

Jesús Marchamalo TRES AMIGAS
Carmen Laforet
Ana María Matute
Carmen Martín Gaite
Ilustraciones de Antonio Santos Nørdica
© Jesús Marchamalo
© De las ilustraciones: Antonio Santos
© De esta edición: Nórdica Libros, S. L.
Doctor Blanco Soler, 26
28044 Madrid
Tlf: (+34) 917 055 057 info@nordicalibros.com
Primera edición: enero de 2026
ISBN: 979-13-87922-34-4
IBIC: FA
Thema: FBA
Depósito Legal: M-27550-2025
Impreso en España / Printed in Spain
Gracel Asociados
Alcobendas (Madrid)
Diseño de colección y maquetación: Diego Moreno
Corrección ortotipográfica: Victoria Parra y Ana Patrón
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CARMEN LAFORET
Hay una placa municipal en la calle del General Pardiñas, en Madrid, cerca de María de Molina, que recuerda la casa en la que escribió Nada. Nacida en Barcelona, hija de un arquitecto y una maestra, se trasladó a Las Palmas de Gran Canaria con apenas un año llevada por el destino laboral de su padre. Un hombre deportista, nadador, navegante y excelente tirador de revólver, que llevó durante un tiempo por la isla un elegante deportivo que conducía con mitones de piel de cabritilla. Su madre, gran lectora, murió
cuando ella tenía trece años, y aquella infancia feliz y despreocupada se vio de repente invadida por el viento helado: la mirada acuciante, algo intimidatoria, de esa otra mujer —había sido peluquera de su madre— con la que se casó su padre en segundas nupcias.
Una madrastra como las de los libros infantiles de mirada de hielo, desalmada, que a diario rompía platos contra el suelo, y que borró en cuanto pudo todas las huellas —fotos, recuerdos, objetos— de la madre muerta.
Gran nadadora, la joven Laforet hacía a veces novillos para irse a la playa y echarse al mar, nadando, hasta quedar exhausta. Ya entonces escribía impresiones, comentarios y notas en unos cuadernos que siempre llevaba encima, y que rompía después. Porque siempre tuvo —confesó con el tiempo— una rara crueldad con las pequeñas cosas. Escribía y rompía. Corregía y rompía.
E iba dejando por los cajones, los armarios, los pupitres del colegio, como un extraño mapa del tesoro, un rastro de papelitos rotos.
Escribió Nada en esa casa de General Pardiñas que era de una tía suya. Estudiaba Derecho, tras un fugaz paso por Barcelona, donde había empezado, y abandonado, Filosofía, y durante meses trabajó en la mesa del comedor, en cuartillas, a mano, que tenía que retirar a las horas de las comidas hasta que su tía le propuso comer en la cocina.
Nunca se supo quién le ayudó a pasar a máquina el manuscrito original de la novela —otro misterio—, pero allí en el comedor ordenó un día los últimos capítulos que se extendieron no solo por la mesa, sino por la superficie de los aparadores, el suelo y el respaldo del sofá, sobre el que fue prendiendo con alfileres las cuartillas.
En enero de 1945, con veinticuatro años, una desconocida Carmen Laforet ganó la primera edición del Premio Nadal. Unas semanas antes del fallo, el último día de plazo, había llegado a la editorial Destino un abultado sobre que llevaba todos los sellos de urgente que existían. Y fue un deslumbramiento.
«¿Quién es esa Pastoret o Mistinguet o Espinet o como sea?», preguntó ofendido, pretencioso, faltón, el inefable Ruano, a quien habían prometido el premio, cuando se enteró de que lo había ganado Laforet. «Todo el mundo sabe que los premios están para dárselos a los amigos», bramó.
Nada se convirtió en un fenómeno literario, el libro de su generación. Y aquella chica menuda, de melena corta, fumadora de Camel, tímida y reservada, sensible pero hermética y esquiva, en una celebridad indeseada. Una vez, en una entrevista,
explicó que había comenzado a escribir porque le habían regalado una pluma, y quería probarla.
¿Conserva la pluma? —le preguntó el periodista.
—Y tengo otra.
¿Habrá pronto, entonces, una nueva novela?
No sé si escribiré más. No lo sé.
En 1952 publicó su segunda novela, La isla y los demonios y dos novelas cortas: La muerta y El piano. También, mientras, se había casado con el periodista Manuel Cerezales, con quien tendría cinco hijos.
Primero escribió Nada, decían de ella en los exasperantes círculos literarios, y después nada. «Tengo treinta y un años —declaró en una ocasión, irritada, a un periodista que le preguntaba, de nuevo, por enésima vez, si pensaba
seguir escribiendo— dos novelas largas, cuatro hijos, cuatro novelas cortas, una guía de Canarias y un libro de cuentos. Otros, a mi edad, están empezando».
—¿Está Carmen Laforet en la sala? —preguntó el portavoz del jurado que acababa de otorgarle el prestigioso Premio Menorca de novela, por La mujer nueva, que ese año mereció también el Premio Nacional de Literatura.
No —respondió alguien entre el público—, Laforet está pasando el verano en Arenas.
Hay algo, sí, en su vida de huida, fuga, deserción… Como un saltamontes, bromeaba a veces, con sus interminables idas y venidas: Alicante, Cercedilla, Barcelona, Roma, Ávila, Mallorca, Santander, Seattle, Washington, Madrid… Viajes en coche cama, estaciones de tren, aviones,
nomadismo y horror a tener un domicilio fijo, sobre todo después de separarse de su marido, en los primeros setenta.
