

IMPEDIMENTA
MARYSE CONDÉ
TIERRA MEZCLADA
Traducción del francés a cargo de Martha Asunción Alonso
IMPEDIMENTA
amás terminaré de remontar este río, de nadar a contracorriente. A mi alrededor, las aguas centelleantes, tranquilas en apariencia, pero en realidad animadas por una fuerza invisible, sibilina, dispuesta a destruirlo todo. En la orilla, los niños y las niñas de la escuela. Han venido para admirar el barco y asistir a mi partida furtiva, sin honor. Me han querido muchísimo estas criaturas. El maestro que me precedió las trataba con rudeza, pegándoles y castigándolas de pie durante horas, bajo el sol, en el patio desierto donde únicamente se alza un maltrecho rônier.1 Cierto es que el hombre llevaba meses sin cobrar. Las mujeres se desternillaban al verlo pasar con aquellas gafotas negras, el pantalón raído y unas sandalias con las suelas tan desgastadas que parecía ir descalzo. Se alimentaba a base de arroz con leche sin azúcar, pues el azúcar viene de muy lejos y resulta caro y difícil de conseguir; de beber, tomaba tan solo té a la menta. De manera que nadie lamentó que se largara
1. Variedad de palmera de hasta treinta metros. (Todas las notas son de la traductora.)
por donde había venido. Un tío suyo que tenía contactos en la capital le consiguió un puesto en un ministerio. Cuando se marchó, todos exclamaron: «¡Tanta paz lleve como descanso deja!».
A mí me quisieron enseguida, tanto las criaturas como sus respectivas familias. Nunca se preguntaron qué diantres hacía yo tan lejos de mi tierra. Cuando se celebraban bautizos y bodas me enviaban leche infusionada con menta y buñuelos de limón con jengibre. En los funerales me unía a los lamentos de las demás mujeres. Todo terminó con la irrupción de Solo2 en mi vida. Era de esperar, supongo, que semejante felicidad no estuviera destinada a durar. Llevo remando a contracorriente desde el vientre de mi madre.
Mi madre se llamaba Solitude.3 ¡Bonito nombre para una mujer cuyo corazón y cuya cama jamás estuvieron vacíos! Poco después de la Segunda Guerra Mundial, tuvo un hijo al que llamó José, fruto de su relación con un maestro que le hacía constantes promesas de matrimonio pero que no terminaba de decidirse a pasar por la vicaría. José tenía tres meses cuando el maestro se unió a la Disidencia. Cierto general se negó a aceptar la derrota de Francia y miles de jóvenes antillanos se sumaron a su causa, marchándose a participar en un combate que no les incumbía en absoluto. El maestro le suplicó a mi madre que lo esperara y pospuso la boda hasta su regreso del frente. Pero fueron pasando los años, los aliados ganaron la guerra y regresaron los últimos combatientes. Ni rastro del maestro. Presa de la desesperanza, mi madre cayó en las redes del hijo bastardo de un joyero italiano, dueño de una tienda en
2. En español en el original.
3. «Soledad» en francés. El nombre evoca en las Antillas francófonas la mítica figura de la mulata cimarrona Solitude, símbolo del abolicionismo y la resistencia al poder metropolitano.
la Rue Frébault. Yo soy fruto de aquella unión, que no sobrevivió a mi nacimiento. Tenía apenas dos años cuando el maestro por fin regresó. Había aprovechado su estancia en Francia para proseguir sus estudios, matricularse en la Facultad de Derecho y convertirse en abogado. Al enterarse de la «traición» de mi madre, montó en cólera y se negó en redondo a casarse con ella. Y así fue como me convertí en el principal obstáculo entre mi madre y la felicidad, mi madre y la respetabilidad, mi madre y el ansiado ascenso social. Después de mí, aún tuvo media docena de hijos con su maestro reconvertido en abogado. Pero, como este terminó casándose por todo lo alto con una mulata de la ciudad, jamás los reconoció.
