso, es que para actuar está bien pero para hablar es horrible. Tiene que bajar, o si no solo hago una especie de vocalización. Un yodel enojado. Me concentro en mi respiración. En la Escuela Superior de Teatro, tenía un profesor de yoga que se llamaba Gaourang. Su verdadero nombre era Jean-Luc pero se hacía llamar Gaourang. Y Gaourang, en clase de yoga, siempre nos decía: Sentid el aire fresco que entra por la nariz y el aire caliente que sale. Miro a la procuradora y pienso en Gaourang, pero no siento aire fresco.

Abro la boca, emito sonidos. Digo URSS, digo judía, digo esconder su nombre. No oigo lo que digo pero oigo mi voz. Una octava más grave de lo normal. Cuando me callo no es como en esas películas estadounidenses cuando se hace un breve silencio y luego una persona a lo lejos aplaude y toda la asamblea se levanta. No es así. Ocurre solo que la procuradora dice a la magistrada: Es interesante, hemos hecho bien en convocarla en audiencia. Luego dice Póngamelo por escrito. Como testimonio. Y adjúntelo al expediente, abogada. Mi abogada le propone que se pronuncie a la mayor brevedad. No pasar otro año con procedimientos, otra solicitud y otra audiencia. No. La procuradora no quiere, ella quiere su papel. Salimos. Mi abogada me mira. Dice Vaya, parece afectada. Atempera. Lo intenta. Dice Estamos de acuerdo, si quisiera cambiar Blanche por Geneviève, este diálogo no habría tenido lugar, pero hay que ver el lado bueno. Hay un dicho ruso que dice: «El que ha servido en el ejército, no

se ríe en el circo». No le veo el lado bueno. La abogada me dice No se enfurezca. Sí, me enfurezco. No se enfurezca. Sí, le digo. Bueno. Cuando vuelva a casa, envíeme su testimonio para la procuradora. Formulario Cerfa n.º 11527*03.

Mientras camino hacia el metro, pienso: sobre todo no le des vueltas. Voy sentada en la línea 5. De Bobigny a Oberkampf, le doy vueltas. De Oberkampf a Croix-deChavaux, le doy aún más vueltas. ¿Me conviene? ¿Me conviene? M a l d i t a z o r r a. Ahí, con tu cara de viejo búho. ¿Quiere un Malraux en el Panteón? ¿Quiere su llamamiento del 18 de junio? Los estadounidenses montados en los tanques entrando en Auschwitz. ¡Pam! ¿Punto Godwin? Me importa un carajo. ¿Quiere a Jean Moulin en Bobigny? Voy a ajustarte las cuentas. Cabrona. Bueno, tengo que calmarme.

Entro en casa. Imprimo el formulario Cerfa. Doy testimonio.

Señora Procuradora de la República:

Nací en Moscú, en la URSS. Mis padres me llamaron Polina. Es el nombre de mi abuela paterna. Judía. Su familia escapó de los pogromos de Ucrania y Lituania. Cuando mi abuela nació, sus padres la llamaron Pessah, que significa: «el paso». Es el día de celebración del Éxodo.

Al nacer mi padre, mi abuela se cambió el nombre. Lo adaptó al ruso para proteger a sus hijos. Para no arruinar su futuro. Para darles una oportunidad de vivir un poco más libres en un país que no lo era. En la partida de nacimiento de mi padre, Pessah se convirtió en Polina. En 1993 mis padres emigraron a Francia con mi hermana y conmigo. Cuando obtuve la nacionalidad francesa, mi padre adaptó mi nombre al francés. Él también quería

protegerme. Hacer por su hija lo que su madre había hecho por él.

Lo que yo quiero es llevar el nombre que recibí al nacer. Sin esconderlo, sin maquillarlo, sin modificarlo. Sin tenerle miedo. Hacer en Francia lo que mi abuela no pudo hacer en la Unión Soviética.

No tengo hijos pero me gustaría tenerlos algún día.

En la partida de nacimiento, delante de «apellido de la madre» quiero escribir «Polina».

