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Ilustraciones de Kristina Kister
Traducción de Marc Figueras
Título original: Ember Spark and the Thunder of Dragons Ilustraciones: Kristina Kister
Traducción: Marc Figueras (La Letra, S.L.)
Realización editorial: La Letra, S.L.
Copyright © Abi Elphinstone 2024
Illustration copyright © Kristina Kister 2024
Published by arrangement with Simon & Schuster UK Ltd 1st Floor, 222 Gray’s Inn Road, London, WC1X 8HB
Impresión y encuadernación: Liberdúplex (Barcelona)
© 2025 Gribaudo - Giangiacomo Feltrinelli Editore S.r.l. info@editorialgribaudo.com www.editorialgribaudo.com @editorialgribaudo
Primera edición: octubre de 2025
ISBN: 978-84-12978-28-5
D. L.: B. 13193-2025
Todos los derechos reservados, en España y en el extranjero, para todos los países. Ninguna parte de este libro puede ser reproducida, memorizada o transmitida con cualquier medio y en cualquier forma (fotomecánica, fotocopia, electrónica, química, sobre disco u otros, incluidos cine, radio y televisión) sin la autorización escrita del Editor. En cada caso de reproducción abusiva se procederá de oficio según la ley. Toda referencia a personas, cosas o empresas tiene como única finalidad la de ayudar al lector en la memorización.

Casa de Arno Whisper

Casa de arrastrapiés
Casa de Emma taller Spark
Casa de los Swagger-Thump
CASA DE LA SEÑORA Rickety-Knees
ESCUELA PRIMARIA DE anodín
RUINAS DE CHARLASTONE
FÁBRICA DE CEMENTO

¿Sabes qué pasa con la magia? Que es tremendamente astuta. ¿Y sabes qué pasa con los adultos? Pues que muchas veces no lo son tanto… O no de la forma que importa. Verás, para encontrar la magia, lo primero que hay que hacer es darse cuenta de que está ahí. Pero la mayoría de los mayores están tan ocupados, corriendo de un lado a otro, que no se detienen a mirar bien, a hacerse preguntas o a tratar de descubrir secretos escondidos.
Los niños, en cambio, nunca se pierden nada. Pero incluso al más curioso le puede costar un tiempo descubrir la magia. Porque la magia sabe dónde esconderse. Y no está en tierras lejanas ni en reinos perdidos hace siglos. Está aquí mismo, delante de nuestras narices. En nuestros bosques y ríos; en nuestros océanos y cuevas; en los pueblos que hay por todas partes, esos pueblitos en los que parece que nunca pasa nada interesante ni emocionante. Estos son los lugares donde sucede todo, donde acecha la magia y donde comienzan las aventuras…
Y eso es lo que pasaba con el adormecido pueblo de Anodín. Encaramado sobre los acantilados de la costa este de Escocia, Anodín era un grupo de casitas apiñadas que no tenían nada de especial. Solo había una calle, y esa calle tampoco tenía nada de especial. El pueblo ni siquiera aparecía en los mapas que hacen los geógrafos. Había una pequeña escuela, un taller de reparación de coches y una oficina de correos. Más allá del pueblo, estaba el mar. La gente del lugar lo llamaba Revolshore, porque siempre estaba demasiado revuelto como para salir en barca y el agua era demasiado fría para que los turistas se molestaran en ir a visitarlo.
Pero, aunque no lo pareciera, por allí había magia. Si hubieras mirado el mar a medianoche, tal vez habrías visto asomar una gran cabeza por las olas, solo por un momento, cuando un kraken salía a respirar y sentir el aire fresco en su piel. Si te hubieras atrevido a bajar por el empinadísimo acantilado, te habrías tropezado con el fénix que anida allí. Y si hubieras podido abrir las nubes en el día más gris y triste de Anodín, quizás habrías alcanzado a ver el brillo de las alas de un dragón volando alto por el cielo.