Antes había echado al fuego un manuscrito, después dejaría una maleta con papeles en casa de un amigo, en Roma, que nunca se ha recuperado. De nuevo los papelitos rotos, el rastro del humo.
En 1963 publicó La insolación. Era la primera parte de una trilogía que se iba a titular Tres pasos fuera del tiempo, y que pensaba conti-
nuar con Al volver la esquina y Jaque mate. Cuando años más tarde la editorial le envió las segundas pruebas, corregidas y compaginadas, de Al volver la esquina, decidió no devolverlas, aplazó indefinidamente las correcciones, y ya no publicó más.
A principios de los años setenta vivió una temporada en una casita alquilada en Cercedilla,
con dos cachorros, Laszlo y Dina, con los que salía a pasear a diario por los pinares vestida como una inglesa excéntrica: botas, un jersey de lana, un bastón, un gorro, guantes… Allí subía a verla su familia, los fines de semana, y la dejaban de nuevo sola, con los perros, los domingos.
Después viajó a París, donde se hospedó —le hizo gracia— en el hotel Des Grands Hommes. Cargaba con un pequeño equipaje, cuartillas y una máquina de escribir que acabaría olvidando en un autobús.
Paseó, vio museos, se sentó en los cafés, siempre callada, muda, porque no sabía una palabra de francés; «el viaje silencioso», dijo, a modo de resumen, a la vuelta, lo que acabaría resultando premonitorio.
A la incapacidad para responder a su propia exigencia literaria, sus dudas, la lucha que siempre mantuvo con la literatura, se sumó una
inestabilidad emocional, problemas económicos, y unos reiterados trastornos de salud: molestias de hígado o vesícula, nunca se supo exactamente, dificultades con la dentadura, los pies —cortaba a veces los zapatos con unas tijeras—, ciática, tiroides. Viajes y papelitos.
Se carteó durante casi una década con Ramón J. Sender, quien poco antes de morir, allí en Estados Unidos, le propuso que se fuera a vivir con él: «Mi casa es pequeña pero bonita», le decía. «Si quieres venir te recibiré con los brazos abiertos. No cocinarás, no coserás, no harás nada que no te guste hacer. Saldremos a comer por ahí, cada día».
En los últimos años dejó de atender el teléfono y de contestar el correo; solo leía las cartas en las que reconocía la letra del remitente, o aquellas que le llegaban de países que le hubiera gustado visitar. Y nada.
Lentamente se fue apagando, víctima de una enfermedad degenerativa que la sumió en un silencio profundo.
Poco antes de morir, fue a visitarla su marido, y le llevó una caja de bombones que ella se fue comiendo, uno a uno, ensimismada, masticando con infantil glotonería, mientras le escuchaba hablar sin decir palabra, como en aquel viaje a París, silencioso.
Aún tuvo tiempo, antes de morir, de ver editada su correspondencia con Sender, un libro que acarició con curiosidad recorriendo con la yema de los dedos, en la cubierta, el trazo de su nombre, Carmen Laforet, sin saber ya quién era.
ANA MARÍA MATUTE
En su discurso del Premio Cervantes recordó la historia de las hermanas Blancaflort, hijas del compositor Jordi Bancaflort. Un recuerdo de infancia en el que una de ellas le confesó a su hermana a media voz, como una confidencia, que no debían creerse la música de su padre. «No te la creas —dijo la pequeña— porque papá se la inventa».
Reivindicaba en su discurso Ana María Matute la necesidad de la invención, de la fabulación, la fantasía y contó cómo con diez o doce años, ante los previsibles horrores de la vida, decidió un día
meterse bajo el embozo de la cama, y desaparecer en ese mundo secreto, mágico y acogedor de las lecturas: las islas inventadas, la ficción y los sueños.
Segunda de cinco hermanos, tuvo una infancia que marcó, durante algunos años, la enfermedad: una infección renal que precisaba de reposo y que se manifestaba en esa palidez difusa, algo febril, algodonosa, de los niños enfermos. Esos a quienes los Reyes traían, en lugar de bicicletas o patines, lápices y cuadernos y cuentos de los hermanos Grimm.
Así, cuando llegó al colegio, ya se sabía el abecedario de memoria, lo que le valió una medallita de aluminio de un brillo apagado, casi blanco, sin peso, que pendía de una cinta amarilla de su cuello.
Es curioso cómo el mundo de los recuerdos acude atropelladamente a la llamada, desordenado
la mayor parte de las veces como una vieja caja de juguetes: la mesa de la plancha, donde se refugiaba de los adultos al amparo de la tata María, el recuerdo de un padre complaciente, empresario de éxito, que lanzaba para los niños globos de aire caliente al cielo, como un mago, y una madre severa e inflexible, malhumorada y rígida (austera como el Cid Campeador, contaba de ella) que llegaba siempre precedida por el «tac-tac» nervioso de sus tacones que se acercaban por el pasillo un segundo antes de pronunciar su nombre —«¡Anamari!»— que sonaba, en su voz, afilado como una daga e igualmente cortante. Aquella madre que, años más tarde, la desheredaría, y que la castigaba a menudo en el cuarto oscuro, en el que se encerraba con un muñeco de trapo, Gorogó, que le había traído su padre desde Londres, y que conservó con ella toda su vida.