Es un legado. Saber que su madre era libre de llevar su nombre de nacimiento. Es ese el que quiero transmitirle, no el del miedo.

Quiero creer que en Francia soy libre de llevar mi nombre de nacimiento.

Quiero correr ese riesgo. Me llamo Polina.

Enero de 1990. El primer McDonald’s de la URSS abre en Moscú. Treinta mil personas. Un kilómetro y medio de cola. Estoy dentro con mis padres y mi hermana. Hace frío pero merece la pena. Avanzamos lentamente para comprar los bocadillos venidos de Occidente y sus envases individuales. Una vez comido el contenido, no los tiramos. Los lavamos y los guardamos. Es una prueba. Mi madre pide una ración extra de patatas fritas para mi abuelo. Solo para él. Mi abuela ha dicho claramente que no va a tocarlas. Si quiere una patata, se la prepara. No necesita a los norteamericanos para eso. Desde el día anterior, condena la expedición por medio de un mutismo ostentoso. Cuando salimos, sentada sobre el mueble zapatero, mira fijamente la puerta de entrada. Una protesta silenciosa debe saber hacerse visible.

Al regresar al apartamento de dos habitaciones comunitario de la avenida Lenin, la ración de patatas fritas está fría y mi abuela ya no está sentada en el mueble zapatero. Mi madre envía a mi hermana para que anuncie que estamos de vuelta. Lo han oído desde el otro extremo del pasillo, por supuesto, pero el anuncio vale también como una invitación. Los padres de mi madre ocupan la habitación con balcón. Mi padre, mi madre, mi hermana y yo la que da al sur. El cartón frío reúne a todos en la cocina. ¡Dice que accede a probar una patata frita!, dice mi hermana. Nos sentamos en torno a la mesa para recibir su veredicto. Lentamente, mi abuelo coge un bastoncito reblandecido de lo alto del montón, lo levanta con la punta de los dedos y lo observa a la luz que se filtra por la cortina de tul.

En la falange de su dedo anular derecho, la bola de carne morada que cubre la esquirla de obús contrasta con la patata frita. En dos tiempos, se mete el trozo de patata en la boca y lentamente empieza a masticar, mientras expulsa el aire por la nariz a través de pequeños golpes secos. Explorador del gusto. La masticación se ralentiza, la patata desolada y vencida por la dentadura postiza de fabricación nacional acaba fundiéndose en su boca. Un lengüetazo sobre los colmillos acrílicos y se produce la deglución final. ¿Qué te parece?, dice mi hermana. Pues me parece una patata fría, dice mi abuelo. En el silencio que sigue, mi abuela se apoya en la mesa con su mano sana, se levanta y se va. Su pierna izquierda, hemipléjica, se desliza sobre el linóleo de la cocina. Oímos alejarse al fondo del pasillo el ritmo de su andar sincopado.

19 de agosto de 1991. Mi abuelo me lleva de paseo siguiendo el itinerario habitual. Tras bordear el edificio vecino, cruzamos la carretera y llegamos al circo, por la parte donde entran los artistas. En verano la puerta se queda abierta y en el interior se adivina la silueta del guarda. Delante de la puerta hay dos bancos de madera, uno enfrente del otro. Con suerte se puede ver a un payaso que fuma o a un acróbata. Una vez vimos a un hombre con un chimpancé. Cuando vemos a alguien sin traje, le inventamos una función. De todas formas, si está allí es que trabaja en el circo. Es un artista, dice mi abuelo, y deja la frase en suspenso. Hoy no hay nadie y la puerta de entrada está cerrada. Seguimos hasta la estatua de Jawaharlal Nehru sentado en su silla, no nos paramos ahí, no tengo permiso para trepar a ella. En el momento en que la dejamos atrás, mi abuelo vuelve a contar cómo se encontró con la actriz Galina Polskikh en ese mismo lugar. Una vez en que llevó a mi hermana al circo. Ella miró a mi abuelo y le sonrió. Pero él no la reconoció y no le sonrió. ¿Te das cuenta? ¡A Galina Polskikh! Luego dio algunos pasos y le dijo a mi hermana ¡Pero si es Galina Polskikh! Se dieron la vuelta, Galina Polskikh también se giró y les sonrió de nuevo y esta vez mi abuelo le sonrió también. En ese momento del relato él lanza un suspiro de alivio. Cuando la estatua queda a nuestra espalda, repite una o dos veces más ¡Y yo que no la había reconocido!