De todo esto, Emma Spark todavía no sabía nada. Tenía diez años y había vivido en Anodín desde que tenía memoria; un lugar donde nunca parecía suceder nada fascinante ni atractivo. Anodín era de lo más decepcionante, un fastidio de pueblo, el lugar más improbable para una aventura. Y Emma estaba convencidísima de esto… hasta que, por pura casualidad, se encontró rescatando a una criatura mágica.
Todo empezó una tarde nublada de domingo en que estaba encaramada a una roca de la playa que discurre por debajo de Anodín. Casi todos los fines de semana se sentaba en esa roca junto a la orilla y se ponía a lanzar piedritas para que saltaran sobre el mar o a tirarlas contra otras rocas que sobresalían del agua, esperando que sucediera algo emocionante. Pero no, nunca pasaba nada.
Y eso que el verano pasado la maestra de Emma, la señora Rickety-Knees, le había hecho creer que tal vez sí que podría ocurrir algo.
—Las aventuras son un poco como el hipo —le había dicho un día que estaba sentada en un columpio del patio, aburrida—. Te pueden sorprender en cualquier momento…

Después de eso, Emma pensó que lo mejor sería estar preparada, así que empezó a dormir con unas botas de agua debajo de la almohada. Era un poco incómodo, pero era importante. Porque Emma quería estar lista para la aventura, y si esta llegaba a medianoche y afuera aullaba un vendaval, no quería tener que ponerse a buscar a tientas unos zapatos decentes. Quería calzarse sus botas y adentrarse en la noche sin perder ni un momento.
El problema era que no parecía que la aventura tuviera prisa en aparecer. Ninguna prisa. De hecho, Emma empezaba a preguntarse si esa aventura se molestaría en sacar la nariz por ahí alguna vez.
Ya era marzo y Revolshore se veía gris como el hormigón, azotado y embravecido por un viento cada vez más violento. Emma tiró una piedra para hacerla saltar por el agua y tembló de frío. El mar parecía congelado, uno de esos en los que no te meterías ni loca. A menos, pensó, que fueras Gutsy Wonder, y un monstruo marino saliera de las olas y todo el mundo contara contigo para vencerlo.
Gutsy Wonder era la heroína del cómic favorito de Emma, Las asombrosas aventuras de Gutsy Wonder. Era una chica normal de día y una superheroína de noche. Estaba obsesionada con ella porque podía volar y volverse invisible y se pasaba la vida salvando al mundo de extraterrestres, monstruos y adultos con mal carácter.
Emma salió de sus pensamientos cuando la voz de una chica la llamó desde la playa:
—¡Eh, Emma! ¡Nos vamos a mi casa a comer unas pizzas! ¿Te vienes?
Emma alzó la vista y vio a Amina, una de sus compañeras de clase, que le hacía señas. Estaba con dos chicos y otra chica del cole, que se morían de la risa mientras intentaban hacer el pino en la playa. Emma sintió una punzada de nostalgia al recordar cómo eran las cosas antes, cuando Amina, Ben, Carla y Diego eran sus mejores amigos.


Hasta el año pasado, lo habían hecho todo juntos: explorar cuevas en la playa, pasear en bicicleta por los acantilados, ir a pasar la noche en casa de los otros y recorrer Anodín en patinete cantando sus canciones favoritas a grito pelado. Se llamaban a sí mismos «Los Alfabetos», porque las primeras letras de sus nombres formaban el inicio del abecedario. Y aunque no se habían embarcado en ninguna aventura de verdad (porque no hay tal cosa en Anodín), se lo habían pasado genial. Pero entonces el papá de Emma se había marchado… y eso lo había cambiado todo.
—¡Tengo que ayudar a mi madre en el taller! —respondió Emma, aunque en realidad su madre no trabajaba en el taller durante los fines de semana.
—¡Vale, para la próxima, pues! —gritó Amina.
