Skip to main content

27706c

Page 1


RESIGNACIÓN

Tomie salió de la universidad por la puerta de atrás. La mayoría de las alumnas ya se habían ido y el rumor del agua llegaba a la residencia de estudiantes desde la distancia. En ese momento vio a su compañera Furui, que era aficionada a la jardinería, bajando la colina con unas tijeras de podar en la mano. Cuando Tomie la saludó, esta se giró y le sonrió sin dejar de caminar. Las amplias perneras de su hakama 1 verde oliva ondeaban al viento. La piel pálida de sus piernas asomaba en la parte superior de los calcetines blancos. Furui solía ir por la residencia de estudiantes de habitación en habitación para mostrar con orgullo las flores que ella misma había plantado y disfrutar de los elogios. Le encantaba decir que pronto crearía un jardín ideal en el que pasaría el resto de su vida rodeada de flores. «¿Sigue Furui a pies juntillas los principios del director? ¿Vive abnegadamente y lucha desde las sombras?», se preguntó Tomie.

Los principios del director de la universidad consistían en máximas como «No busques la gloria», «Has de estar dispuesta a sacrificarte y a vivir con abnegación» o «Lucha desde las sombras». Tomie, que había recibido una llamada de atención por

1 Pantalón largo y de pernera ancha con cinco pliegues delanteros y dos traseros que se usa sobre el kimono en artes marciales, ceremonias y ocasiones formales.

parte del supervisor porque supuestamente había sucumbido al deseo de ser famosa, sintió una repentina curiosidad por aquella compañera de clase a la que por lo general no prestaba atención. «Primero hay que plantar unas raíces firmes y después trabajar para que en el futuro brote una hermosa flor», estos eran los valores de la institución. Si la raíz crecía demasiado rápido buscando el éxito, no florecería. La suave voz de Asami, el supervisor, resonaba en los oídos de la joven estudiante como un susurro arrastrado por la brisa del patio.

En el segundo piso de la residencia, unas manchas rojas y blancas iban y venían. Las estudiantes entraban en la cocina con sus delantales. Tres alumnas de primaria salieron del portón cogidas de la mano y luciendo sendos obi2 de color azul y rosa. A Tomie le entristecía que unas niñas tan pequeñas vivieran internadas, pero había decidido que aquel sería su último día de universidad. Era la hora de la despedida, sería la última vez que vería ese cerezo a cuya presencia se había acostumbrado durante los dos últimos años y que ahora tenía las hojas amarillas: no lo vería florecer por tercera vez en primavera. La universidad le resultaba indiferente, pero lamentaba dejar atrás los recuerdos que impregnaban cada rincón. Se acercó al árbol de paulonia frente a la biblioteca, donde solía sentarse a leer. Las cortinas blancas de la sala de lectura estaban echadas. Justo en ese momento, su compañera de clase Ueda apareció buscándola.

—Pensaba que ya te habías ido. —Ueda tenía la tez tan pálida como una pastilla de jabón de color marfil. Su cabello pelirrojo estaba rizado desde la raíz. La gente decía que se parecía a los maniquíes de las tiendas de moda occidental de la avenida Hongo—. ¿Qué te han dicho?

Tomie se quedó en silencio. Le parecía un poco infantil revelarle a alguien como Ueda, con quien apenas tenía relación, lo que el director de la universidad le había transmitido a través

2 Fajín ancho de tela fuerte que sirve para ceñir y decorar el kimono y, en las estaciones cálidas, el yukata.

del supervisor. Aunque le daba igual lo que los demás pensaran de ella, no respondió.

—¿No te han dicho nada sobre cómo tomar una decisión de acuerdo con los valores de la universidad? —insistió Ueda con la curiosidad brillándole en la mirada.

Tomie pensaba que abandonar la universidad era suficiente. El supervisor la había reprendido por haber escrito un guion y, si permanecía allí, seguirían controlándola. Deseaba expresarse con su propia voz, pero, como era mujer, no podría hacerlo mientras continuara en aquel lugar.

—Si dejas la universidad, la asociación literaria se sentirá vacía. Sería una lástima perder a una estrella como tú.

Tomie no pudo evitar sentir un poco de orgullo al escuchar las palabras de su compañera: «Yo, Tomie Ogino, tal vez podría añadir una pincelada al cuadro de la historia literaria de la Era Meiji 3 », pensó. Y consideró la peregrina idea de que su arte podría llegar al mundo como un fino rayo de luz que se cuela a través de una rendija.

La profesora de inglés, la señora Smith, bajaba los escalones de la entrada principal al tiempo que se ponía unos guantes blancos. Ambas estudiantes esperaron a que sacara su bicicleta antes de salir por la puerta. Caminaban la una al lado de la otra. La falda de color azul de la profesora se inflaba como una vela mientras pedaleaba. Levantaba un poco de arena tras de sí. Su collar brillaba intensamente. Los mechones rubios del cabello le asomaban bajo el sombrero y su níveo cuello era tan puro como una perla. Tomie observaba su figura desde atrás. La dependienta de la tienda de ropa occidental junto a la entrada de la universidad las saludó. Al advertir su sonrisa, Tomie se giró levemente y pensó que tal vez ya nunca volvería a verla. La figura de Ueda se reflejó en la puerta del museo de arte.

3 La Era Meiji comprende desde el año 1868 hasta 1912, período en que Japón abre sus fronteras y emprende un ambicioso proyecto de modernización en todos los ámbitos de acuerdo con los modelos occidentales.

—Seguramente has sido una de las personas más ilustres de esta universidad desde que se fundó. Es algo de lo que de veras puedes sentirte orgullosa —dijo Ueda.

Tomie la observó: caminaba un poco encorvada, con los hombros caídos, y la cinturilla de su hakama de algodón a rayas de estilo Isezaki estaba arrugada.

—Y eso no lo puede lograr cualquiera, por mucho que lo intente —continuó—. No es algo que se pueda fingir, es necesario tener auténtico talento. No encajas en un molde tan pequeño como el del sistema educativo. Haces bien en marcharte. Sigue esforzándote al máximo, ¿vale, Ogino? —dijo Ueda con entusiasmo, estirando su cuerpo delgado.

Dejándose llevar por la emoción, se cambió el paraguas de lado y cogió a su compañera de la mano.

—Gracias. —Tomie la miró con sincera gratitud.

No habían sido especialmente cercanas, así que jamás habría esperado escuchar unas palabras semejantes de su boca en una situación como aquella. Algunas de sus amigas ni se le habían acercado después de leer el periódico del día. Las había que incluso se burlaban de ella por su supuesta decadencia moral. Aunque las peores eran las que decían apoyarla, pero la criticaban a sus espaldas. La amabilidad de Ueda, en cambio, le resultó tan sorprendente que le alegró el corazón.

—Aunque abandones la universidad, por favor, mantengamos el contacto. Te considero mi mentora. Yo, al menos, soy la única que te desea éxito de todo corazón.

Tomie guardó silencio. Justo entonces recordó a una amiga con la que solía llevarse muy bien y deseó verla para desahogarse.

—¿Te acuerdas de Miwa? —le preguntó a Ueda.

Esta ladeó la cabeza para hacer memoria revelando sin darse cuenta la suciedad que tenía detrás de la oreja. Tomie se apartó un poco y aceleró el paso.

—Sí, solo estuvo medio semestre, ¿verdad? Parecía una chica con talento.

Turn static files into dynamic content formats.

Create a flipbook