

el extravío de los signos
pequeños tratados , 19
Natalia Mendoza EL EXTRAVÍO DE LOS SIGNOS
Ensayos sobre duelo y porvenir
EDITORIAL PERIFÉRICA
¡Pájaros sobre la soledad de México! Eran pájaros de la época, pájaros del tiempo desolado aquel, llenos de estupor por el ruido, los gritos y la sangre de tierra. Aves que habían quedado sobre la revolución, a causa de quién sabe qué milagro, sobre la revolución mirando los cadáveres, el silencio de los disparos, la gente toda, pequeñita y ocupada en cosas de la muerte.
josé revueltas , El luto humano, 1943
Una parte de estos ensayos transcurre en el desierto de Sonora, en la vasta región rural ubicada directamente al sur de una de las fronteras más desiguales del mundo. En esta zona, como en el resto de México, las últimas dos décadas han estado marcadas por una violencia que no hemos sabido explicar ni nombrar más allá de las nociones cada vez más huecas de narcotráfico y delincuencia organizada. Categorías insuficientes a la hora de dar cuenta de la amplia gama de asuntos que están en juego en el conflicto: desde la gestión de la migración indocumentada hasta la extracción de recursos forestales o el ascenso económico y militar de una clase social que solía estar en desventaja. Las periferias no deben pensarse como excepciones,
sino como lugares privilegiados para entender la contemporaneidad en su conjunto. En los confines toman lugar buena parte de las operaciones irregulares –moral, legal o políticamente– que hacen posible la acumulación de riqueza y poder en las metrópolis; aquí aparecen expuestos engranes que en otras regiones están ocultos. La violencia que vivimos actualmente en México desborda la noción de criminalidad, pero no termina de encajar en la definición de guerra porque, en principio, no tiene contrincantes bien delimitados, mucho menos objetivos políticos expresos, y tampoco parece haber un desenlace posible. A diferencia de los conflictos que podríamos llamar diurnos –como una guerra entre dos Estados con ejércitos y banderas–, éste tiene una cualidad fantasmagórica: su presencia se manifiesta de muchas formas, pero nunca se revela por completo. Amanecen once torsos mutilados en una carretera; sin nombre, sin contexto. El hecho de que la violencia emerja del mundo de las economías ilícitas implica que hay siempre algo que no puede enunciarse de manera pública, que debe permanecer secreto.
Este tipo de violencia impone, por lo tanto, una relación muy particular con la interpretación de los signos; nos obliga a descifrar huellas, a jugar a los detectives, a imaginar las partes ocultas del rompecabezas. Si esto es cierto para la población en general, para las personas con un familiar desaparecido esa exigencia de adivinar, investigar y buscar sin cesar se ha convertido en un verdadero yugo, sobre todo para las mujeres. Cientos de madres salen con palas y varillas a tratar de localizar los restos de sus seres queridos en parajes remotos y desolados. Aunque su objetivo principal sea calmar el dolor propio, su labor tiene consecuencias políticas profundas, pues trae de regreso a la luz una violencia reprimida de la conciencia pública. Del duelo público y de la elaboración ritual de esas muertes depende nada menos que nuestra capacidad colectiva de imaginar un futuro más allá de la repetición rutinaria de la violencia.
Para investigar la relación entre duelo y porvenir, recurrí a un asidero que se ha vuelto clásico en la literatura sobre desaparecidos en América Latina, la tragedia de Antígona. En lugar de
examinar las acciones de la heroína que, con justa razón, no han dejado de inspirar reflexiones a lo largo de dos mil años, me dediqué a descifrar las enigmáticas palabras del adivino Tiresias. Aunque de entrada parezcan ajenas a la política secular, sus reflexiones sobre clarividencia nos ayudan a pensar cómo se fragua la imaginación del futuro y de lo posible. En Tiresias encontré un vínculo explícito entre la no sepultura de los cuerpos, la ininteligibilidad de los presagios y la ineficacia ritual como padecimiento de la polis. Para explorar esa relación, me permití jugar con los múltiples significados de la noción griega de asemon, que significa «sin sentido», «sin rastro», pero también «sin tumba».