Emma levantó el pulgar, aunque en el fondo sabía que no habría una próxima vez. Desde que su papá se había ido, había estado pensando mucho. Le dolía el corazón, y ese dolor le hizo llegar a una idea muy triste: que quizá no valía la pena tener amigos, por si algún día también se iban. Si eso pasaba, volvería a sentirse sola y triste, como cuando su padre se fue. Y no quería pasar otra vez por una cosa así. Por eso decidió dejar de jugar con los Alfabetos, solo para protegerse, lo que significaba que la vida en Anodín era aún más aburrida que antes.
Amina y los demás se apresuraron a cruzar las dunas de arena hasta que en la playa solo quedaron Emma y un pescador solitario. O al menos lo que Emma suponía que era un pescador, porque llevaba un mono impermeable y un sombrero de ala ancha también impermeable, y avanzaba por la orilla con una red en la mano. Sin embargo, Emma no recordaba haber visto nunca a ningún pescador intentando atrapar algo en Revolshore. La gente de la zona guardaba sus barcos en el puerto que había un poco más abajo, donde el mar estaba más tranquilo y era más fácil pescar.
Emma observó al hombre un rato más mientras iba de un lado a otro de la playa, con la mirada fija en el agua. Entonces empezó a lloviznar y levantó la vista hacia las nubes oscuras con un suspiro. Se avecinaba más lluvia y, aunque tenía permitido
bajar sola a la playa, su madre le había dejado muy claro que debía regresar para la hora de la cena y, sobre todo, antes de que llegara el mal tiempo.
Emma se deslizó de su roca y estaba a punto de alejarse de Revolshore cuando una cosa le llamó la atención. Una cosita pequeña y blanca que se aferraba al costado del pedrusco más grande que sobresalía del mar, apenas a un tiro de piedra frente a ella. Al principio, pensó que esa pequeña cosa blanca era solo un pedazo de basura que había quedado atrapado en una grieta, pero al entrecerrar los ojos para ver a través de la llovizna, ya no le pareció tan claro. La basura no solía ser peluda. Ni tampoco se aferraba a cosas con cuatro patas temblorosas.
Emma parpadeó. ¿Era un animal en apuros? Si la marea hubiera estado baja, habría podido saltar de roca en roca y alcanzar la más grande, a la que se aferraba. Pero, al contrario, la marea estaba subiendo y Revolshore ya se había tragado las piedras más bajas.
Se adentró en el mar todo lo que pudo… hasta que el agua le rozó la parte superior de las botas. Volvió a entrecerrar los ojos. Y esta vez, una cabeza blanca y peluda giró la cabeza para mirarla. Tenía dos brillantes ojos negros, una respingona nariz rosada y unos bigotes. Emma frunció el ceño: «¡Un hámster! ¿En una roca en el mar?».
Se exprimió los sesos… A ver, no había ningún cartel por el pueblo que avisara de la pérdida de una mascota. Y que ella supiera, los hámsteres no vagaban salvajes por Escocia. En cualquier caso, allí había uno, forcejeando para no caer al mar mien-
tras la marea iba subiendo a su alrededor y cada vez estaba más empapado por la lluvia.
A Emma se le pusieron los pelos de punta. ¿Y si hoy era el día? ¿Y si encontrar a ese hámster abandonado era el comienzo de su tan esperada aventura? Estaba tan emocionada ante esa perspectiva que no se dio cuenta de que el pescador se había detenido a mitad de su camino, playa abajo, y ahora miraba fijamente la roca a la que se aferraba el animalito.
Emma observó Revolshore con atención, tal como imaginaba que haría Gutsy Wonder al principio de una misión. El agua no se veía menos helada, pero ahora allí había un bichito que necesitaba ayuda. Aunque había leído en alguna parte que algunos hámsteres sabían nadar, no creía que ningún roedor pudiera sobrevivir a Revolshore. Había corrientes que surgían de la nada y vientos que levantaban olas imponentes, de modo que no aguantaría mucho, cosa de minutos. Y a Emma le encantaban los animales, así que no podía permitir de ninguna manera que se ahogara.