Bordeamos el circo para llegar al teatro Sats. Un teatro musical para niños. Yo vi allí El pájaro de fuego, Blancanieves, El lobo y los siete cabritillos. Me pareció raro que la

mamá cabra no viera a los cabritillos que la llamaban. Una niña de la primera fila incluso los señaló con el dedo. Allí también hay una entrada de artistas con actores que fuman con el traje puesto, pero no nos permiten acercarnos a ellos. Mi madre les ha oído «jurar como carreteros». Cuando le pedí detalles, dijo que era tan obsceno que sus orejas se marchitaron y se enrollaron sobre ellas mismas en pequeños tubos. Por eso no puede decirme más. Si se presenta la ocasión, observamos a cierta distancia a los príncipes, conejos y amanitas rojas dando una calada a sus cigarrillos. Hoy, aquí tampoco hay nadie. Delante del teatro se extiende un gran espacio verde con esculturas y fuentes que nadie ha visto funcionar. La más bonita es la de la mujer con el delfín. Mi abuelo se sienta en el borde de mármol de su pila vacía y me da vía libre. El perímetro del juego está definido por una regla simple: mientras él me vea, tengo libertad. El terreno es llano y despejado, por lo que tengo un buen margen de maniobra. En virtud de un acuerdo tácito, no me acerco a la enorme arteria vial que rodea el territorio del teatro. Tras trepar por todos lados a la estatua de la mujer con el delfín, me alejo hacia el césped bordeado por la carretera. A medio camino, oigo a mi abuelo gritar mi nombre con una voz que no le conocía. Me paro. Le oigo de nuevo llamarme. Me doy la vuelta y veo algo que nunca había visto: a mi abuelo corriendo. Mi madre siempre ha dicho El yayo es mayor – El yayo no puede correr – El yayo no puede levantarte. Algo de una bola que puede salir de su vientre. Una bola de qué, no lo sé, pero sé que no es bueno. Deduje que estas acciones le resultaban imposibles. Tan imposibles como el espejo de la Reina en Blancanieves o la pluma de El pájaro de fuego. Pero ese día mi

abuelo combina las dos acciones. Corre hacia mí, me levanta por la cintura, me aprieta contra su hombro y marcha para casa con igual rapidez. Detrás de nosotros, en la carretera, unas grandes cajas color caqui con una especie de caleidoscopio integrado ruedan una detrás de otra. Las miro alejarse y pienso en la bola que está saliendo.

En casa, después de cruzar la puerta, la magia continúa. La bola no ha salido. Y nadie habla de ello. Mi abuelo dice Hay tanques. Y todos repiten tanques, tanques, tanques. Nadie dice que debo lavarme las manos. En un día normal, mi madre señala con el dedo el cuarto de baño y luego mi abuela pregunta a mi abuelo si la niña se ha lavado bien las manos. Hoy nadie me pregunta nada. Hay tanques en la avenida, repite mi abuelo.

En ese momento llega mi padre, cargado con las sillas traídas de la dacha. Entra y dice Creo que están repitiendo el desfile. Al ver a mi padre, mi abuela se calla, su rostro se endurece y se marcha a su cuarto. Error de cálculo: todo el mundo la sigue, es allí donde se encuentra el único televisor. Encienden la pantalla y cierran la puerta. Yo me quedo sola en el pasillo.

Los días siguientes, no más dibujos animados ni Buenas noches, mis pequeños. En la televisión, de la mañana a la noche y en todas las cadenas, se ve a gente bailando. Me gustaría que volviera Buenas noches, mis pequeños y que esa gente se fuera a bailar a otra parte. No son gente, es El lago de los cisnes, dice mi madre. El canto del cisne, dice mi padre. Canto o lago, lo ponen una y otra vez. Apagamos el sonido pero dejamos encendido el televisor por si acaso. De vez en cuando el baile desaparece. En su lugar vemos aparecer las cajas caquis con caleidoscopio integrado que rodaban delante del teatro y unos hombres que se suben

encima. Mejor que sobre la mujer con el delfín. En ese momento mi padre sube el volumen y mi madre me hace salir de la habitación.