Si bien México y la llamada guerra contra el narcotráfico son mi punto de partida, el tema de la ineficacia simbólica me ha interesado desde hace tiempo como una vía para pensar la aridez de la imaginación política contemporánea. El repertorio de acciones políticas que tenemos, desde firmar un pacto de paz hasta fundar un orden nuevo, requiere de la fuerza de las palabras y los rituales que las acompañan. Esos actos
discursivos son eficaces cuando logran conducir una fuerza simbólica más profunda que, en última instancia, proviene de la elaboración colectiva de la muerte y el sacrificio. La épica popular, que, por medio de rituales fúnebres, canciones y relatos, logra investir a un linaje de jefes de plaza con un aura soberana, se sirve justamente de la exaltación del vínculo entre vivos y muertos, y de la conmemoración de la muerte como una forma de dar la vida. Esos feudos regionales logran mantenerse por periodos; mientras duran, parecen invencibles para las personas que habitamos dentro de sus confines. Pero los linajes terminan siendo desplazados por grupos rivales o contenidos, de algún modo, por el Estado. Una vez que abandona la esfera local y su heráldica deja de ser reconocida, la vasta realidad de la violencia y las economías ilícitas está forzada a pasar por el ojo estrecho de la ley y el aparato de justicia. Esas instituciones tampoco han sido capaces de dar forma a un relato que funcione, al menos, como una reconstrucción veraz de los hechos, mucho menos han articulado una narración más amplia que permita enmarcar los
sucesos dentro de un proceso histórico. Incluso ocurre lo contrario: las palabras y los enunciados –los signos– que emanan de las instituciones de procuración de justicia el público los recibe con escepticismo. Por razones que exploro en el cuarto ensayo, tampoco ha dado fruto la fórmula que se ha ensayado en otras latitudes: incorporar y canalizar las palabras de los propios integrantes de las mafias convertidos en testigos protegidos o arrepentidos. Ni social ni institucionalmente ha podido producirse en México un espacio que reciba y valide el testimonio de las personas directamente involucradas, ni en cuanto víctimas ni en cuanto victimarios o responsables. Mi argumento va un poco más allá: incluso si se cumplieran las exigencias de lo que llamo el público forense, el que exige un análisis científico de la evidencia material que permitiera reconstruir los hechos violentos y asignar las culpas correctamente, nada de eso bastaría. El desarrollo actual de la crítica forense, que desde la arqueología hasta la arquitectura ha buscado maneras de documentar violaciones de los derechos humanos para acompañar a víctimas en todo el mundo,
es fundamental en la era de la posverdad, pero es insuficiente. Los procesos sociales de esta magnitud requieren una lectura histórica que no se reduzca a las definiciones penales y los criterios de evidencia de una corte. Me refiero a un relato que incorpore sujetos colectivos amplios, señale los conflictos y tensiones entre ellos, y dote de sentido a los cambios sociales. La convicción que guía estos ensayos es que la tarea de narrar lo sucedido no debe ser un cierre posterior, que se produzca sólo a la hora de inscribir la memoria de los hechos en museos y monumentos. En cuanto acto discursivo, la narración histórica es una fuerza activa en el presente; su ineficacia participa de la violencia y contribuye de muchas maneras a que ésta se perpetúe.
Escribí estos ensayos a lo largo de cinco años.
Durante ese tiempo dejé mi trabajo como profesora en la Universidad de Fordham para regresar a Altar, el pueblo en el desierto de Sonora que ha habitado mi familia paterna por generaciones y que ahora también es mi hogar. Por esta razón, el punto de vista de estos textos fluctúa de manera deliberada entre una voz externa, de
intención analítica y neutra, y otra que recupera los géneros discursivos de la sociedad local. Dado que las palabras, la poética y la narración ocupan un lugar protagónico en estos ensayos, busqué en la medida de lo posible recuperar las voces que circulan en cada uno de los ámbitos que exploro. Recabé la información, las entrevistas y las observaciones que nutren estos textos a lo largo de casi dos décadas de trabajo de campo y de vida en esta región. Agradezco siempre, sobre todo, a las Madres Buscadoras de Sonora por contarme sus historias y permitirme acompañarlas.