La semana anterior había rescatado a un ratón atrapado en el taller y la anterior había cuidado de una mariposa con un ala rota. Tenía buena mano con todos, e incluso los informes de la escuela lo decían: «No ha progresado mucho en clase, pero ha tenido otro año fantástico cuidando a las cobayas del centro. Se niegan a aceptar comida de nadie que no sea Emma, e incluso Dentellón, la cobaya a la que todos suponían que no le interesaba nada más que comer lechuga y destripar (ositos de peluche, no niños), trota hacia la niña cuando esta se acerca y se tranquiliza
y se siente feliz en sus brazos. Tiene un don poco habitual con los animales».
De acuerdo, pero ahora Emma tenía el agua del mar arañándole las botas. Revolshore siempre iba acompañado de una advertencia de su madre («nunca entres sola»), así que dirigió su atención al pescador que había visto antes. Quizá podrían meterse juntos en el agua y usar la red para rescatar al hámster. Sin embargo, cuando se giró para buscarlo, se dio cuenta de que ya no caminaba por la orilla, sino que se había metido en el agua, un poco más abajo de donde estaba ella, y también se dirigía hacia el roedor. Como si fuera eso lo que había estado buscando todo el rato. No un pez, sino un roedor.
—¡Parece que un hámster se ha quedado atrapado en una roca! —le gritó Emma—. ¿Necesita que le ayude para rescatarlo?
El pescador no respondió. Ni siquiera la miró, lo que le pareció un poco raro, porque estaba a apenas veinte metros de ella. Seguro que podía oírla. Emma dio un pasito al frente y el agua helada le salpicó las piernas por encima de las botas. Sabía que un pescador con una red tenía más posibilidades de rescatar al hámster que ella, pero había algo en la forma en que se movía (con la cabeza gacha y el rostro oculto bajo el gorro, ignorándola por completo) que la ponía un poco nerviosa. Emma dio otro paso en Revolshore y el agua inundió el interior de sus botas. Se estremeció, pero no se detuvo, a pesar de que las olas eran cada vez más amenazadoras.
De pronto, se oyó un grito: un golpe de mar había derribado al pescador y lo había arrastrado bajo la superficie. El hombre se en-
derezó, con el agua chorreándole por la barbilla. Y justo antes de que se volviera a poner bien el gorro, Emma alcanzó a ver su cara. Tenía una nariz larga y torcida, y unos ojos fríos y grises, como si fueran un trozo de metal sin abrillantar. Esa mirada bastó para tenerlo clarísimo: tenía que llegar al hámster antes que ese tipo.
—¡Ya voy! —chilló al roedor.
El pescador se había puesto en pie de nuevo y seguía vadeando las olas. Al observar con más atención, Emma pudo ver que su red era diferente a las que usaban los pescadores del pueblo. Las suyas tenían asas desgastadas y mallas deshilachadas, pero el asa de esta era negra y pulida, y la malla relucía con un brillo plateado, como una gran telaraña centelleante.
Emma se sacudió todos estos pensamientos porque, en realidad, ahora estaba más cerca del hámster que el pescador: apenas a unos metros. El agua le llegaba a la cintura, el frío le helaba los huesos, y notaba que las corrientes cobraban vida bajo ella. Pero siguió adelante, sin apartar la vista del hámster mientras este se encaramaba cada vez más por la roca para escapar de la marea creciente. De vez en cuando, miraba por encima del hombro al pescador; la corriente también se agitaba a su alrededor y lo zarandeaba de un lado a otro, pero poco a poco se iba acercando a la roca.
—¡Aguanta, pequeñín! —exclamó Emma, tiritando y con el agua casi hasta el cuello—. ¡Ya casi te tengo!