Hasta que una mañana las cajas caquis y los cisnes han desaparecido. Por la tarde vuelve Buenas noches, mis pequeños. Mi abuela arrastra una rabia contenida de la habitación a la cocina. ¡Todo eso es obra de Lebed! ¡Parásito! Traidor… Al verme, se interrumpe. A mí me gustaría que continuara. Quisiera saber quién es el tal Lebed y qué papel tenía en el lago.

Es invierno. En la habitación de mis abuelos se está tramando algo. Mi padre mide los muebles y las puertas con la cinta métrica del costurero. Mi madre cuchichea con mi hermana en el pasillo. Se callan al llegar yo. Cuando no secretean en el pasillo, se quedan en la habitación con mis abuelos. Cierran por dentro. La puerta de vidrio está encortinada con una tela opaca de color marrón, la misma que sirvió para coser las fundas de los sillones. La cortina está colgada en el lado de la habitación. Ninguna fisura en su función ocultadora. Con la oreja pegada al cristal, oigo ruido de cajones, el chirrido del armario, papel de periódico arrugado. Algo se mueve, se agita. Salen para desayunar. Mi abuela sale la primera. Prepara la kacha y, cuando está lista, golpea la pared. Es la señal de reunión para los demás.

En la cocina, mi abuela enciende el aparato de radio fijado a la pared. Comemos la kacha con sémola y escuchamos la voz chisporrotear. Unión, crisis, Unión, crisis, salida de la Unión, salida de la Unión. Salida de la Unión, ¿eso es bueno o malo? Todo eso es obra de Lebed, dice mi abuela. La voz sigue chisporroteando: separación, independencia, Rusia, Rusia, Rusia. Mi abuelo menea la cabeza de derecha a izquierda. Menea la cabeza y come, sin levantar los ojos de la kacha.

Después de comer vuelven todos a la habitación. Voy a esperar a la noche para sonsacar a mi abuela. Ella se sienta sobre el mueble zapatero o en la silla del pasillo y espera. En la oscuridad. No se sabe a quién ni qué. Nadie le dice que vaya a acostarse. Si oigo desde mi cama su respiración

crepitante, es que está sentada en el mueble zapatero. Si no oigo nada, es que está en la silla del pasillo. Para reunirme con ella he de bordear a tientas la cama de mis padres, rodear la de mi hermana y abrir la puerta del cuarto sujetando el pomo.

En la oscuridad del pasillo, reconozco la forma blanca. El largo camisón de franela apoyado contra el respaldo de la silla o el espejo de la entrada. La mano izquierda colocada con ayuda de la derecha en la parte superior de los muslos. Los pies descalzos. Cuando pulso el interruptor, parpadea y hace movimientos de cabeza rápidos como para quitarse una tela de araña del rostro. En la parte trasera del cráneo tiene como un surco en el pelo. Una especie de raya torcida que nunca ve la luz del día.

Si es de noche, me hace una seña para que me vaya a dormir. Si es la aurora, jugamos al dominó. El que tiene animales en lugar de puntos negros. En invierno le cuesta distinguir la noche de la aurora, así que a veces también jugamos por la noche. Al son del sueño de los demás y del tictac del reloj de pared. Esparzo las piezas de dominó por el suelo, las mezclo y reparto. Mi abuela las posa en el puente colgante de su camisón extendido entre sus piernas. Yo pongo las mías directamente en la alfombra. Para jugar, ella me da el rectángulo de su elección y yo lo coloco en el suelo. Ella en la silla, yo en el suelo, tengo el bajo de su camisón frente a mí. Por la noche no se pone bragas. Al final de la tarde lava las de ese día y las pone a secar en la tubería de agua caliente del baño. Por la mañana, antes de que los demás se despierten, las recoge. A veces se olvida. Eso hace reír a mi hermana, que las atrapa con una pinza de ropa y las sacude delante de mi nariz. Mi madre no le ve la gracia. Por lo general dice algo sobre el heroísmo y las personas con discapacidad.