Demasiadas criaturas malqueridas han contado ya sus historias. No es preciso que venga yo ahora y añada mi relato a los suyos. Me limitaré a decir que, por lo menos, conté con una salvadora: mi madrina, la hermanastra de mi padre, cuyo prometido había muerto en esa dichosa Segunda Guerra Mundial que tanto marcaría mi destino. Se llamaba Réza. Era pura y bella. Al menos, así es como yo la veo. Vivía en el cerro de Massabielle, en una casita baja pintada de verde. Murió de fiebre tifoidea cuando yo tenía diecisiete años. A partir de entonces, nada —excepto mi hermano José— me unía ya a aquella isla donde solamente Réza había encarnado, para mí, algo de calor y generosidad. Una mañana de septiembre desembarqué en Burdeos con el propósito de cursar estudios superiores. Durante meses, formé parte del triste batallón de los estudiantes sin hogar, sin dinero y sin amor. A pesar de eso, o tal vez precisamente por eso, aprobé los exámenes sin el menor esfuerzo. Con mi título de maestra en el bolsillo, solo albergaba un deseo: poner la mayor distancia posible —el océano más vasto y las tierras más lejanas— entre mi madre y yo. José me escribía que su cabello comenzaba a encanecer, que su andar se ralentizaba y que pronunciaba mi nombre con un tono imbuido
de algo muy similar al remordimiento. Aun así, escribí a todos los ministerios. Un buen día me respondieron. Me proponían un contrato para enseñar en un pueblo perdido de la nueva República de T.
El amor es una costumbre. Algo que a ciertos seres humanos se les inculca desde la más tierna infancia, como la limpieza. El cariño que recibí en cuanto llegué a aquel pueblecito, en el fondo, me resultaba una forma de tortura: no estaba acostumbrada. Alababan mi inteligencia, mientras que yo me consideraba de lo más mediocre. Celebraban incluso mi mutismo y mi torpeza. No me reconocía en absoluto en su mirada.
Todos los sábados había mercado en el pueblo. Los granjeros recorrían largas distancias para vender el poco ganado que quedaba tras la gran sequía: camellos de ojos hermosos, vacas de largos cuernos, ovejas de pelaje blanco. Las mujeres vendían aves de corral, leche fermentada y dátiles. Con la espalda apoyada contra los árboles de karité, los sukunabe 4 se sentaban sobre pieles de cabra y disponían a su alrededor toda suerte de polvos, hojas, talismanes y amuletos. A veces, alguno de ellos, con gesto inspirado, lanzaba a lo lejos un puñado de cauríes y sacudía la cabeza misteriosamente. La magia —¿procede emplear esta palabra?— siempre me ha fascinado, pues mi madrina Réza la practicaba. Prefería el viernes, día del Espíritu, pero pasaba consulta a diario en una habitación de su casa, siempre herméticamente cerrada. Cuando me asomaba a hurtadillas, veía en las paredes un sinfín de imágenes de santos, la Virgen y Jesucristo, desnudo y sanguinolento. Había un altar con velas, lamparitas de aceite, cuencos de barro, botellas. El suelo estaba repleto de dibujos trazados con tiza. Flotaba en el aire el aroma del incienso, y yo me imaginaba cómo serían aquellas largas y benéficas sesiones: cómo mi madrina tomaba entre sus manos
4. Magos o adivinos.
las cabezas doloridas y cargadas de males, reminiscencias, desesperanza; cómo las rociaba con agua lustral y las calmaba.
Una mañana, al acercarme al recinto del mercado, divisé un corro de niños. Rodeaban a un hombre joven, ataviado tan solo con un taparrabos harapiento y cubierto de polvo. Largos mechones de cabello enrojecidos por el sol y enmarañados como rastas le caían sobre los hombros. Miraba fijamente un punto en el vacío con aire de iluminado. Algunas mujeres se arrodillaban para dejarle calabazas con comida. Un niño me explicó:
—¡Es Solo! Cuando termina de comerse el arroz que le damos aquí, se marcha a otro pueblo. Y después vuelve.