Extendió una mano para agarrar al roedor, pero una enorme ola la derribó. Medio ahogada y resoplando, logró enderezarse, pero la corriente la arrastró de nuevo, ahora con más
fuerza, y volvió a hundirse. Se le las botas le soltaron las botas de agua, que se perdieron entre el océano, pero por fin Emma logró salir a la superficie para respirar. Sin embargo, cada vez que se abalanzaba hacia delante para intentar rescatar al roedor, la corriente la empujaba hacia atrás. Y a cada empujón, se hundía más y más… hasta que ya no sintió la arena bajo sus pies.
El pescador, mucho más grande y fuerte que ella, siguió vadeando hasta que tuvo el hámster a su alcance. Alzó la red y el corazón de Emma dio un vuelco. Pero justo cuando estaba a punto de atraparlo, una ola rompió contra la roca. Emma gritó, temiendo que todo estuviera perdido. O el mar se tragaba al pobre bicho o el pescador lo atrapaba. Pero no sucedió ninguna de las dos cosas. Porque de repente el hámster hizo algo extraordinario. Dio un brinco por los aires… y no fue un salto del tamaño de un roedor. Fue un salto enorme y vertiginoso que le permitió superar la ola y volar bajo la lluvia hacia Emma, como una especie de superhéroe en miniatura. Aterrizó sobre su hombro chorreando agua.
Emma lo miró fijamente, demasiado aturdida para hablar. El salto había sido de al menos diez metros. ¡Un roedor no podía saltar tanto! Pero el pescador no

pareció sorprendido. Quizá ya sabía que no era un hámster cualquiera. Fuera cual fuera la razón, ya no miraba al animal; sus fríos ojos grises se clavaron en la chica, durante un segundo, y luego se caló aún más el sombrero, hasta que le cubrió la cara.
Emma miró hacia la orilla. Sentía que la corriente arreciaba. Si no empezaba a nadar ahora, ya no podría volver a casa, pero aquel extraño señor le bloqueaba el paso. En ese momento, la azotó una ola enorme, que la arrastró bajo el agua y la revolcó hasta quedar boca abajo. Consiguió sacar la cabeza por encima del agua, jadeando y buscando al hámster que, milagrosamente, seguía aferrado a su hombro. Y para su alivio, el pescador ya no se interponía en su camino. Vio cómo caminaba de vuelta hacia la orilla, muy rápido, como si tuviera prisa, y al llegar se adentró por las dunas de arena y desapareció.
No tenía tiempo de atar cabos, de modo que entre resoplidos dijo al hámster:
—Voy a nadar hasta la orilla, ¡agárrate fuerte!
Pero no lograba avanzar. Notaba la ropa cada vez más empapada y pesada, tenía los brazos y las piernas congelados y las olas eran demasiado grandes para sortearlas. Le invadió el pánico cuando Revolshore la succionó hacia atrás una vez más. La aventura que tanto esperaba se estaba descontrolando por momentos…
—¡Socorro! —gimoteó— ¡Ayuda!
Las olas eran demasiado altas para que la chica pudiera ver si alguien más se había aventurado a bajar hasta la playa, pero en
cambio recibió una respuesta, si es que una voz interior realmente podía considerarse una respuesta.
Siestón, sintió. Alguien hablaba dentro de su mente: Siestón. Siestón. Siestón.
Y Emma supo, sin ningún tipo de duda, que ese era el nombre del hámster que se aferraba a su hombro. No sabía cómo lo sabía. Ni idea. Lo sabía y ya está. Y por alguna extraña razón, saber cómo se llamaba el animalito que había querido saltar por los aires y aterrizar en su hombro le dio un nuevo subidón de energía para intentar, una vez más, llegar a la orilla.
Nadó y nadó, luchando contra la corriente y las olas hasta que, por fin, notó arena bajo sus pies. Podía oír vagamente un ruido por encima del mar y de la lluvia… alguien gritaba a lo lejos… pero estaba tan agotada y tenía tanto frío que, al empezar a caminar por la orilla, tambaleándose, se desplomó. Y allí se habría quedado un buen rato, cada vez más fría y mojada, si Siestón no hubiera empezado a mordisquearle la oreja.
