
A cada gusano su gusto: los hay que prefieren las ortigas. (Proverbio japonés referido, especialmente, a la diferencia de gustos entre hombres y mujeres).
iEsa mañana Misako le estuvo preguntando con insistencia a su marido:
—¿Qué vas a hacer? ¿Irás al final?
Kaname se limitaba a responder con sus habituales evasivas mientras Misako, sin poder decidirse, dejaba pasar el tiempo en vano.
Alrededor de la una, ella se dio un baño y se vistió por si acaso. Luego se acercó a Kaname, que seguía tumbado leyendo el periódico, y se sentó a su lado para apremiarlo. A pesar de todo, él ni se inmutó.
—En cualquier caso, ¿te bañas ya?
—Hum…
Kaname estaba recostado bocabajo sobre un par de cojines superpuestos, con la barbilla entre las palmas y
apoyado sobre los codos en el suelo de tatami1 . Al percibir el perfume del maquillaje de su esposa, que ya estaba arreglada, echó levemente la cabeza atrás para esquivarlo, y observó su aspecto o, más bien, el gusto con que había escogido su vestimenta, procurando no encontrarse con su mirada. Esperó a tomar una decisión en función del kimono de su esposa, el cual le revelaría sus intenciones. Por desgracia, los últimos días no había prestado la menor atención a su atuendo. Sabía que Misako era aficionada a la moda y hacía pedidos de alguna confección nueva cada mes, pero nunca le consultaba ni él se interesaba en absoluto por lo que ella compraba. Así que la indumentaria de ese día no le sirvió al marido para adivinar las intenciones de su esposa, más allá de encontrarla una dama moderna y elegante. A Kaname no le quedó otra que preguntar:
—¿Y tú qué piensas hacer?
—Me es igual… Si vas tú, yo también…, pero, si no, me voy a Suma.
—¿Has quedado en ir a Suma?
—No precisamente, puedo ir mañana.
Sin que Kaname se percatara, Misako había sacado su estuche de manicura2 y, mientras se pulía las uñas sobre
1 Estera gruesa de paja revestida con un tejido de juncos que cubre el suelo de la vivienda tradicional japonesa.
2 La manicura fue introducida en Japón a finales de la Era Meiji (1868-1912), pero no se puso de moda hasta 1930. Esta novela se publicó por entregas al mismo tiempo en dos periódicos, Osaka Mainichi Shinbun y Tokio Nichinichi Shinbun, del 4 de diciembre de 1928 al 18 de junio 1929, por lo que este detalle alude a que Misako es una mujer muy moderna para su época.
el regazo, mantenía el cuello recto fijando de forma deliberada la vista en el vacío a medio metro por encima de la cabeza de su marido.
No era la primera vez que tardaban tanto en decidirse por una simple cuestión como si salir juntos o no. En esas circunstancias, ninguno de los dos tomaba la iniciativa: cada uno adoptaba una actitud pasiva a la espera de seguir la decisión del otro. Era como si los dos sostuviesen por ambos lados el borde de una jofaina llena de agua, aguardando a ver en qué dirección se derramaría por sí sola. Así, a veces, transcurría todo el día sin que hubieran decidido nada, mientras que en otras ocasiones se ponían de acuerdo de repente. Sin embargo, ese día Kaname presentía que acabarían saliendo juntos. Pese a ello, se mantenía pasivo como siempre, y no debido únicamente a su natural perezoso. En primer lugar, temía la incomodidad de caminar al lado de su esposa, aunque solo fuera durante una hora, desde su casa en la zona residencial hasta Dōtonbori, en el centro de Osaka. Y, además, según había dicho Misako, ella podría ir el día siguiente a Suma, en la vecina ciudad de Kōbe, pero Kaname suponía que quizá ya tuviera una cita. Incluso si no fuera el caso, era obvio que ella prefería ir allí para estar con Aso a aburrirse viendo el anticuado teatro de títeres bunraku3 con su padre. Ignorar sus preferencias hacía sentirse culpable a Kaname. La noche anterior, el padre de Misako había llamado por teléfono desde Kioto: «Si os viene bien mañana, os
3 Nombre genérico del ningyō jōruri, el teatro de títeres tradicional japonés, desarrollado en Osaka.
invito al teatro Benten 4 ». Kaname debería haberlo consultado con Misako, pero, como ella no estaba en casa, sin pensarlo respondió: «Probablemente sí acudiremos». Esa invitación se debía a que, en una ocasión, Kaname le había hecho un cumplido a su suegro con el fin de agradarle: «Hace mucho que no veo una obra de bunraku, así que, la próxima vez que vaya usted, avíseme sin falta». El anciano se lo había tomado al pie de la letra y por eso los había invitado, y a su yerno le resultó difícil negarse. Asimismo, dejando aparte la representación de títeres, pensó que esta podría ser la última oportunidad de pasar un rato tranquilo charlando con su suegro. El hombre, que frisaba los sesenta, se había retirado a Shishigatani5 , en Kioto, y llevaba un estilo de vida elegante y conservador aunque algo extravagante. Por supuesto que Kaname no compartía sus aficiones y a menudo lo cansaban sus demostraciones de buen conocedor de todo. No obstante, habiendo sido un vividor en su juventud, tenía un aire refinado y desenvuelto que atraía a Kaname, a quien le daba pena pensar en que pronto dejarían de ser suegro y yerno. Con cierta ironía podría asegurar que sentiría más apego por este anciano que por su propia esposa tras divorciarse. Y por eso, mientras aún estaba casado, deseó hacer algo que normalmente no haría: portarse como un buen yerno
4 Ubicado en Dōtonbori en Osaka. Era administrado por la compañía de entretenimiento Shōchiku, fundada en 1895.
5 Barrio situado en la falda occidental del monte Daimonji. Era el lugar favorito del autor, donde más tarde dispuso que se ubicara su propia tumba en el templo Hōnen-in.
al menos por una vez. A pesar de todo, había sido desconsiderado aceptar la invitación sin consultárselo a Misako. Habitualmente, tenía en cuenta los planes de ella; pero Misako había salido la tarde anterior diciendo: «Me voy a Kōbe a hacer unas compras», y él lo había interpretado como que iba a encontrarse con Aso. Mientras Kaname hablaba por teléfono con su suegro, la imagen de su esposa paseándose del brazo con Aso por la playa de Suma ocupaba su mente, así que concluyó con facilidad: «Si ella está con él esta noche, mañana no volverá a quedar». Ahora que lo pensaba, su esposa nunca le había ocultado nada, de modo que quizás era cierto que había ido de compras. Quizás la había interpretado mal, porque a ella no le gustaba mentir ni tenía ninguna necesidad de hacerlo. Pero, desde el punto de vista de Kaname, era natural interpretar que detrás de las palabras «unas compras en Kōbe» se escondía el mensaje de «Voy a ver a Aso». No es que pensara mal de ella, sino que simplemente no era necesario decir a las claras algo que sin duda no resultaría del agrado de su marido. Misako debería comprender que Kaname no había aceptado la invitación de su padre por malicia. Acaso ella hubiera visto a Aso el día anterior, pero quizás quería verlo también esa tarde. Al principio sus encuentros se producían cada diez días o una vez a la semana, pero recientemente se habían vuelto muy frecuentes, y no era raro que quedaran dos o tres días seguidos. Al cabo de unos diez minutos, cuando Kaname volvió a la habitación tras salir del baño con el albornoz sobre la piel húmeda, Misako seguía puliéndose las uñas mecánicamente mientras miraba al vacío ensimismada. Sin