—¿Qué le pasa?
—Nada, que está loco.
La imagen de Solo me persiguió durante todo el día. Quienes busquen explicaciones realistas dirán que me sedujo su rostro hermoso, la curvatura de su torso y sus piernas largas. Y quizá tengan parte de razón. Hasta entonces, no me había atrevido a mirar a ningún hombre, por miedo a tener que asfixiar mi amor una vez más. Pero aquel no podía rechazarme. Al ocaso, salí de la cabaña elevada donde vivía, algo apartada del pueblo, y regresé al mercado. Allí estaba Solo, inmóvil, envuelto en polvo, rodeado de las calabazas con arroz. Me siguió sin resistencia. Yo había encendido el fuego y calentado agua con un par de bolas de alcanfor y un puñado de hierbas olorosas para inducir el sueño. Lo bañé. Le lavé el pelo con pulpa de nuez de palma. Le embadurné los miembros con manteca de karité. Lo vestí con una túnica de percal blanca. Lo tumbé sobre una esterilla. Seguía dormido cuando me marché a la escuela. En el pueblo solo se hablaba de su desaparición. ¿Dónde se habría metido? ¿Habría remontado el río hasta la ciudad de la desembocadura? En cualquier caso, era un mal presagio. Alguien debía de haberlo enfadado o asustado. Alguien debía de haber perturbado sus
rutinas y, por consiguiente, el orden de las cosas. Cuando les preguntaban al respecto, los sukunabe no sabían qué responder. No me detendré demasiado en la paciencia y los cuidados que necesité para curar a Solo. Se convirtió en mi única obsesión. Empecé a desatender mis clases, que hasta entonces me llenaban por completo. Las preparaba de cualquier manera, con prisas y desgana. Las puertas de mi casa dejaron de estar siempre abiertas. Me enclaustré hasta que, al cabo de no pocos meses, conseguí arrancarle al silencio de Solo alguna palabra, algún recuerdo a las brumas de su memoria. Y, un buen día, comenzó a contarme su historia.
Su madre, Nafaya, era hija del mozo de cuadra del palacio real. Cuando la nueva república derrocó la monarquía, su padre quedó reducido a un paria. Para mantener a su familia, Nafaya se puso a vender buñuelos de arroz con miel. Una noche, un rico comerciante que estaba de paso por la ciudad, fingiendo interés en comprarle toda su mercancía, la llevó al campamento donde se alojaba y la sedujo. Se marchó al amanecer, aunque enseguida sintió remordimientos y, en un intento por reparar su honor, envió al mozo de cuadra un canasto repleto de nueces de cola y 20 000 francos. Nueve meses después, Nafaya dio a luz a un niño a quien llamó Solo. Se negó a amamantarlo.
Lo que nadie sabía es que mantenía una relación con un primo que, por aquel entonces, andaba en China estudiando las mejores técnicas para sembrar arroz, construir diques de protección y reconducir el río para irrigar el valle y devolverle su verdor. A su regreso, el primo montó en cólera y la abandonó.
El inicio de su historia se parecía tanto a la mía que, inevitablemente, quedé fascinada. Sin embargo, hube de esperar bastantes días para escuchar el resto.
A diferencia de mi madre, Nafaya sí llegó a pasar por el altar. Se casó con un campesino pobre. Pero sus tres primeros hijos murieron uno tras otro durante el parto.
Consultó a varios sukunabe y le explicaron que Solo, el bastardo, maldecía a los recién nacidos para que no hubiera hijos legítimos en la familia. Había que deshacerse de él. De manera que lo mandaron a casa de un pariente que se encargaría de liberarlo del mal que llevaba dentro.