Al día siguiente me levanto muy tarde. Las bragas sobre la tubería de agua caliente han desaparecido. Mi abuela está peinada y empolvada en su cuarto. Es mi madre quien se encarga de anunciarlo: el yayo y la abu hacen la maleta, se van a vivir a otra parte, en otro apartamento. Una historia de una lista de espera muy larga en la que estamos inscritos desde siempre y en la que por fin nos ha llegado el turno. Mi madre se imagina las malas caras. Dice Estarán aquí para Año Nuevo. Veinticuatro horas después se formaliza el desmembramiento de la Unión Soviética. En el Kremlin, la bandera soviética es sustituida por la bandera rusa.

El 26 de diciembre de 1991, la Unión Soviética deja de existir.

Montreuil. Miro el vídeo de Youtube Девочка хочет в

Советский Союз. «Una niña quiere volver a la URSS», con fecha de 13 de marzo de 2019. En la imagen, una niña pequeña llora en un sofá marrón. Detrás de la cámara, su madre y su hermana mayor le preguntan el porqué de sus lágrimas. Los comentarios están desactivados.

—¿Por qué lloras?

—Quiero ir a la Unión Soviética.

—¿Y por qué?

—Allí hay alegría. Se está bien.

—¿Qué tiene de bueno?

—Hay muchas cosas buenas. El salchichón de allí es rico. Y el helado. Allí todo es auténtico.

—¿Qué es auténtico?

—¡Todo es auténtico! (Se oye una canción soviética que empieza a sonar de fondo desde la televisión). ¡Mira! ¿Lo ves? Hasta esa cancioncita es auténtica.

—¿Es que ahora no te gusta este lugar?

—Nada es auténtico.

—Pero tú no has vivido esa época, no sabes cómo era.

—Quiero vivir esos tiempos.

—¿Qué sabes tú de cómo era aquello?

—Los viejitos nos lo cuentan y nos muestran todas las cosas de allí.

—Y entonces, ¿qué hacemos?

—¡Volvemos a la Unión Soviética!

Para distinguir los apartamentos, mis abuelos los llaman «el antiguo» y «el nuevo». Para Año Nuevo, vuelven al «antiguo».

En la cocina que ya no es la suya, mi abuela escucha a mi madre componer el menú en función de lo que falta. La ensalada Olivier parece factible. Pero primero hay que comprobar las reservas de la caja de NZ = Neprikosnovenyi Zapas. Reserva Intocable. La de las grandes ocasiones: Año Nuevo, el Día de la Victoria, cumpleaños. La caja de NZ está debajo de la cama del cuarto con balcón. Aunque se haya mudado al «nuevo», mi abuelo sigue siendo su guardián y proveedor. La hace aparecer, desaparecer, modifica su contenido. Los productos transitan por sus manos.

Una conserva de guisantes y un tarro de mayonesa. Me mandan a hacer el pedido desde la cocina a la habitación. Con una mano sobre el colchón y otra debajo de la cama, mi abuelo tantea en la oscuridad hasta que siente algo. Una vez lo ha encontrado, agarra y tira. La caja de NZ se desliza por el parqué, tropieza con el borde de la alfombra y acto seguido se muestra bajo la luz. Mi abuelo la pone encima de la cama, abre las solapas de la gruesa caja de cartón y retira la capa de papel de periódico.

Comienza el inventario. Una lata de leche condensada reservada para el pastel Napoleón de los cumpleaños. Cajas amarillas rectangulares con un hombre a lomos de un elefante. Una serie de botes beis sin signos exteriores de pertenecer a ningún grupo alimentario. Cada uno es pesado, inspeccionado y vuelto a colocar en su sitio. Entre ellos emerge el tarro de mayonesa. Mi abuelo lo coloca encima

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