Quienes no están acostumbrados a la felicidad no saben cómo manejarla. Al cabo de un tiempo, no pueden evitar exponerla a la envidia y la maldad de los hombres para que estos la destruyan, y regresar así a su condición primera: la de excluidos. Porque, al fin y al cabo, la exclusión tiene su gracia.
Podríamos haber vivido felices en la clandestinidad de no ser porque, un buen día, Solo decidió reaparecer por el pueblo. Se acercaba la fiesta del cordero. Quería hacerse una chilaba de brocado para ir a la mezquita. Puesto que había recobrado la salud y se sentía como cualquier otro hombre, aspiraba a vivir como uno más. No me opuse. Durante meses había sido plenamente feliz. Por fin había podido entregar los tesoros que guardaba en mi corazón. Mi cuerpo, tierra fértil que hasta entonces nadie había sembrado, se transformó por completo. Descubrí el placer, las noches demasiado cortas y los días marcados por la impaciencia del deseo.
Llegó la fiesta y salimos a plena luz del día. Bajamos por la senda del río, rebautizada como Allée de l’Indépendance, y entramos al pueblo por la Porte Océane. Al principio, lo que más sorprendió fue verme en compañía de un hombre. ¿De dónde vendría? ¿De muy lejos, como yo? ¿Cuándo habría llegado al pueblo? De repente, un niño reconoció a Solo. Estupefacto, corrió a contárselo a su madre, que vendía panecillos de jengibre cerca de la Porte Sud. Con el ímpetu propio de las mujeres, esta dio un brinco y a punto estuvo de volcar su tenderete. Rodeada por sus compañeras, se precipitó hacia nosotros. Las
demás mujeres nos observaban desde la distancia, cuchicheando entre ellas, mientras yo, ingenua, exclamaba:
—¡Sí, es Solo! ¡Es él! ¡Lo he curado!
Al escucharme, también los sastrecillos se levantaron de un brinco. Acudieron a todo correr los vendedores de mantas de lana, collares de ámbar, brazaletes de plata y cobre. Formaron un corro y, en un abrir y cerrar de ojos, nos encontramos en el centro. Aislados. Sospechosos. Excluidos. Otra vez.
Quizá deba abreviar mi relato. De hecho, me resulta demasiado doloroso continuar. Al día siguiente, nadie se acercó a mi puerta. Al ocaso, ninguna pastora vino a regalarme calabazas con leche y alegrar la sombra con su risa. En la noche, hostil de repente, tan solo se escuchaba el croar de las ranas. Cuando fui a la escuela a la mañana siguiente, me la encontré desierta. Esperé en vano varias horas. Después regresé a casa y le expuse la situación a Solo. No dijo nada. Sencillamente, esa misma noche desapareció de mi cama.
Pocos días después, hundida y sin saber qué hacer, recibí un mensaje de la gobernación: debía abandonar el pueblo y presentarme en la capital para ponerme a disposición de la función pública.
Estamos en temporada de lluvias y el río es el único camino. ¿Qué ocultarán sus meandros resplandecientes? Para mí, seguramente nada. Pero llevo en mi interior al hijo de Solo, fruto de nuestras exclusiones cruzadas, por un instante confundidas y transformadas en amor. Debo ser valiente. Por él. Trasplantar sus raíces. Enterrar su cordón umbilical a los pies de un acoma 5 real.
5. Este árbol amazónico se cuenta entre los más grandes del planeta y puede alcanzar los 25 metros. Tiene una importante simbología espiritual en el espacio
Madre y Tierra que nunca me quisisteis: os obligaré a adoptar a esta criatura.
Publicado originalmente en Le Magazine guadéloupéen, Mag Gwa (Pointe-à-Pitre)
caribeño, al igual que el ritual —de raigambre africana— de enterrar la placenta de las criaturas recién nacidas bajo un árbol para marcar su pertenencia a determinada tierra.
